miércoles, mayo 23, 2018

Monstruos marinos: El trunko

Los monstruos siempre han ocupado una parcela importante de nuestra imaginación y temores. Materializan un peligro u obstáculo que nos obliga a sopesar las opciones y a decidir por aquella que mejor preserve nuestra propia integridad física. No es una cuestión de broma cuando nuestro cerebro, en fase primitiva infantil, nos obliga a pedir que nuestros padres comprueben si debajo de la cama hay algo; en el fondo, estamos activando un mecanismo de defensa tan antiguo como intrínseco, que ha llevado a que nuestros catres estén situados a varios centímetros sobre el suelo, lo  más alejado de ratas, insectos y otros bichos especializados en visitas nocturnas.

Están en los cuentos, suavizando la realidad menos fantástica; como también ocuparon su lugar en mapas, aún con un poso de realidad ante la ignorancia. Allí, en esos pliegos que trazaban costas y mares, estaba lo ignoto, un peligro de muerte segura; un simple jaleo para activar el instinto de supervivencia en aquellos menos dados a arriesgar la vida o empujados por la desesperación, como no sería el caso de muchos exploradores del Medievo y la Edad Moderna.

Y esos monstruos, muchos de ellos imposibles, han ido jalonando nuestra Historia con avistamientos conservados en las crónicas. Los hay que no han pasado de mitos y otros que han sido confirmados por la Ciencia (como el kraken) o desmentidos por esta Dama, al dar una explicación coherente y acusadora de cierta confusión, más basada en la subjetividad que en un buen par de ojos sin dioptrías.

Uno de los monstruos de más reciente aparición es uno que responde al nombre de trunko, avistado a comienzos del s. XX en las costas sudafricanas. Lo más curioso es justo aquello que puede dar respuesta al misterio: los testigos de su primera aparición ante el público, en 1922, lo describen como un pez lanudo (más bien, serpiente), detalle sobre cual volveremos más adelante.

El posterior avistamiento de 25 de octubre de 1924 es mucho más detallado. Reportado en la playa Horse gheit, es cuando se le comienza a llamar Trunko y la descripción del animal es, como poco, singular: cuerpo de oso con trompa de elefante y cola de langosta. En aquella ocasión estaba siendo atacado por dos orcas.

Y en 1925 la cosa dio un giro y, en vez de un cadáver, se habla de un trunko vivo atacando cetáceos, lo cual no tiene mucho sentido.

Bien. Sentado esto, decir que los peces lanudos suelen ser comunes en la cosmogonía de los monstruos que pueblan nuestros océanos y tiene, el 100% de las ocasiones, una solución bien sencilla: los cadáveres de grandes (y no tanto) animales marinos, por acción del oleaje y de los depredadores y carroñeros, comienzan a lucir bien pronto una serie de lanas, que no son más que jirones de carne blanqueados por acción de la putrefacción y los dientes ajenos. A cada mordisco, el correspondiente jirón si no se ha arrancado bien la pieza.

En el caso de 1924 parece evidente que las orcas no atacaban un ser vivo, sino un cuerpo muerto de alguna ballena. La trompa de elefante se puede deber a la propia y característica mandíbula de los grandes cetáceos; si se le desprendió la carne de la cara y quedó solo la parte superior, bien podría confundirse con una “trompa”.

Lo de la cola de langosta se referirá a la forma de la aleta caudal, que es horizontal, más aquí entra en juego la desbordante imaginación del pueblo.

Pero, ¿por qué no divagar sobre el tema? Las costas de África son ricas en animales extraños y exóticos. No menos cierto es que en ellas, por ejemplo, se encontraron hasta fósiles vivientes, como el celacanto. ¿Es posible que el trunko sea otro fósil viviente? Tomando como base las posibles dimensiones del animal y su forma, bien podría ser un plesiosaurio algo desfavorecido o un cetáceo prehistórico, como el eurhinodelphis. Pero desde 1925 el trunko se ha desvanecido entre las profundidades y no ha vuelto mostrarse a ojo humano alguno.

Lectura de 23 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



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martes, mayo 22, 2018

Guardia de literatura: reseña a «El Gran Gatsby», de F. Scott Fitzgerald

Título original: «The Great Gatsby»
Traducción: E. Piñas
UNIDAD EDITORIAL SA.
Madrid, 1999
Col. Millenium de El Mundo
191 págs.
ISBN: 84-8130-113-2
Aunque la historia sea tediosa, Scott Fitzgerald nos regala una prosa elegante ante la que nos arrodillaremos; las figuras y los recursos que maneja para crear imágenes son tan únicas y exuberantes que terminaremos leyendo «El Gran Gatsby» no por saber qué sucede con los personajes, sino por estremecernos ante el roce de filigrana de las palabras tatuadas sobre el papel

Éste es un pequeño libro que lleva en casa desde 1999, pero que nunca me incitó a nada; sus gritos ahogados se perdían entre los vientos huracanados que nacen en el seno de la librería familiar. No es que me resultara hostil en modo alguno, pero sí me hastiaba el mundo que describe. Sin embargo, el reciente contacto con la Generación Perdida de Gertrude Stein acabó por torcer mi capacidad volitiva, como por capricho, y arranqué el ejemplar del pétreo abrazo de polvo y soledad en el que descansaba en una esquina de la estantería y comencé a leerlo con la tranquilidad que me caracteriza.

Para empezar diré que la historia que narra Nick Carraway en primera persona no resulta amena; es, incluso, aburrida, no faltando instantes en los que te preguntas cómo es posible tardar tanto tiempo en terminar tan corto libro, dejándolo incluso de lado para dedicarte a otros menesteres más productivos. La trama es simple y manida, insulsa por el anhelo de Gatsby de recuperar a Daisy, en brazos de otro hombre; es un argumento de amor perdido por el que se lucha en un último estertor, macerado en la crítica contra la falsedad que se entromete en las fiestas de brillantes luces, copas de champaña, chicas estúpidas y música hasta altas horas de la noche; la misma vida que Scott Fitzgerald libó sin mesura, pero que ataca por su vacuidad y la mezquina forma a la que se accedía a ella. Gatsby no es más que un ser que vive de prestado, yaciendo entre los que no son de su clase y para los que él no es más que una estrella fugaz de las que se aprovecha su titilante brillo en la más amarga oscuridad, y de la que rápidamente se olvidan.

Scott Fitzgerald reparte en Bastos para todos los personajes que pueblan los recuerdos de Nick Carraway, siendo duramente reprobados por el autor. Quizá sea el propio Gatsby, un chaval hecho a sí mismo, aunque a fuerza de inconsciencia y malas maneras (el punto de patetismo más elevado se alcanza con su caída en desgracia y la intervención de su pobre padre), el único que se haya merecido las simpatías de Fitzgerald; los demás no son más que almas en pena impulsadas por el alcohol, la codicia, el egoísmo y la mediocridad de la alta sociedad de posguerra que su existencia se resume en diversión y nada más, a las que se suman las de aquellos que no disfrutan esos Roaring Twenties, como Wilson o el judío Wolfsheim.

Si apartamos la cortina del tedio que cuelga de los raíles de esta historia, considerada su narración como una obra cumbre de la Literatura del s. XX, podemos comprender a aquellos que así la defienden, pues Scott Fitzgerald nos regala una prosa elegante ante la que nos arrodillaremos; las figuras y los recursos que maneja para crear imágenes son tan únicas y exuberantes que terminaremos leyendo «El Gran Gatsby» no por saber qué sucede con los personajes y cómo termina la dichosa trama, sino por estremecernos ante el roce de filigrana de las palabras tatuadas sobre el papel. Como muestra quisiera compartir con vosotros un párrafo que me atrajo y me arropó, dejándome sin aire; probablemente no sea el más característico de lo que trato de decir, pero fue uno que repasé en varias ocasiones seguidas cuando di con él, simplemente por el solitario placer de masturbar mi imaginación: “[…] Tengo la impresión de que el propio Gatsby nunca creyó que llegase; quizá ya no le importaba. Si esto era cierto, debía pensar que había perdido su cálido y viejo universo. Había pagado muy alto precio por haber vivido demasiado tiempo con un solo sueño. Debió contemplar un cielo desconocido entre amedrentadoras horas, y debió estremecerse al darse cuenta de lo grotesca que es una rosa, y de cuán cruda era la luz del sol sobre la hierba recién nacida. Un nuevo Universo material, sin llegar a ser real, donde los pobres fantasmas respiraban sueños, flotaba fortuitamente en torno suyo, como aquella cenicienta y fantástica figura que, entre amorfos árboles, se deslizaba a su encuentro”.

La novela cumbre de Scott Fitzgerald despierta sentimientos encontrados, pues la historia en sí es aburridísima, incluso insulsa, pero las palabras… las palabras, camaradas míos, son lo que cuenta.

Lectura de 22 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 753 (Variable). Despejado
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viernes, mayo 18, 2018

Instancia de Lisa Kate


Lectura de 18 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Despejado
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  • Higrómetro: 39%

18 de Mayo de 2018


miércoles, mayo 16, 2018

Cómic centrado en la figura de Blas de Lezo y la batalla que le hizo inmortal


El guionista de cómic Ángel Miranda nos hace saber de un nuevo proyecto de cómic histórico, con las siguientes palabras, las cuales, os trasladamos por si puede ser de vuestro interés:

Arranca un proyecto para llevar al cómic la figura de Blas de Lezo y la batalla de Cartagena de Indias (1741). Será la primera vez que la histórica contienda, que enfrentó la mayor flota en América contra solo seis barcos, sea narrada en imágenes.

La novela gráfica se financiará con una campaña de micro-mecenazgo en la que los participantes formarán parte del proyecto y podrán adquirir recompensas como aparecer en la obra o hacerse con réplicas de mapas y monedas. El buen inicio de la campaña lleva a pensar que se convertirá en todo un referente.

El cómic cuenta con Guillermo Mogorrón (Marvel) en el dibujo, Ramón Vega (Fundación Museo Naval) como documentalista y Ángel Miranda (‘Espadas del fin del mundo’) al guion.

‘Espadas del fin del mundo’, el cómic predecesor,  logró una de las mayores recaudaciones en España para un cómic financiado por micro-mecenazgo, logrando publicar una obra que también narraba un episodio histórico desconocido.

En la nota de prensa adjunta encontrarás toda la información y materiales gráficos, pero no dudes en contactarnos para ampliarla.

Muchas gracias,
Un saludo.
Ángel Miranda

Web del crowdfunding: 

Trailer: 

Primeras páginas:

Lectura de 16 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



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martes, mayo 15, 2018

Guardia de cine: reseña a «El gran dictador»

Título original: «The Great Dictator”. USA, 1940. B/N. Tragicomedia. 2 horas y 5 minutos. Dirección: Charles Chaplin. Guión: Charles Chaplin. Elenco: Charles Chaplin, Paulette Goddard, Jack Oakie, Reginald Gardiner

«El gran dictador» es una crítica desnuda y afilada del totalitarismo y una defensa de vanguardia de los valores de la humanidad civilizada, de tolerancia entre etnias y credos, sin lugar para muros que separen y fomenten el odio

Filme que supuso un verdadero reto para Charles Chaplin, delante y detrás de las cámaras; un enfrentamiento, cara a cara, con los demonios políticos que asolaron el mundo durante las décadas de 1930 y 1940; con la oscuridad a base de carcajadas y una declaración de fraternidad sin fronteras.

«El gran dictador» es una película que, desde su concepción hasta mucho tiempo después de su estreno, complicó la vida del propio Chaplin, quien se obsesionó con una idea que quemaba los dedos de muchos acomodados en las altas esferas; tanto es así que primero sufrió presiones (y alguna coacción) para que abandonara el proyecto en aras de mantener incólume la ya delicada y deteriorada relación diplomática entre las potencias occidentales, previa al estallido de la segunda guerra mundial; luego, cuando se partió la barrera del puesto fronterizo polaco y la amenaza se hizo indiscutible, Chaplin recibió constantes y suplicantes telegramas, exhortándole a que la terminara de una vez la producción que sería considerada como una de las primeras de propaganda oficial antinazi filmadas en Hollywood. Pero el guión de Chaplin no es propaganda dirigida desde Washington o Londres: nace de la inquietud del propio comediante, que se percata de la funesta y poco sutil sombra que se arroja sobre el destino de cientos de miles de personas en una Europa subyugada al totalitarismo. Chaplin lo plantea desde la óptica de los más débiles en aquella cadena de horrores y por los que pocos moverían un dedo: los judíos alemanes

Se llevaba años sabiendo de los desmanes de los nazis, de su política de brutal represión ante la que la sociedad alemana en general nada hacía salvo, sin esfuerzo alguno, mirar hacia otro lado. Como una manada de cebras imbéciles, suspiraban aliviadas y, con cierto gesto zafio de desdén, entonaban al unísono la musical frase “no me ha tocado a mí (por ahora)”. Pero, primero, serían los judíos, después, todos los demás.

Como otros tantos hombres y mujeres de ideología sionista o cercana a la misma, Chaplin fue acusado de ser judío, algo que no le molestaba aunque tuvo que negarlo (su padre sí lo era, pero él no), lo cual da buen muestra del sentimiento antisemita no exclusivamente ario. Judío y comunista cuando la Comisión de Actividades antiamericanas puso la mira sobre su persona; sin embargo, nada de comunismo se advierte en la cinta, mucho menos en el discurso de defensa a ultranza de la libertad, la tolerancia entre razas, naciones y religiones, de democracia que le da punto final; un discurso sosegado que es, en realidad, una ataque rabioso y a la yugular contra los totalitarismos, sean del signo que sean, luzcan el negro, el rojo o cualquier otro color. Chaplin no entiende ni permite la blasfemia del fascismo ni del comunismo, como tampoco del nacionalismo alienante, lacras de aquellos tiempos y de los nuestros, y les hace frente con el humor y gags efectivos aún procediendo del cine mudo: absurdos pero tremendamente divertidos.

Chaplin, que interpreta dos papeles bien dispares pero igual de tronchantes, hace girar el guión principalmente en torno a un barbero judío, veterano de la primera guerra mundial, artillero a las afueras de París que viviría ese terrible estancamiento de líneas. Una serie de peripecias, que nos hará cosquillas en el estómago, le permitirán conocer a Schultz, un piloto herido al que ayudará a entregar un mensaje que podría inclinar la balanza y hacer ganar la guerra a su país; aunque para cuando lo hagan, se acababa de firmar el armisticio. El barbero sufre una conmoción traumática y una amnesia que le acompañará durante dos décadas de confinamiento en un hospital militar, aunque él crea que solo han transcurrido unas pocas semanas. Un buen día, el barbero decide huir del lazareto y regresar a su vida normal en el gueto judío de su ciudad, sin tener idea de la transformación de su país, Alemania (perdón, Tomania), que es dirigido con mano de hierro por Hinkel, el Fury, un dictador antisemita con ínfulas de emperador.

El barbero, junto con sus vecinos, no tardará en verse envuelto en no poco delirantes situaciones en las que la brutalidad nazi no es disfrazada ni edulcorada, sino que se muestra cruda, como en el caso de que varias tropas de Asalto deciden ahorcar al protagonista, colgándolo de una farola, momento en el que reaparece Schultz, como oficial de los de Asalto, y pone fin al linchamiento.

De forma paralela a la trama del barbero transcurre la del otro personaje al que Chaplin da vida: la del dictador Hynkel, quien alimenta sus ansias de grandeza planeando la invasión de Osterlich (Austria), para la cual necesita de un préstamo que, atención, ha de solicitarse a un banquero judío, y que el dictador de Bacteria (Italia) retire las tropas en la frontera Sur del disputado trozo de Europa para permitir la digna expansión del Reich (aquí apreciamos la tensa relación real entre Alemania e Italia con respecto a los Balcanes). Si el barbero da la nota humorística humilde, Hynkel es el delirio total, una burla a Hitler a cada segundo, haciendo hincapié en su megalomanía, complejos de inferioridad y mezquindad, siendo lo más divertido cuando Napolini entra en escena y pasa por encima de cada uno de los intentos del Fury por aparentar ser superior al bacteriano.

Chaplin, en la primera película en la que le oímos hablar y no se limita a gesticular, refleja la violencia del nazismo contra un sector desamparado y vilipendiado de la población; pone sobre la mesa los anhelos de dominación y exterminio del III Reich, pero sin exagerar un ápice, pues toda la imagen de Hynkel se extrae de una simple y hasta superficial lectura de «Mein kampf», un libro del que se degusta el impulso psicopático desde la primera página, y del material gráfico y sonoro conocido en la época.

Como dijimos en su momento, «El gran dictador» es una crítica desnuda y afilada del totalitarismo y una defensa de vanguardia de los valores de la humanidad civilizada, de tolerancia entre etnias y credos, sin lugar para muros que separen y fomenten el odio. Un filme que, aún habiéndose estrenado en 1940, sigue conservando su plena vigencia en el mundo que nos ha tocado vivir casi ochenta años después, en nuestro Occidente, donde se vuelven a retorcer y a ganar fuerzas los movimientos antidemocráticos, opresivos y destructivos, a semejanza de los nazis, que campeaban libres y dichosos que pretendían derribar la República de Weimar, la misma que les permitía manifestarse y formar partido.

Gracias a la mermada capacidad de reaccionar frente a la vileza, como alemanes de 1930, volvemos a vernos abocados a perpetuar totalitarismos nacionalistas, entre el estiércol fascista y la germinación tardía de la infiltración soviética en nuestra sociedad, aún transcurridas dos décadas de la caída del sistema.

Chaplin declaró que si hubiera conocido la realidad de los campos de concentración, del holocausto judío, habría dirigido una película bien distinta; pero su magistral obra en defensa de la libertad se conserva en su integridad como una de tantas que deberían ser de visionado obligatorio para los descendientes de aquellos que dieron sus vidas en aquellos ya lejanos años; para nosotros, que creemos que vivimos en paz y libertad por la cara.

Lectura de 15 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 757 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 15º
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lunes, mayo 14, 2018

jueves, mayo 10, 2018

«Separate Ways», Journey



Here we stand
Worlds apart
Hearts broken in two, two, two
Sleepless nights
Losing ground
I'm reaching for you, you, you

Feelin' that it's gone
Can't change your mind
If we can't go on
To survive the tide
Love divides

Someday love will find you
Break those chains that bind you
One night will remind you
How we touched
And went our separate ways

If he ever hurts you
True love won't desert you
You know I still love you
Though we touched
And went our separate ways

Troubled times
Caught between confusion and pain, pain, pain
Distant eyes
Promises we made were in vain, in vain, in vain

If you must go
I wish you love
You'll never walk alone
Take care, my love
Miss you, love

Someday love will find you
Break those chains that bind you
One night will remind you
How we touched
And went our separate ways

If he ever hurts you
True love won't desert you
You know I still love you
Though we touched
And went our separate ways

No

Someday love will find you
Break those chains that bind you
One night will remind you

If he ever hurts you
True love won't desert you
You know I still love you

I still love you, girl
I really love you, girl

And if he ever hurts you
True love won't desert you
No, no

Lectura de 10 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



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10 de Mayo de 2018


martes, mayo 08, 2018

Guardia de televisión: reseña a «The Bridge. Segunda temporada»

Título original: «The Bridge». 2014. EEUU. Drama policíaco. Dirección: varios. Creadores: Elwood Reid, Björn Stein, Meredith Stiehm. Elenco: Diane Kruger, Demián Bichir, Thomas M. Wright, Ted Levine, Mathew Lillard, Emily Ríos, Annabeth Gish, Johnny Dowers, Ramón Franco

Aunque se pretenda un giro, esta segunda temporada queda abruptamente mutilada, a una deriva de violencia sin control; desechando el argumento de las desapariciones en Ciudad Juárez y centrándose a medias en un marco de conspiración y corrupción

Tras los dramáticos acontecimientos que precedieron a la detención de David Tate, pasados unos meses, los personajes que convergieron alrededor del hallazgo de las dos mitades mutiladas y dejadas en la línea fronteriza entre Estados Unidos y Méjico, vuelven a darse cita para enfrentarse a un giro más siniestro de la trama y con mayores implicaciones que salpican a los estamentos policiales y políticos. Sin embargo, los guionistas nos burlan y no terminan haciendo un trabajo, digamos, aséptico y con un punto final en sus líneas. Dedican su tiempo a implementar una mayor violencia si cabe, con litros y litros de sangre; reconozco que gana profundidad e interés en algunos pasajes en comparación con la primera temporada, pero acabamos abandonados a la deriva.

En un principio parece que se va a centrar la historia en las desapariciones de las chicas de Juárez; una tragedia misteriosa y silenciosa que sigue asolando a la urbe, llegando al punto de que la periodista Adriana Méndez, la compañera del irreverente Daniel Frye, resulta duramente golpeada cuando una de sus hermanas pequeñas no se baja del autobús una noche a la vuelta del trabajo en la fábrica. Allí está también Steven Linden y su personal odisea por salvar a Eva, secuestrada y violada, implicando a Marco Ruiz y Sonya Cross. Pero ésta acaba siendo una línea eclipsada por la caza del narco Fausto Galván y, más aún, de Eleanor Nacht, un siniestro y peligroso miembro de la organización criminal del enemigo público número 1, que rezuma ambigüedad moral y una psicopatía que la permitirán protagonizar escenas que robarán el aliento. Eleanor será la verdadera pieza a abatir tras David Tate.

De las chicas desaparecidas pasamos a la corrupción policial y, de allí, al cártel de la droga y a una posible conspiración que permite que todo el mal se quede en Méjico, sin que los cadáveres se amontonen en las calles de El Paso. Sin embargo, todo se deja, al final, a la imaginación del espectador, quizá en un intento por ganarse una tercera temporada, pero, ¿acaso hay algo más que contar?

Se bajan varios escalones en la intimidad de algunos personajes. Sonya Cross se vuelve una persona más flexible a pesar de su trastorno mental, llegando incluso a aceptar la forma de actuar de Marco para cubrir sus pasos, no muy digna; pero la falta de concreción final no nos aclara demasiado sobre el desarrollo de su drama personal con el asesino Dobbs, ni despeja del todo las razones que la inducen a compartir tiempo con él en el hospital en el que está ingresado.

Esta segunda temporada da pie a una mayor acción e implicación de los personajes, aunque la incorporación de la CIA, permisiva con el cártel de la droga, no sea un recurso fresco por estos lares. Es mucho más oscura, con un mal esparcido a modo de esporas, sin una carrera a contrarreloj, pero sí con un peligro de muerte constante y con un mayor acento western.


Lectura de 8 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 18º
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lunes, mayo 07, 2018

¿La tecnología nos hará libres?

Mi primera experiencia personal con la tecnología informática fue a muy temprana edad. Por entonces, los monitores tan solo daban acceso a un espacio insondable, profundo y negro, donde brillaban algunas luminarias verdes, luego blancas, con forma de caracteres. La poca información que se podía guardar se comprimía en enormes disquetes blandos de 8 pulgadas, enormes de tamaño pero ridículos en cuanto a capacidad; también estaban aquellas alocadas cintas magnéticas, mas no se necesitaba otra cosa. 

Mis padres, por la razón que fuera, aún siéndoles imposible adquirir un mostrenco de semejantes dimensiones y coste para ser enchufado a la corriente, como visionarios ingenuos de un futuro que no tardaría en hacerse realidad, no pusieron reparos a que participara de clases, incluso particulares, donde aprendiera lo básico de un sistema operativo y de esos incipientes programas que revolucionarían el mundo, apegado aún a la dolorosa máquina de escribir y a cuantos sistemas analógicos pudiera uno imaginarse; y eso que no tuvimos un ordenador en casa hasta varios meses después de que cumpliera los 18 años, más que nada por entenderse como una herramienta que yo ansiaba poseer y que podía permitirme mejorar incluso en los estudios universitarios que me disponía a emprender finalizado el verano. Aquella primera torre contenía un quejumbroso disco duro de 5 gigabites por la que me tuve que pelear con el de la tienda para que le instalara un reproductor de DVD, pues para qué diantre quería yo eso en 1999. También eran tiempos en los que se escuchaba con fuerza el aserto de que un ordenador apenas tenía utilidad vigente ni futura. ¿Qué quedará de aquellos iluminados? Habrán acabado masticados y escupidos en la cuneta de alguna carretera.

Durante mi paso por el presidio escolar, del que no guardo migaja peregrina alguna de añoranza “egebera”, solo la insólita clase en el aula de informática, donde se nos enseñó a dibujar básicas formas geométricas a base de largos códigos de comando MS-DOS, me resultaba algo cercano al paraíso en la tierra; cosa no muy distinta sucedía en Secundaria, aunque fuera a fuerza de repasar trucos del Word o, en sesiones vespertinas, a estar jodiendo ordenadores a base de reformatearlos a hurtadillas e instalando de nuevo el sistema disquete tras disquete, hasta completar una serie que podría acercarse a las quince unidades (y una vez fuimos demasiado lejos, aunque no pudieron acusarnos de nada). Éramos así, mas no lo suficientemente aguerridos ni intrépidos como para encontrar a alguien que nos introdujera en la arquitectura informática, el hardware y, no digamos ya, que nos ayudara a rascar la primera capa de dulce y tediosa rectitud de chicos aplicados y formales para convertirnos en hackers. Esto último sí qué lo considero una lamentable desgracia.

Crecí a la sombra de un ordenador que sabía que no acariciaría hasta pasados muchos años. Con mirada soñadora escuchaba a ciertos entendidos en la materia preconizar acerca de un futuro inmediato en el que los niños dejarían de cargar sofocantes mochilas con libros de texto reventando la cremallera, pues todo el saber necesario quedaría confinado en los márgenes estrechos y planos de un dispositivo digital, de simples cajitas. Hablaban de tablets, incluso de Internet, conceptos que comenzaban a dar sus primeros y vacilantes pasos, sin que nadie, ni los más visionarios, pudieran advertir cómo afectarían a nuestro día a día entrado el s. XXI, pues aquellos que gustaban en aquella de la informática eran psicópatas en potencia.

Lo que más me asombraba en general de los ordenadores era poder escribir en una pantalla y poder corregir el texto, evitando los errores antes de herir el papel. Como poco, me resultaba revolucionario, con unas posibilidades extraordinarias para alguien que no había dado aún el estirón, pero que se asomaba al mundo de la literatura. Aunque entonces no podía dar con las palabras para la idea formada en mi cabeza, allí estaba ella: la democratización de la escritura

Democratización. Y, no hay quien lo dude, así ha sucedido. Y parcial putrefacción de la cultura, también. 

Podéis reíros de mí, pero por entonces tenía la absurda convicción de que un escritor de verdad escribía a máquina con todos los dedos y sin equivocarse jamás; que el asqueroso corrector de pincel era una herramienta marginal para estudiantes o para torpes que tardaban un minuto entero en pulsar quince teclas. Que la narración flotaba directa, sin revisión, desde sus frentes al folio.

Si no fuera por estos sistemas y programas, con toda seguridad, en mi vida no habría escrito un solo cuento de más de una cara, ni habría acometido la estúpida empresa de reunir notas que terminaran siendo una novela o un ensayo histórico; incluso este mismo post. Y sin Internet tampoco, pues es un generoso pecho del que mana información dulce y caliente.

El avance de la tecnología informática ha permitido la consecución de muchos de mis pequeños proyectos personales, pero su extraordinario desarrollo me ha mostrado también el reverso de la moneda; una afección a mi propia capacidad intelectiva que me ha abocado a reflexiones, cuanto menos, alarmantes. No quiero escribir aquí otra agria soflama contra las Redes Sociales, pues ya lo hice en su día sin promoverme satisfacción alguna, y sería tedioso volver a la cuestión sin que haya nada nuevo en mi lengua que decir; pero sí sobre la realidad edificada en torno a mi experiencia personal.

Cuando Íker Jiménez trató en un programa acerca de la transhumanización, ese próximo paso evolutivo del ser humano que parece obligado a introducirse físicamente en un medio artificial a través de prótesis cibernéticas y derivados para potenciar unos cuerpos frágiles y perpetuar y extender unas capacidades intelectivas y neuronales más allá de la Muerte, un habitual entre sus colaboradores, Santiago Camacho, advirtió que ya contábamos con un segundo cerebro o uno extendido gracias al actual y permanente acceso a la información a través de dispositivos conectados a la Red.

Pero para mí no existe una extensión neuronal, solo un desinterés paulatino e irremediable en el ejercicio de nuestras propias capacidades.

El sector laboral al que permanezco aún encadenado me obliga a bregar entre oscuras figuras necesitadas de interpretación, de apoyo doctrinal, de un análisis por encima del simple texto consagrado (por suerte, no me sucede lo mismo con aquello referente a mis aficiones, entre los que está la escritura y la investigación histórica). Estas figuras me resultan harto familiares y su raquítica desnudez debería conservarse indemne en mi retina; sin embargo, no es así. El que pueda echar mano a tal artículo o a la norma una y otra vez, a golpe de clic, me permite no aprender. Parece absurdo, pero así es. Nada de todo ese conocimiento claveteado en Internet desde hace años, agarra en mí, pues ya no resulta necesario. Es más, no sé hacer nada sin un monitor encendido a varios centímetros de mi nariz; crecí y trabajé sin esta herramienta, pero ya no soy capaz de vivir sin ella pues soy su más humilde siervo. Mi cerebro está blando y gordo, es perezoso y prefiere invertir el tiempo en soluciones fáciles que no supongan un esfuerzo intolerable y tedioso. Lo que leo y trascribo para cumplir con aquello para lo que me pagan no echa raíces en mí; cada vez que vuelvo a ello lo hago como un turista amnésico. Me ofusco cuando doy con una página que ha desactivado la función de seleccionar y copiar; al contrario cuando sí se puede y lo llego a hacer de modo que no llego a terminar de leer lo que estoy trasladando de tan dichoso que estoy; apenas absorbo un ínfimo porcentaje de su contenido al estar preso de la cultura de la inmediatez; de otra manera, se me nubla la vista. 

Apenas hay dentro de mí nada salvo tinieblas que se revuelven cuando tengo que enfrentarme a deberes profesionales en un campo que aborrezco, que ni me llena ni me realiza. Puede que esto último explique gran parte de todo este mal, pero no por ello el amargor en más llevadero. Y tengo la terrible sensación de que yo no soy el único aquejado por semejante enfermedad: puede que la esté compartiendo con una generalidad de individuos repartidos por cuanto ancho es el planeta.

No estudio tal ley ni tal figura, ¿para qué?, siempre estarán allí, imperturbables, en ese “cerebro extendido”, con cientos de miles de caracteres que las explican. Apenas queda el poso de unos detalles, mas lo importante permanece en bits al otro lado del cable telefónico, como un alto acantilado de roca que seguirá alzándose sobre el mar durante milenios tras nuestra muerte, por mucho que las olas golpeen su base sin descanso. Busco y encuentro con facilidad y no retengo ni leo, pues ya no hay necesidad de consultar gruesos volúmenes en los que no había posibilidad de tomar el atajo de ctrl.+f. Pavor me provoca tener conciencia de esto, insignificante en apariencia, pero que dista mucho de ser una inocente broma pues: ¿qué clase de inteligencia estamos desarrollando o mermando?, ¿estamos en un primer estadio social de una cultura con un acceso aburguesado a toda la información del mundo, como nunca antes se había alcanzado, y que lo desdeña por voluntad propia para vivir en una ignorancia de simplicidad y comodidad?, ¿quién sabe si no acabaremos como los negligentes eloi de la historia de H. G. Wells, que nacen, crecen, se reproducen y mueren sin preocupaciones, con el conocimiento consagrado en libros que se van haciendo polvo? Todo esto es terrible.

Es más, lo que aprendí años atrás ha ido cayendo con ligereza en el averno del olvido. Si me preguntáis por la tabla de multiplicar del 6, puede que salga airoso, eso sí, si lo hacéis con la del 7, el 8 o el 9, la cosa se complica; las divisiones ya son un terreno demasiado hostil… Sí, un niño de Primaria sacaría más que yo en un examen, aunque yo sepa cosas que él tardará años en llegar a entender.

Sin embargo, ¿qué sé yo? Si me comparo objetivamente con mis padres, soy un estúpido. No hablo de la negligencia propia de la juventud y la falta de experiencia (no en todo), sino de que ellos adquirieron conocimientos, todos los que pudieron. Por mi parte, de la rama familiar pertenezco a la primera generación con formación superior, aún cuando nuestros ascendientes en primer grado no llegaron a completar la educación básica; he leído miles de libros, he pasado aún más horas con la cabeza gacha preparándome para superar exámenes en materias que pronto quedarían relegadas al olvido por inútiles; toda mi vida se resume en un título en papel timbrado, combustible para el fuego tan ideal como la hojarasca seca, que me llama de Don y que me hace poseedor de una licenciatura, pero estoy a años luz del saber fértil de mis padres, más conectados a la tierra, pues conocen las siembras y las recolecciones, los tiempos de la caza y la pesca, interpretar las señales del cielo, interactuar socialmente, recitar una larga lista de objetos cuyos nombres son propios y su utilidad desconocida para mí… Joder, si hasta saben cambiar un enchufe, algo para lo cual yo necesitaría consultar una video de Youtube, por el simple hecho de que nunca me he tomado la molestia de aprender y, desde hace años, de asimilar.

Pero esto de lo que hablo no es más que un destello de algo sobre lo que ya los expertos están alertando: estamos perdiendo nuestra capacidad para hacer recuerdos gracias a los dispositivos a los que nos hemos atado y yo lo he experimentado en primera persona. No creo que tenga que ver con mi ineptitud para saber muchas veces en qué día de la semana estoy respirando, pues la rutina es tan arrolladora como un camión de gran tonelaje, sin frenos ni conductor, circulando por la Gran Vía de Vigo, cuesta abajo (pobre del que se interponga en su camino). Pero sí con una carencia de ejercicio para la observación. Esto me sucedió tras la visita al Museo naval de Ferrol, disparando fotografías sin descanso ni calambre que paralizara el dedo índice: en casa y enchufada la cámara al ordenador, descargué las cientos de instantáneas y, al estudiarlas, descubrí no pocos objetos y detalles que parecían no haber estado físicamente en el lugar cuando pasé delante de ellos. La lista fue tal que el reparo a seguir cargando con el pequeño aparato me acompañó durante meses. Me había convertido en un visitante de museo no a través de mis propios ojos, sino a través de la minúscula pantalla de la cámara, la cual me devolvía un mundo compacto y pobre, sin brillo ni realidad. Es como si nunca hubiera estado en aquel recinto.

Me resultó terrible y triste darme cuenta de ello. Y la cosa no termina cuando la tecnología que se anuncia no lo hace para ayudarnos, sino para encargarse de hacerlo todo por nosotros. Mierda, si ya se habla de inteligencias artificiales que amenazan con dejar en el paro a los abogados.

Si hasta hay quien se jacta de que en un futuro cercano no se necesitará aprender otro idioma, ni harán falta traductores humanos... No aprender...

¿Qué somos? Pregunta que ha desollado muchas mentes entregadas a la Filosofía. ¿Somos una generación débil y amante de la desidia, carente de estímulos, que ha alcanzado una plenitud en la que ya no hace falta esforzarse, aprender, tener miedo a la inseguridad? Estamos abocados al desastre. Nuestra cultura podría sucumbir durante un apagón digital; basta con que una tormenta solar que escape de la estadística nos golpee para condenarnos como una Atlántida moderna, pues somos arrogantes en nuestra ignorancia adquirida, apenas sabemos nada y lo que aprendemos no sirve de nada. A la intemperie no duraríamos ni un asalto y el retroceso sería más de lo que podríamos soportar.

Y lo peor es la manipulación actual del Pasado que incluso hemos vivido. ¿Qué sucederá cuando las personas que vivieron tal hecho mueran y un "espabilado" lo cambie en la Wikipedia? Por ejemplo, el 20% de los llamados millenials, según un estudio, cuando se les menta "holocausto judío" ponen una cara como si se les estuviera hablando en chino. ¡Increíble! Y en Inglaterra hay chavales que no les suena de nada Winston Churchill...

Por no hablar de nuestra piel de toro, donde hay universitarios que se sorprenden de que los diputados durante el 23-F no alertaran de la situación mediante mensajes de texto a través de sus móviles o que Adolfo Suárez era el general de la GC durante el golpe... ¡!

¿Qué no se estará manipulando ahora, delante de nuestros ojos, en directo?

Puede resultar irónico que exponga todo esto trasladándolo a una hoja en blanco del Word, con los ojos aprehendidos a esa pantalla que parece agostarnos y pudrirnos por dentro. Al menos tengo el consuelo de que lo he escrito antes a mano en un bloc de notas; consuelo agridulce.

Me pregunto si alguien estará adoptando contramedidas para salvaguarda de nuestra sociedad. Quizá exista ya una red de hombres-libro. Quizá no exista otra cosa que una hoja de guillotina pendiendo sobre nuestras cabezas, a la espera de que activemos el mecanismo, sin necesidad alguna de que alguien se tome la liberalidad de pulsar el botón y el cielo se cubra de estelas nucleares.

Y a todo esto, mi pregunta final: ¿cómo es posible que algo tan maravilloso como la informática pueda abocarnos a este pavoroso presente? La inteligencia artificial lo tendría claro: «la culpa es única y exclusiva de los humanos, a mí no me mires».

Lectura de 7 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 17º
  • Higrómetro: 43%

jueves, mayo 03, 2018

«Black Betty», Ram Jam



Whoa, black betty (bam-A-lam)
Whoa, black betty (bam-A-lam)
Black betty had a child (bam-A-lam)
The damn thing gone wild (bam-A-lam)
She said "I'm worrin' outta my mind" (bam-A-lam)
The damn thing gone blind (bam-A-lam)
I said oh black betty (bam-A-lam)
whoa, black betty (bam-BA-lam)

Whoa, black betty (bam-BA-lam)
Whoa, black betty (bam-BA-lam)
She really gets me high (bam-BA-lam)
You know that's no lie (bam-BA-lam)
She's so rock steady (bam-BA-lam)
She's always ready (bam-BA-lam)
whoa, black betty (bam-BA-lam)
whoa, black betty (bam-BA-lam)

Lectura de 3 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755,5 (Variable). Estratocúmulos
  • Termómetro: 13º
  • Higrómetro: 46%

miércoles, mayo 02, 2018

Guardia de cine: reseña a «JSA. Joint Security Area»

Título original: «Gongdong gyeongbi guyeok JSA». 2000. Corea del Sur. Drama, thriller. 1 hora y 50 minutos. Dirección: Chan-wook Park. Guión: Seong-san Jeong, Hyu-seok Kim, Mu-yeong Lee, Chan-wook Park, basándose en la novella de Sang-yeon Park. Elenco: Yeong-ae Lee, Byung-Hun Lee, Kang-ho Song, Tae-woo Kim, Ha-kyun Shin

Película a medio camino entre la investigación policial y el retrato de una amistad por encima de la diabólica separación impuesta por la guerra política entre el Norte y el Sur de la península de Corea

En un puesto militar de control de frontera acontece un acto violento. En la caseta del lado Norte se registra un tiroteo que se salda con dos militares norcoreanos muertos, otro herido en un hombro y un sargento surcoreano, supuesto perpetrador, con una bala en una pierna. Es un nuevo tropiezo en las deterioradas relaciones entre las dos Coreas a las puertas del nuevo siglo, pero las pesquisas y declaraciones de los supervivientes son contradictorias: mientras el sargento norcoreano Oh Kyeong-pil afirma que fueron atacados por el sargento surcoreano Lee Soo-hyeoh, éste dice que fue hecho prisionero pero que logró evadirse, dejando tras de sí un reguero de sangre. Por si fuera poco, la mayor Sophie E. Jean, oficial del Ejército suizo y encargada de una espinosa investigación criminal a la que las partes implicadas han accedido de grado, encuentra más discrepancias como el contabilizarse dieciséis casquillos del tipo de bala del arma de ordenanza surcoreana cuando la pistola automática del sargento Lee solo carga quince proyectiles; ¿de dónde sale esa bala extra que, encima, no aparece ni en los cuerpos ni en punto alguno de la escena del crimen? ¿Por qué cuando se trata de sondear al compañero de puesto del sargento Lee, el soldado Nam, éste trata de suicidarse arrojándose por la ventana?

Mientras se desarrolla la lenta investigación y se descompone la mítica alrededor del sargento Lee, un héroe y recalcitrante anticomunista, cuyos avatares de guerra han sido groseramente exagerados, asistiremos en flashback al encuentro entre los hombres que guardan el puente fronterizo y de la amistad sincera que nace entre ellos, primero a base de mensajes que se lanzan envolviendo piedras y, luego, con entrevistas personales que desembocarán en veladas de confraternización, ocultos a todas las miradas recelosas. Confidencias, alcohol, dulces y risas sin importar el color del uniforme ni de las ideas que flotan al otro lado de los globos oculares, demostrando que, por encima de la torticera Política que corrompe, los hombres pueden convivir en paz y armonía. 

Hay tantas cosas que nos pueden separar como criaturas superiores de la Creación, que la Política es la más perniciosa y estúpida de todas.

«JSA» obtuvo en su día diversos galardones internacionales como mejor filme extranjero. De entre sus méritos destacaría la forma de jugar con los planos y encuadres, contando la cámara más que los personajes mismos con sus líneas de diálogo. Sin embargo, tiene sus sombras como la mal calculada composición, que recuerda demasiado a la estructura de la novela de Arthur Conan Doyle «Estudio en escarlata», con la que conoceríamos al infatigable Sherlock Holmes: el guión coloca todo el peso de la trama policial a un lado, al principio, para dejar todo el resto en el segundo platillo; es un recurso clásico, válido, pero que deja demasiado margen o distancia entre las dos líneas, las cuales apenas llegan a rozarse. Además, se trabaja en exceso la relación de amistad en comparación con el argumento de la oficial suiza de origen coreano, algo que se trata de enmendar hacia los últimos minutos, que no puede ser más tristes y desalentadores.

Lectura de 2 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Cúmulos
  • Termómetro: 13º
  • Higrómetro: 44,5%