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El Niño Pez Diablo es una de las últimas criaturas que me han acosado en el paso previo a caer en la Fase N1 de sueño ligero. |
Cuando cae la noche, llega la hora de los monstruos. Esperan agazapados a que el fuego de la hoguera se extinga para darse un festín con nuestros cuerpecitos, blandos trozos de carne en los que hincar su torcida dentadura. Un miedo que se extiende a todo lo que repta por el suelo, de ahí la necesidad de dormir en alto, hoy confundida con una mera comodidad. Un terror que aflora con facilidad cuando se es niño. Pocos se han librado del peso amorfo y asfixiante de una habitación a oscuras, donde las formas mutan, animadas por la imaginación.
Yo, de niño, no le temía precisamente a la oscuridad, sino a lo que mi mente podía proyectar sobre semejante telón de fondo. A pesar de haber estado siempre interesado en la creación de historias y en la fantasía, no me tenía por alguien dotado de una imaginación desbordante. Sabía abstraerme en mis pequeños mundos infantiles, pero más por la urgencia de desaparecer del plano de la realidad.
Y era durante los primeros y vertiginosos minutos de oscuridad cuando, en mi habitación, desfilaban los engendros más espantosos. Auténticos monstruos: una mezcla bastarda de imágenes sin nombre capturadas al vuelo.
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Quizá el monstruo más aterrador sea la mujer de la cabeza giroscópica. Lo percibo como mujer. Aparece reptando por el techo. su cabello largo cae por efecto de la gravedad, pero su rostro gira para tener sus ojos y su sonrisa siempre fijos en mí. |
Esta cualidad mía se fue desvaneciendo con la llegada de la poda sináptica. Sin embargo, recientemente, estas criaturas han regresado cada noche para desearme su particular “buenas noches”.
Rostros demoníacos, desfigurados, imposibles, goyescos y grotescos irrumpen por la puerta como heraldos de aquellos sueños que tendré y que dejarán una huella indeleble en la almohada. Pesadillas, muchas de las cuales terminan convirtiéndose en relatos de ficción, pues, como escritor, soy usufructuario de los caros peajes de Morfeo.
Y me pregunto el porqué de este terror recuperado, de esta mascarada absurda que insiste en visitarme y perturbar los minutos previos a caer absorbido en las garras del colchón.
¿Por qué ahora? ¿Por qué, cuando cierro los párpados, los engendros me saludan y me sonríen con sus bocas rotas y sus ojos hostiles?
Ya no soy aquel niño que se quedaba sin voz para pedir ayuda ante lo imposible.
¿Por qué?
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