miércoles, mayo 25, 2016

Impresiones tras la conferencia acerca de la figura de Blas de Lezo, «Anka Motz, el Almirante de la pata de palo», impartida por Luis Mollà Ayuso

No sé vosotros pero, por la parte que a mí corresponde, soy uno de aquellos infelices que están en tratos cercanos e, incluso, familiares con la nada apetecible sensación de llegar tarde a todo. 

Mi madre me educó para ser puntual hasta la náusea; de ahí que lleve el reloj de pulsera siempre con unos imprecisos minutos de adelanto y, cuando me las veía con los autobuses de línea, si tenía algo, lo que sea que fuese, a las 1100 horas y había un transporte que salía de mi localidad a las 1000, me hacía coger el de las 0900 como margen prudencial y de previsión, que alguna que otra vez me salvó. Por lo que, no me estoy refiriendo a ese tipo de tardanzas, costumbres y desatinos de impuntualidad, sino a que todo evento que se organiza en esta santa ciudad y alrededores llega a mis oídos (u ojos) con horas, días, cuando no, semanas de retraso. Esta extraña conjunción cósmica ha dado pie a situaciones un tanto cómicas: la última fue con motivo de la exposición de fotografía organizada en la subdelegación militar de Paseo de Cervantes, que retrataba la presencia de la BRILAT en Afganistán. Preparado para cualquier eventualidad, con mi carné de redactor de Historia Rei Militaris colgado del cuello y con la suficiente audacia en ristre como para amedrentar cualquier conato de rebeldía de mi natural y desquiciante timidez, fui un lunes para saber que la exposición había cerrado sus puertas y saltado a otra población el viernes anterior. Para cortársela, vamos.

Sin embargo, para esta parada del almirante Blas de Lezo en Pontevedra, sabía de la conferencia acerca de su figura por el motivo de que su ponente es un viejo amigo: Luis Mollà Ayuso. Antes de que amaneciera el día 24 de Mayo de 2016, sabía ya algo, el run-run, que no es decir poco, pues, como era de esperar, la noticia de tal evento, como es costumbre, ha pasado igual de desapercibida por los voceros de la ciudad, sin que sea la excepción que confirme la regla. 

Era un aliciente el poder conocer por fin y en persona a Luis, con quien me une una amistad que se remonta a los momentos en los que combatía diariamente para escribir y publicar mi primera obra literaria, ahí es nada.

Por culpa del dislate horario (se facilitaron hasta tres horas diferentes para dar inicio a la conferencia, las cuales se confundían con el propio acto de presentación de la exposición), decidí poner rumbo al Sexto Edificio del Museo de Pontevedra hacia las 1925 horas. Solo me separa de dicho lugar una distancia que se cubre cinco o menos minutos. Bajé la tapa de mi portátil tras cerrar la última ventana del Google Chrome, en la que dejé, como un necio, mis esperanzas de que los Miami Marlins pudieran remontar un 3-0 frente a los Tampa Bay Rays, en casa y comenzada la cuarta entrada (quedaron 4-3, para el que tenga curiosidad, e incluso los Marlins se marcaron un home run, pero nada). Sorteando, como bien pude, a salvajes de acera, madres con cochecito de niños y licencia para atropellar y corrillos de pendones y penitentes, descendí la larga cuesta de la calle dedicada a Cobián Roffignanc, hasta alcanzar el ala más moderna e impersonal de nuestro museo local. Pasé ante su fachada acristalada, asombrándome del tumulto que zumbaba en su interior, a ambos márgenes del tronco del ascensor, en su planta baja, donde se suelen celebrar conciertos.

Accedí como Pedro por su casa para darme de bruces (era de esperar tras el espectáculo contemplado desde la lejanía) con un alto e infranqueable muro azul marino, conformado por un sinnúmero de capulleiros de la ENM, quienes dejaban en ridículo mi 1,70 m. de altura, mientras se presentaba al público y prensa la exposición itinerante dedicada a Blas de Lezo. Yo ya me estaba temiendo que nos hicieran a todos disfrutar de la conferencia de Luis de forma marcial y de pie, cuando, bajando unas escaleras, hay una sala bien hermosa (pero de diseño incoherente y hasta estúpido, pues el arquitecto no pensó, ni por asomo, que el patio de butacas debía estar inclinado y en pendiente descendiente hasta la platea; y que cuenta con uno de los modelos más incómodos y feos de butacas que haya  podido parir alguien). En esas estaba yo, cuando, para hacer tiempo, se me ocurrió la idea de ejercer de chirlero ocasional y de poca monta y pasar mi diestra por el hueco dejado por un capulleiro (quien, al igual que el resto de sus compañeros, era todo oídos y ojos, sin que osara hundirse en las profundidades de su Smartphone, confirmándome que todavía hay esperanzas para nuestra especie), y alcancé el tríptico, que adorna esta estrada, albergando, a cada minuto que pasaba, menos esperanzas de llegar, si quiera, a saludar a Luis. Todo un optimista el menda; sí.




La presentación de la exposición dio fin y el muro de Adriano a lo naval se deshizo como azúcar en contacto con el agua. Tras saludar por este orden a Lino J. Pazos (investigador naval), José Luis Arellano (presidente del Gremio de Mareantes de Pontevedra) y a una capitán de navío que no sé si sería el director de la ENM, anduve como un pulpo en un garaje buscando a mi amigo, desconociendo si estaría enfundado de uniforme o de civil. Me costó lo mío, y eso que todo el mundo enfilaba ya hacia la sala de conferencia (un alivio, si os acordáis mis temores descritos en el párrafo anterior) y la sección de la planta baja es del museo, de por sí, chica en dimensiones. 

Tras un esfuerzo heroico, de esos que harían partirse de risa a los bardos, di con Luis; nos saludamos y nos abrazamos cuando él supo quién era ese individuo que osaba interrumpirle en mitad de una conversación con un señor que estaba por allí. Pero no podíamos demorarnos con batallitas: había una conferencia que dar y las manecillas del reloj marcaban las 2000 horas.

Me senté hacia la mitad del patio (las últimas filas fueron ocupadas por los caballeros aspirantes (no vi a ninguna dama)), en una esquina y junto a Lino J. Pazos, en la que sería la primera conferencia a la que he aguantado hasta el final en esa dichosa sala del Sexto Edificio, dejándole al ponente dar punto y final a su exposición. Y esta nueva hazaña por mi parte no tiene porqué ser objeto de mofa por el amigo lector, pues el haber conseguido evadirme de la molesta sensación de calor pegajoso que irradia el material sintético de la butaca, su poco ergonómico diseño y el estar separado de la platea por un mar de cabezas que no te permiten ver nada de nada (bueno, mi vista cansada no es igualable a la de los ojos de halcón de las últimas filas), es digna de mención.

Digo la verdad, y no porque me vea constreñido por la amistad que me une a Luis, de quien no pude despedirme después pues las horas mandan en mí y me esperaban: la conferencia me encantó. No es que fuera una biografía desconocida para mí la de Blas de Lezo, pero la exposición estaba perlada de esos pequeños detalles y datos que siempre se escapan por no dárseles, injustamente, la suficiente importancia cuando, en realidad, son fundamentales. Una biografía más viva que lo que podemos encontrar leyendo en cualquier monografía. Luis, con este ciclo de conferencias, va levantando, pieza a pieza, una obra de obligada contribución para todos los españoles: restituir y resaltar la figura de un marino que creó escuela (nunca mejor dicho) y que, como otros tantos, es olvidado por alegre voluntad propia y gracias a nuestra congénita y absurda obsesión por ser los número 1 entre los mediocres. 

Me encantó la conferencia y aprendí bastantes, y eso que luché con distracciones como fueron los constantes SMS de mi jefe para que fuera, finalizada la conferencia, al despacho para comprobar si tenía allí las llaves de su coche y la largas piernas del bellezón de azafata que se posicionó a mi derecha y que casi me deja bizco (disculpa Luis, pero es que de tu Powerpoint no veía gran cosa).

Bueno, Luis. Darte mi enhorabuena por tu empeño y decirte que, si está en mi mano y mi economía da un giro de estos buenos, tanto que me encaminen hacia la hostelería, abriría un bar que llamaría Don Blas (no sé si lo preferirías con doble S) para servirte un txakolí.

Ahora, llegado a este punto, me falta admirar con tranquilidad la exposición itinerante dedicada a Medio hombre, la cual permanecerá en el Sexto Edificio del Museo de Pontevedra hasta el domingo, 5 de Junio; y de la que también dejaré unas palabras en este blog nuestro.

1 comentario:

Luis Molla dijo...

Querido Javier, una vez más, muchas gracias por tus cariñosas palabras, aunque esta ocasión no haya sido, paradojocamente, una vez más, y es que al fin pudimos darnos el abrazo que nos debíamos cuando ambos peleábamos a miles de kilómetros de distancia con nuestra primeras novelas. Fue un placer darte un abrazo