martes, junio 19, 2018

Guardia de televisión: reseña a la primera temporada de «The Wire: Bajo Escucha»

Título original: «The Wire». 2002. Episodios de 59 minutos. Drama policíaco, investigación policial. Creador: David Simon. Dirección: VV. Guión: VV. Elenco: Dominic West, John Doman, Deirdre Lovejoy, Wendell Pierce, Lance Reddick, Sonja Sohn, Seth Gillian, Domenick Lombardozzi, Clarke Peters, Andre Royo, Michael Kenneth Williams, Jim True-Frost

«The Wire», lenta donde las haya, no llega a presentarse como un hilo aburrido del que se van colgando ganchos estériles que atraigan la atención para aguantar otros 300 segundos más hasta el final, de trampas de tramoyista; a cada episodio no le sobra una sola coma y respira un trabajo de guión como pocas veces se pudo haber escrito desde que el oficio dejara de ser tan prestigioso

Si el pensar común de los decanos del lugar no ha cambiado de parecer ante los demostrados excesos de la adaptación de cierta saga literaria perpetrada por un tipo que quería ser un autor de novela histórica sin estudiar Historia, La Serie (así, con mayúsculas) debería seguir siendo «The Wire», un producto televisivo de comienzos del s. XXI que, si no la veías entonces por donde fuera, hacía de ti un auténtico Pringado (con mayúsculas igualmente). Pero ya sabéis que soy perro que gusta de huesos viejos, de ahí que hoy me toque hablar de este thriller policíaco que sentó un antes y un después en el infecundo panorama de las series de este género; un pico en la gráfica, de esos que se salen del papel sábana.

El argumento de «The Wire» nos apea en una ciudad prácticamente en ruinas, de perfil amoral. Un Baltimore de edificios abandonados, negocios cerrados, paro y corrupción; un escenario ideal para un reparto coral en el que todos los personajes involucrados, o una gran parte de ellos, son individuos que recorren un camino granado de obstáculos familiares, vitales y laborales; quizá no recorran un camino, sino ambos extremos de un callejón sin salida del que no logran averiguar cómo entraron en él.

Por un lado está la propia investigación policial del entramado de narcotráfico y corruptelas de Avon Barksdale, un auténtico fantasma, con ese dédalo de agentes de dudosas capacidades, más dudosos padrinos y más extraños enemigos, a los que se unen confidentes y colaboradores en una cruzada en la que nadie cree y que se lucha sobre tierra fangosa y de herejes. Encabezan el reparto el inspector de homicidios Jimmy McNulty, la oficial de narcóticos Kima Greggs y el teniente Cedric Daniels, seguidos muy de cerca por Lester Freamon (un extraordinario policía condenado al ostracismo del departamento de Empeños por haber pretendido hacer bien su trabajo en Homicidios). Todos ellos son ovejas negras, parias, nombres escritos a máquina en un expediente escasamente brillante pues tienen el defecto de gustarles meter el dedo en la llaga y en el ojo de quien no deben. Son unos apestados en el Departamento, imperfectos; alguno incluso algo corruptible. Juntos acaban formando una ecléctica unidad de investigación en los sótanos de la comisaría central, siendo capaces de hilar, a golpe de vigilancia y escucha telefónica, un caso por el que mataría cualquier fiscal.

Por otro lado está la trama de los mismos criminales, aunque esto no es del todo cierto. Es la historia de D’Angelo Barksdale, quien se presenta como un muchacho fuera de lugar al que su tío, el misterioso amo de las calles de Baltimore, salva el pellejo durante el transcurso de un juicio por homicidio. Este personaje es el único que muestra una clara evolución y el que confiesa vivir una pesadilla; es, de nuevo, el argumento del individuo que ha nacido en el seno de una familia poderosa y que se niega a coger las riendas y a ensuciarse las manos. ¿Pusilanimidad, cobardía, sentido común? Su vida es un pequeño revoltijo: joven, con un hijo a cuya madre no ama, se encarga de la distribución de “mierda” en las casas baratas de Baltimore y, sentado en el sofá que preside el patio común, observa el escenario por el que deambulan drogatas, camellos y policías; sueños rotos junto a jeringas infectadas. D’Angelo es el propio Baltimore; quiere salir de ese hoyo y hasta es capaz de entregar a su tío a cambio de una oportunidad, pero la familia es la familia, Baltimore es Baltimore, y todo seguirá igual de podrido.

Como toda serie que marca un antes y un después, y con los años que han pasado desde su estreno, tiene una personalidad propia e imposible de encontrar en otras tantas del género por aquel entonces y que sería una locura emitir en nuestros días: palabrotas, brutalidad policial, violencia y unos diálogos tan demoledores que no pueden dejar indiferente a nadie, como cuando D’Angelo se sincera con sus colegas de sofá, o cuando tratamos de conocer más a fondo al drogadicto Bubbles u Omar despliega toda su ira; almas que la ciudad ha masticado y vomitado.

«The Wire» toca muy de cerca la corrupción diaria y demuestra cómo un simple camello de barrio, con lo que saca al día, puede estar untando el bolsillo del próximo fiscal o juez; incluso al director de la Policía de la ciudad. Ese es el elemento perturbador al que se enfrentan un puñado de hombres y mujeres con o sin placa, que tratan de limpiar las calles de la ciudad a la que aman y a la que, impotentes, solo pueden verla agonizar.

Es La Serie también para comprender cómo deberían hacer las cosas en la HBO, y también como lo hacen, con esos capítulos kilométricos de los que tan mala nota han tomado las series españolas, que se agotan a los 30 minutos pero que extienden sus capítulos hasta unos asmáticos 70 minutos. Pero «The Wire», lenta donde las haya, no llega a presentarse como un hilo aburrido del que se van colgando ganchos estériles que atraigan la atención para aguantar otros 300 segundos más hasta el final, de trampas de tramoyista; a cada episodio no le sobra una sola coma y respira un trabajo de guión como pocas veces se pudo haber escrito desde que el oficio dejara de ser tan prestigioso.

La segunda temporada da un giro de escenario, aún siguiendo en Baltimore, con unos agentes de Policía que han conocido, una vez más, el reverso de la medalla por hacer lo que se supone se espera de ellos. Pero de todo eso ya trataremos en una próxima reseña.

Lectura de 19 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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lunes, junio 18, 2018

Viajar y colonizar el espacio: ¿una quimera?

Al comienzo de su número 7, los Cuatro Fantásticos se las prometían muy felices, a excepción de La Cosa, cómo no, cuando la Humanidad entera entró en una especie de psicosis colectiva. De héroes indiscutidos, el cuarteto pasó a ser un peligro a eliminar por vía expeditiva, argumento poco sólido pero muy común en el trasfondo de las historietas escritas por un aún joven Stan Lee. Por culpa de un influjo mecánico extraterrestre, la Tierra se convirtió en un lugar poco recomendable, por lo que los protagonistas de la serie aceptaron de grado la invitación de Kurrgo, el tirano del planeta X, el cual estaba sentenciado a desaparecer por el inminente impacto de un asteroide. El dictador requería la presencia de Mr. Fantástico (qué poco ego el señor), para que diera con la solución científica que salvase a su especie, los xantha, de la extinción pues, la propia desidia de su pueblo, el cual conocía el secreto de la navegación interplanetaria, solo permitió la construcción dos naves espaciales minúsculas. La cuestión era evacuar a 5 billones de almas.

Sin que mediase palabra o revelación alguna, el pomposo líder de los Cuatro Fantásticos se sacó un conejo de la chistera y creó una fórmula química que provocaba que todo aquel sobre el que se rociara la solución disminuyese extraordinariamente de tamaño. Luego, en el planeta de destino, mediante la ayuda de un antídoto en forma de gas, se invertiría el proceso; pero Mr. Fantástico se guardó mucho de decir que eso último era una mentira, pues solo había logrado la primera composición y, además, en el universo el tamaño es relativo.

Este relato, en no pocos pasajes algo ridículo pasado a la viñeta, me ha dado de qué pensar durante las últimas semanas. Reapareció un buen día a modo de pasatiempo, quizá haciendo cola en el banco, quizá limitándome yo a mirar al techo, a la espera de las sombras de la tarde. Y ha llegado a inquietarme respecto a las posibilidades reales del Ser humano, como especie, de romper las cadenas que lo mantienen firmemente unido a nuestra Perla azul y enfrentarse con éxito al vacío del cosmos.

Navegar es necesario. Es lo que nos impulsó como especie pensante. Queríamos averiguar qué se escondía tras la siguiente isla, qué riquezas podrían existir, tanto materiales como inmateriales; pero, por aquella, continuábamos hollando una superficie amigable y “conocida”, con posibilidades de abarcarla en su totalidad en una sola vida, pero, ¿y el espacio?

Como dijo Mr. Fantástico, el tamaño es relativo en el universo, pero también lo son el tiempo y las distancias.

Un ser humano tiene una vida estimada de 80 años, siendo optimistas. Esta limitación apenas supuso un freno en su día al ser una especie capaz de manipular objetos y crear utensilios para alzarnos hasta la cúspide del dominio sobre la Tierra. Sin embargo, lanzarnos al espacio es un imposible debido a nuestras carencias tecnológicas y miedos más novedosos. Hay que alcanzar la velocidad de la luz, como poco, para ver el fondo del túnel, algo que, a día de la presente, resulta solo teórico sin el apoyo de la energía nuclear. Pero, aunque diéramos con el secreto para viajar a 300.000 km./s., tardaríamos 4,243 años en alcanzar la estrella más cercana a nuestro apartado punto relativo en la galaxia, Próxima de Centauri, sin saber si allí habría sitio para nosotros.

Los últimos estudios revelan la existencia de una infinidad de exoplanetas situados en una zona de habitabilidad dentro de sus sistemas, todos muy similares al nuestro. Y parece que son muchos más aquellos en los que existe una estrella enana roja, un astro que cuenta con un combustible prácticamente inagotable (al contrario que nuestro sol). Supertierras en la zona “Ricitos de Oro”.

Pero cualquier opción se encuentra fuera de nuestro alcance y ahí juega la relatividad del espacio-tiempo-tamaño-esperanza de vida. Aunque se haya probado la existencia de agujeros negros y se teorice sobre los de gusano que interconectan distintos planos del cosmos, nos costará siglos o generaciones entenderlos y aplicarlos prácticamente a nuestras perentorias necesidades, por no decir que esa vastedad llamada universo no se plegará a nuestros deseos de forma dócil y pacífica.

Con amargura, pues siempre he mirado hacia las estrellas con el mismo fervor reverencial que nuestros ancestros, considero que no contamos con las medidas necesarias para el viaje interplanetario. Nuestra esperanza de vida es insuficiente y enclaustrarnos en naves que tardarían décadas en llegar a un destino incierto mermaría a la propia Humanidad. ¿Qué consecuencias médicas y genéticas podrían causarnos las travesías de años por el espacio? Acabaríamos exhaustos y como bolas de sebo. Quizá los señores de los cielos, quienes puedan pasearse de estrella en estrella, provengan de sistemas en los que sus planetas y la vida sean millones de veces más grandes que los que pertenecen a nuestro sistema (por ejemplo, entre los Kepler tenemos 12 planetas más grandes que nuestro Júpiter, siendo que el Kepler -12b, de la constelación Draco, a 1956,64 años luz, casi lo dobla de tamaño). Quizá existan especies inteligentes en aquellos parajes para los que unos cien años humanos sean un suspiro, como es para nosotros la vida de ciertos insectos en la Tierra, que apenas duran unas horas y hasta nacen sin boca por la que alimentarse. Quizá sean también criaturas enormes que, puestos en comparación con nosotros, podrían aplastarnos como a hormigas; o justo lo contrario, pero con una longevidad que nos parecería antinatural.

La solución para un éxodo de la Humanidad (apunte en el que habría que discutir quiénes serían los afortunados/desgraciados en partir hacia las estrellas más cercanas), en mi opinión, pasaría por la transhumanización de la tripulación de la nave o la dependencia de una bondadosa inteligencia artificial, aunque todo se reduciría a una población encapsulada, en forma de embrión a desarrollar en el planeta hogar de destino, o en sistemas de hibernación cuyas secuelas físicas y mentales serían imprevisibles. Los tripulantes deberían hacer pasar sus esencias a cuerpos sintéticos que pudieran hacer frente a la erosión temporal y administrarse fármacos que frenasen una posible demencia; o la inteligencia artificial programarse de tal modo que pudiera cumplir su misión sin que llegase a decidir matar a todos los huéspedes. Con todo, el horizonte se reduce a que la Humanidad acabará viajando y colonizando el universo por medio de unos padres demiúrgicos mecanizados, arriesgándose a perecer en el vacío o a medrar en el planeta a colonizar sin conocimiento alguno de su pasado por culpa de una simple casualidad que borrase el registro de datos de la nave.

¿Viajar al espacio es una necesidad creada por un bromista cósmico que sabe de lo fútil de nuestros intentos? ¿En caso de que tengamos una necesidad tal como los xantha, seremos capaces de reclutar a algún Mr. Fantástico? Disculpadme, pero hoy me siento un tanto pesimista al respecto y me vuelve al recuerdo la pregunta que me hizo mi madre en una ocasión, disgustada al escuchar el desorbitado coste de un lanzamiento para la ISS, a la que respondí dándole una detallada lista de los beneficios que disfrutábamos diariamente gracias a la investigación espacial. La cuestión ahora será si ese despilfarro a ojos de mi madre podrá sernos útil a corto o a medio plazo para salvar a nuestro planeta y a nosotros mismos de paso. Que sirva como herramienta de salvación y no de huída. 

Aún con todo, navegar es necesario.

Lectura de 18 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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jueves, junio 14, 2018

«Co-Co», The Sweet



Co-Co would dream of dancing
At midnight beneath the stars
'Cos when it comes to dancing
Co-Co's a star

He danced in a ring of fire
That circled the island shore
And as the flames got higher
They'd all call for more and more

Ho-chi-ka-ka-ho, Co-Co
Ho-chi-ka-ka-ho, Co-Co
Ho-chika-ka-ho, go go Co-Co

Ho-chi-ka-ka-ho, Co-Co
Ho-chi-ka-ka-ho, Co-Co
Ho-chi-ka-ka-ho, go go Co-Co



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Lectura de 14 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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miércoles, junio 13, 2018

El buque de Seguimiento Satelital y de Misiles «Kosmonavt Yurii Gagarin»

Atracado en Odessa, 1971
Insignia entre los de su clase, el Kosmonavt Yurii Gagarin tuvo un papel fundamental durante los últimos años de la Guerra Fría, cumpliendo sobradamente su cometido, pero no tanto como para ganarse un retiro y final dignos, a semejanza de la práctica totalidad de la alta tecnología soviética

Si algo caracterizaba a los rusos comunistas fue su afán por construir las máquinas más grandes e insospechadas jamás vistas, como vanidosa demostración de fuerza, tanto industrial como científica. Por desgracia, tanto esfuerzo solo sirvió de futuro acopio para innumerables chatarreros y desguaces repartidos por el ancho mundo.

En su día os hablé de un buque de telecomunicaciones que acababa con la vida de todas las ratas que se colaran en sus bodegas, y que tuvo un historial ciertamente corto y decepcionante: el SSV-33 Ural (proyecto 1941 "Titan") Kapusta. Pero hoy me gustaría hacer otro tanto con un navío que fue la estrella de una pequeña flota llamada “Espacial”, de la que formaba parte el SSV-33, y que era una macro estación móvil de seguimiento de misiles, cohetes, satélites y todo lo que despegara del suelo con el sello URSS pegado en la cubierta y llegara a la órbita: el Kosmonavt Yurii Gagarin.

Orgullo de los astilleros de Leningrado Baltic S&G Works, fue completado en 1971, siguiendo los planos de la clase Sofia o Akhtuba (ex Hanoi) de buque tanque a vapor. Una vez botado, tardó solo unos meses en ser fotografiado en emplazamientos tan delicados como La Habana, la bahía de Nipe, Cienfuegos y la base naval de Cayo Alcatraz. Aunque se vendiera al mundo como un buque “pacífico”, de investigación, dentro del programa de exploración espacial (en particular, de la Luna, cuando ya habían tirado la toalla), y adscrito a la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, no menos cierto era que su principal labor era la de control y seguimiento balístico, como pieza fundamental del escudo antimisiles de la URSS.

El Kosmonavt Yurii Gagarin en la Bahía de Nipe (Cuba), 1971-72
Los números del Gagarin aún asombran. Poseía una eslora de 231,6 metros, una manga de 32 y un calado de 9,2. Su planta de dos turbinas a un eje le permitía generar 14.000 kw que desplazaban 45.000 toneladas a una velocidad de 18 nudos. Su autonomía de hasta 130 días, sin necesidad de repostar combustible ni provisiones, le permitía batir récords de permanencia en alta mar. Con la calculadora en la mano, era capaz de recorrer 20.000 millas náuticas por misión.

En su rol se contabilizaban 248 personas, de las que 136 eran tripulantes. El resto se ocupaba de 86 laboratorios de investigación y seguimiento, y de las 1.250 habitaciones dedicadas a distintas funciones científicas y personales. Mención aparte merecen los objetos que le daban su especial configuración: cuatro enormes antenas reflectoras parabólicas, dos de ellas de 25 metros de diámetro y las otras dos de 12,5, y de 1.000 toneladas de peso, que no causaron pocos problemas de navegación, pues cuando se orientaban de forma que dejaran de estar en posición nadir, hacían efecto vela (disminuyendo en dos nudos la velocidad si se orientaban hacia proa), por lo que mantener el navío quieto era realmente complicado (por no decir otra cosa), imposibilitando un correcto seguimiento de los objetos espaciales. A estas cuatro había que sumar otras 73 de menor tamaño, tipo y configuración.



Pero el Gagarin, como algunos de sus hermanos, era mucho más que un frío buque de investigación. En sus “tripas”, los hombres y mujeres que fueran abordo podían disfrutar de una existencia distendida, con comedores, un gimnasio, un teatro con un aforo de 300 personas y tres piscinas cubiertas. En su interior había, incluso, espacio suficiente para cargar con varios vehículos con los que, quien tuviera los permisos pertinentes, podía desplazarse por tierra una vez en puerto.

Breve recorrido por el interior del Kosmonavt Yurii Gagarin
Como insignia de una flota de once navíos especiales, tuvo su principal (o única, según se vea) área de operaciones en el Océano Atlántico (que nadie se desmaye por la obviedad que he soltado), donde realizó entre 1971 y 1991 unas 20 expediciones. La razón de tanto buque por todos los mares se justificaba con las propias órbitas de los ingenios, que solo permitían seguirlos en territorio soviético 9 de cada 24 horas del día. Y el seguimiento, a su vez, a estos barcos por las naciones adscritas a la OTAN no solo se realizaba por cuestiones de seguridad, sino también por puro “cotilleo”; por ejemplo, la desbandada general que se produjo en el Índico en Diciembre de 1968 confirmó a los EEUU el fracaso de la misión soviética a la Luna, lo cual le dio a la NASA unos meses más de oxigeno para preparar la exitosa misión Apollo 11.

Gracias a la insoportable presión económico-armamentística que la Administración Reagan aplicó sobre la URSS, ésta colapsó a finales de la década de 1980. El tsunami administrativo y gubernamental fue tal que muchos de aquellos orgullos soviéticos se derrumbaron al mismo ritmo que las estatuas de Lenin en las plazas públicas. La flota “Espacial” fue una de tantas víctimas, siendo el caso del Gagarin bastante rijoso: acabó en manos de Ucrania tras su recién adquirida independencia, pretendiendo su gobierno mantenerlo, pero, como sucedía en todas esas repúblicas que habían recuperado su soberanía, las arcas estaban vacías. Por tanto, lo que se avecinó era de esperar, más que nada cuando la tripulación, a mediados de la década de 1990, comprobaba con desesperación cómo el pago de sus nóminas se iba retrasando mes tras mes. La solución de la centena larga de tripulantes fue también muy rusa: con paciencia y sin disimulo, procedieron a canibalizar y comercializar cuanta pieza pudiera extraerse del navío sin comprometerlo seriamente. Hablamos de material técnico, pero también de piezas del museo que se guardaban en su interior, como regalos personales de cosmonautas que visitaron la nave, etc.

Al final, fue obvia la ridiculez que suponía seguir manteniendo semejante “bicho” sin función alguna para Ucrania que, en 1996, tras las pertinentes negociaciones, vendió el Gagarin a una compañía australiana de desguace de barcos a 160$ la tonelada de metal, siendo llevado a un puerto de la India (al igual que el Akademik Sergei Korolev), previo el borrado de toda referencia a su glorioso pasado, incluso renombrándosele como Agar.

Supuestamente, el del fondo es el Gagarin
Para dar término al artículo, vamos a referenciar los buques de la flota “Espacial”:

  • Kosmonavt Vladimir Komarov, de 17.000 toneladas
  • Kosmonavt Yurii Gagarin, de 45.000 toneladas
  • Akademik Sergei Korolev, de 21.250 toneladas
  • Akademik Nikolai Pilyugin. Incompleto
  • Kosmonavt Pavel Belyayev
  • Kosmonavt Georgi Dobrovolskii
  • Kosmonavt Viktor Patsayev. En uso
  • Akademik Vladislav Volkov
  • Borovichi
  • Kegostrov
  • Morzhovets
  • Nevel
  • Marshal Nedelin
  • Marshal Krylov

Lectura de 13 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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martes, junio 12, 2018

Reseña de cómic: guardia a «Bajo el sol de medianoche»

Guión: Juan Díaz Canales
Dibujo: Rubén Pellejero
NORMA CÓMICS. 2015, Barcelona
78 páginas
ISBN: 978-84-679-2092-5
En la obra de Canales y Pellejero no se aprecia instinto, solo un miedo reverencial y absurdo hacia Hugo Pratt, sin pretender superarlo en ningún momento

Hace unos pocos años apareció la noticia que removería el mundo del cómic hasta sus sólidos cimientos: la fundación CONG SA, titular y gestora de los derechos de autor de Hugo Pratt, había dado luz verde a un proyecto singular: volver a dar vida al mítico personaje Corto Maltés, importando bien poco que su creador llevara 20 años fallecido. Tributo al genio de Rimini; ansiedad por no quedarse tan solo en las largas historias de aventuras dibujadas en las décadas de 1970 y 1980 principalmente; ¿deseos de amasar pasta fresca? Sería absurdo pretender desentrañar qué movió a las cabezas pensantes de CONG SA a realizar semejante apuesta, pero es cierto que el proyecto se presentaba con unas galas inmejorables, sobresaliendo el guionista Juan Díaz Canales (Blacksad), quien garantizaba la calidad del álbum, al menos, en apariencia, sirviéndose se los lápices de Rubén Pellejero (El silencio de Malka).

A fecha de la presente se han editado dos tomos, «Bajo el sol de medianoche» y «Equatoria», siendo que el primero es el único al que he tenido oportunidad de hincarle el diente, leyéndolo de cabo a rabo. 

La historia que se confina entre sus tapas es muy Pratt. Sigue un esquema muy estudiado, en el que no falta el guiño literario, la mención a Venecia o, incluso, el elenco típico de aventureros, déspotas, patriotas, soldados de fortuna, cobardes, espías… y un Corto Maltés tan bocazas como de costumbre. Sabor a mar y a Muerte. El carrusel Prattiano al completo y sin excepción, con un inicio prometedor, con Corto pretendiendo hacer un último favor a su amigo Jack London, en las tierras del Gran Norte. Ese comienzo habría entusiasmado a Pratt y entusiasma a cualquier aficionado a sus novelas gráficas, pero…

En fin, el carrusel está ahí, pero todo él posee una pátina de tan desdeñosa artificialidad que echa para atrás. Ni el guión ni el dibujo van a engañar a nadie, más que nada porque es un absurdo homenaje-plagio. El dibujante pretende alcanzar la simpleza del trazo final de Pratt, viejo y más ocioso que de costumbre, con unas viñetas que son un vergel de recursos bastos. Cualquiera que haya leído las aventuras del Maltés a cargo de Pratt notará ahora un sabor agrio, el que se degusta cuando alguien quiere resucitar a un autor muerto sin aportar nada nuevo o propio. El guionista no tanto, pero el dibujante se ha dejado esposar por una ingenua querencia u homenaje de líneas ortodoxas.

Por su parte, el trabajo de Canales no es que sea de suspenso, pero tampoco de sobresaliente. Dejémoslo en un punto medio. Lo más negativo es que permite que las páginas tomen tal velocidad que causa sensación de vértigo, sin dar tiempo a muchos personajes de adquirir cierta “madurez” para el peso que se les atribuye en la trama. Para más inri, el guionista se lo pasa en grande echando mano de la cornucopia personal de chistes ingeniosos que traslada a las bocas de los personajes, pero poco más; incluso algunos resultan ser demasiado estúpidos. Además, sus bocadillos apenas dan lugar para más de una frase, algo que no se corresponde con el espíritu Prattiano que se pretende honrar, seguir o plagiar,

Pero de lo que realmente adolece el cómic es de la forma de trabajar de sus creadores. Desconozco el programa que adoptaron, pero no parece que hicieran propia la forma de trabajar de Pratt: dibujar primero y, luego, escribir los diálogos. Pratt se dejaba guiar por su instinto, haciendo fluir la historia; que sus personajes hablasen solos. Y en la obra de Canales y Pellejero no se aprecia instinto salvo un miedo reverencial y absurdo hacia el italiano, sin pretender superarlo. Si Pratt se mantuviera con vida, no le importaría en absoluto que unas manos más jóvenes siguieran inmortalizando las historias del personaje que le permitió alcanzar fama mundial, pero, quizá, no de esta manera (algo que los de CONG SA no han sabido ver).

Supongo que el proyecto seguirá avanzando; la publicación del segundo álbum debe ser prueba de ello, además de las reediciones de este «Bajo el sol de medianoche». Y yo leeré todo lo que pueda, pero estos nuevos trabajos no sustituirán a ninguno de esos viejos cómics dibujados hace tantos y tantos años...

Una última cosa. Animo a los involucrados en este renacimiento a que sitúen a Corto Maltés en otra etapa que no sea siempre la de 1914-1918, pues ya va siendo poco verosímil la capacidad del personaje de moverse por tantos y tan distantes puntos del planeta en tan corto periodo de tiempo.

Lectura de 12 de Junio de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755,5 (Variable). Cúmulos
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lunes, junio 11, 2018

Luis Delgado Bañón presenta nueva novela


Envidiable es la carrera de este señor de las Letras y la Mar. Incansable su pluma y desafiante su prosa, que aborda, desde su particular óptica, la Historia de España.

Este jueves 14 de Junio, a las 20.00 horas, Delgado Bañón presentará el volumen 29º de su saga marinera, titulado «El navío Reina Doña Isabel II», que tendrá lugar en la Sala Isaac Peral del Museo Naval de Cartagena.

Como siempre que nos es posible, nos hacemos eco de este acto, deseando mucha suerte y asistencia a este veterano autor.

Lectura a 11 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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  • Termómetro: 17º
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jueves, junio 07, 2018

«Radar Love», Golden Earring



I've been drivin' all night, my hand's wet on the wheel
There's a voice in my head that drives my heel
It's my baby callin', says I need you here
And it's a half past four and I'm shiftin' gear
When she is lonely and the longing gets too much
She sends a cable comin' in from above
Don't need no phone at all
We've got a thing that's called radar love
We've got a wave in the air, radar love
The radio is playing some forgotten song
Brenda Lee's comin' on strong
The road has got me hypnotized
And I'm speedin' into a new sunrise
When I get lonely and I'm sure I've had enough
She sends her comfort comin' in from above
We don't need no letter at all
We've got a thing that's called radar love
We've got a light in the sky, radar love
No more speed, I'm almost there
Gotta keep cool now, gotta take care
Last car to pass, here I go
And the line of cars drove down real slow
And the radio played that forgotten song
Brenda Lee's comin' on strong
And the newsman sang his same song
Oh one more radar lover gone
When I get lonely and I'm sure I've had enough
She sends her comfort comin' in from above
We don't need no letter at all
We've got a thing that's called radar love
We've got a light in the sky
We've got a thing that's called radar love
We've got a thing that's called radar love

Lectura de 7 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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martes, junio 05, 2018

Guardia de cine: reseña a «Trono de sangre»

Título original: «Kumonosu-jô». 1957. Japón. B/N. 1 hora y 50 minutos. Dirección: Akira Kurosawa. Guión: Hideo Oguni, Shinobu Hashimoto, Ryûzô Kikushima, Akira Kurosawa, adaptando la obra «Macbeth», de William Shakespeare. Elenco: Toshirô Mifune, Isuzu Yamada, Takashi Shinura, Akira Kubo, Hiroshi Tachikawa, Minoru Chiaki, Takamaru Sasaki

«Trono de sangre» es considerada por muchos como la mejor adaptación cinematográfica de «Macbeth». Yo no voy a discutirlo, pues coincido en es que es un filme cuidadoso, puramente japonés, que hace suya la historia shakespeariana, puramente humana, y la funde con las tradiciones narrativas niponas

William Shakespeare escribió tantas comedias como tragedias. De todas ellas solo unas pocas nos resultan mínimamente familiares al formar parte inexcusable de nuestro raquítico acerbo cultural. Aparte de las consabidas, es poco probable que nos suene algún título a mayores.

Entre los verdaderos dramones del de Straton-on-Avon se da una especie de quintología que reúne un vasto compendio con los más bajos instintos de los que hace gala el ser humano: «Hamlet», «Romeo y Julieta», «Otelo», «Macbeth» y «El rey Lear». De entre las reseñadas, mi favorita es «Macbeth», junto con «El rey Lear», quizá por la honda impresión que me causó ser testigo, a medio de la lectura y transcurridos los siglos, de la brutalidad de sus escenas, la misma en la que no existe piedad ni para los niños ni los ancianos indefensos, dejando en paños menores toda diarrea martiana en tronos de hierro.

Akira Kurosawa decidió en su día hacer una apuesta arriesgada pues el cine, bien se sabe, no es lugar para cobardes: adaptar la obra teatral «Macbeth» a la gran pantalla y con toda la esencia del Japón feudal. Hoy día nos parece incluso corriente ver a Hamlet como un príncipe danés en pleno s. XIX, a Puck como un duendecillo picaruelo en la década de 1900 o a Tito Andrónico gobernando un futurista estado fascista. Kurosawa trasladó la tragedia desde las highlands escocesas hasta unas tierras no menos inhospitalarias del Japón del s. XVI, en pleno periodo histórico del Sengoku (país en guerra), a los pies de un bosque y un castillo llamados de las Telarañas. 

Entre los recovecos de la floresta, los Macbet y Banquo de ojos rasgados, quienes responden a los nombres de Washizu y Miki, capitanes del daimyo Suzuka, se encuentran con una espeluznante figura espectral: un espíritu del bosque que compone el futuro en su rueca. Dicha aparición desvela a los dos oficiales el futuro que les deparará; aunque en realidad es el empujón que ambos, sobre todo Washizu, necesitarán para hacer realidad sus más profundos deseos: un empujón que los arrojará al abismo.

La esposa de Washizu, con vestimentas y afeites de mujer de samurai, ejerce de Lady Macbeth añadiendo al personaje un aura siniestra hasta entonces nunca vista; guía igualmente la mano homicida del protagonista del drama para hacer realidad las palabras del espíritu del bosque de las Telarañas: alcanzar el trono. Una vez más nos haremos la pregunta de si Macbeth-Washizu sería capaz de actuar como termina haciéndolo si su compañera no emponzoñara sus oídos, minando su determinación y lealtad hacia su clan y sus compañeros de armas. ¿Es en realidad Lady Macbeth-Washizu un ente real e individual o parte de la conciencia del protagonista, una materialización física de su mente separada, asumiendo el polo oscuro de su mente? Lo que resulta más evidente es el nombre del lugar escogido para desarrollar la historia, que parece condenar a los personajes de antemano: el futuro de Washizu se desvela en el bosque de las Telarañas, donde el espíritu teje el destino; donde Washizu queda atrapado sin remedio, debiendo pagar un alto precio por sus crímenes: pérdida de herederos, locura…

«Trono de sangre» es considerada por muchos como la mejor adaptación cinematográfica de «Macbeth». Yo no voy a discutirlo, pues coincido en que es un filme cuidadoso, puramente japonés, que hace suya la historia shakespeariana, puramente humana, y la funde con las tradiciones narrativas niponas. Akira Kurosawa realiza un gran trabajo y dirige con maestría a su actor fetiche, Toshiro Mifune, quien parece salir de un cuadro Ukiyo-e, al igual que las escenas más dramáticas, dotando de extremada fuerza al contenido gráfico.

Se echa en falta el soliloquio de Macbeth hacia el final de la obra, uno de los momentos más sobresalientes del original. “Apágate breve llama. La vida es una sombra que camina”; y se lamenta que la película no fuera filmada en color, pues nos impide acercarnos y recrearnos en el colorido propio de las vestimentas de los guerreros y los daimyos (a la riqueza del vestuario).

Ésta es una película que llevaba largos años deseando visionar, pero he comprobado que el espíritu del bosque de las Telarañas tenía trenzados planes bien distintos para mí. La experiencia ha sido positiva, aunque hay que comprender que es un filme datado en los años 1950, cuya lentitud y silencios pueden poner a prueba al más inquieto, siendo que los veremos plagiados en los westerns meridionales.

«Trono de sangre» es una producción a la que hay que salir al encuentro desde la curiosidad por el mundo nipón y por querer comprenderlo; por obtener una visión preclara de una historia universal de ambición desmedida y traición, tan naturales al ser humano, y que casa a la perfección con la idiosincrasia del Japón feudal.

Lectura de 5 de Junio de 2018 a las 1200 horas



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jueves, mayo 31, 2018

Relación de publicaciones de Mayo de 2018

Artículos

Reflexiones a la luz de la bitácora
—Artículo de opinión «¿La tecnología nos hará libres?» https://goo.gl/bkVvWJ

Reseñas
—Reseña a la película surcoreana «JSA. Joint Security Area» https://goo.gl/gfv7be
—Reseña a la segunda temporada de la serie de televisión «The Bridge» https://goo.gl/KbAAJE
—Reseña a la película «El gran dictador», de Charles Chaplin https://goo.gl/Y25GBy
—Reseña a la novela «El Gran Gatsby», de F. Scott Fitzgerald https://goo.gl/6D6Gdx
—Reseña al cómic «Donde la tierra arde», biografía de los últimos días de vida de la reportera de guerra Italia María Grazia Cutuli https://goo.gl/wH196q

Lectura de 31 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



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martes, mayo 29, 2018

Guardia de cómic: reseña a «Donde la tierra arde», de Giuseppe Galeni y Paola Cannatella

Título original: «Maria Grazia Cutuli.
Dove la terra brucia»
Colección Nómadas 52
Norma. Barcelona
Primera edición. Octubre de 2012
ISBN: 978-84-679-0951-7
128 páginas
Éste no es un cómic de sucesión de viñetas o de pensamientos de la narradora; es un análisis de la Historia, males y futuros de Afganistán, que los europeos tendemos a simplificar hasta extremos absurdos

No es algo que brille mucho en mi biografía, pues no lo aireo por costumbre al quedarse en un vacuo sueño de verano, durante mis últimos tiempos de bachiller. Viniendo de alguien que comenzaba a notar los primeros mordiscos de la Literatura activa, no ha de sorprender que entre los cinco renglones que, en aquella, nos hacían rellenar con las carreras de preferencia en el formulario de acceso al proceso de la Selectividad, hubiera apuntado Ciencias de la Información.

Pasados tantos años, sospecho que desde las altas instancias educativas se decidió que nuestra generación fuera inmolada en aras de nutrir las diezmadas facultades vascas de Ciencias de la Información, pues había pocos con suficiente redaños o padres tan inconscientes como para o permitirles entrar en las aulas de Lejona, donde entonces se podía cubrir en directo cargas policiales como práctica de primer año. Y la cosa no les salió bien pues solo recuerdo que mi compadre David García (¿dónde estarás tras tanto silencio?) fue el único quinto que, tras superar la dichosa, saturada y ridícula prueba de acceso, encaminó su futuro hacia ese mundo de dar a conocer al mundo lo que mismamente sucede en su seno.

Durante meses y meses, tuvimos que dedicar las horas de Lengua y Literatura no a Cervantes, Lope, Pardo Bazán o Sender, sino a los artículos de opinión de Javier Marías o a Arturo Pérez-Reverte (imaginaos hacer eso ahora, con la corriente feminazi campando entre las arrugas del profesorado). Estudiamos hasta la náusea las cinco Ws del Periodismo, analizamos la estructura de un artículo periodístico, etc. Incluso leímos «Territorio Comanche» para, como trabajo final, redactar la noticia de la voladura del puente que ocupa a los dos protagonistas durante un buen rato, y que se combinaba en el texto con anécdotas de reporteros de guerra y autobiográficas, que nuestras imberbes mentes adolescentes no terminaban de cuadrar.

Sí, me hubiera gustado ser periodista. Incluso, si el calendario y el bolsillo lo dispusieran, me matricularía en alguno de esos atractivos másteres de Periodismo para licenciados en Derecho. ¡Claro que sí!, pero querer no es poder al 100% de las ocasiones, o puede que me esté dejando ganar por la podredumbre golosa de dejarme resecar al sol.

Y ahora, tras mi habitual y corto striptease personal, que muchas veces esconde la llave de porqué me he tomado la molestia de leer tal o cual volumen, paso a hablaros de «Donde la tierra arde», cuya  presentación por parte de Norma es un tanto interesada, tirando del hilo de Pérez-Reverte, de quien hacen uso de un epitafio dedicado a Julio Fuentes, quien aparece en el cómic y que resultó asesinado junto a Maria Grazia Cutuli, auténtica protagonista del libro, el traductor Homuin, el camarógrafo australiano Harry Burton y el fotógrafo afgano Azizullah Haidari, de camino a Kabul el 20 de Noviembre de 2001. Tal y como se escribe la contraportada, se llega al error de que Julio Fuentes centra un binomio estelar, cuando no es así, por mucho que tenga un peso relevante del que carecen otros muchos personajes; quizá por el destino compartido. Entre la sinopsis y las sentidas palabras de Pérez-Reverte dedicadas al compañero caído, se llega a confundidas conclusiones, hasta que se da con el título original en italiano: «Maria Grazia Cutuli. Dove la terra brucia».

Este cómic, narrado en primer persona, retrata a Maria Grazia, una joven periodista siciliana de 39 años, cuya mayor aspiración debería común a todos los del gremio: estar allí donde ocurre aquello a lo que el resto del planeta da la espalda por ignorancia o por lejanía. Y, ¿qué se ignora más o está más lejano para un occidental que la guerra? Nos hemos acostumbrado a la divina paz y a ver el terror y la miseria por la pantalla, perdiendo el sentido y el valor del sufrimiento ajeno. Pero, ¿qué sería de nosotros si no hubiera alguien en el lugar preciso, en el momento justo para contarlo en una crónica? 

Por desgracia, el periodismo de raza está en peligro de extinción. No abundan precisamente los Leguineches o de la Quadra Salcedo que se plantan en suelos cubiertos de cristales y a los que nada les une a unos colegas afuncionariados y cotillas. Y María Grazia Cutuli y otros tantos ya no están, aquellos que sí estuvieron en Camboya, en Somalia y, en el hilo del cómic, en la zona talibán, presionados los terroristas por el ansia combativa y revanchista angloamericana y de la Alianza del Norte. María Grazia trata de comprender el país; con ella lo intentamos nosotros también.

Éste no es un cómic de sucesión de viñetas o de pensamientos de la narradora; es un análisis de la Historia, males y futuros de Afganistán, que los europeos tendemos a simplificar hasta extremos absurdos. Profundizaremos en el crisol tribal, en el terror talibán, en el papel de la mujer en el Corán y en la estrechez de miras de los fanáticos; en el cómo la guerra ha destrozado la región y cómo ningún concepto occidental podrá agarrar en la roca cultural y social de los afganos, unidos y divididos al son de un AK-47.

Permitiéndonos leer un diario personal, acompañaremos a María Grazia desde Pakistán a Afganistán y, por medio de sus recuerdos siempre de conflicto, a otras guerras; entre un horror en el que ella se sentía cómoda y en la obligación de permanecer por ser su pasión, despreciando a aquellos reporteros que, aún en el lugar, se encerraban en sus habitaciones de hotel, sin mancharse las retinas. Y también conoceremos el gusto no siempre dulce de la ecléctica camaradería internacional.

La sensación de la lectura de las últimas páginas no puede ser más desazonadora, pero es el precio que pagan aquellos con los que la Parca ha de cumplir con la terrible estadística. El texto, a medio camino entre el cómic y el artículo periodístico, nos mete de lleno dentro de Cutuli, en su carácter y en aspectos personales clave, hasta el punto de tener la convicción de que la has conocido en carne y hueso, que has estado con ella, que la has escuchado; que te ha transmitido su pasión, por muy extravagante que pueda aparentar en ocasiones. Y otro tanto pasa con el resto de nombres menores que jalonan las planchas.

Corremos tras la noticia y aprendemos con Maria Grazia algo del oficio. Compartimos con ella y los demás la extravagante felicidad que les embarga al entrar en (como al salir de) una zona de conflicto; así como la terrible broma del destino. 

Por su parte, en el aspecto gráfico, se ha optado por el dibujo y sombreado a lápiz, con lo bueno y lo malo que esto trae consigo: potencia el aspecto personal de la obra, aunque es probable que hubiera ganado enteros si se hubiera entintando en blanco y negro. Por otro lado, encontramos viñetas demasiado pequeñas para un lápiz tan grueso como el empleado, colándose cabezones y formas extrañas en los cuerpos humanos. Hay belleza por un lado e impotencia o incapacidad por otro, lo cual nos conduce hasta una opinión partida, incluso ambigua; a lo que no ayuda haberse limitado en ocasiones a copiar fotografías de Cutuli.

Como «Territorio Comanche», «Donde la tierra arde» es una obra de obligada lectura para aquellos interesados en los reporteros de guerra, en esos locos que, con menor frecuencia (y no porque no haya conflictos suficientes para todos los gustos), ocupan, con sus cascos, chalecos antibala y palabras, los espacios de Internacional en telediarios y periódicos; por conocer una visión directa del Mal.

Lectura de 29 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



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jueves, mayo 24, 2018

«Spending My Time», Roxette



What's the time?
Seems it's already morning
I see the sky
It's so beautiful and blue
The TV's on
But the only thing showing is a picture of you

Oh, I get up
And make myself some coffee
I try to read a bit
But the story's too thin
I thank the Lord above
That you're not there to see me in the shape I'm in

Spending my time
Watching the days go by
Feeling so small
I stare at the wall
Hoping that you think of me too
I'm spending my time

I try to call
But I don't know what to tell you
I leave a kiss
On your answering machine
Oh, help me please
Is there someone who can make me wake up from this dream?

Spending my time
Watching the days go by
Feeling so small
I stare at the wall
Hoping that you are missing me too

I'm spending my time
Watching the sun go down
I fall asleep to the sound
Of "tears of a clown"
A prayer gone blind

I'm spending my time

My friends keep telling me,
"Hey, life will go on!"
Time will make sure I get over you
"This silly game of love you play: you win only to lose."

I'm spending my time
Watching the days go by
Feeling so small
I stare at the wall
Hoping that you think of me too

I'm spending my time
Watching the sun go down
I fall asleep to the sound
Of "tears of a clown"
A prayer gone blind

I'm spending my time

Spending my time
I can't live without your love

Spending my time
I'm spending my time, my time, my time
Best to be without you honey, honey

Spending my time

Lectura de 24 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



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miércoles, mayo 23, 2018

Monstruos marinos: El trunko

Los monstruos siempre han ocupado una parcela importante de nuestra imaginación y temores. Materializan un peligro u obstáculo que nos obliga a sopesar las opciones y a decidir por aquella que mejor preserve nuestra propia integridad física. No es una cuestión de broma cuando nuestro cerebro, en fase primitiva infantil, nos obliga a pedir que nuestros padres comprueben si debajo de la cama hay algo; en el fondo, estamos activando un mecanismo de defensa tan antiguo como intrínseco, que ha llevado a que nuestros catres estén situados a varios centímetros sobre el suelo, lo  más alejado de ratas, insectos y otros bichos especializados en visitas nocturnas.

Están en los cuentos, suavizando la realidad menos fantástica; como también ocuparon su lugar en mapas, aún con un poso de realidad ante la ignorancia. Allí, en esos pliegos que trazaban costas y mares, estaba lo ignoto, un peligro de muerte segura; un simple jaleo para activar el instinto de supervivencia en aquellos menos dados a arriesgar la vida o empujados por la desesperación, como no sería el caso de muchos exploradores del Medievo y la Edad Moderna.

Y esos monstruos, muchos de ellos imposibles, han ido jalonando nuestra Historia con avistamientos conservados en las crónicas. Los hay que no han pasado de mitos y otros que han sido confirmados por la Ciencia (como el kraken) o desmentidos por esta Dama, al dar una explicación coherente y acusadora de cierta confusión, más basada en la subjetividad que en un buen par de ojos sin dioptrías.

Uno de los monstruos de más reciente aparición es uno que responde al nombre de trunko, avistado a comienzos del s. XX en las costas sudafricanas. Lo más curioso es justo aquello que puede dar respuesta al misterio: los testigos de su primera aparición ante el público, en 1922, lo describen como un pez lanudo (más bien, serpiente), detalle sobre cual volveremos más adelante.

El posterior avistamiento de 25 de octubre de 1924 es mucho más detallado. Reportado en la playa Horse gheit, es cuando se le comienza a llamar Trunko y la descripción del animal es, como poco, singular: cuerpo de oso con trompa de elefante y cola de langosta. En aquella ocasión estaba siendo atacado por dos orcas.

Y en 1925 la cosa dio un giro y, en vez de un cadáver, se habla de un trunko vivo atacando cetáceos, lo cual no tiene mucho sentido.

Bien. Sentado esto, decir que los peces lanudos suelen ser comunes en la cosmogonía de los monstruos que pueblan nuestros océanos y tiene, el 100% de las ocasiones, una solución bien sencilla: los cadáveres de grandes (y no tanto) animales marinos, por acción del oleaje y de los depredadores y carroñeros, comienzan a lucir bien pronto una serie de lanas, que no son más que jirones de carne blanqueados por acción de la putrefacción y los dientes ajenos. A cada mordisco, el correspondiente jirón si no se ha arrancado bien la pieza.

En el caso de 1924 parece evidente que las orcas no atacaban un ser vivo, sino un cuerpo muerto de alguna ballena. La trompa de elefante se puede deber a la propia y característica mandíbula de los grandes cetáceos; si se le desprendió la carne de la cara y quedó solo la parte superior, bien podría confundirse con una “trompa”.

Lo de la cola de langosta se referirá a la forma de la aleta caudal, que es horizontal, más aquí entra en juego la desbordante imaginación del pueblo.

Pero, ¿por qué no divagar sobre el tema? Las costas de África son ricas en animales extraños y exóticos. No menos cierto es que en ellas, por ejemplo, se encontraron hasta fósiles vivientes, como el celacanto. ¿Es posible que el trunko sea otro fósil viviente? Tomando como base las posibles dimensiones del animal y su forma, bien podría ser un plesiosaurio algo desfavorecido o un cetáceo prehistórico, como el eurhinodelphis. Pero desde 1925 el trunko se ha desvanecido entre las profundidades y no ha vuelto mostrarse a ojo humano alguno.

Lectura de 23 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



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martes, mayo 22, 2018

Guardia de literatura: reseña a «El Gran Gatsby», de F. Scott Fitzgerald

Título original: «The Great Gatsby»
Traducción: E. Piñas
UNIDAD EDITORIAL SA.
Madrid, 1999
Col. Millenium de El Mundo
191 págs.
ISBN: 84-8130-113-2
Aunque la historia sea tediosa, Scott Fitzgerald nos regala una prosa elegante ante la que nos arrodillaremos; las figuras y los recursos que maneja para crear imágenes son tan únicas y exuberantes que terminaremos leyendo «El Gran Gatsby» no por saber qué sucede con los personajes, sino por estremecernos ante el roce de filigrana de las palabras tatuadas sobre el papel

Éste es un pequeño libro que lleva en casa desde 1999, pero que nunca me incitó a nada; sus gritos ahogados se perdían entre los vientos huracanados que nacen en el seno de la librería familiar. No es que me resultara hostil en modo alguno, pero sí me hastiaba el mundo que describe. Sin embargo, el reciente contacto con la Generación Perdida de Gertrude Stein acabó por torcer mi capacidad volitiva, como por capricho, y arranqué el ejemplar del pétreo abrazo de polvo y soledad en el que descansaba en una esquina de la estantería y comencé a leerlo con la tranquilidad que me caracteriza.

Para empezar diré que la historia que narra Nick Carraway en primera persona no resulta amena; es, incluso, aburrida, no faltando instantes en los que te preguntas cómo es posible tardar tanto tiempo en terminar tan corto libro, dejándolo incluso de lado para dedicarte a otros menesteres más productivos. La trama es simple y manida, insulsa por el anhelo de Gatsby de recuperar a Daisy, en brazos de otro hombre; es un argumento de amor perdido por el que se lucha en un último estertor, macerado en la crítica contra la falsedad que se entromete en las fiestas de brillantes luces, copas de champaña, chicas estúpidas y música hasta altas horas de la noche; la misma vida que Scott Fitzgerald libó sin mesura, pero que ataca por su vacuidad y la mezquina forma a la que se accedía a ella. Gatsby no es más que un ser que vive de prestado, yaciendo entre los que no son de su clase y para los que él no es más que una estrella fugaz de las que se aprovecha su titilante brillo en la más amarga oscuridad, y de la que rápidamente se olvidan.

Scott Fitzgerald reparte en Bastos para todos los personajes que pueblan los recuerdos de Nick Carraway, siendo duramente reprobados por el autor. Quizá sea el propio Gatsby, un chaval hecho a sí mismo, aunque a fuerza de inconsciencia y malas maneras (el punto de patetismo más elevado se alcanza con su caída en desgracia y la intervención de su pobre padre), el único que se haya merecido las simpatías de Fitzgerald; los demás no son más que almas en pena impulsadas por el alcohol, la codicia, el egoísmo y la mediocridad de la alta sociedad de posguerra que su existencia se resume en diversión y nada más, a las que se suman las de aquellos que no disfrutan esos Roaring Twenties, como Wilson o el judío Wolfsheim.

Si apartamos la cortina del tedio que cuelga de los raíles de esta historia, considerada su narración como una obra cumbre de la Literatura del s. XX, podemos comprender a aquellos que así la defienden, pues Scott Fitzgerald nos regala una prosa elegante ante la que nos arrodillaremos; las figuras y los recursos que maneja para crear imágenes son tan únicas y exuberantes que terminaremos leyendo «El Gran Gatsby» no por saber qué sucede con los personajes y cómo termina la dichosa trama, sino por estremecernos ante el roce de filigrana de las palabras tatuadas sobre el papel. Como muestra quisiera compartir con vosotros un párrafo que me atrajo y me arropó, dejándome sin aire; probablemente no sea el más característico de lo que trato de decir, pero fue uno que repasé en varias ocasiones seguidas cuando di con él, simplemente por el solitario placer de masturbar mi imaginación: “[…] Tengo la impresión de que el propio Gatsby nunca creyó que llegase; quizá ya no le importaba. Si esto era cierto, debía pensar que había perdido su cálido y viejo universo. Había pagado muy alto precio por haber vivido demasiado tiempo con un solo sueño. Debió contemplar un cielo desconocido entre amedrentadoras horas, y debió estremecerse al darse cuenta de lo grotesca que es una rosa, y de cuán cruda era la luz del sol sobre la hierba recién nacida. Un nuevo Universo material, sin llegar a ser real, donde los pobres fantasmas respiraban sueños, flotaba fortuitamente en torno suyo, como aquella cenicienta y fantástica figura que, entre amorfos árboles, se deslizaba a su encuentro”.

La novela cumbre de Scott Fitzgerald despierta sentimientos encontrados, pues la historia en sí es aburridísima, incluso insulsa, pero las palabras… las palabras, camaradas míos, son lo que cuenta.

Lectura de 22 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 753 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 18º
  • Higrómetro: 39%

viernes, mayo 18, 2018

Instancia de Lisa Kate


Lectura de 18 de Mayo de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 16,5º
  • Higrómetro: 39%

18 de Mayo de 2018


miércoles, mayo 16, 2018

Cómic centrado en la figura de Blas de Lezo y la batalla que le hizo inmortal


El guionista de cómic Ángel Miranda nos hace saber de un nuevo proyecto de cómic histórico, con las siguientes palabras, las cuales, os trasladamos por si puede ser de vuestro interés:

Arranca un proyecto para llevar al cómic la figura de Blas de Lezo y la batalla de Cartagena de Indias (1741). Será la primera vez que la histórica contienda, que enfrentó la mayor flota en América contra solo seis barcos, sea narrada en imágenes.

La novela gráfica se financiará con una campaña de micro-mecenazgo en la que los participantes formarán parte del proyecto y podrán adquirir recompensas como aparecer en la obra o hacerse con réplicas de mapas y monedas. El buen inicio de la campaña lleva a pensar que se convertirá en todo un referente.

El cómic cuenta con Guillermo Mogorrón (Marvel) en el dibujo, Ramón Vega (Fundación Museo Naval) como documentalista y Ángel Miranda (‘Espadas del fin del mundo’) al guion.

‘Espadas del fin del mundo’, el cómic predecesor,  logró una de las mayores recaudaciones en España para un cómic financiado por micro-mecenazgo, logrando publicar una obra que también narraba un episodio histórico desconocido.

En la nota de prensa adjunta encontrarás toda la información y materiales gráficos, pero no dudes en contactarnos para ampliarla.

Muchas gracias,
Un saludo.
Ángel Miranda

Web del crowdfunding: 

Trailer: 

Primeras páginas: