miércoles, marzo 30, 2016

Los ocho vientos


Queramos o no, los nombres de los ocho (sí, ocho) vientos forman parte de nuestro lenguaje cotidiano, sobre todo gracias o por culpa de los partes meteorológicos que todos vemos una vez al día mínimo por el televisor tras el telediario, por eso de «qué tiempo hará mañana».

Para aquellos que vivimos en la costa o que lo hacen en zonas donde el viento arrecia, como el valle del Ebro, por ejemplo, siempre es importante saber en qué nos vamos a meter, pero apenas unos cuantos sabemos más nombres que Tramontana, Mistral y Levante, pues parece que son los que marcan irremediablemente nuestro ajetreado día a día. Como mucho, hablamos de viento Sur cuando las temperaturas ascienden.

Ocho vientos con nombres bien particulares y que tampoco está de más saber, por si un día vamos a concurso de la televisión (siempre en medio este aparatejo) y queremos pasar por algo más que unos pésimos grumetillos:

  1. El viento del Norte y que indicamos como situado a los 0º, es referido como Tramontana y sopla entre los grados 338 y 22.
  2. El siguiente nos sonará mucho menos: el Gregal, que se ubica en el Noreste (45º) y sopla entre los grados 23 y 67.
  3. El Levante se corresponde con el Este (90º) dándose entre los 68º y 128º.
  4. Al Sureste (135º) damos con otro conocido: el Siroco, que se da entre los 129º y los 157º.
  5. El viento Sur (180º) no es tal, sino Mediodía o Solano, que lo encontraremos en la rosa de los vientos entre los 158º y 202º.
  6. Al Suroeste (225º) otro que también debería ser conocido al menos: Lebeche o Abrego, entre los 203º y los 247º.
  7. Al Oeste (270º) encontramos Poniente, que se da entre los 248º y los 292º.
  8. El Mistral tiene dirección Noroeste (315º), soplando entre 293º y 337º.

Lectura de 30 de Marzo de 2016 a las 1200 horas



  • Barómetro: 750 (Variable). Nimbostratos
  • Termómetro: 13,5º
  • Higrómetro: 56%

30 de Marzo de 2016





martes, marzo 29, 2016

Guardia de cine: reseña a «Dios mío, pero ¿qué te hemos hecho?»

Título original: «Qu’est-ce qu’on a fait aut, bon Dieu?». 2014. Francia. Color. Min: . Dirección: Philippe de Chauveron. Guión: Philippe de Chauveron y Guy Laurent. Elenco: Christian Clavier, Chantal Lauby, Ary Abittan…

En una Francia multicultural y multirracial, esta comedia se quiso proponer como una especie de botón de muestra, tanto para el interior como para el exterior, sobre la posibilidad de una reconciliación pacífica, de una unión bajo una nación y una identidad, importando bien poco la procedencia y el color de piel. Parte de la situación un tanto exagerada (por ser tremendamente forzada hasta extremos paródicos, aunque con la intención de no dejarse a nadie atrás), en la que las cuatro hijas de un acomodado matrimonio francés de provincias, blanco y católico, contraen nupcias con lo que parece ser un representante de cada una de las ramas de esa multiculturalidad que he referido: un judío, un musulmán de origen argelino y un chino. La hija pequeña, para rizar el rizo, se va a casar (¡por fin!) con un católico, pero resulta que es negro.

Tras terminar el visionado de la cinta que, como era de esperar, cuenta con un final de cuento, con perdices incluidas, la veo como una comedia que se ha tan solo en el intento, algo bien extraño, pues los franceses son expertos en eso de sacarle punta a todo. A pesar de que los diálogos puedan llegar a ser chispeantes, con constantes juegos y chistes (a un ritmo de casi uno por frase de guión), vemos que el guionista se ha dejado coaccionar por algo tan patético como de moda: lo políticamente correcto. No llega, así, si quiera, a terminar la pátina de divertimento sobre el racismo que capea como buenamente puede la ciudadanía francesa. Todo termina siendo poco más que una broma insustancial, y ese miedo guionizado a ofender convierte al fantástico trío de yernos en una comparsa, en mobiliario de atrezo. En la misma onda se mueve la pareja de suegros, condenados a entenderse, pero que acaban siendo dos personajes dolientes pues, al igual que con los yernos, se les podría haber sacado muy más sin que ello afectara a la gran boda francesa.

La línea argumental de la hija pequeña y su futuro marido, además, decrece hasta quedarse en unos garabatos infatiles, al igual que la que le correspondía al resto de féminas del elenco, no digamos ya de la madre de la novia, cuyos giros están muy desequilibrados.

Una diversión de escasa duración en la que, sí, no reiremos, pero con la que acabaremos con la sensación de que no hemos recibido exactamente aquello por lo que hemos pagado.

Lectura de 29 de Marzo de 2016 a las 1200 horas



  • Barómetro: 752 (Variable). Lloviendo
  • Termómetro: 13º
  • Higrómetro: 56%

miércoles, marzo 23, 2016

A Juan Sebastián Elcano


… bajo tu planta
Cruje la nave entre rugientes olas;
Tu rostro moja la nevada espuma;
El enlutado cielo se abrillanta;
Silba la tempestad, redobla el trueno;
El rayo troncha la cruzada entena;
Del rifado velamen los jirones
Cual monstruo volador la jarcia azota;
Brota de fuego cárdena melena;
Del labio rudo la plegaria brota,
Y al huracán venciendo tu osadía,
El áspero camino sigues, Elcano,
Luchador gigante, eterno peregrino,
Sobre las obras de la mar bravía
Por los ignotos mundos adelante.

Tu firme corazón y experta mano
Conducen la invencible carabela
Que los confines ata,
Del uno  y otro férvido Océano,
Con el nevado esmalte de su estela,
Con larga cinta de zafiro y plata.

Y al cabo triunfador, ceñido el mundo,
Llegas del Betis a la fresca orilla,
Tocas la patria, y con amor profundo, 
Rindes al pie de la gentil matrona,
El pendón que llevaste de Castilla
Y la arrancada al mar virgen corona!

Pedro Novo y Colson
Fin de su conferencia sobre Magallanes y Elcano, leída el 17 de Marzo de 1892 en el Ateneo de Madrid

Lectura de 23 de Marzo de 2016 a las 1200 horas



  • Barómetro: 750,5 (Variable). Altoestratos
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 56%

martes, marzo 22, 2016

Guardia de Literatura: reseña a «El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde», de Robert Louis Stevenson

Recurriendo a mi corta memoria, y aguardando que ésta desfallezca, esta corta y mítica novela de Stevenson tuvo como primera lectora a su esposa, nada más ponerle punto final. Lo que la buena mujer encontró entre sus páginas le resultó ser tan amenazador y terrorífico que acabó arrojando el manuscrito a las llamas purificadoras de su hogar, sin que el marido pudiera hacer nada para evitar semejante catástrofe. Tras contemplar con impotencia cómo el fuego de la chimenea devoraba todas las cuartillas, dejando como únicas sobras ceniza y rescoldos ennegrecidos, Stevenson tuvo que rescribir una de sus más conocidas novelas.

Quizá confunda algunos hechos, los adelante o los atrase, pero esto es lo que recuerdo y encaja a la perfección con las sombras que se agitan entre las biografías de los grandes escritores, que resultan ser más legendarias que verídicas; mas no hay prueba que desmienta o ratifique este mito.

Con «El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde», Stevenson quiso dar su propia respuesta al dilema psicológico y moral que traía de cabeza a muchas mentes pensantes del s. XIX: la bipolaridad de la conciencia o el equilibrio entre el bien y el mal en el libre albedrío del ser humano. Aparte de este clarísimo ejemplo que publicó el autor de «La isla del tesoro», podríamos mencionar otras obras más o menos sutiles como «El retrato de Dorian Gray», la única novela que firmó Oscar Wilde, o «El hombre invisible», de H. G. Wells, si nos apuramos un poco.

Sin embargo, ninguna otra fue tan explícita como la que nos ocupa hoy, deseando su autor presentar un anhelo de diferenciación entre las conductas rectas y las erráticas de un hombre que podemos considerar normal. Tal es así que el Dr. Jekyll es un techado de virtudes y su alter ego, Mr. Hyde, representa toda la tiniebla de su conciencia y alma, que existe como tal y que, de algún modo, el científico quería separar en el plano físico.

Al contrario de lo que nos han hecho entender ciertas adaptaciones a la gran y pequeña pantalla, el Hyde de la novela es mucho más joven que Jekyll, bajo y enclenque (esto último, en apariencia). En palabras del propio Jekyll, esto se debe a que la maldad no ha sido debidamente desarrollada, ha estado reprimida y encerrada, pero la va alimentando sin pudor con cada salida nocturna. Stevenson deja al lector que se haga su propia y rebuscada idea acerca de a qué negocios y divertimentos dedicaba el tiempo el ser contrahecho con el que Jekyll se sentía libre para satisfacer sus más impúdicos y bajos instintos, sin que su buena imagen pública de miembro de la alta sociedad londinense se viera afectada. Mr. Hyde era un disfraz para la depravación de un solo hombre, al fin y al cabo.

La novela no discurre en el gabinete del Dr. Jekyll, dando con la fórmula y reproduciéndola; al contrario que sucedería con otros autores de fantasía y ciencia ficción como Julio Verne, Stevenson oculta el camino hacia ese mal uso de la ciencia del mismo modo que Mary Shelley con su «Frankenstein». Es más, el protagonista de la obra o quien sirve de hilo conductor de la narración omnisciente no es Jekyll, sino Mr. Utterson, abogado y condiscípulo del doctor, quién está profundamente preocupado por el buen doctor, al creer que el testamento ológrafo que le ha entregado para su custodia, en el que lega todos sus bienes y derechos (fortuna de medio millón de libras esterlinas incluida) a un joven y esquivo Mr. Hyde, ha sido redactado bajo coacción. 

Resulta que para un lector de 2016, la novela no puede provocar el mismo estupor que cuando fue publicada, pues su narración de los aspectos más peliagudos se deja a la propia confesión del Dr. Jekyll y el acto más repulsivo de Mr. Hyde del que se tiene noticia es un asesinato tan solo justificable por la involución del lado oscuro hacia los hombres salvajes o de las cavernas, todo ello en una concepción decimonónica hasta la exasperación.

La novela emparienta el realismo con el género fantástico y científico, pero sin entrar en detalles, en tecnicismo alguno; dejando tras la tramoya todo lo que debe permanecer desconocido al hombre de bien que no quiere desfallecer y cometer el pecado del Dr. Jekyll.

La narración se nos queda corta en demasía, pero es, sin duda, una obra capaz de despertar ciertas inquietudes y que, a día de hoy, tiene plena vigencia en cuanto a sus pilares básicos y espirituales.

Lectura de 22 de Marzo de 2016 a las 1200 horas



  • Barómetro: 750,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 57%

lunes, marzo 21, 2016

jueves, marzo 17, 2016

«Sound And Vision», David Bowie (Live By Request, 2002)



Escuchando solo la música, tarareándola y sin entrar en la letra, nadie podría concluir que trata sobre un hombre que está horrendamente deprimido:

Don't you wonder sometimes
'Bout sound and vision

Blue, blue, electric blue
That's the colour of my room
Where I will live
Blue, blue

Pale blinds drawn all day
Nothing to do, nothing to say
Blue, blue

I will sit right down, 
Waiting for the gift of sound and vision
And I will sing, waiting for the gift of sound and vision
Drifting into my solitude,
over my head

Don't you wonder sometimes
'Bout sound and vision

Lectura de 17 de Marzo de 2016 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754,5 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 11º
  • Higrómetro: 56%

17 de Marzo de 2016




miércoles, marzo 16, 2016

Mejores artilleros

Comparativa de punterías entre las Marinas
inglesa y estadounidense, publicada en el
número de 16 de Junio de 1899 de «
Alrededor
del mundo»
El Desastre de 1898 posee tantas lecturas desatendidas como elementos a tener en cuenta para explicar, de forma medianamente razonada, la derrota tan aplastante que sufrieron nuestros bisabuelos frente a la nueva amenaza yanqui.

Por supuesto, hay que dar debida cuenta de la situación política inflexible y nada ponderada, muy alejada de cualquier luz que permitiera el empleo de buenas armas y una mano firme. También que los Ejércitos españoles se vieron diezmados por una guerra declarada varios años atrás frente a los rebeldes, el clima, el hambre, la enfermedad, la desidia y el abandono, terminando por no ser rivales ante tropas y fuerzas que contaban con la baza de entrar frescas en un combate al que se aprestaban con un concepto de guerra ofensiva.

Este último antecedente es de aplicación directa a lo que vino siendo el resultado más vistoso de la derrota sufrida los días 1 de Mayo y 3 de Julio de 1898 en Cavite y en Santiago de Cuba, respectivamente, donde los americanos se lo pasaron en grande a base de cañonazos en una batalla naval muy desigual, pero por motivos bien diferentes a los que siempre se han presentado en vanguardia para la pública autoflagelación histórica y, por supuesto, humillación de puertas para adentro que tanto parecen divertir a los estúpidos e ignorantes vestidos de levita o de puño en alto, dando por cierta cualquier basura vomitada por los servicios de contrainformación y de guerra psicológica del enemigo.

Nuestra flota, allá en 1898, poseía un carácter evidentemente disuasorio y de defensa. Nosotros no nos regíamos por una política marítimo-colonial de expansión, sino de conservación de lo poco que nos quedaba por entonces. Las líneas de yacht de nuestros navíos de guerra parecían dar una imagen demasiado inocente frente a lo de los acorazados norteamericanos y es obvio, pues estos últimos tan solo tenían una ridícula costa que defender en comparación y, a la par, una irrepetible oportunidad de irrumpir en la escena internacional y colonialista por la fuerza. Defensa ribereña contra un planteamiento agresivo y triunfante por medio de una jugada de mano al primer golpe.

Si atendemos a los estudios del crítico naval británico H. W. Wilson acerca de la capacidad formativa de los artilleros norteamericanos en aquel año de 1898, extraemos unos datos estadísticos que en España no podíamos igualar por mucho que nos hubiéramos esforzado atosigando económicamente al país, retrasado en cuando a industrialización y desprovisto de fuentes de materias primas cercanas:

Los EEUU destinaban seis millones de pesetas (de la época, claro está) al año en ejercicios de tiro al blanco con la artillería naval. A partir de Julio de 1897, los ejercicios se intensificaron hasta alcanzar el número de catorce maniobras al año y se destinaban premios económicos a los mejores artilleros de cada brigada de veinticinco hombres (entre cinco y diez duros).

Las brigadas del Philadelphia marcaron en 1897 el récord de 92% aciertos en el blanco. En 1898, dicha marca fue batida por el Texas, que alcanzó los 93 aciertos sobre 100.

Si comparamos dichos números con los registros de la Marina de guerra inglesa, la Escuadra del Mediterráneo, que se consideraba excelente, tan solo alcanzaba el máximo de 30 aciertos de cada 100 disparos.

En su momento, tales datos de la Marina yanqui fueron tomados por exagerados, obviamente, pero también los de la inglesa eran un tanto fantasiosos.

Aún así, por mucho valor demostrado en batalla, nuestros cañones eran más lentos por culpa de su propio diseño y de sus brigadas. No contábamos con una mecánica equiparable y nuestros hombres no habían recibido una formación tan exquisita y generosa tras años de guerra y estupidez en pasillos y gabinetes ministeriales.

El campo de batalla está plagado de incógnitas que ni el arrojo desmedido puede llegar a resolver.