martes, enero 23, 2018

Guardia de cómic: reseña a «Gotham después de Medianoche»

Series DC Cómics
Planeta de Agostini, Barcelona, 2009
288 páginas
ISBN: 978-84-674-8221-8
Es de Justicia reconocerle a Niles la redacción de un guión interesante desde el punto de vista del terror, a lo que es muy aficionado como demuestran sus anteriores títulos. Manipula a Batman y al lector, aunque los últimos capítulos, sobre todo el último, con un prescindible sermón por parte de Alfred, son engorrosos y engañosos, y el autor parece creer que es suficiente para dar punto final a la obra desvelar la identidad de quién se esconde tras la máscara de Medianoche

El sol se hunde en el horizonte y la ciudad de Gotham se sumerge, más si cabe, en el reino de las sombras. El crimen y el miedo atenazan a sus habitantes, tan solo separados del mal por la larga capa de un enmascarado obsesionado con la Justicia y la venganza. Y es durante las noches cuando no hay descanso que valga para ese hombre, mitad héroe, mitad monstruo que se hace llamar Batman.

Entre las estanterías de una trémula tienda, Batman da con el Espantapájaros; lo detiene y lo entrega a las autoridades, pero este villano nunca había actuado como un vulgar ladrón, ¿qué hacía tratando de llevarse un artefacto esotérico como una mano momificada? El justiciero se irá así encontrando con una larga serie de viejos conocidos que han cambiado su modus operandi, todo ello mientras los asesinatos se suceden en las calles, a manos del misterioso “Medianoche”, un siniestro ser que se dedica a arrancar y coleccionar los corazones de sus víctimas, en una cruzada contra los males de la sociedad a base de puro terror, enfrentándose no pocas veces con Batman y afectándolo psicológicamente.

El caballero oscuro se lanza a la persecución de Medianoche en una trama dantesca en la que el protagonista se dejará la piel como detective, buscando y analizando pistas, caminando en círculos para dar con la razón de este nuevo reino criminal que surge desde las cloacas de Gotham.

La obra en sí se presenta, desde el plano literario, con el suficiente carisma para formar parte del universo de Batman, aunque poco parece seguir el canon oficial. «Gotham después de Medianoche» surge de la imaginación de Steve Niles, un exagerado y arquetípico aficionado a los cómics que pasó de regentar establecimientos especializados, escribiendo en la soledad iluminada por una lámpara de flexo, creando guión tras guión, a escalar en diversas editoriales desde lo más hondo (la autoedición) hasta la cima de DC. 

Niles ingresó en la reducida logia del caballero oscuro con «Batman: condado de Gotham», junto al dibujante Scott Hampton, llevando al enmascarado muy lejos de los callejones sucios y peligrosos de la ciudad. Y volvió, en esta segunda ocasión, con una historia opresiva, con un Batman neurótico y más fácil de herir que de costumbre. El elemento perturbador, el villano Medianoche, juega con todos en su particular lucha contra el crimen, en una locura que va obteniendo réditos cada vez que el gran campanario emite doce lamentos metálicos que perturban la gélida y nocturna tranquilidad.

Es de Justicia reconocerle a Niles la redacción de un guión interesante desde el punto de vista del terror, a lo que es muy aficionado como demuestran sus anteriores títulos. Manipula a Batman y al lector, aunque los últimos capítulos, sobre todo el último, con un prescindible sermón por parte de Alfred, son engorrosos y engañosos, y parece creer el autor que es suficiente para dar punto final a la obra desvelar la identidad de quién se esconde tras la máscara de Medianoche. La sensación que tuve al cerrar el book fue la de tener entre las manos una historia con un fin precipitado, sin conclusión válida. Nos cierran la puerta en las narices, cuando el texto se ha plagado de villanos clásicos de la serie, pero como simple entretenimiento y pérdida de tiempo: señuelos de Medianoche. Bien, inteligente por un lado, pero, aunque sean marionetas, no pueden ser más patéticos (como sucede con el Espantapájaros y el Joker (este último solo para un conato de especial de Halloween un tanto fallido y destemplado)) y se llega al final sin un broche a la altura.

Pero esto que acabo de referir no es la cruz del cómic, sino lo que sigue. A los lápices está Kelley Jones, quien estuvo dibujando a Bruce Wayne y a su alter ego durante años para DC; incluso formó parte del equipo artístico que llevó a viñetas «The Sandman», la magna obra del guionista Neil Gaiman. En la introducción de «Gotham después de Medianoche», todo son aplausos, vítores y gritos de animadora sin bragas para Jones, pero su Batman nunca me ha parecido un trabajo, digamos, suficiente. Los rostros y cuerpos de los personajes son deformes, cuando el artista no se limita a esbozarlos con cuatro rayas mal hechas, con unos fondos pésimos. Y su Batman…, con esas poses de monstruo de serie B a punto de darte un susto a lo conde Drácula y esa capa que crece y decrece tan solo para llenar espacios donde el dibujante no sabía qué hacer para cubrir toda la viñeta… Incluso he llegado a comprobar que el justiciero, en ciertas ocasiones, posee hasta seis dedos en cada mano; supongo que un efecto secundario de hacer al caballero oscuro chutarse tantos esteroides.

Los trazos de Jones quizá fueron suficientes para el guionista, la editorial y los plazos de entrega, pero le falta el respeto a la trama y al lector, quien ha de ahogar bufidos que solo pueden traducirse como “menuda chapuza”. Pero no por ello estoy juzgando toda la bibliografía de Jones.

Resulta arriesgado recomendar «Gotham después de Medianoche», pues hay de todo, de lo bueno y lo malo, y hasta mejorable en una historia tan larga y oscura. Todo dependerá de vuestros bajos gustos y de lo quisquillosos que seáis desde un punto de vista técnico.

Lectura del 23 de Enero de 2018 a las 1200 horas



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martes, enero 16, 2018

Guardia de cine: reseña a «Nuestra hermana pequeña»

Título original: «Umimachi Diary». 2015. Japón. 2 horas y 8 minutos. Dirección: Hirokazu Koeeda. Guión: Hirokazu Koeeda basándose en el manda de Akimi Yoshida. Elenco: Haruka Ayase, Masami Nagasawa, Kaho, Suzu Hirose

Sin resquicio para que se cuele el dolor y la rabia, comienza este relato en el que las hermanas van abriéndose como flores ante la llegada de la primavera. Una píldora que consigue que la luz se abra paso entre la oscuridad de una enfermiza existencia

Toda expresión artística pretende provocar una reacción. Cada persona puede, gracias a su innata subjetividad, desarrollar una respuesta única a cada estímulo, ante una escena en concreto: desde el meloso apego al aborrecimiento más visceral. Mas, en el caso de esta película japonesa, creo bien que solo puede haber una única manifestación por parte del público ante la delicada filigrana que se va encajando entre las escenas y los planos; delicada como una acuarela que van pintando las ramas de un árbol familiar en unión con sus raíces: una paz indescriptible, incluso felicidad, al convivir con las hermanas Kôda y la adolescente Suzu, su hermana pequeña por parte de padre, en un microcosmos familiar que recuerda a «Mujercitas», aunque marcando ciertas distancias.

El mérito de este filme es el lograr que el espectador no sea un mero testigo al otro lado de la “ventana”, sino que le hace traspasar dicha barrera y a sentirse bienvenido a la mesa de la vieja casa familiar y compartir frugales comidas donde hay sitio para todo y todos; mientras los destellos de una nueva vida nos permiten conocer a cada uno de los protagonistas, vislumbrando la fragilidad de la vida y los lazos que unen a las personas, al menos, en una historia íntima tan pequeña y adorable como es ésta.

Todo da comienzo cuando las hermanas Kôda, Sachi (la mayor y más seria, pues fue quien se encargó de su familia cuando su progenitor las abandonó quince años atrás), Yoshino (la mediana, temperamental y caprichosa) y Chika (la pequeña, divertida e infantil), reciben la noticia del fallecimiento de su padre y deciden asistir a las honras fúnebres, donde conocerán a Suzu Asano, su hermana menor por rama paterna, quien ha quedado huérfana. Lejos de cristalizarse una hostilidad hacia la adolescente por ser el fruto del adulterio de su padre, las hermanas Kôda se encariñan al instante con la tímida Suzu, sobre todo cuando saben que fue ella y no la viuda (la tercera esposa) quien cuidó del padre durante las últimas semanas de vida. Gratitud por parte de las hijas que no odian a su padre y que reciben en su seno a Suzu para no dejarla a merced de su díscola madrastra.

Así, de este modo, sin resquicio para que se cuele el dolor y la rabia, comienza este relato en el que las hermanas van abriéndose como flores ante la llegada de la primavera. Sachi, enfermera, mantiene una relación sentimental con un hombre casado, repitiendo la historia de la mujer que le robó a su padre, algo que la mortifica y  por lo que paga penitencia haciéndose cargo de toda la casa y de Suzu, a quien trata como a una hija, pues se ve identificada en su hermana menor. Yoshino da un vuelco a su vida despreocupada como cajera de banco cuando recibe un ascenso y se da de bruces con la dolorosa realidad de un mundo cruel que se extiende al otro lado de la valla que cierra la propiedad Kôda. Chika quizá sea el personaje más liviano pues no sufre cambio a lo largo de la cinta, pero que, gracias a su sonrisa y su cariñoso comportamiento, sin ambiciones, se hace querer. Y, por último, está Suzu, la niña fuera de lugar que, por fin, encuentra un hogar junto a sus hermanastras, al conocer a su familia cercana y asomarse a una vida futura, aventurándose por los recovecos de la juventud de su padre.

La historia de las cuatro hermanas es como un tranquilizante muscular, una píldora que consigue que la luz se abra paso entre la oscuridad de la enfermiza existencia, en el transcurso de una vida que gira, con sus nacimientos y muertes, y que hay que disfrutar con la gente que te ama. Mientras la familia exista, habrá motivos para sonreír. 

Lectura de 16 de Enero de 2018 a las 1200 horas



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miércoles, enero 10, 2018

Dos años sin Bowie

Hoy mismo se cumplen dos años desde que David Bowie cruzara el umbral, yendo al encuentro de esas dimensiones cuyas puertas trató de encontrar en sus letras. Y se nota mucho su falta en este mundo, que gira hacia un futuro cada vez más incierto, con una humanidad más alienada, más sofocante. 

Se echa en falta, de alguna manera, su presencia, pero aún contamos con su mano tendida, la de un amigo al otro lado del reproductor; nos queda su aliento, aquel que ha quedado a resguardo en sus discos.

Y no hace dos, pero sí un año y unas semanas que publiqué la primera edición de «Major Bowie» y unos meses que hice otro tanto con su segunda, revisada y aumentada (aunque en Amazon España sigan con la primigenia). Una obra corta pero exhaustiva que llevé a término como homenaje a Bowie por tantas y tantas horas al otro lado de los altavoces, dirigiéndose a mí; unas miles de palabras dedicadas a estudiar su figura y su magna obra desde el prisma de la ciencia-ficción, ese género literario que ha marcado la vida de tantos.

La última vez que he consultado el contador de ventas, justo para escribir esta reseña, se han vendido un total de 88 ejemplares en formato papel que, para ser una autopublicación y sin apoyo salvo el de la plataforma Createspace, no es moco de pavo. Agradeceros, a todos los que os haber replegado ante la tentación de saber qué se esconde tras las tapas de «Major Bowie» a golpe de click, daros mis eternas gracias y compartir mi satisfacción al saber que habréis entendido buena parte de sus mensajes ocultos, aunque aún nos quede mucho por saber de este hombre.

Como dije en el prólogo de la segunda edición, quién sabe si habrá futuras reediciones…



Lectura de 10 de Enero de 2018 a las 1200 horas



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10 de Enero de 2018


martes, enero 09, 2018

Guardia de literatura: reseña a «Antrobus», de Lawrence Durrell

TUSQUETS. Barcelona
Serie Colección Andanzas
Primera edición: 2017
ISBN: 978-84-9066-430-8
232 páginas
Antrobus es un viejo diplodocos del Foreign Office que, si tener otra cosa que hacer, nos relata las más surrealistas experiencias y desventuras de las que fue protagonista y testigo; personaje que emplea Lawrence Durrell para dar una clase de estilo con sus relatos, demostrando ostensiblemente que el humor puede germinar incluso en los momentos y ocasiones menos fértiles para ello

Soy débil de espíritu. Mi cuenta de vicios es tal que podría pintar todos los palos de la baraja y jugar con ella a la brisca hasta que los dedos se me marchitasen. Pero tampoco hay porqué alarmarse por mi alma, pues la mayoría son tan insípidos que ni entrarían en las listas de muchos de vosotros. Si me cruzo por la calle con una chica de bello rostro enmarcado por una larga melena castaña o rubia recortada con flequillo, seguida de un escote generoso y unas piernas largas, sufro un latigazo cervical debiendo gritar por una dosis de Novotil en vena con urgencia; y si me ponen delante de las napias una portada de libro tan curiosa como la del presente, pues me sucede otro tanto de lo mismo.

De «Antrobus» me atrajo la pintura impresa en su rostro de cartoné, y eso que los de Tusquets no se prodigan al respecto. ¿Qué se le puede pasar por la cabeza a un ingenuo lector ante semejante escena encerrada en márgenes de brillante negro? Dos tipos sentados en un automóvil, elegantemente vestidos con libreas y con chisteras encasquetadas hasta las orejas; uno de ellos exhibe una equina y arrobadora sonrisa de idiota y el otro cumple con una mirada de reojo que confirma la anterior conjetura, nada precipitada. Ante un retrato de tal porte hay que averiguar de qué va ese librito, marchando al asalto de su cuartilla de contraportada (¡que no hagan prisioneros!) en la que se nos facilitan unas explicaciones inexactas, escritas por alguien que las ha debido de escuchar con algún tapón de cera como compañía, pues Antrobus no es un calamitoso miembro del Foreign Office que va provocando el pavor allá donde repose las posaderas, sino un testigo de primera línea de los fondos de la diplomacia británica de bambalinas; un hombre que nos relatará no pocas desventuras entre los años 1930 y los primeros del Telón de Acero, recargándolas con granadas hipérboles. Las historias son tan exageradas que han de ser, a todas luces, ciertas y parte de la experiencia personal del autor como miembro del servicio diplomático.

Antrobus, con su británica flema de diplodocos diplomático, mimetizado con su butaca favorita en el club, con una copa de Jerez al alcance de la mano, desmigaja vivencias tras rogarnos discreción al respecto. Asentimos con el mismo ritmo con el que rociamos el gaznate junto a Antrobus y así obtendremos su bendición y sabremos de un tren serbio de pesadilla, de un partido de fútbol entre las delegaciones inglesa e italiana que acabó en batalla campal, de la tía del jefe de misión que era seguidora de las enseñanzas de Bernard Shaw, del oficial de caballería traumatizado por haberse comido, sin querer, un filete de caballo, del swami hindú que robó en varias embajadas, del lacayo que tuvo que servir una cena con un guantelete medieval soldado a la mano, del esqueleto de la tía Miriam, de los japoneses que batieron un récord de velocidad mientras bailaban un vals, del periódico británico de los Balcanes trufado de divertidísimas erratas, de borracheras en las bodegas o del vigía serbio que confundió una plataforma a la deriva por el río Suva, con diplomáticos y señoras abordo, todos luciendo galas, con un intento de invasión por parte de tropas de élite de Checoslovaquia. Estos y otros relatos nos descerrajarán una buena dosis de plomo humorístico, pero nos parecerán poquísimos cuando, demasiado pronto, lleguemos a la última página, a modo de ocaso invernal. Y es que «Antrobus», sin hacer un especial esfuerzo, se lee en dos tranquilas sentadas.

La prosa de Lawrence Durrell es virtuosa a la hora de hacernos cosquillas, haciendo nutrido fuego de ametralladora con sus chistes e hipérboles. Nos traslada con facilidad al club donde, pues no tiene otra cosa mejor que hacer, Antrobus se sincera. Entre copichuelas y cuanto se nos antoje, desfilará una corte en la que destacan el inefable y bromista Dovebasket y su compinche De Mandeville, así como el jefe de misión Polk-Mowbray, asegurándose la risotada. Antrobus es el típico colega que ha hecho acopio de expresividad y ocurrencias para aderezar las anécdotas, para provocar hilaridad aún cuando, en realidad, el asunto fuera muy serio.

Durrell da una clase de estilo, demostrando ostensiblemente que el humor puede germinar incluso en los momentos y ocasiones menos fértiles para ello.

Lectura de 9 de Enero de 2018 a las 1200 horas



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lunes, enero 08, 2018

Despertar a un lunes diferente

Los planes rebosan en mi cabeza durante las horas previas al lunes. Si el viernes anterior me he acordado de traer la agenda conmigo, en el margen superior derecho de la página concreta, con bolígrafo de tinta color rojo, hiero la celulosa con un sinfín de llamadas: sube tal artículo que escribiste acerca de X, haz esto, adelanta aquello… Sin olvidar la ingente cantidad de deberes laborales que siguen al margen y que esperan pronta solución. El saber que llevo las alforjas llenas para el lunes venidero es lo que me ayuda a abrir los ojos a ese día, génesis artificial de la semana, y a hacerlo con decisión y no con pereza. Sin embargo, cuanto más planes voy apiñando, más débiles son los cimientos de mi castillo de ideas y pretensiones, pues el viento sorpresivo, un Eolo siempre con urgencias, lo derriba todo sin contemplaciones ni miramientos: ese olvidadizo aliento suele ser el de mi comandante, al otro lado del hilo telefónico.

Cuando llego a mi puesto y pulso la tecla de encendido del ordenador, muchas de mis tareas resultan imposibles, por lo que trato por todos los medios de dar con una meta que me facilite aprovechar los largos minutos que necesita el sistema operativo para “entrar en calor”. Lo ideal y a lo que me suelo obligar a látigo es sentarme a la mesa y, cuaderno al frente y bolígrafo en la diestra, arrancarme pensamientos, ideas y escenas; vaciar con cucharilla de café el océano durmiente de mi cabeza. No es fácil y otras encomiendas me atraen como cantos de provocativas sirenas, aunque sea pasar el paño húmedo por las estanterías y mesa y deshacer esa perenne capa de polvo gris en un mundo gris. En ocasiones, con una simpleza aterradora, prefiero sentarme y esperar en blanco.

Cuando la “magia” sucede y escribo, o cuando no sucede nada, el teléfono cobra vida y mi comandante le da una patada a mi agenda. Aún habiendo tenido tiempo de sobra para comunicarlo en los días precedentes, como el viernes mismo, siempre recuerda tal o cual gestión a la que ha de darse curso con urgencia; un cambio de ruta que te agría el gesto a la fuerza. Es entonces, como ya apunté, cuando el castillo tiembla y se desmorona, quedando todo relegado en un zafarrancho a deshora.

El pasado 20 de noviembre podría haber sido un lunes cualquier, a la espera del salto de mata del aparato telefónico. Me encontraba de camino al trabajo, con la agenda bien arañada de rojo. Sospechaba que algo sucedería y temía que fuera lo de siempre, pero me equivocaba. A pocos metros del lugar al que me dirijo cada día para agotar las ocho horas de recibo y las que sean necesarias, unos maullidos insistentes y de desesperada cadencia in crescendo llamaban la atención de los viandantes; procedían de debajo de un vehículo estacionado en la calle.

La última vez que me vi en una de estas, el animal estaba bajo el capó, así que, como mucho, solo se pudo dejar una nota al usuario del vehículo pero, aún así, me fui del lugar con mal cuerpo.

Ese lunes 20 de noviembre la cosa resultó diferente: el animalito estaba a la vista, pero al otro lado de la rueda trasera izquierda. No sé qué me poseyó, pero, haciéndome insensible al frío, me desembaracé de mi chaqueta sin pensarlo dos veces y no me importó cubrirme las manos de grasa y mugre para guiar al gatito hacia su libertad, suspirando de alivio al comprobar que no estaba enganchado a nada y, aún con esfuerzo, logré asirlo y extraerle sin daño para él, pues me dejó, fruto del miedo, una buena impronta en forma de finas y pequeñas rayas rojas en el dorso de la mano.

Sacarlo de la trampa y elevarlo en el aire me produjo una sensación de satisfacción maravillosa y difícil de describir. Mi gesto era poco menos que triunfal y fue acompañado por manifestaciones de alegría de los pocos curiosos que se habían arremolinado a mi alrededor sin importunarme; individuos que, para mí, solo existieron cuando rescaté al animal; ni notaba el rugoso suelo en el que hincaba la rodilla.

Agradezco de todo corazón que los responsables de la clínica dental, que hay frente al lugar donde el vehículo estaba estacionado, me permitieran acceder a sus dependencias para desprenderme de la gruesa película de grasa que me llegaba hasta más allá del antebrazo, y que me prestaran una toalla para llevar al pequeño gato hasta mi cercano puesto.

Una vez en el despacho nos costó lo nuestro tranquilizar al simpático bichejo, pues se rebelaba a quedar confinado en la alta caja en la que lo depositamos por el momento. Su carácter se suavizó cuando volví del supermercado con una tarrina de comida para felinos. Aunque no dejó de maullar un solo segundo, cuando el buche lo tuvo satisfecho, se calmó y pronto se hizo inseparable de mis pasos y entonaba un ronroneo constante con cada caricia que te cubría los dedos de nuevo a grasa de automóvil.

Me sentía feliz, con una sonrisa perpetua, a pesar de mi desesperada lucha con el teléfono colgado del pabellón auditivo por contactar con las protectoras, pues no podíamos quedarnos con el gatito que, erróneamente, creíamos que era hembra. Hacía de las suyas por mi despacho, se subía al pie de mi silla y ahí esperaba por mimos y juegos. Su presencia era confortante.

Y en un descanso al teléfono, mi jefe me dejó boquiabierto al reprenderme: ¿qué hacía yo buscando problemas al salvar gatos callejeros?

Lo dejé pasar, pues tampoco me sorprendió su reacción.

Tras muchas vueltas, tanto que hasta nuestro becario, aún con su alergia galopante (mucho más intensa que la mía), abogada por quedarnos con el gato como mascota del despacho, por fin contacté con la protectora y vinieron a por nuestro amiguito. Se me rompió el corazón entonces, pues sabía que el animal confiaba en mí y lo llevaba de cabeza dentro de un transportín, junto con un completo desconocido. No había otra.

Las horas posteriores pasaron en silencio, sin sus maullidos. Nuestro becario realizó varias gestiones para que el gatito fuera adoptado cuanto antes, dándonos la noticia, al día siguiente, no solo de que era macho y no hembra, sino que ya había sido entregado a una familia cuando un colega suyo contactó con la protectora para llevárselo a casa.

Aún siento añoranza por esas cortas horas en su compañía, con su nervioso cuerpecillo moviéndose por todas las esquinas, sus ronroneos y su bello porte blanquiazulado y esos ojos celestes. Desconozco si guardará recuerdo de mí, de alguno de nosotros, de mis dedos sobre su lomo, mis caricias… Pero conseguí salvar una vida y eso es lo que cuenta en mi haber. Mereció la pena abrir los ojos a ese lunes.



Lectura de 8 de Enero de 2018 a las 1200 horas



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martes, enero 02, 2018

Guardia de cine: reseña a «Candilejas»

Título original: «Limelight». 1951. 2 horas y 17 minutos. Drama musical. B/N. Dirección: Charles Chaplin. Guión: Charles Chaplin. Elenco: Charles Chaplin, Claire Bloom, Nigel Bruce, Buster Keaton

Melancolía entre bambalinas; una historia dotada de una profundidad y humanidad desconocidas, de lirismo y espectáculo, digna de Chaplin

Un cuento protagonizado por una bailarina enferma y un payaso desahuciado en el Londres de los meses previos a la Gran Guerra. El retrato fiel de la vida que se celebra en cada escenario, con todo lo que ello acarrea; un espejismo contenido en una cinta que recorre la juventud y vejez de Charles Chaplin; una historia de belleza trágica donde se canta al miedo al fracaso, a la ancianidad y al abandono; unas rimas descarnadas acerca del pavor ante el éxito, de la juventud y el amor. Chaplin nos habla a corazón abierto y exterioriza su relación tempestuosa con el mundo del espectáculo, la pantomima, de querencia y aborrecimiento. 

Calvero es un guiño autobiográfico donde se dan cabida todas las pasiones y amarguras del artista entregado, que conoce lo más alto y lo más bajo al otro lado de la realidad, esa que desconoce el público. Allí está su Charlot con escenas prestadas del cine mudo, el alcoholismo del padre de Chaplin, la luz y la sombra de un hombre como payaso y como padre. Sí, padre, pues Calvero, viejo y acabado, será el personaje a través del que florece Thereza, la encantadora y dulce bailarina que no puede bailar. ¿Acaso no es la escena inicial, cuando Calvero salva a Thereza de morir asfixiada, una especie de nacimiento, de alumbramiento traumático? Incluso el guión da cabida para que Calvero enseñe a Thereza a caminar, como un amante progenitor, que empuja a su hija hasta la meta, aunque tenga que causarle daño, pues no encuentra otro modo de que se valga por sí misma. ¿Quién lucha y por qué? Da igual: lo importante es que Thereza vuelva a bailar; “el espectáculo debe continuar” como bien expresa el instante final, el fúnebre acto, con un Calvero que acaba de recuperar la chispa que la vejez y los nuevos tiempos le habían robado con dureza y crueldad.

Podemos acercarnos a esta película, a estas poco más de dos horas de cinta, con reticencias, sabiendo lo poco que tiene de innovación y lo mucho del Chaplin de los años ’30; pero no debemos oponer resistencia ante la avalancha emocional que nos arrollará con el paso de las escenas, pues solo debemos prestar oídos y ojos y disfrutar de la melancolía de una historia entre bambalinas, de la vida que es como en cualquier otro lugar, pero dotada de una profundidad y humanidad desconocidas, de lirismo y espectáculo; en fin, digna de Chaplin.

Lectura de 2 de Enero de 2018 a las 1200 horas



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viernes, diciembre 29, 2017

Resumen de publicaciones de Diciembre de 2017

Colaboraciones con HRM
—«Cuadro de dolencias típicas del soldado español de mediados del s. XIX» http://www.hrmediciones.com/index.php/blog-rei/87-contemporanea/176-s-xix-dolencias-tipicas-del-soldado-espanol-j-yuste
—«Ciudadanos americanos en el Tercio de Extranjeros español durante el año 1921» http://www.hrmediciones.com/index.php/blog-rei/87-contemporanea/177-ciudadanos-americanos-en-la-legion-1921-j-yuste

Reseñas
—Reseña al filme «El Mago de Oz», de 1939 https://goo.gl/cNLfqj
—Reseña a la novela de Victoria Álvarez «Tu nombre después de la lluvia» https://goo.gl/Qu7FDt
—Reseña al íntimo filme japonés «Una pastelería en Tokio» https://goo.gl/MxrsW1

Lectura de 29 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



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martes, diciembre 26, 2017

Dos últimos artículos publicados en el blog de HRM


Parece que estos agonizantes días del año están siendo bastante productivos en lo que a artículos se refiere, tal y como podréis comprobar en las últimas actualizaciones del blog de HRM con dos trabajos que giran bajos los sugerentes títulos «Cuadro de dolencias típicas del soldado español de mediados del s. XIX» y «Ciudadanos americanos en el Tercio de Extranjeros español durante el año 1921» cuyos enlaces incrusto a continuación, invitándoos a leerlos y comentar lo que os apetezca:


Son los últimos artículos firmados por mí y publicados a fecha de la presente y que sean de mi conocimiento.

Gracias y un saludo!

Lectura de 26 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



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jueves, diciembre 21, 2017

«Kooks», David Bowie



[CHORUS (x2)]
Will you stay in our Lovers' Story
If you stay you won't be sorry
'Cause we believe in you
Soon you'll grow so take a chance
With a couple of Kooks
Hung up on romancing

We bought a lot of things 
to keep you warm and dry
And a funny old crib on which the paint won't dry
I bought you a pair of shoes
A trumpet you can blow
And a book of rules
On what to say to people 
when they pick on you
'Cause if you stay with us you're gonna be pretty Kookie too

[CHORUS]

And if you ever have to go to school
Remember how they messed up 
this old fool
Don't pick fights with the bullies 
or the cads
'Cause I'm not much cop at punching other people's Dads
And if the homework brings you down
Then we'll throw it on the fire
And take the car downtown

[CHORUS (repeat ad inf.)]

Lectura de 21 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



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martes, diciembre 19, 2017

Guardia de cine: reseña a «Una pastelería en Tokio»

Título original: «An» (あん). 2015. Japón. Drama. Dirección: Naomi Kawase. Guión: Naomi Kawase, basándose en la obra literaria de Durian Sukegawa. Elenco: Kirin Kiki, Masatoshi Nagase, Kyara Uchida

Este filme encierra tres tragedias que se van desmadejando ante el espectador a través de silentes y hermosas escenas capturadas a lo largo de todo un año de vida de los personajes. Es un cuadro impresionista acerca de la penitencia, la soledad y la necesidad de vivir haciendo aquello que lo haga a uno sentir libre

Cada uno de nosotros cargamos con nuestras propias tragedias personales. Esas mismas que nos doblan las espaldas y que rechazamos compartir incluso con los más allegados. Esto último, confesar lo que nos aqueja psíquicamente, algo que es casi inquebrantable en Occidente, lo es más en un país como el Japón, donde la costumbre es mantener las distancias y el decoro, donde el individualismo raya una perfección demencial.

Este filme encierra tres dramas que se van desmadejando ante el espectador a través de silentes y hermosas escenas capturadas a lo largo de todo un año de vida de los personajes. De inicio, parece que todo gire en torno al taciturno Sentaro, el encargado de una raquítica tienda en la que solo se sirven dorayaki recién hechos, un típico dulce nipón. Su rutina se verá interrumpida al conocer a Tokue, una afable y simpática ancianita con las manos surcadas por unas extrañas marcas, que insistirá en ser contratada por Sentaro como ayudante. Sentaro se ve cohibido ante las amables pero constantes solicitudes de Tokue, hasta que dá el brazo a torcer cuando ésta le ofrece un tupper con una pequeña ración de anko que ella misma ha cocinado (pasta dulce de judías que es el relleno del dorayaki).

El tercer personaje, diríase que en discordia, es Wakana, una adolescente que resume como nadie la epidemia de soledad que se vive en ese fascinante país.

Los personajes se presentan con un lacónico cruce de palabras, desfilando bajo los cerezos, sin que apenas sepamos algo de ellos hasta que estén preparados para dar el paso. Debemos ser muy pacientes con ellos y con un filme compuesto por detalles dramáticos que pasarán a vertebrarse en torno a la narración de la anciana Tokue, una experta repostera que desde niña ha estado ingresada en una leprosería. Ante Tokue y su desgracia, todo padecimiento parece ridículo, más aún cuando ella siempre conserva una sonrisa en los labios y los lazos atávicos con la Naturaleza, algo que los actuales japoneses parecen estar perdiendo frente a una urbanidad cuadriculada y de grisácea monotonía.

Pero, tranquilos, que no estamos ante una película que encadene desgracias tópicas para una sobremesa en el sofá y algún kleenex de por medio; no provoca lipotimias para llorones. Seguimos estando en Japón y ellos no son de esta pasta. 

Quien primero se abre al espectador es Sentaro, confesando su paso por la cárcel y la pérdida de su madre, de quien no tuvo la oportunidad de escuchar de nuevo todas y cada una de sus historias personales (pesar que yo mismo comparto). Tras él vendrá Tokue, a quien la enfermedad le privó de descendencia, siendo que ve en Sentaro al hijo arrebatado de su vientre. Wakana, por su parte, y por esto me refería antes a que era el tercer personaje en discordia, nunca termina de ser dibujada más allá de su perfil, llegando al punto de que desconoceremos qué habrá sido de ella cuando los títulos de crédito inunden la pantalla; solo sabremos que ella, junto con Sentaro, recibirá la herencia espiritual de Tokue: vivir desde el sosiego y el equilibrio con la Naturaleza y el entorno, desde la armonía, sin ambiciones pero con libertad y con la cabeza alta como respuesta a los golpes que se van recibiendo, uno detrás de otro.

De la pareja superviviente solo sabremos de Sentaro, quien abandonará sus miedos y el servilismo, perdiéndose de vista a Wakana, quien, reconozcámoslo, apenas aporta algo a la trama a pesar de que es un alma errante como Sentaro. No me cabe duda de que habrá echado a volar, como su canario Marvine, pero nada se nos aclara.

La belleza del film es su tramo final es tan desgarradora que habría de ser de granito para no emocionarse con la grabación en casete de Tokue, dedicada a Sentaro y Wakana; habría que ser muchas cosas para no sentirse unido a esos personajes que, sentados a una mesa, escuchan las últimas palabras de la anciana.

El ritmo es lento y casi contemplativo, lo cual pondrá de los nervios al más impaciente. Es un cuadro impresionista acerca de la penitencia, la soledad y la necesidad de vivir haciendo aquello que lo haga sentir libre.

Lectura de 19 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 761,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 10º
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viernes, diciembre 15, 2017

Último día para descargarse gratis «Kamikaze. Protectores del Reino Central de los Llanos de Juncos»


Aún os resta el día de hoy para descargaros en vuestro ereader Kindle o soporte (previa obtención de la app en Amazon si no contáis ya con ella) mi ensayo histórico centrado en la figura y trasfondo de los pilotos suicidas japoneses durante la segunda guerra mundial, «Kamikaze. Protectores del Reino Central de los Llanos de Juncos».

No desaprovechéis la oportunidad.

Aquí os dejo el enlace: https://t.co/1480J3fpqH



Un saludo!

Lectura de 15 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Cúmulos
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  • Higrómetro: 53%

jueves, diciembre 14, 2017

«Take It On The Run», REO Speedwagon




Heard it from a friend who
Heard it from a friend who
Heard it from another you been messin' around
They say you got a boy friend
You're out late every weekend
They're talkin' about you and it's bringin' me down
But I know the neighborhood
And talk is cheap when the story is good
And the tales grow taller on down the line
But I'm telling you, babe
That I don't think it's true, babe
And even if it is keep this in mind

[Refrain:]
You take it on the run baby
If that's the way you want it baby
Then I don't want you around
I don't believe it
Not for a minute
You're under the gun so you take it on the run

You're thinking up your white lies
You're putting on your bedroom eyes
You say you're coming home but you won't say when
But I can feel it coming
If you leave tonight keep running
And you need never look back again

[Refrain x3]

Heard it from a friend who
Heard it from a friend who
Heard it from another you been messin' around

Lectura de 14 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755 (Variable). Cúmulos
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 53%

martes, diciembre 12, 2017

Guardia de literatura: reseña a «Tu nombre después de la lluvia», de Victoria Álvarez

Lumen (Penguin Random House).
Barcelona
Primera edición: febrero de 2014
576 páginas
ISBN: 978-84-264-0007-9
La historia que firma Victoria Álvarez es grata, afable y bella, con un marcado bouquet juvenil cuyas dimensiones la han derivado a un mercado más adulto; deja un buen sabor de boca si no somos demasiado rectos o exigentes, pues no va a pasar a los anales de la Literatura española moderna, ni mucho menos

Aunque, salvo en excepcionales ocasiones,  no he sido habitual en esquinas polvorientas donde ser reúnen los títulos góticos, reconozco que me atrae el ambiente tenebroso que aquellos ilustres autores crearon a su alrededor, dando sentido y peso material de imprenta a los terrores decimonónicos. Destaco de forma especial «Drácula», de Bram Stoker, un libro por el que sentí malsana veneración, cosa que solo he experimentado leyendo ciertas novelas publicadas por Stephen King: todas las horas del día me eran pocas para seguir retenido a ese mundo de eterno papel.

La novela de Victoria Álvarez que hoy nos tiene aquí trata de perfilarse como una declaración de amor hacia esa Literatura oscura y romántica, recogiendo de aquí y allá cuantiosos y típicos elementos para una trama de almas en pena, castillos ruinosos, amores imposibles que llevan a la tragedia, pícaros aventureros, hombres de ciencia y pasados familiares enterrados en piedra. Con todo ello, Álvarez ha logrado escribir una novela quizá no muy novedosa, pero sí que se lee rápido y con gusto durante veladas estivales o cuando cuadre.

Supe de Victoria Álvarez por primera vez una tarde, ya distante, escuchando una grabación del programa que dirige y presenta mi amigo y tocayo Javier Fernández, “Castillos en el Aire”, de Radio 21. Creo recordar que Álvarez estaba en plena promoción de su segunda novela, «Las eternas» y me gustó mucho lo que escuché, anotando el nombre de esta joven autora salmantina aunque sin tomar, por mi parte, ninguna decisión hasta que, pasado el tiempo (bastante, por cierto, pues le dio tiempo para escribir esta tercera novela), me tropecé con ella en la biblioteca pública, asaltándome a traición, como un bandolero, entre las estanterías dedicadas al género de ficción novelada, justo a mano derecha según se entra en la segunda planta. Desplacé de su lugar asignado el volumen titulado «Tu nombre después de la lluvia» y mi primera reacción fue una mueca de desagrado: la bucólica y romanticona portada desmerece la narración gótica ambientada en Irlanda que encierra y advierte falsariamente al lector de una posible historia fogosa de dos amantes, un musculitos y su damisela, en lucha contra el mundo y que no cejarán en el empeño hasta fusionar sus velludos y pelirrojos sexos, todo ello al resguardo de una covacha durante los estertores de un día nublado de tantos por la Isla Esmeralda. Suena mal, vulgar y ordinario, pero esa fue mi primera, desabrida y malpensada impresión ante una trenza rodeada de mariposas. Al menos, el texto de la contraportada arreglaba en parte el desaguisado y despertó mi interés (gracias a la dispar personalidad del trío protagonista), aunque picado en lo más profundo por la ocurrencia de que parece que todas las tramas góticas han de ambientarse por narices en ese par de islas al Norte de nuestras cabezas. 

«Tu nombre después de la lluvia» es una novela que sigue diferentes líneas argumentales convergentes a través de los tres amigos que la protagonizan: Alexander, el científico que se adentra en el estudio del Más Allá; Lionel, aventurero, crápula y ladrón de tumbas; y Oliver, erudito y romántico de manual. Como una piña que se preocupa por el bienestar de la publicación a la que se deben, el periódico de noticias paranormales Dreaming Spires, los tres se trasladarán al poblacho costero de Kilcurling, a una mañana de distancia a uña de caballo de Dublín, para investigar un extraño suceso del que tienen conocimiento a través de una carta firmada bajo seudónimo, como podrán averiguar más adelante: la muerte de un hombre por culpa de la banshee de los O´Laoire, el decrépito clan familiar de la zona que reside desde hace mil años en la fortaleza de Maor Cladaich. 

Junto a este trío simpar seremos testigos de las historias que se desarrollarán en las estancias, pasillos y terrenos del viejo castillo y también en las calles de Kilcurling. Una de ellas será de amor y dará título a la novela, pero otras nos permitirán conocer los demonios internos que atemorizan a los distintos actores principales, entre los que destaca Lionel, quizá por ser el mejor construido de todos y al que la autora le dedica más líneas al resultarle un tipo demasiado simpático. Sin embargo, el amplio y variado elenco de personajes que se va colgando de las líneas narrativas no llega a cuajar, siendo la mayoría un tanto estereotipados; a lo que hay que sumar una serie de flecos que he ido advirtiendo en mi rápida lectura, a saber: llegaremos a la última página y del deceso de Fearchar McConnal nada se nos aclara y eso que semejante hecho luctuoso es el que da arranque a la novela, ¿por qué le persigue el espíritu y le provoca un ataque al corazón?, el ente llora la pronta muerte que va a acontecer, pero no es un asesino; no resulta muy creíble la supuesta investigación paranormal, pues Alexander, Lionel y Oliver apenas hacen nada durante las largas semanas que pasan en Irlanda, aún cuando lo que les impulsó a viajar hasta esas tierras fue la de darle un impulso a la publicación Dreaming Spires, en horas muy bajas; el personaje de Veronica Quills es, con diferencia, el más desaprovechado de la novela a pesar del juego que podría haber dado; pasé mucho “miedo” cuando se nos introdujo a la encantadora y sensual señorita Stirling, al servicio de un príncipe húngaro y que “parecía” traer consigo la tormenta que se desataría sobre la fortaleza de los O`Laoire, con identidad escénica con cierto vampiro que no necesita presentación, aunque, eso sí, le doy mi enhorabuena a Álvarez por lo que encierra de verdad la señorita Stirling, dando un cierre final magnífico a la novela; tampoco se nos refiere la naturaleza y origen de la psicoscopia que Ailish Ni O´Laoire posee y que, en un momento, parece vincularla con Fionnuala, la vidente que le dio un heredero a Ciarán O´Laghoire, pero nada más; sabiendo la identidad del verdadero autor de la carta que lleva a los tres amigos hasta Irlanda, que no es otra que la hija de Fearchal y Brianna McConnal, dicho personaje no tiente peso alguno en la trama; el juicio contra Ailish por el asesinato de Reginald Archer es una pantomima un tanto vergonzosa como narración, costando creer que, aún en la católica Irlanda de 1903; asimismo, ¿a alguien le sorprende que Jemima Lawless declarara contra su ama aún viéndose venir como un tren de mercancías sin frenos…?

Son unos cuantos peros.

La impresión que me ha causado «Tu nombre después de la lluvia» es la de una lectura agradable y carente de obstáculos, escrita con sencillez. Se van pasando las páginas de forma inconsciente y causa sorpresa al ver cuántos capítulos hemos dejado atrás cuando clavamos sin piedad el punto de lectura. La historia es grata, afable y bella, con un marcado bouquet juvenil cuyas dimensiones la han derivado a un mercado más adulto; deja un buen sabor de boca si no somos demasiado rectos o exigentes, pues no va a pasar a los anales de la Literatura española moderna, ni mucho menos.

Como ya apunté, es una buena lectura veraniega (o invernal), para deambular libremente por entre cementerios sembrados de cruces enmohecidas y estancias oscuras hasta donde el grito de la banshee llega con nitidez.

Lectura de 12 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 753 (Variable). Cúmulos
  • Termómetro: 9º
  • Higrómetro: 51%

lunes, diciembre 11, 2017

Gratis «Kamikaze. Protectores del Reino Central de los Llanos de Juncos»


Entre hoy y el viernes día 15, podréis descargaros a vuestro ereader Kindle o soporte (previa obtención de la app en Amazon si no contáis ya con ella) mi ensayo histórico centrado en la figura y trasfondo de los pilotos suicidas japoneses durante la segunda guerra mundial, «Kamikaze. Protectores del Reino Central de los Llanos de Juncos».

No desaprovechéis la oportunidad.

Aquí os dejo el enlace: https://t.co/1480J3fpqH

Un saludo!

Lectura de 11 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 738 (Viento-Lluvia). Cúmulos
  • Termómetro: 11º
  • Higrómetro: 51%

martes, diciembre 05, 2017

Guardia de cine: reseña a «El mago de Oz»

Título original: «The Wizard Of Oz». EUU. 1939. 102 minutos. Blanco y negro y color. Musical fantástico. Dirección: Victor Fleming, George Cukor, Mervy LeRoy, Norman Taurog, King Vidor. Guión: Noel Langley, Florence Ryerson y Edgar Allan Woolf, adaptando la obra de L. Frank Baum. Elenco: Judy Garland, Frank Morgan, Ray Bolger, Bert Lahr, Jack Haley, Billie Burke, Margaret Hamilton, Charley Grapevin, Clara Blandick, Pat Walshe, Terry y The Munchkins.

El filme de Fleming muestra con sobresaliente claridad un camino de baldosas amarillas hacia la madurez y el encuentro de la identidad propia

Mítica y temprana adaptación cinematográfica de la obra de L. Frank Baum, considerada como una incursión literaria revolucionaria en cuanto al concepto narrativo; no obstante es el primer cuento  que introducen elementos que lo ubican en un momento cercano en el tiempo para los lectores y en un paraje inicial bien diferente al habitual. Tan solo el hacer que Dorothy (Dorita para aquellos que hemos visto la versión doblada hace al castellano) tenga Kansas por hogar, un territorio de un país nuevo, ya supone el abandonar las tramas envolventes de los cuentos clásicos que nos transportan a parajes de nombres ficticios de una Europa medieval o modernista en el mejor de los casos.

Adoleciendo cierto paralelismo con «Alicia en el país de las Maravillas», «El mago de Oz» se presenta como un periplo en búsqueda de la identidad propia y de la madurez, argumento exprimido hasta las últimas gotas y sin pudor por la Literatura y el Cine que, no por ello, pierde vigencia, pues alguien nos lo ha de recordar una y otra vez por culpa de nuestra errática, insegura y olvidadiza naturaleza. Un viaje a lo largo de un camino de baldosas amarillas donde hallar la fuerza de la amistad y una meta final esperanzadora.

Dorita es una chica que vive en la granja de sus tíos, en Kansas, cuya única preocupación lo representa la señora Gulch (quien en Oz será la bruja del Oeste), terrateniente y mujer fría y desagradable que la tiene tomada con el travieso perrito Totó. Por culpa de estas cuitas y por la amenaza de que todo el peso de la Ley caiga sobre el cuello del can, cercenándoselo de cuajo, Dorita huye de casa con su peludo amigo hasta que da con el doctor Maravilla, quien, con argucias baratas pero bienintencionadas, convence rápidamente a la muchacha de que vuelva a casa, desandando el camino, pero un tornado se lleva a Dorita, Totó y a la granja hasta el país de Oz, dejándoles sobre el cuerpo de la malvada bruja del Este, momento en el que se cruzarán en la vida de nuestra pequeña heroína hadas pomposas, enanos estridentes, espantapájaros que pretenden un cerebro, hombres de hojalata que ansían un corazón y descubrir los sentimientos, leones tras un valor que se hurta de ellos, árboles con muy mal genio… un ejército de monos voladores y una pérfida bruja, además del poderoso mago de Oz.

El camino de madurez que emprende Dorita se vislumbra con claridad, como el hecho de que sus tres amigos de fatigas ya atesoraban en su interior aquello mismo por lo que iban a rogar al mago que se les concediera; tan solo necesitaban darse cuenta de ello, para lo cual hace falta un inocente truco mental.

Pasados más de 75 años desde su estreno, es posible que «El mago de Oz» nos abrume con su profusión de canciones y bailes (es un musical, amigos míos); que nos resulte pesada y carente del suficiente dinamismo, pero las cosas son las que son y es una obra que ha maravillado a varias generaciones por su calidad, sobre todo a nivel plástico con un maquillaje, vestuario y efectos especiales fastuosos, con una especial dedicación a cada uno de los aspectos del fondo y con derroche de grandes dosis de imaginación.

En cuanto a las interpretaciones destaca Judy Garland en su papel de Dorita, aunque más bien en el aspecto musical (siendo ella la única a la que se le puede seguir en las canciones sin la ayuda de los subtítulos), siendo que sus tres compañeros en Oz dotan a sus respectivos personajes con una profusión de detalles de movimiento y personalidad únicos.

Historia con moraleja que, en cualquiera de sus formatos, sigue cautivando por su sencillez y por ser una puerta a un mundo diferente y fantástico que se anuncia como cercano, al otro lado de un tornado, realmente único; razón por la que las adaptaciones son incontables en el cine, la televisión y el cómic.

Lectura de 5 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 762 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 7º
  • Higrómetro: 48%