lunes, julio 31, 2017

En dique seco, a saber por cuanto tiempo


Mañana es Agosto y, como viene siendo costumbre, el Navegante se dispone a ser internado en un dique seco y sometido a carena y descanso, que falta le hace.

Y bien podría dar por cerrado ya este post, sin decir nada más allá que “nos vemos en Septiembre con nuevos artículos y reseñas”; sin embargo, el barómetro avisa, pues su aguja oscila. Se observa la posibilidad de que, durante los próximos meses, mi rutinaria vida dé un vuelco, espero que a mejor, lo cual, según me temo, afectará gravemente a mi disposición para estar aquí, entre vosotros. Quizá el Navegante tenga que volver a puerto tras unas semanas de corto crucero a las puertas del otoño y permanecer silente sobre las aguas de forma temporal (espero que no definitiva), así como que mi producción literaria se vea mermada aún más si cabe. Cruzo los dedos para que esto último no suceda, pues es mi pasión y lo poco de lo que me puedo sentir orgulloso como ente individual.

Será una vuelta en redondo que aún está en el aire y que puede ser para mejor, pues a peor no se puede ir. Resurrección o seguir por la misma senda; una de dos.

Os tendré al corriente de todo cambio que pueda afectar al ritmo del blog en cuanto las noticias se presenten y puedan ser comunicadas. Atended al código de banderas.

Hasta entonces… Un saludo!

miércoles, julio 26, 2017

Guardia de cine: reseña a «Luz que agoniza»

Título original: «Gaslight». USA. 1944. Blanco y negro. 116 min. Director: George Cukor. Guión: John van Druten, Walter Reisch y John L. Baderston, basado en la obra teatral de Patrick Hamilton. Elenco de actores: Charles Boyer, Ingrid Bergman, Joseph Cotten, Angela Lansbury, Dame May Whitty, Barbara Everest

El eje de «Luz que agoniza» no es un asesinado sin resolver y el paradero de unas fabulosas joyas perdidas, sino la violencia psicológica ejercida por un cónyuge sobre el otro

Película que no huye de los marcos aterciopelados del telón de teatro para mostrarse a un público deseoso de admirar nuevamente a Ingrid Bergman (quien sería galardonada con el Oscar a la mejor actriz principal por el papel de Paula Alquist (Bergman compartió tiempo y estudió a fondo el comportamiento de una mujer perturbada psíquicamente, haciendo suyos los rasgos que apreciaremos en su rostro, tales como la negación y el miedo)), basada en el libreto escrito por Patrick Hamilton en 1938, fue filmada en 1944, transpirándose en cada escena el misterio y la oscuridad de un buen film noir, pero su eje no es un asesinado sin resolver y el paradero de unas fabulosas joyas perdidas, sino la violencia psicológica ejercida por un cónyuge sobre el otro (no obstante, la expresión inglesa “hacer luz de gas” significa eso mismo y no otra cosa).

La cinta da comienzo en las neblinosas calles de un Londres devorado por una tensa quietud nocturna. Ingrid Bergman, frágil y enlutada, es la joven Paula, la sobrina de Alice Alquist, una reconocida soprano que ha sido hallada muerta en el salón del número 9 de Thornton Square. La muchacha, evidentemente trastornada por el shock, acoge de buen grado el consejo que le dan y huye de esa casa, corre hacia el Sur, hacia el sol de Italia, donde podrá seguir estudiando música y ejercitando sus florecientes dotes vocales.

Sin embargo, aún pasados los años, la oscuridad solo se replegará cuando Paula conoce a Gregory Anton, un maduro pianista de quien se enamorará sin remedio y con quien contraerá nupcias de forma casi inmediata. Paula se abandona a los brazos de su marido, quien comenzará a controlar su vida, siendo que su primer deseo a conceder sin oposición será el de regresar ambos a Inglaterra, idea que no agrada en absoluto a Paula. El matrimonio se instalará en el número 9 de Thornton Square, vivienda que es propiedad de Paula por ser la única heredera de Alice Alquist.

Nada más llegar, Paula encuentra una carta fechada dos días antes de la violenta muerte de su tía y firmada por un tal Sergio Bauer, siendo que, a partir de ahí, la protagonista comienza a sufrir una serie de olvidos y pérdidas de objetos cada vez más bochornosos y humillantes que amenazan con conducirla a la celda de un manicomio; incluso en su delirio percibe que la luz de gas de la lámpara de la habitación en la que se refugia pierde intensidad y escucha pasos y ruidos en el piso superior, un desván clausurado al que han ido a parar todos los muebles de Alice. Y solo la perspicacia de Brian Cameron, un joven inspector de Scotland Yard podrá poner remedio a la tragedia que ensombrece los días de Paula y aniquila todas sus esperanzas.

La tensión sobre los brazos y hombros de los espectadores aumenta a medida que los minutos van transcurriendo, pues el guión y el rostro de Charles Boyer, interpretando a George Anton, no dejan lugar a dudas acerca de la maldad del personaje y de la entidad de la violencia que ejerce sobre Paula; no se llega a colar la posibilidad, por superficial que ésta fuera, de que Paula realmente sufriera ciertos trastornos mentales aprovechados por Anton, sino que, desde el primer minuto en el que Anton aparece, sabemos de qué palo va y nos convertimos, por fuerza, en testigos mudos de los constantes tretas y golpes psicológicos dirigidos contra su esposa, de voluntad cada vez más quebradiza. Heriremos de gravedad los reposabrazos de la butaca con las uñas y consultaremos el reloj decenas de veces para comprobar cuánto queda para que el héroe irrumpa en la casa y capture al ruin bastardo, salvando a la pobre protagonista (cosa que, por desgracia, no es frecuente que ocurra en la vida real).

Con una fotografía exuberante, la película cuenta con planos que dicen más que las propias líneas de diálogo, como cuando Ingrid Bergman pasa a ser una sombra reflejada en la puerta de su dormitorio o un rostro que tiembla entre la tiniebla cuando ha descubierto toda la verdad, la sofisticada trama de mentiras urdida por Anton, el asesino de Alice Alquist, gracias a la visita inesperada del inspector Cameron.

Las vejaciones son tantas y tan soterradas, conocidas por el criminal que las perpetra y el espectador, que llegan a convertirse en un mal trago, pero también siembran un buen campo para que germine una trama negra que ahonda en los aspectos más insidiosos y menos tenidos en cuenta de la relación de pareja en el cine.

Como curiosidad, la película fue nominada a siete Oscar, obteniendo los galardones por mejor guión adaptado y mejor actriz principal. Asimismo, entre las nominaciones estaría la de mejor actriz secundaria para la debutante de 17 años Angela Lansbury, en su papel de la doncella Nancy, intérprete más recordada por todos nosotros como la escritora de misterio Jessica Fletcher de Cabot Cove («Se ha escrito un crimen»).

Lectura de 26 de Julio de 2017 a las 1200 horas



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lunes, julio 24, 2017

Llega el verano y, con él, los turistas despistados

Aunque la capital de Pontevedra dista leguas y años luz de poder considerarse, por mérito propio, como una ciudad dotada de un mínimo atractivo turístico -por mucho que algunos paladines de brillante armadura de papel de aluminio defiendan justo lo contrario a capa, espada y esparto-; sí es un punto de paso enclavado en el camino que conduce a otros donde el motor económico-nacional calienta las temperaturas de las Rías Baixas y coquetea con los bolsillos más tacaños, con aquellos necesitados de una simple porción de playa y ambiente: léase Combarro, Portonovo, Sanxenxo, O Grove, Bueu, Cangas, etc.

El hogar del loro Ravachol, emplumado punto filipino elevado a hijo adoptivo, es un hito kilométrico por el que turistas de toda condición y meta tropiezan en la lectura del mapa de marras, más aún cuando se les ocurre la poco brillante idea de lanzarse a la aventura por sus calles unidireccionales a lomos de un camello de cuatro ruedas (en vías de extinción/represión a lo largo del río Lérez).

La falta de naturalidad se sustituye con el hollar el lugar por más de diez años. Ello me ha congraciado para, en más de una y de mil ocasiones, auxiliar a estos doctores Livingstone en bermudas, exploradores descarriados de la jungla y la sabana impresa por Turismo en un tríptico o folio en DIN-A3, en el mejor de los casos; a responder con la mentirijilla de “sí, soy de aquí”, pues no les voy a relatar la historia de mi vida, de cómo he acabado por estos pagos y ni falta que les hace. Y cada encuentro me obliga a saltar al asfalto y hacer funcionar el cerebro para posicionarme sobre el plano y descifrar, como en un pasatiempo infantil del laberinto, la forma de llegar a tal o cual marca y en automóvil; momento de estrés cívico que me permite cobrar una muesca más en el hueso que luce mi rizada cabeza de nativo asimilado.

El atender a las diferentes llamadas de desconocidos, amparándose en el ánimo gregario de supervivencia, de ayuda ante el ruego del desdichado, del impotente para ubicarse en el mundo, de “Disculpe, ¿podría indicarme…?”, permite a uno hacerse con algunas variopintas anécdotas, dignas de estudio, recuerdo y enmarcación para admiración de propios y extraños en el salón de estar. Hay una que, pasados los años, aun me hace refunfuñar para mis adentros y exteriores, pues confirma (por si hiciera falta) la socarrona conspiración del Universo entero para concentrar en nuestro planeta toda la estupidez que salió incólume durante el estallido del Big Bang; concentrar y centrar en una persona en concreto, tras la ventanilla entreabierta del lado del acompañante, ante mi figura atónica. 

En este caso no cabe como excusa la deficiente y confusa red de señales pontevedresa y de otros parajes de aquí a Argelia y tirando para todos los puntos cardinales; esa red que me resulta a mí también extraña y hostil, pues la he sufrido de forma vergonzosa y vergonzante, salvándome en más de una ocasión el contar con un tanque de combustible lleno hasta los topes, siendo yo uno más entre aquellos a los que se les nubla la visión ante la sobreabundancia o inexistencia de flechas indicadoras; también yo he tenido que recurrir a la generosidad de otros nativos con adornos óseos en la cabeza, pero en ningún momento he tenido el valor de hacer las dos preguntas que ilustran esta anécdota a renglón seguido: la primera obvia y comprensible, la segunda estúpida y hasta merecedora de una peineta sin gracia ni salero. Mucho menos responder de forma grosera a la generosidad de un desconocido. Centrémonos y al toro, que viene bragado.

En aquella, me encontraba yo gastando unas unidades de calorías, dándome un garbeo por el paseo de madera de la ría de Pontevedra; ese mismo que nace un poco más allá del Gremio de Mareantes y el puerto viejo, que se estira agónicamente al superar el puente de la AP-9 y recorre paralelo la autovía PO-12, enlazando con la de idéntica categoría PO-11, cuyo único cometido es unir Pontevedra con Marín y punto pelota. Entonces, un automóvil se detuvo a mi altura en el carril que sale de la capital y una fémina, de edad indeterminada (pues como caballero no estoy por la labor de perder el tiempo haciendo cábalas al respecto), se dirigió a mi persona de la siguiente guisa.

—Disculpa, ¿esta carretera va para Marín?

—Sí, todo recto —respondí de forma automática, pues no había lugar para la duda.

No sé si vería algo sospechoso en mi aspecto; algo digno de eso que se llama desaprobación. Me debió de confundir con un sátiro en manga corta que experimenta un inmenso placer al perpetuar el complejo de hámster atrapado en una rueda que muchos (y ella) experimentan hasta el punto de equivocar la provincia en la que se encuentran.

—¿Seguro? —rezongó la mujer con un mohín. La nariz arrugada y esas interrogantes tan marcadas, acompañadas de cierta cortedad intelectual probable, trataron de derribar mi seguridad.

Joder. Será por falta de veces de haber circulado por ella. Para una vez que la pregunta tiene fácil respuesta…

—Claro que seguro —afirmé, sintiéndome en la frontera de esa realidad paralela tan común a estas situaciones, más aún cuando, a escasos metros de donde se había detenido el vehículo, se alza aún una señal vertical elevada en bandera, en la que Marín figura en enormes letras blancas sobre un precioso fondo azul.

Si hubiera dispuesto de un par de segundos más, solo eso —por Dios, qué te habría costado el habérmelos concedido cuando me das todos los del mundo para perder el tiempo para cualquier estupidez—… Si los hubiera tenido a disposición, habría cargado, apuntado y disparado, ilustrando a la moza con el detalle histórico de que aquella carretera, desde el día de su inauguración, en 1963, no ha servido para otra cosa que no fuera llegar a Marín; así que, sí, estaba y estoy bastante seguro de que por esa cinta de asfalto acaba uno poniendo el pie en la pequeña localidad marinera.

Pero pasó lo siguiente: la tipa pisó el pedal a fondo y se marchó sin si quiera darme las gracias por la molestia de confirmarle que iba en la dirección correcta y, no me cabe duda, dedicándome en su fuero interno alguno de esos términos peyorativos tan en uso: paleto.

El encuentro no causó graves desperfectos en mi ánimo de ayudar, en la medida de lo posible, a las intranquilas voces que claman ayuda en mitad del desierto urbano; pero, si os veis en la coyuntura embarazosa de asaltar a un extraño en la calle, dudad de él, pero no os larguéis sin darle las gracias. Así de simple.

Lectura de 24 de Julio de 2017 a las 1200 horas



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24 de Julio de 2017



miércoles, julio 19, 2017

Lanzamiento de la 2ª edición, corregida y aumentada, de «Major Bowie»


Cuando publiqué la primera edición de Major Bowie, al tenerla en papel, me percaté de que había pasado de puntillas, tan solo mencionándolos de pasada, ciertos puntos que debían haber merecido un trato, estudio y análisis más profundo. La obra en sí, en aquel instante y aún hoy, era completa y no desmerecía el esfuerzo y su contenido; pero la buena recepción de la misma por parte del público, interesándose en adquirir un ejemplar, me convenció de que bien merecía un repaso para apuntalar y traer aspectos y piezas musicales que solo se quedaron en un apunte al pie de página. Aunque el trabajo no ha sido tan exigente, he tenido que volver a imbuirme del espíritu de ciencia-ficción que David Bowie imprimía a muchas de sus canciones y entender mejor su discografía. 

Así es como he llegado a publicar esta segunda edición, corregida y aumentada (en unas 30 páginas y hasta tres apartados nuevos) que ayudará a completar la visión biográfica de Bowie desde la óptica de la ciencia-ficción y la carrera espacial.

Aquí os dejo el enlace: http://amzn.eu/f7i3QLr

Lectura de 19 de Julio de 2017 a las 1200 horas



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martes, julio 18, 2017

Guardia de literatura: reseña a «El traje del muerto», de Joe Hill

Título original: «Heart-Shaped Box»
Punto de Lectura SL, Madrid
Tercera edición. Enero de 2009
486 págs.
ISBN: 978-81-663-2119-8
La lectura de la primera novela de Joe Hill tiene sus claroscuros, debiendo recorrer el autor aún mucho camino para heredar, por derecho propio, el trono de su padre 

Si no se anunciara a bombo, platillo y demás instrumentos de percusión que el bueno de Joe Hill es vástago del prolijo escritor de terror Stephen King, quizá podría escribir yo una reseña de ésta, su opera prima, algo más objetiva y pausada, más ajustada a lo que se debe de esperar de semejante labor, menos corrompida por las heces de otras lecturas; pero el gusano, gris y hambriento, está haciendo su camino por entre mis neuronas, lento y seguro. Para bien o para mal.

Joe Hill es un viejo conocido mío. Tropecé con él mucho antes, siquiera, de saber acerca de esta novela (soy así de despistado), gracias a la excelente novela gráfica titulada «La Capa», adaptación a este formato de uno de sus relatos, publicados en el recopilatorio «20th Century Ghosts», y para la cual buscaré hueco, tiempo y esfuerzo para la pertinente Guardia de cómic; una historia que me dejó impresionado en el buen sentido de la palabra, por la fuerza y la viveza emocional que el guión despliega de forma generosa y brutal, aunque advirtiendo en su desarrollo no pocos acordes propios de papi. Habiendo contado con la suerte de tener a semejante maestro puerta con puerta, es de recibo que Joe haya asimilado de Stephen varios puntos cardinales sobre el teclado. 

El argumento de «El traje del muerto» es simple, pero no por ello deja de ser atractivo para cualquiera que esté decidido a subirse al barco del amigo Joe durante cuatrocientas y pico páginas. Jude Coyne, un hombre entrado en la cincuentena, es una estrella retirada del heavy metal; vive en su rancho en el estado de Nueva York atormentado por la disolución traumática de su banda, la cual no pudo soportar la muerte de dos de sus integrantes en un accidente de tráfico (suicidio más bien) y por culpa del SIDA. Jude capea aquellos dolorosos recuerdos por medio de hobbies tan dispares como recorrer de punta a punta el país, de estado en estado, sin salir de la alcoba, convirtiendo en amantes a chicas góticas bastante más jóvenes que él, siendo su última conquista Georgia, una bailarina de striptease que en realidad se llama Marybeth Kimball y que posee un pasado bastante escabroso; o adquiriendo todo tipo de objetos esotéricos, perversos, oscuros y de mal gusto que acrecienten su ya inflada leyenda de individuo siniestro que tantos discos le ha permitido vender: desde cuadros firmados por seguidores suyos que cumplen cadena perpetua por pederastia a todo tipo de tratado sobre magia negra, pasando por una cinta de vídeo, una prueba policial, con una película pornográfica en la que la actriz resulta asesinada realmente ante las cámaras. Sus aficiones distan mucho de ser puramente inocuas, pues son casi obsesivas y podrían explicar muchos hitos de su biografía. Y esa obsesión será el resorte que accione una trampa mortal.

Cuando Danny Wooten, el fiel secretario gay de Jude, da, como si tal cosa, con un portal de subastas a imitación de Ebay en el que se ha puesto a la venta un fantasma, no se aguanta las ganas. Lo que en realidad se estaría vendiendo sería un traje al que el fallecido estaba muy apegado y la explicación de la vendedora para deshacerse de él es tan encantadoramente escalofriante que Jude da orden de adquirir ese fantasma, aunque sea como broma que solo le costará mil pavos bien invertidos en su imagen. En el instante en el que el paquete llega por mensajería a su destino, la pesadilla da comienzo para Jude, Georgia y Danny, pues aquello no resulta ser una simple diversión, una muesca más en la biografía del cantante de rock: el fantasma es real y Jude, ciertamente, lo ha comprado, siendo que es el de Craddock McDermott, exoficial del Ejército de los Estados Unidos de América en la guerra de Vietnam, experto hipnotizador y zahorí y, además, padrastro de Florida (Anna McDermott), la penúltima y mentalmente desequilibrada amante de Jude, de cuya muerte el espectro culpa a la estrella musical, clamando venganza desde el Más Allá. La subasta fue una trampa que le habrían tendido a Jude el viejo antes de fallecer y la hermana mayor de Florida.

El propio devenir de la trama convertirá la novela en una de carretera, con contados momentos espeluznantes en los que conoceremos la verdadera naturaleza de la labor de Craddock en el Ejército; la historia del fantasma de Ruth, la desaparecida hermana de Bammy, la abuela de Georgia, secuestrada hace medio siglo; o el profundo y pantanoso recuerdo que Jude guarda de Florida más allá del sexo estival en el asiento trasero de un restaurado Mustang del ’65, acercándose a la raíz de todo, aunque no termine sorprendiendo a nadie.

De la lectura de esta novela de Joe Hill se pueden extraer muchos puntos positivos, al igual que sucede con las obras que firma su padre, pues, aunque acabe escribiendo auténticas necedades, de esas que te hacen llevar las manos a la cabeza y a exclamar “¡Dios todopoderoso, ¿qué estoy leyendo?!”, sigues quemando capítulo tras capítulo. Joe ha heredado esa fuerza casi física, como también ciertos elementos negativos que no se deben en exclusiva a Stephen King. Uno de estos es el desasosegante vértigo que afecta al lector al estar sentado ante una novela bastante desestructurada, con continuos cruces carentes de señalización a lo largo de la narración, con pensamientos y flashbacks que no llegan a encajar los pongas donde los pongas, con independencia de su capitalidad narrativa, sobre todo durante las primeras doscientas páginas. Es como si Joe Hill tuviera los dedos inertes y enflaquecidos, incapaces de asir con determinación las bridas y frenar al monstruo a cuyos lomos se ha subido con tanta ingenuidad.

A pesar del esfuerzo del autor con la pareja protagonista, sobrada de personalidad, el resto de personajes son un esbozo errático. El secretario de Jude, Danny, es barrido de la escena como un desperdicio que sobra desde el comienzo, siendo que su único momento de “gloria” se restringe a la llamada telefónica que le hace a su jefe una vez que cuelga de una viga por medio de una soga anudada al cuello, la misma que Craddock McDermott le ha enseñado a hacer y con la que le ha convencido de que se quitara la vida. Tampoco es que Joe haya dotado de suficiente peso a la hermana de Florida, Jessica Price, una iracunda y perfecta madre que no es otra cosa que una depravada sexual; así como Martin Cowzynski, el violento padre de Jude, un viejo postrado a su catre, esperando a la Muerte.

Incluso el propio fantasma, Craddock McDermott, pierde todo su hálito macabro, llegando al paroxismo de la ridiculez en mas de una ocasión, sobre todo hacia el tramo final de la novela (es que, ¿a quién se le ocurre escribir semejante escena?), mereciendo un suspenso en la cartilla de notas y una llamada a su padre la forma que idea Joe para que el espectro persiga a Jude y a Georgia de Norte a Sur de los Estados Unidos: en su propia y espectral furgoneta descolorida, la cual solo se salva de esta reprimenda cuando la ve Arlenne, la anciana enfermera de Martin (quien, a su vez, es la hermana clónica en diálogos de Bammy, la abuela de Georgia), y porque creo que es una referencia nada velada al vehículo que dejó gravemente herido a Stephen King hace prácticamente dos décadas.

El regreso al hogar de Jude Coyne o Justin Cowzynski, el último paso de penitencia, al que llega hundiendo hasta el fondo el pedal del acelerador del Mustang, no tiene relevancia alguna en el drama, pues la apoteosis final pudo haberse escrito en la cocina familiar de los Cowzynski, junto a la porqueriza, como en el cuarto de baño de un anónimo cine X junto a los Everglades o en cualquier otro lugar perdido de la mano de Dios. Y Joe no se ruboriza a la hora de ir dejando flecos aquí y allá a nivel policial durante la sanguinolenta carrera de Jude y Georgia desde Nueva York a Louisiana, pasando por Florida: me cuesta tragar la facilidad con la que se da carpetazo al expediente de los sucesos violentos en la casa de los McDermott, la falta de interés por aclarar las circunstancias reales del supuesto atropello que Jude y su pareja dicen haber sufrido y del que no hay vestigio alguno dónde debió suceder o que un anciano postrado en su cama y que no reacciona desde hace días a estímulo alguno tras sufrir una severa apoplejía sea, de pronto, capaz de tratar de asesinar a dos personas, por muy malheridas que estuvieran, persiguiéndolas, navaja en mano, por media casa.

Podemos afirmar que el final es como los que cocina su padre, aunque resulta evidente el mensaje de la novela que no es otro que escuchar a quienes están con nosotros, algo costoso de cumplir tanto en las relaciones familiares como amorosos; no son simples objetos de atrezo sobre los que tenemos un derecho a despreciar y a deshacernos de ellos como si tal cosa. Escuchar y amar recíprocamente, profundizar en sus almas, conocerlas.

La lectura de la primera novela de Joe Hill tiene sus claroscuros, debiendo recorrer aún mucho camino para heredar el trono de su padre por derecho propio, para que una legión de incondicionales lo coronen con laureles teñidos de sangre; esto es si estamos hablando de novelas, pues Joe, y se nota, se ve más suelto como guionista de cómic. Solo el paso del tiempo, con su perturbadora voluntad de iluminar todo recoveco pasado, espantando las frescas sombras, nos lo aclarará.

Lectura de 18 de Julio de 2017 a las 1200 horas



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miércoles, julio 12, 2017

Guardia de cine: reseña a «Los vengadores: la era de Ultrón»

Título original: Age Of Ultron. EEUU. 2015. Acción, aventura, ciencia-ficción. 2 horas y 21 minutos. Dirección: Joss Whedon. Guión: Joss Whedon. Elenco: Robert Downey Jr., Chris Hemsworth, Mark Ruffalo, Chris Evans, Scarlet Johansson, Jeremy Renner, James Spader, Samuel L. Jackson, Don Cheadle


La responsabilidad por enmendar las consecuencias de nuestro egoísmo, aunque el mismo nazca y se justifique en nuestro propio y más hondo dolor es la lectura que se extrae de una buena, pero larga, película de superhéroes

Los gustos y aficiones se heredan como las deudas o nacen de forma espontánea, sin control. Muchas enraízan y evolucionan, muchas más se malogran y se marchitan antes de tiempo, sin saber qué se siente cuando el calor de la pasión pega con fuerza desde el cielo. Nosotros mismos somos viveros y cementerios de segundos de oro dedicados a objetos materiales o inmateriales que llegan a motivar o frustrar, pero que permiten que nos enfrentemos a un mundo dentro de otro, con diferentes ojos, oídos y tacto.

En mi adolescencia me dejé secar el seso por grapas de superhéroes de la Marvel; me encantaba. Me encantaba la Patrulla X, Spiderman, los Vengadores. Con mi limitado presupuesto iba atesorando historias, una ínfima cantidad que cabía de sobra entre mis ahuecadas y rechonchas manos, reteniendo parte de un tesoro cultural que palpitaba y crecía como un monstruo con solo boca; y fui a ver las adaptaciones de las aventuras de aquellos vistosos personajes paridos por Stan Lee, pero solo me quedé con la primera de los X-Men y las de Peter Parker-Tobey Maguire y punto. Aunque me parezca genial Robert Downey Jr. como actor, no he sido capaz de pasar del minuto 30 de su Ironman y, en cuanto a Thor, solo Natalie Portman, como una hechicera menuda y hermosa, me susurraba conjuros al oído para que me quedara otros cinco minutos más, engañándome así hasta que llegaron los títulos de crédito finales.

No me convencen para nada las adaptaciones al cine de la Marvel y puede que todo se deba a que ya no siento el tirón del género de superhéroes, de hombres y mujeres vistiendo coloridas mallas e incómodas capas, enfrascados en eternizantes luchas contra el mal en un mundo en el que nadie sangra (hasta que la editorial se le ocurrió dar luz verde al proyecto «The Punisher», muy propio de la década de 1980). Y no sé por qué han quedado Lobezno y los demás al abrigo de las sombras, hibernando sin sospechar si algún día despertarán o morirán en silencio y con la carne desprendida de los huesos; para mí, el mundo del cómic va mucho más allá de los superhéroes.

Por todo ello, la llegada a casa del título que voy a reseñar podría levantar rociones de suspicacia en mi intelecto, pero a falta de pan nocturno-televisivo, buenas son tortas en DVD, y el disco terminó girando como un loco en el reproductor y ofreciendo un comienzo que te debía enlazar a una historia anterior de los Vengadores o de Thor (no lo sé), con el cetro de Loki por medio, etcétera, etcétera.

La película, un tanto larga en su tercio final, me sorprendió y agradó. ¡Sorpresa! Es más, no despegué la mirada de la pantalla (y no fue porque se paseara por allí Scarlett Johannson con las carnes apretadas, amiguitos míos), pues creo que es un producto que goza de una salud y calidad excelentes en cuanto a escenas y diálogos en su conjunto. Me gustó sobretodo advertir, a la terrible sombra de Ultron, esa inteligencia artificial que nace de la gema de Loki y de la negligencia de Tony Stark, una pátina de profunda humanidad en los personajes que conforman a los díscolos Vengadores. Seguían repartiendo leches como siempre, a medida que el plan del malo-maloso se iba desarrollando, pero los silencios y las miradas demostraban ese brillo y aroma a debilidad humana tan ausente en los superhéroes por término medio.

También ha sido agradable contemplar largas y veloces coreografías de lucha digitalizadas que no marean o en las que se ve algo más que un batiburrillo gris como sucede, por ejemplo, en las infumables «Transformers» o en la agotadora «La batalla de los cinco ejércitos»; pero siempre hay algo que chirría, como es la necesidad de dotar a la trama de elementos moralizantes o incluso redentores (muy de la Marvel, por otro lado), que son protagonizados esta vez por la pareja de hermanos mejorados por Hydra: la responsabilidad por enmendar las consecuencias de nuestro egoísmo, aunque el mismo nazca y se justifique en nuestro propio y más hondo dolor, pues el daño que provocamos es inmenso.

El filme, excesivamente largo hacia el final, como ya he dicho, en el que la intervención de SHIELD se presenta a priori como un Deus ex machina, deja a Ultron con dos muertes consecutivas y con una “advertencia” de la intención de seguir explotando la franquicia hasta agotarla gracias a su demostrada rentabilidad.

Y poco más puedo decir;extraño, cuando me ha gustado lo que he visto…

¿Está aconteciendo un renacer de la era dorada del cómic norteamericano de superhéroes? Quizá lleve años, pero no me he dado cuenta hasta ahora.

Lectura de 12 de Julio de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 23º
  • Higrómetro: 40%

miércoles, julio 05, 2017

Dirk Verdoorn, un artista que vive el mar

Hacía ya un tiempo que no se olía a bordo a pintura fresca, pero Internet, en ciertas ocasiones, pone remedio a las profundas lagunas y a largas ausencias. Hoy quiero haceros conocer la existencia de Dirk Verdoorn (Dordrecht, Países Bajos, 1957).

De niño, Verdoorn vivió en una de las típicas barcazas de canal holandesas, en la confluencia de los ríos Waal, Mosa y Merwede; aunque en la edad adulta se trasladó a Francia donde ejerció distintos empleos en tierra hasta que tomó la decisión de dedicarse a la pintura, siendo que, a día de hoy, reside en Salento, Italia, frente al mar Jónico, gracias a su fama. Es un artista autodidacta que se dedica a la pintura en exclusiva desde 1997, momento en el que arranca una espectacular y reconocida carrera, con un estilo específico y realista centrado en el mundo naval, que le ha granjeado varios premios y el ser nombrado artista oficial de la Marina de guerra de la República Francesa demostrando un interés pictórico eminentemente centrado en los buques, principalmente mercantes, en diferentes lugares del mundo, pero también las olas y los paisajes marinos.

Como podréis observar en la pequeña galería que adjunto, el Sr. Verdoorn tiene merecida su fama.









Lectura de 5 de Julio de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755 (Variable). Encapotado
  • Termómetro: 23,5º
  • Higrómetro: 40,5%

martes, julio 04, 2017

Guardia de literatura: reseña a «Aventuras de Arthur Gordon Pym», de Edgar A. Poe

«Adventures of Arthur Gordon Pym»
Club Joven Bruguera, nº 33
Editorial Bruguera SA, Barcelona. 1981
267 págs.
ISBN: 84-02-08212-2
Una novela que inspiró a escritores de la talla de Julio Verne y H. P. Lovecraft; siendo la única incursión de Edgar A. Poe en el mundo de las narraciones prolongadas y un experimento que le llega a explotar en las manos

El rey del relato macabro y de misterio, quien cimentó el género negro, el creador de sombras más famoso e influyente de la Historia moderna de la Literatura, Edgar Alan Poe, trató de emular a otros grandes de su tiempo negándose a tan solo publicar breves narraciones, pasajes de corta vida en los que impregnar la pasión de un alma torturada. «Aventuras (o Narración) de Arthur Gordon Pym» fue su única incursión en el no siempre agradable mundo de la novela y ahí es donde lo podemos comparar con esos grandes, como es el caso de Oscar Wilde. Poe hace protagonista y narrador a un hombre, ya en edad madura, que relata unas vivencias de adolescencia que comienzan cuando se deja arrastrar por las calenturientas historias que le relata Augustus, su amigo y compañero de fatigas, todas ellas con lejanas y exóticas tierras y el mar como telón de fondo. Debemos asentir ante la presentación de Poe, muy acertada para atraer al público en aquella lejana década de 1830.

Sin embargo y en mi humilde opinión, el experimento le explota a Poe en las manos a pesar de que es una obra que ha pasado a los anales de la Literatura, llegando a inspirar a Julio Verne, quien escribiría una secuela bajo el título «La esfinge de hielo», y a H. P. Lovecraft, quien sentía verdadera admiración por esta novela que le serviría para dar forma a «En las montañas de la locura». Y afirmo esto de forma tan categórica obligado por el amargo regusto de una lectura árida, agotadora y que encierra escasos instantes de lucidez y originalidad en el desarrollo de la trama.

Para abrir boca es como si Poe diera rienda suelta a una especie de obsesión malsana por la muerte por inanición, algo que es constante en estas aventuras inacabadas. Obsesión que provoca buena parte de la aridez ya comentada y que domina la novela en casi tres cuartas partes de la misma; como botón de muestra más que representativo el relato exhaustivo del encierro de Pym como polizón a bordo del bergantín ballenero Grampus, al que le sigue la pormenorizada relación de sucesos por parte de Augustus tras el motín contra el capitán Barnard. A esto debemos sumar cuando el Grampus termina sus días como un peligroso derrelicto en el que sobrevivirán a duras penas cuatro desdichados, aunque es entonces cuando se alcanza el clímax de la novela: la escena del buque presumiblemente holandés, tripulado por esqueletos (en clara alusión a la famosa leyenda) y aquella otra en la que los náufragos han de recurrir al canibalismo; clímax que desfallece cuando Poe, de forma inexplicable, obliga a Pym a narrar los hechos a modo de diario, algo del todo inverosímil y error en el que autor caerá nuevamente más adelante.

Cuando las aventuras a bordo del Grampus tocan a su fin, Poe no tiene “mejor” idea que someternos a una fría relación de datos geográficos, históricos y de fauna y flora extraídos de alguna enciclopedia o de las columnas de periódico referidas a las expediciones en las latitudes australes, tan en boga durante aquella época; detalles estos que no apreciará el lector cuando se le obligue a pasar de una narración pormenorizada a otra “acelerada”. Los dos únicos supervivientes del Grampus, Pym y Peters, son rescatados por la goleta Jane Guy, momento en el que arranca la segunda parte de la novela mediante la introducción de los datos objetivos reseñados antes, con ambos hombres enrolados en una expedición hacia el Sur (la lectura de coordenadas será una constante que nos pondrá a prueba); y es aquí donde Poe desvaría acerca de animales y hasta razas humanas, todo ello sin sustento científico alguno, que hace caer al relato en la más pura fantasía para rellenar huecos en blanco. Así sabremos de los Tsalal y su traición para con los hombres de la Jane Guy, y del viaje al Sur que Pym no termina de narrar o es interrumpido de forma abrupta (como último recurso clásico de tensión dramática), a un lugar cálido donde se haya un ser extraño, quizá sobrehumano.

A esto me molesto en añadir que Poe sufre varios deslices en su prosa, pues no parece que esté muy al tanto de qué tipo de mástiles posee un bergantín (que me corrija alguien si me equivoco, pero un navío de esa clase no posee un palo de mesana (sí trinquete y mayor (de estos últimos, cuantos necesite)), mas si cabe cuando, de lo que se extrae de la lectura, el Grampus solo contaba con dos mástiles), así como de los días que puede aguantar un ser humano sin tomar líquido alguno.

Aunque «Aventuras de Arthur Gordon Pym» sea una obra que llevaba largos años deseando leer, sobre todo desde que escuchara sus primeros compases en «Historias», de RNE, la experiencia se me ha hecho obscenamente cuesta arriba, quizá debido a la disasociación temporal, cada vez más amplia, entre los ojos y mentes de Poe y sus contemporáneos y los míos, ya entrados en el s. XXI. Pero tampoco debe ser esa la única razón, pues siempre he disfrutado mucho del resto de obras firmadas por este genio de las Letras norteamericanas y compunge mi corazón el tener que leerle la cartilla a Poe por culpa de esta novelita.

Lectura de 4 de Julio de 2017 a las 1200 horas



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jueves, junio 29, 2017

«Country House», Blur



And so the the story begins

City dweller, successful fella
Thought to himself oops I've got a lot of money
I'm caught in a rat race terminally
I'm a professional cynic but my heart's not in it
I'm paying the price of living life at the limit
Caught up in the centuries anxiety
It preys on him, he's getting thin

He lives in a house, a very big house in the country
Watching afternoon repeats and the food he eats in the country
He takes all manner of pills and piles up analyst bills in the country
It's like an animal farm lot's of rural charm in the country

He's got morning glory, life's a different story
Everything going jackanory, in touch with his own mortality
He's reading balzac, knocking back prozac
It's a helping hand that makes you feel wonderfully bland
Oh it's the centuries remedy
For the faint at heart, a new start

He lives in a house, a very big house in the country
He's got a fog in his chest so he needs a lot of rest in the country
He doesn't drink smoke laugh, takes herbal baths in the country
Says she's come to no harm on an animal farm in the country

In the country, in the country

Blow, blow me out I am so sad, I don't know why
Blow, blow me out I am so sad, I don't know why

He lives in a house, a very big house in the country
Watching afternoon repeats and the food he eats in the country
He takes all manner of pills and piles up analyst bills in the country
Oh, it's like an animal farm lot's of rural charm in the country

He lives in a house, a very big house in the country
He's got a fog in his chest so he needs a lot of rest in the country
He doesn't drink smoke laugh, takes herbal baths in the country
And she's come to no harm on an animal farm in the country

Lectura de 29 de Junio de 2017 a las 1200 horas



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martes, junio 27, 2017

Guardia de cine: reseña a «Tener y no tener»

Título original: «To Have And Not Have”. USA. 1944. Blanco y negro. 100 min. Dirección: Howard Hawks. Guión a cargo de Jules Furthman (guión original) y William Faulkner (revisión). Elenco: Humpfrey Bogart, Lauren Bacall, Walter Brennan, Dolores Moran, Sheldon Leonard, Walter Molnar, Marcel Dalio

Choque de trenes entre Bogart y Bacall; un clásico del cine nacido de la adaptación de la que, probablemente, sea la peor novela de Ernest Hemingway

Aun siendo su novela menos valorada, a Ernest Hemingway no le tardó mucho tiempo en llegarle a las manos el correspondiente contrato de cesión de derechos cinematográficos, en el que figuraba como parte su viejo amigo Howard Hawks, deseoso de ganar la apuesta y hacer una excelente película de un pésimo libro.

El proyecto quedó placenteramente a la sombra, esperando el penoso día en el que Hawks se viera en la urgente necesidad de obtener dinero líquido de forma rápida y sin esfuerzo, momento para el cual reservaba esta trama de consumo delirante para el público. Eran los años de la segunda guerra mundial y aunque el Gobierno federal subvencionaba generosamente a Hollywood para que produjera películas de corte patriótico como churros, los capitalistas de Los Ángeles ansiaban llevarse algo fresco a la boca, por lo que «Tener o no tener» debía exponerse a los focos cuanto antes mejor; pero había que hacer frente a los engorrosos problemas que traía consigo la trama original de la novela de Hemingway: transcurría en aguas de Cuba y el protagonista era un contrabandista que, en un momento dado, decide apoyar a los insurgentes y enfrentarse al régimen del dictador Batista. Presentar algo así ante el censor, llegar incluso a iniciar la producción, pondría en serios aprietos a la Industria por las imprevisibles consecuencias diplomáticas que podría afectar a las relaciones bilaterales entre Washington y La Habana, aliados de antes y durante la contienda mundial (Cuba fue el único país de las Antillas que declaró la guerra al Eje).

Había que caminar con tiento.

La solución a la cuestión fue bien simple y vino de manos del guionista William Faulkner: en vez de presentar a Cuba, como el escenario de la trama, se sustituiría por la Martinica francesa; y en vez de encontrarnos con insurgentes contrarios a Batista, tendríamos unos simpáticos elementos de la Francia libre pululando por la pantalla; por ello, desde el primer minuto de metraje, una idea indigesta se va colando, con la insistencia propia de un gusano, en la opinión que se va formando en el espectador respecto a esta película, que descubre al mundo a Lauren Bacall: es una copia desvergonzada de «Casablanca». Es más, la propia campaña publicitaria del filme no se lo callaba: aparte de presentar los caballos de batalla que suponían el contar con Humpfrey Bogart y descubrir un nuevo mito erótico, llegaba incluso a asegurar, con cierta reprochable licencia, que «Tener o no tener» era tres veces mejor que la obra de Michael Curtiz.

En «Tener o no tener» encontramos al capitán Morgan, interpretado por Bogart, que es igual de cínico y aparentemente neutral, sin interés alguno en meter los morros en causa política alguna, que el Rick de «Casablanca»; el personaje de Ingrid Bergman se divide aquí en dos mujeres bien diferentes, siendo que una de ellas aparece en escena acompañando a su marido —quien, en vez de ser un destacado miembro de la resistencia, va a tratar de rescatar a una figura importante del movimiento que se encuentra en una isla cercana— y la Bacall.

Hasta hay un café (el del hotel Marquis), del que nunca parecen salir los protagonistas, y un piano, pero Sam, en el mejor de los casos, ha sido sometido a un tratamiento de adelgazamiento y blanqueamiento, reduciéndolo a un marinero borracho y pedigüeño, Eddie. Incluso conoceremos a un prefecto de policía, sustituido por otro más celoso en el cumplimiento de su cometido y apretujado en un traje y boina que apenas ocultan su gruesa corpulencia, siendo una mezcla entre el prefecto Renault al 5% y el oficial nazi al 95% de «Casablanca».

¡Incluso el guión de Faulkner se finiquitaba con un día de antelación a la fecha de rodaje de la escena en cuestión!

Todo esto no se lo tendríamos en cuenta a este película si llegara a tener algo del encanto de la adaptación de «Everybody comes to Rick’s». Llega a ser tediosa a ratos, sobre todo en aquellos en los que el combate dialéctico Morgan-Flaca, de una exuberancia erótica sobresaliente, queda en suspenso (combate en el que ya se observan ciertas miradas que son fiel reflejo de los sentimientos respectivos y correspondidos por ambos actores); y su final es atropellado e inconcluso, dejándote con un palmo de narices, aunque Bogie sí se lleva a la Flaca cogida de la cintura, no como en «Casablanca».

Aunque esta película es considerada un clásico del cine, dudo a la hora de afirmar que Howard Hawks supo hacer una buena película de un mal libro.

Lectura de 27 de Junio de 2017 a las 1200 horas



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lunes, junio 26, 2017

Entrevista a Luis Mollà por «La flota de las especias»


Luis Mollà es ya de sobra conocido por todos, por lo que no hay necesidad de relacionar su ya extensa bibliografía, pero sí haceros saber de la publicación de su última novela, «La flota de las Indias» (Almuzara), y que, por tal motivo, le he hecho una entrevista que se ha publicado en el blog de HRM.

Podéis leerla pinchando aquí.

Lectura de 26 de Junio de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755 (Variable). Estratos
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jueves, junio 22, 2017

«Poison», Alice Cooper



Your cruel device,
Your blood like ice.
One look could kill,
My pain, your thrill.

I wanna love you, but I better not touch (don't touch)
I wanna hold you, but my senses tell me to stop
I wanna kiss you, but I want it too much (too much)
I wanna taste you, but your lips are venomous poison

You're poison runnin through my veins
You're poison, I don't wanna break these chains.

Your mouth, so hot
Your web, I'm caught
Your skin, so wet
Black lace on sweat

I hear you callin and it's needles and pins (and pins)
I wanna hurt you just to hear you screaming my name
Don't wanna touch you, but you're under my skin (deep in)
I wanna kiss you, but your lips are venomous poison

You're poison runnin through my veins
You're poison, I don't wanna break these chains
Poison

One look (one look), could kill (could kill),
My pain, your thrill.

I wanna love you, but I better not touch (don't touch)
I wanna hold you, but my senses tell me to stop
I wanna kiss you, but I want it too much (too much)
I wanna taste you, but your lips are venomous poison

You're poison runnin through my veins
You're poison, I don't wanna break these chains
Poison

I wanna love you, but I better not touch (don't touch)
I wanna hold you, but my senses tell me to stop
I wanna kiss you, but I wanna too much (too much)
I wanna taste you, but your lips are venomous poison

Yeah
Well I don't wanna break these chains
Poison

Runnin deep inside my veins
Burnin deep inside my veins
Poison
I don't wanna break these chains

Lectura de 22 de Junio de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 26º
  • Higrómetro: 37%

22 de Junio de 2017



miércoles, junio 21, 2017

Santa Cruz de la Mar Pequeña

La primera vez que escuché hablar de Santa Cruz de la Mar Pequeña fue una tarde de fin de semana, una de esas lluviosas de invierno que se pasan al calorcito del televisor, una vez ocultado el sol. A saltos, de canal en canal, y tratando de vencer una pesada letanía, me fui deslizando por la parrilla hasta que tropecé con Miquel Silvestre y su motocicleta BMW, perdidos en algún punto de las, en su día, posesiones españolas en el continente africano. Por no seguir trastabillando sobre el mando — aunque, para ser sinceros, no aguanto al bueno de Silvestre—, solté el ancla en la Segunda cadena de RTVE.

Llegó el instante en el que la pantalla mostró una playa y los restos de una torre de planta cuadrangular. Era lo que quedaba de la fortaleza de Santa Cruz de la Mar Pequeña, el enclave más antiguo en el continente africano donde ondeó la enseña de Castilla, allá, en el s. XV; ahí es nada.

Hasta ese preciso instante, como he confesado sin rubor alguno, nunca había oído mencionar de esta Santa Cruz y merezco ser azotado (o quizá no sea para tanto). Ese nombre tan largo para tan lejano territorio se me quedó grabado y con este pequeño artículo he tratado de poner remedio a mi ignorancia, sintetizando algunos de los más vetustos y enfrentados estudios que hacen mención a la conquista, posesión y discusión de este confuso paraje y que, en su momento, dio mucho que hablar en una serie de negociaciones con los gobernantes de Marruecos, ya en el s. XIX.

Se dice que Santa Cruz de la Mar Pequeña forma parte de la conquista castellana de las islas Canarias, encabezada  por Juan de Bethencourt, vasallo del rey Enrique III, allá por 1402. Aún no teniendo metido en el bote, ni por asomo, el conjunto del archipiélago, Bethencourt puso su interés en el cercano continente, y aquí comienzan las destempladas discusiones acerca de lo que realmente sucedió:

Según unos, Bethencourt aprestó una fragata con quince hombres por tripulación y fuerza. Al parecer, barajó la costa africana entre cabo Cantín (Beddouza) y el río de Oro y algo más allá, lo que da a la expedición cierto cariz explorador y poco más.

Según otros, fijando la fecha de salida de Bethencourt el 6 de octubre de 1405, tres galeras se echaron a la mar en Fuerteventura con Gran Canaria como destino final, pero los céfiros empujaron a la pequeña flota hasta cabo Bojador, donde permaneció ocho días de escaso ocio, apresando cautivos de una tribu de la zona.

Según el padre Abreu Galindo, Bethencourt puso pie en la zona conocida como los Médanos, en el desierto del Sáhara, cifrando el número de inocentes apresados en 60, entre hombres y mujeres, que fueron inmediatamente llevados a España como esclavos.

Y hasta ahí podemos leer. No parece haber nada más reseñable acerca de la presencia española en la ya conocida como Santa Cruz de la Mar Pequeña, ni siquiera cuando Maciot de Bethencourt, quien se hace poco después con la gobernación de las Canarias, hizo la jugada de la doble venta del territorio al conde de la Niebla y al infante Pedro de Portugal. Debió darse entonces un interesante caso para los juristas acerca de quién de ambos adquirientes del mismo pago ostentaba potior iure. Curiosamente, la discusión se zanjó con los lusos alegando que la Mauritania tingitana romana formó parte de la monarquía goda; poco menos que un brindis al sol, pero que coló a favor de los castellanos.

Con el paso de los años, la titularidad de las islas acabó en manos de doña Inés de Peraza, nieta de Guillén de las Casas y esposa de don Diego García de Herrera*1

Herrera mandó construir una torre-fortaleza*2 hacia 1478, en un punto de la costa a 33 leguas de travesía de mar desde Lanzarote, junto a la boca de un río que entraba en tierra más de tres leguas y que permitía la entrada y fondeo de bergantines, goletas, fustas y otras embarcaciones mayores.

El castillo de la Ysleta —a cuyo cargo de capitán y alcaide estuvo el sevillano Jofre Tenorio (no confundirlo con el famoso almirante de Castilla)—, sentía en sus almenas la presión constante de un ejército compuesto por más de diez mil infantes moros y tres mil lanzas. En un momento dado, Herrera, tras asistir a la boda de su hija Constanza con Pedro Hernández de Saavedra, mariscal de Castilla y señor del Sahara, debió acudir en auxilio de la plaza con cinco navíos y setecientos hombres de armas, entre los que se encontraban Juan Alonso de Sanabria, gobernador de Fuerteventura y capitán de las compañías de África.

Herrera rompió el sitio haciendo bramar las culebrinas de abordo y barriendo el campo moro a golpe de metralla. El desembarco del grueso de las tropas de refresco se efectuó hacia la medianoche, quedando Alonso Cabrera como comandante de la guarnición.

La inquina local hacia el enclave castellano estaba de sobra justificada, pues desde allí partían regularmente cabalgadas andaluzas y canarias hacia el interior del continente en busca de esclavos y mercancías que se tomaban, como era de esperar, por la fuerza.

Hubo paz durante algunos años, hasta que Jofre Tenorio asumió el cargo de alcaide. La fortaleza cristiana volvió a verse convulsionada ante el sitio a la que se le somete por medio de otro ejército de diez mil efectivos a pie y otros dos mil a caballo. Tenorio tuvo tiempo de pedir auxilio a Lanzarote, desde donde Herrera de nuevo da muestra de su presteza y ardor guerrero, dirigiendo cinco bajeles con setecientos hombres de armas abordo.

Diego García de Herrera, conquistador de las siete islas, señor del Reino de la Canaria y del Mar menor de Berbería, falleció el 22 de junio de 1485, tomando el testigo del interés por el África continental el murciano Alfonso Fajardo, de la casa de los marqueses de Vélez, leal servidor y vasallo de los Reyes Católicos durante la toma de Granada, quien reedificó la fortaleza de la Ysleta y levantó Santa Cruz de la Mar pequeña (cumpliendo el decreto real de 29 de marzo de 1492)*3 y las defendió de los continuos ataques del rey Fez.

Durante sus años de esplendor, la fortaleza adoptó un cariz comercial como factoría al estilo portugués, con continuos intercambios pacíficos con las tribus cercanas, aunque Fajardo contaba con el reparo de que los nobles de las Canarias seguían tomando dicho punto geográfico como de partida para sus brutales cabalgadas. Fajardo rogó a los católicos monarcas la declaración de zona exenta de entradas, amparándose desde 1499 a todo aquel que acudiera a la torre a comerciar, independientemente de su condición religiosa y/o procedencia; aunque tras la muerte de Isabel I de Castilla la cosa comenzó a desmadrarse, pues los canarios veían en Santa Cruz de la Mar Pequeña un fuerte competidor en contra de sus intereses comerciales.

Los jerifes ya no pudieron demorar más la guerra sobre el territorio tras la irrupción de la corriente sufista en el Islam, importando bien poco la anterior y correcta gestión y diplomacia del gobernador Lope Sánchez de Valenzuela (obteniendo el vasallaje de las notables tribus al norte de la fortaleza, en el reino de Bu-Tata). La zona debía volver a ser retomada por los musulmanes, siendo expulsados los cristianos. El rey Fez, ya en el año 1524, conquistaría la fortaleza y, por lo visto, la mandó destruir hasta los cimientos.

Ese mismo año de 1524 el adelantado D. Pedro de Lugo planeó reedificar la estructura, pero no parece que alcanzara éxito alguno. Y así quedó tal emplazamiento que se pretendió alzar de nuevo en varias ocasiones, como asegura Próspero Casola, oficial de ingenieros del rey Felipe II, quien da a entender el interés del emperador Carlos V en Santa Cruz de la Mar Pequeña. Lo cierto es que las viejas y esquivas ruinas, no siempre a la vista de los exploradores que llegaron a pisar aquel desierto en los siglos siguientes, sirvieron (entre otros puntos geográficos) a España, ya en el s. XIX, para determinar los límites de sus posesiones africanas y del añorado Sáhara español.


Lectura de 21 de Junio de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755, (Variable). Despejado
  • Termómetro: 26º
  • Higrómetro: 37%