martes, enero 10, 2017

Un año


Una fecha, como otra cualquiera. Pero hoy es el primer aniversario del fallecimiento de David Robert Jones. ¿No sabéis quién es? Oh, vamos. Un esfuerzo, que llevo un tiempo hablando de ello. Un esfuerzo para los más despistados, para los más olvidadizos. Para aquellos que han bebido para olvidar este 2016 pasado, ese annus horribilis.

Hoy se cumple un año de la muerte de David Bowie y poco más podemos decir, salvo que es un día para poner de nuevo sus discos, que suenen por los altavoces todo el día. 

Y mostrar mi alegría ante el buen acogimiento que está teniendo entre el público mi «Major Bowie», una biografía enfocada desde la ciencia-ficción y la carrera espacial, una obra que tenía reservada para publicar hoy, pero que me quemaba en los dedos. Quería nacer al mundo y lo hizo un 10, pero de Diciembre del año pasado.

Gracias por permitirme que David sea aún más inmortal.

Lectura de 10 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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lunes, enero 09, 2017

Asesinos de Historia


Hacía ya un tiempo que necesitaba desahogarme. Una excusa con la que pudiera liberar tensión. Y cuando di por casualidad, de la misma forma que se descubre una brillante y redonda moneda en el mugriento suelo, con el enlace que me conduciría hasta un artículo publicado en ABC que desgrana todos (quizá no todos) los gazapos históricos que pueblan la adaptación cinematográfica del conocido videojuego megaventas «Assassin’s Creed», con Michael Fassbender, Marion Cotillard y Jeremy Irons adueñándose de un puesto de honor en el cartel, no  pude resistirme. 

Me pareció, torpe de mí, una magnífica oportunidad para carcajearme hasta que la mandíbula se me cayera a pedazos, pero la diversión pronto se truncó en indignación. Me explico. Nada tuvo que ver el saber que los guionistas del filme no hubiesen consultado la fecha de capitulación de Granada (qué tontería, ¿no?), estudiado la verdadera entidad y desarrollo de la guerra o que era imposible que la bandera rojigualda, aprobada por el rey Carlos III en 1785, se paseara en manos de portaestandartes allá por 1492. Tampoco tuvo que ver que la reina Isabel se asemeje en el filme más a una reina mora o que el Santo Oficio de la Inquisición sea retratado como una institución con más poder que los Reyes Católicos (sí, hombre, sí; a lo mejor sí) y Torquemada se corriera de gusto cada vez que se encendía la pira para un infiel morisco (cuando entonces se perseguía los núcleos judaizantes), o que los autos de fe fueran como el partido Real Madrid-Barça del s. XV. Inexactitudes bochornosas, no pocas de ellas, gravemente aquejadas por el mal de la leyenda negra antiespañola de factura inglesa y holandesa (además de francesa, sobre todo en la época post-revolucionaria), que se llevan la palma, para variar, con la Chicharra, la Inquisición, organización ésta instaurada en los reinos de Castilla y Aragón por presiones del resto de estados cristianos europeos y del Vaticano, pues, ¿cómo unos reyes que profesaban la verdadera fe iban a consentir que hubiera herejes en sus dominios? ¿Cómo se iba a permitir una Europa que no fuera cristiana y blanca? ¡Qué se iba a esperar, por Dios, si África comienza al Sur de los Pirineos! Broma esta, muy pesada, que, a 2017, aún seguimos arrastrando en la bata de cola gracias a la grosera e inestimable ayuda de los mismos europeos que hoy sufren una experiencia mística al echarnos en cara nuestro racismo congénito-paleto-medieval y el haber permitido la destrucción de una sociedad en la que convivían pacíficamente (no tanto) tres culturas y religiones.

Permitidme aquí un punto y aparte para lanzar al cielo mi exclamación más enojada, pues esos europeos, los del Norte de los Pirineos (nosotros no, que somos monos cetrinos y salvajes, destripaniños y papistas en taparrabos), se olvidan pronto de cómo actuaron los caballeros francos durante la batalla de las Navas de Tolosa, esa cuya fecha todos recordamos por haber acontecido en 1212. ¿Qué hay de la masacre de mujeres, niños y ancianos por el simple hecho de no ser cristianos? ¿Por qué nada se dice de esta acción criminal que produjo tal congoja, malestar y vergüenza entre los “bárbaros” españoles que los altos mandos oficiales se presentaron ante los líderes de la comunidad islámica y rogaron perdón ante semejantes desmanes pues, aunque fueran cristianos, no eran como aquellos racistas francos?

Y si subimos más al Norte, pues nos encontramos con el Santo Oficio en la llana Holanda, que hizo desfilar a más de 10.000 personas, así, por las buenas, por el caldero. Y, ojo, que allí no había clérigos españoles, que se valían solos.

Y más y más y muuuuucho más.

Dios. Es que deben de tener una imagen de nosotros, los meridionales, los tan impulsivos, retrasados y beatillos, que asusta.

Pero la verdad no vende, ni películas ni videojuegos. La verdad sería dolorosa si se mostrara la verdadera faz de la secta islámica de los Hassassin, cuyos miembros eran unos fanáticos religiosos adictos al hachís (de ahí su nombre), que solo hacían algo bueno: si tenían un problema que solventar a cuchillo, cortaban la cabeza de la serpiente. Me explico: asesinaban al rey, líder, general o lo que fuera, cristiano, musulmán o lo que se terciara, dejando en paz a los inocentes. Se limitaban a eficaces, rápidos y sangrientos magnicidios; pero no a ser adalides de la Justicia, la Libertad y enconados enemigos a muerte de la Orden del Temple. ¡Menuda desfachatez! Incluso Michael Fassbender tiene redaños para contestar en una entrevista que los Hassasin defendían el libre albedrío. Amigo Michael, no me jodas. No-me-jo-das.

Pero fue justo aquí donde la diversión tocó a su fin. Mis tripas temblaban como un postre de gelatina al ritmo espasmódico de mis carcajadas, con cada renglón dedicado a una nueva (y más asombrosa que la anterior) metedura de pata en el guión. Ya me esperaba hasta a algún pamplonica corriendo de blanco y con pañuelo rojo, al grito de ¡Gora San Fermín!, repartiendo estopa entre los moritos de la sierra granadina con el periódico del día anterior enrollado por única arma.

A continuación vino la ración de indignación. Como siempre, no me había fijado que me estaban sirviendo un menú de dos platos con solo hacer girar demasiado la ruedecilla del ratón. Llegué tan abajo en la página que me tropecé con los comentarios al artículo en cuestión. Y un par de líneas de una panda de hijos de Iberia, sin otra cosa mejor que hacer que desgastar las clavijas del teclado, me bastaron para mandar al exilio la risa de mi cuerpo y comenzar a secretar bilis como un campeón. Un par de líneas que resumían con exactitud milimétrica (cosa harto difícil de conseguir) el nivel de aborregamiento y patanismo general que hemos alcanzado en distintas materias. La Historia no va a ser la amante más querida del harén, no. Una sinopsis con la que se llegaba al punto de faltar al honor e inteligencia del redactor del artículo y hasta a justificar las auténticas salvajadas vertidas en una película de “tintes históricos”: no tiene importancia, qué más da. Claro, qué más dará si nuestra Historia es objeto de mofa, escarnio y vergüenza; si es el hijo tonto y contrahecho nacido en la aldea, que se escondía de todas miradas en el pajar o donde el ingenio humano familiar pudiera concebir para que ni le diera el sol. Qué más da si nuestra Historia vale menos que una puta que te hace mamada a 15 €uros. Qué más dará que sigamos siendo el hazmerreír de otros. Nosotros ponemos más mejillas que Jesucristo, no porque seamos santos, sino porque somos gilipollas de matrícula de honor.

Y la batalla dialéctica alcanzó el punto de éxtasis y ebullición cuando un inocentón, uno de tantos sacrificados adscritos al batallón de locos que no son hidalgos hechos con restos de camisas ni analfabetos espontáneos, se lanzó en plancha con un comentario del tipo: “No cuesta nada hacer las cosas bien, investigar, ser fiel a los hechos”. Bueno, amigos míos, la que se preparó fue de portada de El Caso, de denuncia en el Juzgado de Guardia, disturbio, copa y puro.

Seamos sinceros. Tras ese “qué más da” se esconde la rémora gorda de una sociedad manipulable, dispuesta a creer no solo lo que escriben los vencedores, sino lo que digan aquellos que tergiversan, mutilan y adornan una mentira repetida mil veces hasta hacerse verdad. Una verdad falsa que terminará siendo cátedra en un pueblo que se ha quedado sin sangre y que creerá que es posible la existencia real de Xena, la princesa guerrera, y que hasta compartiera espacio histórico-épico-temporal con Hércules, Ulises de Ítaca, el rey David de Israel y Julio César. Mas nos queda el consuelo de que los jóvenes ingleses se creen que sir Winston Churchill es un personaje de ficción.

Comparto, como escritor e investigador, las palabras de ese anónimo comentarista, inmolado en honor de la lealtad hacia la Historia, de ese cándido en grado de alta concentración de estupidez (pues no sabía ni de lejos qué caja de los truenos estaba a punto de abrir) que exponía que lo mismo que los guionistas, lo mismo que lo han hecho mal, podrían haberlo hecho bien con un poquito de esfuerzo de nada. ¡Ay!, pero este camarada desconocía la ralea a la que se enfrentaba, idiotizada por la educación básica preconizada por embusteros de cada vez más escasos conocimientos, por vagos involucionados y parásitos, postulados patéticos en pos del placer de retornar al animalesco Edén. Los mismos que se revuelcan en su fango por mera supervivencia.

Yo sé distinguir entre la realidad histórica y el mero divertimento. He ficcionado Historia, pero en ningún momento me he creído con el derecho de fabricar mierda. Muchos creerán que mis escritos son pura mierda, bien, ¿me importa? No. Lo único que me importa es que, para tan solo ponerme delante del folio en blanco, he estudiado, investigado y comprendido. Me he hecho preguntas y las he respondido asimilando más conocimientos. No me he limitado a vomitar palabras y bilis a cambio de unas monedas. No soy un Judas de medio pelo o pelo entero, bisoñé o tupé.

Una cosa es tergiversar ciertos datos en pos de una mejor ficción y otra defecar sobre la Historia.

Como autor de ficción tengo la obligación de respetar los datos, los nombres, las fechas; conocer el fondo de la obra. Es un compromiso que todo escritor tiene con respecto a su futuro y anónimo lector. Se escribe para dignificar un trabajo, no para cubrir de oro la basura. Pero esto último no lo entienden muchos y, por desgracia, los guionistas de «Assasin’s Creed» (que son cuatro) tampoco, pues siempre se sabrán arropados por los hombres y mujeres huecos, por los que nunca se han hecho una triste pregunta y han querido saber qué hay detrás de ellos.

Lectura de 9 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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jueves, enero 05, 2017

«Riders On The Storm», The Doors




Riders on the storm
Riders on the storm
Into this house we're born
Into this world we're thrown
Like a dog without a bone
An actor out on loan
Riders on the storm

There's a killer on the road
His brain is squirmin' like a toad
Take a long holiday
Let your children play
If you give this man a ride
Sweet family will die
Killer on the road, yeah

Girl, you gotta love your man
Girl, you gotta love your man
Take him by the hand
Make him understand
The world on you depends
Our life will never end
Gotta love your man, yeah

Riders on the storm
Riders on the storm
Into this house we're born
Into this world we're thrown
Like a dog without a bone
An actor out on loan.
Riders on the storm

Riders on the storm
Riders on the storm
Riders on the storm
Riders on the storm
Riders on the storm

Lectura de 5 de Enero de 2016 a las 1200 horas



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miércoles, enero 04, 2017

Platillos flotantes que zarpan a la guerra

La carrera armamentística que se desarrolló desde finales del s. XIX hasta bien entrado el XX se puede resumir de la siguiente forma: «Gana quien construya lo más grande». Puede resultar un aserto muy simple, pero no por ello desacertado en un periodo de hiperindustrialización de la guerra, de miles de toneladas de hierro, de cañones con calibres y alcances cada vez mayores.

Dicha tendencia traía consecuencias a la hora de estudiar la protección efectiva de ciertos enclaves. Ya parecía una locura limitarse a poner cañones en las defensas de los puertos y era necesario mostrar un mayor interés y posicionamiento activo respecto a las líneas de costa. Allí entró en juego la postulación de sir Edward James Reed (1830-1906), director de Construcción naval de la Royal Navy entre 1863 y 1870, quien acogió las tesis del ingeniero naval escocés John Elder (1824-1869), de sacrificar la velocidad de los navíos de guerra a favor de un mayor espesor de blindaje y unos cañones cada vez más potentes.

No fueron pocos los atraídos por la idea, incluso para combatir en mar abierto. Hubo ideas, muchas ideas. Algunas ridículas, como las que vamos a tratar hoy, para dar solución a las perentorias necesidades defensivas del territorio nacional ribereño.

Uno de estos intentos por adecuarse a dichas urgencias, lo representan los monitores Novgorod y su hermano Vitse-admiral Popov (exKiel), construidos durante la década de 1870 para la Armada Imperial rusa, considerados unos de los peores buques de la Historia de la Humanidad, que no es poco.

El monitor Novgorod nació, en un principio, como respuesta a las limitaciones de tonelaje de buques zaristas en el mar Negro impuestas en los Tratados de París, que pusieron fin a la guerra de Crimea (1854-56), y fue concebido por la mente del vicealmirante Andrey Alexandrovich Popov: un platillo flotante de 2.531 toneladas, de 30.8 metros de eslora y otros tantos de manga, que alcanzaba la ridícula marca de 6,5 nudos. Montaba dos cañones de 279 mm., y su tripulación (151 hombres) quedaba resguardada por una cintura blindada que variaba desde los 70 mm. de la cubierta hasta los 229 mm. de las barbetas, según diferentes fuentes.

El diseño del Novgorod, unido a su falta de velocidad y maniobrabilidad, condenaba a su comandante a vérselas canutas en cuanto entraba en contacto con alguna corriente marina. Y la cosa se complicaba cuando los cañones abrían fuego si todos los elementos desfavorables entraban en juego, girando el navío como una peonza. El buque era poco menos que un ataúd flotante y el empeño de Popov se quedó en solo dos unidades construidas, que no son pocas, precisamente.

La conclusión a la que se llegó tras las pruebas de mar fue que ambos monitores podrían ser buenas baterías de costa, pues ningún otro buque podría tener semejante protección y armamento con un calado tan escaso (4,10 m.); pero contaban con serias carencias que los desterraron al olvido, cuando no al escarnio. Aún así, estuvieron en activo al servicio del Zar casi tres décadas como guardacostas, hasta que la llegada del nuevo siglo los saludó con la sentencia del ignominioso desguace.

De todos modos, la idea del magín Popov parecía resultar interesante según para qué determinados fines: el yate Livadia, buque de recreo de la familia del Zar de Rusia, al cual se le suplo de la falta de proa y popa, mejorando su maniobrabilidad, y siendo construido en el mismo astillero propiedad de John Elder.



Novgorod
Colocación de quilla: 1872
Botadura: 1873
Entrega: 1874
Desplazamiento: 2.491 toneladas, 2.706 toneladas a plena carga.
Eslora: 101 pies
Manga: 101 pies
Calado: 12 pies
Propulsión: 8 calderas. 3.000 hp
Velocidad: 6 nudos
Armamento: 2 cañones de 11/20; 2 de 88 mm; 2 de 2,5; torpedos
Blindaje: 9 pulgadas
Dotación: 8 oficiales y 120 marineros

Vitse-admiral Popov 
Colocación de quilla: 1874
Botadura: 1875
Entrega: 1877
Desplazamiento: 3.550 toneladas, 3.990 toneladas a plena carga.
Eslora: 120 pies
Manga: 120 pies
Calado: 13 pies
Propulsión: 8 calderas. 4.500 hp
Velocidad: 5 nudos
Armamento: 2 cañones de 12/20; 8 de 88 mm; 2 de 1.
Blindaje: 16 pulgadas
Dotación: 203 hombres

Datos estos obtenidos del libro The World's Worst Warships, de Antony Preston


Hubo otros “locos” como Popov que preconizaron otros tantos platillos flotantes, ya en la década de 1900. Uno de ellos fue el magnate e ingeniero neoyorkino Anson Phelps Stokes, inspirado por las palabras del historiador y estratega naval Alfred Thayer Mahan (1840-1914), quien había abogado por crear una conveniente escuadra de guardacostas para la US Navy, sacrificando su velocidad (pues “para nada (la) necesitan tales buques”), aumentado su blindaje y artillería o, lo que es lo mismo: potencialidad defensiva y ofensiva.

El Cancerbero, según la publicación Alrededor del Mundo,
de 16 de Marzo de 1905
El diseño de Phelps, a bote pronto, trata de solucionar uno de los grandes fallos de Popov. El Novgorod y su hermano tenían dispuestas varias hélices en lo que se podría considerar la popa, lo cual dificultaba luchar contra las corrientes y los giros del buque cuando se perdía el control; así que Stokes distribuyó las hélices de una manera más lógica: dos a “popa” (asistidas por otras dos más de menor tamaño) y otras dos a “proa”. Sin embargo, en mi humilde opinión de ignorante total en materia de ingeniería naval, la solución ideal habría sido disponer las cuatro hélices en cruz: popa, proa, babor y estribor, y configurado un sistema de transmisión al árbol de levas que pudiera distribuir la energía para contrarrestar posibles pérdidas de control.

Y decimos que Stokes “trató” los problemas de Popov, pues nada dice acerca de si se inspira o no en el mismo, a pesar de todo. Stokes se limitó a comentar que la idea la tuvo al admirar la Rocher du Diamant, un peñón a una milla de distancia de la Martinica. 

Stokes patentó un primer diseño el 7 de Abril de 1903 (nº 724.756), que completó el 27 de Septiembre de 1904 (nº 771.185), otorgándole la denominación de batería naval flotante, aunque en la descripción llega a referirse a ésta como navío esférico o hemisférico. No solo lo consideraba criatura como perfecta para montar grandes cañones, sino que para evitar los dañinos efectos de los torpedos.


Patente US 771.185
El centro del navío estaría dispuesto para la sala de calderas y la chimenea de expulsión de humos y la toma de aire de ventilación, y divide el casco radial en tres secciones o divisiones principales, con sus tanques de lastre, carboneras y santabárbara, distribuidos en varias cubiertas inferiores.

Este desvelo de Stokes fue presentado ante la Sociedad de Arquitectos navales de Nueva York, ante capitalistas, yachtmen y oficiales de las Marinas de guerra estadounidense y británica, tras comprobarse el diseño en un tanque de pruebas. A este respecto encontramos escasas referencias datadas en 1904, 1905 y 1906, que parecen estar refiriéndose al mismo evento, pero el castillo flotante pasa de denominarse Cancerbero a Ultima.

Ante tan concurrido e interesado público, Stokes vendió su invento cantando sus excelencias: 

-Su superficie era reducida, complicando al enemigo la tarea de centrarlo.
-Podía almacenar hasta 2.600 toneladas de combustible con las que podría navegar once días a marchas forzadas. Se le llegaba a estimar una autonomía de 31 días en alta mar.
-Cuatro tubos lanzatorpedos en “proa” y otros adicionales en la cubierta inferior.
-Blindaje: cinturón de acero cementado Krupp, de espesor variable entre 1 y 13 pulgadas.
-Podía albergar en su interior un submarino y diversas embarcaciones menores.
-Tripulación: 1.500 hombres.

El proyecto del bueno del Sr. Stokes quedó en agua de borrajas, pero bien pudo haber inspirado cierta obra que se ejecutó en la isla del Fraile, en Cavite, por parte de las fuerzas norteamericanas para mejorar sobresalientemente la defensa naval del área, exigua incluso antes del estallido de la guerra de 1898: Fort Drum, un buque de guerra imposible de hundir y que merecerá nuestra atención en un próximo artículo.

Lectura de 4 de Enero de 2016 a las 1200 horas



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martes, enero 03, 2017

Guardia de Literatura: Reseña a «Las aventuras de un cadáver», de Robert Louis Stevenson

Título original: «The Wrong Box»
159 páginas
ASIN: C006EACD3M
Stevenson nos sorprende con una obra de humor y crítica social, una charada digna de cualquier comedia de la etapa dorada de Hollywood, aunque, en ocasiones, se le vaya la mano


Título el de esta obra que suena atractivo pero que no encaja como un guante a la situación o situaciones que acabaremos presenciando con el paso de las páginas, pues Stevenson (junto a su compañero Lloyd Osbourne) se sirve de él para presentar una novela satírica de estilo inglés en la que no deja títere con cabeza entre los personajes que la pueblan, ya sean principales o secundarios. Así, tienen su correspondiente ración de crítica feroz y descarnada, a la par que tremendamente divertida, los caballeros sin oficio ni beneficio; los charlatanes investidos de un aura de inteligencia que no es tal; los avaros más recalcitrantes; los abogados, los tipos más fáciles de engañar que haya sobra la faz de la Tierra; los rufianes para los que toda desgracia ajena es puro divertimento; los inocentes que se dejan conducir como imbéciles por las doctoradas manos de terceros interesados; las señoritas de cascos calientes y ojos vendados; los hombres (sobre todo políticos) que ordenan a otros misiones que ellos ni se atreven a pensar en acometer y, mucho menos, a ensuciarse sus finas y blancas manos; los estúpidos doctores en Medicina que tan solo tienen el valor de recetar tratamientos aún más estúpidos; el vulgo inculto e infeliz, abrazado, a sol y sombra, al cuerpo generoso de la botella; los arrendadores que disponen de sus ruinas como si fuesen palacios…

Para llevar a buen puerto semejante crítica social, tan amplia como coral, Stevenson parte de una singularidad que se antoja como simplona, como no podría ser de otro modo. Dicha estupidez no nace del planteamiento en sí, sino de la opinión que le merece al autor el contrato legal de la tontina que, para aquellos que no estuvieran muy atento en las reposiciones del episodio de Los Simpsons dedicado al tesoro del Pez Volador, es un negocio en el que los participantes optan a una cantidad o a unos objetos de gran valor que irán a parar al patrimonio del último de ellos que quede con vida. En el caso que nos ocupa y presenta Stevenson, se opta a 37.000 libras esterlinas de finales del s. XIX, que no es moco de pavo precisamente (según el tío Joseph, se podía vivir sin demasiados aprietos con algo más 14 libras al año (si no recuerdo mal), así que haced cálculos de a cuánto podría ascender semejante cifra sobre la que versaba el negocio).

Y gracias a esa tontina vamos dando con las piezas del motor de esta tronchante novela de enredo en espiral y con curvas muy cerradas, que asombra y provoca que la risa se nos escape hasta por las narices. Stevenson hace gala en el texto de una destreza cómica sin igual, partiendo de cándidos símiles, pero siempre rezumando una ironía que cruza la línea del decoro.

Merece la pena destacar, por encima de todos los demás, al divertidamente mezquino procurador Michael Finsbury, sobre cuya cabeza gira gran parte del enredo y que hasta parece engalanarse con las delicadas vestiduras de los duendecillos burlones de las obras antiguas, complementado con el disfraz más ingenioso y la más turbadora nube espirituosa. Pero no se quedan atrás otros individuos como el amargado de su primo, Maurice Finsbury, destructor de obras de arte griego sin venir a cuento y desesperado aspirante a heredar la tontina a la que tiene derecho su tío Joseph, locuaz erudito de la majadería; o, en última instancia, el maestro de pintura Pitman, principal objeto de mofa por parte del «bueno» de Michael Finsbury. Y podríamos perdernos bien a gusto entre los vericuetos personales de todos los personajes que tienen su parte y ración en la novela, pues son deliciosos y jugosos; pero sería excesivo tanto para mí como para el sufriente que me lea.

Terminar con la nota negativa que he observado en esta singular obra. El cúmulo de casualidades que presenta (aún siendo éstas necesarias) supone un exceso que no parece muy bien resuelto, sobre todo en cuanto a la última cesión gratuita del cadáver en cuestión. Por otro lado, y en un aspecto que le es totalmente ajeno al autor, la versión que ofrece AMAZON para el Kindle como un ebook gratuito está desbordada, sin vergüenza alguna, de errores tipográficos que hacen de la lectura un deporte de riesgo: le sobran comas donde no las necesita, guiones donde no corresponde… y mucho más, pero a la inversa, que se ha de dar, forzosamente, la mano con la proliferación incontrolada de frases a las que les faltan palabras.

«Las aventuras de un cadáver» (aún con los problemas con los que he tenido que verme) se presenta como un divertimento de primera para las tardes sombrías y desapacibles o para las soleadas de relax a la vera de la naturaleza, firmado por uno de los más grandes de la Literatura.

Lectura de 3 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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viernes, diciembre 30, 2016

Adiós. Adiós 2016


Me encuentro escribiendo este último y postrero post del año con los 36 años recién cumplidos y metidos en el cuerpo; viviendo ese breve y confuso pasaje temporal en el que se duda a la hora de completar un formulario en el que se me exige la edad o alguien, sin venir a cuento o tener mejor cosa en la que gastar saliva, trata de ahorrarse la prueba del Carbono 14 con un servidor. Ahí estoy.

Y tras gimotear un poco por las esquinas y arañarme la cara, tras percatarme una vez más que comienzo ya a amarillear entre las páginas de mi vida, escribo estas líneas con la única y sanísima intención de dar fuerte portazo y sisear un «adiós y no vuelva, señor mío» para quedarme bien a gusto. Podría incluso derrochar ese verbo barriobajero que me ronda la lengua, pero voy a refrenarme. Las cosas con mesura, orden y método.

Con ese «señor mío» me refiero al año aciago y retorcido 2016 que no es que nos haya dejado huérfanos, sino más bien desnudos, en cueros, de referencias culturales. El muy cabrón (al final me ha salido un taco, aunque finísimo donde los escuche uno) nos ha abandonado en mitad de una glacial ventisca, donde la soledad es más marcada, a merced del horror blanco de un libro cuyo contenido se va borrando.

La lista de pérdidas es larga, tanto como para dar sombra más allá del pesar.

Y este 2016 fue un año en el que me propuse hacer grandes cosas. Ya sabéis, las típicas tonterías vomitadas bajo la sugestión alcohólica del Año nuevo (o por una intoxicación por los efluvios que manan de tanto adorno y artículo de broma Made In China), pero que en mi caso no son del tipo ir al gimnasio, hacer dieta, aprender inglés o mandar un currículo al Cirque du Soleil: quería cumplir magnos proyectos pero, para mi desgracia, tan solo he llegado a ponerme malamente de puntillas y me he golpeado la cabeza contra un duro techo construido a base de paletadas y paletadas de molicie y pereza indómitas. Aún relampaguea el dolor cuando me acaricio la zona dañada.

2016 ha sido un año triste que no ha llegado siquiera a florecer. Se ha quedado en una planta marchita, fea y pocha, cubierta de llagas y desapariciones. Quizá el cambio al 2017, aunque sea por meros efectos fiscales y anímicos, más que naturales, permita que el calor penetre en las capas frías de nuestra piel y nos obsequie con motivos para crecer, florecer en definitiva. Para que el invierno huya despavorido y amedrentado de nuestro corazón.

Por todo ello, desde ENMP os deseo lo mejor para este 2017 a punto de nacer. Más luz y fuerza.

Lectura de 30 de Diciembre de 2016 a las 1200 horas



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jueves, diciembre 29, 2016

«Dog And Butterfly», Heart



There I was with the old man
Stranded again so off I'd ran
A young world crashing around me
No possibilities of getting what I need
He looked at me and smiled
Said "No, no, no, no, no child.

See the dog and butterfly. Up in the
Air he like to fly." Dog and butterfly
Below she had to try. She roll back down
To the warm soft ground laughing
She don't know why, she don't know why
Dog and butterfly

Well I stumbled upon your secret place
Safe in the trees you had tears on your face
Wrestling with your desires frozen strangers
Stealing your fires. The message hit my mind
Only words that I could find
See the dog and butterfly
Up in the air he like to fly
Dog and butterfly below she had to try
She roll back down to the warm soft ground
Laughing to the sky, up to the sky
Dog and butterfly

We're getting older the world's getting colder
For the life of me I don't know the reason why
Maybe it's livin' making us give in
Hearts rolling in taken back on the tide
We're balanced together ocean upon the sky

Another night in this strange town
Moonlight holding me light as down
Voice of confusion inside of me
No begging to go back where I'm free
Feels like I'm through
Then the old man's words are true
See the dog and butterfly
Up in the air he like to fly
Dog and butterfly, below she had to try
She roll back down to the warm soft
Ground with a little tear in her eye
She had to try, she had to try
Dog and butterfly

Lectura de 29 de Diciembre de 2016 a las 1200 horas



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martes, diciembre 27, 2016

Guardia de literatura: reseña a «Viaje al Punjab y Cachemira», de M. Guillaume Lejean

«Le Pundjab et le Cachemir»
Ediciones del Viento. A
Coruña. 2011
134 páginas
ISBN 978-84-96964-68-6
Un viaje durante los primeros años de la administración inglesa del área Noroeste de la India, que nos permite adentrarnos en las últimas tierras conquistadas por Alejandro Magno y en la deseada Cachemira. Lejean aporta literatura a su narración, salpicada de datos, engarza a su texto leyendas locales y anotaciones de historiadores de la Antigüedad y viajeros famosos que hubieran puesto pie en los mismos caminos que él; sin embargo, no llega a saciar nuestra curiosidad como lectores del s. XXI

En su día fui un gran aficionado a los documentales de viajes. Los devoraba con la impaciencia propia de un carroñero famélico, pues encontraba en los mismos una generosa ventana abierta aL mundo y a lugares que, probablemente, nunca conoceré de otra manera. Sin embargo, llegó la aciaga tarde en la que topé con la cruda realidad al presenciar cómo una de las presentadoras-viajeras de Lonely Planet tomaba tierra en España y comenzaba la pesadilla. La ración de callos de tópicos y barbaridades propias de un anglosajón fue tal que hizo replantearme todos mis gustos al respecto, así como los conocimientos adquiridos por medio de programas anteriores, pues también pude (como si hubiera duda de ello) haber absorbido paladas de tópicos y barbaridades respecto a otros puntos diversos del globo; no digamos ya cuando se cierra ese episodio en particular con la muchacha mostrando su gran arte a la hora de entonar unas sonoras arcadas al no poder con un trocito de oreja de cerdo porque le parece terriblemente asqueroso (curioso cuando es esta misma mujer la que en un país del Sudeste asiático (no pongo mi mano sobre el fuego, pero creo que era Filipinas), no tuvo el menor reparo a la hora de degustar golosamente el embrión de un ave).

Los libros de viajes pueden adolecer de estas vulgaridades, incluso aquellos que han llegado a nuestros días con salud y por interés de algún preocupado editor; siendo su edad dorada el s. XIX, momento en el que cientos de occidentales se lanzan a la conquista de los sentidos en los más exóticos mapas y que en no pocas ocasiones tildarán al nativo de vago, inculto y maloliente a modo de desprecio en relación al semidiós hombre blanco, aunque en las civilizadas calles europeas y norteamericanas abundara la vagancia, la ignorancia y todo desconocimiento respecto a los beneficios de la higiene corporal.

El geólogo y explorador francés Guillaume Lejean (1828-1871) fue uno de tantos traseros inquietos e ilustrados de la paralizante alta sociedad europea que quiso romper las fronteras de las metrópolis y adentrarse en los terrenos enfangados donde los florecientes imperios occidentales señoreaban sin mucha seguridad y poco experiencia. Su última obra sería la traslación de este viaje al Punjab y Cachemira, aunque su intención originaria fue la de alcanzar el Himalaya y las áreas al Norte de Cachemira, adentrándose en las Seis Ciudades y en la Bukaria, pero se topó con serios inconvenientes, pues el calor en la zona se disparó y no por la llegada de la estación seca, sino por el estallido de hasta cuatro guerras que lo cercaron por los cuatro vientos.

Lejean aporta literatura a su narración, salpicada de datos, sobre todo del coste de los transportes y alojamientos, notas en las que se entremezcla el deseo de ofrecer una obra atractiva al lector acomodado, pero también de relatar cuantos detalles sean posibles.

El libro da comienzo en Karachi el 13 de Mayo de 1864 y lo frustrante de esta primera nota es que terminaremos sabiendo que la del Punjab y a Cachemira será la última escala de un largo viaje que ha llevado a Lejean por buena parte de Oriente, por lo que acabaremos teniendo un mal sabor de boca o la idea de que nos falta una parte importante de la historia que nos quiere contar. Eso sí, Lejean pronto se mostrará a los ojos del lector como un ferviente defensor de la administración colonial inglesa en la India, a la que no le ve defecto alguno y hasta rompe lanzas a favor de los funcionarios, no encontrando a ninguno que fuese perezoso o incompetente, en claro contraposición a sus homólogos de los principados independientes indios. Incluso se permite la perla de afirmar que si los súbditos de los reyezuelos de los países vecinos conocieran las bondades del régimen inglés, correrían a sus brazos; pero no nos debemos obcecar con dicho punto de vista, pues no es que Lejean cante alabanzas de una política colonial e intervensionista sin mácula, no llega a tanto, pues sabe que no siempre es eficaz o justa, pero que sí lo será respecto a las dictaduras y monarquías absolutistas que reinaban en las faldas de las cordilleras del Himalaya, a los soberanos ungidos por el poder de las armas y que aprieta sin cesar a su famélico pueblo para que los impuestos engrandezcan sus palacios y sus harenes, mientras los campesinos apenas tienen qué llevarse a la boca en un país sin carreteras en condiciones ni ningún otro servicio público.

Lejean engarza a su texto leyendas locales, hazañas de Alejandro Magno y anotaciones de historiadores de la Antigüedad y viajeros famosos que hubieran puesto pie en los mismos caminos que él, lo cual a veces se ve como un rico condimento y, en otras, como una señal de agotamiento o pereza del autor en sus descripciones. Fuera como fuese, la narración termina siendo un tanto decepcionante pues el propio Lejean no deja de encontrarse con puertas cerradas, debiendo deshacer camino o tomar otras alternativas menos interesantes para su trabajo de estudio de las diversas razas de la zona; siendo su mayor pesar el no llegar a conocer a individuo alguno de la tribu o etnia de los siahpoch, una raza aria de rostro y complexión, parecidos a los europeos, y eso que se trata de servir de toda su inteligencia para ello.

Junto con descripciones de valles, montañas, fortalezas y ríos, se hace otro tanto con las costumbres, oficios, políticas, guerras y ciudades, siendo que, respecto a las últimas, Lejean no se deja ver mucho por los barrios populosos de las mismas y prefiere las comodidades de los nuevos barrios ingleses, así como sus bibliotecas y museos; tan solo calmando nuestra sed con pequeñas excursiones, sin mayor fundamento, a alguna ruina mogola, budista o musulmana que encuentre por los alrededores, devorada por la Naturaleza.

Su último capítulo lo dedica a desgranar unos datos sobre los territorios que tenía Lejean en mente visitar pero que le fue del todo imposible; una zona realmente peligrosa y en la que nos refiere recientes acontecimientos de la instauración durante tres meses de un régimen idéntico a DAESH, pero en pleno s. XIX, encabezado por una tal Vali Kan. Lejean, aunque no discute la superioridad religiosa del Islam, tacha acertadamente al mismo como de credo más proclive para servirse de herramienta o instrumento para la barbarie, el fanatismo y la ignorancia.

El texto, aunque literario y ricamente ilustrado, no resulta del todo atractivo a medida que vamos desenmarañándolo. El comienzo llega a ser inspirador, cargado de esencias, pero dicho estado alterado pronto se disipa y el lector encuentra unos párrafos costosos de terminar, no llegándole a terminar de enganchar, quizá porque Lejean no es capaz de saciar la curiosidad de alguien que se preste a la lectura de su obra cuando todo lo que éste ha descrito prácticamente ha desaparecido.

Lectura de 27 de Diciembre de 2016 a las 1200 horas



  • Barómetro: 763 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 10º
  • Higrómetro: 51,5%