jueves, septiembre 20, 2018

«Sutamina Roozu» (Stamina Rose), Yoko Kanno



Ha clojilu shun fin glodi-e
Excel den me hu shijun dre
Ha clojilu shun fin glodi-e
Excel den me hu shijun dre (hey)
Ha clojilu shun fin glodi-e
Excel den me hu shijun dre
Ha clojilu shun fin glodi-e
Excel den me hu shijun dre
Matigle
Me me shunda di yami vajne
'gle
Me me shunda di yami vajne
Hola hme- yeah
Hola hme- yeah
Ha clojilu shun fin glodi-e
Excel den me hu shijun dre
E' ha clojilu shun fin glodi-e (yeah)
Excel den me hu shijun dre
Ha-i heya-i hai heya heyai yeah yeah (8x)

Lectura de 20 de Septiembre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 21º
  • Higrómetro: 42%

martes, septiembre 18, 2018

Guardia de literatura: reseña a «Chacal», de Frederick Forsyth

Título original: «The Day Of The Jackal»
Traducción: Ramón Hernández
RANDON HOUSE MONDADORI.
Barcelona
Primera edición. Julio de 2008
ISBN: 978-84-9793-046-8
508 páginas

La novela es detectivesca y de caza al hombre, en la que pronto se establecerá un equilibrio entre el mortal pero atractivo Chacal y el sereno e inocuo, en fachada, comisario Lebel, el mejor hombre de la Policía Judicial parisina, quien dirigirá todos los esfuerzos por identificar y detener al asesino antes de que actúe, y que nos recuerda en ocasiones a George Smiley

Mentar a Frederick Forsyth es referirse a uno de los autores capitales del thriller político, periodístico, policial y de espionaje del último tercio del s. XX; una opción digna a la altura del rey John le Carré. Es citar a un hombre que indaga entre una ingente masa de documentación y que es capaz de arrancar a mordiscos una historia novelesca cuyo punto de ficción, así como de realidad, cuesta esfuerzo discernir.

Forsyth, tras experimentar unas vivencias que ya quisiéramos muchos para nuestras ridículas biografías, aunque fuera a modo de limosna inventada, ejerció de periodista, siguiendo la estela de Chales de Gaulle como presidente de la República francesa en uno de sus momentos más candentes, con la organización terrorista OAS enconada en mostrar la cabeza del viejo general en una vitrina de caza, en un afán desmedido y mal calculado por “recuperar” la senda de una Francia orgullosa y colonial.

Se parte de una acción real, de un atentado fallido contra de Gaulle, para luego describir la necesidad de la cúpula de la OAS, ante su engarrotamiento como organización minada por las filtraciones y la falta de éxitos contundentes, de acabar con la vida de un general que es considerado un traidor. Forsyth elucubra un nuevo intento de asesinato que bien pudo haber sucedido en 1963, cómo no. El general Rodin, cabeza de la OAS, traza un plan que debería ser infalible, no recurriendo a las manos siempre prestas pero poco duchas de simpatizantes de la causa. Había que hacerse con los servicios de un fantasma, de un asesino político a sueldo y de envergadura; alguien que fuera ajeno a los ideales del Ejército Secreto; un extranjero.

Rodin se cita con un asesino inglés, un hombre, en apariencia, metódico y fiable que adopta el nombre en clave de Chacal y que es contratado a pesar de su precio (a la altura de la presa).

Chacal exige trabajar solo, consciente del peligro que correría si se vinculara a la OAS, que es un bochornoso coladero. Solo un único enlace, el agente Valmy, le informará de cambios puntuales en la rutina de seguridad presidencial y posibles investigaciones policiales, pero nada más. Chacal se encargará de todo personalmente.

A partir de ese punto nos aburriremos con la preparación del asesinato. Como ocurre en otras novelas de la época, cuya trama gira en torno a un asesinato político-militar (como sucede, por ejemplo, con «Cinco Dedos»), la primera mitad es un odioso compendio de detalles y viajes de aquí para allá mediante una narración exhaustiva, exigente y agotadora de hasta la última mota de polvo que haya flotando en el aire. Solo se aprecia un cambio y una mayor celeridad cuando Forsyth comienza a introducir personajes, dando lo mismo que sean principales que secundarios; es entonces cuando el autor se revela como un maestro, pues le bastan unas líneas para dar una completa biografía personal de los mismos; es cuando se ve una luz al final del túnel. La novela es detectivesca y de caza al hombre, en la que pronto se establecerá un equilibrio entre el mortal pero atractivo Chacal y el sereno e inocuo, en fachada, comisario Lebel, el mejor hombre de la Policía Judicial parisina, quien dirigirá todos los esfuerzos por identificar y detener al asesino antes de que actúe, y que nos recuerda en ocasiones a George Smiley.

El carrusel de personajes es amplio, colorido, aunque no haya que ser muy perspicaz para prever qué papel tendrán en la trama; muchos son planos y predecibles, como en el caso del patán de Saint Claire, de la Guardia del Eliseo, aunque todos aportan piezas para la resolución del puzzle que pondrá en jaque al Estado francés.

Quien está mejor configurado, pues al que más horas se le dedica, es Chacal, cuya identidad se mantendrá en secreto incluso llegada la última página de la novela. Seguirá siendo un fantasma incluso cuando cerremos las tapas del libro por última vez. Tras él está, como Némesis, Lebel, paradigma del típico policía entregado, de poca gracia en lo físico y en el trato personal con sus superiores, que solo aportará su inteligencia e integridad como armas al servicio de la Francia gaullista, así como una serenidad imperturbable cuando se enfrenta, cada noche, a una jauría de perros ministeriales.

La narración, en general, está muy bien presentada, aunque resulta pesada en cuanto a la descripción de lugares y objetos; cuando Chacal toma un vehículo y lo conduce, parece que estemos leyendo un frío mapa de carreteras; otro tanto sucede con calles y arquitecturas. Serán unos párrafos interesantes para el autor, fundamentales para la trama, pero también tediosos y puede que el lector (como me ha sucedido) se vea tentado por la ocurrencia de saltárselos con vergüenza torera y seguir hacia adelante.

Aunque Forsyth mantiene a uno pegado a la lectura, solo hay verdadera tensión hacia el último cuarto de la novela; y verdadera agitación en sus últimas páginas.

¿Recomendable? Sí. ¿Leeré otras obras de Forsyth? Aunque sea dicho con cierta timidez: por supuesto, pues este hombre es quien firmó títulos que han llegado con más empuje a nuestra retina gracias al cine, tales como «Odessa» o «El Cuarto Protocolo». Sí, me interesa lo que ha escrito y cómo lo hace.

Lectura de 18 de Septiembre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 22º
  • Higrómetro: 41%

martes, septiembre 11, 2018

Guardia de cómic: reseña a «Mi experiencia lesbiana con la soledad», de Kabi Nagata

Título original:
«Sabishigute Lesbian Fuzoku Ni
Ikimashita Report»
Traducción: Luis Alis para
Nagareboshi SL
FANDOGAMIA ED. CB.
2018, Quart de Poblet
1ª edición
ISBN: 978-84-17058-09-8
143 páginas
Nagata se sirve de sus propios traumas psicológicos y de cómo les puso coto para crear un manga de aspecto caricaturesco, en el que la simplicidad juega a favor de la descripción de lo abstracto

Existen títulos sobre los que destella una luz especial cuando “renuevan la tierra” de las librerías; sobre cuya superficie el espectro se reflecta de forma diferente. Y el título de este manga, como poco, impacta, llegando unos milímetros más profundo. Ante el mismo solo cabe una defensa posible: pensar un «¿Qué narices es esto?». Aún con todos los escudos alzados, lo más probable es acabar derrotado, abriendo sus tapas y dándote de canto con la simpleza del trazo de Nagata, que tan bien le sirve para describir sus ansiedades.

Nagata alcanzó fama con esta historia que publicaba en un web para mangakas noveles o amateurs, logrando, después, el apoyo editorial para publicarla en formato papel. Es una autobiografía en la que la autora se describe como una chica que siente un profundo vacío tras abandonar los estudios universitarios; más que vacío, siente la falta de un lugar en el mundo. La acción comienza varios años después de adoptar tal decisión. La vida de Nagata no tiene una meta y su ser se dejaba gobernar por un Yo que solo quería agradar a sus padres, aunque distara mucho de conseguirlo. Sus trabajos eran siempre penosos y temporales, que la aislaban del contacto social (aunque fueran de atención al público), que aceleraban un estado de ánimo más depresivo, saturado con alteraciones alimenticias y una necesidad de autolesionarse como forma de exteriorizar su dolor psíquico.

La concatenación de sentimientos grisáceos y pesares varios, de lucha contra aquello que la impedía reubicarse, dar con una meta, la llevaron a la necesidad de concertar una cita con una escort lesbiana al entender (antes y después) que había tocado fondo: no es que se hubiera abandonado como ente individual, es que prácticamente era incapaz de comunicarse y el contacto físico y sexual, que podría ser un estadio primero de interrelación, le acabó resultando al final lo más complicado.

Nagata se sirve de sus propios traumas psicológicos y de cómo les puso coto (pues la experiencia sexual la ayudó, en sus momentos previos, a cambiar ciertos aspectos diarios), para crear un manga de aspecto caricaturesco, de amplias viñetas maquetadas a cuatro tiras por cara, en el que la simplicidad juega a favor de la descripción de lo abstracto, llegando así a decenas de miles de lectores ya desde su etapa embrionaria en la web. Nagata ha sido capaz de recoger muy bien los miedos de muchos jóvenes, diría que de todos (sobre todo nipones), paralizados ante el terror a aquello que se esconde tras años y años de estudio y que es la etapa adulta (y una sexualidad aceptada), algo para lo que no todo el mundo está preparado. Y no hace falta ser japonés, pues yo tardé también lo mío en encontrar una parcela en el mundo desde la que no me veía obligado a agradar a nadie o a humillarme.

La lectura, que en la edición de Fandogamia respeta el sentido “invertido” original, es amena y divertida, aunque casi le falta a la autora espacio para tanta cartela explicativa. Es pura narración en primera persona y, aunque en ciertos pasajes resulta reiterativo en cuanto a ideas y conceptos, es digna e instructiva.

Lectura de 11 de Septiembre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 22º
  • Higrómetro: 39%

lunes, septiembre 10, 2018

"El desvío" (relato corto)

Lo había jurado. Sí, jurado, joder. Nick no se había limitado a pronunciar una fatua promesa de nulo peso en el alma y la conciencia, con los dedos índices y corazón cruzados a la espalda; un eructo sin sentido de palabras que mueren arrastradas por el viento. Lo había jurado con la suficiente gravedad y convencimiento, por lo que se sentía molesta y desleal consigo misma, aunque fuera por algo que para la mayoría no reviste importancia alguna.

En el asiento del pasajero, justo a su derecha, una pequeña pila de expedientes amenazaba con desparramarse sobre el cambio de marchas o la alfombrilla, varios centímetros de distancia más abajo, con cada giro de volante, con cada curva que acercaba a Nick más a su casa. Aquel viernes por la noche llevaba consigo algunas desgastadas carpetas que, a duras penas, contenían un sin fin de papeles y notas; el trabajo que había de haber tenido terminado para el día anterior y que ya no permitía mayores demoras. Nick no pudo cumplir con los plazos y, enfrentándose a la noche y a la carretera, cargaba con el lastre de saber que delante de ella se anunciaba un fin de semana de corta duración, de puertas cerradas y flexo siempre encendido iluminando la mesa de la cocina.

Pero se veía en aquella traición por culpa de los agentes externos, como le gustaba denominar a los clientes con toda la bilis que le desbordaba la boca. Eso de agentes externos les quedaba tan bien como un afiler atravesando el torso de un asqueroso bichejo en un expositorio de entomología. Nick nunca estuvo preparada para enfrentarse a ellos; era un animal que gustaba recogerse en su estrecho habitáculo y aislarse de todos y de todo, mas su jefe apuntaba a maneras y parecía estar practicando una despedida a la francesa, llevando 48 horas sin saberse nada de él, siquiera si seguía respirando, por lo que alguien tenía que bregar con todos los agentes externos que se fueran apiñando ante la puerta de la oficina sin orden, ni concierto, ni gracia.

Eran verdaderos vampiros insaciables. No paraban un solo instante de hablar de asuntos que Nick apenas llegaba a comprender una sola palabra. Encima, no se sentían aludidos ante las inequívocas señales corporales que emitía Nick, quien era una pésima jugadora de póquer, y sus nada furtivas consultas al reloj de muñeca.

Tratar con ellos le absorbía el ánimo a Nick. Tras el duro enfrentamiento con los agentes externos, se veía incapaz de continuar con lo que estuviera haciendo en la serenidad de su recinto amurallado de papel y pantallas de ordenador. Sí, eran vampiros, y aquella semana el universo entero había conspirado para hacerle la puñeta, como en un chiste malo de Paulo Coehlo. 

Y mientras aquellos pensamientos se daban cita en un monólogo interno, el viejo Volkswagen Golf de Nick devoraba metro tras metro, adentrándose en la noche reinante sobre una carretera en la que la bóveda arbórea se echaba sobre el asfalto en una amenaza fatal y casi mística. El invierno se acercaba. De eso no cabía duda. La tarde había sido fugaz; un alarido exhalado con nerviosismo. Nick percibía hilos de frío enredándosele en los dedos aferrados al volante; cómo creían enredaderas de cristal en torno las piernas. 

Las luces largas rasgaban la tiniebla, sin otras que se enfrentaran a ellas; Nick obligaba los neumáticos invadían el carril contrario, trazando mejor las curvas sin reducir la velocidad. Cada quejido de la goma sobre el asfalto articulaba una creciente inquietud en el pecho de Nick.

La cara A de la cinta pirata llegaba a su punto final. Por los altavoces comenzó a entonarse la balada «Wild Is The Wind».

Nick, quien nunca había circulado de noche por aquella vía, no se guiaba por referencias, sino por recuerdos, anhelando advertir el desvío que se internaba en el bosque y que conducía hasta una casa de piedra que llamaba hogar.

Unos destellos iracundos y un claxon amortiguado impactaron en el centro del dolor nervioso de Nick. Una furgoneta había irrumpido en la carretera en sentido contrario. Nick giró el volante al que parecía fusionada y pisó el freno, aunque sin llegar a detener la marcha.

Nick escuchó, más bien intuyó, el potente piropo que le acababan de dedicar: un “hija de puta” bien entonado que habría bramado con delicadez poética el conductor de la furgoneta, de la que ya no quedaba el menor rastro en la noche. Y a Nick le importó una mierda lo que opinara ese gilipollas; ella conducía como un autómata por entre las curvas ascendientes que arañaban la montaña y bajo la espesa techumbre de un bosque preso de los últimos suspiros del otoño, cuyas garras, largas y raquíticas ramas quedaban desfiguradas por la velocidad. «Wild Is The Wind» se le hizo a Nick más corta que de costumbre y, durante unos agónicos segundos, dentro del habitáculo lo único que se escuchaba era la sinfonía ronca de un agotado motor diésel. Pero pronto comenzarían los primeros acordes de la pieza que daba inicio al disco Aladdin Sane.

Y Nick siguió conduciendo hacia, en apariencia, ninguna parte, por lo que a punto estuvo de saltarse el desvío de montaña; clavó ambos pies en el pedal del freno y los neumáticos se bloquearon. Nick puso primera y pisó a fondo el acelerador, obteniendo una respuesta rápida y brutal que la empujó hacia el camino de grava que partía de la vía asfaltada. Los focos herían los troncos centenarios y Nick pensaba una vez más en el penoso fin de semana que tenía por delante y en que el mal trago le duraría hasta altas horas del domingo; pero algo inesperado surgió en mitad del camino que obligó a Nick a otra vez el freno hasta el fondo y a desterrar sus cuitas laborales. 

El Golf emitió un quejido metálico muy divertido, como el que proferiría un cerdo asustado.

—¡Coño!

La mujer mantuvo los ojos abiertos de puro asombro y encorvó la espalda para adelantar la parte superior del cuerpo hasta pegar la nariz en el parabrisas, sobre el volante. Iluminado por los faros del Golf, se alzaba algo que no debía estar allí: un túnel construido con ferrocemento que cubría un largo trecho del sendero bordeado por la floresta. Una enorme y agrietada boca negra se abría ante Nick, mostrando las lujuriosas arrugas de una meretriz entrada en años. La luz de los faros apenas penetraban en la oquedad, llegando a impactar contra decenas de oscuros ojos que no parpadeaban como respuesta desafiante ante la intrusión.

Aquella boca de hormigón exhalaba un aliento húmedo y fétido, propio de un bosque que comenzaba a añorar la aún lejana primavera.

Con un chasquido de lengua y alzando el mentón como única señal, Nick emitió su conclusión: se había equivocado de desvío. Era fácil que eso sucediese entre la cantidad de ramales que partían de la carretera hacia la montaña y las distintas propiedades de los vecinos. Fácil, aunque a ella nunca le hubiera sucedido.

—Hay que joderse. Bravo. Fantástico. Está siendo un viernes de mierda de primera división. De los de enmarcar para el puto recuerdo.

Nick giró el cuerpo a la par que movía la palanca de cambios, colocándola en marcha atrás. El sendero apenas era visible con la única ayuda de las luces de posición traseras y el testigo blanco que anunciaba la inversión del sentido; y no había el suficiente ancho para salvar algún error de conducción. A no más de 10 km./h., las ramas salientes de los árboles rascaban las bandas del Golf, pero el sendero, una estrecha serpiente de grava, pronto anunció su desembocadura ante la vía asfaltada.
El enfado de Nick disolvía su miedo en una coctelera de sensaciones.

El ruido acelerado de la marcha invertida ganó intensidad en cuanto las ruedas motrices lamieron la lengua de alquitrán. Nick detuvo en seco el vehículo y dedicó unos instantes a contemplar el camino por el que había descendido, haciéndolo con la mirada torva, queriendo dar con la respuesta a su aparente error. Arrugó los labios y escudriñó la tiniebla a través del retrovisor antes de incorporarse a la vía principal, para lo cual avisó sin necesidad accionando el intermitente; quizá buscara, incluso con destellos anaranjados, espantar como fuera aquella noche que lo devoraba todo.

Nick tenía la sensación de estar negociando nuevamente las mismas curvas que había superado minutos atrás. Algo debía estar fallando en su cabeza, pero no le parecía que ese pensamiento mereciera el más mínimo esfuerzo; así es como Nick se engañaba a sí misma mientras trataba de dar con el camino correcto hasta su casa, algo que debía ser tremendamente fácil.

Reconoció de nuevo la curva y la silueta torcida del roble centenario. Juraría que eso mismo le hizo internarse antes en el bosque. Los árboles no se mueven de sitio, ¿no? Incluso distinguió la lata azul que servía de improvisado buzón de correos, claveteada a un tocón. Nick sonrió, aliviada, aunque ella nunca lo admitiría.

Ascendiendo por otra senda de grava que se abría camino en el bosque, Nick se atrevió incluso a canturrear a coro con David Bowie algunas frases inconexas, con murmullos que sustituían palabras inglesas que no lograba comprender o que no había llegado a aprender de la letra de la canción que estaba sonando. Mas pronto ese brote de alegría se trocaría en espanto.

Ahí delante, como en una pesadilla madrugadora, volvía a alzarse el resquebrajado y viejo túnel de ferrocemento, inerme ante el golpe de las luces largas del Volkswagen Golf. Nick apretó las manos en el volante, transmitiendo al objeto su desesperación, y tragó saliva. Aquello no podía ser real; debía ser una puta broma. Esta vez no se había confundido de camino; era el que conducía a su casa en medio del bosque, no cabía duda.

El motor del Volkswagen roncó de forma extraña y calló. El radiocasete se detuvo. En el silencio de la noche no hubo respuestas, ni siquiera por parte de aquella enorme boca, muerta en apariencia.

Nick apenas sintió en sus ateridas manos el contacto rugoso de la manilla al abrir la puerta de su lado, pero sí la irregular superficie de la grava hundiéndose bajo sus pies. El hiriente frío exterior la envolvió con gula; la piel del rostro le comenzó a doler y la respiración se le hizo dificultosa. Nick entró en un estado de pánico para el que no tenía nombre. Hasta aquella fatídica hora, la soledad había sido su amiga y aliada y, ahora, Nick lloraba por dentro, anhelando el calor de alguien cercano. Necesitaba una explicación para saber dónde se encontraba; tanto una forma de salir de allí.

Alrededor del vehículo y de Nick se interpretaba una sinfonía de furtivos susurros: ramas mecidas por el viento, hojas secas empujadas por la misma fuerza, arrastrándose por el suelo… Pero la vida animal había quedado silente, desprovista de voz de forma antinatural.

La mujer, fuera del vehículo, tardó en percatarse de que el motor del Golf se había detenido y, empujada por la necesidad de arrancarlo, se giró para dar la espalda al túnel para cobijarse dentro del automóvil.

Entonces, lo vio. 

A varios metros, por detrás del automóvil y sin que las luces rojas de posición traseras desvelaran pliegues en su anatomía, una figura negra se recortaba en un universo gris oscuro, en medio del camino de grava que subía por el bosque. Una cabeza, dos brazos y otras dos piernas, unidas a un tronco largo y delgadísimo.

Nick no encontró ojos ni ninguna variación que indicara que hubiera un rostro en aquella forma, pero no cabía duda de que aquello la estaba observando. El cabello se le erizó; la respiración le falló.

Sin acertar con los movimientos correctos, Nick se introdujo en el automóvil en cuanto la figura echó a andar hacia ella. Logró cerrar la puerta con fuerza, pero Nick era una marioneta a la que se le hubieran cruzado los hilos, pues no acertaba a girar la llave en el contacto y arrancar el motor del viejo Golf. Por el rabillo del ojo advirtió una espesa negrura a su izquierda; el ser era enorme y su presencia poderosa, absorbente. Nick se sentía desfallecer, más aún cuando aquella cosa se inclinó y clavó el rostro sin rostro en la ventilla del conductor. Tras varios intentos, los dedos entumecidos se le cerraron en torno a la pequeña pieza metálica, iluminándose el cuadro de mandos y se accionó el motor de arranque. El vehículo respondió emitiendo una tos estúpida y aguda, seguida de un parpadeo electrónico.

El rostro seguía pegado a la ventanilla, sin empañar su superficie cristalina.

Nick gimió una oración y el motor rugió rompiendo el hechizo. Acertó a pisar el embrague y a llevar la palanca de cambios a la posición R. Luego hundió el acelerador y giró el cuerpo para ver por la ventanilla trasera, dándole la espalda al ser. El Golf descendió por el camino a toda velocidad en sentido contrario, golpeando las ruedas y las defensas contra ramas y piedras salientes. Mientras, el corazón se le apagaba en vez de desbocarse y amenazar con huir por la boca hacia fuera.

Con el impacto, que la lanzó por los aires hasta dar con una cuna de helechos muertos, la lata azul que servía de buzón de correos emitió un tañido metálico que quedó amordazado por el rugido mecánico del motor diesel.

Los neumáticos rechinaron al arañar el asfalto, formulando a Nick una buena pregunta: ¿A dónde piensas ir?

Lectura de 10 de Septiembre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 22º
  • Higrómetro: 39%

jueves, septiembre 06, 2018

«We're Not Gonna Take It», Twisted Sister



We're not gonna take it
No, we ain't gonna take it
We're not gonna take it anymore

We've got the right to choose and there ain't no way we'll lose it
This is our life, this is our song
We'll fight the powers that be just, don't pick our destiny 'cause
You don't know us, you don't belong

We're not gonna take it
No, we ain't gonna take it
We're not gonna take it anymore

Oh, you're so condescending, your gall is never ending
We don't want nothing, not a thing, from you
Your life is trite and jaded, boring and confiscated
If that's your best, your best won't do

We're right, yeah
We're free, yeah
We'll fight, yeah
You'll see, yeah

We're not gonna take it
No, we ain't gonna take it
We're not gonna take it anymore
We're not gonna take it
No, we ain't gonna take it
We're not gonna take it anymore

No way!

We're right, yeah
We're free, yeah
We'll fight, yeah
You'll see, yeah

We're not gonna take it
No, we ain't gonna take it
We're not gonna take it anymore

We're not gonna take it (no!)
No, we ain't gonna take it
We're not gonna take it anymore (just you try and make us)

We're not gonna take it (come on)
No, we ain't gonna take it (you're all worthless and weak)
We're not gonna take it anymore (now drop and give me twenty)

We're not gonna take it (a pledge pin)
No, we ain't gonna take it (on your uniform)
We're not gonna take it anymore

Lectura de 6 de Septiembre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755,5 (Variable). Cirros
  • Termómetro: 22º
  • Higrómetro: 39%

martes, septiembre 04, 2018

Guardia de cine: reseña a «Ran»

Título original: «Ran». 1985. Japón. Drama. Color. Dirección: Akira Kurosawa. Guión: Akira Kurosawa, Hideo Oguni y Masato Ide, basándose en la obra «El rey Lear», de William Shakespeare. Elenco: Tatsuya Nakadai, Akira Terao, Jimpachi Nezu, Daisuke Ryû, Mieko Harada, Yoshiko Miyazaki, Hisahi Igawa, Pîtâ

Durante la redacción de la reseña de «Trono de sangre» nos dejamos las uñas al rascar la capa superficial de la adaptación cinematográfica de la shakesperiana «Macbeth» al Japón feudal. Hoy hacemos otro tanto con «El rey Lear» que, en manos de Akira Kurosawa, queda rubricada en «Ran» de una forma más aciaga que el original: un duro retrato de la naturaleza intrínseca de los seres humanos que persiguen y anhelan el dolor y la muerte por encima de todo

En «Ran» contamos con mucho de lo que, por cuestiones obvias en el Japón de posguerra y ocupación aliada, se nos privó en «Trono de sangre»: el color. Asistiremos a un derroche de estandartes, kimonos, armaduras y sangre (esta última, eso sí, más bien parecía sobrante de pintura roja de automóviles de la Mitsubishi; debiéndosele añadir la mala calidad del sonido ambiental). Pero también, hay que decirlo, es una cinta de excesiva duración para tratar la tragedia de Lear, renombrándolo y desfigurándolo para la ocasión como el senil señor Hidetora, cabeza del clan Ichimonji, apoyado en su katana cuan bastón y cuyas manos están manchadas con la sangre de sus enemigos y de sus inocentes familias. Hidetora ha combatido durante medio siglo sin descanso, reduciendo y desmembrando clanes vecinos; un hombre sin escrúpulos ni remordimientos que ha sido incapaz de hacer retroceder al peor adversario de todos: la vejez.

Llegado a una edad muy avanzada para un guerrero y la época, el s. XVI, Hidetora decide retirarse cediendo el señorío de la forma acostumbrada a sus tres hijos, llamados Taro, Jiro y Saburo. Taro, el primogénito, ostentará el mayor rango fáctico, aunque su padre, seguirá, nominalmente siendo la cabeza del clan; Jiro, como el hijo mediano, acepta las disposiciones de su padre, alineándose junto a Taro, deshaciéndose en empalagosas alabanzas a su progenitor. Solo Saburo, la Cordelia de Shakespeare, se alza contra los designios de su anciano padre con sinceridad y amor en sus argumentos; Hidetora está condenando a los Ichimonji a una intestina guerra civil al creer inocentemente que los tres hermanos sabrán convivir en un reino dividido. El anciano, quien responde con enojo y escaso juicio a las palabras de Saburo, destierra a su hijo menor, dando inicio de este modo a la desgracia que vivirá el otrora aterrador señor de los Ichimonji hasta sus últimos días, siendo arrinconado y expulsado de sus dominios por Taro y Jiro, conduciéndole a la locura tras la toma a sangre, pólvora y acero del tercer castillo (esta escena, para mí, es un desacierto por cómo está montada, al dejar que la batalla se desarrolle sin otra banda sonora que la música instrumental, hasta la muerte de Taro de un disparo de arcabuz por la espalda y a traición, momento en el que los altavoces se congestionarán con los gritos de la guerra).

Hidetora, junto a su no tan fiel bufón, el único que es capaz de susurrarle las verdades más crueles, ruines y humillantes, vagabundeará con su locura por entre las ruinas de los castillos de sus antiguos enemigos, mientras la viuda de Taro, por medio de sus malas artes, maquina el desastre tras las puertas tori de las habitaciones de Jiro.

La venganza y el despertar de los remordimientos en un anciano compondrán la trama central, incluso más allá del corte de cirujano en el seno de una familia que se deshace por la codicia y el propio deseo de sus miembros. El karma actúa como viene prescrito en las antiguas enseñanzas de Buda: todo está predestinado en el pesaroso deambular de los hombres por este reguero de lágrimas y sangre derramadas que ellos mismos alimentan; algo frente a lo que los dioses no pueden hacer nada, en la idea de que las desgracias que padecemos no se deben al abandono de esos seres sobrenaturales o a sus deleznables diversiones: el ser humano es vil por naturaleza.

La desproporcionada longitud del metraje hace desmerecer a «Ran» pues Hidetora, loco y acompañado de un bufón, un espejismo patético de Don Quijote y Sancho Panza, es dejado a su suerte durante demasiados minutos en los que se nos da muestra sobrada de su caída en desgracia. Pero no cabe la menor duda que «Ran» es una gran película, así como una excelente adaptación de «El rey Lear»; se aprecia al bardo inglés mejor que en «Trono de sangre», con un mayor lirismo en los diálogos que retratan a los hombres y sus debilidades ante la vida, la guerra y la enfermedad, así como la vejez; en la tintura del veneno que crece dentro de la familia que solo se dirige en paz por medio de las mentiras, en la que el amor verdadero es repudiado por la ceguera de un orgullo infausto.

Lectura de 4 de Septiembre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Lloviendo
  • Termómetro: 23º
  • Higrómetro: 38,5%

lunes, septiembre 03, 2018