martes, junio 09, 2020

Guardia de literatura: reseña a «El regreso de El Lobo», de Fernando Rueda

ROCA EDITORIAL
Edición de 2 de septiembre de 2014
Versión Kindle
Tamaño de archivo: 2599 Kb
Longitud de impresión: 368
ASIN: B00MYESLAG
Hubiera deseado tener entre las manos una historia española, una ficción desde el enfoque del CNI y no dirigida a contentar a las editoriales extranjeras con visos a una posible traducción y distribución en otros idiomas por “su familiaridad”. Esta novela es una oportunidad perdida

Mikel Lejarza es una de las figuras más opacas de la Historia reciente de España, alguien que ha dejado una huella perenne. Él es El Lobo, un hombre, en su día casi un imberbe, que llegó hasta la cúpula de la banda terrorista ETA y llevó a la detención a más de doscientos miembros de ésta y otras organizaciones menores de igual calaña. Muchos aún no le han olvidado y le reservan una bala con su nombre grabado.

Lejarza, lejos de ser un hombre que se adaptase a la vida civil por medio de un retiro dorado, no cejó en el empeño de la lucha antiterrorista y de seguridad nacional durante los últimos cuarenta años, aun recibiendo a cambio, según sus propias palabras, la ingratitud de los altos estamentos nacionales y la política española. Disgustos que se suman a la falta de firmeza a la hora de combatir la lacra terrorista y alargar la agonía durante demasiado tiempo. Leyendo un poco su biografía, aquella que solo él ha dejado traslucir, hace honor a aquello de “qué buen vasallo si tuviera buen señor”. (SEGUIR LEYENDO)

Lectura de 9 de Junio de 2020 a las 1200 horas



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martes, junio 02, 2020

Guardia de televisión: reseña a «Star Wars Holiday Special»

Título: «Star Wars Holiday Special». 1978. EEUU. Aventuras, Ciencia ficción, Familiar, Musical. 1 h. 37 min. Dirección: Steve Binder, David Acomba. Guión: Rod Warren, Bruce Vilanch, Pat Proft, Leonard Ripps, Mitzie Welch. Reparto: Mark Hamill, Carrie Fisher, Harrison Ford, Anthony Daniels, Peter Mayhew, Bea Arthur, Art Carney, Harvey Korman

Visionar más de una ocasión este film de culto es, como poco, “arriesgarse” a sufrir una suerte de enfermedad oftalmológica (y probar que tienes un serio problema)

Cuenta la leyenda que George Lucas, horrorizado tras lo que el público estadounidense tragó aquel 17 de noviembre de 1978 a través de sus pantallas de televisión (por la CBS en EEUU y CTV en Canadá), persiguió con ahínco febril el objetivo de reunir todas las copias existentes que componían el montaje de este especial (primer spin-off conocido de la saga galáctica), y destruirlas para que no quedara rastro de semejante abominación; empero, falló y algunas se le escurrieron por entre los dedos como los sistemas planetarios rebeldes al Emperador (SEGUIR LEYENDO)

Lectura de 2 de Junio de 2020 a las 1200 horas



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jueves, mayo 28, 2020

Guardia de televisión: reseña a la tercera temporada de la serie «Stranger Things»

Título original: «Stranger Things 3». 2019. EEUU. 8 capítulos. Drama, ciencia-ficción, terror. Dirección: VVAA. Guión: VVAA. Elenco: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolhard, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Caleb McLauglin, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Cara Buono, Joe Keery, Noah Schnapp, Sean Astin, Paul Reiser

Una pizca de «Alien», unas trazas de «Terminator» y «La jungla de cristal», todo ello marinado con soviéticos descontrolados y sueltos por Hawkins, Indiana, y presentado por unos niños que han crecido y ya no tienen gracia

Fui uno de tantos que desgranaban con fervor cuasi religioso las noticias que a cuentagotas se iban filtrando respecto a la producción de la tercera temporada de «Stranger Things», esperando, vehemente, que llegara el 4 de julio de 2019, fecha en la que podríamos tragar como cerdos esta mezcolanza poco original parida por los hermanos Duffer y que tanto priva a nuestros vigentes adolescentes. Sin embargo, debido a una larga y familiar serie de impedimentos, fui retrasando mi cita con estos viejos amigos hasta que el COVID-19 me permitió ponerme al día con tantas cosas. Ya me entendéis. (SEGUIR LEYENDO)


Lectura de 28 de Mayo de 2020 a las 1200 horas



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lunes, mayo 11, 2020

Durante el COVID-19: Un poquito de distancia, por favor

Uno de los defectos más feos que gasta una parte significativa de los pontevedreses (tranquilos, PTVs, no os sulfuréis) es el de hacerse dueños y señores de las aceras, obligando al resto de peatones, trémulos o retraídos, a descender a la calzada para seguir camino o serpentear a nivel Cirque du Soleil. También los hay que en vez de vestir zapatos y pisotear adoquines parece que fueran sobre ruedas y vías de ferrocarril, no desviándose un solo milímetro de su trayectoria, incluso atropellándote si no tienes el “sentido arácnido” afinado como un piano antes de un concierto de Chopin. Por supuesto, tenemos los corrillos que convierten las calles en una especie de atolondradas yincanas zigzagueantes para aquellos que tenemos prisa y poca capacidad de regate.

Aún recuerdo, con alborozo sarcástico, cuando se ejecutaron las obras de reforma de la plaza del ayuntamiento, transformándola en peatonal, pero antes debiendo, mientras las máquinas hacían su trabajo, encauzar el flujo pedestre entre altos y estrechos muros de metal, a lo Grand Prix de Mónaco. Sucedió durante una tarde despejada, cuando un grupúsculo de esos que quieren ver y ser vistos se reunió, por cosas de la amistad y sucedáneos, formando un tapón de chicha y ellos a lo suyo; por supuesto, lo hicieron justo en el mismo cuello de botella que el lumbreras de turno se le ocurrió montar en mitad del trayecto, uniendo dos calles y privando las posibilidad de darse la vuelta sin peligro de ser pisoteado. También recuerdo aquella en la que fui torpe diana de una simpática mami con carrito de bebé, quien no parecía percatarse de mi volumen cárnico y ocupación de una parte ínfima del espacio sideral; por suerte, a mi espalda había una pared a la que me pude echar y apoyar para no marcarme un Gerald Ford forzoso. La tipa siguió su curso de tren de mercancías con extra de lacitos y polvo talco.

Este mal hábito, del que se pueden dar cuantiosos ejemplos, se admira y estudia a diario en nuestra ciudad, aunque me apuesto algo a que es plato común en otras. Un mal hábito que yo, iluso de mí, estaba seguro que se relajaría con esto del COVID-19, gracias a esto del distanciamiento social y la separación mínima de seguridad durante los cortos intervalos de libertad yendo a trabajar, hacer la compra, sacar al perro y, tiempo después, a estirar las piernas en el patio de la cárcel (perdón, a un kilómetro a la redonda desde casa).

Durante las primeras semanas se apreció la inercia adquirida de repelernos como el agua y el aceite, aún en calles vacías. Si ibas por una acera y alguien te venía de frente, uno de los dos se lanzaba a la calzada (práctica de esto ya la teníamos de antes) y alcanzaba la acera contraria, pues los guantes y las mascarillas no nos parecían suficientes. Pero llegadas las etapas de desconfinamiento, con esas inciertas franjas para pasear y/o hacer deporte, resulta inquietante vérselas con aquellos que deambulan a pelo, es decir, sin cubrirse boca, nariz o manos, y siguen a lo suyo. Si puedes (pues no siempre te das cuenta a tiempo por el aumento de gente en la calle), te apartas tú, porque ellos no lo van a hacer y fuerzas una separación inferior a la de un pase de capote. Gracia me provoca aquellos que salen juntos y mantienen entre sí una distancia de dos metros pero no con el resto de viandantes… Y no estoy hablando de adolescentes, esos a los que llevan siglos colgándoseles el sambenito de irresponsables (que también), sino de adultos que peinan canas, pues esos jóvenes irrespetuosos de hoy serán los irrespetuosos mayores de mañana y los mayores irrespetuosos de hoy fueron los irrespetuosos jóvenes de ayer.

No sé. Viviendo en una ciudad donde hay tramos en los que las aceras tienen hasta ocho metros de ancho y más, ¿qué cuesta? Es lamentable la falta de respeto que existe hacia los demás, aquella de la que hacen gran gala quienes siempre tienen que dar la nota, llamar la atención, ser el centro de las miradas y comentarios por lo bajini; aquellos que demuestran y creen detentar un poder inexistente y fantasmal, propio de etapas sociales pretéritas, alimentado por la callada de aquellos que solo queremos seguir camino hacia nuestros destinos más inmediatos y sin despegar los labios, no vaya a ser que, encima, se solivianten.

viernes, mayo 08, 2020

Durante el COVID-19: el agotamiento de la paciencia selectiva

Si me equivoco que alguien me saque del error, pero estoy casi seguro que lo escuché de boca de Santiago Camacho en uno de sus programas del podcast «Días Extraños». Allí se hablaba de una suerte de experimento que trataba de recoger y analizar la respuesta de los individuos ante ciertas situaciones, comentarios y otros estímulos en relación a las Redes Sociales. Los grupos se dividieron entre aquellos que tenían luz verde para ponerse a teclear, sin restricción o limitación, y aquellos otros a los que no se les permitió darle al asunto hasta pasados unos cinco minutos.

Los resultados no pudieron ser más interesantes y dispares (a la par que obvios): los individuos que se habían visto constreñidos a esperar un tiempo prudencial para vociferar su opinión o réplica terminaban escribiendo frases moderadas, sin ápice de radicalidad lingüística; incluso es probable que perdieran el interés por eso de avivar el fuego; en definitiva, se lo habían pensado. Justo lo contrario sucedió con el grupo “liberado”, que se permitió la más jactanciosa y ruin actividad para gloria de la Psicología.

A todo ello, y ya advirtiéndoos que éste no es otro post más en el que diserto sobre las dichosas RRSS, pero enlazando con el experimento referenciado, debo presentaros ciertas facetas psicológicas y de comportamiento propias. Me considero una especie de dragón dormitando sobre su montaña de oro, un Fafnir, a veces risueño, de fosas nasales humeantes y boca dentada, con una piel coriácea allá donde el metal no la cubre, al que se puede despertar o no dependiendo de dónde se pinche. Soy un tipo adormilado que puede “hablar (y aguantar lo indecible) en sueños”, capaz de mostrar una paciencia ilimitada a la altura de los santos varones o de convertirme en una fiera incontrolable “cuando despierto”; todo depende de la situación, persona, timbre de voz, etc. Es más, hay gente que se sorprende cuando me ve enojado (“pero si es tan tranquilote…”), pues, cuando se me hinchan las pelotas, mi aliento es de puro fuego y hago huir al que esté en mi radio de acción, envuelto en una nube turbia de sorpresa y ofensa; también habrá gente que se sorprenda al verme calmado.

Con el paso de los años he ido perdiendo litros y litros de paciencia en una sangría constante. El platillo de la izquierda está más bajo que el de la derecha. Y es que la profesión en la que compito por subsistir tiene su ración de huevos duros y úlceras.

Claro, os preguntaréis ahora a qué viene lo de esa paciencia mía que “depende del día” o selectiva y ese experimento que Santiago Camacho compartió con sus oyentes. Pues bien, durante el confinamiento del COVID-19 he tenido (y estoy teniendo) que echar muy buena mano de una de las mejores aplicaciones que se han podido parir como herramienta de comunicación y que algunos también rotulan (no sé si acertadamente) de red social: el Whatsapp (guasá para los amigos).

Para evitar molestias (o eso creía yo), no tuve inconveniente en facilitar a mis clientes mi número de móvil. Y lo que deduje como una gran ocurrencia no lo es dependiendo del interlocutor que toque en suerte, pues durante estas largas semanas he tenido que vérmelas con la típica persona que solo se puede etiquetar de timorato. A su efigie debería concedérsele el honor de encabezar gráficamente la definición del término en las enciclopedias, en serio.

Los mensajes, para los cuales muchas veces necesitaba yo echar mano de una piedra de Rosetta, suponía, por mi parte, dar una larga serie de explicaciones y consejos para los cuales siempre me encontraba con un “pero” o un “no”; era como jugar a una versión diabólica del “¿Quién es quién?”, hasta ver si era capaz, tras eliminar multitud de opciones, de acertar con aquello que esta persona en particular quería escuchar o, mejor dicho, leer.

Para mis comunicaciones me he valido de la aplicación de Whatsapp para el ordenador. No me he puesto con los pulgares a deshacerme las huellas dactilares y me he empleado páginas en blanco del Word para plantear la exposición y pulirla antes de “copiar y pegar” hasta la barra de diálogo. Y por pulir hablo de limar la aspereza que en hasta tres ocasiones me tentó con mandar al susodicho a la mierda más absoluta, ante lo que entendía yo como ataques directos y personales contra mi calidad como profesional, pues nada de lo que decía le contentaba y hasta he tenido que tragar con el plato amargo de ser comparado, en negativo, con otros abogados de cuya identificación no se me ha facilitado detalle. Por no decir que el tipo es de estos que se creen que en España muchos nos dedicamos a trabajar gratis (“¿Con la consulta no está todo pagado?”) o muy por debajo de lo que corresponde (“Ya se lo cobrarás a otros”).

Y, para mayor tormento, es de esos que se te aparecen nada más levantarte de la cama, nada más meterte por la noche en ella. Dios de mi vida.

En tres ocasiones escribí largas y sarcásticas frases que, entre bufidos, terminé rebajando de graduación o eliminando. En tres ocasiones pude librarme de este sujeto, pero me frenó justo dos cosas: la primera, la economía, el poder cobrar algo, aunque fuera unas migajas en un panorama como el presente (puto dinero y puta prostitución); la segunda fue el escaso diámetro de circunferencia de esta ciudad, donde la fama y la malquerencia se extienden con poco sutil descaro, como es propio en una urbe de provincias de menos de 100.000 habitantes. En resumidas cuentas: miedo ante un horizonte inmediato de cierre de persianas por falta de líquido para pagar cuotas de autónomo de la Seguridad Social, cuotas del Colegio profesional, facturas de suministros, declaraciones trimestrales de los modelos 130 y 303 etc., pues cualquier fuente, por muy exigua que sea, es primordial.

Sin embargo, si todas esas comunicaciones hubieran sido “presenciales”, me habría liado la manta, importándome bien poco, y mis pensamientos habrían fluido raudos y sin censura hasta mis labios. Me habría quedado algo más pobre, pero habría ganado en salud.

El Tiempo dirá si acerté.