lunes, noviembre 30, 2015

«El cebo», de Luis Mollà

Luis Mollà es un viejo conocido entre las cuadernas de El Navegante del Mar de Papel y  las secciones de las librerías que se dejan arrullar por el rumor cadencioso de las olas y las aventuras en mares lejanos o no tan lejanos. Una larga trayectoria literaria en la que se realiza un nuevo apunte con «El cebo», una novela que nos lleva a unos de los incidentes más remarcados de la entonces llamada Gran Guerra: el hundimiento de trasatlántico Lusitania.

Como ya he hecho en otras ocasiones, en vez de hablar yo, voy a dejar que sea el propio autor quien nos hable contestando a unas pocas preguntas:

¿Por qué una novela sobre el Lusitania? Cierto que el 7 de Mayo de este año se cumplió un siglo de tan funesto acontecimiento. Tratas, además, de una posible conspiración para provocar el ingreso de los EEUU en la Gran Guerra, un recurso bien conocido a lo largo de la Historia.


Efectivamente, la idea era hacer coincidir la publicación con el centenario del hundimiento, pero ya sabes que en literatura el escritor propone y el editor dispone, aunque en el caso de "el cebo" tengo que decir que Goodboooks se ha dado toda la prisa que ha podido.  En cuanto a la conspiración que pudo darse en su hundimiento para convertir el Lusitania en el Casus Belli de los americanos, efectivamente, ya se ha producido antes. Basta recordar el Maine.

¿Qué elementos de estudio histórico han acompañado a la escritura de «El cebo»?

Básicamente relatos sobre la construcción de los grandes trasatlánticos de la época y en cuanto a la posible conspiración, hay abundancia de información en la Red y algunos libros. Personalmente creo que el inglés medio cree en la teoría, pero se ganó la guerra que era lo que importaba y eso hace bueno todo lo demás.

¿Qué ha sido lo más difícil de este relato?


Personalmente opino que la novela histórica es una entelequia, porque cada uno contempla la historia con un matiz diferente. Existe, sin embargo, la novela de ficción apoyada en hechos históricos incontestables. En el caso de «El cebo», es difícil establecer la barrera entre lo cierto y lo onírico, ya que si hubo elementos extraños que participaron en el hundimiento del barco, se han mantenido a lo largo del siglo sumidos en una densa bruma. Seguramente porque a alguien le interesaba que así fuera.

Todo aquel que conoce tu obra literaria y trayectoria militar, sabe de tu vinculación con el mar, pero, ¿qué podría atraer de tu nueva obra a un lector a quien le seas desconocido? Reconozco que es una pregunta difícil.

Si a ese lector le atrae la literatura del mar, no tiene que ver que me conozca para que le interese la historia que pueda haber detrás de aquel torpedo del U-20. Y si el mar como escenario literario no le ha interesado nunca, aquí tiene una buena oportunidad para conocerlo.

¿Qué parte de la novela la vez como fundamental para enganchar a un lector que ya sabe de ti?

Hasta ahora y aunque el mar ha estado siempre presente en mis ocho novelas anteriores, los protagonistas han sido siempre españoles. Ahora me sumerjo en una historia inglesa y como me gusta chinchar a los ingleses he tenido que servirme como artilugio de un traidor que lucha contra los intereses de su patria movido por el rencor. Tal vez esa la novedad más peculiar.

Datos de la obra: Escrita por Luis Mollá, publicada por Goodbooks, a la venta en el Corte Inglés, FNAC, Casa del Libro y las principales librerías al precio de 19,95 Euros, 305 páginas, y por añadir añadir otros datos que no suelen ofrecerse, tres meses de investigación, cuatro y medio de escritura y unos cinco para correcciones.

Nº de páginas: 304 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: S.L. GOODBOOKS EDITORIAL
Año: 2015
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788494364655

Lectura de 30 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 762 (Variable). Despejado
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30 de Noviembre de 2015



viernes, noviembre 27, 2015

Instancia de Izabella Morales


Lectura de 27 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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27 de Noviembre de 2015







jueves, noviembre 26, 2015

Guardia de cine: Reseña a “Kill Bill”, volúmenes 1 y 2

Título original: Kill Bill Vol. 1 & 2. Año: 2003-2004. Nacionalidad: EEUU. Duración: 111-137. Color. Dirección: Quentin Tarantino. Guión: Quentin Tarantino. Elenco: Uma Thurman, David Carradine, Daryl Hannah, Lucy Liu, Viveca Fox, Michael Madsen.

Hace poco más de una década, sacudiéndose la chaqueta y los pantalones del polvo que le dejó impregnada la discreta Jackie Brown, el colega Quentin Tarantino reapareció en la cartelera con su desparpajo habitual y la sana intención de inocularnos uno de sus febriles virus. Y no hay nadie que lo entienda de otra manera: lo consiguió y nos enfermó. No había lugar donde pudieras estar tan tranquilo y que no apareciera Uma Thurman con catana y chándal amarillo de franja lateral negra, en evidente homenaje a Bruce Lee. La morcillada estaba servida, completando un menú de venganza, Spaghetti western y cine hongkonés de artes marciales de los años ’70. Todo era tan impactante a nivel visual que hasta no sorprendía que se insertaran ciertas escenas hiperviolentas en Anime

Digamos que la cinta enlatada como Volumen 1 era bestial, atractiva y directa; coaccionó a medio planeta para que desfilara por las salas de cine y terminara la experiencia satisfecho gracias a un alarde de frikismo liberado sin precedentes.

No es que necesite este Volumen 1 de una reseña más amplia, pues con unas pocas palabras se resume a la perfección este filme: rapidísimo, muy bien estructurado e irónico.

Respecto al Volumen 2 nos podemos detener algo más a rascar la pintura, aunque sea debido a que no está a la altura visual de su “hermano mayor”. Se deja aparcado por completo al cine de artes marciales —género que tan solo regresa fugazmente al metraje en un capítulo en el que se relata el duro entrenamiento de Beatrix por parte del maestreo Pai Mei y que queda algo mal— y se lanza sin miramientos a los brazos del Spaghetti western.

El Volumen 2 no repuntó la fiebre, ya muy baja tras habernos hartado de una colegial nipona psicópata y otras delicatessens orientales. Habíamos quedado tan extasiados con el día de San Martín que disfrutaron los 88 maníacos que el desierto, coprotagonista en gran parte del filme, se nos mostró desnudo y sin vida; por no decir que llegamos a aburrirnos como ostras en un vivero hasta llegado el ecuador y los últimos capítulos.

Incluso la banda sonora original del primer Volumen era cien veces mejor.

En definitiva, el guión de Tarantino no es lineal y equilibrado durante las tres horas totales. Se asciende hasta la cresta de una gigantesca ola para luego caer en picado, zambulléndonos, con un doloroso golpe, en un agua helada que atraviesa nuestro cerebro con cuchillos de tedio. Solo un sol lejano nos calienta un poco cuando somos capaces de regresar a la superficie. 

Y esto es todo lo que tengo que decir al respecto.

Lectura de 26 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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26 de Noviembre de 2015





miércoles, noviembre 25, 2015

El «Dédalo» navega de nuevo junto al «Juan Sebastián Elcano»


El traer a estas líneas cualquier obra nueva de nuestro amigo Roberto, el Ilustrador de Barcos, siempre es un honor y una alegría. En esta ocasión, aún si cabe, merece más la pena dedicarle un espacio pues su nueva pintura, en la que mezcla los estilos de acuarela y gouache para que dos míticos de nuestra Armada la protagonicen: en primer término el Juan Sebastian Elcano y, un poco más alejado, el R-1 Dédalo.

La lámina cuenta con unas dimensiones de 35x50 y está a la venta en la Librería Robinson de Madrid, cuyos datos de contacto indico a continuación:

c/ Santo Tomé, 6
28004 Madrid

Tfno. 910 24 28 07

Horario 1000-2030 horas

Contactad e informaros para adquirir esta pieza única.

Lectura de 25 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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martes, noviembre 24, 2015

«Under Pressure»



Hoy hace 24 años que nos dejara Freddie Mercury, por lo que es normal que adelantemos la sección «Música en la camareta». Para la ocasión he escogido uno de los grandes duelos entre Freddie y el público asistente a los conciertos: el viviendo en Wembley '86, seguido de la fantástica Under Pressure.

Lectura de 24 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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24 de Noviembre de 2015



lunes, noviembre 23, 2015

¿Auténticos y desvividos defensores de la Naturaleza?

Hace unos días tan solo, apareció publicada en la prensa una noticia en la que se alertaba que la Comunidad autónoma de Galicia era, en relación al total del Estado, la que menos reciclaba

No pasé del titular; no lo leí; es más, sé del mismo por el boca a boca. Es algo demasiado habitual en los últimos tiempos en los que devoramos titulares como animales que se contentan con las cáscaras de los frutos. 

Pero ésta era una noticia muy significativa cuando nos levantamos y nos acostamos a diario poniendo el grito en el cielo por los índices de CO2 que emiten ciertos motores de la Volkswagen o por la boina injustamente nacionalizada como madrileña (pues no es exclusiva de esta ciudad), y que la sobrevuela durante los anticiclones. Significativa pues sobresale de entre los montones que forman el vertedero ético e hipócrita que es nuestro comportamiento como sociedad; ese mismo que nos sirve de escenario para representar el drama doloroso de lágrimas de cocodrilo producidas por la contaminación global, aunque no tanto para sentir empatía con el sufrimiento que causan nuestros propios caprichos contaminantes y consumistas a un simple obrero chino que ensambla las piezas del más novedoso y, por tanto, más ansiado smartphone, ese mismo por el que estamos dispuestos a dilapidar el 100% del salario de un mes. Nos indignamos al calorcito y brillo alegre del televisor aun sufriendo los males de la Tierra a una escala infinitesimal en relación con los chinos, los congoleños… 

Es tan bonito abrir la boca y quejarse para repetir por lo bajini la oración “virgencita, que me quede como estoy”…

Cuando aterricé en Galicia hace más de diez años, un titular de tal calado me habría, ciertamente, impactado. Ésta es una comunidad muy vinculada al sector primario, muy castigada por los incendios (difícil de olvidar el verano de 2006) y las mareas negras que cubrieron buena parte del litoral en más de una desastrosa ocasión. Es decir, una comunidad dependiente de una ordenada y respetuosa explotación de su tierra y su costa. Términos como «medio ambiente» y «reciclaje» deberían ser algo más que palabros sin sentido en un diccionario que nadie abre, algo más, por ejemplo, que la eterna, hipócrita y desfasada cruzada por erradicar de la ría de Pontevedra la papelera de ENCE, la única industria en el área (aparte de la BRILAT), y que se sustenta tan solo en cuestiones de olfato (nos hemos hecho tan finos como los barceloneses en cuestiones de olor a mierda), aunque cualquiera con más de cincuenta años a la chepa te dice que ahora no huele nada en comparación con lo que echaba entonces.

Sin embargo, pasados los meses y los años, el titular me parece tan ajustado a la realidad como un guante de seda a una delicada mano; incuestionable y sólido más allá de la simple valoración estadística. A decir verdad, no tardé mucho en ser testigo presencial de una serie de actos humanos que me dejaron ya atónito, sin necesidad alguna de que un avispado y aburrido periodista del 2015 trajera el tema a la palestra gracias a una noticia de efímera duración y que, probablemente, tan solo recuerde éste que os escribe.

Ahora bien, no quiero que nadie piense que procedo de un lugar en el que todos vamos a misa donde el contenedor de reciclaje. Allí había mastuerzos de los buenos, pero también acababa de abandonar una zona hiperindustrializada.

Cierto es que podemos afirmar que la vinculación rural del territorio gallego supondría una efectiva pero no cuantificable reducción del reciclado, pues se tiende a una reutilización de materiales para mantener ese tipo de vida (y no me estoy refiriendo al uso de somieres viejos como verjas para cerrar fincas); sin embargo, nada puede justificar comportamientos tan ofensivos como los que paso a relatar y que, a buen seguro, habéis presenciado vosotros mismos allá donde viváis. Esto no es feudo exclusivo de gallegos, ni mucho menos; pero, quizá, revoloteando a vuestro alrededor como torpes y cansinas moscas, no haya nadie pregonando a suave grito de megáfono “A defensa da terriña”.

Comienzo con una historia que me tocó muy de cerca pues la protagoniza una persona conocida y de antipático recuerdo. Este individuo, tratando una vez más de hallar las formas más insospechadas y absurdas de alimentar su propio ego y superioridad moral, se plantó un buen día delante de mí, muy orgulloso, anunciando a quien tuviera oídos ociosos o sin tapones, que se había gastado 60,00 € en comprar un cubo con varios compartimentos que distinguían entre basura orgánica, vidrio, papel y plásticos; de esos que te ocupan, con toda tranquilidad, una superficie de dos metros cuadrados. Hasta aquí, nada del otro mundo o digno de subrayar, sobre todo tras un discurso tan sentido como hueco en defensa de la Naturaleza que brotó con soltura por su enorme y pestilente bocaza. Nada como un banal gesto material y capitalista ante el mostrador de un bazar chino para demostrar que uno es superior moralmente al resto de los mortales.

La pregunta que se le formuló a continuación no estaba de más, creedme. Puede sonar estúpida, sí, pero dadme un poco de margen para que os hagáis perfecta y clara imagen de la persona en cuestión:

—¿Y vas a usar el cubo?

¿Cómo se nos ocurrió hacer tal cuestión? Pues porque nos conocíamos el percal.

—No. Claro que no —respondió con el mismo brillo orgulloso en la mirada que llevaba paseando toda la mañana—. Va a ir todo a la basura, que el contenedor de reciclaje me queda lejos de casa. ¿Para qué me voy a molestar?

¿Para qué? Para nada, es obvio. Vamos. 60,00 € para presumir y demostrar que se es idiota es un precio necesario y justo que hay que abonar sin quejarse.

Otra buena historia, que me marcó y que merece su huequecito en este post, sucedió entre las paredes de mi despacho, teniendo enfrente mío a una buena mujer cuyo nombre soy incapaz ahora de recordad, aunque tampoco es que esté haciendo esfuerzo alguno por salir de la duda. Torpeza mía. 

La señora acudió con la loable intención de contratar nuestros servicios justo cuando los rescoldos del verano de 2006 terminaron de enfriarse. Por aquella, la Consellería de Medio Ambiente de la Xunta pagaba a tocateja, sin preguntar quién y por qué, cualquier reclamación de daños al patrimonio ganadero, arborícola y agrícola que se presentara en el Registro. Todavía vivíamos en la ingravidez económica del país de Jauja y el dinero fluía a chorro, sin control alguno; todo fuera para contentar al paisano afectado o afectadísimo por los incendios que arrasaron la comunidad sin tregua durante los largos meses estivales.

Eran tiempos en los que había que agotar presupuestos aprobados («no vaya a ser que para el año que viene nos den menos») y que fomentaban una clase social muy característica de estafadorzuelos, cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días, pagando justos por pecadores. En realidad, no era una fenómeno exclusivo de la Administración pública, pues un ejemplo muy claro de esto que digo lo veíamos en el campo civil y en las reclamaciones a seguros: antes se pagaba y punto; ni se molestaban en enviar a peritos, ni discutían el importe de facturas de reparación o informes médicos claramente interesados. Pero ahora todo es diferente: la simpatía de los agentes o corredores de seguros y de las campañas publicitarias se agota a la hora de contratar pues, cuando llega el momento de comunicar un siniestro, del tipo que sea, todo son pegas y la tónica es una nada encubierta acusación generalizada hacia la víctima o afectado de que es un estafador.

En aquellos años de los 2000, la década prodigiosa en la que nos creímos ricos, guapos y sobrados de paquete, la Administración se creía otro tanto. ¿Qué crisis? Las consejerías eran dirigidas por alegres funcionarios que aprobaban y firmaban con un sello de caucho mientras hubiera dinero suficiente en los bolsillos de los contribuyentes; qué más daba a dónde iba ese parné amasado a golpe de impuestos. Todo era poco para indemnizar a los perjudicados o no de tanto desastre ecológico. No importaba si en una parcela de cien metros cuadrados crecieran supuestamente quinientos palillos humeantes que, antes del paso del fuego, eran tan anchos como sequoyas milenarias. Tantos árboles, tanto dinero por cada uno y todos contentos, sobre todo el electorado

—Dios mío, es imposible, pero no importa, Manolo, amigo mío. Y, te lo digo yo y no vayas a ponerle oídos a otros, ¿eh?, no me jodas: ¡eso de que todos los jodidos protestan, pero de que no todos los que protestan están jodidos es ciencia-ficción! Dichosos aquellos que crean sin haber visto. Seamos católicos, romanos y apostólicos practicantes al menos para eso y nada más.

Como iba diciendo, la buena señora quería que le rellenáramos y presentáramos la pertinente instancia para reclamar los daños sufridos por pérdida total en varias parcelas en las que, por obra del espíritu santo, medraban con gloria divina robles centenarios (uno se pasea por los montes y se harta de ver pinos y eucaliptos, y aún estoy esperando la ocasión de admirar esos olivares que se dice que hay por esos lares de Dios). Cargando los bisoños sistemas de Google Earth y SIGPAC, no podía hacer otra cosa, delante de la pantalla del ordenador y de la señora, que arquear las cejas en un evidente gesto de interrogación, pues no veía por ningún lado esos ciento y pico robles de más de cien años en las parcelas indicadas, a no ser que estuvieran montados unos encima de los otros, embalados en cajas y colocados con carretilla elevadora en algún almacén de Ikea. Es más, teniendo a mano la superficie registrada de las fincas, era imposible físicamente tal profusión arborícola. 

Pareciéndome todo aquello un disparate, redacté la instancia, uní la documentación obrante y lo llevé todo a la Xunta. ¿Quién soy yo para discutir? Y la cosa debió salir bien, pues no se supo nada más de la señora.

Resultó que nuestra cliente era una más de esos listos que paseaban sus carnes ante los organismos administrativos aquellos días y que se forraron, en su injusta medida, gracias a la desgracia del fuego, que siempre está ahí, en el verano gallego y nacional, por dos motivos bien concretos: primero, joder al personal y, segundo, lucrarse. Hay quien lo conseguía gracias a ese «daño colateral», pues al paisanaje le solivianta cualquier estrago en su terrón de tierra, por mucho que ésta no sea mayor que la que cabe en una maceta, pero se tranquiliza siempre y cuando algún bobo toque el arpa y abone el metro cuadrado a precio de oro (he llegado a ver supuestos en los que se reclamaban, con venas marcadas en el cuello, la cantidad de 6.000 € por metro de una tierra que apenas valía un par de euros).

Pero esos tiempos pasaron a mejor vida y hoy se ve todo con lupa; los criterios administrativos han cambiado hacia una mayor fiscalización, con la activación de medios y medidas de prevención (no por ello más eficaces), y aquella cliente olvidada será uno más entre esos que se plantan a lo Chanquete ante la Xunta, ahora que los obligan a tener sus fincas limpias de residuos biológicas y respetando los controles antiincendios. Bueno, quizá no, que de todo hay en este mundo de Dios.

Descendiendo un peldaño en la escala y regresando al territorio semiurbano de Pontevedra, me veo en la obligación de haceros partícipes de otro acto cotidiano que aconteció durante el transcurso de una gris y lluviosa tarde de otoño, de esas que buscas como un poseso el cobijo de un techo y una estufa para secarte los calcetines. Vamos, un día en un mundo plomizo que tiene prisa por desaparecer por la alcantarilla.

De una papelería-librería vi salir a un hombre cargado con una voluminosa cantidad de cajas de embalaje, ya plegadas. Habían cumplido su cometido, así que sobraba su presencia dentro del establecimiento. Frente al escaparate y puerta se posicionan una digna y colorida colección de contenedores que cubren todas las necesidades humanas al respecto. Es más, el azul de cartón es el más cercano y los de basura los más alejados. Lo lógico y ético habría sido que aquel tipo, bajo la inmisericorde lluvia y desprovisto de cualquier tipo de prenda hidrófuga, hubiera corrido hasta el contenedor de reciclaje de cartón… Pero no lo hizo. Anduvo unos metros más para arrojarlo todo el de la basura. ¡Ole sus huevos!

No sé en qué momento de mi transcurso vital de mi historia en esta ciudad sucedió tal hecho, pero sí sé que resquebrajó la figura del gallego comprometido con la Naturaleza hasta el punto de que colapsara tal idea dentro de mi cerebro. Quizá debería haber encabezado con esta historia este corto compendio de horrores en cuatro actos, pero ya es tarde para modificarlo.

Para terminar, vuelvo a trasladaros a otra tarde de mi vida. Tranquilos que no caía del cielo ni una sola gota. 

Al llegar a la altura de un portal casi me atropella un chaval de unos dieciocho años, cargado con bolsas de residuos, camino también de los contenedores. Antes de que este sujeto abandonara la sombra del voladizo del edificio, el videoportero chisporroteó nervioso, transmitiendo la voz de otro joven.

—¡Ey! Tira los cartones y los plásticos a su contenedor.

Era una petición simple y fácil de cumplir, pues se advertía que se habían separado en casa los diferentes residuos; pero el cargado y arrogante porteador, con mejores cosas que hacer (por lo visto), replicó de mala manera:

—Y una miera. Va todo a la basura.

Me entraron ganas de aplaudirle con toda la ironía (que no es poca) que puedo destilar. Sí, señor. Debía ser familiar del protagonista de la primera historia de este recopilatorio de microcuentos, porque no puede haber otra explicación.

Y hasta aquí tengo ganas de contaros batallitas, pues no solo se me han acabado los ejemplos preciosistas que dan debida muestra del género humano más vulgar, sino porque ya os he robado demasiado tiempo con unas fruslerías que dan vómito. A buen seguro, todos habéis sido testigos de desfachateces de igual o mayor tamaño, pasados ya cuarenta años desde que Jacques Cousteau o Ziggy Stardust alertaran de que nuestro mundo se iba por el sumidero; en un planeta un 40% más contaminado (y subiendo) que hace cien años y en el que la solidaridad y respeto hacia nosotros mismos y las generaciones venideras son inexistentes.

Lectura de 23 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 757 (Variable). Despejado
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23 de Noviembre de 2015




jueves, noviembre 19, 2015

"Talk Dirty"



Seguimos escuchando a Robyn Adele, de Postmodern Jukebox, que, en esta ocasión, versiona al estilo Klezmer.

Lectura de 19 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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19 de Noviembre de 2015





miércoles, noviembre 18, 2015

Las nubes y su formación

Hubo un tiempo en el que un gurú de la publicidad quiso lanzarnos, con el loable fin de vender compresas (nunca sabré porqué hay tantos anuncios de este tipo cuando las mujeres no los necesitan para adquirirlas, pues suponen una molesta necesidad para ellas), la pregunta de «¿a qué huelen las nubes?». Yo siempre lo tuve bien claro: a humedad.

Las nubes son formaciones compuestas por gotas de agua o cristales de hielo que necesitan de uno o varios de los siguientes elementos para existir: calentamiento de la superficie, orografía, masas de aire convergentes y frentes fríos y calientes.

Aún así, para que esas gotas de agua y cristales de hielo estén en suspensión y formen las nubes necesitan de un punto de sustentación que lo constituyen el polvo (tanto propio de la Tierra como cósmico (¿nunca os habéis preguntado cómo es posible que haya tanto polvo por todos lados?) y el polen.

Con el calentamiento se produce la evaporación, convirtiendo el agua de estado líquido a gaseoso al separarse los átomos de oxígeno e hidrógeno. El vapor comienza a condensarse cuando, en la atmósfera, se encuentra con una masa fría. De vapor pasamos de nuevo a líquido (punto de rocío) que se forma alrededor de las partículas de polvo y polen, creando núcleos de condensación.

Según la cantidad de agua que arrastre la masa de aire caliente al ascender a la troposfera formará según qué tipo de nubes.

Mas en concreto, si la masa de aire caliente y húmedo choca contra una montaña (ascenso orográfico), supondrá que el aire ascienda a capas más frías, provocando la formación de nubes horizontales por debajo de los 3 km. de altitud, llamadas estratos. El freno que supone la orografía de la Tierra, retiene los núcleos de condensación, acumulándolos a medida que la masa de aire caliente sortea la montaña.

Los tipos de nube más espectaculares (al menos, para mí) con los cúmulos y los cumulonimbos, que se forman también por debajo de los 3 km. de altitud y que se producen por convección térmica. Son grandes masas que recuerdan al algodón y que pueden traer precipitaciones que cesan en cuanto la nube se divide.

El último tipo de formación de nubes se debe al choque en zonas de contacto entre masas de distinta temperatura y densidad. Así es como tenemos a los nimbostratos (3 km. de altitud), altostratos (entre 3 y 5 km. de altitud) o cirros (12 km de altitud). Los nimbostratos y los altostratos producen, generalmente, lluvia. En cambio, los cirros indican buen tiempo si no se mueven deprisa. Cuando una masa de aire frío que se desplaza, choca contra una masa de aire caliente se forman cumulonimbos.

Lectura de 18 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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18 de Noviembre de 2015



martes, noviembre 17, 2015

Guardia de cómic: Reseña a “Superman. Hijo rojo”

Por supuesto que he visionado muchas de las películas en las que este particular superhéroe hace acto de presencia como protagonista absoluto (sobre todo las de Christopher Reeve) y hasta muchas de sus adaptaciones televisivas, ¿quién no?, pero el concepto de Superman siempre me ha causado cierta indisposición a la hora de acercarme a sus distintas historietas. Se me atragantaba como personaje y lo veía demasiado pedante con su caracolillo fijado parece que a golpe de soplete, aunque no tanto como el inefable Mr. Fantástico, a quien no soporto en absoluto. Yo, en particular, aunque hace tiempo que dejé de lado el género, me mostraba más inclinado hacia personajes más imperfectos o reales dentro de lo que cabe: marginados de la talla y empuje de la Patrulla X y otros, con sus ambigüedades y retorcidas mentes, vidas y desgracias.

Superman fundó los cimientos de un género que nos ha acompañado desde el segundo tercio del s. XX, en el que la Humanidad estuvo buscando a alguien que la liberara de sus problemas o tristezas: un supermesías. Hay que reconocerlo. Pero este cómic parece ofrecer una cosmovisión radicalmente opuesta y el que lleve impreso el nombre de Mark Millar como guionista es motivo más que suficiente para desterrar nuestros prejuicios sobre un tipo que va en calzoncillos por la calle

Pero creo que el motivo que me empujó realmente a leer Hijo rojo es mi afición o gusto literario por las ucronías o líneas temporales alternativas que brotan violentas e incontrolables tan solo con que una gota de lluvia caiga donde no debiera o un mosquito termine muerto por la acción de alguien que no debía estar ahí.

En mayor o menor medida, conocemos la historia de Superman, su biografía, pero, ¿qué sucedería si Kal-El, en vez de “aterrizar” a las afueras de un pueblecito estadounidense como Smallville, en las tierras de la familia Kent, lo hubiera hecho en las de una granja comunitaria de la Ucrania soviética de 1938? ¿Y si Superman, en vez de estar al servicio del ciudadano occidental, lo estuviera al de un estado como la URSS y de los ideales comunistas, sentándose a la derecha de Joseph Stalin? Gracias a estas dos preguntas nuestros cerebros grises y aburridos estallan con una miríada de coloridas respuestas, y Mark Millar plantea las suyas en una vasta obra en la que no olvida hitos clave de la mitología de Superman y a personajes como Lois Lane (quien se casa con Lex Luthor), Batman (ruso y cuyos padres fueron asesinados por el jefe de la KGB) e incluso a sus propios padres terrícolas en el universo que hemos conocido hasta el momento de tropezar con Hijo rojo.

El desarrollo de la trama se retuerce como una zarza bien gorda y plagada de espinas; siendo que Superman, contra su propia naturaleza, se transforma en un tirano, en el gran hermano de George Orwell, mientras Millar denuncia que la raza humana no necesita de injerencias externas para sobrevivir y medrar. El guión es una especie de respuesta a un dios omnipresente y consciente que no deja de entrometerse, y el propio prologista, Tom DeSanto, encuentra paralelismos con la política exterior de los EEUU tras el 11-S. Yo, en particular, no sé si tomar por buenas tales aseveraciones, por mucho que se planteen puntos interesantes para el debate, pero no creo que estemos solamente ante una proclama al estilo Los pueblos se liberarán así mismos, sino a la de la causa de la caída de la civilización occidental con un cada vez más común no me importa. En ocasiones es difícil advertir la línea que separa ambos lados de la misma moneda.

Lo que sí está claro es que este cómic denuncia la injerencia de los estados en la sociedad, algo que ésta permite por abandono y apego a una vida feliz y despreocupada, más propia de un concepto vital en el Edén. Ejemplos de esto hasta los pone sobre la mesa el propio Superman cuando advierte que la gente circula en sus vehículos sin cinturón o los barcos carecen de medidas salvavidas porque Él se encargará de poner fin a todos los peligros que rodean a los humanos y los salvará. Elementos estos que harán que la propia locura mesiánica del hombre de acero lo convenza de que nada se puede hacer en la Tierra sin su intervención directa.

De la historia en sí me gusta en particular el Batman que crea Millar: más bien un terrorista anarquista que un luchador contra el crimen. Es un ser oscuro que carece de toda vinculación con Bruce Wayne. También (o sobre todo) el giro argumental que da punto a la historia y que me ha dejado los ojos como platos y enamorado de esta obra que no deja indiferente a nadie. Una visión distinta que dinamita todo lo visto hasta el momento. Por esto y otros motivos considero que es una obra imprescindible en el género de superhéroes.

Planeta de Agostini, 2009
DC CÓMICS 2003-2004
Mark Millar (guión); Dave Jonson y Kilian Plunkett (dibujo); Andrew Robinson y Walden Wong (tinta); Paul Mounts (color)
ISBN 978-84-674-7519-7

Lectura de 17 de Noviembre de 2015 a las 1200



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17 de Noviembre de 2015



lunes, noviembre 16, 2015

Qué PEDANTES podemos ser los escritores

No hay muchas actividades asequibles que se puedan hacer la tarde de un sábado de otoño en la ciudad de Pontevedra. Puede que lo más socorrido para espantar el aburrimiento más abrumador de entre los pliegues de tu conciencia, sin tener que abandonarnos al eco grave de nuestras pisadas entre las paredes blancas de un museo, sea el cruzar con sigilo felino las puertas de las librerías diseminadas por la urbe y acariciar los lomos de los nuevos lanzamientos, aún no llamándote especialmente la atención ni sus portadas ni sus sinopsis. 

Un sábado en cuestión, ese mismo que quiero recordar mediante estas líneas y compartir con todos vosotros o, al menos, con los que queráis seguir leyendo (no tengo por qué señalizarlo en el calendario, como tampoco he de clavar un chincheta en el mapa para marcar el lugar donde transcurre la acción); resultó obvio que el universo, la casualidad o cualquier otra fuerza que escapa al control de los simples y simplones mortales, permitió que mis oídos recogieran una corta conversación (más bien, monólogo) entre una crispada (y creída) joven, de unos veinticinco años, y su «comprensivo» novio, quien tan solo buscaba, con sus torpes e interesados gestos y balbuceos, aflojar un poco más la goma de las bragas de su amada (todo tiene una lectura y un por qué, amigos).

Resulta abominable llegar a la convicción irrefutable de que hasta las librerías han dejado de ser refugios en los que pasar el rato entre menudos amigos que te reciban, tantas veces lo necesites, con las tapas abiertas. Tal vez es que me estoy convirtiendo en un bicho raro, cada vez más exigente y difícil de contentar; en un amante egoísta.

La esperanza que suponía salvar las puertas de la librería, especie de salvación para hacer más llevadero un sábado deambulando por calles y callejuelas con los bolsillos tan solo cubiertos de polvo, pronto quedó reducida a la nada. Pasé por delante de varias estanterías sin éxito y acabé deteniéndome donde, a priori, debería pasar de largo, como es la minúscula sección infantil. Por mucho que me pese y por escaso pelo que me quede, esta zona me es particularmente árida pues no me veo convirtiéndome en un estudiante aplicado que busca recibir a cambio un churumbel, aunque sea cocinado y enlatado al estilo Dahl.

Entre cuentos variados y la enciclopedia actualizada de Lego, me guiñó, muy coqueta ella, la reciente edición de Harry Potter y la Piedra filosofal, en formato apaisado y plagada por sus seres y lugares mágicos, trasladados al papel con la fuerza y belleza de la acuarela. Confieso que en un recodo de mis deseos por formalizar brilló el de leerlo o leérselo a ese vástago que no es todavía ni polvo de estrellas. Supongo que todo esto es el producto de la debilidad propia de un sábado aburrido y oscuro.

Pues bien, allí me encontraba yo, pasando las hojas y accionando los músculos de la sonrisa, ajeno a lo que me rodeaba, cuando dos manchas de color indefinido se colaron por entre un vértice de mi visión. Sobran las presentaciones, pues ya sabéis que se corresponden con los novietes que he mencionado hace unos párrafos.

Hurgando entre libros de dispares y alejadas disciplinas al que tenía yo entre las manos, el quejumbroso acento de la muchacha se coló por entre el Callejón Diagón y el camastro de Fluffy. Por mucho que me obstinara, nunca sería capaz de negarlo de forma convincente: aquel soliloquio, cuyo único público acabó siendo escuchado por su novio y, de rebote, por vuestro servidor, me resultaba familiar hasta la más vergonzosa extenuación. La chica hacía pasar un libro no más grande que un programa de fiestas de pueblo de una mano a otra. Su tono enojado fue ganando enteros, provocando que yo girara imperceptiblemente la cabeza para que mi pabellón auditivo recogiera cada una de las palabras que me venían de una distancia no más lejana que la que marca un metro en el sistema decimal.

—¡Mira este libro! —casi ordenó la muchacha a su chico-lapa—. Unas cincuenta páginas y con letra a 17 y lo publican. Y yo, que escribo más, que creo historias más elaboradas, no me publica nadie o tengo que poner yo la pasta.

Disculpadme, pues no es una trascripción literal. No tenía lápiz y papel a mano, pero lo que he escrito atesora todo el espíritu de sus palabras. Incluso si se las leyera a su sufrido novio, causarían en él la idéntica necesidad de dedicar a su damisela un par de palabras aduladoras y no muy rebuscadas que acariciaran el orgullo de la moza hasta llevarla al punto de ebullición.

Reconozco que yo también he sido, soy y seré, de los que se indignan en sus paseos entre estanterías al hallar ejemplares por los que cuesta dar con la razón que justifique tal derroche de dinero, celulosa y tinta. Otros muchos opinarán lo mismo de mis obras, pero supongo que el quejido de esta triste y agitada muchacha es el propio de todos aquellos que vivimos en las distintas plantas de nuestro particular nº 13 de la rue del Percebe del escritor: en esa zona baldía llamada «soy un don Nadie (todavía)». Poco importa lo que hagas ni no consigues hacerte leer, esa es la cuestión.

Pero, mientras se desarrollaba esta típica escenita, tuve tiempo (un destello, no más) para contemplar la portada del libro «criminal». No pude distinguir el título, pero sí reconocí a su autor y fue entonces cuando algo se manifestó en mi interior, exigiéndome perder el tiempo y escribir esta columna encabezada con un término en mayúsculas y tan sonoro como es el de «pedante».

Todos tenemos muy a mano ese derecho, socorrido, pueril y manipulable de quejarnos como el que más, de señalar con el dedo el origen externo de todos nuestros problemas y/o desgracias. Es connatural a todos los monos calvos con cerebro en vías de involucionar, escritores incluidos. De ahí que deba «poner la puntilla» a mi irritada y soliviantada compañera, esa misma que terminó arrojando el librito en cuestión contra la estantería con repulsión elevada a la enésima potencia; un ejemplar, pequeño y ridículo, sí, pero que estaba firmado por Milan Kundera.

Una cosa es protestar ante los vómitos literarios de autoría atribuida a individuos que no saben leer y, mucho menos, escribir; y otra bien distinta es demostrar a los oídos de cualquier extraño, que por casualidad deambula a un metro de distancia, la ausencia total y vergonzosa de cultura literaria, que lo mismo puede producir indignación que una descontrolada, socorrida y agradecida carcajada durante las últimas horas de un día que termina pasando sin pena ni gloria.

Querida compañera, allá donde te halles, procura entender que tu lengua y tu pluma hacen prácticamente lo mismo: transformar el pensamiento en material público. Sé que no me vas a leer; o puede que sí me leas pero ni te sientas aludida, ¿quién sabe?, pero aquí dejo mi mensaje para ti, con todo el cariño. Tómatelo como te venga en gana y extrae tus propias conclusiones.

Lectura de 16 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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miércoles, noviembre 11, 2015

Origen: relacionando el mito

Durante la llamada Etapa Mágica de la Humanidad, a medida que se daban los primeros pasos que nos permitieron abandonar la Prehistoria, aun el Hombre se empecinaba por hallar una respuesta a todo aquello que lo atribulara y atemorizara como paso previo a alcanzar la Etapa Científica

Los mitos que conformaron la memoria oral de nuestra especie son el fruto más subestimado de aquellos eones en los que los dioses y los acontecimientos imposibles eran el pan nuestro de cada día. A pesar de su importancia antropológica, llevamos largo tiempo burlándonos de las explicaciones que daba la Humanidad durante su infancia a todo lo que la rodeaba, por mucho que hoy día, emborrachados de tecnología y Ciencia que no llegamos a molestarnos en comprender, nos acerquemos peligrosamente al nihilismo más recalcitrante y huraño.

Ciertos mitos atraen mi atención como la luz a la polilla, pues considero que, entre sus líneas y acontecimientos de dudosa veracidad, se esconde un poso de realidad incuestionable. Y hay uno en especial que me obliga a cavilar sesudamente al sernos el más cercano gracias nuestra cultura judeo-cristiana: la creación del mundo y del Hombre conforme está relatado en el libro del Génesis.

No albergo ánimo de que salgáis escopetados de este blog creyendo que aquel que lo comanda ha salido vomitado de alguna iglesia perdida del Medio Oeste de los EEUU, defensora a ultranza del Creacionismo y donde Charles Darwin es poco menos que el príncipe de los infiernos. Tranquilos, sé muy bien lo que comporta el término mito y creo en la teoría de la Evolución.

Tras la lectura de una novedosa serie de noticias y descubrimientos paleontológicos, hay ciertos detalles en ese Génesis que me inquietan y, por ello, quiero compartir con vosotros mis lógicas o dementes teorías.

Por un lado, he de hacer referencia a un imposible: la relación de la formación del universo y la Tierra conforme a la Biblia. Los estudiosos han indicado que las primeras líneas de este Libro del Génesis suponen únicamente una declaración sacerdotal acerca de la existencia de un dios único*, pero no deja de ser curioso que la relación de días y hechos de autoría divina corresponden casi a la perfección con las edades geológicas y el desarrollo vital en nuestro planeta hasta la llegada del Hombre como especie dominante, la cual es creada el sexto día (recordemos que como especie somos de los más bisoños sobre la faz de nuestra perla azul).

  • Antes del primer día, solo hay un abismo, o la nada mejor dicho. Pero Dios crea la luz. ¿Un big bang?
  • Durante el segundo día se crea el firmamento. ¿Expansión del universo?
  • Durante el tercero se reúnen las aguas y emerge la tierra seca (Era arqueozoica). Comienza la vida primaria (Era precámbrica)
  • Durante el cuarto se describen el sol y la luna.
  • El quinto día se dedica a la creación de la vida animal compleja, con aves y seres acuáticos, a los que siguen los terrestres. (Era mesozoica)
  • Al sexto día es cuando se crea al Hombre como ser supremo sobre todas las demás especies y sobre la Tierra. (Era mesozoica-Cuaternario)


Me parece harto extraño e inquietante el paralelismo o si se debe a una simple casualidad. ¿Aquellos enigmáticos sacerdotes del judaísmo primitivo podrían haber tenido acceso a un conocimiento de la cronología geológica en Babilonia?

Uno de los hechos más controvertidos del Génesis es cuando se relata que Dios concibió al hombre a su imagen y semejanza, pero, ¿qué podemos entender como tal? Por supuesto, nadie debió ver nunca a Dios, y para cuando se redacta la Historia Primitiva del Génesis, «La Creación y la Caída», nadie podía pensar que el Ser Humano era una especie evolucionada de otro animal. Nunca hemos creído que Dios sea una especie de mono, pues sería igualmente erróneo, ya que ese a imagen y semejanza, me da que suponer que no es más que la metáfora de la inclusión en nuestro código genético de una predisposición a evolucionar hacia una forma de vida más compleja intelectualmente hablando.

La tentación y caída del Ser Humano se identifica con Adán y Eva (la cual, recordemos, es una evolución del propia Adán) comiendo el fruto del árbol prohibido, y es aquí donde se da un punto también muy interesante en la evolución y desarrollo de nuestra especie. Por mucho que se los presenten idealizados, Adán y Eva siempre me parecieron un par de monos estúpidos en medio de un vasto vergel, situado en algún punto de África u Oriente Medio. Están al mismo nivel que el resto de los animales que los rodean, con su mismo cerebro primitivo, tan solo preocupado por la supervivencia. Pero cuentan con una chispa de ambición: ese pecado de tomar la fruta del árbol prohibido es un gesto de orgullo del Ser Humano como especie que encauza su evolución hacia una meta superior: «Vio entretanto la mujer que el árbol era apetitoso y deseable para adquirir sabiduría».

El árbol prohibido es el de la Ciencia o la Sabiduría, que incluso puede considerarse como la garantía de perpetuación del género humano. Es algo más que el tomar conciencia del Bien y del Mal: el Ser Humano decide evolucionar y cumplir con la promesa divina de ser la especie dominante. El precio que se paga por traicionar a Yahvé, que teme que el hombre alcance la inmortalidad tras haber llegado a un estadio de semideidad («¡He aquí el hombre que ha llevado a ser como uno de nosotros por el conocimiento del bien y del mal!»), es la muerte y la expulsión del Edén para que Adán y Eva trabajen la tierra con el sudor de sus frentes.

En la decisión final de Yahvé hay algo muy reseñable: Eva sufre la maldición de que los partos le serán dolorosos, referenciando a que ésta tendrá una multitud de partos**. Tal maldición no es más que la lógica consecuencia de nuestra evolución hacia una forma de vida que camina sobre sus patas traseras, para lo que necesita una pelvis más robusta y menos flexible que los cuadrúpedos.

Por su parte, la condena a trabajar me parece algo vital pues supone que el Ser Humano ha dejado para siempre su etapa animal y comienza a industriar los primeros artilugios de sílex, a curtir pieles, a desarrollar la agricultura…

El segundo capítulo de la primera parte del Génesis está intitulado como «Historia de la Cultura» y narra el primer homicidio. A la luz de las últimas teorías y descubrimientos, se está tomando razón seria de la posibilidad de que el Homo Sapiens aniquilara al Homo Neandertal, y creo acertada mi opinión acerca de que el parricidio detallado en el Génesis es una traslación esotérico-religiosa de un hecho cierto pero de cuyo origen se ha perdido toda pista. Incluso, si tomamos una senda menos violenta, podría identificarse con que Caín representa a la rama de la especie Homo que sobrevive (recordemos que en nuestro mundo no hay otro tipo de homos en la actualidad, al contrario que en el resto de especies animales).

Caín acaba con Abel, el favorito de Yahvé; y ahora sabemos que los neandertales no eran criaturas estúpidas y embrutecidas; se tiene constancia de una inteligencia formidable unida a una fuerza descomunal. Sin duda, eran los elegidos, los mejor adaptados, pero sucumbieron a una especie más débil físicamente, pero mejor dotada de astucia. Pero ya lo mismo nos puede dar que fuera un genocidio, improbablemente disfrazado en el mito de la creación como un parricidio entre dos hermanos***, o que la sangre neandertal se diluyera en el tronco familiar de la nueva raza. 

¿A qué vienen todas esas historias donde la intervención divina sobre el Ser Humano es ridícula e inexistente?

Obviamente, todas estas cavilaciones, teorías o ficciones calenturientas, provenientes de una mente un tanto ociosa, han de ser tomadas como tales y al albur de la unión imperfecta de dos puntos dispares o inconexos, del mismo modo que otros hacen con las profecías de Nostradamus: se les encuentran sentido una vez que un hecho importante ya ha sucedido y se le fuerza un encaje con lo escrito hace tanto tiempo.

Tan solo ha sido mi voluntad inocente la de compartir con vosotros este divertimento y desvelo.


Lectura de 11 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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11 de Noviembre de 2015







martes, noviembre 10, 2015

Guardia de literatura: Reseña a “El océano al final del camino” de Neil Gaiman

Los monstruos, en todas sus formas posibles, han sido habituales e indeseables compañeros de viaje durante no pocos años de nuestra tierna infancia. Nos asaltaban en cuando nos quedábamos a solas, a su merced, en mitad de la oscuridad nocturna. Seres cuya pasión y razón de ser no era otra que la de martirizarnos con sus burlas y su repulsiva cercanía, obligándonos a encogernos y convertirnos en un bien apretado ovillo de temblorosa carne, envuelto por sábanas y mantas. Elementos odiosos más que olvidados adrede, junto a otros muchos miedos menos irracionales, cuando de adultos recordamos, con obtusa y nauseabunda nostalgia, aquella lejana época vital carente de preocupaciones vinculadas a hipotecas, trabajo y otras cosas tan aburridas como trágicas. Una época en la que el peor drama que se pudiera vivir era que algún inútil suspendiera la programación de dibujos animados para dar un debate en el congreso.

En realidad, es un instante vital en el que anidan infinidad de terrores que nos robaban el hálito. Éramos pequeños y cualquier problema, pequeño a los ojos de un adulto, era una montaña para nosotros, por mucho, insisto, que ahora los hayamos olvidado todos; incluso a aquellos monstruos.

Pero los seres terroríficos que la fantasía alentaba en nuestra contra no son otra cosa que mecanismos de supervivencia de nuestra especie. Un enlace directo con la parte del cerebro del hombre de las cavernas. Una táctica del miedo que nos pone en alerta y que, aún en la seguridad de nuestra habitación, permite que regresemos al mundo primitivo, sabedores de que al repudio de las sombras somos más vulnerables a los depredadores; que nuestras camas están elevadas del suelo para evitar ciertos bichos sobrados de patitas o que reptan por la tierra; o que necesitamos de esa luz del pasillo que se filtra por la puerta entornada o por la ventana, con la persiana sin echar por completo, para que venga a protegernos la crepitante hoguera que espanta a cualquier indeseable caminante de los reinos de Plutón, allá, cuando el Hombre era joven.

Así de simple. Así de lógico.

Y Neil Gaiman sabe mucho del mundo de la noche, del de los sueños y de la infancia. Larga es su trayectoria en estos territorios, desarrollándola con generosidad en el cómic y en libros infantiles y juveniles. Pero también ha decidido dedicarnos un tiempo con novelas para adultos (no solo con el cómic para adultos), para llevarnos hasta el final o el comienzo de nuestros miedos.

Un hombre (el propio autor) decide regresar al lugar donde pasó parte de su infancia: un paisaje rural y apartado de Inglaterra; a la casa donde habitó hace tiempo y que fue arrasada por los bulldozers para dar cabida a una urbanización de casitas clónicas para gente bien de la ciudad. Ya sabía lo que le esperaba, pero lo que quería hacer en realidad era llegar hasta el final del camino, hasta la granja Hempstock, y airear su ropa y su alma de las sensaciones entumecidas de un velatorio en el que los vivos son almas en pena con las que hace años que no cruzaba palabra alguna.

Ese hombre parece haber olvidado, una vez más, lo que le sucedió en aquel bucólico lugar cuando tenía siete años y, mirando el estanque para patos de las Hempstock, ese océano que es más inmenso y poderoso que cualquier otro, espera el regreso de su amiga Lettie. Mientras, rememora unos días de ensueño y de auténtica pesadilla, en los que el mundo real se confundió con el mágico; en los que muchas cosas fueron posibles, como el tener acceso a todos los secretos del Universo.

El monstruo de este cuento será peor que todos los que transitan la noche infantil. Unas telas y maderas podridas que cambiarán la vida del protagonista y su percepción de la realidad, al igual que la de los otros humanos que conocerán al aberrante ser que se esconde tras el amigable y bello rostro de Ursula Monkton, la nueva gobernanta de la casa.

La novela destila a exuberante primavera, a recodos secretos y a pura inocencia; también a literatura donde encontramos amigos que nunca te traicionarán. Imaginación (o realidad) mágica y enigmática. Es un libro destinado a aquellos adultos que deseen recordar aquella época y los libros de autores como Ende o Dahl. Una puerta a la maravilla y a lo terrible también, bajo una luna, que siempre es de cosecha por voluntad de la anciana señora Hempstock, y al cobijo de una vieja cocina donde se preparan algunos de los platos más deliciosos que podamos probar. Mas no olvidemos que fuera sigue deambulando el monstruo.

La obra es muy cortita y se lee con facilidad. No pide más páginas, quizá por intención del autor de que sus dimensiones sean acordes con las de esos libros que recordamos de nuestra niñez. Incluso es apta para leerla junto a la ventana un día nublado, en el que la lluvia golpea con timidez el cristal, sentados en el suelo con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros. Pero si tenemos que sacarle un defecto sería el de contener una narración en primera persona, pues no deja de advertirse las típicas y habituales carencias y dudas sobre la capacidad del narrador para recordar hasta el más mínimo detalle. Pero, ¿la historia habría sido posible gracias a la intervención de un narrador omnisciente? No, pues perdería parte de su magia. Además, es semiautobiográfica. Así que lo dejamos estar.

The Ocean at the End of the Lane
ROCA EDITORIAL DE LIBROS SL. Barcelona. 2013. Primera edición
ISBN 978-84-9918-657-3
231 páginas

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10 de Noviembre de 2015







lunes, noviembre 09, 2015

Calendario para el 2016 de El Ilustrador de Barcos



Los calendarios son un socorrido elemento de decoración que forma parte del fondo vital de nuestras casas, despachos… Los hay que, hasta hace bien poco, tirábamos del habitual regalo de Navidad de las entidades bancarias pero, desde que nos golpea la dichosa crisis económica, pues como que hemos tenido que buscar soluciones, pues nadie te regala un mísero calendario, aunque sea rodeado de publicidad. Pero, claro, estos calendarios son los típicos de aquellos que solo los tenemos para apuntar citas y poco más. Otros queremos que sea un elemento de decoración en sí.

Por lo que, para aquellos que sean de esta última especie que acabo de mencionar, os remito al último producto que nuestro amigo y colega Roberto Hernández, el Ilustrador de Barcos, quien lanza, a través de la librería Robinson, un calendario para este próximo 2016 que cuenta con sus magníficas acuarelas. Se trata de doce láminas en tamaño 30×40 dedicadas a buques mercantes españoles de diversas navieras; vapores, pequeños costeros de principios de siglo, y algunos mercantes más recientes de nuestro pabellón como el Ciudad de Burgos de Trasmediterránea, el Valvanuz de Trasatlántica, el Monte Zamburu de Naviera Aznar, el Castillo de San Jorge de Elcano, y muchos más.

El precio es de 19,00 euros y la recaudación permitirá la realización de futuros proyectos editoriales para el año que viene. La tirada es una serie limitada y estará a la venta hasta final de existencias.


Lectura de 9 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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9 de Noviembre de 2015





miércoles, noviembre 04, 2015

El empleo de brújulas en la navegación

Probablemente, la planchuela imantada sea el mecanismo complejo de orientación más antiguo conocido por la Humanidad. De procedencia china, dónde se la denomina Tchin-nan, hay quien le atribuye una antigüedad aproximada de 5.000 años, siendo, al parecer, referenciada en las crónicas de Hoang-ti, el mítico Emperador Amarillo, cuyo reinado se mueve entre la bruma de los siglos XXVII y XXVI a. de C. Sin embargo, un aparato que permitiera la navegación marítima dotado de aguja imantada no parece haberse descrito hasta el s. IX a. de C.

Gracias a la ruta de la Seda la aguja imantada llegó a Occidente, constando su uso hacia el s. XIII gracias a una referencia en las Partidas del rey Alfonso X el Sabio; en concreto en la Ley 28:

«Pusieron los sabios antiguos semejanza de la mar a la corte del rey, pues bien así como la mar es grande y larga, y cerca toda la tierra, y caben en ella pescados de muchas naturalezas, otrosí la corte debe ser el espacio para caber y sufrir y dar recaudo a todas las cosas que a ella vinieren de cualquier naturaleza que sean; pues allí se han de librar los grandes pleitos y tomarse los grandes consejos y darse los grandes dones; y por eso allí son necesarios largueza y grandeza y espacio para saber los enojos y las quejas y los desentimientos de los hombres que a ella vinieren, que son de muchas maneras, y cada uno quiere que pasen las cosas según su voluntad y su entendimiento. Por lo que por todas estas razones es necesario que la corte sea larga como la mar; y aun sin estas hay otras en que le semeja, pues bien así como los que andan por la mar en el buen tiempo van derechamente y seguros con lo que llevan y arriban al puerto que quieren, otrosí la corte, cuando en ella son librados los pleitos con derecho van los hombres en salvo y alegremente a sus lugares con lo suyo, y de allí en adelante no se lo puede ninguno contrastar, ni han de haber por ello alzada a otra parte. Y bien así como los marineros se guían en la noche oscura por la aguja, que les es medianera entre la estrella y la piedra, y les muestra por donde vayan, tanto en los malos tiempos como en los buenos, otrosí los que han de ayudar y aconsejar al rey se deben siempre guiar por la justicia, que es medianera entre Dios y el mundo en todo tiempo, para dar alardón a los buenos y pena a los malos, a cada uno según su merecimiento».

Por su parte, el filósofo mallorquín Raimundo Llul dejó escrito hacia 1272 que «la aguja tocada al imán, señalaba al septentrión, y que así como la aguja náutica dirige a los marineros en su navegación, del mismo modo la discreción dirige al hombre en la adquisición de la sabiduría».

Para el s. XIV se conoce (aunque se detalla en 1269 por el erudito galo Peter Peregrinus) una variante de la brújula más elaborada, colocada en una pequeña caja de madera llamada boxola y rematada con un cristal esférico donde se indicaban los rumbos, debiendo coincidir el punto N con la proa de la embarcación: ésta es la llamada la brújula seca. Este método, no huelga comentar, provocaba grandes confusiones a los timoneles y errores en la navegación; siendo que la solución definitiva la daría el marino italiano Flavio Gioia en 1302 ideando la conocida rosa de los vientos sobre la planchuela imantada, por lo que se le atribuiría, erróneamente, la autoría de la invención de la brújula.

Incluso Dante, con su Divina Comedia (1380) no se resiste a mentar la brújula: «[...] Cuando la danza y otro gran festejo del cántico y del mutuo centelleo, luz con luz jubilosa y reposada, a un mismo tiempo y voluntad cesaron, como los ojos se abren y se cierran juntamente al placer que les conmueve; del corazón de una de aquellas luces se alzó una voz, que como aguja al polo me hizo volverme al sitio en que se hallaba [...]».

Se da por hecho que para el s. XV ya contábamos con la brújula líquida que, junto a la rosa de los vientos de Gioia y unas cuantas innovaciones más, es la brújula que utilizamos en la actualidad.