Pero igual de complicado —o quizá más— resultaba explicar con palabras esas escenas inconexas e imposibles, esos retazos de realidad adulterada que el sueño nos arroja sin manual de instrucciones.
Por entonces me interesaba vivamente la técnica de los sueños lúcidos, siendo un diario de este tipo una de sus herramientas fundamentales. No son pocas las ocasiones en las que sueño y sé que estoy soñando; pero esa conciencia, lejos de otorgarme dominio alguno, suele dejarme en una especie de impotencia espectadora. Sé que sueño, pero no consigo gobernar el sueño. No logro domar a ese oscuro animal que es el subconsciente.
Y la desidia —y también cierta frustración— terminaron por empujarme a desembarazarme del proyecto. Con todo, algunos sueños quedaron grabados con la obstinación de una cicatriz, y otros me sirvieron como materia prima para algún que otro relato que duerme, como tantos manuscritos, en el fondo de un cajón.
Y, cómo son las cosas, con los avatares internacionales que copan los noticiarios desde hace unos días —los ataques coordinados entre Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní— me acordé de un sueño que tuve unas noches después de conocerse los ataques de Hamás contra Israel del 7 de octubre de 2023.
Lo recuerdo bien y me devuelve a la vieja pregunta, tan antigua como la humanidad misma: qué son, en realidad, los sueños.
Las teorías científicas —sin dejar de ser teorías— intentan ofrecer respuestas.
Sigmund Freud pensaba que eran pensamientos reprimidos.
Carl Gustav Jung sostenía que ayudan a equilibrar la mente y a conectar con el inconsciente colectivo.
J. Allan Hobson y Robert McCarley los explicaban como interpretaciones que hace el cerebro de señales neuronales aleatorias.
Y Antti Revonsuo defendía que sirven para ensayar situaciones peligrosas.
Pero ninguna de estas hipótesis termina de explicar por qué soñamos cosas tan extrañas como las que solemos soñar.
En el caso que comento, soñé que era un teniente de las fuerzas de defensa de Israel llamado Avi —o quizá Eli—. Sabía que mis galones eran de teniente, dos franjas sobre el uniforme —esa mañana, en el trabajo, lo confirmé en la Wikipedia—. Lo curioso es que no vestía un uniforme contemporáneo, sino uno propio de hace medio siglo. Para ser exactos, como los que llevaban quienes combatieron en la Guerra de Yom Kippur.
Sentía el peso del casco M1 sobre la cabeza y el del subfusil Uzi —sabía, con esa seguridad inexplicable que otorgan los sueños, que era un M1 y un Uzi de 9 milímetros—.
Corría por calles de tierra, o quizá polvorientas, flanqueadas por muros de adobe. Estaba solo. Sabía que quienes me habían acompañado hasta hacía unos instantes estaban muertos. Sentía el suelo bajo las botas. El sudor pegándose al uniforme. El casco ligeramente suelto. Sentía el calor, la urgencia y la desesperación.
Corría y me crucé con un civil tirado en el suelo, aún con vida. Era alguien pequeño. ¿Un niño? No lo recuerdo. Solo sé que lo cogí en brazos y cargué con él durante un buen trecho. Escuchaba ráfagas de armas automáticas a lo lejos. El viento arrastraba hilos de humo negro.
Seguí corriendo hasta llegar a lo que parecía un puesto. Un búnker, quizá. O algo parecido.
Entonces me desplomé en el suelo, reventado de cansancio y con unas ganas terribles de llorar.
Se acercó alguien. Un hombre barbudo, con gafas y bata de médico. Era otro oficial.
Me dijo:
—Teniente, tiene que levantarse. No es momento de rendirse.
Me levanté.
Y en ese instante me desperté, ahogándome en lágrimas.
Ya no sentía el dolor físico ni los temblores. Aquellos olores se fueron disipando, igual que las sensaciones. También las náuseas.
¿Por qué soñé eso?
No lo sé.
No sé si alguno de los profesores mencionados más arriba habría podido darme una explicación convincente. ¿Diría Jung, quizá, que contacté con los recuerdos de algún veterano de la Guerra de Yom Kippur? ¿Dos mentes separadas por justo medio siglo?
Tal vez. O tal vez no.
Quizá los sueños no sean otra cosa que ese teatro secreto donde la conciencia ensaya tragedias que nunca viviremos y donde el alma —si es que todavía nos atrevemos a usar esa palabra— prueba máscaras que no le pertenecen. Un lugar donde las noticias del mundo, los miedos heredados y las imágenes que hemos ido acumulando sin darnos cuenta se mezclan hasta formar una realidad alternativa, tan intensa que durante unos minutos llegamos a creerla verdadera.
Lo cierto es que, al despertar, todo se desvanece con la rapidez con la que se evapora el vaho en un espejo. Desaparecen el peso del casco, el olor del polvo, el sudor pegado al uniforme, el miedo y el cansancio. Pero queda algo más difícil de disipar: la sospecha de que nuestra mente guarda más habitaciones de las que somos capaces de recorrer despiertos.
Y quizá por eso soñamos.
Porque durante el día vivimos una sola vida, pero durante la noche —cuando la razón se afloja el nudo de la corbata— nuestra imaginación se permite vivir muchas otras.
Aunque al final, cuando suena el despertador, tengamos que volver dócilmente a la única que es realmente nuestra.

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