martes, febrero 28, 2017

Guardia de literatura: reseña a «El barco faro», de Sigfried Lenz

Impedimenta, Madrid. 2014
283 páginas
ISBN 978-84-15979-09-8
«El barco faro» es un conjunto de extrañas historias protagonizadas por personajes grises y tristes, incluso patéticos, encerrados en un barco que no puede navegar, en una casa en medio de una ciudad en ruinas, que viven una vida sin futuro; que personifican una lucha sin cuartel y mediocre contra el día a día y lo inesperado.

Cuando mis manos sin callos crujan y se llenen de manchas provocadas por la vejez, me temo que no tendré nada de mérito que contar respecto a una vida a punto de consumirse. Como mucho he presenciado en directo y al otro lado de la pantalla del televisor momentos como la caída del Muro de Berlín, el atentado contra el World Trade Center de Nueva York o el derrocamiento de Sadam Hussein cuando las tropas blindadas estadounidenses llegaron al corazón de Bagdad, dando fin a la segunda guerra del golfo Pérsico; y poco más. Todo a través de ojos prestados y para unos instantes que nada más pueden significar que lo que ya son. Las experiencias que atesore serán incluso ridículas comparadas con las de mis padres, vividas a la edad en la que estoy escribiendo esta reseña. Quizá sea una bendición de todos modos, aún para un hombre que anhela tan solo contar historias: tener una vida aburrida.

Sigfried Lenz es un hombre que vivió mucho. Participó en una guerra mundial y sufrió un grave trastorno mental tras presenciar el fusilamiento de un compañero; desertó y fue hecho prisionero; se dedicó al contrabando durante los primeros años de la posguerra; se hizo periodista y escritor y todo ello marcó profundamente su (en nuestro país) desconocida obra literaria.

«El barco faro» es una recopilación de relatos encabezados por la novella que le da nombre. Un conjunto de extrañas historias recogidas en 1960 y protagonizadas por personajes grises y tristes, incluso patéticos, encerrados en un barco que no puede navegar, en una casa en medio de una ciudad en ruinas o que  viven una vida sin futuro; que personifican una lucha sin cuartel y mediocre contra el día a día y lo inesperado; sobre todo, refleja el anhelo de algunos personajes por cumplir con su deber.

Los relatos son narrados con cierta prosa poética en cuanto a las descripciones de la Naturaleza, como solo se podría dar en alguien como Lenz que vivió largos años frente las aguas del Báltico; sin embargo, resulta una narración pesada, no por lenta, sino por una carga de palabras a la que no estamos acostumbrados. Me han encantado sus descripciones exhaustivas, pero Lenz no es capaz de aportar ritmo a la lectura, siendo una experiencia espinosa para cualquier neófito que abra las tapas del volumen.

Resultan más llevaderas y agradables las historias relatadas en primera persona. Hay alguna que otra que resulta incluso divertida, apreciándose, aquí y allá, al Lenz periodista; pero todas, absolutamente todas, cuentan con un final que no termina de convencerme como lector. El autor trata de hacer un guiño a la inteligencia de quien le está leyendo, dejando un camino asfaltado de palabras que termina ante un abrupto barranco, momento en el que has de frenar en seco y los neumáticos de la mente se hunden en la grava para impedir que caigas al vacío. Quizá no sea tan inteligente como esperaba el Sr. Lenz que fuera mi persona, por lo que creo que salgo perdiendo con una experiencia de lectura que esconde más de lo que se aprecia a primera vista.

Lectura de 28 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Nimbostratos
  • Termómetro: 13º
  • Higrómetro: 53%

jueves, febrero 23, 2017

«Coffee & Tv», Blur



Do you feel like a chain store?
Practically floored
One of many zeros
Kicked around bored
Your ears are full but you're empty
Holding out your heart
To people who never really
Care how you are

So give me Coffee and TV
History
I've seen so much
I'm goin' blind
And I'm brain-dead virtually
Sociability
It's hard enough for me
Take me away from this big bad world
And agree to marry me
So we can start over again

Do you go to the country
It isn't very far
There's people there who will hurt you
'Cause of who you are

Your ears are full of the language
There's wisdom there you're sure
'Til the words start slurring
And you can't find the door

So give me Coffee and TV
History
I've seen so much
I'm goin' blind
And I'm brain-dead virtually
Sociability
It's hard enough for me
Take me away from this big bad world
And agree to marry me
So we can start over again

So give me Coffee and TV
History
I've seen so much
I'm goin' blind
And I'm brain-dead virtually
Sociability
It's hard enough for me
Take me away from this big bad world
And agree to marry me
So we can start over again

Oh...we could start over again
Oh...we could start over again
Oh...we could start over again
Oh...we could start over again

Lectura de 23 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 750 (Variable). Altostratos
  • Termómetro: 14º
  • Higrómetro: 53%

miércoles, febrero 22, 2017

Ficha de fauna: piquero patiazul




Reino: Animalia
Filo: Chordata
Clase: Aves
Orden: Suliformes
Familia: Sulidae
Género: Sula


Su nombre científico engaña a los frikis más sesudos, pudiendo hacerles creer que es un personaje bastante humilde y oscuro de la saga de La Guerra de las Galaxias, pero el Sula Nebouxii*, más conocido en la Tierra por piquero patiazul o alcatraz de patas azules, aunque ave voladora, prefiere desentenderse de asuntos del frío espacio exterior, como es de recibo.

El piquero patiazul fue una de las especies que más intrigó a Charles Darwin durante la expedición que le permitiría reunir datos suficientes como para elaborar su famosa y polémica, aún hoy día después de ser probada sobradamente, Teoría de la Evolución natural. Destaca, sobre cualquier otra cosa, por el pigmento tan llamativo de sus patas, probablemente imposible de encontrar en otra ave y cuya función parece estar destinaba al ceremonial de cortejo de los machos, quienes realizan una curiosa danza alrededor de las hembras de su elección. El brillo del color decrece con la edad, por lo que los piqueros más “casaderos” son los jóvenes, a quienes ven las hembras como más fértiles y fuertes para la familia a crear. Una decoloración de las, según estudios científicos realizados sobre estas aves, puede ser un síntoma externo de falta de salud y calidad genética en el macho.

Comentar, antes de seguir, que el color de las patas se debe a su dieta, que suelen ser sardinas. Dicho alimento contiene un alto índice de carotenoides** que es asimilado por el animal y que le pigmenta las extremidades.

La incubación se prolonga durante 44 días en un nido en el que lo más común es que haya solo un huevo, aunque se hayan comprobado casos extraños en los que se contabilizaron hasta tres unidades. El que haya más de un huevo es un problema, pues la eclosión transcurre a lo largo de varios días de diferencia y el hermano mayor ataca al menor, en un caso de cainismo muy común en la Naturaleza y entre las aves; siendo que la madre no pondrá impedimento alguno a esta brutal selección y supervivencia del más fuerte de sus hijos.

Un piquero es de color blanco con las  puntas de las alas de negro. Sus ojos son amarillos y el pico es de un color apagado con ciertos brillos azulados.

Su altura ronda los 90 cm. y su envergadura se extiende hasta los 160 cm. Aún así, son de relativo pequeño peso (1,5 kg.), siendo la hembra más grande.

Las fosas nasales y la cola están diseñadas para el buceo tras entrar en el agua en un vuelo en  picado.

Su hábitat se sitúa en zonas tropicales y subtropicales del Pacífico oriental, es decir, entre la costa de California y el Perú, así como en las islas encantadas, las Galápagos, lugar en el que se data la existencia de unas 20.000 parejas.

Se reporta la existencia de dos subespecies reconocidas:

Sula nebouxii nebouxii (Milne-Edwards, 1882)
Sula nebouxii excisa (Todd, 1948)

Lectura de 22 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 53%

martes, febrero 21, 2017

Guardia de ensayo: «Enigmas sin resolver», de Iker Jiménez

Edaf, 2000. Madrid
6ª edición
344 páginas
ISBN: 84-414-0534-4
Un libro joven y entusiasta escrito por un periodista enamorado del Misterio y que huye del trabajo de gabinete

Hubo un tiempo en el que una librería pequeña, humilde y modesta, a la par que encantadora, abría sus puertas en la calle Real de Pontevedra. Fue una de tantas que sucumbieron a la virulenta fiebre que ha diezmado nuestras ciudades y pueblos, cebándose con este tipo de negocios, sustituidos, en el mejor de los casos, por otras librerías en las que uno entra a disgusto y sale con el convencimiento de haber pasado unos insufribles minutos en una especie de LIDL de la cultura. 

Descubrí esta discreta librería, de nombre torpemente olvidado, con motivo de recibir el dichoso regalito forzoso de marras, comprado sin ton ni son: lo primero que se cruza en el camino, atropellándolo mortalmente para cumplir con el execrable compromiso social en el que se supone que hay que demostrar cierto (e inexistente) aprecio hacia el destinatario. «Total. Si le gusta leer, le bastará con cualquier título escogido al azar, ¿no? ¡Hala! Pinto, pinto. Gorgorito…». 

Un regalo, ese regalo, acompañado de un ticket que permite al sufrido receptor cambiarlo por otro cualquiera, como marcan los buenos cánones del comercio actual para fechas señaladas, me concedió la oportunidad de entrar en una librería con los días contados, algo de lo que nadie se percataba desde el exterior. El negocio estaba regentado por dos amables señoras de mediana edad de las que nada supe cuando, pasadas unas semanas, el local quedó transformado en una horrenda tienda de muebles de apariencia retro y dudoso gusto (que sigue abierta, para más inri). Me quedé con un palmo de narices, pues había encargado una novela que nunca llegó a mis manos. También sentí tristeza al ver cómo la “enfermedad” seguía devorando ilusiones.

El día que crucé las puertas de esta librería por vez primera, cargando con el ejemplar que iba a ser la ofrenda obligada para «el dios del cambio en 15 días si no quedas satisfecho», me atendió una de las dos señoras con una amabilidad que desarmaba hasta al más cínico, invitándome a que deambulara por entre las estanterías y escogiera el título por el que iba a “acertar” (esa vez sí) con mi regalo. En verdad que no sabía qué hacer. Incluso habría salido dando brincos de alegría si me hubieran entregado el coste del desafortunado obsequio, pero sabía que eso no iba a pasar. Tenía que salir de allí con otro libro bajo el brazo. Truco o trato.

Tras merodear por el local con el mismo arte y salero que un pulpo de garaje, di con un ejemplar de «La noche del miedo», del mismo autor que hoy reseño. Por aquel entonces acaba de publicarse y me llamaba la atención el objeto de su investigación. Además, me iba a salir gratis. Era una situación bien dulce. 

La señora, sin variar el tono cuasimaternal que me dispensaba, no se sorprendió de mi elección y me confesó, entre vergonzosos susurros, que, aunque no le interesaba la casuística, escuchaba siempre que podía el programa que dio fama nacional e internacional de Jiménez y a sus colaboradores: Milenio 3. Y lo hacía porque se sentía a gusto sintonizando un programa realizado por profesionalidades de verdad y que llegaba a ser incluso familiar, cercano y revitalizante. Coincidí con ella al ciento por cien, a lo que añadí que eran personas a las que les apasionaba (y apasiona) su trabajo y conservan intacta esa curiosidad tan denostada entre los adultos y, sobre todo, entre los muchos que se dedican al periodismo en general.

Ahora que lo pienso, en aquella época aún provocaba cierto rubor afirmar que te gustaban los temas de ovnis, fantasmas, conspiración y demás. Si no le sorprendió mi elección, a mí no me sorprenden ahora sus susurros entre las paredes de su propia librería.

«La noche del miedo» acabó recalando en casa y disfruté mucho del exhaustivo estudio de Iker Jiménez sobre el incidente de la base de Talavera la Real, pues comparto con el autor ese ardor por la fenomenología ovni, la más apasionante y aterradora, para mí, de entre la casuística del misterio. Recuerdo, desde muy niño, que en casa teníamos un libro firmado por Jiménez del Oso, editado en algún momento a finales de los años 1970 por una de las diversas cajas rurales vascas. Era un libro trufado con imágenes de las líneas de Nazca, Minos, etc., que me secuestraba durante horas cada vez que tenía la oportunidad de hacer descender mis ojos sobre sus gruesas páginas a todo color. Ese libro, ahora perdido para siempre entre andanzas y mudanzas, fue mi primer contacto con este mundo extraño y abigarrado del misterio, que fue uno de los motores de la sociedad del tardofranquismo; una temática que acabó siendo denigrada de forma cruel y cainita durante la década de 1990 gracias a ciertos programas-espectáculo de televisión. Todos guardamos en las retinas, aunque nos pese, muchos momentos de esperpento que dejarían mudo al mismo Valle-Inclán. 

Mi devenir vital me separó de estas temáticas tan inquietantes, pero retomé la senda gracias a Milenio 3 y a Cuarto Milenio, dándome de bruces con la realidad de que los casos míticos no eran tan numerosos como podrían aparentar ser gracias a mi infantil discernimiento. Pero la curiosidad siempre joven de Iker Jiménez, discípulo de Jiménez del Oso, su ansia por devorar kilómetros y formularse preguntas al otro lado del transistor, me permitió expandir horizontes.

«Enigmas sin resolver» es una obra bisoña, escrita a uña de caballo por un Iker Jiménez reportero de investigación, macutero y cargado de cámaras fotográficas. Por un sabueso que sigue una pista tras otra. Una obra escrita a golpe de teclado nocturno tras escuchar por vigésima vez la última entrevista realizada a un testigo o un experto, inmortalizada en la cinta magnética de un casete. Escrita por un periodista muy diferente a ese del que hoy estamos acostumbrados, al otro lado de la pantalla o de su buhardilla; por un muchacho con menos de treinta años que trabajaba para la revista que dirigía Jiménez del Oso. Una obra publicada en plena resaca del apaleamiento generalizado y público contra los temas de misterio por parte de detractores y especimenes pícaros, que hacían carne del castizo refrán “ríase la gente, ande yo caliente” y que arruinaban ilusiones, las mismas que permitieron a tantos españoles de una época pretérita salirse de la norma establecida (una ralea envilecida y de poca monta, enemigos declarados de Jiménez a los que sigue combatiendo con encono, siendo «Enigmas sin resolver» una primera declaración de intenciones).

La lectura de «Enigmas sin resolver» es apasionante, pues se lee al Iker Jiménez joven e inexperto, que va a “puerta fría” y acumula noches de soledad y carretera, recorriendo Galicia, Extremadura, Castilla y Andalucía. Sin embargo, el planteamiento de la propia obra es erróneo por cuanto la propia obsesión de Jiménez por los ovnis lo envuelve todo. Salvo por la inclusión de las misteriosas desapariciones de menores, como las del niño de Somosierra y el pintor de Málaga, las Caras de Bélmez y la constatación histórica de la existencia real del conocido como hombre-pez de Liérganes, o unos datos sueltos sobre las Hurdes negras y el pueblo maldito de Ochate, absolutamente todo entra dentro de la casuística de vivencias, avistamientos y contacto con formas de vida relacionadas con los ovnis: irrupciones en bases militares (casos de los que nacería «La noche del miedo», años después), encuentros absurdos, ataques, reuniones en los bajos del Café Lión, contactados suicidas…, incluso habrá lugar para la cuestionable desclasificación de documentos del Ejército del Aire español en la década de 1990 y la entrevista a un irritado J. J. Benítez que comenta sus impresiones al respecto. La obra bien podría haberse titulado, salvo por las contadas excepciones referenciadas, «Enigmas sin resolver: encuentros ovni en España» o algo de más depurado estilo, pues el trabajo que casa mejor con el título original será la continuación a la presente obra y que será objeto de la correspondiente disertación en su momento.

Aunque los casos que componen «Enigmas sin resolver» me resultan ya todos conocidos a fecha de 2017, he repasado datos en compañía de la siempre agradable prosa de Iker Jiménez, contagiándome de su espíritu curioso y apasionado; hasta su indignación. He sentido escalofríos al leer extractos de las declaraciones de testigos de los incidentes en las Hurdes y en las bases militares; mi imaginación de escritor se ha revolucionado ante el conocimiento de diversos hechos ocurrido en esa España de la década de 1960 y que para tantas novelas darían… «Enigmas sin resolver» es una obra que merece la pena leer y que ya atrajo la atención de un público ávido por la temática del misterio en su momento, tanto que agotó varias ediciones en las que, por desgracia, se han perpetuado diversos gazapos ortotipográficos y gremlins que, en ocasiones, llegan a ser insultantes para un lector irascible.

Sí, he disfrutado leyendo una vez más a Iker Jiménez, al joven y errante Iker Jiménez esta vez. Pero que sigue siendo el mismo hombre que demuestra su entusiasmo los domingos desde la Nave, los jueves desde su buhardilla (y de cuando en cuando a través de su videoblog).

En el momento de terminar de escribir esta reseña voy por el capítulo VIII de «Enigmas sin resolver II», dedicado a los hechos enigmáticos que siembran la comarca albaceteña de El Pardal.

Lectura de 21 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 757 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 53%

jueves, febrero 16, 2017

«Out In The Street», Bruce Springsteen & E Street Band


Put on your best dress baby
And darlin', fix your hair up right
Cause there's a party, honey
Way down beneath the neon lights
All day you've been working that hard line
Now tonight you're gonna have a good time

I work five days a week girl
Loading crates down on the dock
I take my hard earned money
And meet my girl down on the block
And Monday when the foreman calls time
I've already got Friday on my mind

When that whistle blows
Girl, I'm down the street
I'm home, I'm out of my work clothes
When I'm out in the street
I walk the way I wanna walk
When I'm out in the street
I talk the way I wanna talk
When I'm out in the street
When I'm out in the street

When I'm out in the street, girl
Well, I never feel alone
When I'm out in the street, girl
In the crowd I feel at home
The black and whites they cruise by
And they watch us from the corner of their eye

But there ain't no doubt, girl, down here
We ain't gonna take what they're handing out
When I'm out in the street
I walk the way I wanna walk
When I'm out in the street
I talk the way I wanna talk
Baby, out in the street I don't feel sad or blue
Baby, out in the street I'll be waiting for you

When the whistle blows
Girl, I'm down the street
I'm home, I'm out of my work clothes
When I'm out in the street
I walk the way I wanna walk
When I'm out in the street
I talk the way I wanna talk

When I'm out in the street
Pretty girls, they're all passing by
When I'm out in the street
From the corner, we give them the eye

Baby, out in the street I just feel all right
Meet me out in the street, little girl, tonight
Meet me out in the street
Meet me out in the street

Lectura de 16 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 757 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 53,5%

miércoles, febrero 15, 2017

Pedro el Siciliano

La Historia ha sido prolija en hombres que, entre bambalinas, alteraron la voluntad de soberanos, torcieron el rumbo de naciones y rompieron la paz de muchos pueblos. Algunos pasaron ante los ojos de aquellos que presenciaban sus maquinaciones como peligrosas serpientes; otros lo hicieron de una forma más sutil. Pero prácticamente todos se encontraron, en un comienzo, en una posición de escaso prestigioso, incluso debido a alguna tara física natural o provocada. A este respecto destacan los eunucos, a quienes siempre hemos visto como sebosos vigilantes de harenes. Sin embargo, su condición asexuada les permitía un control directo sobre ciertos aspectos políticos, incluso llegando a gobernar reinos e imperios. 

Cuando se nos echa en cara a los hombres que debemos prestar atención a las mujeres, escucharlas, es por nuestro bien. Los eunucos ponían paciencia y dedicación a concubinas y reinas, atesorando tantos secretos como el confesor más entrometido y sacamuelas. Uno de ellos, a quien va dedicado este artículo, fue el conocido como Pedro el Siciliano.

Su verdadero nombre era Ahmed. Nació en la isla tunecina de Djerba, en el seno de la tribu bereber de los Sadwikish. Tras la toma de dicho territorio por los cristianos en 1135, Ahmed acabó con sus jóvenes huesos en Sicilia, como botín de guerra, integrándose en la corte normanda del rey Roger II. En un momento dado durante su cautiverio, abandona el Islam, convirtiéndose al Cristianismo (adoptando el nombre de Pedro), y también sufre la castración.

Como eunuco, figura en la sombra pero de confianza, Pedro se forma y va ascendiendo en la corte, hasta el punto de ser nombrado caíd de Guillermo I el Malo y almirante de la flota siciliana, a la que dirigió en dos expediciones bélicas contra las islas Baleares y Mahdia*1. Su estatus político lo coloca a la cabeza de la gobernación del reino, como miembro del triunvirato y magister stolii, a lo que ayuda su especial relación con la reina Margarita*2.

La época que le tocó vivir Pedro fue bastante turbulenta. Guillermo I tuvo la idea de abandonar el gobierno (almirantazgo) en manos de Maio de Bari, tras la muerte del leal Jorge de Antioquía (1151). De Bari se distinguió como un bravucón y contestatario, con el conocimiento y beneplácito tácito del monarca, siendo que el trono quedó enemistado con la nobleza siciliana, el Papa, el Imperio Romano germánico y el Bizantino. Y la cosa estalló, llegando a su clímax, en noviembre de 1160 con el triunfo efímero del levantamiento nobiliar contra Guillermo, el asesinato de Maio de Bari y el secuestro de la reina Margarita*3 y los dos infantes. 

La cosa se tranquilizó con Guillermo I apretando el cetro y al pueblo. Si se calmó la cosa con los cristianos, los encontronazos con los musulmanes iban aumentando en violencia, sobre todo en el Este de la isla, tanto que el gobernante sufriría un atentado en 1161.

En la primavera de 1166, Guillermo II asciende nominalmente al trono tras la muerte de su padre y comienzan los sinsabores para los afines del fallecido monarca. La regencia recayó Margarita, pues el heredero estaba aún lejos de alcanzar la edad y no pocos le habían jurado falsariamente lealtad y miraban con conspiradora inquietud y nerviosismo a la viuda y al sarraceno que la asesoraba*4, a quien había sido nombrado familiaris de la casa real.

Temiendo por la integridad de su cuello, Pedro cargó las alforjas y abandonó la corte a hurtadillas, poniendo velas al norte de África, a Túnez, donde volvió a abrazar la Fe del Profeta y fue conocido como Ahmed es-Sikeli, Ahmed el Siciliano. De nuevo entre los suyos, no perdió el tiempo, se trasladó a Marruecos y obtuvo el mando de la flota del califa almohade Abu Yusuf Yaqub al-Mansur, convirtiéndose en el terror de las naves cristianas que se cruzasen en su camino.

Lectura de 15 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756 (Variable). Estratocúmulos
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 53,5%

15 de Febrero de 2017



martes, febrero 14, 2017

Guardia de cine: reseña a «Centauros del desierto»

Título original: «The Searchers». EEUU. 1956. Western. 119 min. Director: John Ford. Guión: Frank S. Nugent, basándose en la novela de Alan Le May. Elenco: John Wayne, Jeffrey Hunter, Vera Miles

Aún transcurridos sesenta años desde su estreno, el filme de Ford se mantiene puro en cuanto a su filosofía: la búsqueda de humanidad en el alma de todos los hombres

Historia cruda de odio y esperanza, sentimientos igual de irracionales, en mitad de un mundo caótico y polvoriento. Su bello título en castellano evoca a una de las aventuras más renombradas del género western y del eterno John Wayne, cuya enorme tensión dramática y violencia se diluye en necesarios oasis de humor para hacer más llevadera la narración.

La novela «The Searchers», de Alan Le May, fue adaptada por John Ford con la intención de aportar al guión su propia perspectiva narrativa como genio tras la cámara, modificando cuantos aspectos fuesen necesarios para una mejor comprensión de los personajes, sobre todo el de Ethan Edwards, un hombre cuyo odio racista contra los comanches recorre su cuerpo y escupe por la boca como si fuera veneno, a pesar de que es un gran conocedor de la lengua y cultura de su enemigo; un odio que no parece proceder del ataque, asesinato y rapto que sufre la familia de su hermano justo cuando Ethan regresa tras tres años en blanco de los que nada se nos cuenta, tras el fin de la guerra de Secesión. Incluso de sus reservas hacia Martin Pawley (Jeffrey Hunter), un muchacho que Ethan rescató de niño y que fue educado por su hermano como si fuera un hijo propio, importándole bien poco que por las venas del tierno infante corriese sangre cherokee.

El odio racial de Ethan llega a ser desquiciante, por encima de lo absurdo, como cuando se obceca diezmando a balazos a una manada de búfalos para darles muerte y acabar con la fuente principal de alimento de los indios, al más puro estilo del general Sheridan; o cuando descubre que Debbie se ha adaptado a la vida comanche, no importándole asesinarla por ello pues, para él, no es su sobrina ni nada que se le pareciera: es simplemente una india a la que arrebatar la vida. Al final, veremos que el propio Ethan sufre un cambio, acepta a Martin, incluso salva a Debbie, pero reconoce que ese mundo ya no le pertenece, por lo que duda a la hora de entrar en la granja Jorgensen, se da la vuelta y la puerta se cierra tras él.

En contraposición a Ethan y su discurso violento y resentido se encuentra Martin, mestizo pero aceptado por la comunidad, personificación de la necesidad de un equilibrio y de una actitud contraria al odio. Es lo joven contra lo viejo en la concepción de Norteamérica.

Y frente a los continuos choques de trenes entre Ethan y Martin, encontramos ese humor siempre tan bien traído, pero que nos da un respiro, pues llega a abrir y cerrar, por ejemplo, la escena de la masacre final de la tribu del jefe comanche Cicatriz. Pero el humor se relega a los personajes secundarios y a la subtrama de la relación sentimental entre Martin Pawley y Laurie Jorgensen y esa maravillosa boda que no llega a celebrarse.

El título «The Searchers» no solo hace referencia a unos incansables Ethan y Martin que no cejaran en su empeño de dar con la pequeña Debbie, sino a todos y cada uno de los personajes que se cuelan en la pantalla, desde los comanches, que defienden la tierra de sus antepasados, hasta los colonos europeos, sobrepasados por la enormidad y brutalidad natural del entorno; una búsqueda de equilibrio y de una convivencia que nunca será fácil, como en toda frontera; idea que se susurra al espectador al enfocar la cámara hacia un desierto sin fin, bajo un sol inclemente que, en ocasiones, se vela tras la capa de polvo que levanta el viento o el cabalgar de un solitario jinete. 

La película trata el peliagudo asunto de los colonos secuestrados por los indios en aquellos inhóspitos territorios durante el s. XIX: niños y mujeres que pasaban por un trauma violento al que sus mentes respondían con la locura, la resistencia hasta la muerte o la estoica adaptación a su nuevo estado. Son incontables los hombres empeñados en rescatar a sus propios familiares y a los de otros a cambio de un precio, historias estas que han tenido su sobrada cabida en diversas películas del género. Un drama terrible que iba más allá, pues si esos niños y mujeres eran traídos de vuelta a sus familias tan solo eran aceptados por sus padres y hermanos (en demasiadas ocasiones, ni por estos) y tratados como seres inferiores por el resto de sus congéneres de piel blanca pues habían “descendido”, eran “salvajes”; no digamos ya de aquellas chicas que hubieran tenido relaciones sexuales, consentidas o no, con hombres indios. Estos rehenes acababan siendo víctimas por partida doble, deseando la muerte o añorando sus vidas de cautivos. Pero de esto último nada nos dice Ford, que se limita a presentar un final feliz para una ya crecidita Debbie.

Como cierre a este reseña, diremos que con sesenta años a la grupa, el filme de Ford se mantiene puro en cuanto a su filosofía de búsqueda del sentimiento de humanidad.

Lectura de 14 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 749,8 (Viento-Lluvia). Estratocúmulos
  • Termómetro: 11º
  • Higrómetro: 53,5%

14 de Febrero de 2017



jueves, febrero 09, 2017

«1984», David Bowie



Someday they won't let you, so now you must agree
The times they are a-telling,
and the changing isn't free
You've read it in the tea leaves, and the tracks are on TV
Beware the savage jaw
Of 1984

They'll split your pretty cranium, and fill it full of air
And tell that you're eighty, but brother, you won't care
You'll be shooting up on anything, tomorrow's neverthere
Beware the savage jaw
Of 1984

[CHORUS]
Come see, come see, remember me?

We played out an all night movie role

You said it would last, but I guess we enrolled

In 1984 (who could ask for more)
1984 (who could ask for mor-or-or-or-ore)
(Mor-or-or-or-ore)

I'm looking for a vehicle, I'm looking for a ride
I'm looking for a party, I'm looking for a side

I'm looking for the treason that I knew in '65

Beware the savage jaw
Of 1984

[CHORUS]

1984 [ad lib]

Lectura de 9 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754,5 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 10º
  • Higrómetro: 53,5%

9 de Enero de 2017




martes, febrero 07, 2017

Guardia de cómic: reseña a «Barrio lejano», de Jiro Taniguchi

Serie Nouvelle Manga
PONENT MON. Tarragona. 2003-2006
2 vol.
ISBN 84-933093-1
Taniguchi hace retroceder en el Tiempo a su protagonista para que cambie su destino o lo comprenda. Para que conozca la raíz del secreto familiar que lo ha traumatizado

La relación de imposibles para el ingenio humano se ha ido recudiendo con el paso de los siglos. La aparición de ciertos genios que han ido allanando el camino para satisfacer las aspiraciones que nos acompañan desde que alzamos la mirada por primera vez al firmamento o creábamos el primer arte con ceniza y polvo de arcilla en las cuevas donde la magia lo dominaba absolutamente todo. Imposibles que, hoy día, llegan a ser actos incluso rutinarios, como volar. Sin embargo, hay un anhelo que anida en el corazón de cada hombre y mujer adultos: retroceder en el Tiempo, anticiparse a una fecha y poner remedio a un evento traumático que nos marcará de por vida; a decenas de eventos, decisiones, conversaciones… Mas la vida es como un río que no deja de fluir hasta desembocar en la nada y nosotros somos como una hoja seca, desprendida de la rama del árbol cuando nacemos, arrastrados hasta ese torrente de vivencias.

«Barrio lejano» es la historia de Hiroshi Nakahara, un hombre de 45 años, arquitecto de profesión, casado y con dos hijas, que regresa a casa tras ausentarse un par de días no motivos laborales. En vez de apearse al tren con destino Tokio, inconscientemente se sube al vagón de una línea que lo llevará hasta la localidad donde vivió su infancia y adolescencia. Sin otra cosa que hacer salvo esperar la llegada del tren correcto, Hiroshi vagará por las calles y comparará el estado actual de las mismas con los recuerdos de niñez. Sus pasos lo llevarán hasta el cementerio local, hasta la tumba de su madre. Hacía mucho que no la visitaba e Hiroshi comienza a mortificarse, una vez más, con su padre y la noche de finales de verano de 1963 en la que los abandonó, con el sufrimiento de una mujer que tiene que encargarse de su anciana madre enferma y dos hijos pequeños; del sufrimiento de su hermana y del suyo propio. Ni una explicación, ni una pista sobre su paradero durante más de tres décadas de pequeña y privada tragedia familiar. Hiroshi, desde que contaba 14 años, vivía obsesionado, por debajo de su imperturbable carácter de hombre afable, educado y demasiado experto en licores, con conocer los motivos que impulsaron a su padre a comprar un billete de ida aquella fatídica noche y desaparecer de sus vidas para siempre. A Hiroshi le gustaría incluso impedirlo.

Frente a la lápida de su pobre y sacrificada madre, Hiroshi sufre un desvanecimiento y cuando vuelve en sí hay muchas cosas a su alrededor que han cambiado. Para su sorpresa se ha convertido en un niño de 14 años, mas con los recuerdos y la experiencia del hombre de 45. Está de nuevo en 1963, a varias semanas de la terrible fecha. ¿Es un sueño o es realidad? Hiroshi no lo sabe a ciencia cierta, pero el tiempo transcurre con normalidad; incluso ha de asistir a clase, comer, dormir y enfrentarse a la presencia de su padre, un hombre que parece sentirse feliz en compañía de su familia. Hiroshi va a aprovechar, por extraño que pueda parecer todo, la oportunidad que le ha concedido un caprichoso Universo.

El protagonista va desgranando los días y su “nuevo yo”, con los conocimientos y la madurez del hombre adulto, va convirtiéndose en alguien muy diferente a un adolescente normal. En su casa, en el instituto, todos recelan de ese chico. Se le observa más maduro e inteligente, habla sin querer de hechos futuros como si ya hubieran sucedido y hasta influye en la vida de los que le rodean, como en su amigo Shimada. Para terminar, la chica de la que Hiroshi estuvo secretamente enamorado durante la secundaria, Tomoko, se fija en él e inician una amistad que en ocasiones roza en dulce e inocente romance.

Hiroshi disfruta a pleno sol de su nueva adolescencia, a la que sabrá enfrentarse con éxito. Cumple otro sueño propio de la Humanidad que es tener experiencia y, a la par, un cuerpo joven, vigoroso y sano, cuando el precio para obtener la primera es sacrificar el segundo. Disfruta aunque sin desviarse del objetivo de desenmascarar a su padre, de impedir su marcha, de cortar de raíz la razón del sufrimiento familiar que arrastrarán durante treinta años.

La historia que escribe y dibuja Jiro Taniguchi, de quien tuve la oportunidad de referirme cuando reseñé «El viajero de la tundra», llega hasta la última capa del corazón del lector, a través del viaje introspectivo que vive el protagonista principal y narrador. De un hombre que, en el fondo (algo de lo que se da cuenta al final), no es tan distinto de su propio padre, pues se ha ido alejando de su mujer e hijas, del fuego de la felicidad construida a base de momentos compartidos. Ama a su esposa y a las niñas, a pesar de todo, a pesar de ser un calco de su desaparecido padre, por ello teme las consecuencias de su noviazgo con la bella y dulce Tomoko; ¿qué sería lo correcto?, ¿llegaría a sacrificar a su mujer e hijas para saber cómo sería una vida en común con Tomoko? Preguntas todas que se van acumulando mientras Hiroshi es incapaz de frenar el avance del verano.

Las escenas que dibuja Taniguchi recorren una etapa crucial de nuestras vidas, pero desde la óptica del hombre en la cuarentena, sabiendo escoger y cambiar ciertos puntos del pasado conocido. Como nos tiene malacostumbrados, sus viñetas rebosan de detalles del entorno. A Taniguchi no le importa dedicar páginas enteras a un solo hecho o pensamiento, desde diversos ángulos, para captar cada expresión de un atribulado rostro. No importa semejante “derroche” en el que el texto es prácticamente inexistente, con una simple línea de pensamiento, un remordimiento, una idea esperanzadora y una narración amable, que pretende ajustarse a ese imposible de retroceder en el Tiempo para que nuestro Yo adulto corrija a nuestro Yo adolescente o menos maduro.

Bien hilada, sin la sensación de dejarse flecos, su sencillez radica en la elegancia y perfección; solo observándose cierto desajuste en la inclusión de escenas del Presente de la familia del protagonista que en nada nos ubica para saber cómo transcurre el tiempo en el Pasado o en el sueño.

El final es lo más humano que he leído en mucho tiempo. Cuando Hiroshi descubre toda la verdad. Sorprendente, incluso, cuando este viajero del Tiempo regresa a su cuerpo de adulto, ante la lápida de su madre y regresa a casa, donde verá su entorno de diferente forma, con una lección magistral aprendida y recibiendo el regalo más inesperado.

«Barrio lejano» está publicado por la editorial Ponent Mon. Es una historia corta para los estándares del Manga, de fácil y agradable lectura y con un argumento cuya génesis no sea muy original, pero que trata de mostrarnos cómo podría desarrollarse la vida de un hombre que cumple uno de los anhelos de todos los humanos. Y Jiro Taniguchi lo consigue con su natural manera de narrar.

Lectura de 7 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



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lunes, febrero 06, 2017

Armando bulla con el bullying

Como si de un deporte de riesgo recién puesto de moda se tratara (como si de un problema nuevo también, ¡ejem!), nos hacemos los modernos y copiamos del anglosajón un termino ing para acuñar uno de los males endémicos de las aulas: el acoso escolar. Como si así prestáramos más atención o mostráramos un mayor interés sobre una triste constante que muchos hemos sufrido y que a muy pocos importa en realidad.

El pasado día 27 de Enero saltó a la palestra periodística y de corrillo de café de escasa catadura una noticia que sacudió las adormiladas redacciones y a los más ociosos del lugar. Un joven de 17 años, taciturno y brillante estudiante, trata de coser a puñaladas, poco certeras, a cinco compañeros de clase en un instituto de Villena (Alicante), ahí, como si esa mañana se hubiera caído en la marmita de la horchata. De poco ha servido que se haya ido desgranando detalle a detalle, dato a dato, su periplo por su particular río Estigia, que hemos vivido unos y viven aquellos para los que nuestra propia naturaleza o educación nos impide replicar a la agresión física y/o verbal de los abusones (siempre en plural) que amargan la existencia durante esos fatídicos años. De poco o nada, pues las autoridades más incompetentes, empezando por la dirección del centro y terminando, a la fuerza, por el equipo psicosocial de turno baten las palmas por colgar al muchacho unos antecedentes penales de escaso vuelo por ser menor de edad (pero que los llevará siempre socialmente y que puede arruinarle más la vida) y por coronarle, gustosos, de informes que lo tildarán de psicópata, perturbado y/o anormal. De alguien a quien excluir de nuestra perfecta y preciosa sociedad de hipócritas de medio pelo y pluma.

—El sufrir acoso escolar no justifica su reacción. Tiene que haber algo más en el plano psicológico —recogió una voz cuasianómima en uno de tantos reportajes emitidos por televisión. Y si sabemos leer entre líneas y por dónde suenan los tiros.

No. Es que eres víctima y eres tonto de capirote. Pero ya sabemos de qué palo van los psicólogos: todo el mundo está tarado menos ellos. ¡Qué suerte la suya!

Este chaval va a pasar, por bondad y preocupación de los estamentos inamovibles de la enseñanza y “educación”, de víctima a monstruo por el simple hecho de haber llegado a su límite. Y quienes le agredían pasarán a formar un coro de plañideras y cocodrilos durante la Vista judicial para, luego, fardar ante sus chavalas de la herida de combate, a la par de que se siguen descojonando del “perfecto estudiante al que se le fue la chota”.

El nuevo anormal será escrutado con repugnancia a la par que sus acosadores serán recogidos y acunados entre almohadones pues, «compréndeles, ellos son así porque habrán sido víctimas de acoso»… probablemente o plausiblemente o imaginariamente o búsquese cualquier excusa más bonita. Pero es que los acosadores se limitan a cumplir una función tan común como plural en la Historia del género humano: eliminar al individuo que no case con la mayoría, ya sea neandertal, judío o extraterrestre, ya puestos. El pájaro solitario o distinto tiene que morir picoteado por sus congéneres, máxima, quizá, darwinista que sobra en un mundo civilizado que ha sufrido demasiados sobresaltos y construido cámaras de gas para aburrir.

La dirección del centro de estudios, por no ser menos que aquellos otros que se han apuntado marcas pintadas de rojo sangre con suicidios y otras delicatesen que no quitan el sueño, clamará y alzará las manos al cielo de la Administración, llamando a la oración de “El Protocolo” o de “No Nos Han Impartido El Curso Correspondiente Para Detectar El Bullying”. Esas dos suras se las saben al dedillo y las entonan sin necesidad de ablución alguna.

A ello sumamos chorradas del tipos concentraciones de un minuto, pancartitas y toda esa parafernalia de bazar de suburbio. Y no olvidemos la nueva máxima: «Esto, o sea, se arregla hablando. Juntamos a agredido y agresor, se dan la manito y un par de besitos» y al primero que se dé la vuelta le dan por el culo.

Soluciones reales, por favor. Nada de protocolillos que terminan siempre con el agredido marginado y expulsado del centro como premio de consolación.

No atesoro gratos recuerdos de mi paso por la EGB y el Bachillerato simplemente porque sufrí acoso y derribo. La cosa no llegó a causar sangre. Cierto es que lo sufrí en un nivel casi superficial comparado con el caso de este chaval y otros tantos de hoy día. Vamos, infinitesimal. Creo que ni tengo derecho a quejarme al compararme. Risas, burlas y humillaciones por todo y en todos lados. No hubo ápice de mi ser físico o mental que no sirviera de cálido entorno para su regocijo e inventiva. De estudiar y demás, no estaban muy puestos, pero más de uno podría mandar el currículo a El Club de la Comedia del Gilipollas, que empleo encontraba seguro.

Y lo reconozco. Aún hoy me gustaría devolver el golpe a algún y alguna de aquella etapa y creedme que la única forma se soy capaz de imaginarlo es infligiendo dolor físico, como tan solo ha sido capaz, en grado de tentativa frustrada y por falta de verdadero intención homicida, este chaval de Villena (sí, soy un monstruo enfermo suelto por la calle, ¡sacad las horcas!). Pero lo que más me viene a la cabeza (y duele) es tener la constancia, fría y calculada gracias al Tiempo transcurrido, de que te rodeaba gente que podría haberte ayudado y que no movió un solo dedo. Que no hicieran nada tus amigos llega a tener incluso justificación, pues también velaban por su integridad en un acto egoísta de supervivencia e, incluso, sufrían acoso esporádico por parte de los mismos imbéciles de turno, por los mismos hijos de la gran puta. Pero que algunos profesores, adultos que debían protegerte, se limitaran a ser meros testigos de las agresiones y humillaciones que se llegaban a perpetrar en mitad de la clase… Para ellos no tengo etiquetas. Sabían, miraban para otro lado y hasta se reían, pues la ocurrencia les llegaba a hacer gracia, a la par que pasaban del tema. Y no digamos ya cuando algo se removía en tu interior y llegabas a reaccionar. En mi caso, un buen día estallé y empleé nuestro rico castellano con unos de estos bravos risueños, pero con tan mala fortuna que llegó a los oídos, atentos según  para qué, del profesor de turno con el siguiente resultado:

—No me esperaba algo así de ti, Javier —me amonestó el susodicho adulto, manifestación a la que siguió el cloqueo generalizado y liderado por el bully que recibió mis groseras palabras, pronunciadas con una leve tartamudez, y con las que se chupó los dedos. 

Y hoy sigue siendo la misma historia. Incluso esos bastardos seguirán siendo los ojitos derechos de estos profesores. Unos chicos y chicas palurdos que no saben ni contar dos y dos, pero que mantienen a raya a los panolis que conforman toda la clase. ¿O no hemos pensado y dicho abiertamente esto, queridos profesores de mis recuerdos?

Empatizo con este muchacho que ha tenido el valor o la desesperanza mayúscula de tener que responder al estímulo de la única forma que ha sido capaz; a quien han obligado a armarse con un cuchillo y asestar unas poco certeras puñaladas para dar a entender que no iba a consentir ni una burla más, ni una colleja más. Empatizo y me solidarizo ahora, más que nunca, pues va a convertirse en el paria al que todos señalarán y musitarán un “pobrecito loco” a su paso, entre pena fingida y placer sádico en la sonrisa por parte de alumnos hideputas, cierto profesorado cómplice y buhoneros licenciados por la Facultad de Psicología de la Sublime Estupidez... Y con una Justicia que corre con los pantalones a la altura de los tobillos.

Y nadie se acuerda de él en los medios, por ahora.

Lectura de 6 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



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6 de Febrero de 2017



miércoles, febrero 01, 2017

¿Vikingos como primeros Señores de Vizcaya?

El recuerdo que se tiene de los vikingos en la Europa meridional no puede ser más negativo. Para las infelices gentes de las pequeñas poblaciones repartidas por la costa atlántica y, luego, mediterránea, que recibieron su desagradable visita, los hombres del Norte eran verdaderos demonios procedentes de un infierno frío. Mentarles siquiera infundía pavor en los corazones más aguerridos y los dragones que lucían en las proas de sus drakares eran el presagio de la muerte y el fuego. Tal es así que no pocas políticas defensivas se llevaron a cabo en la península ibérica para poner freno a sus violentas razzias. En Galicia tenemos aún los restos de las torres de Oeste (Catoira) y en Andalucía el registro en los anales de la creación de la marina de guerra del califato de Córdoba, allá en el s. IX, por orden de Abderramán II, modificando la opinión de arma prescindible que la naval tenía hasta la fecha. El ataque a las poblaciones de Cádiz y la toma de Sevilla por unos bárbaros paganos les hizo cambiar de idea, viéndose impotentes ante aquellos buques tan particulares (aunque el primer cometido de esta flota de nuevo cuño fue asaltar Mallorca, en 849, tras negarse la isla a pagar tributo, teniéndose que esperar diez años para enfrentarla a los vikingos en aguas andaluzas).

Sin embargo, no siempre la presencia de estos nórdicos supuso guerra y saqueo constante y “vuelta para los fiordos”. Según cuentan las crónicas de Alí Ibn al-Athir, un ejército convocado por el emir de al-Ándalus Abu al-Walid Hisham al-Rida (Hixem I) hacia el año 795, con el firme propósito de atacar al rey Alfonso II el Casto (792-842), se enfrentó a unos vikingos asentados en el Norte de la península. El monarca cristiano reclutó tropas a lo largo y ancho de su amplio reino de Asturias, que abarcaba la actual Comunidad asturiana, Cantabria, Bardulia (Castilla condal) y Galicia. Entre aquellos hombres de armas  destacaron los vascones y unos mercenarios paganos (al-magus), vecinos próximos de los anteriores.

En diferentes crónicas musulmanas, los al-magus se identifican con vikingos asentados en la costa y el interior de la Gascuña. Aunque el primer ataque escandinavo data de 844*1, esto no quiere decir que no hubiera asentamientos estables y pacíficos hacia el 795 que sirvieran de lanzadera para crear lazos comerciales. Siendo que el Cristianismo convivía con las anteriores deidades del credo de los vascos, alejados estos de la influencia gubernamental asturiana y castellana, es perfectamente plausible la existencia de estos asentamientos vikingos.

Abu Marwán Hayyán Ibn Jalaf Ibn Hayyan vuelve a mentar a estos paganos como aliados de Alfonso II el Casto durante el combate del río Orón (año 816), sirviéndose de ellos en anteriores y posteriores enfrentamientos que afianzaron su reinado.

En el año 825 da comienzo una campaña de castigo del califato cordobés contra el norte cristiano, contra Álava, perteneciente a Qastilya, el país de los castillos. Ibn-Hayyan relata una batalla en la Djabal al-Madjus, o Montaña de los Paganos*2. Según el historiador bermeano Antón Erkoreka, dicha montaña no sería otra que el monte Sollube, cercano a la boca de la ría de Mundaka y donde, por lo visto, se levantó un asentamiento danés hacia el s. IX, reducido a cenizas por Olaf II*3 de Noruega en el s. XI. Bien podría ser que Olaf destruyera el asentamiento durante una razzia pirática, pero bien podría ser una acción violenta de erradicación de la religión nórdica pagana tras abrazar el monarca la religión de Cristo e instaurarla como única fe en Noruega, bajo pena de muerte. El rey nórdico difundió la fe y la ley por sus dominios. ¿Quién sabe si no se paseó también entonces por nuestras costas?

Este último dato me afecta pues yo crecí bien cerca de dicho monte Sollube y durante años circulé por la carretera que lo marca como una zigzagueante cicatriz de asfalto. Viví en Bermeo, una villa con mucha Historia pero de la que muchos se han olvidado a golpe de martillazo nacionalista, pues se llegó a afirmar que allí nunca hubo contacto con romanos ni musulmanes, en una jactancia petulante de orgullo racista decimonónico. Idea absurda y totalmente falsa por cuanto el propio Sollube cuenta con el yacimiento de Tribisburu de una necrópolis romana de incineración, que data de entre los s. I y III d. C. (a lo que hay que sumar los restos bien visibles en Sukarrieta y Forua y otras poblaciones).

Pero lo que quiero subrayar es ese supuesto asentamiento danés en el Sollube o alrededores (más bien hacia la ría de Urdaibai) y relacionarlo con la propia mítica de la fundación de la casa de los Señores de Vizcaya. Según la leyenda, una princesa escocesa arribó a la ría de Mundaka, quien fue prendada por el dragón Herensuge, un terrible y diabólico ser, hijo del gran dragón Maju el Culebro, esposo de Mari, la deidad principal del folclore vasco*4. De tal unión nació Lope Fortún, Jaun Suria*5, el primer señor de Vizcaya, allá por el s. IX.

Una mujer procedente del Norte. Un hombre que se le confunde con un dragón o serpiente sobrenatural. ¿Vikingos ambos dos? No sería la primera vez que un atributo llega a suplantar a una persona real. ¿Podría ser el dragón de la proa de un drakar hacer pasar a los reales Herensuge o a su padre, Maju, unos vikingos, como terribles reptiles de leyenda? Además, coinciden con las fechas señaladas por los cronistas musulmanes acerca de los al-madjus aliados del rey astur.

El historiador Antón Erkoreka profundiza en las raíces vikingas de los asentamientos en la comarca del Busturialdea y trae a colación la posible presencia de un rey de Dublín en el área: Ívarr in beinlausi, Ívarr el Deshuesado o el Culebro, quien participaría de la expedición de rapiña datada en 859. ¡Vaya! Maju e Ívarr comparten sobrenombre...

Ívarr, al contrario de Olafr el Blanco, también rey de Dublín, fue un gran enemigo de los cristianos (rex paganissimus en fuentes anglosajonas). Sin embargo, en el seno de ambas nobles familias nace el germen del Cristianismo en el Norte europeo, creyéndose que una descendiente de Olafr podría ser esa princesa que llega a la ría de Mundaka. Para el historiador Jon Bilbao, la factoría o asentamiento en la ría se relaciona directamente con estos reyes de Dublín. ¿Es posible que un hijo de Ívarr (o el propio Ívarr) contrajera nupcias con una descendiente de Olafr en tierras del Cantábrico, fundando la casa de los Señores de Vizcaya? ¿Es Maju, el gran dragón vasco, una derivación del término árabe al-madjus para referirse a los vikingos?

La presencia de un Jaun Zuria vikingo en la comarca es evidente. Se asegura en los textos que los primeros señores de Vizcaya eran considerados poco menos que brujos y que realizaban extrañas ofrendas de sacrificio a los dioses muy similares a las que el embajador del califato de Bagdag, Ahmad ibn Fadlān ibn al-Abbās ibn Rāšid ibn Hammād*6, describe que presenció hacia el 922 en una factoría nórdica del Volga. A esto hemos de sumar que la convocatoria y funcionamiento sagrada de la reunión o batzarra bajo el árbol de Guernica es prácticamente idéntica a una asamblea vikinga.

Estos datos, que son nuevos para mí, derriban todas las ideas preconcebidas que tenía sobre el pasado de mi tierra y de todo el Norte peninsular.



Lectura de 1 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



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1 de Febrero de 2017