lunes, mayo 22, 2017

Lectura de 22 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Viento-Lluvia). Cúmulos
  • Termómetro: 19º
  • Higrómetro: 41%

22 de Mayo de 2017





martes, mayo 16, 2017

Guardia de cine: reseña a «El halcón maltés»

Título original: «The Maltese Falcon». EEUU. 1941. Film noir. Blanco y negro. 100 min. Director: John Huston. Guión: John Huston, basándose en la novela de Dashiell Hammett. Elenco: Humphrey Bogart, Mary Astor, Gladys George, Peter Lorre, Sidney Greenstreet

«El halcón maltés» de Huston es considerada, por justicia, la primera película del género film noir por derecho propio

Una sola escena, en reluciente blanco y negro, es la clave: un detective, duro y frío, es abordado en su oficina por una turbadora femme fatale. Es la imagen arquetípica y trillada del acervo cinematográfico y cultural dedicado al género negro; incluso aquellos que hemos tratado de jugar en la división literaria de la investigación detectivesca hemos pecado y plagiado, detallando con nuestras absurdas palabras a lo largo de textos vergonzantes, esos dos personajes condenados a encontrarse. Algo tiene; una fuerza hipnótica irresistible; y «El halcón maltés» da comienzo con esa simple escena y no con ninguna otra.

La considerada como la primera película negra seria, es la tercera adaptación al cine de la obra homónima del autor norteamericano Dashiell Hammet, publicada por entregas a finales de 1929 en la revista pulp Black Mask. El relato fascinó al joven hijo de Jacob Wilk, productor de la Warner, quien no dudó a la hora de hacerse con los derechos antes que nadie.

El afirmar que las dos anteriores adaptaciones se inspiraban en la novela de Hammet es decir mucho, pues en nada se parecen en cuanto a argumento y contenido, siendo ambas piezas prescindibles de la serie B; pero no dejaba de ser una historia interesante, sobre todo para el guionista John Huston quien, por contrato, tenía derecho a dirigir una película para la Warner y optó por llevar «El halcón maltés» de nuevo a las salas.

Fiel a la obra literaria, Huston revolucionó a la Warner señoreando el guión y el storyboard, algo nada común en la época. Se creía con el suficiente poder como para ser un pequeño dios en el estudio, tanto como para negarse a aceptar como protagonista a la estrella de la productora que protagonizaba todas las películas de gángsters y criminales: George Raft. Huston no se entendía con Raft y el actor odiaba al novato director, pero no sabemos si tanto como odiaba a Humphrey Bogart, pues logró que lo despidieran pocas semanas antes de correr como la pólvora la novedad de la filmación de «El halcón maltés».

Huston seguía en sus trece y sabía que Raft se negaría a interpretar el papel del detective Sam Spade; y los productores de la Warner, sabiendo que Raft no tardaría mucho en ahorcarse el solito con la soga de su creciente fama, hicieron con él un “intercambio de cromos”, cambiándolo por Henry Fonda, que hasta entonces dormía entre los cojines de la Fox.

Con un problema menos entre las lustrosas manos, Huston hizo que regresara Bogart, sobre todo por el bien de éste último.

La historia de «El halcón maltés» es considerada, como ya hemos adelantado anteriormente, la primera del género film noir o el título con el que arranca la época dorada de este tipo de producciones, que abandonan la ridícula categoría de la serie B o de  puro relleno en las sesiones dobles. Aunque Huston no consiguió un presupuesto que la mereciera el calificativo de superproducción (500.000 $ de entonces), pudo contar con la suficiente libertad económica como para aportar a la gran pantalla las ideas que lo catapultarían al firmamento de los directores de Hollywood, así como a Humphrey Bogart, hasta entonces encasillado en papeles de gris secundario en filmes de gángsteres y vaqueros.

«El halcón maltés» sienta las base del género: un cínico y duro detective privado con una relación amor-odio con la autoridad; una chica bonita que se aferra a las rodillas del tipo duro implorando su ayuda mientras le susurra, entre sollozos, una historia difícil de creer; y un objeto que todos desean y que tiene cierto valor en vidas humanas, en este caso, el dichoso halcón maltés, un tesoro de los caballeros de la orden de San Juan de Malta que se perdió en un viaje hasta las costas españoles durante el s. XVI y que ha ido dando tumbos tan alegre por toda la geografía europea y cambiando continuamente de manos con el paso de los siglos.

Aparte de la ansiedad que nos produce el querer saber cómo se resolverá el embrollo criminal, Bogart aporta a su papel un elemento de cinismo, misoginia y crueldad que nos resultará incluso simpático: al poco de conocerlo sabemos que tiene un affaire amoroso con la esposa de su socio, cuyo cuerpo aún está caliente en la morgue, y veremos cómo dirige su negocio, algo digno de alabanza y aplauso, y se mueve entre pistolas, acusaciones de asesinato y mentiras de las más variopintas, sobreviviendo con una buena dosis de falta de rubor a la hora de ir cogiendo billetes de carteras ajenas.

Los rostros de los actores que rodean a Bogart nos son conocidos y salvo por Ingrid Bergman (que a poco es fichada para ser la femme fatale en «El halcón maltés»), todos repetirían en «Casablanca», siendo que es este filme el que sirve de debut, a sus 61 años, para Sydney Greenstreet, en su papel de Kasper Gutman, con el que obtuvo el Oscar al mejor actor secundario.

Es una excelente película dotada de un rabioso guión, nada que le impidiera ser nominada y merecedora de tres Oscar, pero no podemos apartar la mirada y callarnos la boca respecto a la existencia de escenas descuadradas para el espectador, quien no sabe a qué asirse, no dejándole otra que molestar al paisano de la butaca de al lado: nos encontramos en el escenario del asesinato de Miles Archer y nos atropellan con la noticia de la muerte violenta del tipo al que la supuesta dulce señorita de pueblo ha contratado a Spade y Archer para que lo vigilaran; y cuando el capitán Jacobi, de La Paloma, entra en el despacho de Spade y se desploma muerto con el halcón en las manos, nosotros no sabemos quién es y qué relación tiene con la trama, siendo el propio Spade quien se lo aclara a su secretaria y al público. Con decir que resulta forzado no nos quedaríamos a gusto.

Como cualquier buena película de la época que se precie, descansa en sus diálogos y en la violencia justa, sin fuegos de artificio ni cartón piedra para dotar de fondos a los escenarios y ser alimento de los actores; un filme que le permitió a Bogart ser cabeza de cartel hasta el día de su muerte.

Lectura de 16 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 19º
  • Higrómetro: 44%

16 de Mayo de 2017





jueves, mayo 11, 2017

«Look Back In Anger», David Bowie



"You know who I am," he said
The speaker was an angel
He coughed and shook his crumpled wings
Closed his eyes and moved his lips
"It's time we should be going"

(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so)
Look back in anger, 
driven by the night
Till you come
(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so)
Look back in anger, 
see it in my eyes
Till you come

No one seemed to hear him
So he leafed through a magazine
And, yawning, rubbed the sleep away
Very sane he seemed to me

(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so)
Look back in anger, 
driven by the night
Till you come
(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so)
Look back in anger, 
feel it in my voice
Till you come

(Waiting so long, ahhh...)
(Waiting so long, I've been waiting so, waiting so) 
[repeat ad inf.]

Lectura de 11 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 737 (Viento-Lluvia). Encapotado
  • Termómetro: 18º
  • Higrómetro: 42,5%

martes, mayo 09, 2017

Guardia de literatura: reseña a «La sombra del águila», de Arturo Pérez-Reverte

Alfaguara Bolsillo
Santillana SA, Madrid. 1996
151 págs.
ISBN: 84-204-2903-1
Con excesiva y reiterativa sorna y guasa (marca de la casa), Pérez Reverte escribe una novela corta, divertida y cruda acerca de la guerra y la condición humana

Nadie como Arturo Pérez-Reverte para escribir una historia tan divertida y cruda sobre la guerra y la condición humana, sin importar siquiera el contexto. Un relato que se publicaría por entregas en el Suplemento de El País, allá en el lejano año 1993, firmado por un autor en activo como reportero y en vísperas de cubrir uno de los conflictos más brutales vividos en la Vieja Europa tras la segunda guerra mundial: el desmembramiento traumático de la Yugoslavia del mariscal Tito en distintos países antagonistas y enfermizamente carcomidos por el odio mutuo y una fe ciega en el genocidio. Con Pérez-Reverte en Bosnia aprendimos que los suelos en las guerras modernas están sembrados de cristales rotos.

Con el colapso de la URSS y el fin declarado de la Guerra Fría, Yugoslavia, probablemente, supuso la última oportunidad para una raza especial de reporteros que se plantaban entre las ruinas recién formadas por un bombardeo y grababan sus crónicas al son de los morteros y la Muerte, siempre presente, siempre desagradable a los sentidos; para aquellos hombres y mujeres que vivían por transmitir la noticia, mostrar el horror de la humanidad a la humanidad entera, los últimos chicos, los últimos locos con pase de prensa de esa extirpe condenada, la de los Miguel de la Cuadra Salcedo y Manu Leguineche.

Arturo Pérez-Reverte, al escribir «La sombra del águila», no imaginó la guerra: la había vivido, sentido y escuchado. Ha sido testigo de lo mejor y lo peor del ser humano en una situación tan límite, desesperada y familiar. Se ha encontrado de frente con el lobo para el hombre, con la violencia como única medida de defensa de la Naturaleza contra nuestros genes, para hacernos frente. El conocimiento de Pérez-Reverte es pleno, pero no solo sabe de guerra, sino también de la Historia, asignatura pendiente de los españoles por culpa de la adormidera que tanto nos gusta, conscientes de que estamos sobrados de capítulos mal entendidos. Por todo ello, nadie como él para taladrar el alma con la relación de hechos del Pasado y sentimientos a través de una herida abierta y purulenta.

«La sombra del águila», con excesiva sorna y guasa, bastante reiterativa pero marca de la casa (el Enano esto, el petit cabrón aquello, Popof por aquí, Popof por allá, etc.), recoge las desventuras del 2º Batallón del 326º Regimiento de Línea del Imperio napoleónico durante la batalla de Sbodonovo (1812). Un batallón compuesto por españoles hechos prisioneros tras el 2 de mayo de 1808 en Dinamarca y a los que no se les dio a elegir otra cosa que chupar presidio en Hamburgo o batir el cobre por la gloria de Francia en la campaña de Rusia. Pocos fueron los que no prefirieron la miseria del soldado en los caminos de Europa al encierro, pero el capitán García y sus hombres tenían sus propios planes, ajenos a la Providencia y a los del Emperador, que, en resumidas cuentas, eran los de desertar y pasarse a los rusos cuando mejor se pusiera la cosa. Para poner en práctica su sesuda evasión no tienen mejor día que en el que acontece la batalla de Sbodonovo, con los cañones zaristas haciendo su flanco picadillo para la merienda. Las granadas caen sobre sus cabezas como gotas de lluvia durante un día de vendaval, pero los españoles no cejan en su avance para regocijo del estado mayor de Napoleón, donde confunden la disimulada deserción bajo un fuego de mil demonios con un acto de estéril y honorable valentía, pues nadie apuesta un chelín por el 2º Bón. del 326º; un acto que incluso llegar a emocionar a Bonaparte.

Sin embargo, el Destino y los dioses antiguos de las obras de Plauto gustan de burlarse de los hombres, se deleitan contrariándolos, enfureciéndolos, mintiéndolos y diezmándolos ante las armas enemigas; por ello, al final, la deserción no se consumará y, a cambio y como chufla final, el batallón serán mencionado en el orden del día y el capitán García recibirá una Legión de Honor en la misma plaza del Kremlin.

La historia es divertida, ágil, como contada al albur de una hoguera o de una cerveza recién servida, pero con abuso de fórmulas humorísticas y “poniendo voces”. Además, el lector se confundirá respecto al narrador, pues salta de la primera persona a la tercera de forma continua, causando altibajos que podrían haberse solucionado habiendo pasado el texto íntegro a una única voz y proporcionando un cabo seguro desde la primera página, sin tener que sufrir un lento periodo de “aprendizaje” con el paso de los capítulos.

Y si hay algo que sobra es el capítulo de Napoleón en Elba. Esto, seguro.

Cómo escritor de épica, Pérez-Reverte es capaz de ponernos la piel de gallina en dos ocasiones bien definidas. La primera es en la calles de Sbodonovo, haciendo frente a la carga de caballería cosaca: la descripción de la humareda de pólvora que va cubriendo caballos, hombres, sables y bayonetas; el automatismo de las órdenes de carga y disparo de los oficiales españoles; todo ello crea un cuadro homérico que nos traslada la desesperación de los protagonistas por salir de aquella ratonera con vida, tragando saliva y cojones. La segunda ya es en el capítulo final, en 1814, cuando unos despojos vagabundos atraviesan la frontera por Irún; son solo unas sombras entre los cientos que combatieron allá en Rusia, unos fantasmas mal cubiertos con andrajos, tanto por fuera como por dentro, que regresan a un hogar que, quizá, ya no les pertenezca.

«La sombra del águila» es una declaración del propio Pérez-Reverte por sobrepasar los libros de texto, aunando Literatura e Historia a pie de calle; un destello primerizo que brota de su mente y bilis y que conservar, a día de hoy, toda su intensidad.

Lectura de 9 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 748 (Viento-Lluvia). Encapotado
  • Termómetro: 19º
  • Higrómetro: 41%

lunes, mayo 08, 2017

Mi nuevo libro: «Marcianos. Volumen primero»

Estimad@s amig@s:

No puedo esperar hasta la fecha en la que os suelo remitir el resumen de publicaciones para daros a conocer mi último “hijo”, mi undécima obra publicada, que es una recopilación de cinco relatos de ciencia-ficción con los que trato de homenajear a varios de los grandes del género que brillaron con intensidad durante el pasado s. XX. No he tenido mejor idea que titular una serie de volumen bajo el genérico «Marcianos», como guiño a Ray Bradbury, aunque hay lugar para muchos más.

Confío en que este proyecto, que nació de un momento de bloqueo durante los primeros meses de 2016, sea de vuestro interés y os hagáis eco del mismo.

Gracias y un saludo! 



Reseña de la obra

Una primera recopilación de cinco relatos de ciencia-ficción con las que el autor Javier Yuste pretende homenajear a varios de los escritores más afamados del género durante el s. XX

Un exiliado en Marte rememora el último sábado que pasó en la Tierra. Dos niños son los custodios de un tesoro de incalculable valor escondido en la trastienda de una librería abandonada. Una visión distópica para un planeta olvidado, a merced de la voluntad de uno de sus escasos e inconscientes habitantes. La primera novela escrita por un marciano que se edita en la Tierra contiene extraños mensajes que mutan según quién los lea. Una informal entrevista entre un abogado y un nazi que cambiará el rumbo de la carrera espacial. 

Estas son las historias escritas por Javier Yuste que contiene Marcianos en su primer volumen recopilatorio, abriendo la puerta a una ucronía en la que el Ser humano ha llegado a la Luna en 1955 y la Guerra Fría amenaza con perturbar la Colonia internacional de Marte. Relatos de los que germinarán otros que poblarán futuras compilaciones y que homenajean a los grandes autores de la ciencia-ficción del s. XX, algunos de los cuales se cuelan incluso entre las páginas de este libro adoptando el rol de personajes secundarios. Bienvenidos a un Pasado diferente.

Detalles de la obra
Tapa blanda: 220 páginas
Editor: Createspace Independent Publishing Platform; Edición: Primera (5 de mayo de 2017)
Colección: Marcianos
Idioma: Español
ISBN-10: 1544050380
ISBN-13: 978-1544050386

Enlaces a AMAZON:
http://amzn.eu/86hloGS (Formato papel)
http://amzn.eu/8kKM6dB (Formato ebook)

Lectura de 8 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Encapotado
  • Termómetro: 18º
  • Higrómetro: 40%

miércoles, mayo 03, 2017

El ministro de Marina y el fondo de reptiles

La coña marinera y terrestre de los casos de corrupción que asolan el país proveen a nuestra vida de una chispa de entretenimiento sin precio, si no, que se lo digan a los que presentan exquisitos platos de gourmet en los carnavales de Cádiz con el asunto. Es sintonizar un noticiario y montarse en un carrusel digno de una casa del terror accionadas por resorte.

Pero si dejamos de lado los airados, compungidos y embusteros golpes que nos aporreamos en el pecho descubierto y de preguntarnos por los ceros que han ido a parar de una cuenta bancaria a otra de tal y cual político, constructor y otros tahúres e iluminados de las cuentas de esta nueva edad de oro de la que se nos ha privado del correspondiente Quevedo; si nos apeamos sin caernos de mala forma de esa nube irreal y de papel que nos hemos montado como sociedad aficionada a la más intrincada papiroflexia, donde pretendemos cumplir (o eso creemos) el deseo ancestral de volar por encima de toda la mierda, como estúpidos, puros, virginales e inmaculados. Si hacemos ese mínimo esfuerzo y orientamos los pabellones auditivos, debidamente encerados o no, a cazar al vuelo las pequeñas curiosidades y jocosidades que salen al paso, hace tiempo que debería habernos sorprendido un término que no es utilizado muy correctamente, pero que ahí está, enfermizamente enquistado en nuestra psique. El caso ERE en Andalucía, EREscándalo o EREgate, la trama de corrupción en Mercasevilla, también conocido como “el caso del fondo de reptiles”, título más propio de una serie de novelas baratas de investigación policíaca de los años ’50.

Fondo de reptiles… ¿A qué narices se están refiriendo en la tele con eso de un fondo (de dinero, obviamente) para animales escamosos? Es instintivo girar la cabeza hacia aquellos bochornosos tiempos de los fondos reservados, pero no es nada de eso y merece la pena saciar nuestra curiosidad y desbrozar el término, algo arruinado por los orines del pasado y la impericia informativa. El asunto, damas y caballeros, tiene su guasa y bata de cola. 

Hay quien da por cierto que se lo debemos al genio y figura del canciller Otto von Bismarck al referirse a la partida presupuestaria en negro que había que separar año tras año para comprar y mantener lealtades, además de enmudecer a monedazo limpio a los plumillas, fueran partidarios del partido de gobierno o del de enfrente. Para von Bismarck la prensa, cada uno de sus miembros, era un reptil que se colaba por los despachos y al que había que echar un pedazo de carne o papel moneda para saciarlo y mantenerlo gordo y estéril.

La verdad que el magín del canciller tenía su retranca y el concepto debió calar en aquella Europa y hasta es posible que los reptiles mutaran hacia otras odiosas formas de vida para los gobiernos de turno; formas de vida que nacieron con otros fines, pero que se pudrieron por dentro, pues una organización que sea subvencionada termina siendo comprada.

Yo desde que escuché eso de “fondo de reptiles” me estuve haciendo la velada pregunta, pero sin llegar a hacer una búsqueda en Google. Supongo que, a fin de cuentas, la curiosidad que despertaba en mí no llegaba a ser, siquiera, una incomodidad. Pero resulta que estudiando la vida del ilustre don Pascual Cervera y Topete  —almirante de la Marina de guerra española allá por el 3 de Julio de 1898, al mando de una de las dos Escuadras supervivientes hasta tal fecha, haciendo realidad la profecía de Cánovas del Castillo de que España solo se desprendería de las Antillas y del resto de su Imperio de Ultramar mediante otro Trafalgar—, en su época como ministro de Marina (14 de Diciembre de 1892-23 de Marzo de 1893) tuvo su particular affaire con el dichoso fondo y los más dichosos aún reptiles.

Don Pascual era un hombre de ciencia y números y durante toda su vida militar tuvo que enfrentarse con las matemáticas, no solo en números de toneladas de desplazamiento, de carbón, provisiones o millas a recorrer. Como máximo responsable del Ministerio de Marina, repasando las cuentas a mano, sin ayuda de plantilla Excell ni Contaplus alguno, Cervera topó con una serie de partidas que iban desangrando poco a poco a la institución. Parecía una tontería, pero había dado con un pequeño fondo de reptiles con el que el Ministerio mantenía muchos estómagos llenos y sonrisas abiertas y el nuevo ministro no estaba por la labor de perpetuar tan malsana costumbre. Y esto lo sé yo tras hacer un curioso análisis de la obra de Alberto Risco «Apuntes Biográficos del Excmo. Sr. D. Pascual Cervera y Topete» (1920), habiendo dado con el dato en la página 177, correspondiente al capítulo XIII, a modo de coletilla a las reformas incómodas que encabezaba el nuevo ministro, como fue la creación de una Subsecretaría de Marina, que recayó sobre los hombros del contralmirante don Luis Martínez de Arce. Ambos altos oficiales compartieron largas horas de despacho y quebraderos de cabeza, pero mejor dejemos que sea Alberto Risco quien, con su pluma, nos ilustre:

«El primer hallazgo de ambos, al buscar ahorros por el Ministerio, fue de los que dejan en éxtasis al hombre más despreocupado y bonachón.

»—Don Pascual —le dijo una vez (el contralmirante Martínez de Arce)—, he encontrado un renglón por donde puedo pasar el lápiz rojo.

»—¡Hola!, ¡hola! ¡Venga ese rengloncito que en la mano tengo el lápiz! —contestó el ministro con cara sonriente.

»—Es un rengloncito muy corto, no tiene más que dos palabras: ¡La Prensa!

»Cervera se quedó con el lápiz en alto, apuntando con él al techo; o no comprendía la palabra prensa o esperaba que bajase del techo el enemigo para ensartarle. Don Luis prosiguió:

»—¿Quiere otra frase más larga? Pues ahí va. El fondo de reptiles.

»—¡Canastos! ¡El fondo de…! —Y el lápiz rojo apunto a la alfombra, como si de sus orillas, ribeteadas de paño, comenzase a salir un enjambre de aquellos ofidios.

»—Enristre el lápiz y verá salir reptiles.

»Entonces comenzó el subsecretario a leer cuentas de suscripciones a periódicos que o no venían al Ministerio o venían dos ejemplares, pagándose de ellos las suscripciones a docenas. Cervera veía visiones. Aquello era un despilfarro o, mejor dicho, un timo.

»El fondo de reptiles quedó tapado, pero estos no tardaron en asomar por otro boquete la cabeza, pidiendo su ración.

»Pocos días después de darse de baja el Ministerio a multitud de inútiles suscripciones, se presentó el directo de uno de ellos, de uno de los de cuarto orden, que vivían de la basura recogida entre las heces sociales, queriendo hablar con el Ministro. Arce quiso ahorrarle a su jefe el mal rato y contestó que no estaba visible; que tratase el asunto con él.

»—Vengo solamente a manifestarle al señor ministro los perjuicios que me ocasiona la supresión de las suscripciones del Ministerio (eran unos cinco duros mensuales) y a rogarle que…

»—¡Ah, vamos! Pues ese negocio es de mi incumbencia y se ha dicho por convenir así; de modo que…

»—¡Fíjese, señor general, que mi periódico ha estado siempre a la devoción del Ministro y…

»—Lo cual es esta a la devoción de la justicia y…

»—Y es que, si me priva de esa subvención, me veré obligado a cambiar de táctica.

»—Haga lo que guste; pero el señor ministro de Marina necesita ese dinero para comprar barcos que defiendan la Patria. Así que si no dese más…

»El director del periódico salió echando venablos y, al día siguiente y al otro y al otro, se desató en infamias y calumnias contra todos los que tenían que ver algo en el Ministerio de Marina.

Huelga decir que los siguientes proyectos de Cervera como ministro fueron convenientemente torpedeados por los reptiles, quienes no le abandonaron cuanto duró su carrera profesional, pues fueron los mismos que en Junio de 1898 pintaban al almirante de risible gallina, clueca y cobarde, de senil uniformado, de incapaz, por no atreverse a salir del puerto de Santiago de Cuba a puerta gayola, esperándole de frente sesenta navíos enemigos, erizados de cañones de mayor calibre que los españoles, pues “con la enseña patria en los mástiles, no se puede salir derrotado”. Es así de triste, pensar que la guerra hispano-americana fue fraguada en los fogones de tinta e imprenta, al igual que su triste final, pues Cervera recibió la orden de salida inmediata por parte del general Blanco oficialmente ante la inminente capitulación de Santiago de Cuba, con el peligro de que la escuadra intacta fuera capturada y extraoficialmente por la opinión pública caldeada por ciertos periodistas que hacían astillas con el mástil patrio y los sillones del Congreso de los Diputados.

Lectura de 3 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 753,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 15º
  • Higrómetro: 39%

martes, mayo 02, 2017

Guardia de cine: reseña a «Spectre»

Título original: «Spectre». 2015. Acción, thriller. RU-EEUU. 148 min. Dirección a cargo de Sam Mendes. Guión de John Logan, Neal Purvis, Robert Wade y Jez Butterworth. Elenco: Daniel Craig, Christoph Waltz, Léa Seydoux, Ralph Fiennes, Mónica Bellucci

Historia y guión muy trabajados para presentar a un Bond más complejo, serio y oscuro; una digna producción de cine de espías ,sin renunciar a los elementos propios de la saga 007

James Bond, letal e incontrolable, escapa nuevamente de la órbita del M16, cumpliendo una misión especial de la anterior responsable en el cargo de “M”. 007 se ha desplazado a México D. F. para asesinar, para tirar del hilo y comprobar que los hechos que se relatan en la magnífica «Casino Royale», la subestimada «Quantum Of Solace» y la prescindible por horrorosa «Skyfall» están íntimamente interrelacionados. No son hitos ni películas independientes y el Bond de Daniel Craig se verá envuelto en una maraña de muertes y recuerdos que se resuelve en «Spectre», descubriéndose por fin la terrible amenaza que se cierne sobre el orden mundial.

Esta última producción de Craig como protagonista, vestido de esmoquin y vaciando cargadores de su Walter PPK, es, en mi humilde y criticable opinión, la mejor de las cuatro (aunque IMDB no esté de mi lado). Aquí vemos con claridad al Bond asesino, hosco y desagradable, pero protector; atormentado y de porte militar. Quizá Craig sea el actor que mejor dote físicamente al personaje de Ian Fleming, aparte de Timothy Dalton. 

«Spectre» brilla por sus diálogos y por la creciente tensión que se va acumulando en un frágil dique que no es otro que nuestra butaca, condenada a reventar, obligando al espectador a lamerse los labios ante esta obra cumbre de la saga Bond.

Como acabo de apuntar, destacan sus diálogos, duros y propios de toda producción de cine de espionaje que se precie, cargados de cinismo, nihilismo y un extraño ánimo suicida, pero también impregnados de las terribles ganas de los personajes por seguir viviendo, de seguir respirando cuando apenas sacan la cabeza del agua. Diálogos que muestran hombres y mujeres con mayor fondo y juego, como en el caso de Money Penny y Q, que ya era hora que dejaran de ser meras comparsas para pasar a formar parte de la acción.

Al contrario que sucedió con «Skyfall», que no es más que un cajón desastre de recuerdos de los Bond anteriores metidos con calzador y sin orden ni concierto, «Spectre» recoge el testigo de la saga y la revitaliza sin olvidarse de un coche espectacular, de paisajes de ensueño, tanto naturales como femeninos; de un terrible asesino, de estatura gigantesca y prácticamente invulnerable, que nos recuerda al simpático Tiburón, pero que no agrada en este caso;  de viajar en un tren que termina destrozado durante una pelea o combate (no sé cómo a Bond se le sigue ocurriendo la mala idea de viajar en ferrocarril); y de retratar la preocupación del momento durante su filmación. Me tomo la libertad de extenderme respecto a esta última nota puesm si en «Solo se vive dos veces» encontramos el temor a la guerra termonuclear provocada por un tercero, si en «El hombre de la pistola de oro» damos con la crisis energética de la década de 1970, si en «Licencia para matar» el argumento se centra en el crecimiento incontrolado del mercado de la droga procedente de Iberoamérica hacia los EEUU o si en «El mañana nunca muere» hace lo propio con el peligro de una manipulación de la verdad por parte de los nuevos medios de comunicación, en «Spectre» el guión señala el uso de la información obtenida por redes de vigilancia global gracias a todo tipo de dispositivos y de los que no tenemos conciencia, con fines criminales (nos rasgamos las vestiduras cuando el Sr. Assange emerge de su cueva y usa el balcón de la embajada ecuatoriana en Londres como púlpito barato para decir esto y aquello sobre la CIA y su ciberespionaje, pero todo el mundo calla tan feliz ignorando a donde van a parar los miles de billones de datos que recaban diariamente empresas privadas dispuestas a vender su producto al mejor postor, importando bien poco si es adquirido por una empresa de lencería o por DAESH).

El malo-maloso, el líder de Spectre, no podía ser otro mejor que Christoph Waltz, quien brilla gracias a su natural encanto perverso, aunque no se le permite desarrollarse. Su personaje apenas luce en el metraje, ¿quizá porque se quiera hacer uso para futuras producciones? No sería descabellado, además, no muere (algo que en pocas ocasiones sucede a lo largo de la saga, pues solo recuerdo semejante supervivencia en «Al servicio de Su Majestad»). Sería todo un puntazo que Waltz volviera a ser la Némesis de Bond, importando poco el aire de despedida que Craig da a la cinta.

Como punto negativo, constante en la práctica totalidad de las películas de Bond, es la obsesión por doblar a las chicas con esos acentos extranjeros, insufribles y prescindibles en castellano, que obligan al espectador a enchufarse el “sonotone” o activar el menú de subtítulos pues no se les entiende cinco de cada diez palabras. Es curioso que solo ocurra con las mujeres. ¿Cuándo aprenderemos por estos pagos?

«Spectre» es digna, desprovista de bravatas y fantasmadas; seria y de acción que, aunque maree hasta la náusea al comienzo, merece ser aupada hasta los primeros puestos de la serie 007.

Lectura de 2 de Mayo de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 13º
  • Higrómetro: 36,5%