martes, septiembre 18, 2018

Guardia de literatura: reseña a «Chacal», de Frederick Forsyth

Título original: «The Day Of The Jackal»
Traducción: Ramón Hernández
RANDON HOUSE MONDADORI.
Barcelona
Primera edición. Julio de 2008
ISBN: 978-84-9793-046-8
508 páginas

La novela es detectivesca y de caza al hombre, en la que pronto se establecerá un equilibrio entre el mortal pero atractivo Chacal y el sereno e inocuo, en fachada, comisario Lebel, el mejor hombre de la Policía Judicial parisina, quien dirigirá todos los esfuerzos por identificar y detener al asesino antes de que actúe, y que nos recuerda en ocasiones a George Smiley

Mentar a Frederick Forsyth es referirse a uno de los autores capitales del thriller político, periodístico, policial y de espionaje del último tercio del s. XX; una opción digna a la altura del rey John le Carré. Es citar a un hombre que indaga entre una ingente masa de documentación y que es capaz de arrancar a mordiscos una historia novelesca cuyo punto de ficción, así como de realidad, cuesta esfuerzo discernir.

Forsyth, tras experimentar unas vivencias que ya quisiéramos muchos para nuestras ridículas biografías, aunque fuera a modo de limosna inventada, ejerció de periodista, siguiendo la estela de Chales de Gaulle como presidente de la República francesa en uno de sus momentos más candentes, con la organización terrorista OAS enconada en mostrar la cabeza del viejo general en una vitrina de caza, en un afán desmedido y mal calculado por “recuperar” la senda de una Francia orgullosa y colonial.

Se parte de una acción real, de un atentado fallido contra de Gaulle, para luego describir la necesidad de la cúpula de la OAS, ante su engarrotamiento como organización minada por las filtraciones y la falta de éxitos contundentes, de acabar con la vida de un general que es considerado un traidor. Forsyth elucubra un nuevo intento de asesinato que bien pudo haber sucedido en 1963, cómo no. El general Rodin, cabeza de la OAS, traza un plan que debería ser infalible, no recurriendo a las manos siempre prestas pero poco duchas de simpatizantes de la causa. Había que hacerse con los servicios de un fantasma, de un asesino político a sueldo y de envergadura; alguien que fuera ajeno a los ideales del Ejército Secreto; un extranjero.

Rodin se cita con un asesino inglés, un hombre, en apariencia, metódico y fiable que adopta el nombre en clave de Chacal y que es contratado a pesar de su precio (a la altura de la presa).

Chacal exige trabajar solo, consciente del peligro que correría si se vinculara a la OAS, que es un bochornoso coladero. Solo un único enlace, el agente Valmy, le informará de cambios puntuales en la rutina de seguridad presidencial y posibles investigaciones policiales, pero nada más. Chacal se encargará de todo personalmente.

A partir de ese punto nos aburriremos con la preparación del asesinato. Como ocurre en otras novelas de la época, cuya trama gira en torno a un asesinato político-militar (como sucede, por ejemplo, con «Cinco Dedos»), la primera mitad es un odioso compendio de detalles y viajes de aquí para allá mediante una narración exhaustiva, exigente y agotadora de hasta la última mota de polvo que haya flotando en el aire. Solo se aprecia un cambio y una mayor celeridad cuando Forsyth comienza a introducir personajes, dando lo mismo que sean principales que secundarios; es entonces cuando el autor se revela como un maestro, pues le bastan unas líneas para dar una completa biografía personal de los mismos; es cuando se ve una luz al final del túnel. La novela es detectivesca y de caza al hombre, en la que pronto se establecerá un equilibrio entre el mortal pero atractivo Chacal y el sereno e inocuo, en fachada, comisario Lebel, el mejor hombre de la Policía Judicial parisina, quien dirigirá todos los esfuerzos por identificar y detener al asesino antes de que actúe, y que nos recuerda en ocasiones a George Smiley.

El carrusel de personajes es amplio, colorido, aunque no haya que ser muy perspicaz para prever qué papel tendrán en la trama; muchos son planos y predecibles, como en el caso del patán de Saint Claire, de la Guardia del Eliseo, aunque todos aportan piezas para la resolución del puzzle que pondrá en jaque al Estado francés.

Quien está mejor configurado, pues al que más horas se le dedica, es Chacal, cuya identidad se mantendrá en secreto incluso llegada la última página de la novela. Seguirá siendo un fantasma incluso cuando cerremos las tapas del libro por última vez. Tras él está, como Némesis, Lebel, paradigma del típico policía entregado, de poca gracia en lo físico y en el trato personal con sus superiores, que solo aportará su inteligencia e integridad como armas al servicio de la Francia gaullista, así como una serenidad imperturbable cuando se enfrenta, cada noche, a una jauría de perros ministeriales.

La narración, en general, está muy bien presentada, aunque resulta pesada en cuanto a la descripción de lugares y objetos; cuando Chacal toma un vehículo y lo conduce, parece que estemos leyendo un frío mapa de carreteras; otro tanto sucede con calles y arquitecturas. Serán unos párrafos interesantes para el autor, fundamentales para la trama, pero también tediosos y puede que el lector (como me ha sucedido) se vea tentado por la ocurrencia de saltárselos con vergüenza torera y seguir hacia adelante.

Aunque Forsyth mantiene a uno pegado a la lectura, solo hay verdadera tensión hacia el último cuarto de la novela; y verdadera agitación en sus últimas páginas.

¿Recomendable? Sí. ¿Leeré otras obras de Forsyth? Aunque sea dicho con cierta timidez: por supuesto, pues este hombre es quien firmó títulos que han llegado con más empuje a nuestra retina gracias al cine, tales como «Odessa» o «El Cuarto Protocolo». Sí, me interesa lo que ha escrito y cómo lo hace.

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