martes, noviembre 17, 2015

Guardia de cómic: Reseña a “Superman. Hijo rojo”

Por supuesto que he visionado muchas de las películas en las que este particular superhéroe hace acto de presencia como protagonista absoluto (sobre todo las de Christopher Reeve) y hasta muchas de sus adaptaciones televisivas, ¿quién no?, pero el concepto de Superman siempre me ha causado cierta indisposición a la hora de acercarme a sus distintas historietas. Se me atragantaba como personaje y lo veía demasiado pedante con su caracolillo fijado parece que a golpe de soplete, aunque no tanto como el inefable Mr. Fantástico, a quien no soporto en absoluto. Yo, en particular, aunque hace tiempo que dejé de lado el género, me mostraba más inclinado hacia personajes más imperfectos o reales dentro de lo que cabe: marginados de la talla y empuje de la Patrulla X y otros, con sus ambigüedades y retorcidas mentes, vidas y desgracias.

Superman fundó los cimientos de un género que nos ha acompañado desde el segundo tercio del s. XX, en el que la Humanidad estuvo buscando a alguien que la liberara de sus problemas o tristezas: un supermesías. Hay que reconocerlo. Pero este cómic parece ofrecer una cosmovisión radicalmente opuesta y el que lleve impreso el nombre de Mark Millar como guionista es motivo más que suficiente para desterrar nuestros prejuicios sobre un tipo que va en calzoncillos por la calle

Pero creo que el motivo que me empujó realmente a leer Hijo rojo es mi afición o gusto literario por las ucronías o líneas temporales alternativas que brotan violentas e incontrolables tan solo con que una gota de lluvia caiga donde no debiera o un mosquito termine muerto por la acción de alguien que no debía estar ahí.

En mayor o menor medida, conocemos la historia de Superman, su biografía, pero, ¿qué sucedería si Kal-El, en vez de “aterrizar” a las afueras de un pueblecito estadounidense como Smallville, en las tierras de la familia Kent, lo hubiera hecho en las de una granja comunitaria de la Ucrania soviética de 1938? ¿Y si Superman, en vez de estar al servicio del ciudadano occidental, lo estuviera al de un estado como la URSS y de los ideales comunistas, sentándose a la derecha de Joseph Stalin? Gracias a estas dos preguntas nuestros cerebros grises y aburridos estallan con una miríada de coloridas respuestas, y Mark Millar plantea las suyas en una vasta obra en la que no olvida hitos clave de la mitología de Superman y a personajes como Lois Lane (quien se casa con Lex Luthor), Batman (ruso y cuyos padres fueron asesinados por el jefe de la KGB) e incluso a sus propios padres terrícolas en el universo que hemos conocido hasta el momento de tropezar con Hijo rojo.

El desarrollo de la trama se retuerce como una zarza bien gorda y plagada de espinas; siendo que Superman, contra su propia naturaleza, se transforma en un tirano, en el gran hermano de George Orwell, mientras Millar denuncia que la raza humana no necesita de injerencias externas para sobrevivir y medrar. El guión es una especie de respuesta a un dios omnipresente y consciente que no deja de entrometerse, y el propio prologista, Tom DeSanto, encuentra paralelismos con la política exterior de los EEUU tras el 11-S. Yo, en particular, no sé si tomar por buenas tales aseveraciones, por mucho que se planteen puntos interesantes para el debate, pero no creo que estemos solamente ante una proclama al estilo Los pueblos se liberarán así mismos, sino a la de la causa de la caída de la civilización occidental con un cada vez más común no me importa. En ocasiones es difícil advertir la línea que separa ambos lados de la misma moneda.

Lo que sí está claro es que este cómic denuncia la injerencia de los estados en la sociedad, algo que ésta permite por abandono y apego a una vida feliz y despreocupada, más propia de un concepto vital en el Edén. Ejemplos de esto hasta los pone sobre la mesa el propio Superman cuando advierte que la gente circula en sus vehículos sin cinturón o los barcos carecen de medidas salvavidas porque Él se encargará de poner fin a todos los peligros que rodean a los humanos y los salvará. Elementos estos que harán que la propia locura mesiánica del hombre de acero lo convenza de que nada se puede hacer en la Tierra sin su intervención directa.

De la historia en sí me gusta en particular el Batman que crea Millar: más bien un terrorista anarquista que un luchador contra el crimen. Es un ser oscuro que carece de toda vinculación con Bruce Wayne. También (o sobre todo) el giro argumental que da punto a la historia y que me ha dejado los ojos como platos y enamorado de esta obra que no deja indiferente a nadie. Una visión distinta que dinamita todo lo visto hasta el momento. Por esto y otros motivos considero que es una obra imprescindible en el género de superhéroes.

Planeta de Agostini, 2009
DC CÓMICS 2003-2004
Mark Millar (guión); Dave Jonson y Kilian Plunkett (dibujo); Andrew Robinson y Walden Wong (tinta); Paul Mounts (color)
ISBN 978-84-674-7519-7

Lectura de 17 de Noviembre de 2015 a las 1200



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17 de Noviembre de 2015



lunes, noviembre 16, 2015

Qué PEDANTES podemos ser los escritores

No hay muchas actividades asequibles que se puedan hacer la tarde de un sábado de otoño en la ciudad de Pontevedra. Puede que lo más socorrido para espantar el aburrimiento más abrumador de entre los pliegues de tu conciencia, sin tener que abandonarnos al eco grave de nuestras pisadas entre las paredes blancas de un museo, sea el cruzar con sigilo felino las puertas de las librerías diseminadas por la urbe y acariciar los lomos de los nuevos lanzamientos, aún no llamándote especialmente la atención ni sus portadas ni sus sinopsis. 

Un sábado en cuestión, ese mismo que quiero recordar mediante estas líneas y compartir con todos vosotros o, al menos, con los que queráis seguir leyendo (no tengo por qué señalizarlo en el calendario, como tampoco he de clavar un chincheta en el mapa para marcar el lugar donde transcurre la acción); resultó obvio que el universo, la casualidad o cualquier otra fuerza que escapa al control de los simples y simplones mortales, permitió que mis oídos recogieran una corta conversación (más bien, monólogo) entre una crispada (y creída) joven, de unos veinticinco años, y su «comprensivo» novio, quien tan solo buscaba, con sus torpes e interesados gestos y balbuceos, aflojar un poco más la goma de las bragas de su amada (todo tiene una lectura y un por qué, amigos).

Resulta abominable llegar a la convicción irrefutable de que hasta las librerías han dejado de ser refugios en los que pasar el rato entre menudos amigos que te reciban, tantas veces lo necesites, con las tapas abiertas. Tal vez es que me estoy convirtiendo en un bicho raro, cada vez más exigente y difícil de contentar; en un amante egoísta.

La esperanza que suponía salvar las puertas de la librería, especie de salvación para hacer más llevadero un sábado deambulando por calles y callejuelas con los bolsillos tan solo cubiertos de polvo, pronto quedó reducida a la nada. Pasé por delante de varias estanterías sin éxito y acabé deteniéndome donde, a priori, debería pasar de largo, como es la minúscula sección infantil. Por mucho que me pese y por escaso pelo que me quede, esta zona me es particularmente árida pues no me veo convirtiéndome en un estudiante aplicado que busca recibir a cambio un churumbel, aunque sea cocinado y enlatado al estilo Dahl.

Entre cuentos variados y la enciclopedia actualizada de Lego, me guiñó, muy coqueta ella, la reciente edición de Harry Potter y la Piedra filosofal, en formato apaisado y plagada por sus seres y lugares mágicos, trasladados al papel con la fuerza y belleza de la acuarela. Confieso que en un recodo de mis deseos por formalizar brilló el de leerlo o leérselo a ese vástago que no es todavía ni polvo de estrellas. Supongo que todo esto es el producto de la debilidad propia de un sábado aburrido y oscuro.

Pues bien, allí me encontraba yo, pasando las hojas y accionando los músculos de la sonrisa, ajeno a lo que me rodeaba, cuando dos manchas de color indefinido se colaron por entre un vértice de mi visión. Sobran las presentaciones, pues ya sabéis que se corresponden con los novietes que he mencionado hace unos párrafos.

Hurgando entre libros de dispares y alejadas disciplinas al que tenía yo entre las manos, el quejumbroso acento de la muchacha se coló por entre el Callejón Diagón y el camastro de Fluffy. Por mucho que me obstinara, nunca sería capaz de negarlo de forma convincente: aquel soliloquio, cuyo único público acabó siendo escuchado por su novio y, de rebote, por vuestro servidor, me resultaba familiar hasta la más vergonzosa extenuación. La chica hacía pasar un libro no más grande que un programa de fiestas de pueblo de una mano a otra. Su tono enojado fue ganando enteros, provocando que yo girara imperceptiblemente la cabeza para que mi pabellón auditivo recogiera cada una de las palabras que me venían de una distancia no más lejana que la que marca un metro en el sistema decimal.

—¡Mira este libro! —casi ordenó la muchacha a su chico-lapa—. Unas cincuenta páginas y con letra a 17 y lo publican. Y yo, que escribo más, que creo historias más elaboradas, no me publica nadie o tengo que poner yo la pasta.

Disculpadme, pues no es una trascripción literal. No tenía lápiz y papel a mano, pero lo que he escrito atesora todo el espíritu de sus palabras. Incluso si se las leyera a su sufrido novio, causarían en él la idéntica necesidad de dedicar a su damisela un par de palabras aduladoras y no muy rebuscadas que acariciaran el orgullo de la moza hasta llevarla al punto de ebullición.

Reconozco que yo también he sido, soy y seré, de los que se indignan en sus paseos entre estanterías al hallar ejemplares por los que cuesta dar con la razón que justifique tal derroche de dinero, celulosa y tinta. Otros muchos opinarán lo mismo de mis obras, pero supongo que el quejido de esta triste y agitada muchacha es el propio de todos aquellos que vivimos en las distintas plantas de nuestro particular nº 13 de la rue del Percebe del escritor: en esa zona baldía llamada «soy un don Nadie (todavía)». Poco importa lo que hagas ni no consigues hacerte leer, esa es la cuestión.

Pero, mientras se desarrollaba esta típica escenita, tuve tiempo (un destello, no más) para contemplar la portada del libro «criminal». No pude distinguir el título, pero sí reconocí a su autor y fue entonces cuando algo se manifestó en mi interior, exigiéndome perder el tiempo y escribir esta columna encabezada con un término en mayúsculas y tan sonoro como es el de «pedante».

Todos tenemos muy a mano ese derecho, socorrido, pueril y manipulable de quejarnos como el que más, de señalar con el dedo el origen externo de todos nuestros problemas y/o desgracias. Es connatural a todos los monos calvos con cerebro en vías de involucionar, escritores incluidos. De ahí que deba «poner la puntilla» a mi irritada y soliviantada compañera, esa misma que terminó arrojando el librito en cuestión contra la estantería con repulsión elevada a la enésima potencia; un ejemplar, pequeño y ridículo, sí, pero que estaba firmado por Milan Kundera.

Una cosa es protestar ante los vómitos literarios de autoría atribuida a individuos que no saben leer y, mucho menos, escribir; y otra bien distinta es demostrar a los oídos de cualquier extraño, que por casualidad deambula a un metro de distancia, la ausencia total y vergonzosa de cultura literaria, que lo mismo puede producir indignación que una descontrolada, socorrida y agradecida carcajada durante las últimas horas de un día que termina pasando sin pena ni gloria.

Querida compañera, allá donde te halles, procura entender que tu lengua y tu pluma hacen prácticamente lo mismo: transformar el pensamiento en material público. Sé que no me vas a leer; o puede que sí me leas pero ni te sientas aludida, ¿quién sabe?, pero aquí dejo mi mensaje para ti, con todo el cariño. Tómatelo como te venga en gana y extrae tus propias conclusiones.

Lectura de 16 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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miércoles, noviembre 11, 2015

Origen: relacionando el mito

Durante la llamada Etapa Mágica de la Humanidad, a medida que se daban los primeros pasos que nos permitieron abandonar la Prehistoria, aun el Hombre se empecinaba por hallar una respuesta a todo aquello que lo atribulara y atemorizara como paso previo a alcanzar la Etapa Científica

Los mitos que conformaron la memoria oral de nuestra especie son el fruto más subestimado de aquellos eones en los que los dioses y los acontecimientos imposibles eran el pan nuestro de cada día. A pesar de su importancia antropológica, llevamos largo tiempo burlándonos de las explicaciones que daba la Humanidad durante su infancia a todo lo que la rodeaba, por mucho que hoy día, emborrachados de tecnología y Ciencia que no llegamos a molestarnos en comprender, nos acerquemos peligrosamente al nihilismo más recalcitrante y huraño.

Ciertos mitos atraen mi atención como la luz a la polilla, pues considero que, entre sus líneas y acontecimientos de dudosa veracidad, se esconde un poso de realidad incuestionable. Y hay uno en especial que me obliga a cavilar sesudamente al sernos el más cercano gracias nuestra cultura judeo-cristiana: la creación del mundo y del Hombre conforme está relatado en el libro del Génesis.

No albergo ánimo de que salgáis escopetados de este blog creyendo que aquel que lo comanda ha salido vomitado de alguna iglesia perdida del Medio Oeste de los EEUU, defensora a ultranza del Creacionismo y donde Charles Darwin es poco menos que el príncipe de los infiernos. Tranquilos, sé muy bien lo que comporta el término mito y creo en la teoría de la Evolución.

Tras la lectura de una novedosa serie de noticias y descubrimientos paleontológicos, hay ciertos detalles en ese Génesis que me inquietan y, por ello, quiero compartir con vosotros mis lógicas o dementes teorías.

Por un lado, he de hacer referencia a un imposible: la relación de la formación del universo y la Tierra conforme a la Biblia. Los estudiosos han indicado que las primeras líneas de este Libro del Génesis suponen únicamente una declaración sacerdotal acerca de la existencia de un dios único*, pero no deja de ser curioso que la relación de días y hechos de autoría divina corresponden casi a la perfección con las edades geológicas y el desarrollo vital en nuestro planeta hasta la llegada del Hombre como especie dominante, la cual es creada el sexto día (recordemos que como especie somos de los más bisoños sobre la faz de nuestra perla azul).

  • Antes del primer día, solo hay un abismo, o la nada mejor dicho. Pero Dios crea la luz. ¿Un big bang?
  • Durante el segundo día se crea el firmamento. ¿Expansión del universo?
  • Durante el tercero se reúnen las aguas y emerge la tierra seca (Era arqueozoica). Comienza la vida primaria (Era precámbrica)
  • Durante el cuarto se describen el sol y la luna.
  • El quinto día se dedica a la creación de la vida animal compleja, con aves y seres acuáticos, a los que siguen los terrestres. (Era mesozoica)
  • Al sexto día es cuando se crea al Hombre como ser supremo sobre todas las demás especies y sobre la Tierra. (Era mesozoica-Cuaternario)


Me parece harto extraño e inquietante el paralelismo o si se debe a una simple casualidad. ¿Aquellos enigmáticos sacerdotes del judaísmo primitivo podrían haber tenido acceso a un conocimiento de la cronología geológica en Babilonia?

Uno de los hechos más controvertidos del Génesis es cuando se relata que Dios concibió al hombre a su imagen y semejanza, pero, ¿qué podemos entender como tal? Por supuesto, nadie debió ver nunca a Dios, y para cuando se redacta la Historia Primitiva del Génesis, «La Creación y la Caída», nadie podía pensar que el Ser Humano era una especie evolucionada de otro animal. Nunca hemos creído que Dios sea una especie de mono, pues sería igualmente erróneo, ya que ese a imagen y semejanza, me da que suponer que no es más que la metáfora de la inclusión en nuestro código genético de una predisposición a evolucionar hacia una forma de vida más compleja intelectualmente hablando.

La tentación y caída del Ser Humano se identifica con Adán y Eva (la cual, recordemos, es una evolución del propia Adán) comiendo el fruto del árbol prohibido, y es aquí donde se da un punto también muy interesante en la evolución y desarrollo de nuestra especie. Por mucho que se los presenten idealizados, Adán y Eva siempre me parecieron un par de monos estúpidos en medio de un vasto vergel, situado en algún punto de África u Oriente Medio. Están al mismo nivel que el resto de los animales que los rodean, con su mismo cerebro primitivo, tan solo preocupado por la supervivencia. Pero cuentan con una chispa de ambición: ese pecado de tomar la fruta del árbol prohibido es un gesto de orgullo del Ser Humano como especie que encauza su evolución hacia una meta superior: «Vio entretanto la mujer que el árbol era apetitoso y deseable para adquirir sabiduría».

El árbol prohibido es el de la Ciencia o la Sabiduría, que incluso puede considerarse como la garantía de perpetuación del género humano. Es algo más que el tomar conciencia del Bien y del Mal: el Ser Humano decide evolucionar y cumplir con la promesa divina de ser la especie dominante. El precio que se paga por traicionar a Yahvé, que teme que el hombre alcance la inmortalidad tras haber llegado a un estadio de semideidad («¡He aquí el hombre que ha llevado a ser como uno de nosotros por el conocimiento del bien y del mal!»), es la muerte y la expulsión del Edén para que Adán y Eva trabajen la tierra con el sudor de sus frentes.

En la decisión final de Yahvé hay algo muy reseñable: Eva sufre la maldición de que los partos le serán dolorosos, referenciando a que ésta tendrá una multitud de partos**. Tal maldición no es más que la lógica consecuencia de nuestra evolución hacia una forma de vida que camina sobre sus patas traseras, para lo que necesita una pelvis más robusta y menos flexible que los cuadrúpedos.

Por su parte, la condena a trabajar me parece algo vital pues supone que el Ser Humano ha dejado para siempre su etapa animal y comienza a industriar los primeros artilugios de sílex, a curtir pieles, a desarrollar la agricultura…

El segundo capítulo de la primera parte del Génesis está intitulado como «Historia de la Cultura» y narra el primer homicidio. A la luz de las últimas teorías y descubrimientos, se está tomando razón seria de la posibilidad de que el Homo Sapiens aniquilara al Homo Neandertal, y creo acertada mi opinión acerca de que el parricidio detallado en el Génesis es una traslación esotérico-religiosa de un hecho cierto pero de cuyo origen se ha perdido toda pista. Incluso, si tomamos una senda menos violenta, podría identificarse con que Caín representa a la rama de la especie Homo que sobrevive (recordemos que en nuestro mundo no hay otro tipo de homos en la actualidad, al contrario que en el resto de especies animales).

Caín acaba con Abel, el favorito de Yahvé; y ahora sabemos que los neandertales no eran criaturas estúpidas y embrutecidas; se tiene constancia de una inteligencia formidable unida a una fuerza descomunal. Sin duda, eran los elegidos, los mejor adaptados, pero sucumbieron a una especie más débil físicamente, pero mejor dotada de astucia. Pero ya lo mismo nos puede dar que fuera un genocidio, improbablemente disfrazado en el mito de la creación como un parricidio entre dos hermanos***, o que la sangre neandertal se diluyera en el tronco familiar de la nueva raza. 

¿A qué vienen todas esas historias donde la intervención divina sobre el Ser Humano es ridícula e inexistente?

Obviamente, todas estas cavilaciones, teorías o ficciones calenturientas, provenientes de una mente un tanto ociosa, han de ser tomadas como tales y al albur de la unión imperfecta de dos puntos dispares o inconexos, del mismo modo que otros hacen con las profecías de Nostradamus: se les encuentran sentido una vez que un hecho importante ya ha sucedido y se le fuerza un encaje con lo escrito hace tanto tiempo.

Tan solo ha sido mi voluntad inocente la de compartir con vosotros este divertimento y desvelo.


Lectura de 11 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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11 de Noviembre de 2015







martes, noviembre 10, 2015

Guardia de literatura: Reseña a “El océano al final del camino” de Neil Gaiman

Los monstruos, en todas sus formas posibles, han sido habituales e indeseables compañeros de viaje durante no pocos años de nuestra tierna infancia. Nos asaltaban en cuando nos quedábamos a solas, a su merced, en mitad de la oscuridad nocturna. Seres cuya pasión y razón de ser no era otra que la de martirizarnos con sus burlas y su repulsiva cercanía, obligándonos a encogernos y convertirnos en un bien apretado ovillo de temblorosa carne, envuelto por sábanas y mantas. Elementos odiosos más que olvidados adrede, junto a otros muchos miedos menos irracionales, cuando de adultos recordamos, con obtusa y nauseabunda nostalgia, aquella lejana época vital carente de preocupaciones vinculadas a hipotecas, trabajo y otras cosas tan aburridas como trágicas. Una época en la que el peor drama que se pudiera vivir era que algún inútil suspendiera la programación de dibujos animados para dar un debate en el congreso.

En realidad, es un instante vital en el que anidan infinidad de terrores que nos robaban el hálito. Éramos pequeños y cualquier problema, pequeño a los ojos de un adulto, era una montaña para nosotros, por mucho, insisto, que ahora los hayamos olvidado todos; incluso a aquellos monstruos.

Pero los seres terroríficos que la fantasía alentaba en nuestra contra no son otra cosa que mecanismos de supervivencia de nuestra especie. Un enlace directo con la parte del cerebro del hombre de las cavernas. Una táctica del miedo que nos pone en alerta y que, aún en la seguridad de nuestra habitación, permite que regresemos al mundo primitivo, sabedores de que al repudio de las sombras somos más vulnerables a los depredadores; que nuestras camas están elevadas del suelo para evitar ciertos bichos sobrados de patitas o que reptan por la tierra; o que necesitamos de esa luz del pasillo que se filtra por la puerta entornada o por la ventana, con la persiana sin echar por completo, para que venga a protegernos la crepitante hoguera que espanta a cualquier indeseable caminante de los reinos de Plutón, allá, cuando el Hombre era joven.

Así de simple. Así de lógico.

Y Neil Gaiman sabe mucho del mundo de la noche, del de los sueños y de la infancia. Larga es su trayectoria en estos territorios, desarrollándola con generosidad en el cómic y en libros infantiles y juveniles. Pero también ha decidido dedicarnos un tiempo con novelas para adultos (no solo con el cómic para adultos), para llevarnos hasta el final o el comienzo de nuestros miedos.

Un hombre (el propio autor) decide regresar al lugar donde pasó parte de su infancia: un paisaje rural y apartado de Inglaterra; a la casa donde habitó hace tiempo y que fue arrasada por los bulldozers para dar cabida a una urbanización de casitas clónicas para gente bien de la ciudad. Ya sabía lo que le esperaba, pero lo que quería hacer en realidad era llegar hasta el final del camino, hasta la granja Hempstock, y airear su ropa y su alma de las sensaciones entumecidas de un velatorio en el que los vivos son almas en pena con las que hace años que no cruzaba palabra alguna.

Ese hombre parece haber olvidado, una vez más, lo que le sucedió en aquel bucólico lugar cuando tenía siete años y, mirando el estanque para patos de las Hempstock, ese océano que es más inmenso y poderoso que cualquier otro, espera el regreso de su amiga Lettie. Mientras, rememora unos días de ensueño y de auténtica pesadilla, en los que el mundo real se confundió con el mágico; en los que muchas cosas fueron posibles, como el tener acceso a todos los secretos del Universo.

El monstruo de este cuento será peor que todos los que transitan la noche infantil. Unas telas y maderas podridas que cambiarán la vida del protagonista y su percepción de la realidad, al igual que la de los otros humanos que conocerán al aberrante ser que se esconde tras el amigable y bello rostro de Ursula Monkton, la nueva gobernanta de la casa.

La novela destila a exuberante primavera, a recodos secretos y a pura inocencia; también a literatura donde encontramos amigos que nunca te traicionarán. Imaginación (o realidad) mágica y enigmática. Es un libro destinado a aquellos adultos que deseen recordar aquella época y los libros de autores como Ende o Dahl. Una puerta a la maravilla y a lo terrible también, bajo una luna, que siempre es de cosecha por voluntad de la anciana señora Hempstock, y al cobijo de una vieja cocina donde se preparan algunos de los platos más deliciosos que podamos probar. Mas no olvidemos que fuera sigue deambulando el monstruo.

La obra es muy cortita y se lee con facilidad. No pide más páginas, quizá por intención del autor de que sus dimensiones sean acordes con las de esos libros que recordamos de nuestra niñez. Incluso es apta para leerla junto a la ventana un día nublado, en el que la lluvia golpea con timidez el cristal, sentados en el suelo con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros. Pero si tenemos que sacarle un defecto sería el de contener una narración en primera persona, pues no deja de advertirse las típicas y habituales carencias y dudas sobre la capacidad del narrador para recordar hasta el más mínimo detalle. Pero, ¿la historia habría sido posible gracias a la intervención de un narrador omnisciente? No, pues perdería parte de su magia. Además, es semiautobiográfica. Así que lo dejamos estar.

The Ocean at the End of the Lane
ROCA EDITORIAL DE LIBROS SL. Barcelona. 2013. Primera edición
ISBN 978-84-9918-657-3
231 páginas

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10 de Noviembre de 2015







lunes, noviembre 09, 2015

Calendario para el 2016 de El Ilustrador de Barcos



Los calendarios son un socorrido elemento de decoración que forma parte del fondo vital de nuestras casas, despachos… Los hay que, hasta hace bien poco, tirábamos del habitual regalo de Navidad de las entidades bancarias pero, desde que nos golpea la dichosa crisis económica, pues como que hemos tenido que buscar soluciones, pues nadie te regala un mísero calendario, aunque sea rodeado de publicidad. Pero, claro, estos calendarios son los típicos de aquellos que solo los tenemos para apuntar citas y poco más. Otros queremos que sea un elemento de decoración en sí.

Por lo que, para aquellos que sean de esta última especie que acabo de mencionar, os remito al último producto que nuestro amigo y colega Roberto Hernández, el Ilustrador de Barcos, quien lanza, a través de la librería Robinson, un calendario para este próximo 2016 que cuenta con sus magníficas acuarelas. Se trata de doce láminas en tamaño 30×40 dedicadas a buques mercantes españoles de diversas navieras; vapores, pequeños costeros de principios de siglo, y algunos mercantes más recientes de nuestro pabellón como el Ciudad de Burgos de Trasmediterránea, el Valvanuz de Trasatlántica, el Monte Zamburu de Naviera Aznar, el Castillo de San Jorge de Elcano, y muchos más.

El precio es de 19,00 euros y la recaudación permitirá la realización de futuros proyectos editoriales para el año que viene. La tirada es una serie limitada y estará a la venta hasta final de existencias.


Lectura de 9 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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9 de Noviembre de 2015





miércoles, noviembre 04, 2015

El empleo de brújulas en la navegación

Probablemente, la planchuela imantada sea el mecanismo complejo de orientación más antiguo conocido por la Humanidad. De procedencia china, dónde se la denomina Tchin-nan, hay quien le atribuye una antigüedad aproximada de 5.000 años, siendo, al parecer, referenciada en las crónicas de Hoang-ti, el mítico Emperador Amarillo, cuyo reinado se mueve entre la bruma de los siglos XXVII y XXVI a. de C. Sin embargo, un aparato que permitiera la navegación marítima dotado de aguja imantada no parece haberse descrito hasta el s. IX a. de C.

Gracias a la ruta de la Seda la aguja imantada llegó a Occidente, constando su uso hacia el s. XIII gracias a una referencia en las Partidas del rey Alfonso X el Sabio; en concreto en la Ley 28:

«Pusieron los sabios antiguos semejanza de la mar a la corte del rey, pues bien así como la mar es grande y larga, y cerca toda la tierra, y caben en ella pescados de muchas naturalezas, otrosí la corte debe ser el espacio para caber y sufrir y dar recaudo a todas las cosas que a ella vinieren de cualquier naturaleza que sean; pues allí se han de librar los grandes pleitos y tomarse los grandes consejos y darse los grandes dones; y por eso allí son necesarios largueza y grandeza y espacio para saber los enojos y las quejas y los desentimientos de los hombres que a ella vinieren, que son de muchas maneras, y cada uno quiere que pasen las cosas según su voluntad y su entendimiento. Por lo que por todas estas razones es necesario que la corte sea larga como la mar; y aun sin estas hay otras en que le semeja, pues bien así como los que andan por la mar en el buen tiempo van derechamente y seguros con lo que llevan y arriban al puerto que quieren, otrosí la corte, cuando en ella son librados los pleitos con derecho van los hombres en salvo y alegremente a sus lugares con lo suyo, y de allí en adelante no se lo puede ninguno contrastar, ni han de haber por ello alzada a otra parte. Y bien así como los marineros se guían en la noche oscura por la aguja, que les es medianera entre la estrella y la piedra, y les muestra por donde vayan, tanto en los malos tiempos como en los buenos, otrosí los que han de ayudar y aconsejar al rey se deben siempre guiar por la justicia, que es medianera entre Dios y el mundo en todo tiempo, para dar alardón a los buenos y pena a los malos, a cada uno según su merecimiento».

Por su parte, el filósofo mallorquín Raimundo Llul dejó escrito hacia 1272 que «la aguja tocada al imán, señalaba al septentrión, y que así como la aguja náutica dirige a los marineros en su navegación, del mismo modo la discreción dirige al hombre en la adquisición de la sabiduría».

Para el s. XIV se conoce (aunque se detalla en 1269 por el erudito galo Peter Peregrinus) una variante de la brújula más elaborada, colocada en una pequeña caja de madera llamada boxola y rematada con un cristal esférico donde se indicaban los rumbos, debiendo coincidir el punto N con la proa de la embarcación: ésta es la llamada la brújula seca. Este método, no huelga comentar, provocaba grandes confusiones a los timoneles y errores en la navegación; siendo que la solución definitiva la daría el marino italiano Flavio Gioia en 1302 ideando la conocida rosa de los vientos sobre la planchuela imantada, por lo que se le atribuiría, erróneamente, la autoría de la invención de la brújula.

Incluso Dante, con su Divina Comedia (1380) no se resiste a mentar la brújula: «[...] Cuando la danza y otro gran festejo del cántico y del mutuo centelleo, luz con luz jubilosa y reposada, a un mismo tiempo y voluntad cesaron, como los ojos se abren y se cierran juntamente al placer que les conmueve; del corazón de una de aquellas luces se alzó una voz, que como aguja al polo me hizo volverme al sitio en que se hallaba [...]».

Se da por hecho que para el s. XV ya contábamos con la brújula líquida que, junto a la rosa de los vientos de Gioia y unas cuantas innovaciones más, es la brújula que utilizamos en la actualidad.

Lectura de 4 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



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4 de Noviembre de 2015







martes, noviembre 03, 2015

De ganadores y posts que marcan el número 5.000


Lo suyo habría sido hacerse eco al día siguiente, es decir, el pasado día 30 de Octubre, pero no creo que se soliviante nadie porque haya dejado, a propósito, esta noticia o «aviso» para que coincida con el post número 5.000 de El Navegante del Mar de Papel. Tras verme en la situación forzada de escribir unas cuantas palabras para la entrada correspondiente al noveno aniversario de este blog, celebrado el 23 de Octubre, consideré innecesario traer a estas líneas (de nuevo) ideas consagradas y reiteradas sobre el impío paso del Tiempo sobre las cuadernas de este «buque” y de su comandante (es algo imposible de evitar, creedme); así que no pido disculpa alguna al respetable y, menos aún, permiso para que os haga partícipes ahora de la siguiente nueva: he sido galardonado con el primer premio del II Concurso de Relato corto de la Biblioteca pública de Pontevedra «Antonio Odriozola», siendo esta participación mi bautismo de fuego en estos lances públicos y reducidos (puede que se deba a que nunca he sido muy amigo de las «distancias cortas», pues me gusta enrollarme como una persiana vieja con mis ideas, por mucho que me vea luego hostigado, sin víveres ni municiones, por ese temor sin nombre que me arrincona al grito de «termínalo cuanto antes»).

Podría resultar curioso a ojos de quien me lea que alguien como yo, que ya lleva a sus espaldas una pequeña colección de títulos con su firma, se «rebaje» reservar este día y este post a algo que debería ser de menor entidad para él; pero yo no lo considero así y a mis próximas líneas (donde resumo la experiencia) me remito.

En una de mis habituales visitas de viernes a la biblioteca, topé con un cartel que anunciaba la convocatoria a este concurso de relato corto. Aún sin llegar a comprender muy bien cómo plasmar la referencia en la que debía constar la ciudad de Pontevedra dentro del texto, me dispuse a probar suerte. ¡Qué leñe!, cualquier oportunidad para obligarte a escribir es bienvenida y no ha de ser desechada por nadie que pretenda alimentar su alma de escritor (por mucho que ésta se haya quedado una larga temporada tan solo habitando en la uña del dedo gordo del pie). Por ahora no me lo tengo tan creído como para eructar con arrogancia una frase del tipo: «concursos y relatos breves a mí, ¡bah!». No, amigos, no.

Era la ocasión perfecta para desenterrar una historia nueva gracias a un evento del que no queda poso alguno en la memoria colectiva de la ciudad: cuando se ejecutó el primer vuelo de avión sobre los cielos de Pontevedra, hace ya la friolera de 104 años. Ya sabéis todos que soy un buscador de menudencias de la Historia y ese minúsculo monoplano pilotado por su inventor se aprestaba a volver a alzarse sobre el aire, conmigo como improvisado narrador de un pequeño relato con un marcado acento decimonónico.

Así es como nació al mundo de las Letras el pequeño Julián y el licenciado don Pedro una mañana de domingo de 1911, entusiasmados en mis folios con el progreso a pesar de la pobreza que se cebaba a su alrededor.

No me descargué las bases del concurso, por lo que pasaba a Word mis notas manuscritas sin ser consciente del amargo trago que me esperaba: cortar y cortar. Cuando terminé y comprobé las exigencias técnicas para participar, me encontré con que me sobraba una página entera, lo cual es pavoroso, pues cortar solo tiene legitimidad cuando en el texto se encuentran «pedazos de grasa» que emponzoñan la carne escrita, no cuando se han superado los límites y el cuchillo del Delete termina haciendo estragos sobre los cuerpos de los personajes. Aún así, tengo la confirmación de que superé el trance con éxito; el premio lo demuestra.

El pasado jueves 29 se celebró la entrega de premios y me sentí feliz, aún a pesar de saberme ganador desde el viernes anterior y a que me costó leer mi relato en voz alta (y no solo por contar con la compañía nada deseada del «cuñado» que se deja caer sobre mis pulmones, garganta y nariz cada otoño-invierno); pero siempre es agradable alimentar el hogar interior con leños en forma de reconocimientos a tus esfuerzos, dando igual cuántos libros hayas publicado hasta la fecha, pues, en mi caso, me ha servido para que me conozcan como escritor en la ciudad en la que resido y eso, probablemente, sea el mejor premio.

De nuevo, aprovechando la ocasión festiva, dar las gracias a la Biblioteca pública de Pontevedra, por esta oportunidad y reconocimiento, y a todos los que nunca habéis dudado de que mis palabras son dignas de resistir el castigo del viento del olvido.

He aquí el enlace en el que podréis leer los tres relatos premiados: http://bibliotecapontevedra.blogspot.com.es/2015/10/blog-post.html






Lectura de 3 de Noviembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 750,5 (Variable). Cúmulos
  • Termómetro: 16,5º
  • Higrómetro: 49%

3 de Noviembre de 2015







viernes, octubre 30, 2015

Lectura de 30 de Octubre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 750 (Viento-Lluvia). Cúmulos
  • Termómetro: 17º
  • Higrómetro: 49%

30 de Octubre de 2015





jueves, octubre 29, 2015

"Time Of The Season" The Zombies



Mítica canción de este grupo, que forma parte del álbum Odessey and Oracle de 1967

Lectura de 29 de Octubre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 750 (Viento-Lluvia). Cúmulos
  • Termómetro: 16º
  • Higrómetro: 48%

29 de Octubre de 2015






miércoles, octubre 28, 2015

Homenaje de la Reichsmarine a Isaac Peral


El comandante Lothar von Arnauld de la Perière leyendo su discurso homenajeando a Isaac Peral (htpp://www.fregatte-emden.de/)
No hubo nadie como los alemanes para sacar punta al lápiz con el que se escribiría buena parte del arte de la guerra durante la primera mitad del s. XX, dominando las aguas desde el silencio y comportándose como auténticos lobos hambrientos ante vastos rebaños de ovejas metálicas que surcaban los mares.

Nadie como ellos supieron dar la justa importancia al submarino, siendo pioneros en un elemento cuyo mayor exponente de dicha arma, con sus elementos más característicos, fue el teniente de navío Isaac Peral y Caballero. Así no es de extrañar que el día 3 de Enero de 1929 una guardia de honor, con el capitán de fragata Lothar von Arnauld de la Perière, comandante, por aquel entonces, del crucero rápido Emden, a la cabeza, mostrara sus respetos al brillante oficial e ignorado inventor cartagenero ante su mausoleo.

Puede que sea extraño que el comandante de una unidad de superficie honre a uno de los grandes pioneros del buque sumergible, pero ni el nombre del comandante del Emden es ajeno a esta arma, como tampoco lo era la localidad de Cartagena. Por un lado y durante la Gran Guerra, von Arnauld de la Perière estuvo al mando del submarino U-35, el primer buque operativo que contempló Cartagena, donde se instalaría la Escuela de Submarinos y donde arribarían los primeros cuatro submarinos, clase A (el primero el 31 de Enero de 1917), con los que contaría la Marina de Guerra española. Es curioso que, habiéndose creado el Arma submarina española el 17 de Febrero de 1915, el primer navío de este tipo que recibió la milenaria ciudad fuera el U-35 un 21 de Junio de 1916.

Von Arnauld de la Perière, aquel año de guerra, había recibido las órdenes oficiales de entregar en España una carta personal del káiser Guillermo para el rey Alfonso XIII, por la cual agradecía de todo corazón la extraordinaria labor humanitaria que el monarca español encabezaba, recaudando fondos y protegiendo a refugiados de guerra. En concreto, el Káiser quería agradecer el acogimiento ofrecido a los ciudadanos alemanes residentes en el Camerún, aislados y desprotegidos por la lejanía con la Metrópoli.

Las órdenes extraoficiales se centraban en exfiltrar a un espía llamado Wilhelm Canaris.

Para ello, el U-35, el que sería el submarino alemán con los cruceros más exitosos de la Gran Guerra (5 millones de toneladas apuntadas), entró en el puerto de Cartagena y el comandante fue recibido por las autoridades civiles y militares de la ciudad. Von Arnauld de la Perière aprovechó la rápida visita, que no podía extenderse más de 24 horas para no verse internado conforme al Derecho de la Guerra en un país neutral, para realizar un primer homenaje a Isaac Peral. Las reclamaciones de los delegados ingleses y franceses, obligó al comandante germano a zarpar de forma apresurada y sin Canaris abordo.

Pasados los años y gracias a que el Emden, casi recién salido de los astilleros de Wilhelmshaven*1, hacía las funciones de escuela de guardias marinas*2 y, al igual que nuestro Juan Sebastián Elcano, realizaba cruceros de circunnavegación*3, se le daría a von Arnauld de la Perière una nueva oportunidad, más relajada, de honrar la figura de Isaac Peral. Acababa de recibir el mando del buque escuela y la primera escala del que sería segundo viaje de circunnavegación iba a ser Cartagena.

Las puertas del cementerio de Nuestra Señora de los Remedios fueron cruzadas por la oficialía al completo la oficialía del Emden y un trozo de marinería del mismo, junto al cónsul alemán y diversas autoridades, siendo que el capitán de navío Luis Verdugo representaba a la Armada española y el alcalde de Cartagena, Alfonso Torres, representaba a la viuda de Isaac Peral por petición expresa de ésta*4.

La banda de música interpretó el himno alemán y la Marcha Real, tras lo cual el comandante von Arnauld de la Perière depositó una corona de flores en la tumba de Peral y pronunció un sentido discurso de homenaje. Añadió que se sentía orgulloso de depositar dicha corona en nombre de la Marina alemana y de representarla en suelo español y en Cartagena para ser más concretos

Los hombres del Emden también aprovecharon la ocasión para visitar otra tumba, la de su compatriota y compañero de armas Karl Wladislaw Schukalla, miembro de la dotación del U-39, quien falleció el 12 de Noviembre de 1918, recibiendo cristiana sepultura en Cartagena*5.



El crucero rápido Emden en el puerto de Cartagena (Mundo Gráfico de 9 de Enero de 1929)


El comandante von Arnauld de la Perière en la cubierta de su navío, rodeado por los asistentes a la conferencia que impartió antes de bajar a tierra y visitar la tumba de Peral (Mundo Gráfico de 9 de Enero de 1929)


Ante el mausoleo de Isaac Peral y Caballero (Mundo Gráfico de 9 de Enero de 1929)

Lectura de 28 de Octubre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 750 (Viento-Lluvia). Cúmulos
  • Termómetro: 15,5º
  • Higrómetro: 46,5%

28 de Octubre de 2015






martes, octubre 27, 2015

Guardia de cine: reseña a “Midnight in Paris”, de Woody Allen

Título original: Midnight in Paris. Año 2011. Nacionalidad: España-Francia-USA. Duración: 94 min. Color. Dirección: Woody Allen. Guión: Woody Allen. Elenco: Owen Wilson, Rachel McAdams, Kathy Bates, Marion Cotillard.

Bella fábula la que nos propone el cineasta neoyorquino Woody Allen con esta película que nos transporta a un París multidimensional, sirviéndose de la simple premisa tan propia a aquellos que nos sentimos desubicados en nuestro Presente, apesadumbrados y superados por la incertidumbre; incluso castrados creativamente y enterrados en el fango del miedo, añorando tiempos que nunca fueron nuestros: tiempos dorados donde sí encajaríamos, donde nos sentiríamos libres. Pero todo esto, que es propio a cualquier ser racional y que forma parte de nuestras fantasías más elaboradas, es el producto lógico de ese refrán o expresión que dice “cualquier tiempo pasado fue mejor”; un pasado idealizado, a pesar de sus miserias, por la única razón de que sabemos cómo terminó; porque es nuestro paraíso o útero materno.

Gil (Owen Wilson) es un escritor y guionista (alter ego de Allen) que viaja a Paris junto con Inez, su prometida. En la capital gala es donde se dará cuenta de lo triste y patética que es su vida yendo cogido del brazo de una novia superficial y unos futuros suegros que le humillan constantemente. Y es que Gil se muestra reticente (y no sin fundamento) a entrar en un mundo de pedantería y narices arrugadas, como si todo lo demás oliera mal, muy propio de nuestros días.

Una noche cualquiera, Gil, con unas copas de más, al sonar la medianoche, presencia algo mágico que transforma París, pues la Ciudad de la Luz regresa a la década de 1920 y a su Generación Perdida: con sus Fitzgerald, Hemingway, Picasso, Dalí… Y junto a ellos, Gil por fin vivirá y se enamorará de verdad, tanto como para perderle todo el miedo a la muerte.

Visionando la cinta, compartiremos el deseo del protagonista de que el reloj marque la medianoche y podamos huir hasta ese otro mundo, aunque sea por unos instantes; a esa edad dorada de la que, por alguna casualidad cruel, fuimos excluidos y que, aquellos afortunados que la viven no la saben apreciar, pues es su Presente.

Ayuda sobremanera a soportar la película el elenco de actores, aunque Owen Wilson no parezca encajar mucho en un principio, quizá por que le hayamos encasillado en papeles de menos peso. Pero los personajes son atractivos e intensos, y Marion Cotillard como Adriana está adorable o, como dice el propio Gil, embriagadora.

Allen rubrica su obra con la humilde intención de que esta sencilla y maravillosa historia nos sirva de luz o invitación para que aprendamos a encontrar nuestro lugar en los tiempos que nos han tocado en suerte y dejar de lamentarnos.

Puede que ésta sea la película de Allen (de las últimas) que más he disfrutado y que acabe con la marca de “Mis favoritas” en su cubierta.

Lectura de 27 de Octubre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 749 (Viento-Lluvia). Cúmulos
  • Termómetro: 17,5º
  • Higrómetro: 46,5%

27 de Octubre de 2015