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Navegando por el Mar de Papel Moneda, y otros mares... (Sailing at Sea of Banknotes, and others seas...)
Para hacerlo bien hay que escribir y reescribir. Ensayar incluso delante de un espejo. Pero no será ese mi caso. Esto sale “a pelo”.
Hoy hace dos décadas que publiqué la primera entrada de esta bitácora. Recuerdo el vértigo de enfrentarme a una pantalla tan grande, tan blanca, tan desoladoramente vacía de contenido. Tenía prisa por llenarla, como si me poseyera aquel ímpetu adolescente que nos lleva a creer que el mundo está ahí fuera, esperando a que le echemos mano. Estaba entusiasmado.
Eran los últimos días de la Web 1.0 y mi propósito, en apariencia, no podía ser más modesto: compartir con quien quisiera acercarse por aquí mi afición a la notafilia, obviando que había registrado la dirección como "navengante" y no como "navegante". Una distracción que hoy yace agostada bajo los escombros de mis inquietudes. Resulta curioso que un blog nacido con la intención de dar a conocer una colección de billetes de banco terminase convirtiéndose en un testimonio de veinte años de mi vida. Veinte años en los que ha habido cosas malas, desde luego, pero también buenas. Muchas más de las que quizá habría sabido apreciar entonces.
No tardé en descubrir que la notafilia era material demasiado escaso para mantener a flote una bitácora. Había que navegar por otras aguas, explorar otros territorios y dejar que el viento hiciera su trabajo.
Veinte años en los que he sentido (muchas veces) la tentación de embarrancar El Navegante del Mar de Papel, abandonar su casco a la intemperie y dejar que sus huesos clareasen al sol, entre las deposiciones de las gaviotas. Que el tiempo y el olvido se encargasen del resto. Habría sido fácil. Bastaba con dejar de escribir. No faltan razones para hacerlo, ni días en los que uno se pregunta para qué demonios sigue haciéndolo.
Sin embargo, si algo me ha proporcionado este blog, y de eso no me cabe la menor duda, ha sido la posibilidad de mantener incólume mi inclinación por la escritura. Si no lo hubiera botado aquel 23 de octubre de 2006, quizá habría terminado por marginar a aquel chaval de doce o trece años que, después de leer La historia interminable, se propuso dejar de ser un mero espectador. La vida, con su marea turbia, sus tormentas y sus naufragios, habría acabado arrastrándolo quién sabe adónde. No voy a fingir, por otra parte, que últimamente esté cultivando la escritura con la dedicación que merece. También hay temporadas en las que el navegante se limita a mantener el rumbo, sin demasiadas ganas de explorar nuevas costas.
Escribir es, probablemente, lo mejor que me han traído estos veinte años. Pero El Navegante del Mar de Papel es también un aparato de respiración asistida. Y un espejo deformado. Un reflejo de mí mismo por el que se filtran al exterior mis fluidos vitales, dispersos entre entradas, fechas y recuerdos que acaso solo tengan sentido para mí. Aquí ha quedado una parte de lo que he sido, de lo que he pensado y de lo que he sentido. Un rastro de migas de pan que no siempre conduce a ninguna parte, pero que me permite reconocer el camino de regreso.
Un hijo ya adulto al que seguir viendo como si todavía fuera un niño.
Este maldito discurso. Atípico. Estúpido. Aburrido. ¿Debo pediros perdón? Quizá.
No es esto lo que esperáis de mí en un día como el de hoy. Tampoco sé muy bien qué debería ofreceros. No soy hombre de grandes celebraciones ni de solemnidades impostadas. Hay cosas que, cuando importan de verdad, se resisten a las palabras; y otras que, precisamente por importar tanto, no encuentran una manera decente de salir de uno sin quedar maltrechas por el camino.
Así que dejemos que el discurso se hunda. Que se lo lleve la corriente. Que mis palabras se desembaracen de las sombras y se dejen despellejar por el salitre y la brisa. Porque, si algo he aprendido durante estas dos décadas, es que la escritura consiste también en eso: en aventurarse más allá de lo conocido, en perseguir una imagen que se resiste, en averiguar qué demonios se esconde detrás de cada horizonte que levanta la imaginación.
Y creedme: descubrir lo que aguarda al otro lado de esos horizontes, seguir el rastro de cada chispa de emoción y poner palabras a aquello que todavía no las tiene es lo que me impulsa a permanecer al timón. A no dar por concluida la travesía. A no interrogar a las criaturas que emergen del mar nocturno, porque sé que, de algún modo, estáis viajando conmigo.
Algunos lleváis a bordo prácticamente desde la primera singladura.
Y veinte años después, contra todo pronóstico, aquí seguimos.
Cinco F-110 impulsan la mayor renovación naval de la Armada española
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| Título original: Totentanz Traducción: Laureano Domínguez ASTIBERRI Ediciones SL, Bilbao Colección Sillón Orejero Primera edición: septiembre de 2005 ISBN: 84-95825-006 127 páginas |
Entre sombras, claroscuros y silencios de tinta, Dino Battaglia convoca en Totentanz a los maestros de lo inquietante
Si me pidieran recomendar a dos dibujantes del cómic italiano, a dos fumettisti de referencia, no dudaría en mencionar a Hugo Pratt y Dino Battaglia. El primero, por su extraordinaria capacidad para transportarnos al corazón mismo de la aventura en estado puro, plena de acción, pero también cargada de reflexión y de guiños históricos y literarios. El segundo, porque posee justo aquello de lo que Pratt carecía: un trazo desbordante y un virtuosismo único con la tinta.
Battaglia es ampliamente reconocido por sus adaptaciones de la literatura clásica —de autores como Victor Hugo, Oscar Wilde o H. P. Lovecraft— al lenguaje dinámico del cómic. Entre sus obras más destacadas se encuentra Totentanz (Danza de la Muerte), un auténtico dédalo gótico, grotesco y perturbador. En este volumen reunió once relatos: siete de Edgar Allan Poe, dos de E. T. A. Hoffmann, uno inspirado en los versos de Simone Baschenis y su muy personal versión del mito del Golem, a partir de la novela de Gustav Meyrink y de un poema de Jorge Luis Borges. Allí conviven títulos tan célebres como La caída de la casa Usher, La máscara de la Muerte Roja o Ligeia, con otros menos difundidos, como El rey Peste (pincha aquí para seguir leyendo)
Enésima concentración del personal civil de Defensa, que reclama salarios justos para la plantilla
DEFENSA
EL DEBATE
EL ESPAÑOL
FARO DE VIGO
Tomás Clavijo, director de la Escuela Naval, será Amigo-Alumni de la UVigo
ZONA MILITAR
GIZMODO
PUENTE DE MANDO
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USS John Basilone en Rota completa el escudo antimisiles de la OTAN - Noticias Defensa España
En el extremo meridional de la isla de Tambo, en plena ría de Pontevedra, se alza uno de los faros más peculiares de la costa gallega. Situado en la península de Tenlo Chico, este pequeño edificio destaca por su torre troncocónica y, sobre todo, por una escalera helicoidal exterior que asciende hasta la linterna. Sin embargo, antes de detenernos en sus características, conviene conocer la historia de la isla que lo alberga.
Con apenas veintiocho hectáreas de superficie, Tambo conserva vestigios de la presencia humana desde la Edad del Bronce, entre ellos los restos de un castro. Durante la Edad Media fue refugio de ermitaños y monjes benedictinos, hasta que la incursión de Francis Drake en 1589 alteró aquella aparente tranquilidad.
La desamortización de Mendizábal puso fin a su vinculación religiosa y abrió una nueva etapa en la historia de la isla, que pasó a utilizarse como lazareto para la cuarentena de marineros. En 1889, tras el incendio ocurrido dos años antes, sus instalaciones se destinaron a penitenciaría militar.
Décadas después, Tambo quedó vinculada al palacio de Lourizán tras su adquisición por Eugenio Montero Ríos. La relación con la familia no se prolongó demasiado: en 1940, sus descendientes vendieron la isla a la Armada española para su utilización por la Escuela Naval Militar, que la destinó a arsenal.
La importancia militar de Tambo fue decayendo con el paso del tiempo. En 2002, el Ministerio de Defensa dejó de considerarla un enclave estratégico, circunstancia que favoreció el progresivo deterioro de sus instalaciones. La situación cambió en 2022, cuando Defensa cedió la isla al Concello de Poio por un periodo de veinticinco años. Desde entonces, el acceso civil se articula mediante visitas guiadas autorizadas, mientras que el control y la vigilancia continúan en manos de la Escuela Naval Militar.
Es en el extremo sur de este territorio donde se encuentra el faro de Tenlo Chico, construido en 1922 como resultado de la aplicación de la Real Orden del Plan General de Balizamiento de la Ría de Marín, aprobada en julio de 1916.
El proyecto original, firmado por Joaquín González Díaz en 1918, fue posteriormente reformado por el ingeniero de caminos Ramiro Pascual y Lorenzo. La torre, levantada en hormigón armado y revestida de sillería, presenta una forma troncocónica. Su elemento más característico es la escalera helicoidal exterior, que permite alcanzar la linterna, situada a dieciocho metros de altura.
El faro comenzó a funcionar el 30 de noviembre de 1922. En su configuración inicial emitía una luz blanca de ocultaciones equidistantes, con un alcance no inferior a quince millas náuticas. Las reformas efectuadas en 1955 y 1980 modificaron sus instalaciones, hasta las actuales con alimentación mediante paneles solares y una linterna equipada con luces LED. La señal luminosa consiste en tres destellos blancos cada nueve segundos, visibles hasta una distancia de once millas náuticas.
La singularidad de Tenlo Chico se comprende mejor al conocer que no fue una construcción aislada. En Cabezo do Medio, en Bueu, existió una torre gemela que desapareció en 1939, cuando el oleaje de una fuerte tormenta la derribó. Nunca llegó a reconstruirse, por lo que el faro de Tambo quedó como testimonio de aquel diseño compartido. La luz de Cabezo do Medio fue sustituida por la boya de Cabezo de Morrazán.
La torre de Tenlo Chico constituye hoy uno de los elementos más singulares y fotografiados de la isla.
Albia Ficción
ISBN: 84-7436-309-8
118 páginas
Juan José Plans construyó en Babel Dos una fábula de destrucción y esperanza condenada
Durante una madrugada insomne, en mi adolescencia, busqué refugio en la radio. Moví el dial en medio de la oscuridad hasta recalar, sin saberlo entonces, en uno de los programas nocturnos más míticos de RNE. En aquella hora bruja e indeterminada me crucé por primera vez con Juan José Plans y su troupe de Historias, un espacio radiofónico donde se adaptaban grandes obras clásicas de la ciencia ficción y el terror, sin desdeñar otros géneros como la fantasía. Con el altavoz pegado al oído, fui redescubriendo los pasajes de Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne, de una forma muy distinta a la que estaba acostumbrado (pincha aquí para seguir leyendo)
La maldita perplejidad amenazaba con alterar las facciones de hiena de Aaron S., quien había sido curtido en mil y una batallas de fusiones y OPAs hostiles sin arrugarse el traje de perfecto corte de sastre. Quien quemaba todas las naves en medio de un partido de golf a cambio de una más que sustanciosa comisión. Quien había aprendido a mirar a aquellos que trabajaban por debajo del piso 35 como si fueran hormigas que no importaba pisar.
La perplejidad. Brillaba en aquella inmensa sala de reuniones con más fuerza que el tibio sol de otoño. Y era porque, delante de Aaron S., estaba Manolo G., el hombre más rico del planeta.
Manolo G. semejaba un príncipe hemofílico rodeado de las mejores espadas del reino: sus abogados. Era el hombre más rico del planeta, aunque nada en su físico fondón, su apariencia ordinaria ni sus gustos de bazar chino lo confirmara. Pero era él, el rostro que había protagonizado, por sorpresa, la portada de la revista Forbes del año anterior.
Aaron S. intentó curvar los labios en una sonrisa.
Manolo G., apodado el rey Midas fontanero, fue acumulando su inconmensurable fortuna gracias a una inexplicable sucesión de golpes de suerte, movimientos bursátiles de locura y apuestas suicidas por determinadas empresas y proyectos. No era de extrañar que llamara la atención de comisiones de valores y de gobiernos. Pero estaba limpio. No tenía ningún muerto en el armario. Ni una mota de polvo bajo la alfombra. Ni siquiera una pequeña sociedad offshore. Incluso pagaba todos los impuestos sin pestañear.
Teniéndolo delante, Aaron S. no podía ceder. No podía creer a la simple idea que aquel hombre fuera un genio absoluto de las finanzas capaz de dejarlos a todos en ropa interior con solo repasar al vuelo las cifras del NASDAQ.
Manolo G. semejaba más una cucaracha de dos patas que un hombre. Era otro insecto de los que pululan por debajo de la planta 35. A Manolo G. le pegaba más hacer de asistente del tipo del carrito de perritos calientes que plantaba su puesto frente a la plaza de las torres cada día, con su inconfundible hedor a grasiento fracaso. Sin embargo, Manolo G. estaba allí para firmar un voluminoso contrato y autorizar una transacción con la que se podría mantener a millones de personas durante un largo tiempo. El número de ceros que se manejaron durante las negociaciones previas provocó tales vértigos que algunos intervinientes se negaban a comer para no vomitar sobre la mesa de reuniones.
Y es que Manolo G. iba a completar su particular colección adquiriendo Kanga, la última red social de Internet que no formaba ya parte de su conglomerado empresarial. Aaron S. se preguntaba cuál sería la próxima colección que Manolo G. iniciaría: ¿sería de países?
Una vez estuvieron todos sentados a la mesa, se leyeron las cláusulas que más había costado limar. Una hora después, Manolo G. ya era el legítimo propietario de Kanga. Parecía muy satisfecho, a pesar de la torpeza con la que había ido firmando cada página.
De la nada brotaron botellas de whisky y brandy. Y copas del mejor cristal de Bohemia. Y una gran cubitera de plata. Todos tenían mucho que celebrar. El alcohol destensaba los músculos e invitaba a las carcajadas.
Aaron S. se acercó furtivamente a Manolo G., quien gritaba en silencio por irse de aquella sala y respirar aire no reciclado.
—¿Me permite una pregunta?
Manolo G. se encogió de hombros y a punto estuvo de derramar parte del whisky que aún quedaba en su copa.
—¿Es una que ya haya respondido en alguna entrevista?
—Quizá sí, pero me gustaría que fuese sincero conmigo.
—Haré un esfuerzo.
—¿Por qué no ha parado hasta comprar todas las redes sociales, todas las patentes, todos los protocolos, todos los sistemas y plataformas? ¿Por qué controlar todo lo que la gente pueda decir, manifestar…?
—Se equivoca. Yo no quiero controlar nada.
Entonces sí que la perplejidad señoreó la faz de Aaron S.
—Yo solo quiero hacerle un regalo a la humanidad.
—¿Qué clase de regalo?
Manolo G. sonrió a Aaron S., apuró su copa y desapareció junto a sus escoltas abogados sin decir una palabra más.
Aaron S. se sirvió otra copa sin dejar de mirar la puerta por la que se había ido Manolo G. y su séquito. No merecía la pena molestarse. Estaba a punto de recibir una bonita comisión. Prefirió olvidarlo. ¿Quién sabía qué se cocía en la cabeza de alguien como Manolo G.?
Tan solo se acordó de la críptica respuesta de Manolo G. cuando se anunció el cierre de todas las redes sociales. Ya no se podía subir contenido ni publicar comentarios, nunca más. Y la creación de nuevas redes alternativas supondría una demanda multimillonaria por parte del conglomerado de empresas de Manolo G.
Las bolsas cayeron en picado provocando un grave desequilibrio en la economía mundial, los gobiernos protestaron enérgicamente ante lo que tildaban de capricho monopolista, la gente de a pie gritaba y temblaba como drogadictos con síndrome de abstinencia.
Preguntado en plena calle por el motivo de su decisión, Manolo G. respondió a un periodista:
—Es un regalo para toda la humanidad. Volverá a aprender a hablar, sin una pantalla de por medio. Volverá a dejar de insultar amparándose en el anonimato. Volverá a la mesura.
»Se cerraron todos los pozos de inmundicia.
durmas por boas amarras.
(Ninguna precaución es suficiente cuando se acerca el invierno)
El creepypasta salta a la pantalla grande por todo lo alto
Hay películas que llaman la atención por su argumento, otras por sus actores y algunas, cada vez menos, por la sensación de estar ante algo que no se parece demasiado a lo que hemos visto antes. Backrooms pertenece a esta última categoría. No soy especialmente aficionado al cine de terror, pero los avances de la película consiguieron despertar mi curiosidad desde el primer momento. Había algo en aquellos interminables pasillos, en esa arquitectura imposible que parecía salida de uno de los grabados de Escher y en una banda sonora extraña, casi hipnótica, que resultaba difícil de ignorar. (pincha aquí para seguir leyendo)