martes, septiembre 20, 2016

Guardia de literatura: reseña a «Los hijos del senador», de Olga Romay

EDICIONES B SA. Barcelona
Primera edición: Junio 2016
ISBNE 978-84-666-5940-6
691 páginas
Olga Romay comparte generosamente sus amplísimos conocimientos acerca de la vida romana durante el s. I a. de C.; no hay detalle doméstico, militar, político, ritual, comercial… que se le pase por alto y no lo mencione en una visita guiada de excepción por Roma y sus rincones más brillantes y sórdidos

Si cometemos la insensatez de mezclar juventud, hormonas desatadas y ausencia de control paterno, todo ello en dosis desproporcionadas, el cóctel resultante ha de denominarse, a la fuerza, Desastre Asegurado, pero si a éste le sumamos una guerra civil encabezada por Pompeyo y Julio César, la cosa se pone más peliaguda aún si cabe para unos protagonistas que no tardarán en meterse de cabeza en alcobas ajenas y en buscarse enemigos excesivamente poderosos.

Cuando la tensión estalla en el Senado de Roma, el patricio Servilio, que hasta entonces nunca había dado el brazo a torcer a favor de ninguna causa y partido, se verá en la urgencia de unirse a uno de los dos bandos que arrastrarán a la República al foso inmundo de un conflicto fratricida. Servilio opta por el mal menor y presta su habilidad y armas a Pompeyo, no sin antes haber reclamado la patria potestad de los cinco hijos que ha tenido con cinco mujeres diferentes y cobijarlos en su villa de Campania, donde cree que estarán a salvo de los fuegos y la rapiña (pensamiento un tanto desacertado del que podría dar buena cuenta la esclava Brisélida).

Servilio marcha con los ejércitos pompeyanos y deja a sus hijos en el campo, donde pronto se aburrirán como ostras de Arcade y regresarán a la Ciudad Eterna, desoyendo todos los consejos en contra. Así darán comienzo a sus aventuras y desventuras que los llevará a recorrer toda Roma, desde el templo de Júpiter capitolino hasta la Cloaca Máxima, encaminando sus pasos hacia todos los puntos cardinales, sin que ello sea obstáculo para tratar de salvar a su padre de una muerte vaticinada años atrás.

Con esta descomunal novela de 691 páginas, su autora, Olga Romay, da muestra sobresaliente de sus conocimientos acerca de la vida romana durante el s. I a. de C.; no hay detalle doméstico, militar, político, ritual, comercial… que se le pase por alto y no lo mencione en una visita guiada de excepción por Roma y sus rincones más brillantes y sórdidos.

La lectura es cómoda pues la autora cuenta con excelentes herramientas como narradora, no se pierde en vías muertas para que brillen florituras innecesarias y escoge una narración sencilla y adornada en su justa medida; sin embargo, no se libra de ciertos puntos en negro: 

Lo primero que me ha costado digerir de la novela es su descomunal tamaño. Aún elevando mi agradecimiento por el hecho de que se haya empleado un tipo de material para su impresión que ha reducido su peso al máximo, es de incómodo manejo entre las manos (sobre todo como lectura veraniega) y, para aquellos menos aficionados a estos “tochotes”, no parece terminarse nunca por más horas que le dediques.

La existencia de descansos en los capítulos ayuda y mucho al lector poco musculado, pero ciertos episodios son de una longitud monstruosa y otros carecen de sentido más allá de la permitir un nuevo futuro para el liberto Lucio y una herida en el corazón del joven Quinto: me estoy refiriendo al capítulo y párrafos dedicado a las dos vestales Tullia y Priscila que, para mí, no aportan nada.

La visita guiada no resultó en ocasiones todo lo comprensible que se hubiera deseado. En más de una me vi en la obligación de trasegar entre aguas empantanadas debido a que el Latín del instituto —con sus lecciones antropológicas, declinaciones y la traducción de textos de Cicerón—, lo tengo un tanto oxidado.

Otro punto negro es la presentación de los sinsabores y desventuras de unos hermanos encabezados por Mario, el mayor, que resulta más propia de una sitcom, pues no salen de una para meterse en otra, necesitando siempre de la ayuda de un adulto, sin que falten sus madres de por medio.

La autora ha querido contar tantas cosas que ha tenido que recurrir constantemente a flashbacks, algunos de los cuales no encajan muy bien, como son los que surgen a medida que nos acercamos a las fases finales de la novela, en las que abunda la narración directa de hechos para “aligerar” y correr hasta Farsalia, hasta la última escena, cuya batalla resulta confusa, sobre todo para alguien no familiarizado con la misma.

Para terminar esta lista de “pecas” del libro, se ha abusado del fuego con los hijos de Servilio y de las tretas y engaños que, aunque nada se diga al respecto, poca o ninguna gracia deben haber causado en personajes como Longino, Octavio y Marco Antonio, sobre todo cuando toda la ciudad descubre el pastel: uno ha perdido esposa y reputación, otro la posibilidad de vengarse y el de más allá una magnífica propiedad adquirida por cuatro perras.

Todos estos detalles envuelven con niebla el quizá edulcorado final.

Aún así, «Los hijos del senador» es una obra digna, bien escrita y pasional, no debemos olvidarlo; y es de reconocimiento y aplauso el que Olga Romay nos haya ofrecido el cofre del tesoro de la vida romana, conduciéndonos junto a sus personajes y por entre las estrechas calles de Roma, permitiéndonos observar a hombres y mujeres a través de los ojos de los silentes seres mitológicos que pueblan estatuas, frescos y mosaicos.