lunes, marzo 18, 2024

Renaud de Châtillon: cruzado y armador pirata

Renau de Châtillon: cruzado y armador pirata

Renaud de Châtillon es uno de esos personajes históricos que bien podría haberse colado en la no tan fértil imaginación de George R. R. Martin a la hora de escribir la saga Canción de Hielo y Fuego. Su vileza, arrogancia, arrojo y deslealtad encajarían como un guante en el dédalo de actores crueles y despreciables (pero atractivos), que pueblan sus páginas.

El Brins Arnat de las crónicas árabes, el Príncipe de las Tinieblas para algunos, concentraba en su ser todo la maldad que los musulmanes consideraban que podía provenir del Occidente cristiano. Aunque, siendo sinceros, dicha aura diabólica atribuida a Renaud se vio acrecentada, no sólo por ser el mayor enemigo al que se enfrentara jamás Al-Nāsir Ṣalāḥ ad-Dīn Yūsuf ibn Ayyūb (Saladino), sino a que planificó asaltar la ciudad de Medina (no quedándose muy lejos de conseguirlo), saquear la tumba de Mahoma y exponer sus restos en Kerak a todo peregrino musulmán que hiciera peregrinación y pagara entrada. Una blasfemia colosal.

Brendan Gleeson como Renaud
de Châtillón en la película
«El Reino de los Cielos» (2005)
La historia de Renaud, como la de tantos cruzados, sigue el mismo patrón inicial de aquellos que, siglos después, acometerían la empresa de la conquista del Nuevo Mundo: nacieron segundones de alta cuna, víctimas de un modelo nobiliar que los condenaba al exilio en busca de fortuna, incluso si querían llevarse algo a la boca. La falta de perspectivas en la casa solariega, la frustración que causaba el sistema del mayorazgo hereditario, así como la necesidad de demostrar a los demás (y a sí mismos) su valor, empujó a muchos a las Cruzadas y cualesquiera otras aventuras de final incierto. Y es que Oriente medio era un paraíso trufado de oportunidades para aquellos que las supieran coger al vuelo.

Renaud era el hijo menor de Geoffrey, conde de Glen y señor de Châtillon-sur-Loing. Nacido hacia el 1127 y sin perspectivas, a los veinte años se unió a la desastrosa Segunda Cruzada, sirviendo bajo las órdenes de los reyes Luis VII de Francia y Balduino III de Jerusalén. Era un hombre con un fuego interior que demostraba en batalla y en sus particulares jugadas políticas, donde pronto despuntó por su peligrosidad, ambición y ruindad hacia propios y extraños (si no, que se lo cuenten al Patriarca de Antioquía).

Hombre fuerte entre los cruzados, Renaud fue ganando aquello que se le negaba en su hogar. Lejos de mostrarse sutil, no perdió el tiempo a la hora de cortejar a Constanza de Antioquía, viuda del príncipe de Raimundo de Poitiers nada más él fallecer (1149), obteniendo su mano y el control principado autónomo de Antioquía en 1153. Ya denominado como príncipe Renaud y ambicionando más riquezas, importándole bien poco si procedían de las arcas de enemigos, aliados u otros territorios cristianos, se lanzó a la invasión de Chipre, que en aquella era una provincia de Bizancio. Las tropas de Renaud arrasaron la isla durante las tres semanas que duró la incursión, no privándose de nada e, incluso, tomando rehenes con los que pedir rescate.

El basileus Manuel I
Semejante desfachatez de Renaud enfureció al rey Balduino III de Jerusalén. El príncipe de Antioquía era vasallo suyo y Jerusalén mantenía relaciones harto cordiales con Bizancio, donde reinaba el basileus Manuel I Comnenus; por tanto, el crimen debía tener castigo. Creyéndose intocable, Renaud bajó la guardia y en 1158 su principado fue invadido por las tropas imperiales bizantinas; sin embargo, Manuel, tras humillar a Renaud y a sus caballeros haciéndolos desfilar como si fueran sus palafreneros, lo mantuvo en su trono principesco hasta que en 1160, tras pasar el rato robando el ganado de varias comunidades cristianas armenias y sirias, Renaud fue capturado por Majd al-Din, gobernador de Alepo.

El suspiro de alivio se escuchó en toda la cuenca oriental mediterránea. Renaud fue hecho prisionero en Alepo, donde permaneció catorce años, durante los cuales Antioquía, Jerusalén y Bizancio hicieron oídos sordos a todo tipo de oferta de rescate. Sin embargo, aquella postura no fue la acertada.

Liberado en 1175 en un intercambio de prisioneros (aunque hay quien asegura que se pagó rescate por parte de su nuera María de Antioquía), Renaud se encontró con un cuadro de fuerzas políticas y militares muy distintas al que se estudiaba en 1160. Los árabes, con Saladino a la cabeza, estaban dándole la vuelta a la situación al conseguir unir el poder de Damasco con el de El Cairo, y el trono de Jerusalén había recaído en el joven Balduino IV “El Leproso”. Por si fuera poco, en 1163 Bohemundo III, hijo de Raimundo de Poitiers y Constanza de Antioquía, fue proclamado príncipe de Antioquía.

Echando mano de sus encantos militares y políticos, Renaud casó con Stéphanie de Milly, la heredera del señorío de Oultrejourdan, lo que le suponía recibir las llaves de las fortalezas de Kerak y Montréal/Shawbak, así como su vuelta a la acción.

Balduino IV
Balduino IV, por culpa de la lepra, perdió el uso de sus manos y pies, así como quedó prácticamente ciego. La supervivencia de los territorios cristianos de Oriente medio pasaban por su peor momento y Jerusalén estaba en el punto de mira de todos, más si cabe desde la llegada de nuevos señores con tantas ansias de poder como el propio Renaud. Balduino IV, influenciado por su madre, la reina Agnes, y por su hermana, Sybilla, ordenó regente del reino a su cuñado Guido de Lusignan.

Con Guido como regente, la presión de los francos sobre los territorios musulmanes se intensificó y Renaud comenzó a realizar una serie de incursiones tras las líneas enemigas.

En 1181, en plena tregua con Saladino, Renaud alcanzó Teima y atacó una enorme y rica caravana de peregrinos que había partido de Damasco con destino en La Meca. Este hecho llegó a los oídos de Balduino IV, que exigió a Renaud la correspondiente reparación, a lo cual nuestro protagonista, quien odiaba a muerte al monarca, recomendó a su interlocutor que se metiera en sus asuntos y que lo dejara tranquilo. Pero es que los asuntos de Renaud concernían al reino de Jerusalén y a todos los territorios cristianos, pues la reacción de Saladino, quien iba acumulando cada vez más poder, iba a estar a la altura de sus fechorías.

Mientras Saladino estaba camino de Jezira, en el otoño de 1182, Renaud vio tomar forma su plan más audaz y arriesgado: su propia flota pirática. Con el dinero robado en Teima, ordenó la construcción de dieciséis barcos en Kerak y Ascalón, que, en piezas, fueron transportados en camellos hasta Aila (la actual Aqaba), donde fueron montados (debido a que era franco y a que emparentó con el linaje normando de Aquitania, Renaud podría haber conocido las técnicas vikingas de transporte por tierra de drakares).

Aunque Aila había sido tomada por Saladino en 1175, en ese año de 1182 dicha circunstancia no inquietaba en absoluto a Renaud, quien sitió la plaza, encerró a los musulmanes en la isla de Graye y botó sus barcos pilotados por nativos y con cientos de caballeros y soldados en sus cubiertas. Renaud no los acompañó para la ocasión, quedándose en tierra. Renaud era un bruto, pero no tenía mucho de tonto.

La delicada posición de Aila significaba que la flota pirata no tendría puerto base y que sólo había una opción: hacer mucho daño y acumular tanto botín como fuera posible, sin que hubiera perspectivas de disfrutar con tranquilidad de lo robado cuanto más pasara el tiempo.

La flota atacó primero Aidhab, a doscientos cincuenta millas al norte de la actual Port Sudan. Allí, los hombres de Renaud desembarcaron y se internaron en el territorio para capturar una caravana. Fueron recorriendo las costas arábiga y africana sembrando el caos y el terror en un mar como el Rojo, del cual los cristianos no tenían conocimiento náutico alguno. Algún cronista llega a asegurar que alcanzaron el lejano puerto de Adén, lo cual es considerado como toda una proeza. 

Plano contenido en la pág. 91 del ensayo «The Lost Centuries: From the Muslim Empires to the 
Renaissance of Europe, 1145-1453», del teniente general sir John Glubb, J.B.G. Ltd, 1967

Los piratas de Renaud no tenían quien les hiciera sombra en el mar por cuanto los musulmanes carecían de barcos de guerra en aquellas aguas. Por lo tanto, se llegó a poner en peligro real la Ruta de la Seda en su conexión arábiga y fue entonces cuando circuló el rumor de que aquellos locos cristianos pretendían asaltar Medina y llevarse los restos de Mahoma, lo cual llevó a los gobernantes musulmanes a una respuesta inmediata. Sobre esto último, se sabe que Renaud tenía muy clara su intención de asaltar Medina, siendo la única vía practicable la marítima. Quería atacar dicho centro religioso, pero quizá más bien para desprestigiar a Saladino ante los suyos, quienes veían con muy malos ojos que el Sultán se empecinara en atacar Mesopotamia (al norte) y en desproteger Medina y La Meca (al sur).

Así, Malik al Aadil, hermano de Saladino y virrey de Egipto, ordenó la construcción de varias galeras de guerra cuya tripulación y tropa se reclutó en el Magreb argelino; sin embargo, pasaron meses hasta que la flota fuera entregada al chambelán Husam al Deen Lulu, quien recibió expresas instrucciones de Saladino de ejecutar a todo franco que capturase. 

Por lo que se puede extraer de las crónicas, la campaña pirática de Renaud, en su primera etapa, duró unas seis semanas durante las cuales se reportó la quema de dieciséis barcos, la destrucción de otros dos que hacían el comercio con la India y la captura/hundimiento de otro de peregrinos en ruta desde Jiddah. Igualmente, se quemaron los graneros que abastecían La Meca y Medina y se capturó una caravana comercial de Qus.

Eva Green como Sybilla
en «El Reino de los Cielos»
(2005)
La segunda etapa se centró en las costas de Hijaz, Medina y La Meca, momento en el cual la respuesta egipcia ya estaba preparada. Husam al Deen Lulu primero liberó la isla de Graye y, luego, mandó la flota tras los cristianos, que rondaban la costa frente a Medina según los informes que fue recibiendo.

Se desconoce el punto en el que las flotas chocaron, pero el encono puesto en acabar con los piratas fue tal que se alcanzó el éxito total y aquellos francos que fueron capturados con vida (unos 170), fueron ejecutados públicamente en El Cairo, Medina y La Meca (hasta 1490, no pisó el lugar santo ningún otro occidental). Lo más interesante y menos público de esta orden de ejecución es que la principal preocupación de Saladino era que no deseaba que el conocimiento de las aguas y costas del mar Rojo llegara a otros cristianos y levantasen cartas náuticas; había que mantener el secreto tanto tiempo como fuera preciso.

La consecuencia militar más directa de la acción de la flota de Renaud fue la reconsideración de Saladino sobre la necesidad de tomar Kerak. Así, en 1183, se inició su asedio.

A pesar del fracaso de su flota pirata (fracaso más bien aparente, por cuanto el daño comercial y político causado era incalculable), Renaud no cambió de costumbres y siguió haciendo de las suyas ante la debilidad del trono de Jerusalén, ahora en manos de Guido de Lusignan, marido de Sybilla, la hermana de Balduino IV, tras el golpe de estado orquestado por Josselin III de Courtenay. Este desaguisado político hizo de Renaud rey de facto de Jerusalén.

Creyéndose más poderoso que nunca, durante otra tregua con Saladino, a comienzos de 1187 Renaud atacó una caravana egipcia con destino en Damasco, lo cual era una violación del tratado y una causa justa para ser acusado de perjurio y traición.

Guido de Lusignan, rey de
Jerusalén
Saladino exigió la devolución del botín y la correspondiente reparación. Igualmente, como hiciera su cuñado en el pasado, el rey Guido exhortó a Renaud, pero éste volvió a responder de mala manera. Saladino, preso de la ira (quizá puro teatro, por cuanto ansiaba perpetrar su venganza desde hacía muchos años), amenazó con asesinar a Renaud con sus propias manos y nunca estuvo más convencido de exterminar el reino cristiano de Jerusalén.

Las posiciones cristianas en Tierra Santa se tambaleaban y el desastre fue total en el siguiente encuentro crucial, datado el 4 de julio de 1187, cuando los ejércitos francos fueron derrotados en Hattin, siendo Renaud, junto a Gerard de Ridefort y el rey Guido, capturado por las tropas de Saladino

El Sultán, frotándose las manos, tenía al alcance de su mano la posibilidad de acabar con el hombre que había menoscabado su casi inmaculada imagen ante los jefes musulmanes y puesto en duda su capacidad militar y política. En una treta propia de un cuento de Las mil y una noches, Saladino acomodó a los tres prisioneros de alto rango en su tienda, donde los trató con suma cortesía. El Sultán ofreció al rey Guido agua con hielo del monte Hermón. Guido calmó su sed y pasó la copa a Renaud para que bebiera. Saladino, sabedor que sucedería, estalló:

—Tú le has dado de beber a este hombre, no yo. Una de las costumbres nobles de los árabes es que la vida de un prisionero está a salvo si ha comido o bebido.

Entendemos que la vida estaba a salvo si el prisionero comía y bebía de mano de su captor árabe.

Entonces, Saladino relacionó los actos de traición y felonía que Renaud cometió durante las treguas; desenvainó su cimitarra y la hundió en el hombro del caballero, secundado por sus guardias, que terminaron la faena rebanándole la cabeza, la cual cayó a los pies de Guido para su espanto. 

De los prisioneros francos de menor rango, los templarios y hospitalarios fueron todos decapitados. Los demás, aquellos que salvaron la vida, fueron vendidos como esclavos, lo cual no era mejor destino.

Muerte de Renaud de Châtillon a manos de Saladino


No hay comentarios: