miércoles, septiembre 30, 2015

Arribada a Bueu

A tan solo 19 kilómetros al SO de Pontevedra capital, a lo largo de calas y playas, precipitándose hacia el mar desde la carretera, se encuentra la localidad de Bueu, conocida, como otras tantas de la vertiente atlántica, desde la época de dominación romana y destacada por las industrias pesqueras y de salazón tan populares en la zona a lo largo de los siglos.

En la actualidad es un pueblo más bien turístico, pero que se resiste a ser devorado por las nuevas construcciones y que mantiene vigorosa la tradición marinera gracias a un buen puerto y una flota mejillonera nada desdeñable; prueba palpable de que a sus habitantes no se les ha pasado por la cabeza dar la espalda al mar como sí lo han hecho los pontevedreses. El salitre está presente en todos los aspectos de la vida y es algo que se disfruta a cada paso a lo largo de la Av. Montero Ríos.

A escasos metros de la plaza de abastos se levanta una auténtica joya para aquellos de nosotros con los gustos, intereses y aficiones que nos hacen reunirnos en el sollado de nuestro Navegante del Mar de Papel: el museo Massó. Adentrarnos en él supondrá hacerlo en el mundo de la industria conservera más importante de la comarca; en un mundo de pesqueros y marineros, latas, máquinas autoclave y hasta ballenas; una introducción magnífica por medio de una hermosa exposición permanente, cuyo fondo además incluye maquetas de naos, galeones y fragatas, material de aprendizaje de náutica de siglos pasados, un espectacular mascarón de proa que representa a san Telmo y detalles tan curiosos como documentos de compraventa de esclavos o un manifiesto escrito de puño y letra por el genial Isaac Peral. Pero hay mucho más, llegando a sorprender que en un almacén, cuyo suelo irregular nos traslada a un viejo astillero, se conserve el pecio de una lancha xeiteira que permaneció hundida durante cuatro siglos y que fue rescatada a comienzos de la década de 1990.

Durante estos días, el museo cuenta además con una exposición temporal que profundiza una sección permanente dedicada a la industria de la caza y procesamiento de ballenas y cachalotes, actividad que se mantuvo en activo en la ría de Pontevedra hasta el año 1980, momento en el que la presión internacional y las bombas obligaron a echar el cierre y poner fin al ansia descontrolada de cazar hasta la extenuación y exterminio, tan común entre los pescadores del Cantábrico durante aquellas licenciosas décadas.

En esta exposición temporal conoceremos detalles diversos por medio de objetos de dispar índole como son un corsé, aceites, jabones, publicidad, herramientas y hasta huesos de mandíbula y columna vertebral de cetáceo, que se han de enlazar forzosamente con la sala dedicada a la industria Massó y la captura de ballenas: cañones lanzaarpones, arpones de principios del s. XX, maquetas y planos de cazaballeneros (el último de los cuales que, por cierto, estuvo en activo ahora es una museo flotante en Noruega (¿para cuándo uno como Dios manda en España?)), entre otros.

Por último, escondida en la planta superior, quizá creyendo el visitante que son dependencias privadas del museo, se nos puede pasar desapercibida una salita minúscula en la que daremos con los restos arqueológicos de los dos tipos de ánforas fabricadas en Bueu durante la Etapa romana, muy diferentes ellas a las que estamos acostumbrados a ver y que demuestran la importancia de este centro productor y de la ría de Pontevedra.

Lo mejor para terminar la fugaz visita a Bueu, aunque nos envuelva una espesa niebla, sea vagar sin rumbo por su puerto, devolverle la penetrante mirada a los gatos de salitroso pelaje que nos salgan al paso y dejarse caer en algunos de los magnífico bares y pubs que asoman al mar desde la Avenida de Montero Ríos y disfrutar de una buena cerveza negra como, por ejemplo, en el precioso y casi mágico O Farol.









Lectura de 30 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



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30 de Septiembre de 2015



martes, septiembre 29, 2015

Guardia de cómic: Reseña a “the Forty-niners”, precuela de “Top Ten”

Contraje de muy buena gana la deuda de escribir la presente reseña cuando os hablé de The Forty-niners al “destripar” el tochote que compila los capítulos 1-12 de Top Ten. Dediqué, aquel entonces, no pocas líneas a esta precuela, por lo que no iba a consentir que no supierais nada más de ella.

The Forty-niners nos traslada a una Neópolis en plena construcción. Es 1949 y el gobierno de los Estados Unidos está desesperado por reubicar en algún punto indeterminado del territorio nacional a tanto cientihéroe, monstruo, robot, nazi desertor y extraterrestre, pero la nueva ciudad es una burbujeante olla que amenaza con levantar violentamente su tapa y desparramarse sobre los fogones. Por ello no provocan sorpresa alguna los rumores que condenan al proyecto a una lenta muerte de hormigón armado recalentado al sol del medio Oeste y a la podredumbre del abandono. Pero hay gente que cree en Neópolis (a pesar de todo).

En uno de los trenes que hacen su parada en la nueva e inquietante ciudad, comparten vagón cuatro elementos muy característicos: Steven Traynor, alias Jetlad (sí, el capitán de Top Ten en 1999), héroe de guerra y exoficial de las Fuerzas aéreas que aún no ha alcanzado la mayoría de edad; Leni Muller, cientiheroína alemana que desertó en 1943 y que es conocida como Lufthexe (o Skywitch); un vampiro húngaro bastante grosero y un robot soldado de limitada capacidad lingüística que combatió en Okinawa (estos dos últimos son un sutil guiño del guionista respecto a lo que acontecerá más adelante en el cómic).

Con Steven y Leni recorreremos algunas calles de una ciudad que es un avispero de capas y antifaces, pero con un gustillo a los años ’40 muy atractivo que Gene Ha ha sabido captar tan a su manera; y nos choca que el guión no acerque a Jetlad al departamento de policía de Neópolis, donde lo “conocimos”, sino a la propia Skywitch, quien consigue una placa sin problema y alivia su temor a tener que trabajar en clubes nocturnos como la chica guapa que ocupa el centro del escenario, teniendo por único compañero a un pringoso micrófono, y que canta y canta sin que nadie se digne en escucharla.

Una vez que Steven y Leni se establecen en Neópolis, el guión se divide en tres tramas insuficientemente desarrolladas. La primera está relacionada con los nazis que construyen la ciudad y tiene una resolución un tanto pobre, pues pide mucho más; la segunda se vincula a la mafia vampírica húngara, quizá la mejor de todas por ser más del estilo de Top Ten; y la tercera realiza turbadores vuelos, como si de un buitre se tratara, sobre un extraño odio racial y a cómo podemos convertirnos justo en aquello contra la que hemos luchado arriesgando la vida (tampoco es muy para allá).

El problema del guión ha sido el condensar las tres tramas en un formato muy limitado de páginas. Por supuesto, tiene muchísimas cosas buenas, pero no se disfruta tanto como el Top Ten original, en la que toda la “temporada” es para resolver  un caso grande, distrayéndose los personajes con pequeños “divertimentos” de vez en cuando.

Queriendo enlazar el final de la última escena de la primera “temporada” de Top Ten, esta precuela ha querido narrar más el inicio de la historia de amor entre Jetlad y Wulf que las líneas principales, quizás excesivas en número y metidas con calzador entre tan pocas páginas (aunque sean tranquilamente 100 hojas).

Aun así, con todos sus defectos, es una obra para divertirse y disfrutar.

AMERICA’S BEST CÓMICS
NORMA EDITORIAL
2007
ISBN: 978-84-9814-970-8

Lectura de 29 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



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29 de Septiembre de 2015





lunes, septiembre 28, 2015

«A rumbo: A. López - Cía. Trasatlántica»


Lino Pazos es uno de esos investigadores y escritores incansables. Buena prueba de ello es su amplia bibliografía que rescata diversos aspectos del mundo naval, principalmente centrados en las costas gallegas.

En esta ocasión otra historia le sirve para ampliar su conocimiento y el de aquellos que lean sus libros: la de la compañía transatlántica fundada por Antonio López y López. 370 páginas y 350 fotografías que suponen un amplio y arduo trabajo de investigación entre hemerotecas y periódicos cubanos.

Entre sus líneas se desarrollan hechos como el naufragio del vapor General Armero o su evolución dentro del mundo del transporte naval.

La obra, que arrancó hace más de treinta años, aporta documentación, folletos y curiosidades sobre los más de 125 buques que llevaron con orgullo el gallardete azul con el círculo blanco de la Compañía, que el autor fue atesorando durante ese largo periodo.

Título: A rumbo: A. López - Cía. Trasatlántica
Tapa dura
Páginas: 372
Fotografías: 350 Color / BN
Formato: 225 X 260
PVP 45 €
PORTES PAGADOS
En caso de estar interesados, dirigirse a: damare.ediciones@gmail.com

Lectura de 28 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



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28 de Septiembre de 2015




miércoles, septiembre 23, 2015

Un clíper orbitando alrededor de la luna


Cutty Sark
Los clípers fueron la desesperada respuesta de los ingenieros navales por mantener la navegación a vela en un mundo que daba pasos de gigante hacia la industrialización y mecanización de todos los elementos del desarrollo humano. Era la respuesta directa a la navegación mediante vapor.

Su nombre deriva del vulgarismo inglés clip, que significa rápido o veloz, por lo que ya se da muestra suficiente de cuál era el espíritu de estos nuevos navíos creados durante la primera mitad del s. XIX: ser más veloces a vela que sus contrapartes modernos, impulsados a vapor

Se considera la génesis de este tipo de navío a la goleta Scottish Maid, botada en Aberdeen en 1839.

El inicial éxito de los clípers se centra en un diseño más hidrodinámico, con proas afiladas y un casco alargado y estrecho, sumándole metros a la eslora y restándole a la manga. Aparejados principalmente como fragatas, de tres o más palos, se buscaba una mayor velocidad en detrimento de una menor capacidad de carga. Estas características los hicieron excelentes galgos de los mares para lo que se denominó como carreras comerciales especulativas. La más famosa y en la que participaron los clípers de mayor renombre, fue la conocida como Carrera del Té o Regata anual del Té, que unía el Extremo Oriente con Inglaterra.

Estas carreras especulativas, en las que competían diversos navíos de distintas compañías, suponían un grave riesgo inversor, ya que de su llegada dependía el precio de la mercancía; siendo que el primero el arribar a puerto podría imponer un mayor valor a su carga pues la demanda era mayor que la oferta. 

Durante algunos años, estos navíos gobernaron gloriosamente los mares. Pero cualquiera que estuviera atento a los avances de la Ciencia y la Ingeniería sabía que ese intento desesperado por conservar activamente la navegación a vela tenía los días contados. Y el golpe de gracia se lo daría la apertura del Canal de Suez en 1869, mismo año en el que se le colocaba la quilla en Dumbarton (Escocia) al clíper más famoso de la Historia: el Cutty Sark.

Con la nueva vía abierta al Mediterráneo desde el Mar Rojo, los vapores que procedían con mercancías desde la China se ahorraban el doblar el Cabo de Agujas y bordear toda la costa occidental de África. Aún así, los clípers se mantuvieron activos durante algunos años de la década de 1870. Podemos aportar datos como que en la carrera del mismo 1870, aún participando vapores, se inscribieron veintiocho clípers aunque, al año siguiente, tan solo se vieron nueve navíos dispuestos; con un repunte en 1872, alcanzándose la cifra quince veleros.

Pero, con lo que hemos dicho hasta ahora, nada nos da razón alguna para justificar el título del presente artículo. ¿Dónde demonios está entonces la luna?

La misión Apollo XII fue la sexta tripulada del programa Apollo de la NASA y la segunda que logró aterrizar en nuestro satélite, concretamente al sureste del conocido como Océano de las Tormentas, un día como el 19 de Noviembre de 1969. Su tripulación la formaron el comandante Charles Pete Conrad, Jr., Richard F. Gordon, Jr. (piloto del módulo de mando) y Alan L. Bean (piloto del módulo lunar).

En el parche o insignia de su misión, en primer plano, se aprecia un clíper, con su velamen desplegado, sobre la luna y cuatro estrellas*, al fondo; todo ello enmarcado en un círculo donde resalta el nombre de la misión y los apellidos de los tripulantes, en letras azules sobre un fondo amarillo.

En la concepción original del parche participaron los tres miembros de la dotación, así como hasta diez personas más que no son identificadas en ninguna fuente, y en él no podía faltar una referencia a la Marina de los Estados Unidos, que para algo los que iban a viajar hasta la luna eran oficiales del arma aérea de la Marina. La cosa no podía tan solo centrarse en el azul y amarillo, los colores propios del Ejército de Mar. Querían un barco.

El primer diseño que se realizó, por parte de un artista que servía en la base de Patrick, no convenció a nadie ya que el navío que había dibujado asemejaba más a la Argos de Jasón y los argonautas, y los del Apollo XII querían algo más americano, aunque los clípers**, en cuanto a concepto, son escoceses. 

Bean, que se tomó el asunto como algo personal, se pateó varias bibliotecas y retiró de sus estanterías diversos ejemplares en cuyas páginas se reproducían láminas con clípers en todo su esplendor; y el navío que aparece definitivamente en el parche parece que se identifica con la obra firmada por Jack Spurling y que inmortaliza al navío Lightning***, pero sin sus alas desplegadas.

El vuelo y alunizaje del Apollo XII dejó muchas perlas para llenar todo un libro de curiosidades sobre las misiones espaciales. Sería largo relatarlas todas, pues necesitaría de un artículo más extenso, pero no algunas como el rayo que impactó contra el vehículo a los T-36.5 segundos; que ésta fue la primera vez que se llevó una cámara en color hasta nuestro satélite y que se pudo fotografiar desde el módulo un eclipse solar, siendo la Tierra la que se ponía delante del astro rey. Aunque lo más cercano en el tiempo para esta miscelánea fue que un cohete de su tercera fase fue erróneamente confundido en 2002 por el astrónomo aficionado Bill Yeung con una segunda luna de la Tierra****.

Completamos este artículo con los siguientes datos: el lanzamiento se operó en el Centro Kennedy el 14 de Noviembre de 1969 y la tripulación regresó a la Tierra, amerizando el 24 del mismo mes a 500 millas náuticas al Este de la Samoa americana.

El que se encuentren navíos en los parches de misión no es algo muy común a lo largo de las misiones encabezadas por la NASA, pero este primer parche del Apollo XII nos sirve de escusa para continuar con la búsqueda e ir coleccionándolos a medida que los colocamos en nuestra "vitrina virtual".

Lectura de 23 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755 (Variable). Estelas de vapor
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23 de Septiembre de 2015





martes, septiembre 22, 2015

Guardia de literatura: Reseña a “La bruja de abril y otros cuentos”, recopilación de cuentos de Ray Bradbury

Sin importar el año que sea, el mes de Agosto centra todas las miradas sobre el calendario y causa en mi persona el mismo y turbador efecto: El de empujarme casi a diario hasta las puertas de la biblioteca pública con el fin de llevarme a casa esos volúmenes que he acariciado con las yemas de mis dedos largo tiempo, pero que no me había atrevido a desalojar de sus huecos en las estanterías por la única y mezquina razón de carecer del suficiente tiempo para leer con tranquilidad. Y es que soy un lector de División Caracol: Lento, de pocas páginas al día a lo largo de once meses capeando el temporal laboral en mitad del océano de las Tempestades.

Este pasado Agosto de 2015, como si fuera un zahorí que no sabe muy bien dónde sienta el pie, me he dejado llevar hasta rincones olvidados, hasta aquellos puntos de un género que, para mí, está mal etiquetado como de Ciencia-ficción, pues es más bien un cajón desastre en el que hemos metido todos aquellos autores que no tienen cabida en aquellas líneas más ortodoxas. El primer nombre que he escogido de la lista es el de Ray Bradbury. Hacía eones que no disfrutaba de este autor “de ideas”, como gustaba calificarse, y que es uno de los puntales de ese cajón desastre que he mentado.

Crónicas marcianas la leí en mi etapa de bachiller y Fahrenheit 451 años más tarde; y en la biblioteca de mi localidad tan solo se me ofrecía la posibilidad de releer estas dos magníficas obras o tentar a la suerte con una recopilación de relatos sueltos, ridículamente exigua, que cuenta con tan solo cuatro títulos atesorados entre sus tapas. La mitad podría denominarse de ciencia-ficción en sí y la otra de fantasía, aunque encontramos, aquí y allá, pizquitas de terror, crítica social y filosofía. 

El primer cuento lleva por título “La sabana” y es el más inquietante y oscuro de los reunidos por la editorial SM para esta ocasión. En el transcurso de su lectura se nos ofrece la visión del propio Bradbury acerca del terror al que nos puede llevar el abuso de lo que hemos bautizado de forma muy hortera como “nuevas tecnologías”. Aunque en el texto en sí y en los datos del libro no se nos indica con claridad y certeza el año de publicación (aunque presuponemos que es el de 1950), no por ello deja de ser espeluznante el advertir ciertos paralelismos con nuestra actual dependencia a los dispositivos que nos “hacen la vida más fácil”, principalmente vinculados a Internet y que nos han convertido en pececillos ante una minúscula pantalla a todo color que miramos embobados hasta diez veces a la hora según los últimos estudios. Una dependencia que sustituye a la conversación por líneas en una pantalla o a los mismos padres por una tablet (en esta ocasión, por una habitación de juegos muy particular).

El segundo relato está intitulado como “El otro pie” y aún no he encontrado su relación con el contenido del texto, pues abandonamos el planeta Tierra y nos paseamos bajo el sol marciano, por las calles de ciudades en las que tan solo habitan comunidades humanas de color que huyeron dos décadas atrás, olvidándose de los blancos y su maldita guerra nuclear. Las poblaciones han medrado en paz, hasta que un buen día algo trastoca la dulce tranquilidad: Se ha detectado un cohete procedente de la Tierra que pretende aterrizar en Marte.

Siendo que muchos pobladores de Marte despertarán sus recuerdos más funestos de su paso por la Tierra, en los que sufrían los efectos de la brutalidad y la segregación social, sabiéndose superiores en el nuevo mundo, pretenden cambiar las tornas con los blancos de la nave espacial. Pero la lectura final del relato será más positiva y reconciliadora, a pesar de (o gracias a) la descripción del holocausto nuclear.

El tercer cuento, que es el que da nombre a la recopilación, “La bruja de abril”, es, probablemente, uno de los más hermosos que he tenido la posibilidad de leer durante los últimos tiempos. Cecy es una bruja adolescente de Illinois que quiere enamorarse durante esa primavera, pero para conocer ese sentimiento y no caer en tentaciones que conlleven la pérdida de sus poderes, tendrá que ocupar la mente y el cuerpo de Ann, una chica mortal. La descripción de cómo viaja Cecy desde su habitación hasta lugares lejanos, en la vista de los pájaros, sobre el viento, por entre las espigas, o de los paisajes nocturnos es una delicada delicia.

El cuarto y último relato, “La sirena del faro”, es también una preciosa fábula, como la anterior, pero que se centra en el paso del Tiempo en la más absoluta soledad y, para ello, Bradbury se sirve de un imponente faro y de una no menos imponente bestia antediluviana, quizá el único ejemplar de su especie bajo la superficie del mar que aún queda con vida y que cree que ha encontrado a otro congénere tras milenios de oscuridad en las profundidades.

Terminar esta recopilación te hace sentir bien y mal. Es magnífico el pequeño conjunto de texto, pero la editorial podría haber realizado un esfuerzo mayor y haber reunido muchos más títulos, pues sabe a poco, muy poco.

La escritura que hallamos es muy característica, identificándose con Bradbury a la primera, a pesar de que se aprecie que entre las distintas sesiones de estar delante de la máquina de escribir han transcurrido varios años. 

Editorial SM
Año 2009
Segunda edición
ISBN 978-84-675-3510-5
106 páginas

Lectura de 22 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755 (Variable). Encapotado
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22 de Septiembre de 2015






lunes, septiembre 21, 2015

Presentación de «Kamikaze. Protectores del Reino Central de los Llanos de Juncos»


¿Quién no ha escuchado en más de una ocasión la palabra kamikaze? Incluso os habréis, incluso, cansado de pronunciarla pues término tan exótico ha calado bien hondo en nuestro léxico, aunque siempre sea para referirnos a atentados terroristas islamistas o para confusos o no conductores que cogen la directa en sentido contrario de la circulación.

Kamikaze. Esos pilotos nipones que entre 1944 y 1945 se sacrificaron, convirtiéndose en los primeros misiles inteligentes de la Historia. Pero hay mucho más. Si rascamos la pintura descascarillada y llegamos al metal de esos aviones hechos chatarra y fundidos a sus pilotos, encontraremos una plétora de sentimientos y de detalles culturales que siempre han quedado al margen de nuestra irregular manera de ver la vida y de razonar.

Con este pequeño ensayo histórico es mi intención el ofreceros una completa radiografía del piloto kamikaze en todos sus aspectos clave: antecedentes históricos, características físicas e ideológicas, análisis crítico enfocado desde la propia forma de ser de los nipones. Una inmersión en los pensamientos de esos hombres que se convirtieron en unos samuráis del s. XX aun a costa de una deformación del propio Camino del Guerrero.

Os invito a descubrirlos en formato ebook desde la plataforma de Amazon (recordar que cuenta con apps para casi todos los ereaders):



Lectura de 21 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 17
  • Higrómetro: 46%

21 de Septiembre de 2015



jueves, septiembre 17, 2015

"Bad Blood" Postmodern Jukebox



Desde hace unas semanas está pegando muy fuerte en los altavoces de mi pc el proyecto Postmodern Jukebox, en el cual unos cuantos amantes y expertos en música contemporánea están arreglando éxitos actuales o no tanto (de estos de radiofórmula en una época pésima para nuestros oídos) y transformándolos conforme a sus estilos y sonidos favoritos como son el Jazz de los años ’20, Swing, Motown, Soul…, en un amplio abanico que va desde 1920 hasta finales de la década de 1970.

Anunciaros que ésta no va a ser la última vez que traiga a estos muchachos, pero aprovecho la primera para compartir la canción y arreglo que más me ha gustado de su amplia discografía: “Bad Blood” que es más conocida en la voz de Taylor Swift, pero que Aubrey Logan le da mil vueltas con un estilo a lo Ella Fitzgerald.

Simplemente, disfrutad.


Lectura de 17 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 749 (Viento-Lluvia). Estratos y cúmulos
  • Termómetro: 18 
  • Higrómetro: 46%

17 de Septiembre de 2015











miércoles, septiembre 16, 2015

Francisco de la Vega Casar, el hombre-pez de Liérganes

España es un país que atesora una generosa colección de mitos y leyendas acerca de seres freéticos y acuáticos que habitan en ríos y en la ribera de la costa. Buenos, malos, indiferentes, heraldos de tempestades y desgracias, divertidos o huraños… Los hay para pasar unos buenos ratos durante más de una tarde de lluvia. Sin embargo, de entre todos estos seres que perviven entre el aliento de la cultura oral y de las páginas de tiempos olvidados, hay uno muy de carne y hueso, un caso tan excepcional que se ha ganado con justicia los laureles de acabar reflejado en cientos de estudios y hasta de ser mentado por el propio Iker Jiménez, pues pertenece a esa particular fauna del mundo del Misterio: Francisco de la Vega Casar, el hombre-pez de Liérganes.

Un hecho “insólito”, acontecido durante los últimos meses del año 1838 en Requejada (Cantabria), permitió que varias publicaciones periódicas recuperaran al famoso Francisco de la Vega un tanto de pasada.
La columna que a continuación trascibimos y que podemos leer en “Guardia Nacional” y  “Semanario Pintoresco Español” en sus números de 6 de Diciembre de 1838 y 27 de Enero de 1839 respectivamente, dice:

«EL PEZ-HOMBRE

»Nuestro corresponsal de Torrelavega (provincia de Santander) persona de toda confianza nos escribe con fecha 8 lo siguiente:

»Como a las cinco de la tarde de ayer el capitán de un quechemarín que había llegado a la Requexada, se puso a comer encima de cubierta, y a poco rato siente un ruido a corta distancia del barco, y se encuentra con la figura de un hombre que al pronto creyó fuese un muchacho que se estaba bañando; tendió la vista sobre la costa de la ría, y como viese que no había ropas, vuelve al extraño objeto y se encuentra con que el color era demasiado moreno y que al supuesto muchacho le faltaban los brazos. Sorprendido con esta rareza, y asustado, llamó a los dependientes del barco, quienes se hallaban debajo de cubierta, y al subir, inmediatamente que se presentaron sobre aquella, el animal que parecía un muchacho se zambulló en el agua, descubriendo un pedazo de cola, y ocasionando una fuerte marejada que conmovió el barco. El capitán sobresaltado, y sin hacer más caso de comer, saltó a tierra y a poco rato vuelve a descubrirse el Pez-Hombre como a diez ó doce varas del barco, más a poco volvió a zambullirse, sin que se haya vuelto a ver. Esto dice el capitán, y añade que observó tenía el pez los ojos blancos, y que había descubierto como tres cuartas que figuraban la cabeza y pecho. Dicho capitán se sobresaltó demasiado, por lo que no se ha podido recoger más pormenores del raro animal que se cree haya venido a este punto a consecuencia de haberse encrespado o alborotado el mar días antes».

A los pocos días, la criatura volvió a ser vista en las aguas de la Requejada por más personas que el sorprendido capitán del quechemarín, ya siendo familiar en las bocas del lugar como Pez-hombre. A buen seguro, el raciocinio de los allí presentes se encontraba un tanto nublado, pues para nosotros el avistamiento dista mucho de acercarse a un ser freético y es más propio de haberse topado con un ejemplar más mundano. El fondo de la botella en uno y la sugestión colectiva en los otros, quizá.

Pero esta curiosidad fue razón más que suficiente para que el “Semanario Pintoresco Español” le dedicara unas palabras a Francisco de la Vega, sobre todo cuando “parece” que nos encontramos con una historia, cuando menos, insólita, al ser el “sujeto acuático” desahuciado de su elemento y hasta identificado con nombres y apellidos:

«EL NADADOR DE LIÉRGANES

»En el pueblo de Liérganes (Montañas de Santander) nació este nadador extraordinario llamado Francisco de la Vega Casar, cuya peregrina historia, a no estar autorizada con muchos testimonios fidedignos, sería preciso desterrar al país de las fábulas. He aquí el extracto de las relaciones que hacen de este fenómeno dos testigos oculares, veraces e ilustrados.

»Desde sus tiernos años manifestó este hombre mucha inclinación a pescar, a estar en el río, y una grande habilidad para nadar. A los quince de su edad pasó con el objeto de aprender el oficio de carpintero a la villa de Bilbao, en donde permaneció dos años hasta la víspera de San Juan de 1764, en cuyo día se fue con otros compañeros a bañarse a la ría. Dejó su ropa con la de los demás, y nadando en dirección al mar desapareció de su vista; le esperaron pensando que volvería; pero la tardanza les hizo creer se había ahogado, y en tal concepto se participó este suceso a su madre, que le lloró por muerto.

»Cinco años después notaron unos pescadores de Cádiz, que se hallaban en alta mar, una figura al parecer humana, que se mostraba fuera del agua, y se sumergía al acercarse a ella. Deseosos de averiguar qué cosa fuese, salieron otro día, y procuraron atraerle con pedazos de pan que le arrojaban a alguna distancia, observaron que los cogía con la mano y los comía. Empeñados con esto en el deseo de pescarle, creyeron conseguirlo juntando muchas redes y usando del mismo cebo, y al fin lo lograron. Llevaronle al convento de San Francisco de aquella ciudad, en donde le hicieron muchas preguntas en diversos idiomas, pero ni respondió a ninguna, ni se le oyó pronunciar una palabra. De esta taciturnidad pasaron a colegir estaba poseído de algún espíritu maligno, en cuyo concepto le conjuraron algunos religiosos. Por fin, después de algunos días pronunció la palabra Liérganes.

»Con este indicio se pidieron noticias a este pueblo, y recibidas se determinó un fraile franciscano a apurar por sí la verdad de un acontecimiento tan extraordinario. Salió con el mozo, y llegando al monte llamado de la Dehesa, que dista de Liérganes un cuarto de legua, le hizo seña de que siguiese adelante y guiase. Ejecutólo de suerte, que sin extraviarse un paso entró en casa de su madre. Esta y los hermanos del nadador le conocieron al punto, haciendo con él las naturales demostraciones de cariño; pero él se mantuvo inmóvil sin corresponder a ella en manera alguna.

»Nueve años permaneció en compañía de su madre, siempre con un trastorno intelectual que se acercaba al idiotismo, siendo así que antes de su desaparición manifestaba una regular capacidad. Andaba siempre descalzo. Si le daban vestido se le ponía, si no tan indiferentes le era andar desnudo como descalzo. Tabaco, pan, vino eran las únicas palabras que pronunciaba, pero sin propósito. Si se le pregunta si lo quería, no contestaba. No solicitaba la comida, pero si se la ponían delante o si veía comer y se lo permitían, comía y bebía mucho de una vez, y después no volvía a hacerlo en tres o cuatro días. Si se le mandaba llevar algún papel de un pueblo a otro de los que conocía antes de irse, lo ejecutaba con gran puntualidad, y siempre silenciosamente. En una ocasión le enviaron a Santander con un papel para un caballero de este pueblo, y no hallando el barco de Pedraña se arrojó al mar, y pasó a nado una legua que hay de travesía desde este embarcadero a Santander. Mojado como salió entregó el papel. El sujeto a quien iba dirigido le hizo secar para poder leerle, y aunque le preguntó cómo estaba de aquella suerte, no respondió nada. Por el mismo rumbo volvió puntualmente la contestación.

»Iba a la iglesia si veía ir a otros, o si se lo mandaban; pero en el tempo de nada hacía caso, ni se le notaban atención alguna a la misa y demás funciones eclesiásticas.

»Al cabo de los nueve años desapareció, sin que después se supiese cual fue su paradero.

»No entraremos en largos comentarios acerca de esta historia.

»Las dificultades que naturalmente sugiere su lectura, relativas al modo con que este hombre puedo acostumbrarse a un género de vida tan extraordinario, rompiendo la cadena de sus hábitos, y al de ejecutarse las funciones del sueño, etc., hacen sensible que su estado cercano al idiotismo haya privado de los datos necesarios para resolverlas, deduciendo consecuencias tan curiosas como interesantes. Haremos solo una observación. Este hombres conservaba fielmente la memoria de los lugares, cosa tanto más notable, cuando esta reliquia de la inteligencia aparece casi aislada. Unida esta circunstancia a las consideraciones que ofrece su larga vida marina, ¿no haría presumir que acaso este hombre no hizo más que obedecer al gran predominio del órgano de las localidades? Cuando este órgano tiene un desarrollo excesivo produce la afición que tienen algunos a la vida errante, y la pasión a los viajes. Los hombres que están dotados en grado eminente de esta facultad, por viajar todo lo sacrifican, fortuna, riesgos, cariño, nada les detiene, nada puede reprimir su inclinación irresistible. Por lo que hace al caso presente, nuestra presunción no pada de mera conjetura; pero a ser fundada, ¿no podrían los frenólogos reclamar este hecho como uno de los muchos que apoyan su luminosa doctrina?»

Lectura de 16 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 739 (Viento-Lluvia). Encapotado. Lleva un tiempo sin llover
  • Termómetro: 18,5 
  • Higrómetro: 46%

16 de Septiembre de 2015






martes, septiembre 15, 2015

Guardia de cómic: Reseña a “Top Ten”

Era de esperar, conforme a mi experiencia consolidada, que primero leyera esta pieza a reseñar antes de ponerme con la precuela a la misma, titulada The Forty-niners, pero las librerías están pobladas por duendes burlones, a veces malvados, que pasan los días de asueto mareando la perdiz y a los incautos lectores. Así que en vez de “empadronarme” en la “primeriza” Neopolis de 1999, pasé unos cuantos días de vacaciones en la de 1949, cuando aún estaba medio en cueros y sus arquitectos, una panda de tarados científicos nazis, la levantaban en medio de los EEUU como refugio para individuos de todo tipo y condición: héroes, villanos, robots y hasta extraterrestres. Y, como si fuera agua, urgía la implantación de un departamento de policía acorde a una población tan particular y problemática.

Me quedé muy satisfecho con la lectura de The Forty-niners, por lo que mis sentidos pedían repetir la experiencia Alan Moore; pero mi pie se enredó con una raíz que sobresalía de la tierra y me llevé un trompazo de estos gordos: Moore, Nemo, corazón de hielo, dedicada a la princesa Janni Dakkar, hija del capitán Nemo y enmarcable en la línea de La liga de los hombres extraordinarios; pero, por mucho que el guionista hiciera un homenaje a Lovecraft y a Las montañas de la locura (colándose D’Artacán y los tres mosqueperros hablando francés del revés), me dejó un tanto frío y no necesariamente por las condiciones climáticas del escenario. Por esa mala experiencia retrasé la lectura de Top Ten.

Pero el tiempo cura todas las heridas, eso dicen, Yo soy más partidario de que, como mucho, te enseña a vivir con ellas, por lo que llegó el día, al fin, de agarrar con firmeza un tomo de Norma Editorial que recopilaba los números del 1 al 12 de Top Ten, privándoles de paso de la querida grapa. Ya desde la primera página me convenció y pronto asentí con la cabeza al dar por ciertas las declaraciones que Moore dejó grabadas años atrás: que su intención era la de fusionar Canción triste de Hill Street con una serie de superhéroes. Y para conseguirlo solo hacía falta un marco único: Neopolis fue la respuesta.

Los diálogos y los personajes de Top Ten son sólidos. El hilo argumental central, que suelta amarras con la incorporación de la agente novata Robyn Toy Boy Slinger al departamento de policía Top Ten, gana enteros a media que los personajes abren al lector sus pechos y mentes, entre casos de drogas, abusos sexuales, corrupción, racismo, prostitución, etc. Tal es así que Moore encumbra a este comic al nivel más que digno de una premiada serie policíaca.

Verdad que es una canción triste de Neopolis entonada por unos policías cientihéroes con familia, con sueños imposibles y desgracias mudas tras una fachada de aparente indestructibilidad y toques de humor; algo de lo que seremos testigos si prestamos la debida atención a los pequeños detalles vitales que se filtran por entre las distintas viñetas. Seres divertidos o de aspecto oscuro y aterrador que en realidad son un espejo en el que se pueden reflejar, desde el mundo de la ficción de superhéroes, los agentes de la ley que salen todos los días y noches a patearse las frías calles y que presencian lo mejor y lo peor de la sociedad que protegen. Los mismos que han de resolver los problemas de los demás, dejando los suyos propios bien atados en casa, hasta que algo rompe el candado.

Las páginas están excelentemente maquetadas y distribuidas, lo cual es de agradecer, pues hay quien se ha obstinado, en esto de los cómics, en confundirme más de una vez con viñetas descontroladas y que solo obedecen a un mejor efecto óptico que a una lectura comprensible. Se lleva más bien un estilo tradicional, huyendo de forma cinéticas para enmarcar a los personajes.

Por no decir que es una gozada el troncharte de risa con las páginas que permiten una ojeada a fondo de la ciudad, una gran urbe fría, distante y futurista en la que hay gente con capa llevando volando a sus hijos al colegio para luego ir al trabajo, sorteando a monstruos del cine de los año ’50 haciendo de las suyas y vallas publicitarias de todo tipo. Lo mejor de lo peor, a medida que nos cruzamos con plagas de ultrarratones, pitufos ladrones u Obélix e Ideafix; lo cual es un susurro perceptible de que Top Ten es un macrohomenaje al mundo del cómic de ambos lados del Charco.

En resumen, he disfrutado cantidad del retorno a los cómics escritos por el viejo barbudo, aunque seguiré obviando los nuevos proyectos que regurgite su pringosa mente y que sigan la línea de la que asegura ya no se desvinculará pues no quiere otros proyectos que no sean secuelas para La liga de los hombres extraordinarios, algo que, en mi insignificante opinión, es un error.

America’s Best Cómics. 1999-2002
Norma Editorial SA. 2007
ISBN: 978-84-9814-846-6
Alan Moore (guión), Gene Ha (dibujo), Zander Cannon (bocetos)

Lectura de 15 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 743 (Viento-Lluvia). Encapotado y lloviendo ahora con suavidad
  • Termómetro: 18,5
  • Higrómetro: 44%

lunes, septiembre 14, 2015

«Dando una última vuelta al reloj», mi guión para «El Ministerio del Tiempo»



Cuando te encuentras con una historia tirada en el suelo, junto a tus pies, que brilla tanto como para llamarte la atención y mirarla de cerca, sería un acto estúpido, cobarde y egoísta no recogerla y llevarla al papel; saber cómo se va a desarrollar en él y, lo más importante para cualquier escritor, compartirla con todos los lectores posibles.

Un día no determinado del pasado mes de Junio, cuando dejé ya por imposible el seguir machacándome con una novela que me tenía atascado delante de una pantalla de ordenador, dos imágenes conocidas destellaron en un punto lejano de la galaxia de mi imaginación y se fueron arremolinando en espiral en torno a unos personajes y a unos escenarios propios de televisión que se presentaban como los ideales. Aquel brillo germinó, palabra a palabra, durante todo el mes de Julio y parte del de Agosto: una aventura guionizada en la que se colaron necesariamente muchos elementos de la serie de RTVE El Ministerio del Tiempo.

Quise probar de nuevo suerte con los guiones. No los había tocado desde aquellos oscuros años en los que me obcequé con ser autor de cómics. Y lo hice de esta manera porque era la forma que me pedía la propia historia y porque, en un ridículo arranque de arrogancia, pensé que podría llegar a interesar a la productora Cliffhanger y al propio Javier Olivares. Pero ya sabemos todos cómo va este asunto de los fans y no tan fans, y seguro que el bueno Javier se encuentra sobresaturado de solicitudes y ruegos de rodillas peladas de idéntica naturaleza a la mía.

Javier, con elegante parquedad (pues somos muchos a los que los días se les hacen muy cortos), me rechazó por no sentar un precedente. Y este fue un contratiempo con el que ya contaba, pues me tomé la ligera molestia de pensar y razonar acerca de este asunto.

Aunque tenía presente el alto porcentaje de negativa como primera y única respuesta, no deja por ello de ser un rechazo que, por mucho que hayas escrito y publicado, es como una bofetada bien dada a tu autoestima. Sin embargo, no la he considerado como algo adverso. Ni siquiera ese mes y pico de trabajo es para mí una pérdida de tiempo, pues he aprendido mucho acerca de los guiones y, lo más importante, me lo he pasado en grande escribiendo día a día, algo que no siempre es posible.

Este guión pretende dar mis propias respuestas a algunas de las insidiosas preguntas que me asaltaron continuamente durante el visionado de la primera temporada de El Ministerio del Tiempo (nuevo arranque de arrogancia); aunque aun quedan muchas en el tintero (las más importantes), algo que resulta irónico en un guión como éste, que sobrepasa ampliamente los márgenes de los de la serie, que podemos descargar gratuitamente desde la página web de RTVE, y que cuentan con una media de 11.500 palabras. Este que tenéis entre las manos, sacando dos cuerpos de ventaja, supera las 36.000, distribuidas a lo largo de 190 escenas; y, aún así, está necesitado de una segunda parte para cerrar el círculo.

Y os preguntaréis qué hay dentro del guión. Pues bien: Esta es una aventura en la que llevo a Amelia, Julián y Alonso bien lejos de los límites geográficos de la Península Ibérica y a un momento crítico para nuestro país como fue el mes de Febrero de 1898. Sintiéndome con la libertad propia del momento, he introducido nuevos personajes y tramas subyacentes. Mi intención ha sido, sobre todo, reventar los claustrofóbicos límites del despacho del subsecretario Martí y el pozo de las puertas; conocer a la gente de arriba, además de pasear por ciertos y oscuros recovecos del palacio de la Duquesa de Sueca.

En cuanto leáis el guión echaréis en falta al personaje de Irene Larra. La explicación que os puedo dar también es muy sencilla: debido a que desconozco cómo se las ingeniarán para hacerla volver al servicio activo o convertirla en un enemigo declarado del Ministerio, he preferido no especular y limitarme a no incluirla en el drama.

Este hiperalimentado guión no tiene nada que ver con la serie en sí. Os lo tenéis que tomar como lo que ha acabado siendo: una obra de fanfiction que gira en torno a la idea creada y desarrollada por los hermanos Olivares, que son sus legítimos dueños.

Podéis descargaros gratis el guión en la siguiente dirección:

Tan solo disfrutadlo, compartidlo y, si queréis, comentadlo tanto para bien como para mal.

Lectura de 14 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 753 (Variable). Encapotado
  • Termómetro: 19
  • Higrómetro: 43%

14 de Septiembre de 2015






viernes, septiembre 11, 2015

Lectura de 11 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Estratocúmulos
  • Termómetro: 19
  • Higrómetro: 43%

11 de Septiembre de 2015






jueves, septiembre 10, 2015

"Final Frontier"



Thomas Bergensen firma el magnífico tema que escuchamos durante el visionado del trailer de, quizá, la mejor película de Christopher Nolan: "Interstellar".

Es una pieza imprescindible en mi día a día, pues me eleva bien lejos del planeta Tierra. Me siento desafectado por esa gravedad que mantiene mis pies clavados al suelo, a medida que los líquidos combustibles, en forma de esquivas lágrimas de emoción, corren raudas hacia el espacio exterior.

Lectura de 10 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754,5 (Variable). Encapotado
  • Termómetro: 20º
  • Higrómetro: 42%

10 de Septiembre de 2015




miércoles, septiembre 09, 2015

Bocazas de 1898


Se considera un hecho indiscutible que la guerra hispano-estadounidense de 1898 fue la primera conflagración impulsada por las calderas del Cuarto Poder: la prensa escrita. La gota que colmó el vaso fue la voladura del crucero americano Maine, acontecida el 15 de Febrero y que causó más de doscientas bajas mortales entre la tripulación. Pero la presencia de dicho navío en La Habana, puerto al que se había autoinvitado él solito, fue, en sí, la penúltima gota de una tensión creciente entre dos naciones.

Ese conflicto supuso el debacle final para el otrora Imperio español en el que no se ponía el sol y un corto pero buen comienzo para los yanquis en su recto camino para encumbrarse en los primeros puestos de las superpotencias mundiales, algo que conseguiría a finales de 1918. Lo que menos sabe la gente es que esa confrontación bien pudo acabar siendo conocida como la primera guerra mundial.

Cuando llegaron los telegramas dando noticia del drama del Maine, al amarillista William Randolph Hearst no le tembló la mano a la hora de publicar en su periódico, el New York Journal, un titular y un artículo con los que daba por sentado que lo que era para muchos y fue en realidad, un accidente, fue, en cambio, un acto de guerra cobarde perpetrado por el “enemigo”. Su inteligencia le llevó a omitir toda referencia expresa al reino de España, pero para cualquier hijo de vecino estaba más que clara la identidad de ese enemigo: el público norteamericano en general dio por hecho que la voladura del crucero Maine fue un atentado perpetrado por elementos hostiles españoles que suponía una declaración de guerra en toda regla, y la acusación, más abajo, de que se produjo por una mina submarina española, ya encarrilaba hasta al más privado de índice cefálico.

Incluso el New York Journal ofrecía una recompensa de 50.000 $ a quien lograra detener y entregar a la Justicia al culpable de tal acción.

El empeño por expulsar cualquier bandera europea del continente americano era algo muy propio de la clase adinerada y política más intransigente de los EEUU, la cual seguía la Doctrina Monroe con el mismo fervor con el que entonaba los cánticos religiosos protestantes cada domingo en su iglesia. La Unión era un país formado a golpe de inmigración, por ciudadanos de cientos de países de los que, literalmente, habían sido expulsados; era algo nuevo y diferente y que se sabía dueño de su propio futuro, que ya se auguraba como brillante.

Curiosamente, Washington, durante los primeros meses del conflicto colonial, en 1895, adoptó una postura neutral y favorable a los intereses españoles, para, más tarde y con la entrada en juego del presidente MacKinley, tensar la cuerda no poniendo freno alguno a que ciertos medios periodísticos se dedicaran a satanizar a todo aquello que oliera a «producto ibérico» y a que partidas privadas de contrabando (filibusteros) campasen a sus anchas por sus costas, partiendo desde Cayo Hueso con el único fin de aprovisionar a los mambíses. Esto último fue lo que más calentó los ánimos, pues la Armada española había dispuesto una red de guardacostas, no del todo eficaz, pero que, de vez en cuando, cazaba a «inocentes» yanquis abordo de barcos bien surtidos de armas y alimento con destino a un comercio ilegal de guerra. España actuaba conforme al Derecho Internacional reprimiendo tales líneas de contrabando, pero para los norteamericanos de pie, debidamente manipulados por ciertos medios, veían, en esos actos legales de policía de los guardacostas de la Cuba española, verdaderos y ofensivos actos violentos contra la soberanía de los Estados Unidos y contra, lo más importante (aunque en realidad importar importaba más bien poco): la libertad del pueblo cubano.

Sin embargo, ¿solo había bocazas en los periódicos de los Estados Unidos?

Como en los inciertos días que nos tocan vivir, esos mismos en los que éste que escribe, con vistas de lo que se pueda avecinar, ya practica con el brazo en alto «el saludo de la mano prensil» (que lo mismo me da la palma extendida que el puño cerrado), había bocazas por todos lados en ese 1898 y España no iba a ser la excepción. Las barbaridades que escuchamos y leemos día sí y otro también, exabruptos que reproducen los telediarios y los periódicos, extraídos de grabaciones de todo tipo —aunque, últimamente, brillan con intensidad las perlas que se esconden en los bajíos de Twitter—, eran también cosa fácil de encontrar por entonces, hace más de un siglo. Como botón de muestra vale un artículo publicado en La Correspondencia Militar, a 26 de Enero, con motivo de la incómoda estancia del Maine en La Habana. En dicha columna se nos hace constar la perturbadora falta de acción del gobierno de Madrid ante lo que se entienden como continuas provocaciones por parte de los Estados Unidos de América en las aguas del Caribe y las reclamaciones de MacKinley, quien  pregonaba, como si tal cosa, el indulto para los (a este lado) traidores separatistas cubanos.

La presencia del Maine en La Habana se entendía como una más humillación para España y la demostración de que en Washington se tenía constancia de que el gabinete español era débil; temiéndose, incluso, que dicho crucero pudiera protagonizar un golpe de mano en Cuba (lo mismo temieron los americanos ante la presencia del crucero acorazado Vizcaya en el puerto de Nueva York entre los día 19 y 25 de Febrero).

Del artículo destaca la que se podría considerar como una barbaridad, muy alejada de la diplomacia, si la entendemos en términos amarillistas al estilo Hearst:

«Ahora bien; ya que los gobernantes no se preocupan de la actitud provocativa de los Estados Unidos; ya que permiten que los buques de esta República invadan nuestros puertos; ya que consienten que la saliva de los yankees llegue hasta nuestra historia; ya que autorizan con su indiferentismo que el pabellón español, después de los triunfos conseguidos, esté a punto de ser pisoteado; ya que todo esto se tolera, se impone que las fuerzas vivas de la Nación protesten, no con el motín perturbador ni con la algarada sediciosa, sino con seriedad, con entereza, en forma adecuada para que nuestros buques de guerra salgan inmediatamente con dirección a la Habana a sepultar en el fondo del mar el cargamento de vergüenzas que con destino a España conduce a su bordo el Maine».

Cierto es que cuando uno escribe sobre cuestiones del tipo que sea, ha de medir muy seriamente sus palabras. Entonces aún se hacía lo propio, no como ahora, que gana quien más riegue el contrario con sus esputos. Sin embargo, la fuerza primera del párrafo y el mensaje final, aunque apaciguado, ¿podría permitir considerar que los militares españoles estaban buscando una excusa para lanzarse a una guerra ya perdida de antemano? ¿Podría incitar a alguien a hacer saltar por los aires al Maine? ¿Fueron artículos como estos, escritos a este lado del océano, los que sirvieron de base a Hearst y a Joseph Pulitzer para escribir sus beligerantes artículos y justificarlos? ¿Los propios reporters españoles sirvieron en bandeja una confesión falsa?