miércoles, enero 18, 2017

Buffalo Bill contra los españoles

Al perro flaco todo son pulgas. Y en 1898 el Imperio español era un mastín de guerra de costillas marcadas contra una tirante y costrosa piel, llena de calvas y manchas amarillentas de decrepitud. De patas, otrora poderosas y musculadas, temblorosas ante el mordisco de la más leve brisa; devoradas por la artrosis. De ojos velados por la catarata. De boca herida, cubierta de llagas y desdentada. Un animal vapuleado y acosado que recorría las calles a la espera de la última pedrada, mas un pequeño fuego, los últimos remanentes de orgullo, ardía en su seno, entre tripas rugientes por el hambre. Si no hubiera sido el Estadounidense, hubiera sido el Inglés, el Francés o el Alemán, quien acabaría presentándose una oscura noche ante el mastín, cerrándole el paso, aguantando las correas de su joven y despiadada jauría, dispuesto a despedazar al indefenso pero orgulloso despojo.

Cuando hablamos de la guerra de 1898, la que enfrentó a la Unión contra el Reino de España, la conversación siempre acaba virando y aproando hacia los días 1 de Mayo y 3 de Julio, fechas que enmarcan dos significativas derrotas para nuestras armas: Cavite y Santiago de Cuba; ambas en la mar, donde se había dominado de forma indiscutible durante siglos. 

Estratégicamente hablando es lógico que los EEUU apostaran fuerte por dejar fuera de combate a España en la mar. Era un plan militar que suponía un mínimo esfuerzo y un máximo rendimiento. Los yanquis poseían una fuerte flota de guerra únicamente diseñada para la ofensiva más brutal y descarnada, a un solo golpe. Era una jauría con todas las de la Ley que se estrenaría contra la española, igual de moderna pero cuyo espíritu tan solo la relegó a tareas de disuasión y defensa del amplio litoral peninsular y de ultramar. El plan de escuadra aprobado por las Cortes españolas fue desde el primer día duramente criticado, pues los buques principales no eran ni acorazados ni cruceros, sino algo intermedio, un experimento que nos ponía en desventaja con respecto a otras marinas más artilladas y agresivas.

Los EEUU supieron optar por la línea constructiva más correcta para sus intereses. En vez de dotarse de buques de defensa del litoral, apostaron por los de ataque, mostrando a las claras su deseo de unirse a las potencias mundiales en el reparto del mundo. La única forma de apartar a los competidores era con una escuadra rápida y fuertemente artillada. Y como estaban cerca las posesiones españolas en el Caribe, o lo que restaban de ellas, apenas a unas 150 millas de distancia, constituían un buen primer plato. Así se posicionaron a favor de los insurrectos mambíes, primero de forma soterrada y extraoficial, esperando, muchos de la Florida hacia arriba, el momento más idóneo, tanto militar como políticamente hablando, tanto fuera como dentro de los propios EEUU, para dar la dentellada. La paciencia dio frutos en 1898, dejando correr el agua tras diversos encontronazos entre la enseña rojigualda y la de las barras y estrellas con los que se manipuló a la opinión pública.

Con la llegada a Washington de corrientes imperialistas, se supo guardar las suficientes distancias con España pues el fruto maduro de la guerra civil de ultramar, que ya se extendía a lo largo de varios penosos años, estaba a punto de caer del árbol. Para cuando comenzó 1898, España estaba diezmada, desmoralizada y empobrecida. Con el accidente del acorazado USS Maine en La Habana, todos se percataron de que era el llegó el momento de dar el golpe de gracia y aislar al Ejército español, cortando los débiles lazos que le unían con la metrópoli, dejándolos desamparados, sin posibilidad de apoyo, suministros y comunicaciones. Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento.

Las guerras en Ultramar de estos últimos años del s. XIX fueron para España eminentemente terrestres, con una intervención puntual de la Marina, apoyando comunicaciones, hostigamiento, intendencia, etc. Por ello Washington tomó conciencia de hacia donde debía dirigir sus esfuerzos fiscales y de guerra: destruir dos de las tres escuadras españolas, mientras las enfermedades tropicales siguieran cebándose con los soldados enemigos, causando más bajas que las balas y los machetes de los insurgentes. Los largos años de penurias en selvas y campos, sin alimento para el cuerpo y espíritu, rebajados a la condición de muertos en vida, de penosos continentes, hicieron de los españoles pobres contrincantes para cuando las tropas norteamericanas desembarcaran en Cuba, sobre un terreno allanado por los obuses y proyectiles de su providencial Marina, haciendo pulpa hispana de los restos de la caballería e infantería que les saliera al paso*1.

Cartel en el que se hace referencia directa a la guerra de
Independencia cubana. Al pie leemos que el espectáculo cuenta
con varios "genuine cuban insurgents".
Pero esta guerra es mucho más que el primer destello de la superpotencia que es hoy día EEUU. Fue un conflicto en el que la opinión pública norteamericana (como hemos adelantado) fue abiertamente manipulada, fomentándose unas simpatías exacerbadas por la causa mambí y un odio visceral contra todo lo español. “¡Viva Cuba libre!” (aunque a los tagalos que les dieran por el Sur). Y, claro, con el asunto del Maine, la ocasión se pintaba calva para aquellos espabilados que veían con ojos de enamorado la aclamada intervención militar sobre la Gran Antilla. En Cuba había sitio de sobra para aventureros románticos y para aquellos más prácticos, quienes buscaban medrar económica y políticamente. Y de entre esta pléyade de voluntarios no solo tenemos a Theodore Roosevelt, por entonces subsecretario de Marina, sino a los multimillonarios John Jacob Astor o Creighton Webb, cuñado de Vanderbilt, así como al hijo mayor del general Ulysses S. Grant y varios vástagos de congresistas y senadores. Pero quien ha de brillar con luz propia en este artículo, y por algo le da título, es el coronel William Frederick Cody, más conocido como Buffalo Bill, personaje éste que puso más de dos granos de arena para exacerbar los ya de por sí tórridos y torcidos ánimos de sus compatriotas con respecto a los españoles.

La malquerencia de Bill con nuestro país data de 1889, cuando desembarca con su troupe del Buffalo Bill’s Wild West en Barcelona y comienza una desdichada cadena de incidentes a cada cual más estúpido. Por un lado, Cody quería acercarse al monumento erigido a Cristóbal Colón en 1888, con motivo de la Exposición Universal, para rendirle homenaje, pero lo tuvo que dejar para no ofender a sus empleados nativos norteamericanos. Por otro, hubo cierto rifirrafe con los toros de lidia y los toreros españoles, siendo que el mundo del toreo barcelonés se enfrentó a un Buffalo Bill demasiado impertinente. Para terminar, el espectáculo del Wild West no atraía a suficiente público, acarreando pérdidas extraordinarias a Cody, y la localidad fue asolada por un brote de viruela y la gripe que hacía verdaderos estragos, causando la muerte trece miembros de su circo.

Arruinado y malhumorado, Bill abandonó España sin guardarle excesivo cariño.

En 1898, pocos meses antes de prepararse el berenjenal, Buffalo Bill, gracias a la intercesión del publicista John Burke, fichó para su espectáculo a varios veteranos mambíes, gravemente mutilados. Junto a los números estrella del asalto a una diligencia, de tiro de Annie Oakley, del joven vaquero Johnny Baker, de los cosacos (y otros) a caballo y una representación de la batalla de Little Big Horn, estos soldados, que estuvieron al mando del teniente coronel Ernesto Delgado, insurrectos y traidores para los españoles y luchadores de la libertad para los más recalcitrantes defensores de la intervención militar en Cuba, fueron mostrados y paseados como monos de feria, en la apertura de la temporada en el Madison Square Garden de Nueva York, ante las atónita miradas de los acomodados visitantes al circo, uniéndose al coro de “¡Viva Cuba Libre!” A este respecto no puedo hacer otra cosa que afirmar que estos tíos, Buffalo Bill y compañía, los tenían cuadrados o como los del caballo de Santiago. EEUU era un país en el que se aplaudía a rabiar la tesis del general Philip O. Sheridan de que el único indio bueno es el indio muerto; en el que bajo la carpa del espectáculo de Bill los asistentes se desollaban las manos y se quedaban afónicos de tanto aullar homenajeando a Custer; en el que no había remordimiento alguno ante la exterminación sistemática de los pueblos indígenas por ser meros “salvajes”, a golpe de relocalización, alcohol a mansalva, ropa infectada de enfermedades, eliminación de su principal sostén alimenticio por mero deporte y ataques brutales de caballería para los que se aprovechaba el más mínimo incidente, aplastando cráneos de “pieles rojas” con los cascos herrados de las monturas… Y bramaban al cielo denunciando la brutalidad o mano de hierro de los españoles contra los cubanos. Parece poco menos que un chiste de mal gusto.

Y ahí estaba Buffalo Bill, quien había reducido el conflicto del Oeste a un mero divertimento circense.

Aunque parecía una parada de monstruos, a buen seguro el teniente coronel Ernesto Delgado, al igual que el resto que sus correligionarios, se deshacía de la emoción al ver cómo un pez más grande simpatizaba con la causa del chico. Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy día este divertido asunto del “primo de Zumosol” político.

Mientras se avanzaba sin remedio hacia la confrontación entre España y los EEUU*2, el admirado William F. Cody, un viejo héroe entrado en la cincuentena y alcoholizado desde hacía tiempo, se hartó de entrevistarse con los reporteros de la prensa, con una ocurrencia digna de mención en los rotativos siempre prendida, cuando anzuelo, de su boca. No solo se presentó como voluntario para ejercer de explorador, sino que prometía participar del desembarco en Cuba apoyado por 4.000 nativos norteamericanos leales a Washington que provocarían la deshonrosa huida en estampida de los españoles. Para terminar, predijo (y no se equivocó por mucho) que la guerra sería corta gracias a él y a sus soldados, calculando que en sesenta días estaría todo más que finiquitado.

Con Buffalo Bill no había posibilidad de derrota e, incluso, se le llegaba a encuadrar en el estado mayor del general Nelson A. Miles (quien invadiría Puerto Rico tras la capitulación de Santiago de Cuba). Sin embargo, todo esto era de cara a la galería, pues el bueno de Cody, a la hora de la verdad, no estaba tan convencido de cumplir sus bravatas al pie de la letra. La lista de excusas para postergar el gran momento fue, como poco, extensa, poniendo delante de todo la imposibilidad de abandonar el Wild West o cerrar la temporada, lo cual le acarrearía la ruina económica (tenía a 467 empleados en nómina y la interrupción podría suponer una pérdida de 100.000 $ de la época). Al final, su participación real en la guerra hispano-norteamericana se concretó en el envío de dos de sus mejores caballos, Lancer y Knickerbocker, para el general Miles y la rápida sucesión de descalabros militares para España, forzando el armisticio, salvó a Bill del ridículo más ignominioso.

El coronel Roosevelt con algunos de sus hombres en Cuba
Esta anécdota daría fin en este preciso instante, por quedar agotada, si no fuera porque Buffalo Bill, sin pretenderlo, dejó su huella en uno de los regimientos más renombrados de esta corta y buena guerra para el bando yanqui. Con la premura propia que exigen la necesidad y las ganas, que no eran pocas, se desató una especie de fiebre entre los honrados y no tan honrados ciudadanos estadounidenses para alistarse como voluntarios en el Ejército y combatir a los españoles. En respuesta a tanta solicitud bienintencionada, entre otras, el 22 de Abril de 1898 se aprobó una ley para la constitución de tres nuevos regimientos de caballería, de los que solo entraría en combate: el First United States Volunteer Cavalry.

Se acabaron los tiempos felices del filibusterismo. La guerra había sido declarada, era oficial y legal. La gallina de los huevos de oro se había sentado sobre sus posaderas. Y este Primero de Caballería voluntaria fue el que le concedió a Theodore Roosevelt su imagen arquetípica de hombre de acción, comandando en la sombra el regimiento del coronel Leonard Wood, veterano cirujano durante las guerras indias y médico del presidente McKinley, nominal comandante hasta que el futuro presidente fue ascendido.

El Primero de Caballería voluntaria se nutrió de efectivos procedentes de diferentes estados, principalmente del Oeste, formando un ecléctico grupo en el que tenían cabida aburridos y románticos hijos de papá con ganas de tomar las armas, curtidos vaqueros, mestizos, forajidos con nombre falso*3 y la más variopinta selección de rostros e identidades que aderezaría una buena película de John Wayne. Y esto último llamó la atención de no pocos periodistas acerca del regimiento que se ganó los laureles en las Lomas de San Juan, Santiago de Cuba, que costó a las armas estadounidenses más de mil bajas. Los rotativos, inoculando un virus de dudosa virtud a la sociedad pública, adjudicaron a los jinetes de Roosevelt el sobrenombre más popular con el que se les recordaría: Rough Riders, tomando prestado, para ello, parte del título del espectáculo estrenado por William Cody en 1892 “Buffalo Bill’s Wild West and Congress of Rough Riders of the World”.

Decir que a Roosevelt no le hacía la más mínima gracia que todo el mundo se refiriera a los hombres de su regimiento de tal modo en vez de por otros apelativos más belicosos y acertados, como “Teddy’s Terrors”, pues el común de los mortales los terminarían considerando a todos como simples vaqueros (profesión muy mal vista por aquel entonces a pesar de que Hollywood nos haya ofrecido una imagen bien distinta) y de simples monos de circo, como fueron los veteranos del coronel Delgado.

Como dijimos, el Primero se ganó los laureles en la batalla de las Lomas de San Juan pagando un alto precio en vidas humanas, a lo que siguió una epidemia de malaria tras la capitulación de Santiago de Cuba, debiendo ser evacuado de Cuba junto con lo que quedaba del Quinto Cuerpo del general William R. Shafter. Batalla ésta que se popularizó a los Rough Riders en todos los estados y que Buffalo Bill no desechó para sacar unos dólares extra, sustituyendo el número dedicado al general Custer en Little Big Horn por una recreación de la toma de un blocao español fuertemente defendido por parte de Roosevelt y sus jinetes. El espectáculo, que confinaba a la fortificación española a ser una pintura hecha en una tela, no gustó lo suficiente al público y solo se mantuvo en cartel durante un año, regresando por la puerta grande y para gusto de Roosevelt cuando éste es nombrado presidente en 1901, tras el asesinato de McKinley.





1*Decir que Washington no estudió la situación previa a la conflagración oficial tal y como debería esperarse del consejo de consumados oficiales del Ejército y Marina de guerra. En primer lugar, los españoles conocían el terreno y la guerra de guerrillas; en segundo lugar, los yanquis no eran inmunes a las enfermedades tropicales, siendo que en tan solo 3-4 semanas de campaña se vieron forzados a evacuar unidades enteras. Si nuestras tropas hubieran estado más frescas, con la moral más alta y mejor armados, pudieron incluso haberles hecho frente. Pero, claro, EEUU solo tenía miras para acabar con las dos “Reinas” de España, que eran las escuadras de Montojo y Cervera, inclinando la balanza y forzando la voluntad errática del gobierno español.

La situación bélica en Cuba, para cuando los EEUU intervinieron, era de tablas, siendo los campos señoreados por los insurrectos y las ciudades por las tropas gubernamentales.

2*Guerra esta que bien pudo ser la primera guerra mundial pues, en el fondo, era un enfrentamiento entre América (y el Imperio británico, su inseparable aliado) y Europa; no digamos ya cuando la US Navy recibió órdenes (revocadas poco tiempo después) de atacar la península ibérica y Washington desveló sus intenciones de establecer una base naval en las Baleares.

3*El Primero de Caballería voluntaria contó con entre los 780 y 1.000 efectivos procedentes de hasta cuarenta y dos estados y cuatro territorios de los EEUU, aunque también se alistaron ciudadanos de países terceros.

En las tropas A, B y C se encuadraron 200 ciudadanos de Arizona. En la tropa D se inscribieron 83 de Oklahoma. En las tropa E, F, G, H e I casi todos eran de Nuevo Méjico y había 380 hombres que ejercían profesionalmente de cowboys. La tropa K estaba compuesta por muchachos de familias pudientes de la costa Atlántica y hasta de Wall Street (“Fifth Avenue Boys”). Las tropas L y M procedían de los territorios indios.