jueves, junio 27, 2019

Guardia de cine: reseña a «La maldición del escorpión de jade»

Título original: «The curse of the jade scorpion». 2001. EEUU. Comedia. 103 min. Dirección: Woody Allen. Guión: Woody Allen. Reparto: Woody Allen, Helen Hunt, Dan Aykroyd, Charlize Theron

Aire de relato pulp para una película de Woody Allen que solo persigue entretener sin exigir nada a cambio

Tras estrenar películas prescindibles que, aún así, centraron algunas atentas miradas de la Crítica, como «Acordes y desacuerdos», Woody Allen quiso darle un giro a su filmografía, dejando atrás la tragicomedia y profundizando en el humor sarcástico y sin ambiciones. Para ello tomó prestada de nuevo una época que conoce de anteriores producciones, los años 1940, y una tempestuosa y chispeante relación hombre-mujer para urdir una trama un tanto pulp con hipnotizadores de por medio que consiguen que los detectives de las compañías de seguros roben para ellos. La enjundia del asunto está en el binomio Woody Allen-Helen Hunt; el primero interpreta a CW Briggs, un, en apariencia, insignificante sabueso de una compañía de seguros, lenguaraz y con inventiva; la segunda hace lo propio como la señorita Fitzgerald, una altiva secretaria que amenaza el mundo de Briggs, desfasado y ordenado dentro de su caos. Los choques entre ambos serán continuos, lanzándose dardos envenenados, piedras, ¡bombas de quinientos kilos!, en cuanto hay ocasión, que es siempre, lo cual deja exhausto al Allen guionista, quien pierde el control sobre el libreto, habiendo sido de agradecer alguna mesura pues de la carcajada se pasa con facilidad al aborrecimiento.

El argumento no olvida elemento del, por aquella, en los años 1940, floreciente género de detectives; aunque Allen hace burla de ello vistiéndose los tirantes y gabardina de CW Briggs, diana de crueles epítetos que lo comparan o reducen a un gusano, nada tiene que ver con los héroes a lo Humpfrey Bogart de «El halcón maltés». Briggs tiene carácter y es bueno en lo suyo, pero es una víctima fácil cuando es hipnotizado durante un espectáculo junto a la señorita Fitzgerald, momento a partir del cual sus mentes sufrirán un trastorno cada vez que escuchan la palabra clave y los robos y las escenas extrañas se suceden.

Comedia palomitera que exige del espectador tan solo una buena limpieza de oídos si se quiere disfrutar plenamente de la encarnizada batalla dialéctica. Es una película que me ha gustado mucho, importando bien poco si carece de la profundidad o del mensaje oculto acostumbrada; es ligera y receptiva para todo tipo de público que solo quiera pasárselo en grande.

Lectura de 27 de Junio de 2019 a las 1200 horas



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martes, junio 25, 2019

Guardia de literatura: reseña a «Japón especulativo»

Título original: «Speculative Japan: 
Outstanding tales of science
fiction and fantasy»
Satori Ediciones, Gijón
Satori Ficción, nº 14
Primera edición: septiembre de 2017
Traducción: Alexander Páez
ISBN: 978-82-946732-9-0
352 páginas

Digno es de aplauso el esfuerzo combinado que nos ha permitido leer estas visiones escritas entre las décadas de 1960 y 1980, pero hay algo en ellas que resulta ofensivo para aquellos que sentimos sus tapas entre las manos, pues no es un compendio equilibrado: está plagado de llagas de tedio e incomprensión involuntaria; de una pesadez que solo unos contados relatos, como «Chica», «La caja universo de Reiko» o «La leyenda de la nave espacial de papel», pueden hacer liviana

Aquellas imágenes congeladas en las que el Ser humano se enfrenta a su futuro, a sus defectos y miedos en territorios alejados de la Tierra, allá donde florecen los sentimientos en robots o donde cedemos ante el control masivo de nuestro libre albedrío, ahogándolo en la felicidad colectiva impuesta, siempre han sido un campo fértil para escribir turbadores cuentos o relatos breves. De sobra son conocidos los títulos que firmó Ray Bradbury, quien se convirtió en agricultor de narraciones profundamente humanas, de esas que te hacen reflexionar y llegar a comprender que la ciencia-ficción no es un género menor, sino una de las pocas formas que tiene un escritor para alertar y hacer calar un mensaje acompañado de una parpadeante luz roja.

Como hombre occidental que soy, criado en Europa, uno termina solo absorbiendo la “doctrina” de los consagrados autores occidentales. Por eso y más, siempre aprovecho la oportunidad de acercarme a esas otras esquinas de la habitación, donde el género de la ciencia-ficción se vuelve más revoltoso, como sucede en el Extremo Oriente tras la segunda guerra mundial, siendo el anime japonés buena prueba de ello.

Satori Ediciones tuvo a bien traducir al castellano y publicar una selección de quince relatos editados en inglés por Gene Van Troyer y Grania Davis, titulado «Speculative Japan: Outstanding tales of science fiction and fantasy», publicados originalmente entre los años 1960 y 1980 en diferentes y eminentes revistas del género en el país del Sol naciente; algunos de ellos firmados por los más renombrados autores nacionales.

Un titánico esfuerzo cristalizado tras largos años de estudio y pasión por parte de unas contadas personas fuertemente atraídas por la visión propia y singular del género especulativo nipón, por lo que no voy a hacer sangre con esta compilación; pero un trabajo que debería brillar termina siquiera arrancando una chispa. Aunque resulte interesante y hasta instructivo, los responsables de la edición original dedicaron más de una cuarta parte del volumen a explicar o destripar lo que hicieron. Esto está muy bien según quién sea el destinatario: saber el origen de las revistas pulp niponas de posguerra y la mano de varios autores en el surgimiento y desarrollo de las mismas, a modo de aquellas añejas ediciones de clásicos que, leídos en el instituto, permitían que un modesto suficiente se convirtiese en un sobresaliente de zapatos de cristal y alcoba real con el solo esfuerzo de leerse las primeras cincuentas páginas de introducción. Sin embargo, éste no fue mi caso y pasé casi directo al primera relato, en cuanto me entraron ganar de izar la bandera blanca (como cierre del volumen encontraremos más y más notas), llegada la página número 30.

El primer cuento lo encontraremos en la página 59 y está firmado por Komatsu Sakyo, uno de los grandes de las letras japonesas. Llevando «Fauces salvajes» como título, no sabes a qué te puedes estar enfrentando hasta que pasas unos párrafos. La lectura de esta primera entrega me resultó desagradable, tanto que se me revolvieron las tripas y salté al siguiente, «La hora de la revolución», de Hirai Kazumasa, una historia interesante acerca de un futuro distópico y viajes en el Tiempo con la que se advierte cierta tónica en la selección: los argumentos son magníficos para novelas, pero, por desgracia, se han desarrollado como relatos breves de forma pobre y casi siempre rubricados con un final abrupto; su premisa inicial, digna de aplauso, se cierra a trompicones a las puertas de la última página.

El tercer relato, «Hikari», de Kono Tensei, es uno de los mejores que encontraremos y que más me ha recordado al trabajo de Bradbury y Asimov. Despierta no poca inquietud, al igual que el que le sigue, «Me desharé de tu pesar», de Mayumura Taku, una mofa al excesivamente servicial y entregado oficinista japonés.

«El sendero hacia el mar», de Ishikawa Takashi, mezcla sueño con realidad en un espacio muy corto (tres páginas), llevándonos hasta un mar muy particular, cuya visión empuja a un niño de corta edad a escaparse de casa. A este relato le sigue el extraño «¿Adónde vuelan ahora los pájaros?», de Yamano Koichi, una historia de planos multidimensionales cuya estructura narrativa puede reorganizarse a voluntad por el lector, pero que es, como poco, pesado por su exigencia mental y longitud.

«Otro Prince of Wales», de Toyota Aritsune, describe un futuro en el que las guerras son poco menos que un espectáculo del que todo el mundo quiere formar parte, monitorizadas por un departamento de las Naciones Unidas que fija las reglas, el número de contendientes y el tipo de armas. El protagonista, que es a la sazón el narrador, va relacionando los prolegómenos de una nueva guerra entre Japón e Inglaterra con armamento de 1941.

«La vida de las flores es corta», de Fukushima Masami, es el relato más bello y delicado de todos los escogidos, muy en la onda de Bradbury, al que le sigue el perturbador «Chica», de Ohara Mariko, cuyo argumento recupera el futuro distópico postnuclear y sigue las andanzas de un transexual bisexual que conoce a una extraña chica que bien puede ser humana, robot que alienígena; una chispa de luz en una ciudad oscura y entregada al vicio. «Chica» es, ante todo, un paradigma de lo que he advertido al comienzo: una excelente narración que se rompe con un final rápido y escrito por alguien que no se atreve a desarrollarlo y darle una resolución más coherente.

«Mujer de pie», de Tsutsui Yasutaka, es otro relato inquietante, acerca de un mundo en el que aquello que “sobra”, como ciertos animales, a los que hay que mantener con comida que podría ir destinada a las personas, o aquellos cuyos pensamientos y acciones van en contra del orden establecido, es convertido en árbol para hacer más amable la industrializada ciudad.

«Caja de cartón», de Hamura Ryo, es un cuento de vida y muerte de una caja de cartón cuyo único propósito, al igual que el del resto de sus compañeras, es ser útil y llenada hasta los bordes con todo tipo de objetos. A éste le sigue «La leyenda de la nave espacial de papel», de Yano Tetsu, que narra la historia de Osen, una bella y, en apariencia, discapacitada metal, de la que abusa sexualmente todos los hombres de una aldea de las profundidades del país durante la segunda guerra mundial, así como la de su hijo, Emón, quienes parecen descender de una extirpe de hombres del espacio llegados y olvidados hace siglos.

«La caja universo de Reiko», de Kaijo Shinji, es otro relato con regusto a Bradbury y que describe el deterioro de una joven pareja de recién casados en una sociedad de entrega total al trabajo y al marido, al que siguen los dos que dan cierre a la recopilación: «Mogera Wogura», de Kawakami Hiromi, protagonizado por un topo que convive y hasta trabaja en una oficina rodeado de humanos, y «Adrenalina», de Yoshimazu Gozo, que no hay quién lo entienda, pero que también recuerda, en su presentación, a otro de Bradbury.

No tengo duda de la importancia del aporte nipón a la cultura de la ciencia ficción, pues es un país que vive en el futuro desde hace décadas, que asombra cada vez que nuestros ojos redondos se abren a la cotidianeidad de estas gentes, a la sociedad heredera del estallido de la bomba atómica, con su inigualable exotismo. Digno es de aplauso el esfuerzo combinado que nos ha permitido leer estas visiones escritas entre las décadas de 1960 y 1980, pero hay algo en ellas que resulta ofensivo para aquellos que sentimos sus tapas entre las manos, pues no es un compendio equilibrado: está plagado de llagas de tedio e incomprensión involuntaria; de una pesadez que solo unos contados relatos, como «Chica», «La caja universo de Reiko» o «La leyenda de la nave espacial de papel», pueden hacer liviana.

Lectura de 25 de Junio de 2019 a las 1200 horas



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jueves, junio 20, 2019

Guardia de cine: reseña a «Han Solo: una historia de Star Wars»

Título original: «Solo». 2018. EEUU. Ciencia ficción. 135 min. Dirección: Ron Howard. Guión: Lawrence y Jonathan Kasdan. Reparto: Alden Ehrenreich, Emilia Clarke, Woody Harrelson, Donald Glover, Thandie Newton, Paul Bettany

Un spin-off con un cargado sabor western que está a la altura y que, para nada, se merece los palos y malas críticas que recibió

Con la salvedad de dos series de animación en 3D («Clone Wars» y «Rebels»), cualquier cosa que se produzca como franquicia de STAR WARS desde ese aciago 1999 queda, desde el instante mismo de su estreno, maldita, recibiendo infinidad de palos y casi ningún aplauso; quedan envueltos en un fétido halo que es el aliento de millones de fans resentidos que se creen con voz y hasta voto, más si cabe desde que la Disney cerró sus garras entorno a Lucas Films y se la llevó hasta su torre más alta cuando George Lucas, asqueado, liquidó su empresa y puso a la venta la idea. 

Yo fui uno de tantos seguidores de la saga que quedó interrumpida en 1983, con «El retorno del jedi», y de los que comprobaban cómo aquel universo de historias fabulosas en una galaxia muy, pero que muy lejana, se expandía gracias a un torrente inagotable de novelas que establecía y asentaba un canon que ahora ha quedado hecho trizas gracias a los Episodios VI, VIII y, supongo que también, IX, cuando toque. 

Yo fui uno de tantos que temblaron de la emoción al entrar en la sala de proyección en aquel año, “Like A Virgin”, como diría Madonna, para ver «La amenaza fantasma». Contaba 18 años y se me había concedido la increíble oportunidad de poder vivir en primera persona el nacimiento de algo nuevo, como aquellos afortunados de 1977. Era el Evento de mi Generación, cuyos integrantes veíamos la trilogía original en cintas de VHS hasta lo absurdo. Y fui uno de tantos que, llegados los títulos de crédito finales, salió casi mudo al “mundo exterior”. Solo hablaba para negar lo que era un grito en mi pecho: “¿qué narices era aquello?”. Pero, ¿qué pensaba que iría a ver? ¿Acaso un plagio de las vetustas aventuras de Luke Skywalker y compañía, tal y como están haciendo Rey y Finn y que es algo que me parece horrible? Aunque me hice con sobrada memorabilia de «La amenaza fantasma», desde libros a su banda sonora original, pasando hasta por figuritas que venían en el envoltorio de unos cereales en concreto, decidí volver al cálido regazo y desentenderme de la, por entonces, “nueva trilogía”; tanto es así que añun no he visionado entera «La venganza de los sith», sabiendo cómo empieza y como termina, pero nada de lo que sucede entre medias.

Con la Disney al timón fueron floreciendo títulos y proyectos que son los más vapuleados por los fans, como este «Han Solo», cuya escasa caja hizo frenar en seco el despilfarro en dólares destinados a los más variopintos spin-offs de la galaxia; aunque la inercia del producto es algo contra lo que no se puede lidiar (tenéis el ejemplo de «The mandalorian»). Hubo palos hasta en el carné de identidad para «Rogue One», hasta el límite de lo bochornoso, y eso que, en mi siempre discutible opinión, es la mejor película de todo el universo Star Wars, trilogía 1977-83 incluida (sí, tenéis mi permiso para crucificarme); tendrá todos los puntos flacos que queráis y los bajos descosidos (¡ay, Dios mío! ¿Por qué no controlaron un poco más a Forrest Whitaker?), fue incluso frustrante y de juzgado de guardia que la historia que se narraba en los trailers (tan cercana a una fusión entre «La guerra de las galaxias», «La chaqueta metálica» y «Apocalipse Now») no tuviera nada que ver con la que se montó al final, torciéndose (para mal) escenas y sacrificándose hasta a personajes que, según la campaña de difusión, tenían su peso en la trama. Una lástima, pero sigue, repito, siendo la mejor, mas hoy no toca hablar de «Rogue One», sino de esta visión de Han Solo como el joven más sinvergüenza de toda la galaxia.

Como al igual que a la mayoría, siempre quise ver con mis propios ojos Corellia y Kessell, así como la carrera del Halcón milenario de la que tanto se jactaba el contrabandista ante cualquier paleto que cruzara un par de palabras con él. Conocer el instante en el que Han Solo conoció a Chewbacca y a Lando Carlrissian y cómo le ganó el Halcón. Todo eso y más, por lo que hacer una película que retratase estos hechos merecía la pena.

Y el proyecto empezó casi estrellado, con problemas nada ajenos a la dinámica propia de Hollywood, pero con los fans dando por saco desde la puesta en conocimiento de la identidad del actor principal a la publicación de las primeras imágenes: “jo, tío, Han Solo es Harrison Ford y no este pipiolo”. Sí, de acuerdo: este tipo se le parece como un huevo a una castaña y solo me recuerda a Ford a distancia y de espaldas en el aspecto físico, claro; pero es que el Han Solo que se ligó al a princesa Leia superaba la barrera de los treinta años, momento en el que el cinismo gana terreno en el paladar de cada uno, habiendo dejado ya muy atrás la bandera de cuadros en esa carrera hacia el fin de la estupidez que se inicia en la postadolescencia. Este Han Solo es joven, bocazas, torpe… un crío con pistola de rayos. Sí y, repitiéndome, ¿qué narices pensábamos ver en un Han Solo de veintipocos años? ¿Al mismo? No sé vosotros, pero yo no me siento y me comporto de igual manera que cuando tenía dieciocho años; ni pienso lo mismo ni hago las cosas como entonces, así que, como en todo, deberíamos dejarnos de gilipolleces y ver las cosas con perspectiva, que es como debe hacerse: ésta es una historia de Star Wars; ya está.

Considero a «Han Solo» como una película ligera, pero llena de acción y diversión, con constantes guiños a la trilogía clásica a través del atrezo y no plagiándole el desarrollo argumentativo. Si le quitásemos todo el grafismo “estargüasero”, las naves espaciales y los droides, sería una trama ideal para un buen western de finales de la década de 1960 y comienzos de la siguiente (¡si hasta hay un asalto a un tren!); tiene un aura que nos traslada a una época en la que podrían haberse colado en el universo Star Wars actores como Steve McQueen, Ernest Borgnine, Clint Eastwood o Yul Brynner, pateándose el desierto por la frontera mexicana, con el acierto de establecer una correlación histórica concreta, pues si la trilogía 1977-83 y sus derivados coetáneos se anclan en la segunda guerra mundial, cuando el joven Solo conoce a Beckett y su banda, no podemos dejar de sentirnos dentro de las trincheras de la Gran Guerra.

La trama está perfectamente hilada para componer una obra que para nada merece el castigo ni reproche que recibió, incluso cuando tropieza con la cansina subtrama dirigida a remover conciencias ante la injusticia de ciertos colectivos, haciendo caer la línea de tensión narrativa y que pudo llevarse de otra manera. 

Es una película western en toda regla; y si esa es vuestra pega, es que no tenéis ni idea de que Star Wars es un western galáctico. Y «Han Solo» es una buena película y le he disfrutado como un enano por el simple hecho de haber abandonado la senda del purista ultraortodoxo, del talibán cinematográfico que coge un palo de escoba y se pone “ziumm, ziumm”, haciendo poses y realizando vergonzosos movimientos de esgrima a lo jedi. 

Nos pongamos como nos pongamos, Star Wars son historias que forman parte de nuestro acervo colectivo que fueron presentadas de la forma más novedosa posible, anzuelos de los que prender ojos y mentes; y esta «Han Solo» es una de esas narraciones, el problema es que nos hemos embrutecido visualmente y seguimos a la espera de otro mesías, de otra explosión de fantasía como la que se vivió hace más de cuarenta años; algo que, asumámoslo, no se va a repetir.

Solo nos toca disfrutar (o no) de los que nos permitan ver.

Lectura de 20 de Junio de 2019 a las 1200 horas



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martes, junio 18, 2019

Guardia de cine: reseña a «Misión de asesino (Sword in the Moon)»

Título original: «Cheongpung myeongwol». 2003. 102 min. Corea del Sur. Acción, Drama histórico. Dirección: Kim Ui-seok. Elenco: Cho Jae-yun, Min-su Choi, Bo-kyeong Kim, Yeon-su Yu, Gi Ju-bong, Jong-su Lee

Presentada en su sinopsis (de carátula de DVD) como una película histórica de género policiaco, el metraje se reduce al aspecto más íntimo entre los principales personajes intervinientes

Visionar esta película coreana le resultará costosa al espectador occidental por culpa del casi congénito desconocimiento histórico al Este de los montes Urales que sirve como telón de fondo. Por medio de la pantalla nos plantaremos en la Corea posterior al sonoro fracaso de la segunda y última invasión orquestada desde el Japón por el megalómano y senil taiko Toyotomi Hideyoshi, durante la década de 1590. La victoria, por el contrario, abocó a la península a un gobierno débil y a constantes luchas de poder por el trono; y es aquí, en este preciso momento de paz quebradiza y traicionera, cuando varios ministros del gabinete de Seúl son hallados salvajemente asesinados, sin que se dé con motivo o conspiración alguna. El encargado de resolver estos crímenes y presentar al criminal ante la Justicia será el taciturno y letal general Choi, un hombre de honor, pero encadenado para su desdicha a su nuevo amo, un rey coronado durante la última revuelta, que sumió el palacio real en el fuego de la guerra entre hermanos. Choi es un soldado humillado constantemente, mortificado por la sangre derramada de sus compañeros de armas, por la muerte de su mejor amigo por su propia y afilada espada durante aquella aciaga noche que no puede olvidar por mucho que se esfuerce.

La trama de investigación, trufada de cuchilladas y cabezas cercenadas, da paso en flashbacks —cuando Choi tiene claro que el asesino es un fantasma de su propio pasado, aunque de carne, hueso y que respira un aliento de venganza—, a una historia de amistad y camaradería entre dos hombres que se ven obligados a luchar en bandos enfrentados y no por gusto o filiación. Presenciaremos el instante en el que se conocen, junto a ellos profundizaremos en su (malentendida) relación y en la traición impuesta. Y cuando los recuerdos se agoten será el instante en el que el círculo se cierra en torno al asesino y a su compañera de la noche, ambos embarcados en la búsqueda de la más sangrienta revancha que, como suele suceder cuando la rabia parece justificada incluso para el más inmutable de los espectadores, nunca llegará a buen término.

«Sword in the Moon», título que se sirve de la nomenclatura del cuerpo de élite de palacio, es considerada como un clásico moderno del cine coreano de acción y artes marciales. Yo no soy quien para discutirlo pues soy un novato en estas lides asiáticas; pero sí diré que no es más que el cascarón para otra trama de escaso fondo: el típico y repetitivo relato de la amistad truncada por la traición, el deber y la humillación, también por la venganza ciega en un entorno de época que debe parte de su escenografía al Manwha, el cómic coreano. El guión no exige esfuerzo interpretativo alguno a sus actores, cuyas líneas de diálogo son testimoniales y sin gran peso, derivándose en exclusiva a los silencios y a las escenas de lucha (con la típica ralentización asiática acompañada, en esta ocasión, de cierta distorsión a la cámara, algo que considero un error pues ni una ni otra refuerzan en absoluto la belleza del movimiento y, encima, emborronan la coreografía); los protagonistas, por su lado, demuestran una buena técnica de esgrima y se mueven a través de una excelente ambientación histórica en cuanto a decorados y vestimentas, sin dar saltos con muelles ni practicar vuelos con cable.

Por su corta duración, algo más 90 minutos, valdrá la pena para cualquiera que se atreva a asomar la nariz por el territorio del cine histórico coreano, sin que se aburra al escuchar una vez más el viejo cuento de la camaradería quebrada pero recuperada en el último momento.

Lectura de 18 de Junio de 2019 a las 1200 horas



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jueves, junio 13, 2019

Guardia de cine: reseña a «Ha nacido una estrella»

Título original: «A Star Is Born». 2018. EEUU. 135 min. Drama. Dirección: Bradley Cooper. Guión: Will Fetters, Bradley Cooper, Eric Roth; historia de William A. Wellman y Robert Carson. Elenco: Bradley Cooper, Lady Gaga, Sam Elliot, Rafi Gavron, Andrew Dice Clay


Tercera versión del cuento de la Cenicienta con voz de oro; una historia de amor y sobre el precio a pagar por la fama

Bien lo dicen en un par de ocasiones durante el metraje; no recuerdo las palabras exactas, pero sí su sentido: todas las historias están ya contadas, solo resulta novedoso aquello que el artista en particular puede ofrecer al público. Y tras años reseñando películas, libros y otros, me he percatado de que es cierto, sin necesidad de que me lo dijera ninguno de los personajes que pueblan esta tercera versión del mismo cuento de una moderna Cenicienta. Siempre están presentes los mismos hechos y sentimientos, solo cambia la ubicación espacial y temporal, los rostros de los actores…; son las piezas de un puzle que se puede montar, aún sin necesidad de que encajen, y que siempre acaban, sin excepción, mostrando con precisión la imagen de la caja donde se guardan.

La película da comienzo introduciendo a Jack, un cantante country-rock con serios problemas de adicción quien, durante una noche de desvelo solitario tras un concierto, deambulando por la ciudad, da con un garito con espectáculo transformista en el que actúa de vez en cuando una chica atrapada en un trabajo que detesta y sin posibilidades de huir; una chica cuya interpretación de Edith Piaff deja atónito a Jack; una chica del montón, con una nariz un tanto particular (para nada a la “altura” de Barbra Streissand), que se llama Ally y con la que Jack pasará una noche recorriendo baretos, creando los cimientos de una relación, descubriendo una voz prodigiosa que, encima, tiene cabeza para componer.

Sin duda, uno de los mejores momentos es cuando Jack convence a Ally para que canten juntos esa canción a medio terminar que ella le canturreó en el parking de un supermercado 24 horas. Emocionante, la verdad, sobre todo cuando «Shallow» es una composición portentosa y espléndidamente interpretada; de esas que marcas como favoritas en tu perfil de Youtube y escuchas una, dos, tres… mil veces; que tarareas de camino al trabajo o que, en el peor de los casos, no te deja dormir al estar repitiéndose en tu mollera como el ciclo de una lavadora atascada.

Pero, aparte de esos tres minutos musicales, lo que sí me ha gustado de la película es el sabor que dejan los diálogos, que son francos, directos, como calcados de conversaciones reales y espontáneas. Apenas se aprecia nada de esa corrección que siempre acaba entrando en el guión tras las continuas revisiones del texto. A esto se suman una serie de detalles que parecen ser propios de instantes fuera de grabación oficial, con una pareja de actores protagonistas entre los que debe haber surgido una relación muy intensa y cariñosa, sin que por ello tenga que haber intercambio de fluidos (¡malpensados!). Hablo de detalles que cuesta mucho creer que hayan sido dirigidos y que, al menos a mis ojos, son sinceros; si me equivoco en este punto, he de levantarme de la butaca y hartarme de aplaudir.

La historia de amor, nada empalagosa para mi alivio, sigue las directrices de la acción para que Ally alcance el estrellato musical y que se Gagagiza, momento en el que la película pierde interés, aunque se un cambio necesario para llevar a los protagonistas al límite de sus sentimientos, cuando las cosas comienzan a torcerse, a salirse de madre, para luego recuperar la rectitud de forma dramática. Entre la mofa de Lady Gaga hacia su propio personaje (Ally no quiere ser rubia), y a toda la superficialidad de la música comercial de la que ella es reina indiscutible, se quiere enfatizar el precio del éxito, de la presión que solo se contrarresta con adicciones, de la envidia perdonada por el amor incondicional de Ally hacia Jack.

«Ha nacido una estrella» es, a fin de cuentas, una película sobresaliente, en la que brillan, por encima de todo, las palabras y cómo se expresan.