jueves, junio 14, 2018

«Co-Co», The Sweet



Co-Co would dream of dancing
At midnight beneath the stars
'Cos when it comes to dancing
Co-Co's a star

He danced in a ring of fire
That circled the island shore
And as the flames got higher
They'd all call for more and more

Ho-chi-ka-ka-ho, Co-Co
Ho-chi-ka-ka-ho, Co-Co
Ho-chika-ka-ho, go go Co-Co

Ho-chi-ka-ka-ho, Co-Co
Ho-chi-ka-ka-ho, Co-Co
Ho-chi-ka-ka-ho, go go Co-Co



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Lectura de 14 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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miércoles, junio 13, 2018

El buque de Seguimiento Satelital y de Misiles «Kosmonavt Yurii Gagarin»

Atracado en Odessa, 1971
Insignia entre los de su clase, el Kosmonavt Yurii Gagarin tuvo un papel fundamental durante los últimos años de la Guerra Fría, cumpliendo sobradamente su cometido, pero no tanto como para ganarse un retiro y final dignos, a semejanza de la práctica totalidad de la alta tecnología soviética

Si algo caracterizaba a los rusos comunistas fue su afán por construir las máquinas más grandes e insospechadas jamás vistas, como vanidosa demostración de fuerza, tanto industrial como científica. Por desgracia, tanto esfuerzo solo sirvió de futuro acopio para innumerables chatarreros y desguaces repartidos por el ancho mundo.

En su día os hablé de un buque de telecomunicaciones que acababa con la vida de todas las ratas que se colaran en sus bodegas, y que tuvo un historial ciertamente corto y decepcionante: el SSV-33 Ural (proyecto 1941 "Titan") Kapusta. Pero hoy me gustaría hacer otro tanto con un navío que fue la estrella de una pequeña flota llamada “Espacial”, de la que formaba parte el SSV-33, y que era una macro estación móvil de seguimiento de misiles, cohetes, satélites y todo lo que despegara del suelo con el sello URSS pegado en la cubierta y llegara a la órbita: el Kosmonavt Yurii Gagarin.

Orgullo de los astilleros de Leningrado Baltic S&G Works, fue completado en 1971, siguiendo los planos de la clase Sofia o Akhtuba (ex Hanoi) de buque tanque a vapor. Una vez botado, tardó solo unos meses en ser fotografiado en emplazamientos tan delicados como La Habana, la bahía de Nipe, Cienfuegos y la base naval de Cayo Alcatraz. Aunque se vendiera al mundo como un buque “pacífico”, de investigación, dentro del programa de exploración espacial (en particular, de la Luna, cuando ya habían tirado la toalla), y adscrito a la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, no menos cierto era que su principal labor era la de control y seguimiento balístico, como pieza fundamental del escudo antimisiles de la URSS.

El Kosmonavt Yurii Gagarin en la Bahía de Nipe (Cuba), 1971-72
Los números del Gagarin aún asombran. Poseía una eslora de 231,6 metros, una manga de 32 y un calado de 9,2. Su planta de dos turbinas a un eje le permitía generar 14.000 kw que desplazaban 45.000 toneladas a una velocidad de 18 nudos. Su autonomía de hasta 130 días, sin necesidad de repostar combustible ni provisiones, le permitía batir récords de permanencia en alta mar. Con la calculadora en la mano, era capaz de recorrer 20.000 millas náuticas por misión.

En su rol se contabilizaban 248 personas, de las que 136 eran tripulantes. El resto se ocupaba de 86 laboratorios de investigación y seguimiento, y de las 1.250 habitaciones dedicadas a distintas funciones científicas y personales. Mención aparte merecen los objetos que le daban su especial configuración: cuatro enormes antenas reflectoras parabólicas, dos de ellas de 25 metros de diámetro y las otras dos de 12,5, y de 1.000 toneladas de peso, que no causaron pocos problemas de navegación, pues cuando se orientaban de forma que dejaran de estar en posición nadir, hacían efecto vela (disminuyendo en dos nudos la velocidad si se orientaban hacia proa), por lo que mantener el navío quieto era realmente complicado (por no decir otra cosa), imposibilitando un correcto seguimiento de los objetos espaciales. A estas cuatro había que sumar otras 73 de menor tamaño, tipo y configuración.



Pero el Gagarin, como algunos de sus hermanos, era mucho más que un frío buque de investigación. En sus “tripas”, los hombres y mujeres que fueran abordo podían disfrutar de una existencia distendida, con comedores, un gimnasio, un teatro con un aforo de 300 personas y tres piscinas cubiertas. En su interior había, incluso, espacio suficiente para cargar con varios vehículos con los que, quien tuviera los permisos pertinentes, podía desplazarse por tierra una vez en puerto.

Breve recorrido por el interior del Kosmonavt Yurii Gagarin
Como insignia de una flota de once navíos especiales, tuvo su principal (o única, según se vea) área de operaciones en el Océano Atlántico (que nadie se desmaye por la obviedad que he soltado), donde realizó entre 1971 y 1991 unas 20 expediciones. La razón de tanto buque por todos los mares se justificaba con las propias órbitas de los ingenios, que solo permitían seguirlos en territorio soviético 9 de cada 24 horas del día. Y el seguimiento, a su vez, a estos barcos por las naciones adscritas a la OTAN no solo se realizaba por cuestiones de seguridad, sino también por puro “cotilleo”; por ejemplo, la desbandada general que se produjo en el Índico en Diciembre de 1968 confirmó a los EEUU el fracaso de la misión soviética a la Luna, lo cual le dio a la NASA unos meses más de oxigeno para preparar la exitosa misión Apollo 11.

Gracias a la insoportable presión económico-armamentística que la Administración Reagan aplicó sobre la URSS, ésta colapsó a finales de la década de 1980. El tsunami administrativo y gubernamental fue tal que muchos de aquellos orgullos soviéticos se derrumbaron al mismo ritmo que las estatuas de Lenin en las plazas públicas. La flota “Espacial” fue una de tantas víctimas, siendo el caso del Gagarin bastante rijoso: acabó en manos de Ucrania tras su recién adquirida independencia, pretendiendo su gobierno mantenerlo, pero, como sucedía en todas esas repúblicas que habían recuperado su soberanía, las arcas estaban vacías. Por tanto, lo que se avecinó era de esperar, más que nada cuando la tripulación, a mediados de la década de 1990, comprobaba con desesperación cómo el pago de sus nóminas se iba retrasando mes tras mes. La solución de la centena larga de tripulantes fue también muy rusa: con paciencia y sin disimulo, procedieron a canibalizar y comercializar cuanta pieza pudiera extraerse del navío sin comprometerlo seriamente. Hablamos de material técnico, pero también de piezas del museo que se guardaban en su interior, como regalos personales de cosmonautas que visitaron la nave, etc.

Al final, fue obvia la ridiculez que suponía seguir manteniendo semejante “bicho” sin función alguna para Ucrania que, en 1996, tras las pertinentes negociaciones, vendió el Gagarin a una compañía australiana de desguace de barcos a 160$ la tonelada de metal, siendo llevado a un puerto de la India (al igual que el Akademik Sergei Korolev), previo el borrado de toda referencia a su glorioso pasado, incluso renombrándosele como Agar.

Supuestamente, el del fondo es el Gagarin
Para dar término al artículo, vamos a referenciar los buques de la flota “Espacial”:

  • Kosmonavt Vladimir Komarov, de 17.000 toneladas
  • Kosmonavt Yurii Gagarin, de 45.000 toneladas
  • Akademik Sergei Korolev, de 21.250 toneladas
  • Akademik Nikolai Pilyugin. Incompleto
  • Kosmonavt Pavel Belyayev
  • Kosmonavt Georgi Dobrovolskii
  • Kosmonavt Viktor Patsayev. En uso
  • Akademik Vladislav Volkov
  • Borovichi
  • Kegostrov
  • Morzhovets
  • Nevel
  • Marshal Nedelin
  • Marshal Krylov

Lectura de 13 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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martes, junio 12, 2018

Reseña de cómic: guardia a «Bajo el sol de medianoche»

Guión: Juan Díaz Canales
Dibujo: Rubén Pellejero
NORMA CÓMICS. 2015, Barcelona
78 páginas
ISBN: 978-84-679-2092-5
En la obra de Canales y Pellejero no se aprecia instinto, solo un miedo reverencial y absurdo hacia Hugo Pratt, sin pretender superarlo en ningún momento

Hace unos pocos años apareció la noticia que removería el mundo del cómic hasta sus sólidos cimientos: la fundación CONG SA, titular y gestora de los derechos de autor de Hugo Pratt, había dado luz verde a un proyecto singular: volver a dar vida al mítico personaje Corto Maltés, importando bien poco que su creador llevara 20 años fallecido. Tributo al genio de Rimini; ansiedad por no quedarse tan solo en las largas historias de aventuras dibujadas en las décadas de 1970 y 1980 principalmente; ¿deseos de amasar pasta fresca? Sería absurdo pretender desentrañar qué movió a las cabezas pensantes de CONG SA a realizar semejante apuesta, pero es cierto que el proyecto se presentaba con unas galas inmejorables, sobresaliendo el guionista Juan Díaz Canales (Blacksad), quien garantizaba la calidad del álbum, al menos, en apariencia, sirviéndose se los lápices de Rubén Pellejero (El silencio de Malka).

A fecha de la presente se han editado dos tomos, «Bajo el sol de medianoche» y «Equatoria», siendo que el primero es el único al que he tenido oportunidad de hincarle el diente, leyéndolo de cabo a rabo. 

La historia que se confina entre sus tapas es muy Pratt. Sigue un esquema muy estudiado, en el que no falta el guiño literario, la mención a Venecia o, incluso, el elenco típico de aventureros, déspotas, patriotas, soldados de fortuna, cobardes, espías… y un Corto Maltés tan bocazas como de costumbre. Sabor a mar y a Muerte. El carrusel Prattiano al completo y sin excepción, con un inicio prometedor, con Corto pretendiendo hacer un último favor a su amigo Jack London, en las tierras del Gran Norte. Ese comienzo habría entusiasmado a Pratt y entusiasma a cualquier aficionado a sus novelas gráficas, pero…

En fin, el carrusel está ahí, pero todo él posee una pátina de tan desdeñosa artificialidad que echa para atrás. Ni el guión ni el dibujo van a engañar a nadie, más que nada porque es un absurdo homenaje-plagio. El dibujante pretende alcanzar la simpleza del trazo final de Pratt, viejo y más ocioso que de costumbre, con unas viñetas que son un vergel de recursos bastos. Cualquiera que haya leído las aventuras del Maltés a cargo de Pratt notará ahora un sabor agrio, el que se degusta cuando alguien quiere resucitar a un autor muerto sin aportar nada nuevo o propio. El guionista no tanto, pero el dibujante se ha dejado esposar por una ingenua querencia u homenaje de líneas ortodoxas.

Por su parte, el trabajo de Canales no es que sea de suspenso, pero tampoco de sobresaliente. Dejémoslo en un punto medio. Lo más negativo es que permite que las páginas tomen tal velocidad que causa sensación de vértigo, sin dar tiempo a muchos personajes de adquirir cierta “madurez” para el peso que se les atribuye en la trama. Para más inri, el guionista se lo pasa en grande echando mano de la cornucopia personal de chistes ingeniosos que traslada a las bocas de los personajes, pero poco más; incluso algunos resultan ser demasiado estúpidos. Además, sus bocadillos apenas dan lugar para más de una frase, algo que no se corresponde con el espíritu Prattiano que se pretende honrar, seguir o plagiar,

Pero de lo que realmente adolece el cómic es de la forma de trabajar de sus creadores. Desconozco el programa que adoptaron, pero no parece que hicieran propia la forma de trabajar de Pratt: dibujar primero y, luego, escribir los diálogos. Pratt se dejaba guiar por su instinto, haciendo fluir la historia; que sus personajes hablasen solos. Y en la obra de Canales y Pellejero no se aprecia instinto salvo un miedo reverencial y absurdo hacia el italiano, sin pretender superarlo. Si Pratt se mantuviera con vida, no le importaría en absoluto que unas manos más jóvenes siguieran inmortalizando las historias del personaje que le permitió alcanzar fama mundial, pero, quizá, no de esta manera (algo que los de CONG SA no han sabido ver).

Supongo que el proyecto seguirá avanzando; la publicación del segundo álbum debe ser prueba de ello, además de las reediciones de este «Bajo el sol de medianoche». Y yo leeré todo lo que pueda, pero estos nuevos trabajos no sustituirán a ninguno de esos viejos cómics dibujados hace tantos y tantos años...

Una última cosa. Animo a los involucrados en este renacimiento a que sitúen a Corto Maltés en otra etapa que no sea siempre la de 1914-1918, pues ya va siendo poco verosímil la capacidad del personaje de moverse por tantos y tan distantes puntos del planeta en tan corto periodo de tiempo.

Lectura de 12 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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lunes, junio 11, 2018

Luis Delgado Bañón presenta nueva novela


Envidiable es la carrera de este señor de las Letras y la Mar. Incansable su pluma y desafiante su prosa, que aborda, desde su particular óptica, la Historia de España.

Este jueves 14 de Junio, a las 20.00 horas, Delgado Bañón presentará el volumen 29º de su saga marinera, titulado «El navío Reina Doña Isabel II», que tendrá lugar en la Sala Isaac Peral del Museo Naval de Cartagena.

Como siempre que nos es posible, nos hacemos eco de este acto, deseando mucha suerte y asistencia a este veterano autor.

Lectura a 11 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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jueves, junio 07, 2018

«Radar Love», Golden Earring



I've been drivin' all night, my hand's wet on the wheel
There's a voice in my head that drives my heel
It's my baby callin', says I need you here
And it's a half past four and I'm shiftin' gear
When she is lonely and the longing gets too much
She sends a cable comin' in from above
Don't need no phone at all
We've got a thing that's called radar love
We've got a wave in the air, radar love
The radio is playing some forgotten song
Brenda Lee's comin' on strong
The road has got me hypnotized
And I'm speedin' into a new sunrise
When I get lonely and I'm sure I've had enough
She sends her comfort comin' in from above
We don't need no letter at all
We've got a thing that's called radar love
We've got a light in the sky, radar love
No more speed, I'm almost there
Gotta keep cool now, gotta take care
Last car to pass, here I go
And the line of cars drove down real slow
And the radio played that forgotten song
Brenda Lee's comin' on strong
And the newsman sang his same song
Oh one more radar lover gone
When I get lonely and I'm sure I've had enough
She sends her comfort comin' in from above
We don't need no letter at all
We've got a thing that's called radar love
We've got a light in the sky
We've got a thing that's called radar love
We've got a thing that's called radar love

Lectura de 7 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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martes, junio 05, 2018

Guardia de cine: reseña a «Trono de sangre»

Título original: «Kumonosu-jô». 1957. Japón. B/N. 1 hora y 50 minutos. Dirección: Akira Kurosawa. Guión: Hideo Oguni, Shinobu Hashimoto, Ryûzô Kikushima, Akira Kurosawa, adaptando la obra «Macbeth», de William Shakespeare. Elenco: Toshirô Mifune, Isuzu Yamada, Takashi Shinura, Akira Kubo, Hiroshi Tachikawa, Minoru Chiaki, Takamaru Sasaki

«Trono de sangre» es considerada por muchos como la mejor adaptación cinematográfica de «Macbeth». Yo no voy a discutirlo, pues coincido en es que es un filme cuidadoso, puramente japonés, que hace suya la historia shakespeariana, puramente humana, y la funde con las tradiciones narrativas niponas

William Shakespeare escribió tantas comedias como tragedias. De todas ellas solo unas pocas nos resultan mínimamente familiares al formar parte inexcusable de nuestro raquítico acerbo cultural. Aparte de las consabidas, es poco probable que nos suene algún título a mayores.

Entre los verdaderos dramones del de Straton-on-Avon se da una especie de quintología que reúne un vasto compendio con los más bajos instintos de los que hace gala el ser humano: «Hamlet», «Romeo y Julieta», «Otelo», «Macbeth» y «El rey Lear». De entre las reseñadas, mi favorita es «Macbeth», junto con «El rey Lear», quizá por la honda impresión que me causó ser testigo, a medio de la lectura y transcurridos los siglos, de la brutalidad de sus escenas, la misma en la que no existe piedad ni para los niños ni los ancianos indefensos, dejando en paños menores toda diarrea martiana en tronos de hierro.

Akira Kurosawa decidió en su día hacer una apuesta arriesgada pues el cine, bien se sabe, no es lugar para cobardes: adaptar la obra teatral «Macbeth» a la gran pantalla y con toda la esencia del Japón feudal. Hoy día nos parece incluso corriente ver a Hamlet como un príncipe danés en pleno s. XIX, a Puck como un duendecillo picaruelo en la década de 1900 o a Tito Andrónico gobernando un futurista estado fascista. Kurosawa trasladó la tragedia desde las highlands escocesas hasta unas tierras no menos inhospitalarias del Japón del s. XVI, en pleno periodo histórico del Sengoku (país en guerra), a los pies de un bosque y un castillo llamados de las Telarañas. 

Entre los recovecos de la floresta, los Macbet y Banquo de ojos rasgados, quienes responden a los nombres de Washizu y Miki, capitanes del daimyo Suzuka, se encuentran con una espeluznante figura espectral: un espíritu del bosque que compone el futuro en su rueca. Dicha aparición desvela a los dos oficiales el futuro que les deparará; aunque en realidad es el empujón que ambos, sobre todo Washizu, necesitarán para hacer realidad sus más profundos deseos: un empujón que los arrojará al abismo.

La esposa de Washizu, con vestimentas y afeites de mujer de samurai, ejerce de Lady Macbeth añadiendo al personaje un aura siniestra hasta entonces nunca vista; guía igualmente la mano homicida del protagonista del drama para hacer realidad las palabras del espíritu del bosque de las Telarañas: alcanzar el trono. Una vez más nos haremos la pregunta de si Macbeth-Washizu sería capaz de actuar como termina haciéndolo si su compañera no emponzoñara sus oídos, minando su determinación y lealtad hacia su clan y sus compañeros de armas. ¿Es en realidad Lady Macbeth-Washizu un ente real e individual o parte de la conciencia del protagonista, una materialización física de su mente separada, asumiendo el polo oscuro de su mente? Lo que resulta más evidente es el nombre del lugar escogido para desarrollar la historia, que parece condenar a los personajes de antemano: el futuro de Washizu se desvela en el bosque de las Telarañas, donde el espíritu teje el destino; donde Washizu queda atrapado sin remedio, debiendo pagar un alto precio por sus crímenes: pérdida de herederos, locura…

«Trono de sangre» es considerada por muchos como la mejor adaptación cinematográfica de «Macbeth». Yo no voy a discutirlo, pues coincido en que es un filme cuidadoso, puramente japonés, que hace suya la historia shakespeariana, puramente humana, y la funde con las tradiciones narrativas niponas. Akira Kurosawa realiza un gran trabajo y dirige con maestría a su actor fetiche, Toshiro Mifune, quien parece salir de un cuadro Ukiyo-e, al igual que las escenas más dramáticas, dotando de extremada fuerza al contenido gráfico.

Se echa en falta el soliloquio de Macbeth hacia el final de la obra, uno de los momentos más sobresalientes del original. “Apágate breve llama. La vida es una sombra que camina”; y se lamenta que la película no fuera filmada en color, pues nos impide acercarnos y recrearnos en el colorido propio de las vestimentas de los guerreros y los daimyos (a la riqueza del vestuario).

Ésta es una película que llevaba largos años deseando visionar, pero he comprobado que el espíritu del bosque de las Telarañas tenía trenzados planes bien distintos para mí. La experiencia ha sido positiva, aunque hay que comprender que es un filme datado en los años 1950, cuya lentitud y silencios pueden poner a prueba al más inquieto, siendo que los veremos plagiados en los westerns meridionales.

«Trono de sangre» es una producción a la que hay que salir al encuentro desde la curiosidad por el mundo nipón y por querer comprenderlo; por obtener una visión preclara de una historia universal de ambición desmedida y traición, tan naturales al ser humano, y que casa a la perfección con la idiosincrasia del Japón feudal.

Lectura de 5 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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jueves, mayo 31, 2018

Relación de publicaciones de Mayo de 2018

Artículos

Reflexiones a la luz de la bitácora
—Artículo de opinión «¿La tecnología nos hará libres?» https://goo.gl/bkVvWJ

Reseñas
—Reseña a la película surcoreana «JSA. Joint Security Area» https://goo.gl/gfv7be
—Reseña a la segunda temporada de la serie de televisión «The Bridge» https://goo.gl/KbAAJE
—Reseña a la película «El gran dictador», de Charles Chaplin https://goo.gl/Y25GBy
—Reseña a la novela «El Gran Gatsby», de F. Scott Fitzgerald https://goo.gl/6D6Gdx
—Reseña al cómic «Donde la tierra arde», biografía de los últimos días de vida de la reportera de guerra Italia María Grazia Cutuli https://goo.gl/wH196q

Lectura de 31 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



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martes, mayo 29, 2018

Guardia de cómic: reseña a «Donde la tierra arde», de Giuseppe Galeni y Paola Cannatella

Título original: «Maria Grazia Cutuli.
Dove la terra brucia»
Colección Nómadas 52
Norma. Barcelona
Primera edición. Octubre de 2012
ISBN: 978-84-679-0951-7
128 páginas
Éste no es un cómic de sucesión de viñetas o de pensamientos de la narradora; es un análisis de la Historia, males y futuros de Afganistán, que los europeos tendemos a simplificar hasta extremos absurdos

No es algo que brille mucho en mi biografía, pues no lo aireo por costumbre al quedarse en un vacuo sueño de verano, durante mis últimos tiempos de bachiller. Viniendo de alguien que comenzaba a notar los primeros mordiscos de la Literatura activa, no ha de sorprender que entre los cinco renglones que, en aquella, nos hacían rellenar con las carreras de preferencia en el formulario de acceso al proceso de la Selectividad, hubiera apuntado Ciencias de la Información.

Pasados tantos años, sospecho que desde las altas instancias educativas se decidió que nuestra generación fuera inmolada en aras de nutrir las diezmadas facultades vascas de Ciencias de la Información, pues había pocos con suficiente redaños o padres tan inconscientes como para o permitirles entrar en las aulas de Lejona, donde entonces se podía cubrir en directo cargas policiales como práctica de primer año. Y la cosa no les salió bien pues solo recuerdo que mi compadre David García (¿dónde estarás tras tanto silencio?) fue el único quinto que, tras superar la dichosa, saturada y ridícula prueba de acceso, encaminó su futuro hacia ese mundo de dar a conocer al mundo lo que mismamente sucede en su seno.

Durante meses y meses, tuvimos que dedicar las horas de Lengua y Literatura no a Cervantes, Lope, Pardo Bazán o Sender, sino a los artículos de opinión de Javier Marías o a Arturo Pérez-Reverte (imaginaos hacer eso ahora, con la corriente feminazi campando entre las arrugas del profesorado). Estudiamos hasta la náusea las cinco Ws del Periodismo, analizamos la estructura de un artículo periodístico, etc. Incluso leímos «Territorio Comanche» para, como trabajo final, redactar la noticia de la voladura del puente que ocupa a los dos protagonistas durante un buen rato, y que se combinaba en el texto con anécdotas de reporteros de guerra y autobiográficas, que nuestras imberbes mentes adolescentes no terminaban de cuadrar.

Sí, me hubiera gustado ser periodista. Incluso, si el calendario y el bolsillo lo dispusieran, me matricularía en alguno de esos atractivos másteres de Periodismo para licenciados en Derecho. ¡Claro que sí!, pero querer no es poder al 100% de las ocasiones, o puede que me esté dejando ganar por la podredumbre golosa de dejarme resecar al sol.

Y ahora, tras mi habitual y corto striptease personal, que muchas veces esconde la llave de porqué me he tomado la molestia de leer tal o cual volumen, paso a hablaros de «Donde la tierra arde», cuya  presentación por parte de Norma es un tanto interesada, tirando del hilo de Pérez-Reverte, de quien hacen uso de un epitafio dedicado a Julio Fuentes, quien aparece en el cómic y que resultó asesinado junto a Maria Grazia Cutuli, auténtica protagonista del libro, el traductor Homuin, el camarógrafo australiano Harry Burton y el fotógrafo afgano Azizullah Haidari, de camino a Kabul el 20 de Noviembre de 2001. Tal y como se escribe la contraportada, se llega al error de que Julio Fuentes centra un binomio estelar, cuando no es así, por mucho que tenga un peso relevante del que carecen otros muchos personajes; quizá por el destino compartido. Entre la sinopsis y las sentidas palabras de Pérez-Reverte dedicadas al compañero caído, se llega a confundidas conclusiones, hasta que se da con el título original en italiano: «Maria Grazia Cutuli. Dove la terra brucia».

Este cómic, narrado en primer persona, retrata a Maria Grazia, una joven periodista siciliana de 39 años, cuya mayor aspiración debería común a todos los del gremio: estar allí donde ocurre aquello a lo que el resto del planeta da la espalda por ignorancia o por lejanía. Y, ¿qué se ignora más o está más lejano para un occidental que la guerra? Nos hemos acostumbrado a la divina paz y a ver el terror y la miseria por la pantalla, perdiendo el sentido y el valor del sufrimiento ajeno. Pero, ¿qué sería de nosotros si no hubiera alguien en el lugar preciso, en el momento justo para contarlo en una crónica? 

Por desgracia, el periodismo de raza está en peligro de extinción. No abundan precisamente los Leguineches o de la Quadra Salcedo que se plantan en suelos cubiertos de cristales y a los que nada les une a unos colegas afuncionariados y cotillas. Y María Grazia Cutuli y otros tantos ya no están, aquellos que sí estuvieron en Camboya, en Somalia y, en el hilo del cómic, en la zona talibán, presionados los terroristas por el ansia combativa y revanchista angloamericana y de la Alianza del Norte. María Grazia trata de comprender el país; con ella lo intentamos nosotros también.

Éste no es un cómic de sucesión de viñetas o de pensamientos de la narradora; es un análisis de la Historia, males y futuros de Afganistán, que los europeos tendemos a simplificar hasta extremos absurdos. Profundizaremos en el crisol tribal, en el terror talibán, en el papel de la mujer en el Corán y en la estrechez de miras de los fanáticos; en el cómo la guerra ha destrozado la región y cómo ningún concepto occidental podrá agarrar en la roca cultural y social de los afganos, unidos y divididos al son de un AK-47.

Permitiéndonos leer un diario personal, acompañaremos a María Grazia desde Pakistán a Afganistán y, por medio de sus recuerdos siempre de conflicto, a otras guerras; entre un horror en el que ella se sentía cómoda y en la obligación de permanecer por ser su pasión, despreciando a aquellos reporteros que, aún en el lugar, se encerraban en sus habitaciones de hotel, sin mancharse las retinas. Y también conoceremos el gusto no siempre dulce de la ecléctica camaradería internacional.

La sensación de la lectura de las últimas páginas no puede ser más desazonadora, pero es el precio que pagan aquellos con los que la Parca ha de cumplir con la terrible estadística. El texto, a medio camino entre el cómic y el artículo periodístico, nos mete de lleno dentro de Cutuli, en su carácter y en aspectos personales clave, hasta el punto de tener la convicción de que la has conocido en carne y hueso, que has estado con ella, que la has escuchado; que te ha transmitido su pasión, por muy extravagante que pueda aparentar en ocasiones. Y otro tanto pasa con el resto de nombres menores que jalonan las planchas.

Corremos tras la noticia y aprendemos con Maria Grazia algo del oficio. Compartimos con ella y los demás la extravagante felicidad que les embarga al entrar en (como al salir de) una zona de conflicto; así como la terrible broma del destino. 

Por su parte, en el aspecto gráfico, se ha optado por el dibujo y sombreado a lápiz, con lo bueno y lo malo que esto trae consigo: potencia el aspecto personal de la obra, aunque es probable que hubiera ganado enteros si se hubiera entintando en blanco y negro. Por otro lado, encontramos viñetas demasiado pequeñas para un lápiz tan grueso como el empleado, colándose cabezones y formas extrañas en los cuerpos humanos. Hay belleza por un lado e impotencia o incapacidad por otro, lo cual nos conduce hasta una opinión partida, incluso ambigua; a lo que no ayuda haberse limitado en ocasiones a copiar fotografías de Cutuli.

Como «Territorio Comanche», «Donde la tierra arde» es una obra de obligada lectura para aquellos interesados en los reporteros de guerra, en esos locos que, con menor frecuencia (y no porque no haya conflictos suficientes para todos los gustos), ocupan, con sus cascos, chalecos antibala y palabras, los espacios de Internacional en telediarios y periódicos; por conocer una visión directa del Mal.

Lectura de 29 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 19º
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