miércoles, julio 06, 2016

¿Por qué se llama así el mar Rojo?

Feudo en su tiempo de navegantes egipcios, griegos, fenicios y persas, el mar Rojo, junto al Mediterráneo, fue fuente inagotable para el desarrollo humano; una vía de contacto cultural y comercial entre Europa, África, la India y Catay ya en el s. IV a. de C. pues, no obstante, formaba parte principal de lo que, en el s. XIX, Freihar von Richtofen denominaría “La ruta de la seda”.

Pero la pregunta que nos hacemos hoy es la razón de semejante nombre: Rojo.

Existen varias teorías: cuatro en concreto que vamos a desgranar muy por encima para este artículo.

La referencia más renombrada al mar Rojo (por lo que es de recibo posicionarla como principal en nuestra exposición) la encontramos en el libro del Éxodo: una masa de agua que el profeta Moisés dividió para que el pueblo de Israel huyera de la esclavitud, adentrándose en la península del Sinaí. 

Detalle del Derrotero del Mediterráneo y la costa Atlántica,
de Plácido Caloiro y Oliva en el que observamos el mar Rojo
tintado de tal color y referenciado como «mare Russo»
En la actualidad contamos con suficientes argumentos como para desterrar la creencia tradicional que da por cierta que los israelitas tomaron una vía de escape que los lanzó al propio mar, ubicándola, por el contrario, en una zona de marismas que se secarían con la bajamar. Esto último entronca con lo afirmado en los propios textos sagrados primitivos: La Torah nombra a ese espacio acuático que divide Moisés como «mar de Juncos», afianzando así la teoría de que el paso se consumó por una zona de tierras húmedas (riberas, marismas y pantanos) donde medran este tipo de espigadas plantas.

Detalle del mapamundi
de Battista Agnese (1544)
Pero en la Biblia que tenemos en casa no dice mar de Juncos, sino mar Rojo, ¿por qué? Es pacífica la convicción de que es un error de traducción del arameo a lenguas europeas; desliz que se achaca a Martín Lutero (1483-1546), quien perpetuó, en la publicación de su propia transcripción del Antiguo testamento (1534), otro anterior cometido por un reformista inglés (lo tradujo como rede (rojo)), lo cual podría justificar que en el portulano de Battista Agnese de 1544 (diez años después de la publicación de Lutero) o del Derrotero del Mediterráneo y la costa Atlántica, realizado en un momento indeterminado del s. XVII por Plácido Caloiro y Oliva (cartógrafo perteneciente a la familia mallorquina Olives y que sirvió en la ciudad siciliana de Mesina), el mar Rojo sobresalga en dicho color. Según explicaciones de los expertos de la Biblioteca Nacional de España a respecto de la carta de Caloiro y Oliva, se debe a influencia judía; pero no compartimos tal apostilla, pues consideramos que la misma se ha visto contaminada, igualmente, por la pésima traducción del clérigo inglés, a no ser que los antiguos hebreos hubieran adoptado el código arábigo y persa de colores para identificar los puntos cardinales: el negro para referirse al Norte (de ahí el mar Negro) o el rojo para el Sur.

Detalle del plano de Angelino Dulcert de 1339
El historiador griego Heródoto (485-425 a. de C. aprox.) solía denominar «mar Rojo» al golfo Pérsico (también «mar del Sur»). Dicho color lo emplea también para denominar las aguas que actualmente se conocen como mar Rojo (también lo menciona como mar Eritreo); y contamos con mapas muy anteriores a los ya referenciados que tintan las riberas de Egipto, Eritrea y la península Arábiga de rojo, como son los realizados por Angelino Dulcert en 1339, muchísimo antes de la metedura de pata con los juncos y el arameo antiguo, con un portulano considerado como el primer ejemplar de la conocida Escuela mallorquina.

Podríamos pensar que no podríamos retroceder aún más en el tiempo, pero estaríamos equivocados, pues también es representado de rojo este mar en otros portulanos como el contenido en la obra de san Beato de Liébana (s. VIII), la carta del códex que recoge las etimologías de san Isidoro de Sevilla (s. XII), el minúsculo Mapamundi de Salterio de la Abadía de Westminster (1265) o el de Hereford, de 1290, en el que parece apreciarse la península Arábiga y el golfo Pérsico (en carmesí).

Mapamundis del Beato de Liébana, san Isidoro de Sevilla, Salterio de Westminster y Hereford. En aquel entonces
Jerusalén se señalaba como el centro de la Tierra, de ahí la extraña configuración de estos mapas, situándose el mar Rojo
en lo que para nosotros, ahora, es el Noreste, según estudiamos una carta o portulano
Las otras dos teorías que restan, inferiores en peso argumentativo, se centran en una relación física y directa entre la masa de agua y el color rojo. La primera de ellas razona que al alba la superficie va tomando un tono carmesí intenso, el cual, en nuestra opinión, se acentuará gracias a las riberas desérticas que abrazan al mar; pero no nos convence, pues el descenso en el espectro visible es común a todo el globo, al igual que tampoco lo hace la tesis que achaca tal denominación a la existencia de colonias de microorganismos que tiñen el agua de escarlata (la llamada marea roja viene provocada por una excesiva proliferación de dinoflagelados (microalgas rojas), muy común en muchos puntos de la Tierra, como las rías gallegas, provocando alta toxicidad en los productos del mar que se cultivan en viveros flotantes (bateas)).

Aún así, tras nuestra somera exposición, hay que pensar qué provocó que este mar, según se tiene constancia documental, en el s. VIII ya se indicara como Rojo en un mapa que cubría el Mundo Conocido. ¿Fueron las palabras de Herodoto suficientes para esta denominación? ¿Pudo haber sucedido en la Antigüedad un fenómeno de marea roja de tales magnitudes que hubiera quedado grabado en la memoria de los pueblos asentados en sus riberas y cuyo recuerdo fue transmitido a cartógrafos europeos a través de Grecia? ¿Simplemente es el Sur rojo? 

Cada cual que elija la teoría que más le guste y conteste a las preguntas que se haya formulado.