martes, enero 31, 2017

Guardia de cine: reseña a «El puente de los espías»

Título original: «Bridge Of Spies». 2015. USA. Thriller histórico. 142 min. Color. Director: Steven Spielberg. Guión: Matt Charmann y los hermanos Coen. Elenco: Tom Hanks, Mark Rylance, Alan Alda

Tom Hanks hace suyo el personaje de James Donovan y se mimetiza con él a medida que la trama se desarrolla; una en la que cada vida humana importa, aún entre los altos muros, construidos con bloques de hormigón y miedo, de la Guerra Fría

Imprescindible filme de Steven Spielberg, quien vuelve a sorprender con su forma de enfocar nuestra Historia reciente a través de un hecho real que adapta a la gran pantalla con seriedad y calidad. Una película que nos lleva en un vagón de primera clase a los años del miedo nuclear y del levantamiento del muro de Berlín; un relato de espías sosegado, sin escenas de artes marciales ni martinis a deshora, cercano a la realidad de esa etapa brumosa de la Humanidad.

Tom Hanks encarna a James Donovan, un abogado de seguros que ostentó, a pesar de la opinión pública, la defensa de un tal Rudolf Abel, un hombre acusado de espionaje a favor de la URSS. Con la Ley en la mano, Donovan se enfrentará a los destructores de un sistema de garantías democráticas mermadas gracias a la cruzada anticomunista del senador MacCarthy, sufriendo un linchamiento mediático, social e intelectual, tanto en la calle como en las salas de los tribunales, simplemente por cumplir con su deber. Donovan tan solo pretende defender la inviolabilidad del sistema en el que cree y que ampara a todo ciudadano, nacional o extranjero. Además, su experiencia como abogado de seguros le dota de cierta capacidad que muestra a la hora de negociar y torcer ciertas voluntades erráticas, incluso mal formadas, en defensa de la justicia; se involucra tanto que pone al país entero en su contra, pero él sabe que está previendo una contingencia futura: un día cualquiera, los soviéticos capturarán a un espía americano en territorio ruso y nunca está de más contar con una baza en prisión que colgando del cadalso.

Donovan, llegado el momento, será una pieza clave en un juego peligroso encabezado por Washington, Berlín y Moscú, sin cobertura ni reconocimiento, tensando la cuerda hasta casi romperla y enfrentándose con las manos desnudas a simpáticos y peligrosos adversarios. Tan solo contará con su elocuencia y con su ideal de Justicia.

La película podría tacharse de lineal, pero es que la Historia es así y se sirve de elementos lineales sorprendentes, sin pretender ser un mero entretenimiento de usar y tirar; y Tom Hanks hace suyo el personaje de Donovan y se mimetiza con él a medida que la trama humana se desarrolla, una en la que cada vida humana importa frente a la barbarie silenciosa de la Guerra Fría y sus altos muros separadores, construidos con bloques de hormigón y miedo, con dos formas muy diferentes de ver el mundo.

Spielberg y los hermanos Cohen firman una cinta que cierra dejando muy buen sabor de boca en el espectador, descubriéndonos los entresijos de un evento no tan conocido de nuestra Historia, ni siquiera por parte del público estadounidense.

Lectura de 31 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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31 de Enero de 2017



lunes, enero 30, 2017

Hail, Trumpy Prez!

Tened la bondad de permitirme transformar
a Donald Trump en el comandante John.
A lo largo de este texto, encontraréis la 

razón soterrada de semejante chiste gráfico
Comienzo a escribir este artículo de opinión sumido en una profunda e irritante preocupación. Puedo sentir el picor fantasma de la urticaria que me va a causar hablar de política y políticos. Pero todo sea en aras de no ser el último mono en decir algo, pues me veo en molesta tesitura de realizar un pequeño sacrificio, de perder media libra de mi tiempo y pensamiento, por gracia del nuevo dios elevado a los altares del Medio Oeste norteamericano: el señor Donald John Trump, cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América, quien acaba de sentar sus royals en el sillón y golpea inconscientemente con la pierna el maletín de las claves nucleares colocado a su lado, creyendo que es la papelera. Por gracia de éste tipo y de toda la algazara arremolinada a su alrededor. No sé si dedicarle mis palabritas es algo necesario o superfluo, pero quisiera dejar la impronta digital de mis palabras, de mis pensamientos, acerca del triunfo de un modelo populista al más puro estilo de Homer Simpson cuando consigue ser titular del departamento de sanidad de Springfield o, ya puestos, cuando Krusty es votado como congresista. De sus causas también.

Pero, tranquilos, que el Sr. Trump no será el único blanco de mis disertaciones. Habrá palos para muchos y muchas.

Desde que Mr. President Trump firma como tal, es decir, desde el 20 de Enero de 2017, le ha bastado tan solo una semana (sobrándole días) para, a golpe de decretazo, destruir buena parte del escaso legado que Barack Obama ha dejado tras ocho años en la Casa Blanca. En su defensa, al nuevo mandatario no se le puede echar en cara que no cumple con sus promesas electorales. Es más, no creo que haya en los anales de la Humanidad nadie que se haya dado tanta prisa en probar la valía de la palabra dada a gritos en un mitin.

No voy aquí a cargar tintas sobre los 22.000.000.000 $ (lo pongo en número para que se aprecie mejor su magnitud) que se pretenden destinar a la construcción de ese muro fronterizo con el pérfido, corrupto, católico y demasiado moreno Sur de Norteamérica, deteriorando las relaciones con Méjico a niveles nunca vistos desde el fin de la primera guerra mundial. Esta medida ya la sabíamos todos; era un caballo de batalla durante la campaña electoral. No voy a hablar del muro (ni de la prohibición de entrada a ciudadanos de siete países musulmanes que ha animado los aburridos telediarios del fin de semana pasado) pues no ha sido la primera medida adoptada. Esa fue la de paralizar el ObamaCare, un sistema incipiente de Seguridad Social universal (como la que tenemos en España, que nos quejamos mucho de ella sin saber lo que hay por allá), del que se beneficiaban unos veinte millones de ciudadanos cuya situación laboral y/o económica les impide el pagar a tocateja, como unos machotes, un seguro médico privado. Y dentro de la medida, menos cubierta por los telediarios, está el cierre del grifo a la ayuda federal que se dispensaba durante la administración Obama a las familias con menos recursos y que a duras penas pueden pagar la hipoteca de la vivienda en la que residen.

Y a esto me formulo una pregunta muy tonta… que viene después de la siguiente y prudente elucubración. Las ratas de biblioteca más sesudas —esas mismas que echan mano y entienden de estadísticas y de la funesta psicología que inspira al electorado en un sistema democrático, de esas que mendigan pan y queso por los platós de magazine mañanero y de programa de debate político nocturno—, justifican el triunfo de Trump al haber encandilado a todos (o casi todos) los votantes de esa tierra baldía que hay entre Los Ángeles y Nueva York que es América (me sirvo de una línea de diálogo de Ned Flanders, otro personaje de los Simpson que se cuela hoy entre mis ideas), territorios que han sido desatendidos por Washington y las zonas costeras más pudientes, abandonados a su suerte para sufrir las devastadores consecuencias de esa maravillosa y fatua etapa de los felices años ’90 y ‘2000 del outsourcing a mansalva. Incluso allí se tragaron la fantasía embaucadora de que los blanquitos íbamos a estar trabajando con la manicura hecha y ganando dinero para quemar, mientras los chinitos y los inditos se tiraban dándole a la palanca unas dieciséis horas al día, tragaban mierda y morían de toda la contaminación posible que crea nuestro caprichitos occidentales sin querer mejorar. Y no iba a pasar nada en la tierra de Jauja. Ocho horas de curro de oficinista, ocho horas sobando en el sobre y ocho de jarana total, que para algo el Altísimo nos ha encalado.

Claro, todas estas medidas de los felices años pasados han girado una dolorosa de las de agárrate y no te menees sobre todo a ese Medio Oeste y a los estados tradicionalmente industrializados, como Illinois, que cuenta con ejemplos como Detroit, una ciudad declarada en ruina y censo censo poblacional nos sirve como caja de sorpresas para regocijarnos diariamente y delante de la pantalla con el programa “Empeños a lo bestia”, desplegando un plantel de divas y divos de color, a cada cual más ordinario, soez y patético, engrosando la cola de las rebajas en dignidad.

Trump ha sido muy listo. No ha presentado una campaña política, sino una de marketing. Con su populismo asequible ha guiñado el ojo y levantado faldas prometiendo el oro y el moro y hasta el loro. Y el populismo, hoy, ayer y siempre, ha sido plato del gusto de muchos. Entra muy bien. ¿Por qué? Porque es una solución fácil y barata. Da igual que lo barato termine saliendo caro, carísimo. Pero es una solución, a fin de cuentas. En un chasquear de dedos, ¡chas!, obligamos a la Ford a construir en los EEUU, ¡chas!, ponemos freno a la entrada de productos extranjeros, ¡chas!, nos ponemos a perseguir y a retirar de las calles a esos supuestos usurpadores de puestos de trabajo. ¡Chas! ¡Chas! ¡Chas! Y la cosa sigue.

Y a esto me pregunto yo, necio de mí, si toda esa supuesta revolución laboral que el Sr. Trump piensa generar va a encandilar al americano medio. Porque igual pasa como en los también tiempos felices pasados españoles previos a la actual crisis económica. Me pregunto si abrirán fábricas, reactivando el tejido industrial de EEUU, y habrá ríos de americanitos para pedir un trabajo o pasarán del tema, porque son de nariz demasiado fina. ¿Habrá hordas de parados neoyorkinos partiendo a las tierras de cultivo? ¿Ensuciarán sus traseros con grasa de motor?

A lo que sumo, como adelanté, que la primera medida fue suspender el ObamaCare y retirar las ayudas al pago de hipotecas. Y esto me parece la mar océana de curioso pues, si el Medio Oeste americano es el que ha dado el triunfo por delegados a Donald Trump, un área castigada por el desempleo y la precariedad económica, me imagino que allí residirán el 99,99% (bueno, rebajemoslo al 80% por no pasarnos del Precio Justo) de los beneficiarios de la Sanidad Pública creada por Obama y del subsidio con el que ir pagando cuotas de amortización de préstamos hipotecarios, ¿no? Si no tengo trabajo, no tengo seguro médico ni puedo pagar al banco, ¿o me equivoco? Quizá es que yo sea un poco idiota y no me entero, que puede ser. Como hombre, comprender a las mujeres me resulta complicado, pues nunca acierto, pero al Ser humano es tarea por la que no merece el esfuerzo. Sarna con gusto no pica.

Pero no hay que ir con el dedo acusador donde esos amiguitos del Medio Oeste, esos mismos que hoy se desfogan en Twitter, con lágrimas de regocijo y otros fluidos, ensalzando al nuevo presidente. He llegado a ver hasta montajes fotodigitales de Trump firmando un decreto guiado por la mano de Jesucristo, ambos rodeados de delicados y rubicundos querubines. No es broma. Si Jehová escogió a los judíos como el pueblo elegido, Jesús de Nazaret ha debido de hacer lo propio con los yanquis, o eso piensas los predicadores evangelistas de púlpito blanco y frente sudorosa, de traje sastre dominical y satanización diaria. Mas, como he dicho, la culpa (toda) no la tienen estos blanquitos considerados por los pijos de la costa como el deleznable fruto de la endogamia y la soledad del interior del país. Entre estos idólatras no solo está Clint Eastwood y los de la Asociación Nacional del Rifle. Vas a las Redes Sociales y encuentras mensajes y fotografías de hombres y mujeres afroamericanos y chicanos con toda la parafernalia pro-Trump posible hasta las cejas y las trancas. ¡Qué me dices! No, que no nos vendan la moto de lo contrario. Si hay chanergos encabezando las manifestaciones independentistas nacionalistas catalanas, con la estelada en un puño, la cabeza alta y el ano apretado, coreando consignas a favor de la creación de una república libre de la lacra y enfermedades endogámicas de los puercos castellanos, de supremacía blanca sobre los blancos, a quienes acompañan moritos, negritos y sudamericanitos bien subvencionados, en los EEUU pasa otro tanto de lo mismo. Para no ser menos o quedarse atrás.

Lo más sangrante del asunto, por encima de esa patética y recién organizada resistencia anti-Trump, adalides y defensores de bella armadura de una Democracia que bastardizan al grito de “protesto porque ha sido elegido el que yo no quiero”, es que nadie se preocupa de subrayar y enfatizar la razón principal (o única) por la que Hillary Clinton no ha ganado la presidencia de la nación más poderosa de la Tierra. Y es curioso, pues Barack Obama ha finalizado su mandato con un récord de popularidad y, como agradecimiento popular, la peña ha votado al primero que va a descojonar todo su trabajo. Bailecitos cogidos de la mano, flores en el pelo, caras pintadas de chillones colores y todo a la mierda. 

Si tiramos de hemeroteca televisiva, de reportajes que los enviados especiales remitían a sus redacciones, siguiendo a trompicones la estela de los extenuantes tours de los candidatos por el país, además de cubrir los colegios electorales durante el Día D, nos encontraremos, en entrevista a salto de mata a votantes de las minorías, con comentarios del estilo: “La política de los Clinton siempre nos ha perjudicado” (siendo un negro quien lo dijo, me imagino que también le molestaría que Obama no erradicara la lacra blanca de los puestos de arriba y pusiera a los rostro-pálidos a recoger algodón, supongo (¡uy!, qué racista me ha salido esto, pero es la puta verdad)), “votar a Hillary será votar el mal menor”, y muchos más, que hay para analizar, sobar, escoger y hasta comprar.

Pero no nos engañemos, no. Hillary Clinton, alguien a quien yo también preferiría ver sentada tras la mesa en el despacho oval, ha fracasado. ¿Por qué? Pues porque es mujer. Sí. Da igual que sea del Partido Demócrata que del Republicano, pues otro tanto le pasó a Sarah Palin, que se tuvo que conformar con su Tea Party de discurso radical incalificable y con admirar cómo una doble, profesional del cine de “adultos” (de nombre Lisa Ann por si hay alguien que quiera volver a bañar sus retinas con semejante “información”), se tragaba miembros bien dotados, del tamaño de su cabeza, por todos los orificios de su cuerpo, salvo orejas y nariz, en unas cuantas pelís porno que hicieron las delicias de maduritos y no tan entrados en años y canas que descubrían, entre pañuelos de papel y cheetos, el voluptuoso mundo de las MILFs. 

América ha preferido poner a un hombre antes que a una mujer al frente de su gobierno, importando bien poco su populismo y su retahíla constante de jocosidades y barbaridades televisadas o tuiteadas. Trump ha gastado saliva con comentarios violentos, sediciosos, fascistas, racistas, sexistas, indecorosos… Cogemos el Delorean de Doc y nos vamos para la Alemania de 1933. No pasa nada. ¿Qué importará que el venerable Kirk Douglas, al ser preguntado acerca de la victoria de Trump, dijera que él (y otros) no había combatido en la segunda guerra mundial para esto?

El nuevo presidente se lleva a matar con colectivos que parten desde la CIA hasta las organizaciones femeninas, pasando por lobbys industriales tradicionales. Ha llegado hasta a faltar el respecto a la familia de un soldado estadounidense, muerto en combate, por el simple hecho de que era musulmán. Pero, repito, no pasa nada, my friend, no pasa nada. 

Es lo que tiene jugar con fuego: que acabas quemándote. Pero sigues jugando.

Como no podría ser de otro modo, ahora los miembros del circo de payasos democratizadores de dentro y fuera de los EEUU, tanto a un lado como al otro del mundo, estamos tirándonos de los pelos pues una panda de paletos de pantalones subidos hasta el sobaco no sabe cómo rellenar una papeleta de voto. «Es que son tan tontos que no han votado al candidato correcto, oiga. Si es que no se os puede dejar la Democracia. Vosotros votad lo que nosotros digamos. Gran Hermano éticamente correcto vela por vosotros». 

No, por favor. Ahora no estemos con bobadas de resistencias antireptilianos, porque no nos pega nada. Sobre todo a esos que el Día de la Inauguración se pasearon con bandera anarquista de un lado y cóctel molotov del otro. No creo que vosotros hayáis pasado por la cabina de voto. Y por nuestra ínsula Barataria, pues contamos con esa panda de lloricas, entre los que me incluiré cuando dé punto al presente artículo (no vaya a ser que demuestre escasez de hipocresía), que están machacando al personal, soldados a un tornillo sinfín. Me resta saber que mi mensaje en nada se deja alterar por determinada ideología política de salón, patio o asamblea de panolis

Que cada uno sea feliz tocando su son de flauta.

Considero al sistema democrático como un absurdo. Otra tara de una sociedad que no ha crecido como se esperaba. El cuerpo se ha hecho adulto, pero la mente sigue siendo púber y sin pelos en los huevos, y retrocediendo como Benjamin Button. Mi madre, miembro de la mesa en las primeras elecciones democráticas del 15 de Junio de 1977, sacaba la bilis por la boca cada vez que se me ocurría la brillante idea de negarme a acudir a las urnas y ejercer el derecho ciudadano. Ella me reprochaba sabiamente que, si hubiera vivido el Franquismo, seguro que sería uno de tantos protestando contra el régimen y la falta de libertades; que me comería las uñas y los dedos por poder echar un sobrecito en una caja transparente. También me dijo que si no voto, aunque sea en blanco, qué derecho tengo yo de quejarme contra el gobierno, los grupos con representación en la cámara o cualquier otra cosa.

Cuatro años se pasan volando… O no. Pues cada vez que Mr. Trumpy Prez se ventee un pedo, entonando el “America First”, lo cataremos el resto del planeta.

“America First”, “the world, ya se verá”.

Termino este artículo, me examino la piel y no encuentro rojeces. Los dedos no me pican. ¡Genial!

Lectura de 30 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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30 de Enero de 2017



jueves, enero 26, 2017

«What's The Frequency, Kenneth?», R.E.M.



"What's the frequency, Kenneth?" is your Benzedrine, uh-huh
I was brain-dead, locked out, numb, not up to speed
I thought I'd pegged you an idiot's dream
Tunnel vision from the outsider's screen
I never understood the frequency, uh-huh
You wore our expectations like an armored suit, uh-huh 

I'd studied your cartoons, radio, music, TV, movies, magazines
Richard said, "Withdrawal in disgust is not the same as apathy"
A smile like the cartoon, tooth for a tooth
You said that irony was the shackles of youth
You wore a shirt of violent green, uh-huh
I never understood the frequency, uh-huh 

"What's the frequency, Kenneth?" is your Benzedrine, uh-huh
Butterfly decal, rear-view mirror, dogging the scene
You smile like the cartoon, tooth for a tooth
You said that irony was the shackles of youth
You wore a shirt of violent green, uh-huh
I never understood the frequency, uh-huh 

You wore our expectations like an armored suit, uh-huh
I couldn't understand
You said that irony was the shackles of youth, uh-huh
I couldn't understand
You wore a shirt of violent green, uh-huh
I couldn't understand
I never understood, don't fuck with me, uh-huh

Lectura de 26 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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miércoles, enero 25, 2017

Ficha de fauna: pez ballesta


Pez ballesta titán


Reino: Animalia
Filo: Chordata
Clase: Actinopterygii
Orden: Tetraodontiformes
Familia: Balistidae
Género: Rhinecanthus

Con sus cuarenta especies catalogadas, el pez ballesta o pejepuerco es un habitante del mar bastante conocido. Cada especie comparte unas características físicas comunes, pero discrepan en cuanto a su colorido: es un pez ovalado de prominente cabeza y labios carnosos que esconden unos dientes que recuerdan demasiado a los humanos y de los que se sirve para picar en rocas y coral devorando pequeñas algas; aún así, no le hace ascos a crustáceos, mariscos y peces, siendo los erizos y cangrejos una delicia para su paladar. Su voracidad también es su perdición a manos de pescadores deportivos.

Mientras se alimentan, los peces ballesta no son. lo que se dice ser, muy decorosos y en su ansia pierden mucha carne de sus presas, que van a parar a otros pececillos que, si bien no son parásitos, no se despegan de ellos.

Se encuentran principalmente en zonas tropicales. Sin embargo, hay una especie propia de nuestras aguas peninsulares, que se puede encontrar tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico.

A simple vista, por su colorido y movimientos lánguidos (por lo que son muy cotizados en los acuarios), pueden ser confundidos por unos peces tranquilos, de los que pasan de todo. Sin embargo, son tremendamente territoriales y hostiles a cualquier invasión, por pacífica que ésta sea. Se llevan la palma las hembras, que se enfrentan a otros peces, sea cual sea su tamaño, e, incluso, a los buzos que se topen con ellas.

Además de la territorialidad, el ballesta macho es un pez polígamo y mantiene relaciones a la vez con hasta diez hembras, que desovan en la parcela de su ardiente amante, en un nido, compartiendo, tanto padre como madre, las labores de cuidado de la guardería, aunque las futuras mamás son las más enconadas en tal cometido, que tan solo dura 2-3 días. Se ha llegado a reportar la existencia de parcelas propias de hembras en el territorio del macho.


Lectura de 25 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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martes, enero 24, 2017

Guardia de literatura: reseña a «Esfera», de Michael Crichton

Plaza & Janés, Barcelona. 1998
Primera edición
442 páginas
ISBN 84-01-32721-0
Aunque de planteamiento interesante, «Esfera» se desvía hasta salirse de la vía, con un Crichton que juega al autoplagio

Al escribir la recensión de «La amenaza de Andrómeda», compartí con todos vosotros la urgencia que me impulsó a rebuscar por entre las estanterías de la biblioteca el título «Esfera»; y que, al final, me conformé (buenas son tortas) con una de las primeras novelas de Crichton por no cargar con otra cosa para casa. Entonces poco podía yo sospechar que aquella lectura casi forzada me serviría para profundizar en este artículo que hoy nos ocupa, pues Michael Crichton hace, con «Esfera» (1987, la novela anterior a «Parque Jurásico»), una ejercicio nada disimulado de autoplagio unas décadas más tarde: un grupo dispar de expertos son reunidos con nocturnidad y alevosía para analizar la forma de contrarrestar una amenaza procedente del espacio exterior, siendo uno de los miembros más importes del reducido grupo una persona que nunca se tomó muy en serio la iniciativa gubernamental; más bien se lo tomó como un pasatiempo anecdótico hasta el instante en el que recibe la visita de unos uniformados, en un sedán de la Marina de guerra de los EEUU, y es llevado a Dios sabe dónde, en mitad de la nada.

Aún con esta clamoroso autoplagio, tan evidente como alarmante, Michael Crichton ha aprendido a dotar al argumento de unos elementos únicos y exóticos, como es el descubrimiento, a trescientos metros de profundidad bajo la superficie del océano Pacífico, de una nave espacial sobre la que ha crecido el coral y que, según los estudios más sesudos, su llegada a la Tierra dataría de hace tres siglos. El ambiente submarino, muy cercano a Jacques Cousteau, y ese gigantesco artefacto son mieles que atraen nuestra atención sobre el libro y que nos anima a seguir leyendo, página tras página; más aún cuando el vehículo resulta proceder de un futuro cercano y construido por humanos, siendo que en una de sus bodegas se guarda la misteriosa esfera de marras.

El planteamiento es más que interesante, pero chirría en algunos puntos por culpa, principalmente, de los personajes. Muchos de ellos son arrogantes y estúpidos (como Barnes y Harry Adams (aún con su elevada inteligencia matemática)), otros son maniquíes con algo de voz pregrabada (las suboficiales de la Marina que operan el hábitat DH-7). El protagonista, Norman Johnson, como buen psicólogo, no hace más que analizar a sus compañeros, creyendo por ello ser inmune a la situación extrema en la que se encuentra sin comerlo ni beberlo; un tipo que realizó en su momento un informe y listado de personal para un posible contacto con entes biológicos extraterrestres, de un modo un tanto chapucero y nada acertado, simplemente para pasar el trámite, por cuanto designa un grupo un tanto desequilibrado y fastidioso.

Resulta destacable el personaje de Harry, el Ian Malcolm de «Parque Jurásico» bajo el mar, carente de gracia y atractivo, y con una capacidad de deducción que raya el paroxismo para un incrédulo lector. Es capaz de saber lo que ocurre como si fuera una especie de deus ex machina de bajos fondos y, por ello, poco redondo.

Pero el personaje más interesante en esta corte de infelices es, sin duda, Beth Halpern, una mujer que se deja vencer en todos los campos vitales y profesionales, escudándose o construyendo a su alrededor un muro de ladrillos, fabricados con autocompasión y culturismo.

La trama se desarrolla de forma irregular y con escenas que resultan, técnicamente, un poco estúpidas, sobre todo cuando han de quedarse en los habitáculos porque un tifón está arrasando la superficie o por la extraña capacidad de los integrantes de la misión de andar “Como Pedro por su casa” por el fondo marino, sin que por ello les afecte estar bajo trescientos metros (con sus toneladas) de agua salada (como si la explicación que se le da al arponero Ned Land en «20.000 leguas de viaje submarino» entre la diferencia entre estar bajo el aire y el agua cayera en saco roto para Crichton). Una cosa es sacrificar la realidad por el buen parto de la ficción y otra es pasarse literalmente de gracioso.

La tensión, por su parte, está excelentemente reflejada cuando hace falta, a pesar de las carencias de ciertas escenas, siendo la peor de todas la que cierra la novela: “nos limitamos a olvidar y punto pelota”. El broche no puede ser más débil e inseguro.

A pesar de la excelente semilla, el autoplagio y la desazón imposibilitan la consecución de una novela de categoría; de una historia más digna de Michael Crichton.

Lectura de 24 de Enero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 759 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 8º
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jueves, enero 19, 2017

«One Vision», Queen



One man, one goal,
One mission.
One heart, one soul,
Just one solution.
One flash of light, yeah,
One god, one vision.

One flesh, one bone,
One true religion.
One voice, one hope,
One real decision.
Wowowowo, gimme one vision, yeah.

No wrong, no right.
I'm gonna tell you there's no black and no white.
No blood, no stain.
All we need is one worldwide vision.

One flesh, one bone,
One true religion.
One voice, one hope,
One real decision.
Wowowowowo, oh, yeah, oh, yeah, oh, yeah!

I had a dream when I was young,
A dream of sweet illusion,
A glimpse of hope and unity,
And visions of one sweet union.

But a cold wind blows,
And a dark rain falls,
And in my heart it shows.
Look what they've done to my dream, yeah.

One vision!

So give me your hands,
Give me your hearts.
I'm ready.
There's only one direction.
One world, one nation,
Yeah, one vision.

No hate, no fight,
Just excitation,
All through the night,
It's a celebration, wowowowo, yeah.

One [echo]

(One vision)

One flesh, one bone,
One true religion.
One voice, one hope,
One real decision.

Gimme one night, yeah.
Gimme one hope, hey.
Just gimme, ah.
One man, one man,
One bar, one night,
One day, hey, hey.
Just gimme gimme, gimme, gimme
Fried chicken.
Vision [fading]

Lectura de 19 de Enero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 759 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 9º
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19 de Enero de 2017



miércoles, enero 18, 2017

Buffalo Bill contra los españoles

Al perro flaco todo son pulgas. Y en 1898 el Imperio español era un mastín de guerra de costillas marcadas contra una tirante y costrosa piel, llena de calvas y manchas amarillentas de decrepitud. De patas, otrora poderosas y musculadas, temblorosas ante el mordisco de la más leve brisa; devoradas por la artrosis. De ojos velados por la catarata. De boca herida, cubierta de llagas y desdentada. Un animal vapuleado y acosado que recorría las calles a la espera de la última pedrada, mas un pequeño fuego, los últimos remanentes de orgullo, ardía en su seno, entre tripas rugientes por el hambre. Si no hubiera sido el Estadounidense, hubiera sido el Inglés, el Francés o el Alemán, quien acabaría presentándose una oscura noche ante el mastín, cerrándole el paso, aguantando las correas de su joven y despiadada jauría, dispuesto a despedazar al indefenso pero orgulloso despojo.

Cuando hablamos de la guerra de 1898, la que enfrentó a la Unión contra el Reino de España, la conversación siempre acaba virando y aproando hacia los días 1 de Mayo y 3 de Julio, fechas que enmarcan dos significativas derrotas para nuestras armas: Cavite y Santiago de Cuba; ambas en la mar, donde se había dominado de forma indiscutible durante siglos. 

Estratégicamente hablando es lógico que los EEUU apostaran fuerte por dejar fuera de combate a España en la mar. Era un plan militar que suponía un mínimo esfuerzo y un máximo rendimiento. Los yanquis poseían una fuerte flota de guerra únicamente diseñada para la ofensiva más brutal y descarnada, a un solo golpe. Era una jauría con todas las de la Ley que se estrenaría contra la española, igual de moderna pero cuyo espíritu tan solo la relegó a tareas de disuasión y defensa del amplio litoral peninsular y de ultramar. El plan de escuadra aprobado por las Cortes españolas fue desde el primer día duramente criticado, pues los buques principales no eran ni acorazados ni cruceros, sino algo intermedio, un experimento que nos ponía en desventaja con respecto a otras marinas más artilladas y agresivas.

Los EEUU supieron optar por la línea constructiva más correcta para sus intereses. En vez de dotarse de buques de defensa del litoral, apostaron por los de ataque, mostrando a las claras su deseo de unirse a las potencias mundiales en el reparto del mundo. La única forma de apartar a los competidores era con una escuadra rápida y fuertemente artillada. Y como estaban cerca las posesiones españolas en el Caribe, o lo que restaban de ellas, apenas a unas 150 millas de distancia, constituían un buen primer plato. Así se posicionaron a favor de los insurrectos mambíes, primero de forma soterrada y extraoficial, esperando, muchos de la Florida hacia arriba, el momento más idóneo, tanto militar como políticamente hablando, tanto fuera como dentro de los propios EEUU, para dar la dentellada. La paciencia dio frutos en 1898, dejando correr el agua tras diversos encontronazos entre la enseña rojigualda y la de las barras y estrellas con los que se manipuló a la opinión pública.

Con la llegada a Washington de corrientes imperialistas, se supo guardar las suficientes distancias con España pues el fruto maduro de la guerra civil de ultramar, que ya se extendía a lo largo de varios penosos años, estaba a punto de caer del árbol. Para cuando comenzó 1898, España estaba diezmada, desmoralizada y empobrecida. Con el accidente del acorazado USS Maine en La Habana, todos se percataron de que era el llegó el momento de dar el golpe de gracia y aislar al Ejército español, cortando los débiles lazos que le unían con la metrópoli, dejándolos desamparados, sin posibilidad de apoyo, suministros y comunicaciones. Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento.

Las guerras en Ultramar de estos últimos años del s. XIX fueron para España eminentemente terrestres, con una intervención puntual de la Marina, apoyando comunicaciones, hostigamiento, intendencia, etc. Por ello Washington tomó conciencia de hacia donde debía dirigir sus esfuerzos fiscales y de guerra: destruir dos de las tres escuadras españolas, mientras las enfermedades tropicales siguieran cebándose con los soldados enemigos, causando más bajas que las balas y los machetes de los insurgentes. Los largos años de penurias en selvas y campos, sin alimento para el cuerpo y espíritu, rebajados a la condición de muertos en vida, de penosos continentes, hicieron de los españoles pobres contrincantes para cuando las tropas norteamericanas desembarcaran en Cuba, sobre un terreno allanado por los obuses y proyectiles de su providencial Marina, haciendo pulpa hispana de los restos de la caballería e infantería que les saliera al paso*1.

Cartel en el que se hace referencia directa a la guerra de
Independencia cubana. Al pie leemos que el espectáculo cuenta
con varios "genuine cuban insurgents".
Pero esta guerra es mucho más que el primer destello de la superpotencia que es hoy día EEUU. Fue un conflicto en el que la opinión pública norteamericana (como hemos adelantado) fue abiertamente manipulada, fomentándose unas simpatías exacerbadas por la causa mambí y un odio visceral contra todo lo español. “¡Viva Cuba libre!” (aunque a los tagalos que les dieran por el Sur). Y, claro, con el asunto del Maine, la ocasión se pintaba calva para aquellos espabilados que veían con ojos de enamorado la aclamada intervención militar sobre la Gran Antilla. En Cuba había sitio de sobra para aventureros románticos y para aquellos más prácticos, quienes buscaban medrar económica y políticamente. Y de entre esta pléyade de voluntarios no solo tenemos a Theodore Roosevelt, por entonces subsecretario de Marina, sino a los multimillonarios John Jacob Astor o Creighton Webb, cuñado de Vanderbilt, así como al hijo mayor del general Ulysses S. Grant y varios vástagos de congresistas y senadores. Pero quien ha de brillar con luz propia en este artículo, y por algo le da título, es el coronel William Frederick Cody, más conocido como Buffalo Bill, personaje éste que puso más de dos granos de arena para exacerbar los ya de por sí tórridos y torcidos ánimos de sus compatriotas con respecto a los españoles.

La malquerencia de Bill con nuestro país data de 1889, cuando desembarca con su troupe del Buffalo Bill’s Wild West en Barcelona y comienza una desdichada cadena de incidentes a cada cual más estúpido. Por un lado, Cody quería acercarse al monumento erigido a Cristóbal Colón en 1888, con motivo de la Exposición Universal, para rendirle homenaje, pero lo tuvo que dejar para no ofender a sus empleados nativos norteamericanos. Por otro, hubo cierto rifirrafe con los toros de lidia y los toreros españoles, siendo que el mundo del toreo barcelonés se enfrentó a un Buffalo Bill demasiado impertinente. Para terminar, el espectáculo del Wild West no atraía a suficiente público, acarreando pérdidas extraordinarias a Cody, y la localidad fue asolada por un brote de viruela y la gripe que hacía verdaderos estragos, causando la muerte trece miembros de su circo.

Arruinado y malhumorado, Bill abandonó España sin guardarle excesivo cariño.

En 1898, pocos meses antes de prepararse el berenjenal, Buffalo Bill, gracias a la intercesión del publicista John Burke, fichó para su espectáculo a varios veteranos mambíes, gravemente mutilados. Junto a los números estrella del asalto a una diligencia, de tiro de Annie Oakley, del joven vaquero Johnny Baker, de los cosacos (y otros) a caballo y una representación de la batalla de Little Big Horn, estos soldados, que estuvieron al mando del teniente coronel Ernesto Delgado, insurrectos y traidores para los españoles y luchadores de la libertad para los más recalcitrantes defensores de la intervención militar en Cuba, fueron mostrados y paseados como monos de feria, en la apertura de la temporada en el Madison Square Garden de Nueva York, ante las atónita miradas de los acomodados visitantes al circo, uniéndose al coro de “¡Viva Cuba Libre!” A este respecto no puedo hacer otra cosa que afirmar que estos tíos, Buffalo Bill y compañía, los tenían cuadrados o como los del caballo de Santiago. EEUU era un país en el que se aplaudía a rabiar la tesis del general Philip O. Sheridan de que el único indio bueno es el indio muerto; en el que bajo la carpa del espectáculo de Bill los asistentes se desollaban las manos y se quedaban afónicos de tanto aullar homenajeando a Custer; en el que no había remordimiento alguno ante la exterminación sistemática de los pueblos indígenas por ser meros “salvajes”, a golpe de relocalización, alcohol a mansalva, ropa infectada de enfermedades, eliminación de su principal sostén alimenticio por mero deporte y ataques brutales de caballería para los que se aprovechaba el más mínimo incidente, aplastando cráneos de “pieles rojas” con los cascos herrados de las monturas… Y bramaban al cielo denunciando la brutalidad o mano de hierro de los españoles contra los cubanos. Parece poco menos que un chiste de mal gusto.

Y ahí estaba Buffalo Bill, quien había reducido el conflicto del Oeste a un mero divertimento circense.

Aunque parecía una parada de monstruos, a buen seguro el teniente coronel Ernesto Delgado, al igual que el resto que sus correligionarios, se deshacía de la emoción al ver cómo un pez más grande simpatizaba con la causa del chico. Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy día este divertido asunto del “primo de Zumosol” político.

Mientras se avanzaba sin remedio hacia la confrontación entre España y los EEUU*2, el admirado William F. Cody, un viejo héroe entrado en la cincuentena y alcoholizado desde hacía tiempo, se hartó de entrevistarse con los reporteros de la prensa, con una ocurrencia digna de mención en los rotativos siempre prendida, cuando anzuelo, de su boca. No solo se presentó como voluntario para ejercer de explorador, sino que prometía participar del desembarco en Cuba apoyado por 4.000 nativos norteamericanos leales a Washington que provocarían la deshonrosa huida en estampida de los españoles. Para terminar, predijo (y no se equivocó por mucho) que la guerra sería corta gracias a él y a sus soldados, calculando que en sesenta días estaría todo más que finiquitado.

Con Buffalo Bill no había posibilidad de derrota e, incluso, se le llegaba a encuadrar en el estado mayor del general Nelson A. Miles (quien invadiría Puerto Rico tras la capitulación de Santiago de Cuba). Sin embargo, todo esto era de cara a la galería, pues el bueno de Cody, a la hora de la verdad, no estaba tan convencido de cumplir sus bravatas al pie de la letra. La lista de excusas para postergar el gran momento fue, como poco, extensa, poniendo delante de todo la imposibilidad de abandonar el Wild West o cerrar la temporada, lo cual le acarrearía la ruina económica (tenía a 467 empleados en nómina y la interrupción podría suponer una pérdida de 100.000 $ de la época). Al final, su participación real en la guerra hispano-norteamericana se concretó en el envío de dos de sus mejores caballos, Lancer y Knickerbocker, para el general Miles y la rápida sucesión de descalabros militares para España, forzando el armisticio, salvó a Bill del ridículo más ignominioso.

El coronel Roosevelt con algunos de sus hombres en Cuba
Esta anécdota daría fin en este preciso instante, por quedar agotada, si no fuera porque Buffalo Bill, sin pretenderlo, dejó su huella en uno de los regimientos más renombrados de esta corta y buena guerra para el bando yanqui. Con la premura propia que exigen la necesidad y las ganas, que no eran pocas, se desató una especie de fiebre entre los honrados y no tan honrados ciudadanos estadounidenses para alistarse como voluntarios en el Ejército y combatir a los españoles. En respuesta a tanta solicitud bienintencionada, entre otras, el 22 de Abril de 1898 se aprobó una ley para la constitución de tres nuevos regimientos de caballería, de los que solo entraría en combate: el First United States Volunteer Cavalry.

Se acabaron los tiempos felices del filibusterismo. La guerra había sido declarada, era oficial y legal. La gallina de los huevos de oro se había sentado sobre sus posaderas. Y este Primero de Caballería voluntaria fue el que le concedió a Theodore Roosevelt su imagen arquetípica de hombre de acción, comandando en la sombra el regimiento del coronel Leonard Wood, veterano cirujano durante las guerras indias y médico del presidente McKinley, nominal comandante hasta que el futuro presidente fue ascendido.

El Primero de Caballería voluntaria se nutrió de efectivos procedentes de diferentes estados, principalmente del Oeste, formando un ecléctico grupo en el que tenían cabida aburridos y románticos hijos de papá con ganas de tomar las armas, curtidos vaqueros, mestizos, forajidos con nombre falso*3 y la más variopinta selección de rostros e identidades que aderezaría una buena película de John Wayne. Y esto último llamó la atención de no pocos periodistas acerca del regimiento que se ganó los laureles en las Lomas de San Juan, Santiago de Cuba, que costó a las armas estadounidenses más de mil bajas. Los rotativos, inoculando un virus de dudosa virtud a la sociedad pública, adjudicaron a los jinetes de Roosevelt el sobrenombre más popular con el que se les recordaría: Rough Riders, tomando prestado, para ello, parte del título del espectáculo estrenado por William Cody en 1892 “Buffalo Bill’s Wild West and Congress of Rough Riders of the World”.

Decir que a Roosevelt no le hacía la más mínima gracia que todo el mundo se refiriera a los hombres de su regimiento de tal modo en vez de por otros apelativos más belicosos y acertados, como “Teddy’s Terrors”, pues el común de los mortales los terminarían considerando a todos como simples vaqueros (profesión muy mal vista por aquel entonces a pesar de que Hollywood nos haya ofrecido una imagen bien distinta) y de simples monos de circo, como fueron los veteranos del coronel Delgado.

Como dijimos, el Primero se ganó los laureles en la batalla de las Lomas de San Juan pagando un alto precio en vidas humanas, a lo que siguió una epidemia de malaria tras la capitulación de Santiago de Cuba, debiendo ser evacuado de Cuba junto con lo que quedaba del Quinto Cuerpo del general William R. Shafter. Batalla ésta que se popularizó a los Rough Riders en todos los estados y que Buffalo Bill no desechó para sacar unos dólares extra, sustituyendo el número dedicado al general Custer en Little Big Horn por una recreación de la toma de un blocao español fuertemente defendido por parte de Roosevelt y sus jinetes. El espectáculo, que confinaba a la fortificación española a ser una pintura hecha en una tela, no gustó lo suficiente al público y solo se mantuvo en cartel durante un año, regresando por la puerta grande y para gusto de Roosevelt cuando éste es nombrado presidente en 1901, tras el asesinato de McKinley.


Lectura 18 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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18 de Enero de 2017







martes, enero 17, 2017

Guardia de cómic: reseña a «Patrulla X. No más humanos»

Título original: «X-me. No More Humans»
Mike Carey (guión), Salvador Larroca
(dibujo), Justin Ponso (color, junto a Matt
Millar, Jeromy Cox y Guru EFX)
MARVEL
Panini. Barcelona. 2014
ISBN 978-84-9024-6993
124 páginas
En pocas ocasiones veremos que la Patrulla X se una a Magneto y los suyos, todo ello para solventar un problema de tales dimensiones como es la desaparición por completo de la Humanidad

Cuando se alcanza cierta madurez vital, la cual no hemos de confundir de forma ingenua con la mental, cualquier aficionado al mundo del cómic, sobre todo aquel que se considere esporádico visitante del kiosco, acaba poniendo tierra de por medio ante el tangible riesgo de quedar marcado y marginado por la sociedad. Para cebar más su desgracia, se enfrenta a un cruce de caminos en el que se le ofrecen dos posibilidades de amargo regusto: o bien se limita a acudir a los remansos que dispensan las viñetas de historias para adultos, con argumentos más reales y cercanos, contenidos en álbumes europeos, o bien se emboza con el pesado manto del olvido voluntario, no vaya a ser que los demás piensen cosas raras de uno.

Da igual qué camino se tome: siempre nos condicionará el dichoso grupo social que nos ha tocado en suerte. El miedo ancestral al rechazo por parte de los demás integrantes de la tribu, la mera supervivencia de nuestro cerebro animal, nos empuja a desterrar cualquier idea herética y a abrazar con fervor religioso pasatiempos y comportamientos estúpidos; gustos e ideas que comparten la mayoría. Un paroxismo social que comienza en nuestra propia casa y que se desboca cuando cruzamos la puerta y damos la espalda a las angostas paredes que nos rodean.

Cuando se deja atrás la adolescencia y algo más, las machaconas luchas entre simpáticos personajes embutidos en mallas multicolores y que sangran menos que una tapia, comienzan a carecer de interés. Nos arrojamos al abismo de los adultos, con el corazón henchido y una sonrisa bobalicona soldada al rostro; un mundo en el que los superhéroes del cómic USA no tienen cabida pues son meras fantasías licenciosas. Pero, asimismo, son un rayo de luz y esperanza en un mundo gris.

No existen estos tipos y tipas. No nos cruzaremos en la vida con un kriptoniano que aparezca de entre las nubes con su capa roja al viento y salve a la chica que se precipita al vacío, desde lo más alto de la azotea de un rascacielos, o detenga un tren bala cuyos frenos hayan quedado inservibles. El mundo real cuenta con sus héroes (y menos mal que los tenemos), pero que son de carne y hueso, simples y frágiles humanos que no dudan en poner en riesgo su integridad física y psíquica, incluso sus vidas.

Por ello nos olvidamos que, gracias a esa cortina de exuberantes colores ceñidos a marcados músculos y, como no podría ser de otra manera, a turgentes senos femeninos, cientos de guionistas han ido deshojando la sociedad que retratan a golpe de teclado, asomándose a la ventana y echando una analítica ojeada a los comportamientos sociales de sus convecinos.

Durante la etapa dorada de la censura (que muchos ignorantes con babero y larga y enlacada barba creen que solo se daba en la garbancera España del Franquismo), la única forma de criticar la sociedad, la política del gobierno de turno, los prejuicios y cualquier otro mal endémico era a través de personajes que distaban mucho de ser simples humanos. De ahí la explosión de la ciencia-ficción durante las décadas de 1950 y 1960.

La Patrulla X es digna hija de ese periodo histórico y servía para retratar los sentimientos de una minoría oprimida por la discriminación racial alimentada por el miedo de la mayoría: narra una América carcomida por la segregación social y lo hace por medio de un grupo de mutantes para no afectar o alterar a las mentes más sensibles y soliviantables del momento. ¿Qué mejor que un ecléctico y abigarrado grupo de especímenes raros, muchos de ellos consecuencia de la radiación nuclear?

Los mutantes del profesor Charles Xavier y de su íntimo enemigo, Magneto, puede que sean los personajes más conocidos y queridos de la Marvel, con el permiso de Spiderman, el capitán América e Iron Man, y que más han puesto el dedo en la llaga con un problema que siguen siendo capital en nuestra sociedad. Otros personajes y series de cómics trataron del alcoholismo, la drogadicción, etc., los demonios del hombre; pero la Patrulla X se centra en el racismo que coletea en los EEUU por mucho que exista la Carta de Derechos y Libertades, por mucho que su guerra civil, la de Secesión, se centrara, como punta de lanza, en la creencia y defensa de la idea de que todos los seres humanos nacen libres e iguales.

Entre las páginas de la Patrulla X nos encontramos con mutantes que, en el mejor de los casos, parecen algo humanos. A veces se asemejan al fruto de un cruce entre humanos y seres elementales que llevaron al legislador romano a hablar de individuos monstruosos y que afectó incluso a la redacción del art. 30 de nuestro Código civil (hoy referenciado a los órganos que aseguran la superviviencia, no a la simple y literal “forma humana”).

«No más humanos», título que bebe directamente de la historia «No más mutantes», se mantiene firme, siguiendo la estela marcada a comienzos de la década de 1960 por Stan Lee. Es la segunda novela gráfica de esta serie, separada de «Dios ama, el hombre mata» por el transcurrir de más de treinta años; una narración autoconclusiva que será del agrado de aquellos que estén cansados de saltar y dar tumbos entre la Patrulla X, Thor, los Vengadores o los Guardianes de la Galaxia para saber cómo narices termina una historia en concreto, o de buscar rollizos volúmenes recopilatorios.

Como he llegado a reconocerlo, pues los primeros pasajes de este artículo son autobiográficos, llevaba largo tiempo separado de mis queridos mutantes, años, no solo de las grapas, sino también de la pantalla y todo por culpa de ese estéril abrazo a la madurez tribal (al cual siempre me he resistido, pues algo he de decir en mi defensa); y lo primero que me llamó la atención de esta novela gráfica es el hecho de que Lobezno y Mística tengan un hijo en común, un psicópata azul dotado de cierto halo mortífero y divino, que responde al nombre de Asuelo; un personaje que en «No más humanos» no es el más poderoso ni el principal (en palabras del guionista Mike Carey), pero que la prepara bien gorda cuando se hace con una tecnología que vacía de humanos al planeta Tierra (el de nuestra dimensión, claro, aunque no voy a hablar ahora acerca de las teorías multidimensionales de la Marvel y sus viajes espaciotemporales), convirtiendo a nuestra perla azul en un refugio para mutantes de otros planos dimensionales que huyen de la opresión y la violencia racista; y, como es norma, es ahora cuando las dos concepciones clásicas enfrentadas entran de nuevo en liza: la Patrulla X defiende a los mutantes, pero lucha por alcanzar un clima de concordia e integración, de convivencia pacífica, es decir, toman el camino más difícil; la hermandad de mutantes, por su parte, persigue igualmente la protección de otros homo superior, aunque poco o nada le preocupa lo que les suceda a los insulsos y simplones homo sapiens, adoptando una postura radical, fundamentalista y, a ratos, de terrorismo idealizado.

Sin embargo, el que la Tierra se haya quedado vacía es algo que no esperaba mutante alguno, por lo que lo que resta del proyecto de Xavier y los irritados seguidores de Magneto, además de otros que han han encauzado su destino por una senda torcida e intermedia (como es el caso de Cíclope (otra sorpresa más para mí)), no tienen otro remedio que acordar una tregua y unir fuerzas para desentrañar el misterio y enfrentarse a la terrible verdad.

Y aquí no solo hablamos de racismo, sino también de inmigración ilegal y de los refugiados de guerra.

El guión que escribe Mike Carey es adulto y maduro, sin perderse en la necesidad de otros autores de rellenar los espacios en blanco de los bocadillos con palabras malsonantes y, ¡gracias a Dios!, con una sarta sin sentido de chistecillos bobalicones y prescindibles que lo único que consiguen es rebajar el nivel intelectual del personaje que los pronuncia. No hay altibajos y mantiene la justa tensión narrativa a la que Salvador Larroca apuntala con un lápiz firme y nada grotesco o burdo (un mal actual del cómic). Ambos hombres presentan una obra fuerte y dinámica, que te anima a seguir leyendo página tras página; en la que el virtuosismo que despliegan ambos se rubrica con un acertado coloreado, trabajado y detallista. Cuando quieres levantar el hocico del libro es cuando te das cuenta del tiempo que ha transcurrido desde que has abierto las tapas, y eso dice mucho a favor del comicbook. Cuando te “enfrentas” a una grapa, tan solo son veintitantas páginas y ya se acabó; es fácil leerla de un tirón y releerla, pero esta novela gráfica posee elegancia literaria y gráfica gracias al equilibrio desplegado por guionista y dibujante, mostrando las diatribas de una situación contemplada sobre el papel, que juzga a los personajes y les permite defenderse y responder.

Tal y como advierte el prologuista a la obra en su edición en castellano, Koldo Azpitarte, «No más humanos» no necesita que el lector ser un voraz y leal fanático de las desventuras mutantes, pues en ningún momento le exigirá para comprender la trama conocimiento alguno sobre el pasado remoto o no de la Patrulla, entre decenas de sagas aisladas, más allá de cuando aparecer los “dobles” de ciertos personajes procedentes de planos paralelos (si no nos suenan tal y cual personaje, no pasa nada de nada; podremos vivir con ello y mucho más). El lector ocasional no se perderá en una historia autoconclusiva cuya única pega es su final, que hiede un tanto a deus ex machina gracias a la intervención de la descontrolada y peligrosa Jean Grey bajo el influjo del poder de Fénix; pero he de confesar que me ha gustado ver a Fénix, al igual que a Lorelei, esa mutante creada por Magneto y que vimos en la saga de Sauron, dibujada por Neal Adams, allá por la década de 1970.

En contra de lo que suele ser habitual en mis recensiones, no parece que hoy tenga otra cosa que ofreceros que no sean alabanzas, olvidándome de las minúsculas pegas, pero es que esta novela gráfica me ha encandilado y se me antoja como perfecta, sobre todo para dar calor a las cenizas de mi tierna y enmudecida afición mutante.

Lectura de 17 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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17 de Enero de 2017




jueves, enero 12, 2017

«The Jean Genie», David Bowie



A small Jean Genie
snuck off to the city
Strung out on lasers 
and slash back blazers
Ate all your razors 
while pulling the waiters
Talking bout Monroe 
and walking on Snow White 19
New York's a go-go 19
and everything tastes right
Poor little Greenie

[CHORUS]
The Jean Genie lives on his back
The Jean Genie loves chimney stacks
He's outrageous, he screams and he bawls
Jean Genie let yourself go!

Sits like a man 
but he smiles like a reptile
She loves him, she loves him but 
just for a short while
She'll scratch in the sand, 
won't let go his hand
He says he's a beautician
and sells you nutrition
And keeps all your dead hair 
for making up underwear
Poor little Greenie

[CHORUS]

He's so simple minded 
he can't drive his module
He bites on the neon and sleeps in the capsule
Loves to be loved, loves to be loved

[CHORUS (x2)]

Lectura de 12 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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miércoles, enero 11, 2017

Guardia de cine: «20.000 leguas de viaje submarino»

Título original: «20,000 Leagues Under The Sea». 1954. Aventuras. EEUU. Color. 127 min. Director: Richard Fleischer: Guión: Earl Felton. Elenco: Kirk Douglas, James Mason, Paul Lukas

Espléndida adaptación de un “viaje extraordinario”; un verdadero clásico del cine

Existen ciertas formas sencillamente económicas de viajar en el Tiempo sin necesidad de que nadie tenga que emular al protagonista de la obra de H. G. Wells, o nos tengamos que colar por entre los pasillos de determinado Ministerio. Una en concreto está al alcance de cualquier ser humano que pueble este planeta: a través de sus sentidos y recuerdos.

A mí me ha bastado con introducir el DVD de «20.000 leguas de viaje submarino» en el reproductor para regresar a aquellos instantes en los vestía pantalones cortos y zapatillas de lona azul, luciendo piernas bronceadas y sin vello; cuando acariciaba, con pueril inocencia, la posibilidad de que aquel verano pudiera ser eterno, sin que llegaran a asomarse jamás las orejas de Septiembre y me obligara a regresar a esa descorazonadora prisión que para mí era el colegio.

Regresé, entre las brumas blanquecinas del Pasado, a una sesión matutina de cine organizada por el museo local hace tantos y tantos años, cuando sentí el picor de la fascinación por Julio Verne gracias a unos terribles ojos verdes y brillantes que se abalanzaban sobre las butacas, preludio del fin para un desprevenido vapor y su tripulación, y a un atormentado James Mason al teclado del órgano de Nemo. Aquella conformó mi entrada triunfal en las “novelas enciclopédicas” del autor galo, que cautivan al lector por su narración sencilla pero científica, que es donde radica el buen hacer de este hombre bien informado (más que visionario), pues parte de los logros tecnológicos que afloraron durante el pasado s. XX se debieron a que sus semillas fueron esparcidas durante el XIX por hombres que impulsaban una ingeniería aún en paños menores. Verne no escribía de imposibles, tan solo de eventos e invenciones para los que había que ser pacientes.

Gracias a la producción de la Disney, «20.000 leguas de viaje submarino», junto con «De la Tierra a la Luna», es la obra más popular de Julio Verne, dedicándose a su adaptación un amplio presupuesto y el merecido mimo y cuidado al detalle en todos los aspectos posibles, consiguiendo que, hoy día, sigamos pegándonos a la pantalla durante dos horas, aún a pesar de que para nosotros los submarinos nucleares no sean cosa del otro mundo. La cuestión radica en la historia del propio Nemo y la que protagonizan los otros tres personajes, invitados forzosos del esquivo capitán del Nautilus, entre los que no puede faltar un francés como mínimo: el choque entre las dos caras de una misma moneda, de vida y muerte, de investigación y destrucción, de amor y odio. Nemo es el antihéroe por excelencia, poseedor de un terror tecnológico único en el mundo y por el que ha perdido lo único que arrojaba algo de luz a su existencia, y que lucha sin cuartel contra sus enemigos enunciando un discurso cruel pero también antibelicista, con ciertos tintes de anarquía sui generis. Nemo es quien toma el timón cuando siega las vidas de las tripulaciones de naves cargadas de armas y esclavistas prorrumpiendo un grito mudo de desesperación en medio del turbio océano de la venganza.

Por su parte, el doctor Aronnax es el perfecto científico (y representante de Francia) que trata de comprender a Nemo y de convencerle de lo beneficioso que sería que compartiera sus conocimientos tecnológicos aunque, al final de la narración, él mismo da a entender que para que la Humanidad esté a salvo es necesario que ciertos caminos de la Ciencia sigan siendo desconocidos.

La parte divertida y aventurera la protagoniza Kirk Douglas con su arpón en ristre y su fiel Esmeralda; un héroe arquetípico que se revuelve contra el confinamiento y la falta de libertad y que, aún con la codicia y violencia de la que hace gala, tiene más bondad que Nemo, devorado por el cáncer del odio hacia la sociedad a la que culpa de todos sus males.

Con más de sesenta años en sus cuadernas, «20.000 leguas de viaje submarino» navega tranquila bajo la superficie, con una historia atractiva que forma parte de la mítica literaria y que en la pantalla se envuelve a la perfección en escenarios steampunk. Aún con las licencias tomadas por la Disney, es un clásico indiscutible del cine que veremos con idéntico agrado independientemente de nuestra edad.

Lectura de 11 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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martes, enero 10, 2017

Un año


Una fecha, como otra cualquiera. Pero hoy es el primer aniversario del fallecimiento de David Robert Jones. ¿No sabéis quién es? Oh, vamos. Un esfuerzo, que llevo un tiempo hablando de ello. Un esfuerzo para los más despistados, para los más olvidadizos. Para aquellos que han bebido para olvidar este 2016 pasado, ese annus horribilis.

Hoy se cumple un año de la muerte de David Bowie y poco más podemos decir, salvo que es un día para poner de nuevo sus discos, que suenen por los altavoces todo el día. 

Y mostrar mi alegría ante el buen acogimiento que está teniendo entre el público mi «Major Bowie», una biografía enfocada desde la ciencia-ficción y la carrera espacial, una obra que tenía reservada para publicar hoy, pero que me quemaba en los dedos. Quería nacer al mundo y lo hizo un 10, pero de Diciembre del año pasado.

Gracias por permitirme que David sea aún más inmortal.

Lectura de 10 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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lunes, enero 09, 2017

Asesinos de Historia


Hacía ya un tiempo que necesitaba desahogarme. Una excusa con la que pudiera liberar tensión. Y cuando di por casualidad, de la misma forma que se descubre una brillante y redonda moneda en el mugriento suelo, con el enlace que me conduciría hasta un artículo publicado en ABC que desgrana todos (quizá no todos) los gazapos históricos que pueblan la adaptación cinematográfica del conocido videojuego megaventas «Assassin’s Creed», con Michael Fassbender, Marion Cotillard y Jeremy Irons adueñándose de un puesto de honor en el cartel, no  pude resistirme. 

Me pareció, torpe de mí, una magnífica oportunidad para carcajearme hasta que la mandíbula se me cayera a pedazos, pero la diversión pronto se truncó en indignación. Me explico. Nada tuvo que ver el saber que los guionistas del filme no hubiesen consultado la fecha de capitulación de Granada (qué tontería, ¿no?), estudiado la verdadera entidad y desarrollo de la guerra o que era imposible que la bandera rojigualda, aprobada por el rey Carlos III en 1785, se paseara en manos de portaestandartes allá por 1492. Tampoco tuvo que ver que la reina Isabel se asemeje en el filme más a una reina mora o que el Santo Oficio de la Inquisición sea retratado como una institución con más poder que los Reyes Católicos (sí, hombre, sí; a lo mejor sí) y Torquemada se corriera de gusto cada vez que se encendía la pira para un infiel morisco (cuando entonces se perseguía los núcleos judaizantes), o que los autos de fe fueran como el partido Real Madrid-Barça del s. XV. Inexactitudes bochornosas, no pocas de ellas, gravemente aquejadas por el mal de la leyenda negra antiespañola de factura inglesa y holandesa (además de francesa, sobre todo en la época post-revolucionaria), que se llevan la palma, para variar, con la Chicharra, la Inquisición, organización ésta instaurada en los reinos de Castilla y Aragón por presiones del resto de estados cristianos europeos y del Vaticano, pues, ¿cómo unos reyes que profesaban la verdadera fe iban a consentir que hubiera herejes en sus dominios? ¿Cómo se iba a permitir una Europa que no fuera cristiana y blanca? ¡Qué se iba a esperar, por Dios, si África comienza al Sur de los Pirineos! Broma esta, muy pesada, que, a 2017, aún seguimos arrastrando en la bata de cola gracias a la grosera e inestimable ayuda de los mismos europeos que hoy sufren una experiencia mística al echarnos en cara nuestro racismo congénito-paleto-medieval y el haber permitido la destrucción de una sociedad en la que convivían pacíficamente (no tanto) tres culturas y religiones.

Permitidme aquí un punto y aparte para lanzar al cielo mi exclamación más enojada, pues esos europeos, los del Norte de los Pirineos (nosotros no, que somos monos cetrinos y salvajes, destripaniños y papistas en taparrabos), se olvidan pronto de cómo actuaron los caballeros francos durante la batalla de las Navas de Tolosa, esa cuya fecha todos recordamos por haber acontecido en 1212. ¿Qué hay de la masacre de mujeres, niños y ancianos por el simple hecho de no ser cristianos? ¿Por qué nada se dice de esta acción criminal que produjo tal congoja, malestar y vergüenza entre los “bárbaros” españoles que los altos mandos oficiales se presentaron ante los líderes de la comunidad islámica y rogaron perdón ante semejantes desmanes pues, aunque fueran cristianos, no eran como aquellos racistas francos?

Y si subimos más al Norte, pues nos encontramos con el Santo Oficio en la llana Holanda, que hizo desfilar a más de 10.000 personas, así, por las buenas, por el caldero. Y, ojo, que allí no había clérigos españoles, que se valían solos.

Y más y más y muuuuucho más.

Dios. Es que deben de tener una imagen de nosotros, los meridionales, los tan impulsivos, retrasados y beatillos, que asusta.

Pero la verdad no vende, ni películas ni videojuegos. La verdad sería dolorosa si se mostrara la verdadera faz de la secta islámica de los Hassassin, cuyos miembros eran unos fanáticos religiosos adictos al hachís (de ahí su nombre), que solo hacían algo bueno: si tenían un problema que solventar a cuchillo, cortaban la cabeza de la serpiente. Me explico: asesinaban al rey, líder, general o lo que fuera, cristiano, musulmán o lo que se terciara, dejando en paz a los inocentes. Se limitaban a eficaces, rápidos y sangrientos magnicidios; pero no a ser adalides de la Justicia, la Libertad y enconados enemigos a muerte de la Orden del Temple. ¡Menuda desfachatez! Incluso Michael Fassbender tiene redaños para contestar en una entrevista que los Hassasin defendían el libre albedrío. Amigo Michael, no me jodas. No-me-jo-das.

Pero fue justo aquí donde la diversión tocó a su fin. Mis tripas temblaban como un postre de gelatina al ritmo espasmódico de mis carcajadas, con cada renglón dedicado a una nueva (y más asombrosa que la anterior) metedura de pata en el guión. Ya me esperaba hasta a algún pamplonica corriendo de blanco y con pañuelo rojo, al grito de ¡Gora San Fermín!, repartiendo estopa entre los moritos de la sierra granadina con el periódico del día anterior enrollado por única arma.

A continuación vino la ración de indignación. Como siempre, no me había fijado que me estaban sirviendo un menú de dos platos con solo hacer girar demasiado la ruedecilla del ratón. Llegué tan abajo en la página que me tropecé con los comentarios al artículo en cuestión. Y un par de líneas de una panda de hijos de Iberia, sin otra cosa mejor que hacer que desgastar las clavijas del teclado, me bastaron para mandar al exilio la risa de mi cuerpo y comenzar a secretar bilis como un campeón. Un par de líneas que resumían con exactitud milimétrica (cosa harto difícil de conseguir) el nivel de aborregamiento y patanismo general que hemos alcanzado en distintas materias. La Historia no va a ser la amante más querida del harén, no. Una sinopsis con la que se llegaba al punto de faltar al honor e inteligencia del redactor del artículo y hasta a justificar las auténticas salvajadas vertidas en una película de “tintes históricos”: no tiene importancia, qué más da. Claro, qué más dará si nuestra Historia es objeto de mofa, escarnio y vergüenza; si es el hijo tonto y contrahecho nacido en la aldea, que se escondía de todas miradas en el pajar o donde el ingenio humano familiar pudiera concebir para que ni le diera el sol. Qué más da si nuestra Historia vale menos que una puta que te hace mamada a 15 €uros. Qué más dará que sigamos siendo el hazmerreír de otros. Nosotros ponemos más mejillas que Jesucristo, no porque seamos santos, sino porque somos gilipollas de matrícula de honor.

Y la batalla dialéctica alcanzó el punto de éxtasis y ebullición cuando un inocentón, uno de tantos sacrificados adscritos al batallón de locos que no son hidalgos hechos con restos de camisas ni analfabetos espontáneos, se lanzó en plancha con un comentario del tipo: “No cuesta nada hacer las cosas bien, investigar, ser fiel a los hechos”. Bueno, amigos míos, la que se preparó fue de portada de El Caso, de denuncia en el Juzgado de Guardia, disturbio, copa y puro.

Seamos sinceros. Tras ese “qué más da” se esconde la rémora gorda de una sociedad manipulable, dispuesta a creer no solo lo que escriben los vencedores, sino lo que digan aquellos que tergiversan, mutilan y adornan una mentira repetida mil veces hasta hacerse verdad. Una verdad falsa que terminará siendo cátedra en un pueblo que se ha quedado sin sangre y que creerá que es posible la existencia real de Xena, la princesa guerrera, y que hasta compartiera espacio histórico-épico-temporal con Hércules, Ulises de Ítaca, el rey David de Israel y Julio César. Mas nos queda el consuelo de que los jóvenes ingleses se creen que sir Winston Churchill es un personaje de ficción.

Comparto, como escritor e investigador, las palabras de ese anónimo comentarista, inmolado en honor de la lealtad hacia la Historia, de ese cándido en grado de alta concentración de estupidez (pues no sabía ni de lejos qué caja de los truenos estaba a punto de abrir) que exponía que lo mismo que los guionistas, lo mismo que lo han hecho mal, podrían haberlo hecho bien con un poquito de esfuerzo de nada. ¡Ay!, pero este camarada desconocía la ralea a la que se enfrentaba, idiotizada por la educación básica preconizada por embusteros de cada vez más escasos conocimientos, por vagos involucionados y parásitos, postulados patéticos en pos del placer de retornar al animalesco Edén. Los mismos que se revuelcan en su fango por mera supervivencia.

Yo sé distinguir entre la realidad histórica y el mero divertimento. He ficcionado Historia, pero en ningún momento me he creído con el derecho de fabricar mierda. Muchos creerán que mis escritos son pura mierda, bien, ¿me importa? No. Lo único que me importa es que, para tan solo ponerme delante del folio en blanco, he estudiado, investigado y comprendido. Me he hecho preguntas y las he respondido asimilando más conocimientos. No me he limitado a vomitar palabras y bilis a cambio de unas monedas. No soy un Judas de medio pelo o pelo entero, bisoñé o tupé.

Una cosa es tergiversar ciertos datos en pos de una mejor ficción y otra defecar sobre la Historia.

Como autor de ficción tengo la obligación de respetar los datos, los nombres, las fechas; conocer el fondo de la obra. Es un compromiso que todo escritor tiene con respecto a su futuro y anónimo lector. Se escribe para dignificar un trabajo, no para cubrir de oro la basura. Pero esto último no lo entienden muchos y, por desgracia, los guionistas de «Assasin’s Creed» (que son cuatro) tampoco, pues siempre se sabrán arropados por los hombres y mujeres huecos, por los que nunca se han hecho una triste pregunta y han querido saber qué hay detrás de ellos.