jueves, enero 19, 2017

«One Vision», Queen



One man, one goal,
One mission.
One heart, one soul,
Just one solution.
One flash of light, yeah,
One god, one vision.

One flesh, one bone,
One true religion.
One voice, one hope,
One real decision.
Wowowowo, gimme one vision, yeah.

No wrong, no right.
I'm gonna tell you there's no black and no white.
No blood, no stain.
All we need is one worldwide vision.

One flesh, one bone,
One true religion.
One voice, one hope,
One real decision.
Wowowowowo, oh, yeah, oh, yeah, oh, yeah!

I had a dream when I was young,
A dream of sweet illusion,
A glimpse of hope and unity,
And visions of one sweet union.

But a cold wind blows,
And a dark rain falls,
And in my heart it shows.
Look what they've done to my dream, yeah.

One vision!

So give me your hands,
Give me your hearts.
I'm ready.
There's only one direction.
One world, one nation,
Yeah, one vision.

No hate, no fight,
Just excitation,
All through the night,
It's a celebration, wowowowo, yeah.

One [echo]

(One vision)

One flesh, one bone,
One true religion.
One voice, one hope,
One real decision.

Gimme one night, yeah.
Gimme one hope, hey.
Just gimme, ah.
One man, one man,
One bar, one night,
One day, hey, hey.
Just gimme gimme, gimme, gimme
Fried chicken.
Vision [fading]

Lectura de 19 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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19 de Enero de 2017



miércoles, enero 18, 2017

Buffalo Bill contra los españoles

Al perro flaco todo son pulgas. Y en 1898 el Imperio español era un mastín de guerra de costillas marcadas contra una tirante y costrosa piel, llena de calvas y manchas amarillentas de decrepitud. De patas, otrora poderosas y musculadas, temblorosas ante el mordisco de la más leve brisa; devoradas por la artrosis. De ojos velados por la catarata. De boca herida, cubierta de llagas y desdentada. Un animal vapuleado y acosado que recorría las calles a la espera de la última pedrada, mas un pequeño fuego, los últimos remanentes de orgullo, ardía en su seno, entre tripas rugientes por el hambre. Si no hubiera sido el Estadounidense, hubiera sido el Inglés, el Francés o el Alemán, quien acabaría presentándose una oscura noche ante el mastín, cerrándole el paso, aguantando las correas de su joven y despiadada jauría, dispuesto a despedazar al indefenso pero orgulloso despojo.

Cuando hablamos de la guerra de 1898, la que enfrentó a la Unión contra el Reino de España, la conversación siempre acaba virando y aproando hacia los días 1 de Mayo y 3 de Julio, fechas que enmarcan dos significativas derrotas para nuestras armas: Cavite y Santiago de Cuba; ambas en la mar, donde se había dominado de forma indiscutible durante siglos. 

Estratégicamente hablando es lógico que los EEUU apostaran fuerte por dejar fuera de combate a España en la mar. Era un plan militar que suponía un mínimo esfuerzo y un máximo rendimiento. Los yanquis poseían una fuerte flota de guerra únicamente diseñada para la ofensiva más brutal y descarnada, a un solo golpe. Era una jauría con todas las de la Ley que se estrenaría contra la española, igual de moderna pero cuyo espíritu tan solo la relegó a tareas de disuasión y defensa del amplio litoral peninsular y de ultramar. El plan de escuadra aprobado por las Cortes españolas fue desde el primer día duramente criticado, pues los buques principales no eran ni acorazados ni cruceros, sino algo intermedio, un experimento que nos ponía en desventaja con respecto a otras marinas más artilladas y agresivas.

Los EEUU supieron optar por la línea constructiva más correcta para sus intereses. En vez de dotarse de buques de defensa del litoral, apostaron por los de ataque, mostrando a las claras su deseo de unirse a las potencias mundiales en el reparto del mundo. La única forma de apartar a los competidores era con una escuadra rápida y fuertemente artillada. Y como estaban cerca las posesiones españolas en el Caribe, o lo que restaban de ellas, apenas a unas 150 millas de distancia, constituían un buen primer plato. Así se posicionaron a favor de los insurrectos mambíes, primero de forma soterrada y extraoficial, esperando, muchos de la Florida hacia arriba, el momento más idóneo, tanto militar como políticamente hablando, tanto fuera como dentro de los propios EEUU, para dar la dentellada. La paciencia dio frutos en 1898, dejando correr el agua tras diversos encontronazos entre la enseña rojigualda y la de las barras y estrellas con los que se manipuló a la opinión pública.

Con la llegada a Washington de corrientes imperialistas, se supo guardar las suficientes distancias con España pues el fruto maduro de la guerra civil de ultramar, que ya se extendía a lo largo de varios penosos años, estaba a punto de caer del árbol. Para cuando comenzó 1898, España estaba diezmada, desmoralizada y empobrecida. Con el accidente del acorazado USS Maine en La Habana, todos se percataron de que era el llegó el momento de dar el golpe de gracia y aislar al Ejército español, cortando los débiles lazos que le unían con la metrópoli, dejándolos desamparados, sin posibilidad de apoyo, suministros y comunicaciones. Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento.

Las guerras en Ultramar de estos últimos años del s. XIX fueron para España eminentemente terrestres, con una intervención puntual de la Marina, apoyando comunicaciones, hostigamiento, intendencia, etc. Por ello Washington tomó conciencia de hacia donde debía dirigir sus esfuerzos fiscales y de guerra: destruir dos de las tres escuadras españolas, mientras las enfermedades tropicales siguieran cebándose con los soldados enemigos, causando más bajas que las balas y los machetes de los insurgentes. Los largos años de penurias en selvas y campos, sin alimento para el cuerpo y espíritu, rebajados a la condición de muertos en vida, de penosos continentes, hicieron de los españoles pobres contrincantes para cuando las tropas norteamericanas desembarcaran en Cuba, sobre un terreno allanado por los obuses y proyectiles de su providencial Marina, haciendo pulpa hispana de los restos de la caballería e infantería que les saliera al paso*1.

Cartel en el que se hace referencia directa a la guerra de
Independencia cubana. Al pie leemos que el espectáculo cuenta
con varios "genuine cuban insurgents".
Pero esta guerra es mucho más que el primer destello de la superpotencia que es hoy día EEUU. Fue un conflicto en el que la opinión pública norteamericana (como hemos adelantado) fue abiertamente manipulada, fomentándose unas simpatías exacerbadas por la causa mambí y un odio visceral contra todo lo español. “¡Viva Cuba libre!” (aunque a los tagalos que les dieran por el Sur). Y, claro, con el asunto del Maine, la ocasión se pintaba calva para aquellos espabilados que veían con ojos de enamorado la aclamada intervención militar sobre la Gran Antilla. En Cuba había sitio de sobra para aventureros románticos y para aquellos más prácticos, quienes buscaban medrar económica y políticamente. Y de entre esta pléyade de voluntarios no solo tenemos a Theodore Roosevelt, por entonces subsecretario de Marina, sino a los multimillonarios John Jacob Astor o Creighton Webb, cuñado de Vanderbilt, así como al hijo mayor del general Ulysses S. Grant y varios vástagos de congresistas y senadores. Pero quien ha de brillar con luz propia en este artículo, y por algo le da título, es el coronel William Frederick Cody, más conocido como Buffalo Bill, personaje éste que puso más de dos granos de arena para exacerbar los ya de por sí tórridos y torcidos ánimos de sus compatriotas con respecto a los españoles.

La malquerencia de Bill con nuestro país data de 1889, cuando desembarca con su troupe del Buffalo Bill’s Wild West en Barcelona y comienza una desdichada cadena de incidentes a cada cual más estúpido. Por un lado, Cody quería acercarse al monumento erigido a Cristóbal Colón en 1888, con motivo de la Exposición Universal, para rendirle homenaje, pero lo tuvo que dejar para no ofender a sus empleados nativos norteamericanos. Por otro, hubo cierto rifirrafe con los toros de lidia y los toreros españoles, siendo que el mundo del toreo barcelonés se enfrentó a un Buffalo Bill demasiado impertinente. Para terminar, el espectáculo del Wild West no atraía a suficiente público, acarreando pérdidas extraordinarias a Cody, y la localidad fue asolada por un brote de viruela y la gripe que hacía verdaderos estragos, causando la muerte trece miembros de su circo.

Arruinado y malhumorado, Bill abandonó España sin guardarle excesivo cariño.

En 1898, pocos meses antes de prepararse el berenjenal, Buffalo Bill, gracias a la intercesión del publicista John Burke, fichó para su espectáculo a varios veteranos mambíes, gravemente mutilados. Junto a los números estrella del asalto a una diligencia, de tiro de Annie Oakley, del joven vaquero Johnny Baker, de los cosacos (y otros) a caballo y una representación de la batalla de Little Big Horn, estos soldados, que estuvieron al mando del teniente coronel Ernesto Delgado, insurrectos y traidores para los españoles y luchadores de la libertad para los más recalcitrantes defensores de la intervención militar en Cuba, fueron mostrados y paseados como monos de feria, en la apertura de la temporada en el Madison Square Garden de Nueva York, ante las atónita miradas de los acomodados visitantes al circo, uniéndose al coro de “¡Viva Cuba Libre!” A este respecto no puedo hacer otra cosa que afirmar que estos tíos, Buffalo Bill y compañía, los tenían cuadrados o como los del caballo de Santiago. EEUU era un país en el que se aplaudía a rabiar la tesis del general Philip O. Sheridan de que el único indio bueno es el indio muerto; en el que bajo la carpa del espectáculo de Bill los asistentes se desollaban las manos y se quedaban afónicos de tanto aullar homenajeando a Custer; en el que no había remordimiento alguno ante la exterminación sistemática de los pueblos indígenas por ser meros “salvajes”, a golpe de relocalización, alcohol a mansalva, ropa infectada de enfermedades, eliminación de su principal sostén alimenticio por mero deporte y ataques brutales de caballería para los que se aprovechaba el más mínimo incidente, aplastando cráneos de “pieles rojas” con los cascos herrados de las monturas… Y bramaban al cielo denunciando la brutalidad o mano de hierro de los españoles contra los cubanos. Parece poco menos que un chiste de mal gusto.

Y ahí estaba Buffalo Bill, quien había reducido el conflicto del Oeste a un mero divertimento circense.

Aunque parecía una parada de monstruos, a buen seguro el teniente coronel Ernesto Delgado, al igual que el resto que sus correligionarios, se deshacía de la emoción al ver cómo un pez más grande simpatizaba con la causa del chico. Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy día este divertido asunto del “primo de Zumosol” político.

Mientras se avanzaba sin remedio hacia la confrontación entre España y los EEUU*2, el admirado William F. Cody, un viejo héroe entrado en la cincuentena y alcoholizado desde hacía tiempo, se hartó de entrevistarse con los reporteros de la prensa, con una ocurrencia digna de mención en los rotativos siempre prendida, cuando anzuelo, de su boca. No solo se presentó como voluntario para ejercer de explorador, sino que prometía participar del desembarco en Cuba apoyado por 4.000 nativos norteamericanos leales a Washington que provocarían la deshonrosa huida en estampida de los españoles. Para terminar, predijo (y no se equivocó por mucho) que la guerra sería corta gracias a él y a sus soldados, calculando que en sesenta días estaría todo más que finiquitado.

Con Buffalo Bill no había posibilidad de derrota e, incluso, se le llegaba a encuadrar en el estado mayor del general Nelson A. Miles (quien invadiría Puerto Rico tras la capitulación de Santiago de Cuba). Sin embargo, todo esto era de cara a la galería, pues el bueno de Cody, a la hora de la verdad, no estaba tan convencido de cumplir sus bravatas al pie de la letra. La lista de excusas para postergar el gran momento fue, como poco, extensa, poniendo delante de todo la imposibilidad de abandonar el Wild West o cerrar la temporada, lo cual le acarrearía la ruina económica (tenía a 467 empleados en nómina y la interrupción podría suponer una pérdida de 100.000 $ de la época). Al final, su participación real en la guerra hispano-norteamericana se concretó en el envío de dos de sus mejores caballos, Lancer y Knickerbocker, para el general Miles y la rápida sucesión de descalabros militares para España, forzando el armisticio, salvó a Bill del ridículo más ignominioso.

El coronel Roosevelt con algunos de sus hombres en Cuba
Esta anécdota daría fin en este preciso instante, por quedar agotada, si no fuera porque Buffalo Bill, sin pretenderlo, dejó su huella en uno de los regimientos más renombrados de esta corta y buena guerra para el bando yanqui. Con la premura propia que exigen la necesidad y las ganas, que no eran pocas, se desató una especie de fiebre entre los honrados y no tan honrados ciudadanos estadounidenses para alistarse como voluntarios en el Ejército y combatir a los españoles. En respuesta a tanta solicitud bienintencionada, entre otras, el 22 de Abril de 1898 se aprobó una ley para la constitución de tres nuevos regimientos de caballería, de los que solo entraría en combate: el First United States Volunteer Cavalry.

Se acabaron los tiempos felices del filibusterismo. La guerra había sido declarada, era oficial y legal. La gallina de los huevos de oro se había sentado sobre sus posaderas. Y este Primero de Caballería voluntaria fue el que le concedió a Theodore Roosevelt su imagen arquetípica de hombre de acción, comandando en la sombra el regimiento del coronel Leonard Wood, veterano cirujano durante las guerras indias y médico del presidente McKinley, nominal comandante hasta que el futuro presidente fue ascendido.

El Primero de Caballería voluntaria se nutrió de efectivos procedentes de diferentes estados, principalmente del Oeste, formando un ecléctico grupo en el que tenían cabida aburridos y románticos hijos de papá con ganas de tomar las armas, curtidos vaqueros, mestizos, forajidos con nombre falso*3 y la más variopinta selección de rostros e identidades que aderezaría una buena película de John Wayne. Y esto último llamó la atención de no pocos periodistas acerca del regimiento que se ganó los laureles en las Lomas de San Juan, Santiago de Cuba, que costó a las armas estadounidenses más de mil bajas. Los rotativos, inoculando un virus de dudosa virtud a la sociedad pública, adjudicaron a los jinetes de Roosevelt el sobrenombre más popular con el que se les recordaría: Rough Riders, tomando prestado, para ello, parte del título del espectáculo estrenado por William Cody en 1892 “Buffalo Bill’s Wild West and Congress of Rough Riders of the World”.

Decir que a Roosevelt no le hacía la más mínima gracia que todo el mundo se refiriera a los hombres de su regimiento de tal modo en vez de por otros apelativos más belicosos y acertados, como “Teddy’s Terrors”, pues el común de los mortales los terminarían considerando a todos como simples vaqueros (profesión muy mal vista por aquel entonces a pesar de que Hollywood nos haya ofrecido una imagen bien distinta) y de simples monos de circo, como fueron los veteranos del coronel Delgado.

Como dijimos, el Primero se ganó los laureles en la batalla de las Lomas de San Juan pagando un alto precio en vidas humanas, a lo que siguió una epidemia de malaria tras la capitulación de Santiago de Cuba, debiendo ser evacuado de Cuba junto con lo que quedaba del Quinto Cuerpo del general William R. Shafter. Batalla ésta que se popularizó a los Rough Riders en todos los estados y que Buffalo Bill no desechó para sacar unos dólares extra, sustituyendo el número dedicado al general Custer en Little Big Horn por una recreación de la toma de un blocao español fuertemente defendido por parte de Roosevelt y sus jinetes. El espectáculo, que confinaba a la fortificación española a ser una pintura hecha en una tela, no gustó lo suficiente al público y solo se mantuvo en cartel durante un año, regresando por la puerta grande y para gusto de Roosevelt cuando éste es nombrado presidente en 1901, tras el asesinato de McKinley.


Lectura 18 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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18 de Enero de 2017







martes, enero 17, 2017

Guardia de cómic: reseña a «Patrulla X. No más humanos»

Título original: «X-me. No More Humans»
Mike Carey (guión), Salvador Larroca
(dibujo), Justin Ponso (color, junto a Matt
Millar, Jeromy Cox y Guru EFX)
MARVEL
Panini. Barcelona. 2014
ISBN 978-84-9024-6993
124 páginas
En pocas ocasiones veremos que la Patrulla X se una a Magneto y los suyos, todo ello para solventar un problema de tales dimensiones como es la desaparición por completo de la Humanidad

Cuando se alcanza cierta madurez vital, la cual no hemos de confundir de forma ingenua con la mental, cualquier aficionado al mundo del cómic, sobre todo aquel que se considere esporádico visitante del kiosco, acaba poniendo tierra de por medio ante el tangible riesgo de quedar marcado y marginado por la sociedad. Para cebar más su desgracia, se enfrenta a un cruce de caminos en el que se le ofrecen dos posibilidades de amargo regusto: o bien se limita a acudir a los remansos que dispensan las viñetas de historias para adultos, con argumentos más reales y cercanos, contenidos en álbumes europeos, o bien se emboza con el pesado manto del olvido voluntario, no vaya a ser que los demás piensen cosas raras de uno.

Da igual qué camino se tome: siempre nos condicionará el dichoso grupo social que nos ha tocado en suerte. El miedo ancestral al rechazo por parte de los demás integrantes de la tribu, la mera supervivencia de nuestro cerebro animal, nos empuja a desterrar cualquier idea herética y a abrazar con fervor religioso pasatiempos y comportamientos estúpidos; gustos e ideas que comparten la mayoría. Un paroxismo social que comienza en nuestra propia casa y que se desboca cuando cruzamos la puerta y damos la espalda a las angostas paredes que nos rodean.

Cuando se deja atrás la adolescencia y algo más, las machaconas luchas entre simpáticos personajes embutidos en mallas multicolores y que sangran menos que una tapia, comienzan a carecer de interés. Nos arrojamos al abismo de los adultos, con el corazón henchido y una sonrisa bobalicona soldada al rostro; un mundo en el que los superhéroes del cómic USA no tienen cabida pues son meras fantasías licenciosas. Pero, asimismo, son un rayo de luz y esperanza en un mundo gris.

No existen estos tipos y tipas. No nos cruzaremos en la vida con un kriptoniano que aparezca de entre las nubes con su capa roja al viento y salve a la chica que se precipita al vacío, desde lo más alto de la azotea de un rascacielos, o detenga un tren bala cuyos frenos hayan quedado inservibles. El mundo real cuenta con sus héroes (y menos mal que los tenemos), pero que son de carne y hueso, simples y frágiles humanos que no dudan en poner en riesgo su integridad física y psíquica, incluso sus vidas.

Por ello nos olvidamos que, gracias a esa cortina de exuberantes colores ceñidos a marcados músculos y, como no podría ser de otra manera, a turgentes senos femeninos, cientos de guionistas han ido deshojando la sociedad que retratan a golpe de teclado, asomándose a la ventana y echando una analítica ojeada a los comportamientos sociales de sus convecinos.

Durante la etapa dorada de la censura (que muchos ignorantes con babero y larga y enlacada barba creen que solo se daba en la garbancera España del Franquismo), la única forma de criticar la sociedad, la política del gobierno de turno, los prejuicios y cualquier otro mal endémico era a través de personajes que distaban mucho de ser simples humanos. De ahí la explosión de la ciencia-ficción durante las décadas de 1950 y 1960.

La Patrulla X es digna hija de ese periodo histórico y servía para retratar los sentimientos de una minoría oprimida por la discriminación racial alimentada por el miedo de la mayoría: narra una América carcomida por la segregación social y lo hace por medio de un grupo de mutantes para no afectar o alterar a las mentes más sensibles y soliviantables del momento. ¿Qué mejor que un ecléctico y abigarrado grupo de especímenes raros, muchos de ellos consecuencia de la radiación nuclear?

Los mutantes del profesor Charles Xavier y de su íntimo enemigo, Magneto, puede que sean los personajes más conocidos y queridos de la Marvel, con el permiso de Spiderman, el capitán América e Iron Man, y que más han puesto el dedo en la llaga con un problema que siguen siendo capital en nuestra sociedad. Otros personajes y series de cómics trataron del alcoholismo, la drogadicción, etc., los demonios del hombre; pero la Patrulla X se centra en el racismo que coletea en los EEUU por mucho que exista la Carta de Derechos y Libertades, por mucho que su guerra civil, la de Secesión, se centrara, como punta de lanza, en la creencia y defensa de la idea de que todos los seres humanos nacen libres e iguales.

Entre las páginas de la Patrulla X nos encontramos con mutantes que, en el mejor de los casos, parecen algo humanos. A veces se asemejan al fruto de un cruce entre humanos y seres elementales que llevaron al legislador romano a hablar de individuos monstruosos y que afectó incluso a la redacción del art. 30 de nuestro Código civil (hoy referenciado a los órganos que aseguran la superviviencia, no a la simple y literal “forma humana”).

«No más humanos», título que bebe directamente de la historia «No más mutantes», se mantiene firme, siguiendo la estela marcada a comienzos de la década de 1960 por Stan Lee. Es la segunda novela gráfica de esta serie, separada de «Dios ama, el hombre mata» por el transcurrir de más de treinta años; una narración autoconclusiva que será del agrado de aquellos que estén cansados de saltar y dar tumbos entre la Patrulla X, Thor, los Vengadores o los Guardianes de la Galaxia para saber cómo narices termina una historia en concreto, o de buscar rollizos volúmenes recopilatorios.

Como he llegado a reconocerlo, pues los primeros pasajes de este artículo son autobiográficos, llevaba largo tiempo separado de mis queridos mutantes, años, no solo de las grapas, sino también de la pantalla y todo por culpa de ese estéril abrazo a la madurez tribal (al cual siempre me he resistido, pues algo he de decir en mi defensa); y lo primero que me llamó la atención de esta novela gráfica es el hecho de que Lobezno y Mística tengan un hijo en común, un psicópata azul dotado de cierto halo mortífero y divino, que responde al nombre de Asuelo; un personaje que en «No más humanos» no es el más poderoso ni el principal (en palabras del guionista Mike Carey), pero que la prepara bien gorda cuando se hace con una tecnología que vacía de humanos al planeta Tierra (el de nuestra dimensión, claro, aunque no voy a hablar ahora acerca de las teorías multidimensionales de la Marvel y sus viajes espaciotemporales), convirtiendo a nuestra perla azul en un refugio para mutantes de otros planos dimensionales que huyen de la opresión y la violencia racista; y, como es norma, es ahora cuando las dos concepciones clásicas enfrentadas entran de nuevo en liza: la Patrulla X defiende a los mutantes, pero lucha por alcanzar un clima de concordia e integración, de convivencia pacífica, es decir, toman el camino más difícil; la hermandad de mutantes, por su parte, persigue igualmente la protección de otros homo superior, aunque poco o nada le preocupa lo que les suceda a los insulsos y simplones homo sapiens, adoptando una postura radical, fundamentalista y, a ratos, de terrorismo idealizado.

Sin embargo, el que la Tierra se haya quedado vacía es algo que no esperaba mutante alguno, por lo que lo que resta del proyecto de Xavier y los irritados seguidores de Magneto, además de otros que han han encauzado su destino por una senda torcida e intermedia (como es el caso de Cíclope (otra sorpresa más para mí)), no tienen otro remedio que acordar una tregua y unir fuerzas para desentrañar el misterio y enfrentarse a la terrible verdad.

Y aquí no solo hablamos de racismo, sino también de inmigración ilegal y de los refugiados de guerra.

El guión que escribe Mike Carey es adulto y maduro, sin perderse en la necesidad de otros autores de rellenar los espacios en blanco de los bocadillos con palabras malsonantes y, ¡gracias a Dios!, con una sarta sin sentido de chistecillos bobalicones y prescindibles que lo único que consiguen es rebajar el nivel intelectual del personaje que los pronuncia. No hay altibajos y mantiene la justa tensión narrativa a la que Salvador Larroca apuntala con un lápiz firme y nada grotesco o burdo (un mal actual del cómic). Ambos hombres presentan una obra fuerte y dinámica, que te anima a seguir leyendo página tras página; en la que el virtuosismo que despliegan ambos se rubrica con un acertado coloreado, trabajado y detallista. Cuando quieres levantar el hocico del libro es cuando te das cuenta del tiempo que ha transcurrido desde que has abierto las tapas, y eso dice mucho a favor del comicbook. Cuando te “enfrentas” a una grapa, tan solo son veintitantas páginas y ya se acabó; es fácil leerla de un tirón y releerla, pero esta novela gráfica posee elegancia literaria y gráfica gracias al equilibrio desplegado por guionista y dibujante, mostrando las diatribas de una situación contemplada sobre el papel, que juzga a los personajes y les permite defenderse y responder.

Tal y como advierte el prologuista a la obra en su edición en castellano, Koldo Azpitarte, «No más humanos» no necesita que el lector ser un voraz y leal fanático de las desventuras mutantes, pues en ningún momento le exigirá para comprender la trama conocimiento alguno sobre el pasado remoto o no de la Patrulla, entre decenas de sagas aisladas, más allá de cuando aparecer los “dobles” de ciertos personajes procedentes de planos paralelos (si no nos suenan tal y cual personaje, no pasa nada de nada; podremos vivir con ello y mucho más). El lector ocasional no se perderá en una historia autoconclusiva cuya única pega es su final, que hiede un tanto a deus ex machina gracias a la intervención de la descontrolada y peligrosa Jean Grey bajo el influjo del poder de Fénix; pero he de confesar que me ha gustado ver a Fénix, al igual que a Lorelei, esa mutante creada por Magneto y que vimos en la saga de Sauron, dibujada por Neal Adams, allá por la década de 1970.

En contra de lo que suele ser habitual en mis recensiones, no parece que hoy tenga otra cosa que ofreceros que no sean alabanzas, olvidándome de las minúsculas pegas, pero es que esta novela gráfica me ha encandilado y se me antoja como perfecta, sobre todo para dar calor a las cenizas de mi tierna y enmudecida afición mutante.

Lectura de 17 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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17 de Enero de 2017




jueves, enero 12, 2017

«The Jean Genie», David Bowie



A small Jean Genie
snuck off to the city
Strung out on lasers 
and slash back blazers
Ate all your razors 
while pulling the waiters
Talking bout Monroe 
and walking on Snow White 19
New York's a go-go 19
and everything tastes right
Poor little Greenie

[CHORUS]
The Jean Genie lives on his back
The Jean Genie loves chimney stacks
He's outrageous, he screams and he bawls
Jean Genie let yourself go!

Sits like a man 
but he smiles like a reptile
She loves him, she loves him but 
just for a short while
She'll scratch in the sand, 
won't let go his hand
He says he's a beautician
and sells you nutrition
And keeps all your dead hair 
for making up underwear
Poor little Greenie

[CHORUS]

He's so simple minded 
he can't drive his module
He bites on the neon and sleeps in the capsule
Loves to be loved, loves to be loved

[CHORUS (x2)]

Lectura de 12 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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miércoles, enero 11, 2017

Guardia de cine: «20.000 leguas de viaje submarino»

Título original: «20,000 Leagues Under The Sea». 1954. Aventuras. EEUU. Color. 127 min. Director: Richard Fleischer: Guión: Earl Felton. Elenco: Kirk Douglas, James Mason, Paul Lukas

Espléndida adaptación de un “viaje extraordinario”; un verdadero clásico del cine

Existen ciertas formas sencillamente económicas de viajar en el Tiempo sin necesidad de que nadie tenga que emular al protagonista de la obra de H. G. Wells, o nos tengamos que colar por entre los pasillos de determinado Ministerio. Una en concreto está al alcance de cualquier ser humano que pueble este planeta: a través de sus sentidos y recuerdos.

A mí me ha bastado con introducir el DVD de «20.000 leguas de viaje submarino» en el reproductor para regresar a aquellos instantes en los vestía pantalones cortos y zapatillas de lona azul, luciendo piernas bronceadas y sin vello; cuando acariciaba, con pueril inocencia, la posibilidad de que aquel verano pudiera ser eterno, sin que llegaran a asomarse jamás las orejas de Septiembre y me obligara a regresar a esa descorazonadora prisión que para mí era el colegio.

Regresé, entre las brumas blanquecinas del Pasado, a una sesión matutina de cine organizada por el museo local hace tantos y tantos años, cuando sentí el picor de la fascinación por Julio Verne gracias a unos terribles ojos verdes y brillantes que se abalanzaban sobre las butacas, preludio del fin para un desprevenido vapor y su tripulación, y a un atormentado James Mason al teclado del órgano de Nemo. Aquella conformó mi entrada triunfal en las “novelas enciclopédicas” del autor galo, que cautivan al lector por su narración sencilla pero científica, que es donde radica el buen hacer de este hombre bien informado (más que visionario), pues parte de los logros tecnológicos que afloraron durante el pasado s. XX se debieron a que sus semillas fueron esparcidas durante el XIX por hombres que impulsaban una ingeniería aún en paños menores. Verne no escribía de imposibles, tan solo de eventos e invenciones para los que había que ser pacientes.

Gracias a la producción de la Disney, «20.000 leguas de viaje submarino», junto con «De la Tierra a la Luna», es la obra más popular de Julio Verne, dedicándose a su adaptación un amplio presupuesto y el merecido mimo y cuidado al detalle en todos los aspectos posibles, consiguiendo que, hoy día, sigamos pegándonos a la pantalla durante dos horas, aún a pesar de que para nosotros los submarinos nucleares no sean cosa del otro mundo. La cuestión radica en la historia del propio Nemo y la que protagonizan los otros tres personajes, invitados forzosos del esquivo capitán del Nautilus, entre los que no puede faltar un francés como mínimo: el choque entre las dos caras de una misma moneda, de vida y muerte, de investigación y destrucción, de amor y odio. Nemo es el antihéroe por excelencia, poseedor de un terror tecnológico único en el mundo y por el que ha perdido lo único que arrojaba algo de luz a su existencia, y que lucha sin cuartel contra sus enemigos enunciando un discurso cruel pero también antibelicista, con ciertos tintes de anarquía sui generis. Nemo es quien toma el timón cuando siega las vidas de las tripulaciones de naves cargadas de armas y esclavistas prorrumpiendo un grito mudo de desesperación en medio del turbio océano de la venganza.

Por su parte, el doctor Aronnax es el perfecto científico (y representante de Francia) que trata de comprender a Nemo y de convencerle de lo beneficioso que sería que compartiera sus conocimientos tecnológicos aunque, al final de la narración, él mismo da a entender que para que la Humanidad esté a salvo es necesario que ciertos caminos de la Ciencia sigan siendo desconocidos.

La parte divertida y aventurera la protagoniza Kirk Douglas con su arpón en ristre y su fiel Esmeralda; un héroe arquetípico que se revuelve contra el confinamiento y la falta de libertad y que, aún con la codicia y violencia de la que hace gala, tiene más bondad que Nemo, devorado por el cáncer del odio hacia la sociedad a la que culpa de todos sus males.

Con más de sesenta años en sus cuadernas, «20.000 leguas de viaje submarino» navega tranquila bajo la superficie, con una historia atractiva que forma parte de la mítica literaria y que en la pantalla se envuelve a la perfección en escenarios steampunk. Aún con las licencias tomadas por la Disney, es un clásico indiscutible del cine que veremos con idéntico agrado independientemente de nuestra edad.

Lectura de 11 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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martes, enero 10, 2017

Un año


Una fecha, como otra cualquiera. Pero hoy es el primer aniversario del fallecimiento de David Robert Jones. ¿No sabéis quién es? Oh, vamos. Un esfuerzo, que llevo un tiempo hablando de ello. Un esfuerzo para los más despistados, para los más olvidadizos. Para aquellos que han bebido para olvidar este 2016 pasado, ese annus horribilis.

Hoy se cumple un año de la muerte de David Bowie y poco más podemos decir, salvo que es un día para poner de nuevo sus discos, que suenen por los altavoces todo el día. 

Y mostrar mi alegría ante el buen acogimiento que está teniendo entre el público mi «Major Bowie», una biografía enfocada desde la ciencia-ficción y la carrera espacial, una obra que tenía reservada para publicar hoy, pero que me quemaba en los dedos. Quería nacer al mundo y lo hizo un 10, pero de Diciembre del año pasado.

Gracias por permitirme que David sea aún más inmortal.

Lectura de 10 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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lunes, enero 09, 2017

Asesinos de Historia


Hacía ya un tiempo que necesitaba desahogarme. Una excusa con la que pudiera liberar tensión. Y cuando di por casualidad, de la misma forma que se descubre una brillante y redonda moneda en el mugriento suelo, con el enlace que me conduciría hasta un artículo publicado en ABC que desgrana todos (quizá no todos) los gazapos históricos que pueblan la adaptación cinematográfica del conocido videojuego megaventas «Assassin’s Creed», con Michael Fassbender, Marion Cotillard y Jeremy Irons adueñándose de un puesto de honor en el cartel, no  pude resistirme. 

Me pareció, torpe de mí, una magnífica oportunidad para carcajearme hasta que la mandíbula se me cayera a pedazos, pero la diversión pronto se truncó en indignación. Me explico. Nada tuvo que ver el saber que los guionistas del filme no hubiesen consultado la fecha de capitulación de Granada (qué tontería, ¿no?), estudiado la verdadera entidad y desarrollo de la guerra o que era imposible que la bandera rojigualda, aprobada por el rey Carlos III en 1785, se paseara en manos de portaestandartes allá por 1492. Tampoco tuvo que ver que la reina Isabel se asemeje en el filme más a una reina mora o que el Santo Oficio de la Inquisición sea retratado como una institución con más poder que los Reyes Católicos (sí, hombre, sí; a lo mejor sí) y Torquemada se corriera de gusto cada vez que se encendía la pira para un infiel morisco (cuando entonces se perseguía los núcleos judaizantes), o que los autos de fe fueran como el partido Real Madrid-Barça del s. XV. Inexactitudes bochornosas, no pocas de ellas, gravemente aquejadas por el mal de la leyenda negra antiespañola de factura inglesa y holandesa (además de francesa, sobre todo en la época post-revolucionaria), que se llevan la palma, para variar, con la Chicharra, la Inquisición, organización ésta instaurada en los reinos de Castilla y Aragón por presiones del resto de estados cristianos europeos y del Vaticano, pues, ¿cómo unos reyes que profesaban la verdadera fe iban a consentir que hubiera herejes en sus dominios? ¿Cómo se iba a permitir una Europa que no fuera cristiana y blanca? ¡Qué se iba a esperar, por Dios, si África comienza al Sur de los Pirineos! Broma esta, muy pesada, que, a 2017, aún seguimos arrastrando en la bata de cola gracias a la grosera e inestimable ayuda de los mismos europeos que hoy sufren una experiencia mística al echarnos en cara nuestro racismo congénito-paleto-medieval y el haber permitido la destrucción de una sociedad en la que convivían pacíficamente (no tanto) tres culturas y religiones.

Permitidme aquí un punto y aparte para lanzar al cielo mi exclamación más enojada, pues esos europeos, los del Norte de los Pirineos (nosotros no, que somos monos cetrinos y salvajes, destripaniños y papistas en taparrabos), se olvidan pronto de cómo actuaron los caballeros francos durante la batalla de las Navas de Tolosa, esa cuya fecha todos recordamos por haber acontecido en 1212. ¿Qué hay de la masacre de mujeres, niños y ancianos por el simple hecho de no ser cristianos? ¿Por qué nada se dice de esta acción criminal que produjo tal congoja, malestar y vergüenza entre los “bárbaros” españoles que los altos mandos oficiales se presentaron ante los líderes de la comunidad islámica y rogaron perdón ante semejantes desmanes pues, aunque fueran cristianos, no eran como aquellos racistas francos?

Y si subimos más al Norte, pues nos encontramos con el Santo Oficio en la llana Holanda, que hizo desfilar a más de 10.000 personas, así, por las buenas, por el caldero. Y, ojo, que allí no había clérigos españoles, que se valían solos.

Y más y más y muuuuucho más.

Dios. Es que deben de tener una imagen de nosotros, los meridionales, los tan impulsivos, retrasados y beatillos, que asusta.

Pero la verdad no vende, ni películas ni videojuegos. La verdad sería dolorosa si se mostrara la verdadera faz de la secta islámica de los Hassassin, cuyos miembros eran unos fanáticos religiosos adictos al hachís (de ahí su nombre), que solo hacían algo bueno: si tenían un problema que solventar a cuchillo, cortaban la cabeza de la serpiente. Me explico: asesinaban al rey, líder, general o lo que fuera, cristiano, musulmán o lo que se terciara, dejando en paz a los inocentes. Se limitaban a eficaces, rápidos y sangrientos magnicidios; pero no a ser adalides de la Justicia, la Libertad y enconados enemigos a muerte de la Orden del Temple. ¡Menuda desfachatez! Incluso Michael Fassbender tiene redaños para contestar en una entrevista que los Hassasin defendían el libre albedrío. Amigo Michael, no me jodas. No-me-jo-das.

Pero fue justo aquí donde la diversión tocó a su fin. Mis tripas temblaban como un postre de gelatina al ritmo espasmódico de mis carcajadas, con cada renglón dedicado a una nueva (y más asombrosa que la anterior) metedura de pata en el guión. Ya me esperaba hasta a algún pamplonica corriendo de blanco y con pañuelo rojo, al grito de ¡Gora San Fermín!, repartiendo estopa entre los moritos de la sierra granadina con el periódico del día anterior enrollado por única arma.

A continuación vino la ración de indignación. Como siempre, no me había fijado que me estaban sirviendo un menú de dos platos con solo hacer girar demasiado la ruedecilla del ratón. Llegué tan abajo en la página que me tropecé con los comentarios al artículo en cuestión. Y un par de líneas de una panda de hijos de Iberia, sin otra cosa mejor que hacer que desgastar las clavijas del teclado, me bastaron para mandar al exilio la risa de mi cuerpo y comenzar a secretar bilis como un campeón. Un par de líneas que resumían con exactitud milimétrica (cosa harto difícil de conseguir) el nivel de aborregamiento y patanismo general que hemos alcanzado en distintas materias. La Historia no va a ser la amante más querida del harén, no. Una sinopsis con la que se llegaba al punto de faltar al honor e inteligencia del redactor del artículo y hasta a justificar las auténticas salvajadas vertidas en una película de “tintes históricos”: no tiene importancia, qué más da. Claro, qué más dará si nuestra Historia es objeto de mofa, escarnio y vergüenza; si es el hijo tonto y contrahecho nacido en la aldea, que se escondía de todas miradas en el pajar o donde el ingenio humano familiar pudiera concebir para que ni le diera el sol. Qué más da si nuestra Historia vale menos que una puta que te hace mamada a 15 €uros. Qué más dará que sigamos siendo el hazmerreír de otros. Nosotros ponemos más mejillas que Jesucristo, no porque seamos santos, sino porque somos gilipollas de matrícula de honor.

Y la batalla dialéctica alcanzó el punto de éxtasis y ebullición cuando un inocentón, uno de tantos sacrificados adscritos al batallón de locos que no son hidalgos hechos con restos de camisas ni analfabetos espontáneos, se lanzó en plancha con un comentario del tipo: “No cuesta nada hacer las cosas bien, investigar, ser fiel a los hechos”. Bueno, amigos míos, la que se preparó fue de portada de El Caso, de denuncia en el Juzgado de Guardia, disturbio, copa y puro.

Seamos sinceros. Tras ese “qué más da” se esconde la rémora gorda de una sociedad manipulable, dispuesta a creer no solo lo que escriben los vencedores, sino lo que digan aquellos que tergiversan, mutilan y adornan una mentira repetida mil veces hasta hacerse verdad. Una verdad falsa que terminará siendo cátedra en un pueblo que se ha quedado sin sangre y que creerá que es posible la existencia real de Xena, la princesa guerrera, y que hasta compartiera espacio histórico-épico-temporal con Hércules, Ulises de Ítaca, el rey David de Israel y Julio César. Mas nos queda el consuelo de que los jóvenes ingleses se creen que sir Winston Churchill es un personaje de ficción.

Comparto, como escritor e investigador, las palabras de ese anónimo comentarista, inmolado en honor de la lealtad hacia la Historia, de ese cándido en grado de alta concentración de estupidez (pues no sabía ni de lejos qué caja de los truenos estaba a punto de abrir) que exponía que lo mismo que los guionistas, lo mismo que lo han hecho mal, podrían haberlo hecho bien con un poquito de esfuerzo de nada. ¡Ay!, pero este camarada desconocía la ralea a la que se enfrentaba, idiotizada por la educación básica preconizada por embusteros de cada vez más escasos conocimientos, por vagos involucionados y parásitos, postulados patéticos en pos del placer de retornar al animalesco Edén. Los mismos que se revuelcan en su fango por mera supervivencia.

Yo sé distinguir entre la realidad histórica y el mero divertimento. He ficcionado Historia, pero en ningún momento me he creído con el derecho de fabricar mierda. Muchos creerán que mis escritos son pura mierda, bien, ¿me importa? No. Lo único que me importa es que, para tan solo ponerme delante del folio en blanco, he estudiado, investigado y comprendido. Me he hecho preguntas y las he respondido asimilando más conocimientos. No me he limitado a vomitar palabras y bilis a cambio de unas monedas. No soy un Judas de medio pelo o pelo entero, bisoñé o tupé.

Una cosa es tergiversar ciertos datos en pos de una mejor ficción y otra defecar sobre la Historia.

Como autor de ficción tengo la obligación de respetar los datos, los nombres, las fechas; conocer el fondo de la obra. Es un compromiso que todo escritor tiene con respecto a su futuro y anónimo lector. Se escribe para dignificar un trabajo, no para cubrir de oro la basura. Pero esto último no lo entienden muchos y, por desgracia, los guionistas de «Assasin’s Creed» (que son cuatro) tampoco, pues siempre se sabrán arropados por los hombres y mujeres huecos, por los que nunca se han hecho una triste pregunta y han querido saber qué hay detrás de ellos.

Lectura de 9 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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jueves, enero 05, 2017

«Riders On The Storm», The Doors




Riders on the storm
Riders on the storm
Into this house we're born
Into this world we're thrown
Like a dog without a bone
An actor out on loan
Riders on the storm

There's a killer on the road
His brain is squirmin' like a toad
Take a long holiday
Let your children play
If you give this man a ride
Sweet family will die
Killer on the road, yeah

Girl, you gotta love your man
Girl, you gotta love your man
Take him by the hand
Make him understand
The world on you depends
Our life will never end
Gotta love your man, yeah

Riders on the storm
Riders on the storm
Into this house we're born
Into this world we're thrown
Like a dog without a bone
An actor out on loan.
Riders on the storm

Riders on the storm
Riders on the storm
Riders on the storm
Riders on the storm
Riders on the storm

Lectura de 5 de Enero de 2016 a las 1200 horas



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miércoles, enero 04, 2017

Platillos flotantes que zarpan a la guerra

La carrera armamentística que se desarrolló desde finales del s. XIX hasta bien entrado el XX se puede resumir de la siguiente forma: «Gana quien construya lo más grande». Puede resultar un aserto muy simple, pero no por ello desacertado en un periodo de hiperindustrialización de la guerra, de miles de toneladas de hierro, de cañones con calibres y alcances cada vez mayores.

Dicha tendencia traía consecuencias a la hora de estudiar la protección efectiva de ciertos enclaves. Ya parecía una locura limitarse a poner cañones en las defensas de los puertos y era necesario mostrar un mayor interés y posicionamiento activo respecto a las líneas de costa. Allí entró en juego la postulación de sir Edward James Reed (1830-1906), director de Construcción naval de la Royal Navy entre 1863 y 1870, quien acogió las tesis del ingeniero naval escocés John Elder (1824-1869), de sacrificar la velocidad de los navíos de guerra a favor de un mayor espesor de blindaje y unos cañones cada vez más potentes.

No fueron pocos los atraídos por la idea, incluso para combatir en mar abierto. Hubo ideas, muchas ideas. Algunas ridículas, como las que vamos a tratar hoy, para dar solución a las perentorias necesidades defensivas del territorio nacional ribereño.

Uno de estos intentos por adecuarse a dichas urgencias, lo representan los monitores Novgorod y su hermano Vitse-admiral Popov (exKiel), construidos durante la década de 1870 para la Armada Imperial rusa, considerados unos de los peores buques de la Historia de la Humanidad, que no es poco.

El monitor Novgorod nació, en un principio, como respuesta a las limitaciones de tonelaje de buques zaristas en el mar Negro impuestas en los Tratados de París, que pusieron fin a la guerra de Crimea (1854-56), y fue concebido por la mente del vicealmirante Andrey Alexandrovich Popov: un platillo flotante de 2.531 toneladas, de 30.8 metros de eslora y otros tantos de manga, que alcanzaba la ridícula marca de 6,5 nudos. Montaba dos cañones de 279 mm., y su tripulación (151 hombres) quedaba resguardada por una cintura blindada que variaba desde los 70 mm. de la cubierta hasta los 229 mm. de las barbetas, según diferentes fuentes.

El diseño del Novgorod, unido a su falta de velocidad y maniobrabilidad, condenaba a su comandante a vérselas canutas en cuanto entraba en contacto con alguna corriente marina. Y la cosa se complicaba cuando los cañones abrían fuego si todos los elementos desfavorables entraban en juego, girando el navío como una peonza. El buque era poco menos que un ataúd flotante y el empeño de Popov se quedó en solo dos unidades construidas, que no son pocas, precisamente.

La conclusión a la que se llegó tras las pruebas de mar fue que ambos monitores podrían ser buenas baterías de costa, pues ningún otro buque podría tener semejante protección y armamento con un calado tan escaso (4,10 m.); pero contaban con serias carencias que los desterraron al olvido, cuando no al escarnio. Aún así, estuvieron en activo al servicio del Zar casi tres décadas como guardacostas, hasta que la llegada del nuevo siglo los saludó con la sentencia del ignominioso desguace.

De todos modos, la idea del magín Popov parecía resultar interesante según para qué determinados fines: el yate Livadia, buque de recreo de la familia del Zar de Rusia, al cual se le suplo de la falta de proa y popa, mejorando su maniobrabilidad, y siendo construido en el mismo astillero propiedad de John Elder.



Novgorod
Colocación de quilla: 1872
Botadura: 1873
Entrega: 1874
Desplazamiento: 2.491 toneladas, 2.706 toneladas a plena carga.
Eslora: 101 pies
Manga: 101 pies
Calado: 12 pies
Propulsión: 8 calderas. 3.000 hp
Velocidad: 6 nudos
Armamento: 2 cañones de 11/20; 2 de 88 mm; 2 de 2,5; torpedos
Blindaje: 9 pulgadas
Dotación: 8 oficiales y 120 marineros

Vitse-admiral Popov 
Colocación de quilla: 1874
Botadura: 1875
Entrega: 1877
Desplazamiento: 3.550 toneladas, 3.990 toneladas a plena carga.
Eslora: 120 pies
Manga: 120 pies
Calado: 13 pies
Propulsión: 8 calderas. 4.500 hp
Velocidad: 5 nudos
Armamento: 2 cañones de 12/20; 8 de 88 mm; 2 de 1.
Blindaje: 16 pulgadas
Dotación: 203 hombres

Datos estos obtenidos del libro The World's Worst Warships, de Antony Preston


Hubo otros “locos” como Popov que preconizaron otros tantos platillos flotantes, ya en la década de 1900. Uno de ellos fue el magnate e ingeniero neoyorkino Anson Phelps Stokes, inspirado por las palabras del historiador y estratega naval Alfred Thayer Mahan (1840-1914), quien había abogado por crear una conveniente escuadra de guardacostas para la US Navy, sacrificando su velocidad (pues “para nada (la) necesitan tales buques”), aumentado su blindaje y artillería o, lo que es lo mismo: potencialidad defensiva y ofensiva.

El Cancerbero, según la publicación Alrededor del Mundo,
de 16 de Marzo de 1905
El diseño de Phelps, a bote pronto, trata de solucionar uno de los grandes fallos de Popov. El Novgorod y su hermano tenían dispuestas varias hélices en lo que se podría considerar la popa, lo cual dificultaba luchar contra las corrientes y los giros del buque cuando se perdía el control; así que Stokes distribuyó las hélices de una manera más lógica: dos a “popa” (asistidas por otras dos más de menor tamaño) y otras dos a “proa”. Sin embargo, en mi humilde opinión de ignorante total en materia de ingeniería naval, la solución ideal habría sido disponer las cuatro hélices en cruz: popa, proa, babor y estribor, y configurado un sistema de transmisión al árbol de levas que pudiera distribuir la energía para contrarrestar posibles pérdidas de control.

Y decimos que Stokes “trató” los problemas de Popov, pues nada dice acerca de si se inspira o no en el mismo, a pesar de todo. Stokes se limitó a comentar que la idea la tuvo al admirar la Rocher du Diamant, un peñón a una milla de distancia de la Martinica. 

Stokes patentó un primer diseño el 7 de Abril de 1903 (nº 724.756), que completó el 27 de Septiembre de 1904 (nº 771.185), otorgándole la denominación de batería naval flotante, aunque en la descripción llega a referirse a ésta como navío esférico o hemisférico. No solo lo consideraba criatura como perfecta para montar grandes cañones, sino que para evitar los dañinos efectos de los torpedos.


Patente US 771.185
El centro del navío estaría dispuesto para la sala de calderas y la chimenea de expulsión de humos y la toma de aire de ventilación, y divide el casco radial en tres secciones o divisiones principales, con sus tanques de lastre, carboneras y santabárbara, distribuidos en varias cubiertas inferiores.

Este desvelo de Stokes fue presentado ante la Sociedad de Arquitectos navales de Nueva York, ante capitalistas, yachtmen y oficiales de las Marinas de guerra estadounidense y británica, tras comprobarse el diseño en un tanque de pruebas. A este respecto encontramos escasas referencias datadas en 1904, 1905 y 1906, que parecen estar refiriéndose al mismo evento, pero el castillo flotante pasa de denominarse Cancerbero a Ultima.

Ante tan concurrido e interesado público, Stokes vendió su invento cantando sus excelencias

-Su superficie era reducida, complicando al enemigo la tarea de centrarlo.
-Podía almacenar hasta 2.600 toneladas de combustible con las que podría navegar once días a marchas forzadas. Se le llegaba a estimar una autonomía de 31 días en alta mar.
-Cuatro tubos lanzatorpedos en “proa” y otros adicionales en la cubierta inferior.
-Blindaje: cinturón de acero cementado Krupp, de espesor variable entre 1 y 13 pulgadas.
-Podía albergar en su interior un submarino y diversas embarcaciones menores.
-Tripulación: 1.500 hombres.

El proyecto del bueno del Sr. Stokes quedó en agua de borrajas, pero bien pudo haber inspirado cierta obra que se ejecutó en la isla del Fraile, en Cavite, por parte de las fuerzas norteamericanas para mejorar sobresalientemente la defensa naval del área, exigua incluso antes del estallido de la guerra de 1898: Fort Drum, un buque de guerra imposible de hundir y que merecerá nuestra atención en un próximo artículo.

Lectura de 4 de Enero de 2016 a las 1200 horas



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martes, enero 03, 2017

Guardia de Literatura: Reseña a «Las aventuras de un cadáver», de Robert Louis Stevenson

Título original: «The Wrong Box»
159 páginas
ASIN: C006EACD3M
Stevenson nos sorprende con una obra de humor y crítica social, una charada digna de cualquier comedia de la etapa dorada de Hollywood, aunque, en ocasiones, se le vaya la mano


Título el de esta obra que suena atractivo pero que no encaja como un guante a la situación o situaciones que acabaremos presenciando con el paso de las páginas, pues Stevenson (junto a su compañero Lloyd Osbourne) se sirve de él para presentar una novela satírica de estilo inglés en la que no deja títere con cabeza entre los personajes que la pueblan, ya sean principales o secundarios. Así, tienen su correspondiente ración de crítica feroz y descarnada, a la par que tremendamente divertida, los caballeros sin oficio ni beneficio; los charlatanes investidos de un aura de inteligencia que no es tal; los avaros más recalcitrantes; los abogados, los tipos más fáciles de engañar que haya sobra la faz de la Tierra; los rufianes para los que toda desgracia ajena es puro divertimento; los inocentes que se dejan conducir como imbéciles por las doctoradas manos de terceros interesados; las señoritas de cascos calientes y ojos vendados; los hombres (sobre todo políticos) que ordenan a otros misiones que ellos ni se atreven a pensar en acometer y, mucho menos, a ensuciarse sus finas y blancas manos; los estúpidos doctores en Medicina que tan solo tienen el valor de recetar tratamientos aún más estúpidos; el vulgo inculto e infeliz, abrazado, a sol y sombra, al cuerpo generoso de la botella; los arrendadores que disponen de sus ruinas como si fuesen palacios…

Para llevar a buen puerto semejante crítica social, tan amplia como coral, Stevenson parte de una singularidad que se antoja como simplona, como no podría ser de otro modo. Dicha estupidez no nace del planteamiento en sí, sino de la opinión que le merece al autor el contrato legal de la tontina que, para aquellos que no estuvieran muy atento en las reposiciones del episodio de Los Simpsons dedicado al tesoro del Pez Volador, es un negocio en el que los participantes optan a una cantidad o a unos objetos de gran valor que irán a parar al patrimonio del último de ellos que quede con vida. En el caso que nos ocupa y presenta Stevenson, se opta a 37.000 libras esterlinas de finales del s. XIX, que no es moco de pavo precisamente (según el tío Joseph, se podía vivir sin demasiados aprietos con algo más 14 libras al año (si no recuerdo mal), así que haced cálculos de a cuánto podría ascender semejante cifra sobre la que versaba el negocio).

Y gracias a esa tontina vamos dando con las piezas del motor de esta tronchante novela de enredo en espiral y con curvas muy cerradas, que asombra y provoca que la risa se nos escape hasta por las narices. Stevenson hace gala en el texto de una destreza cómica sin igual, partiendo de cándidos símiles, pero siempre rezumando una ironía que cruza la línea del decoro.

Merece la pena destacar, por encima de todos los demás, al divertidamente mezquino procurador Michael Finsbury, sobre cuya cabeza gira gran parte del enredo y que hasta parece engalanarse con las delicadas vestiduras de los duendecillos burlones de las obras antiguas, complementado con el disfraz más ingenioso y la más turbadora nube espirituosa. Pero no se quedan atrás otros individuos como el amargado de su primo, Maurice Finsbury, destructor de obras de arte griego sin venir a cuento y desesperado aspirante a heredar la tontina a la que tiene derecho su tío Joseph, locuaz erudito de la majadería; o, en última instancia, el maestro de pintura Pitman, principal objeto de mofa por parte del «bueno» de Michael Finsbury. Y podríamos perdernos bien a gusto entre los vericuetos personales de todos los personajes que tienen su parte y ración en la novela, pues son deliciosos y jugosos; pero sería excesivo tanto para mí como para el sufriente que me lea.

Terminar con la nota negativa que he observado en esta singular obra. El cúmulo de casualidades que presenta (aún siendo éstas necesarias) supone un exceso que no parece muy bien resuelto, sobre todo en cuanto a la última cesión gratuita del cadáver en cuestión. Por otro lado, y en un aspecto que le es totalmente ajeno al autor, la versión que ofrece AMAZON para el Kindle como un ebook gratuito está desbordada, sin vergüenza alguna, de errores tipográficos que hacen de la lectura un deporte de riesgo: le sobran comas donde no las necesita, guiones donde no corresponde… y mucho más, pero a la inversa, que se ha de dar, forzosamente, la mano con la proliferación incontrolada de frases a las que les faltan palabras.

«Las aventuras de un cadáver» (aún con los problemas con los que he tenido que verme) se presenta como un divertimento de primera para las tardes sombrías y desapacibles o para las soleadas de relax a la vera de la naturaleza, firmado por uno de los más grandes de la Literatura.

Lectura de 3 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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viernes, diciembre 30, 2016

Adiós. Adiós 2016


Me encuentro escribiendo este último y postrero post del año con los 36 años recién cumplidos y metidos en el cuerpo; viviendo ese breve y confuso pasaje temporal en el que se duda a la hora de completar un formulario en el que se me exige la edad o alguien, sin venir a cuento o tener mejor cosa en la que gastar saliva, trata de ahorrarse la prueba del Carbono 14 con un servidor. Ahí estoy.

Y tras gimotear un poco por las esquinas y arañarme la cara, tras percatarme una vez más que comienzo ya a amarillear entre las páginas de mi vida, escribo estas líneas con la única y sanísima intención de dar fuerte portazo y sisear un «adiós y no vuelva, señor mío» para quedarme bien a gusto. Podría incluso derrochar ese verbo barriobajero que me ronda la lengua, pero voy a refrenarme. Las cosas con mesura, orden y método.

Con ese «señor mío» me refiero al año aciago y retorcido 2016 que no es que nos haya dejado huérfanos, sino más bien desnudos, en cueros, de referencias culturales. El muy cabrón (al final me ha salido un taco, aunque finísimo donde los escuche uno) nos ha abandonado en mitad de una glacial ventisca, donde la soledad es más marcada, a merced del horror blanco de un libro cuyo contenido se va borrando.

La lista de pérdidas es larga, tanto como para dar sombra más allá del pesar.

Y este 2016 fue un año en el que me propuse hacer grandes cosas. Ya sabéis, las típicas tonterías vomitadas bajo la sugestión alcohólica del Año nuevo (o por una intoxicación por los efluvios que manan de tanto adorno y artículo de broma Made In China), pero que en mi caso no son del tipo ir al gimnasio, hacer dieta, aprender inglés o mandar un currículo al Cirque du Soleil: quería cumplir magnos proyectos pero, para mi desgracia, tan solo he llegado a ponerme malamente de puntillas y me he golpeado la cabeza contra un duro techo construido a base de paletadas y paletadas de molicie y pereza indómitas. Aún relampaguea el dolor cuando me acaricio la zona dañada.

2016 ha sido un año triste que no ha llegado siquiera a florecer. Se ha quedado en una planta marchita, fea y pocha, cubierta de llagas y desapariciones. Quizá el cambio al 2017, aunque sea por meros efectos fiscales y anímicos, más que naturales, permita que el calor penetre en las capas frías de nuestra piel y nos obsequie con motivos para crecer, florecer en definitiva. Para que el invierno huya despavorido y amedrentado de nuestro corazón.

Por todo ello, desde ENMP os deseo lo mejor para este 2017 a punto de nacer. Más luz y fuerza.

Lectura de 30 de Diciembre de 2016 a las 1200 horas



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