martes, mayo 24, 2016

Guardia de literatura: reseña a «La gente de Smiley», de John le Carré

Título original: Smiley's people
Traducción: Horacio González Trejo
2ª Edición. Noviembre de 1984
Ed. Bruguera SA. Barcelona
ISBN 84-02-08341-2
El punto y final con el que John le Carré rubrica la trilogía de Karla repudia de todo el derroche de exotismo al que se nos malacostumbró con «El honorable colegial». Se acabaron los viajes por el Sudeste asiático, el calor, la eternidad; ya no nos meteremos más en los rescoldos calientes de los conflictos bélicos de la extinta Indochina francesa y en la piel de reporteros de guerra; la asfixiante fragancia de las selvas orientales no será más que un recuerdo onírico. El autor recula hacia las líneas marcadas en «El topo», delimitando el despilfarro de párrafos a una trama que, como muy acertadamente asegura Carlos Pujol, prologuista a la edición que he disfrutado, comienza y se desarrolla como una obra de George Simenon: más que una novela de espías, es una de detectives con cierto poso de intriga del viejo Circus, gracias a la intervención en sus páginas de personajes que nos son más que conocidos gracias a operaciones de Inteligencia reseñadas en novelas anteriores y que, en algunos casos, bien han merecido una satisfacción por parte de John le Carré. Tampoco se nos regalará un ramillete de tramas, pues se le entrega la corona, cetro y orbe a George Smiley, quien adopta el papel de indiscutible protagonista, no habiendo casi escena en la que no intervenga directamente como viejo y leal sabueso. El bueno de George sufría lo indecible, sintiéndose más angustiado que nunca por culpa de su fallido matrimonio con la adultera de su mujer, Ann, y el recuerdo de Bill Haydon; empañándosele constantemente los gruesos cristales de sus gafas ante la inminencia de un final para toda su historia y vida.

La trama se desarrolla en las calles de París, Londres, Hamburgo, Berna y Berlín, de mayor a menor importancia (pero no por este orden), siendo el pistoletazo de salida el asesinato de un antiguo agente de Smiley, un desertor de alto rango del Ejército Rojo, todo un general, y amigo de causas perdidas que no interesan a nadie por ser de otro tiempo y de otra vida, y con quien ha contactado una emigrada rusa en la capital gala. Esta mujer, la señora Ostrakova, hace saber de sus temores al viejo agente tras ser abordada por un desagradable miembro de la Inteligencia soviética, quien trata de hacerla creer que van a trasladar a Francia a la hija que tuvo con un disidente judío y que abandonó en la URSS dos décadas atrás. La señora, al ver la fotografía de su supuesta hija —un elemento subversivo del que Moscú quiere deshacerse por medio de un programa de reencuentro entre familiares, con el pretexto de obtener mejor publicidad y prensa internacional para el régimen comunista—, no reconoce en ella ni un solo detalle familiar, por lo que sospecha que pueda ser una espía que tratan de infiltrar en Occidente.

Y la señora Ostrakova hace bien en sospechar y en llamar la atención de los remanentes del Circus, pues la identidad real de la muchacha supondrá un regocijante cataclismo en los férreos estamentos de la Inteligencia británica y la posibilidad para George Smiley de jugar una última partida con su eterno rival: Karla. Ahora, el anciano y obeso espía conoce una debilidad, quizá la única, de su enemigo más mortal: no es un fanático, pues, tras su inmaculada fachada de soberano absolutista de la Dirección Decimotercera del Centro de Moscú, se esconde un hombre medroso y con sentimientos.

A lo largo de la investigación detectivesca que, luego y por fuerza, se muda en operación de Inteligencia, George Smiley va repasando a su gente, alcanzando un clímax de despedida de una época del que no se libra ni Connie Sachs. Quizá, como ya hemos apuntado anteriormente, John le Carré se lo debía a sus personajes.

Pero Smiley se hunde en el barro de su propio proyecto de vida profesional. Por mucho que le pese, Connie tiene razón: no es tan diferente a Karla y el retrato que tenía de éste en su despacho bien podría ser un espejo en el que Smiley se viera reflejado por mucho lo negara a gritos y puñetazos.

La lectura de «La gente de Smiley» no es más ligera que la de «El honorable colegial», pero el volumen de la novela en sensiblemente inferior, acortándose muchas escenas a modo “documental” o “clase magistral en Sarrat” de los pasos que da el equipo de Smiley. Pero también es más angustiosa y oscura, como un festín de guerra fía y con una narración en la que el patetismo de las intervenciones está acentuado hasta el vómito, para terminar con una rúbrica que cierra el círculo con un momento muy similar al vivido años atrás con las primeras páginas de «El espía que surgió del frío».

(Lee la reseña de «El topo»)
(Lee la reseña de «El honorable colegial»)


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