miércoles, noviembre 14, 2018

Brevísima reseña al monitor Puigcerdá

Monitor Puigcerdá
El monitor Puigcerdá fue el único de su clase en la Armada española; un curioso tipo de buque que fue común en las Marinas de guerra occidentales y que presentaba una nueva forma de combatir que no terminó de convencer a nadie

No vamos a hablar de un desconocido modelo de pantalla de ordenador ni de un supuesto caso de libro de texto que explique a la perfección el consabido procedimiento de reclamación de cantidad, sino de un buque de guerra único que formó parte de la Lista Oficial de la Armada española durante el último tercio del s. XIX.

El monitor en sí es un concepto muy particular, con unas características que lo hicieron único en su especie. En resumidas cuentas, y para que nos entendamos, asemeja ser una potente cañonera, cuya particularidad principal es la ausencia casi total de obra muerta que le confería un aspecto diferenciado y lo convertía en un blanco harto difícil, pues lo poco que asomaba por encima de la línea de flotación estaba perfectamente blindado (en el caso del Puigcerdá, el tan solo asomaba 60 cm.). Otra particularidad era la disposición de su artillería, en una torreta circular con un radio de giro de 360º en muchos de los casos.

Corte transversal del USS Monitor (K. Erlinger)

La primera vez que el mundo presenció un monitor fue durante la batalla de Hampton Roads, el 9 de marzo de 1862, durante el transcurso de la guerra de Secesión norteamericana, entre el USS Monitor y el CSS Virginia, debiéndose el diseño al ingeniero John Ericsson. Aunque el combate terminó en tablas (extremo que no comparte el historiador Francis DuCoin, quien considera vencedor al Virginia pues alcanzó el puente protegido del Monitor, obligándole a retirarse), el monitor mostró su superioridad gracias al giro de su torreta: los artilleros ya no tenían que depender de la posición del navío con respecto a su enemigo (desventaja que se observaba en el Virginia y los demás buques de su tiempo).

Monitor oceánico USS Monadnock
La propia configuración de los monitores los hizo inadecuados, a priori, para un servicio más allá de las aguas ribereñas y vías fluviales. Mismas limitaciones se observaban en aquellos buques que seguían las líneas del confederado Virginia. Sin embargo, pronto se contó con ejemplos de monitores oceánicos como el Monadnock de doble torreta, buque insignia de la escuadra del comodoro John Rodgers, de la US Navy, que navegó de gira por Centro y Sudamérica, con San Francisco como puerto de destino, y que estuvo fondeada en Valparaíso los días previos al bombardeo de la plaza por parte del brigadier Casto Méndez Núñez, desde su fragata acorazada Numancia (2 de mayo de 1866).

Rodgers y Méndez Núñez, aunque oficiales de alta graduación, mantuvieron una tirante y sarcástica relación desde que se toparon en aguas chilenas. Si el americano parece que se burló del español por el sobresalto que le produjo un cañonazo de ordenanza a destiempo, éste, en una cena posterior, le hizo comer sobre barriles de pólvora abiertos para que viera que “no tenía susto”. Igualmente, cuando el brigadier español urgió a los navíos extranjeros a abandonar la rada con antelación al bombardeo, el gallego, muy seco él, conminó a Rodgers a que se fuera “a la mar”.

Lo curioso del asunto es que Rodgers, en sus cartas e informes a raíz del incidente, vendería a los suyos que él, con su Monadnock, habría sido capaz de hundir toda la flota de Méndez Núñez en cuestión de quince minutos. ¿Arrogancia alimentada por un espíritu ofendido por el brigadier español o datos objetivos comparando fuerzas y defensas? Poco importa ya. Lo único cierto es que, junto con sus quimeras matemáticas, no puso freno a una mala publicidad contra España, que se acentuaría con el asunto cubano.

En nuestro territorio, tras un largo periodo de admiración hacia lo que la ingeniería naval era capaz de dar a luz, se vio la necesidad de dotar a la Armada de un monitor. Como sucedería en la mayoría de la ocasiones, se encargaría a un astillero extranjero su construcción (aunque esto no formara parte de las políticas de reforma industrial nacional, no se podía negar que los buques de fabricación francesa e inglesa con los que se contaba eran, por término medio, inmejorables, y a la propia Numancia nos podemos remitir), siendo la Societé Nouvelle des Forges & Chantiers de la Mediterranée, en La Seyne, Tolón, la que se encargó del Puigcerdá por un contrato de 850.000 francos de oro, un discreto y bello buque, que fue el único de esta clase que se inscribió en la Armada española.

Ilustración de Rafael Monleón y Torres
Botado en 1874, tenía un desplazamiento de 533 toneladas a plena carga y contaba con unas dimensiones de 41 metros de eslora (hay quien lo rebaja a 39), 9 de manga, 2 de calado y 2,5 de puntal. Se movía gracias a dos hélices accionadas por sendas máquinas alternativas del sistema Wolf, que generaban 360 IHP (otras fuentes nos refieren dos máquinas con una fuerza total de 80 caballos), pudiendo alcanzar, en condiciones óptimas, una velocidad punta de 8 nudos, con un consumo diario de 6 toneladas de carbón.

Su armamento se reducía a un cañón rayado de 160 mm. y dos de 120, de bronce, los tres del tipo González Hontoria.

Las torretas, de 6 metros de diámetro y 1,85 de alto, se movían por tracción humana, aunque siendo solo necesaria la fuerza de dos hombres.  Su blindaje era de entre 80 y 100 mm.

El blindaje contaba con una serie de planchas “manuales”, que permitían ser movidas por la tripulación en cubierta para protegerse de la fusilería enemiga. El cinturón acorazado era de hierro de 100 mm protegía casco y línea de flotación.

Su dotación total era de 60 hombres, entre clases y oficialía, siendo su comandante nombrado a finales de 1874: el teniente de navío de primera clase José Jiménez (otras fuentes indican que fue el de mismo empleo Federico Estrán Justo).

Su viaje inaugural, convoyado por la goleta Sirena, le hizo barajar la costa peninsular, siendo el primer puerto donde recalaría Valencia, para luego ser visto en Cartagena, Cádiz, Oporto… Curiosamente, nada más llegar a Ferrol se reporta la necesidad de acometer reparaciones, podría entenderse que se debían a la necesidad de proceder a un urgente artillado de sus piezas principales, pero es que se comprobó que la vida a bordo era poco menos que un infierno por su escasa ventilación, por no decir que tenía una navegabilidad muy limitada.

Aunque con base en Ferrol, fue destinado durante seis meses a la ría del Nervión (Bilbao), para proteger a la plaza del empuje carlista. Durante la guerra hispanoamericana de 1898, el monitor Puigcerdá fue enviado a la ría de Vigo para protegerla de los anunciados ataques de la US Navy, los cuales se esperaban como pesadilla, sobre todo tras el 3 de julio, en especial en las costas andaluzas; y todo ello a pesar de los rumores que aseguraban que iba a ser dado de baja ya en 1897.

En el momento de su alta fue parte de la Escuadra del Cantábrico, junto a la fragata blindada Vitoria, el aviso blindado Fernando el Católico, las cañoneras blindadas Tajo, Arlanza, Turia y Segura, las corbetas de hélice Consuelo y Sirena, las goletas de hélice África, Concordia, Prosperidad y Buenaventura, los vapores de ruedas Colón, Nieves, Ferrolano y Gaditano, dos remolcadores y las lanchas cañoneras Rull y Godínez.

Sitio de Bilbao
Tras el Desastre del ’98, sobraban barcos y las arcas daban ganas de llorar; esto, junto con los últimos avances tecnológicos, hizo que el Puigcerdá, como muchos otros extraños inventos de mediados de siglo, quedara obsoleto y formando parte de un lote de subasta para su desguace y reutilización (fue dado de baja mediante RO de 20 de junio de 1899). Su nombre destacaba en la lista de objetos de los que se iba a desprender el Arsenal de Ferrol, siendo que fue adquirido por los industriales locales Luis Rey Castro y Guillermo V. Martin por la nada desdeñable cifra de 30.000 pesetas, quienes se dedicaban al negocio de las carenas y compraventa de navíos. Junto al banquero lucense Ramón Solar, pusieron fondos suficientes para que el Puigcerdá fuera puesto en el dique de la Cabana y remozado para hacerlo más atractivo a los capitalistas nacionales, pero no lograron que ningún nombre español se interesara por el Puigcerdá, a pesar de que demostró su capacidad como navío de carga, suministrando 20.000 toneladas de material para los Altos Hornos vizcaínos.

Tras muchos esfuerzos, sí se encontró cierto interés en Reino Unido, por parte de la compañía Holt Limited, de Liverpool, quien adquirió el Puigcerdá, renombrado como Anita, por 2.500 libras esterlinas. En Cabana fue objeto de varias reformas para adaptarlo a la navegación por el río Níger, siendo entregado en Ferrol a mediados de 1905, de donde zarparía a finales de julio hacia su destino africano.

Composición de las fotografías contenidas en el número de 20 de agosto de 1905 de la publicación Vida Marítima

Lectura de 14 de Noviembre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756,5 (Variable). Despejado
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martes, noviembre 13, 2018

Guardia de cómic: reseña a «Como viaja el agua», de Juan Díaz Canales

ASTIBERRI. Bilbao
2016. Primera edición
ISBN: 978-84-13251-53-7
104 páginas
Con un trazo que recuerda mucho al que era común en los años 1980, Canales crea un cómic descarnado,  con personajes cercanos y reales, pero que entonan un mensaje un tanto nihilista, pesimista y desesperanzador 

Obra negra y costumbrista que firma Juan Díaz Canales, tanto al guión como al dibujo, que nos transporta a un Madrid apático en el que un grupo de viejetes se dedican al menudeo de objetos robados. Aunque se retrata a una serie de hombres, pronto destaca Niceto, un anciano un tanto incontrolable, cuyo hijo y nieto, forense y técnico del SAMUR respectivamente, presencian el cambio que éste sufre a medida que van hallándose los cuerpos sin vida de sus amigos de tute.

La historia resulta cuanto menos intrigante, mientras Canales nos lleva por rincones claramente identificables de la ciudad y nos desvela la vida de los personajes, así como se menta ese secreto que parece condenar a una muerte violenta a todos los compañeros de Niceto; ¿será él el siguiente?

Con un trazo que recuerda mucho al que era común en los años 1980, al menos en apariencia a primera vista, éste sirve a la perfección para el cometido que se impuso el propio Canales a la hora de crear algo descarnado, pero con personajes cercanos y reales, con un mensaje un tanto nihilista, pesimista y desesperanzador que no se entiende del todo, y no me explayo aquí por no llenar este artículo de spoilers, pero que anda por eso del sentido de la vida o la existencia del ser humano, de su futilidad, aunque no queda nada claro la relación de ese secreto con la necesidad de tanto crimen. Esa es la  pega: podría haber ido por otros derroteros, por otros en los que Canales diera un mensaje más meridiano. 

A pesar de contar con más de cien páginas, «Como viaja el agua» se queda corto, abandonándose a la propia percepción y perspicacia del lector que, sí, se asombrará al conocer la identidad del asesino, se estremecerá ante las conversaciones de los ancianos difuntos y su onírica representación. Se lee a una velocidad de crucero, desprendiendo sus tapas un extraño y espeso líquido que impregnará nuestra piel y cerebro.

Como demuestra Canales, es muy capaz de crear una tensión excelente.

Lectura de 13 de Noviembre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 757(Variable). Despejado
  • Termómetro: 12º
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jueves, noviembre 08, 2018

«I'd Love You To Want Me», Lobo



When I saw you standing there
I bout fell out my chair
And when you moved your mouth to speak
I felt the blood go to my feet.

Now it took time for me to know
what you tried so not to show
Now something in my soul just cries
I see the want in your blue eyes.

Baby, I'd love you to want me
The way that I want you
The way that it should be
Baby, you'd love me to want you
The way that I want to
If you'd only let it be.

You told yourself years ago
You'd never let your feeling show
The obligation that you made
For the title that they gave.

Lectura de 8 de Noviembre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 749,5 (Viento-Lluvia). Lloviendo
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martes, noviembre 06, 2018

Guardia de televisión: reseña a «Deutschland 83»

Título original: «Deutschland 83». 2015. Drama histórico. Alemania. Creadores: Anna LeVine y Jörg Winger. Dirección: varios. Guión: varios. Elenco: Jonay Nay, Maria Schrader, Ulrich Noethen, Sylvester Groth, Sonja Gerhardt, Ludwig Trepte, Alexander Beyer,  Lisa Tomaschewsky, Carina Wiese

Cumple a la perfección como material de entretenimiento adulto, sin fuegos fatuos, sin exageraciones, pero también sin medias tintas. Un drama perfecto sobre una etapa histórica que todos vivimos de forma inconsciente

Durante el año 1983 la Guerra Fría se puso bien caldeada. Fueron unos meses de silenciosa incertidumbre en los que la población tuvo plena conciencia del peligro en ciernes y el convencimiento de un inminente holocausto termonuclear. El desastre estaba a la vuelta de la esquina; solo hacía falta una gota más para que colmara el vaso. La tensión entre bloques se igualó o incluso superó a la mítica Crisis de los Misiles de Cuba y, claro, con semejante panorama histórico, sumado a la enfermiza y vigente glorificación de la década de 1980 entre los que rondamos la cuarentena, año arriba año abajo, no había excusa que valiera para no producir una serie de televisión de espías y de una carrera a la desesperada por detener la cuenta atrás, aunque fuera con un regusto alemán al 100%.

Martin Rauch es un joven de Berlín oriental que sirve como soldado en la frontera y que es prácticamente secuestrado por los Servicios de Inteligencia de la RDA para infiltrarse en la cúpula de la OTAN en la vecina República Federal. Su nombre en clave será Kolibri y adoptará la identidad del teniente Moritz Stamm, debidamente retirado de circulación para mayor comodidad del forzado usurpador. Stamm será el nuevo ayudante de campo del general Wolfgang Edel, una de las primeras cabezas de la Defensa de Alemania occidental.

Desde el primer instante se juega con la voluntad de Martin, siendo su propia tía Lenora quien ejerza de gato con él por medio de su madre, necesitada de un urgente trasplante de riñón, y garantizándose así su lealtad. Como Moritz Stamm, Kolibri comenzará a trabajar tras un curso intensivo de espionaje impartido por Tobias Tischbier, agente infiltrado del HVA como profesor de Derecho en la Facultad de Derecho de Bonn y líder de uno de los movimientos pacifistas y anti-OTAN, pero durante sus evoluciones, Kolibri actuará con escrúpulo, nunca como un ente carente de sentimiento, necesidades a cubrir y capacidad de raciocinio por encima de lo que aseveren los mandos superiores. Se hace amigo de Alexander Edel, hijo del general al que asiste y a quien salvará de más de un apuro; se enamorará de Linda Seiler, la secretaria de un alto funcionario de la OTAN, a pesar de conservar idénticos sentimientos hacia Annet Schneider, su novia de siempre, la cual le espera en Berlín oriental con un hijo creciendo en su interior; llegará al odio homicida contra un terrorista que comete un atentado en Berlín occidental y que podría ser el infame Carlos, etc. Kolibri no es un espía frío como nos ha acostumbrado la pantalla; es un muchacho de veinticinco años, leal y buena persona, por encima de cualquier ideología, que busca vivir aún enfrentándose a sus amos, sordos a sus gritos desde el otro lado del Muro.

La serie es brillante, de ocho capítulos de una duración aceptable (44 minutos aprox.) y una cuidada ambientación al menos en cuanto a mobiliario, vestuario y vehículos, más una selección de piezas musicales del año de gracia. Cumple a la perfección como material de entretenimiento adulto, sin fuegos fatuos, sin exageraciones, pero también sin medias tintas, aunque no cueste gran esfuerzo adelantarse a los guionistas en el devenir de las desventuras del joven Martin

Lo que sí es criticable es la nula repercusión que tienen la muerte violenta de varios personajes relevantes en el propio transcurso de la misión de Kolibri y que no parecen salpicarle ni el bajo de los pantalones. Puede que la mentira sobre la “verdadera” identidad de Linda Seiler permitiera pasar por encima de muchas cuestiones, pero, ¿en serio que el suicidio del analista Mayer y la muerte a tiros por la policía del oficial Kramer, único apoyo de Kolibri, no tuercen la historia si quiera unos grados? Es como si el agujero de la bala fuera uno negro que lo absorbiera todo, incluso la existencia previa de esos nombres. No resulta una sorpresa el que Alex Edel sea homosexual, pero llega a la comicidad el que sea capaz de perpetrar uno de los secuestros más patéticos jamás filmados o el que entre por la puerta principal de la misión diplomática de la RDA en Bonn para ofrecer sus servicios como espía y, de vuelta y media, se calce el uniforme como si tal cosa.

Como suele suceder en obras de este tipo, los personajes encarnados por actores más veteranos son los de mayor peso. En mi opinión el mejor es el tiránico y rígido general Edel, cuya némesis aquí sería el teniente coronel Walter Schweppenstette, cuyas motivaciones acerca del ejercicio Able Archer-Rjan son tan oscuras que llega a ser siniestro.

Mientras Kolibri anda libando de flor en flor se desarrolla a su alrededor el drama familiar de los Edel, una familia en plena desintegración desde mucho antes de que Moritz Stamm entrara en sus vidas, pues Martin no puede ser testigo de lo que sucede en su propia casa, en Berlín oriental, con su enferma madre, Ingrid, su suspicaz novia embarazada y la extraña relación de ambas con Thomas, un amigo común.

El cierre de la serie da cierto aviso de que a los productores les rondaba la idea de hacer una segunda temporada; en el aspecto personal hay ciertas cuestiones a resolver, aunque resultaría harto difícil volver a plantar a Martin Rauch en Occidente y seguir con la línea argumental… Pero ya veremos en qué queda su secuela, que gira con el título de «Deutschland 86», previéndose hasta una «Deutschland 89», con caída del Muro incluida. A saber qué sale de todo esto.

Lectura de 6 de Octubre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 745 (Viento-lluvia). Encapotado
  • Termómetro: 13º
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miércoles, octubre 31, 2018

Relación de publicaciones de Octubre de 2018

Libros 
—Edición en papel de «Balas y viñetas. Hugo Pratt y la segunda guerra mundial» http://amzn.eu/d/2kfy74e
—Edición en papel de «Kamikaze. Protectores del Reino Central de los Llanos de Juncos» https://www.amazon.es/dp/1726757234

Como muchos de mis libros autoeditados se publicaron en un instante en el que la plataforma KDP no ofrecía formato papel y no me enteraba de cómo iba Createspace, he tomado la decisión de ofertar en este tradicional formato alguno de los mismos, empezando por esta magna obra que analiza la experiencia vital y obra de Hugo Pratt, el genial dibujante italiano, creador de Corto Maltés, con el mayor conflicto bélico conocido por la Humanidad, y siguiendo con los Kamikaze.

Ya os iré informando de próximos lanzamientos.

Colaboraciones con HRM
—Artículo «La Unidad 731 del Ejército Imperial japonés» http://www.hrmediciones.com/index.php/blog-rei/87-contemporanea/244-la-unidad-731-j-yuste

Reflexiones a la luz de la bitácora
—«Una despenalización que puede salir cara». Mi opinión sobre las intenciones de despenalizar los delitos de ofensas a la Corona https://goo.gl/DE9HBA

Reseñas
—Reseña a «Ardor guerrero», de Antonio Muñoz Molina https://goo.gl/MNW3Tx
—Reseña a la primera temporada de «The Young Pope», de Paolo Sorrentino https://goo.gl/Ds9ahd
—Reseña a la adaptación al cómic de la novela de Rosa Montero titulada «Lágrimas en la lluvia» https://goo.gl/TzNqkV
—Reseña a la película «El editor de libros» https://goo.gl/RTib66
—Reseña a la novela negra japonesa «La devoción del sospechoso X», de Keigo Higashino https://goo.gl/GCKTvK

Sabiduría de viejo lobo de mar (37)

Luna que se pone o recién salida
a vigilancia convida.

Lectura de 31 de Octubre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 743 (Viento-lluvia). Encapotado
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martes, octubre 30, 2018

Guardia de literatura: reseña a «La devoción del sospechoso X», de Keigo Higashino

Título original: «Yôgisha X no Kenshin»
EDICIONES B SA
Barcelona, 2011
Traducción de Francisco Barberán
ISBN: 978-84-666-4736-6
325 páginas
Keigo Higashino nos invita a disfrutar una historia preparada sin artificios narrativos, algo descarnada, casi un guión, con un fondo básico en el que sus personajes interactúan en un marco de fuertes sentimientos

Sayoko Hanaoka es lo que se acostumbra a denominar una mujer “superviviente”. Su relativa belleza, por encima de la media estandarizada, y un entorno en el que siempre ha encontrado gente que la estima no le han proveído una vida fácil y feliz. La causa de sus amarguras es Shinji Togashi, su exmarido, con quien convivió en una errática espiral de malos tratos y alcohol de la que ella no era capaz de apearse, si quiera años después de haberse divorciado, acongojada ante las esporádicas reapariciones de Togashi en busca de dinero. Para sobrevivir, aún cuando estaba casada, Sayoko trabajó como camarera en clubes de alterne y, al momento de los hechos principales narrados en la novela, lo hace como dependienta de un establecimiento de preparación y venta de bentō.

Que Togashi la haya encontrado tras varias mudanzas es lo que lleva a Sayoko a una situación límite, pero ante la que se queda paralizada. Togashi, como siempre, acude con la pretensión de ablandar el corazón de su exmujer para que vuelvan a estar juntos, pero la adolescente Misato Hanaoka no está dispuesta a pasar por el maltrago una vez más y reacciona violentamente contra su padrastro. Todo ello conduce a que madre e hija asesinen a Togashi. Es entonces cuando entra en escena, aunque sea el primer personaje al que Keigo Higashino nos introduzca, Ishigami, el apocado vecino de las Hanaoka, un profesor de matemáticas en el instituto cercano, quien está perdidamente enamorado de Sayoko. Ishigami se ofrecerá gustoso a ayudar a las dos mujeres a encubrir su asesinato y a tejer una red de mentiras para despistar a la Policía.

Desde el comienzo sabemos la identidad de las asesinas, de los cómplices, pero Keigo Higashino da paso a la investigación policial, enredándonos en ella junto con el detective Kusanagi, quien, como en ocasiones anteriores, se ve forzado a echar mano de un viejo amigo que trabaja como físico en la Universidad de Teito y que es conocido por el sobrenombre de “profesor Galileo” (que da título a la serie de novelas negras), aunque en el texto siempre sea referido por el narrador y los personajes por su nombre real: Manabu Yukawa.

Yukawa se siente fuertemente atraído por el caso al llegar a su conocimiento la identidad de uno de los implicados, de Ishigami, a quien conoció durante su época de estudiante, un excelente hombre de Ciencias, con una inteligencia extraordinaria. Colaborar con Kusanagi permitirá a Yukawa retomar la amistad que quedó silente y en el frigorífico durante dos décadas.

El punto de partida es muy a lo Colombo; aunque es probable opinar que no tiene sentido hacer que el lector se entretenga con una investigación policial, línea en la que se lo pasará en grande con las divertidas conversaciones/discusiones entre Yukawa y Kusanagi. ¿A qué vienen, entonces, tantas vueltas que no conducen a nada? Pues porque Kusanagi y los suyos no son capaces de determinar correctamente el orden cronológico del crimen ni de derribar las coartadas de las Hanaoka, las principales sospechosas. Ciertos detalles de la escena donde fue hallado el cadáver de Togashi no tienen explicación; las historias que convergen en las declaraciones no son contradictorias, pero no son sólidas… Existe una sombra de sospecha con la que el autor juega hábilmente con el lector, confundiéndolo con las siguientes preguntas: ¿por qué Ishigami ayuda a las Hanaoka a deshacerse de un cadáver que, curiosamente, desfigura pero es rápidamente identificado y hallado a las pocas horas del asesinato? ¿Por qué ese rosario de simples pistas falsas y no tan falsas que la Policía no logra descifrar? Ishigami reta al detective Kusanagi y al lector: ¿en serio sabemos qué sucedió entre la hora del asesinato de Togashi y el descubrimiento de su cadáver? Cuando la cuerda policial se tensa, nos desestabilizará que Ishigami se entregue; quizá no tanto sabiendo cuánto ama a Sayoko, un sentimiento muy fuerte y para nada correspondido. Pero Keigo Higashino nos cocina una sorpresa final a la que es imposible adelantarse, razón por la que esta historia gana enteros tras una lectura cómoda y relajada, un descanso entre otras más exigentes, y es ahí cuando te atropella con las defensas bajadas.

Como en todas las novelas negras de cierto calado en público y crítica, el aspecto psicológico y sociológico es capital, además de servir de entretenimiento, exigiendo al lector una colaboración estrecha, pues las descripciones físicas de lugares y personajes son prácticamente inexistentes, solo habido cabida, a pinceladas nerviosas e impresionistas, a aquello mismo que anida en nuestra alma.

Lectura de 30 de Octubre de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 741 (Viento-lluvia). Lloviendo
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 45,5%

jueves, octubre 25, 2018

Una despenalización que puede salir cara

El refranero se expresa del orden de que cualquier tiempo pasado fue mejor porque se sabe cómo acabó. ¡Y vaya si es cierto! A lo que he de sumar que quién me llama a mí a meterme en camisa de once varas, cuando siempre he tratado de mantener inmaculado este blog de toda salpicadura política… Pero creo que he de reaccionar, aunque sea diciendo y fundamentando lo que pienso.

Hoy, ayer y mañana, tras varias polémicas extenuantes, de esas con las que te partes por la mitad de la risa o te dan ganas de exiliarte a una ermita, nuestro actual presidente del Gobierno, el señor Pedro Sánchez, encabeza, como semental lustroso que es, su carrera por mantenerse en el escaño azul y pagando (eso dicen, yo no digo nada), otra letra de su pisito en Moncloa. Es casi como estar visionando, a la hora del telediario, aquellas películas de Alfredo Landa y Paco Martínez Soria en las que se retrataban españolitos ansiosos por endeudarse y comprarse así una lavadora o un Seat 600, y en las que, incluso, se hablaba de la prima de riesgo («Se armó el Belén» (1970), por si alguien duda de ello).

La última ocurrencia es la de apoyar (cuando antes no (13 de marzo de 2018)), con los votos de su bancada, el primer trámite parlamentario de la iniciativa del partido Unidos Podemos para reformar el Código penal y despenalizar delitos de ofensas al sentimiento religioso e injurias a la Corona, así como contra el enaltecimiento del terrorismo, todo sea en aras de “una protección sacralizada de la libertad de expresión”.

Centrándonos en el aspecto de injurias a la Corona, pues  no me da para más, esta votación participada por el PSOE es el último de una serie de actos con los que el señor Sánchez se ha andado con finas y “divinas” sutilezas: proceder al derrocamiento del sistema monárquico parlamentario español. Suena fuerte, lo sé, incluso facha, pero es que uno tiene ojos para ciertas cosas: los primeros pasos han sido confundidos con simples errores protocolarios, silencio ante los ataques antimonárquicos, etc. (iniciados ya en 2014), pero que han conducido a un ensombrecimiento y empobrecimiento de la figura pública de SM Felipe VI, llegando a usurpar, a hurtadillas, su posición a nivel nacional e internacional, viéndose el señor Sánchez como futurible presidente de la República.

Se pretende ahora la modificación de los artículos 490.3 y 491 de la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código penal, pero, antes, recordaros que es la injuria (art. 208 CP): conforme estableció el Legislador en su día, es la acción o expresión públicas que lesionan la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentado contra su propia estima, siendo que se castiga con pena de multa de 6 a 14 meses para las graves, y de 3 a 7 meses para las leves, si estamos hablando de simples ciudadanos de a pie.

Con los llamados “Delitos contra la Corona”, se persigue, entre otros, a aquellos que calumnien o injurien al monarca y/o su consorte, sus ascendientes y/o descendientes, así como al regente, en caso de existir éste. Si la calumnia o injuria se debe por motivo del ejercicio de las funciones de estas figuras institucionales, la pena será de 6 meses a 2 años de prisión en caso grave, y de multa de 6 a 12 meses si es leve (art. 490). Otros supuestos injuriosos, pero fuera de las situaciones expuestas (art. 491), son castigados con una pena de multa de 4 a 20 meses; cerrándose el precepto con el uso de la imagen de las figuras que forman la Corona, dañando su prestigio institucional, que resulta penado con una multa de 6 a 24 meses.

Como se puede apreciar, existe cierta diferencia, pues, en toda cabeza cabe, no es lo mismo una injuria al panadero de tu barrio que al jefe del Estado.

La Carta Magna, en su art. 12.2, define nuestro sistema como de monarquía parlamentaria. En su día (cosa que yo comparto), la elección para España de un sistema monárquico parlamentario hereditario fue la mejor decisión: se permite situar en la jefatura del Estado a una persona ajena a las tensiones políticas, ideológicas y de intereses, con una función moderadora, pues el propio bien de la nación es el suyo propio.

La diferencia con los anteriores ordenamientos constitucionales en los que teníamos un ocupante en el trono, es que Felipe VI (como su padre en su día) es jefe de Estado, pero no retiene todos o algunos de los poderes, que recaen en su totalidad en los Tres Poderes separados (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), todo ello de acuerdo con el art. 1.2 CE. En consecuencia, el Rey es una autoridad neutral, despojada de poder e impulsada por órganos democráticos; pero que reúne en su testa los conceptos que materializan y personifican a la Nación: España es el Rey y el Rey es España; una sola persona, una sola bandera, un solo escudo, un solo país, con sus nacionalidades y comunidades históricas, como Estado heredero de los distintos reinos hispánicos unificados. El monarca es la más alta representación del Estado, el símbolo de su permanencia y unidad.

En definitiva, el respeto a la figura del Rey se traduce como el respeto al Estado y a la Constitución, a nuestro modelo de convivencia y a la norma germinal de nuestra Democracia; respeto, que no por ello ha de confundirse con aprobación. Sucede exactamente lo mismo que si nuestro sistema fuera republicano y esta reflexión se dedicara al presidente de la República (ex. art. 67 de la Constitución española de 1931).

La Izquierda actual, de variadas y encontradas tonalidades, junto con ciertos grupúsculos recalcitrantes y nacionalistas de la Derecha más rancia (que, vaya, que el PNV vaya  ahora de “progre” tiene cojones), baten las palmas por un proyecto de reforma que incluso asustaría al Legislador de la tan añorada (como desconocida) II República

Si acudimos al Código penal de 27 de octubre de 1932, en el Sección Primera, del capítulo Primero, Título Segundo de su Libro Segundo (sí, en Derecho todo parece un trabalenguas), encontramos los delitos contra el Jefe del Estado; en lo que hoy nos interesa, los arts. 148.1 y 149. En la regulación republicana se impone una pena de prisión mayor en sus grados medio y máximo al reo de injurias a la jefatura de Estado en su presencia (de 9 a 12 años); igualmente de prisión mayor en sus grados medio y mínimo (de 6 a 9 años), en medios escritos o publicidad fuera de su presencia. En otros casos, entre prisión menor (de 6 meses y un día a 6 años) o mayor en grado mínimo (6 años, si es grave) y arresto mayor en grado medio (3 meses, si es leve). 

Si comparamos el texto de 1932 con el cuadro realizado unos párrafos más arriba, referido al de 1978, comprobamos que en aquella pasada época no se andaban con chiquitas con este tema.

Todo esto nos lleva a la conclusión más lógica, pues, aunque suene alarmista para los más remilgados, nunca, en nuestra Historia y desde la muerte de Enrique IV de Castilla, ha sido tan fácil dinamitar los cimientos del poder estatal central por parte de esos mismos que nos quieren llevar a los tiempos de los monarcas/presidentes títeres en manos de los señores feudales que no se pueden ni ver.

Despenalizar la injuria y la ofensa hacia la Corona, en un Estado configurado como monárquico, es igual que legitimar todo ataque contra España como país y ente político unido, lo cual es una oportunidad de oro para que partidos nacionalistas, que pretenden la autodeterminación e independencia, obtengan su éxito final tras décadas y siglos de conflicto y falsa negación de la vinculación histórica y social de los territorios que dicen representar con el resto del país, así como de supuesta superioridad racial y moral.

Esta reforma supone tomar el camino fácil y no el tortuoso de un cambio constitucional normalizado y pacífico. Supone un precedente peligroso no solo para el sistema actual, sino para cualquier otro que en el futuro nos queramos dar, porque “si antes sí, ahora también”; es la semilla para una España ajena a la Democracia, donde puedan imperar las corrientes dictatoriales, del sentido que sean, y un poder violento que se revuelve en las calles para aupar tal o cual opción. Es poco menos que una legitimación irracional o una concienciación de que la sociedad embrutecida va a poder dar un golpe de Estado, virar el rumbo democrático sin pasar por los cauces legales y democráticos en el momento que le venga en gana.

Así están las cosas y así las veo yo.

martes, octubre 23, 2018

Guardia de cine: reseña a «El editor de libros»

Título original: «Genius». Año 2016. Biopic. Color. 1h. y 44 min. Dirección: Michael Grandage. Guión: John Logan, A. Scott Berg. Elenco: Colin Firth, Jude Law, Nicole Kidman, Laura Linney, Guy Pearce, Dominic West

La película, muy sobria, pretende ser un reflejo de la historia real en la que se inspira. La producción no promete nada que no sea capaz de cumplir y resulta interesante para todo aquel que sienta pasión por las Letras

La amistad es una voluble y diáfana esfera en la que se cruzan momentos de diversión, confidencias, enojos, separaciones y redenciones. Y así de llano es como se nos retrata en el filme la unión entre el editor Maxwell Perkins y el autor Thomas Wolfe, desde el instante en el que se conocen, en 1929, hasta el momento de la muerte del último, aquejado por una grave enfermedad del cerebro; del trabajo y relación personal de dos de las figuras más importantes de la Literatura norteamericana de la primera mitad del s. XX; una mirada íntima, pero no de voyeur, que espía por el ojo de la cerradura una forma de ver los libros que, por desgracia, ha pasado a mejor vida si analizamos la situación actual del mercado y de los propios sellos editoriales, más preocupados por llenar agujeros que por  crear algo con mayúsculas.

Por un lado conoceremos a Max, un hombre de mediana edad, casado con una mujer que trata de ser actriz y con la que ha tenido una ingente cantidad de hijas, lo cual, en teoría, debería frustrarle, aunque no se aprecia en prácticamente ninguna escena en el film. Max es editor en Scribner’s, el sello que fichó en su día a Scott Fitzgerald y a Ernest Hemingway, y sobre cuya mesa, por influencias, cae un vasto manuscrito firmado por un escritor un tanto temperamental al trato y al folio, llamado Thomas Wolfe. En el pequeño despacho y en las calles de Nueva York, se gestará una amistad impulsada por el amor a las Letras y una lucha por trasladar las ideas del autor a un libro mínimamente practicable para la imprenta, lo cual no va a ser nada fácil con alguien que era capaz de escribir cinco mil palabras al día referidas a un hecho que igual no duraba en la vida real más allá de cinco segundos; una amistad que pondrá en peligro las relaciones de ambos con otras personas allegadas.

La película, muy sobria, pretende ser un reflejo de la historia real en la que se inspira. Para ello Colin Firth no ha tenido que esforzarse mucho, pues el papel lo ha repetido en infinidad de ocasiones en otras tantas producciones de diverso género y ambientación; tanto que debería incluso aburrirle. Por su parte, Jude Law se pasa de sobreactuado en más de una escena; sé que los genios suelen estar perturbados, pero parecía más un yonki con el mono que un ser con diarrea verbal y escrita, con un fuego interior. Considero que una interpretación más sosegada habría conseguido que el personaje fuera menos insufrible, incluso durante sus arrebatos de egocentrismo.

Respecto a las personas que pululan tras los protagonistas, debería hacer mención a Nicole Kidman, aunque mi opinión no está muy lejos de la que me merece el propio Law: sobreinterpreta un montón, aunque es capaz de crear un personaje bastante desequilibrado en el sentido positivo.

Y os preguntaréis por qué digo esto cuando dichos tres actores han sido nominados en distintos festivales. Sí, nominados, y Kidman incluso salió vencedora en un lance; pero poco más allá. Si os digo la verdad, el único que me ha convencido es Guy Pearce interpretando a Fitzgerald y eso que no le conceden mucho metraje.

La producción no promete nada que no sea capaz de cumplir y resulta interesante para todo aquel que sienta pasión por las Letras, por el mundo de la publicación en aquella época dorada que tantos títulos imprescindibles consagró. Pero poco más.

Lectura de 23 de Octubre de 2018 a las 1200 horas



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