viernes, diciembre 30, 2016

Adiós. Adiós 2016


Me encuentro escribiendo este último y postrero post del año con los 36 años recién cumplidos y metidos en el cuerpo; viviendo ese breve y confuso pasaje temporal en el que se duda a la hora de completar un formulario en el que se me exige la edad o alguien, sin venir a cuento o tener mejor cosa en la que gastar saliva, trata de ahorrarse la prueba del Carbono 14 con un servidor. Ahí estoy.

Y tras gimotear un poco por las esquinas y arañarme la cara, tras percatarme una vez más que comienzo ya a amarillear entre las páginas de mi vida, escribo estas líneas con la única y sanísima intención de dar fuerte portazo y sisear un «adiós y no vuelva, señor mío» para quedarme bien a gusto. Podría incluso derrochar ese verbo barriobajero que me ronda la lengua, pero voy a refrenarme. Las cosas con mesura, orden y método.

Con ese «señor mío» me refiero al año aciago y retorcido 2016 que no es que nos haya dejado huérfanos, sino más bien desnudos, en cueros, de referencias culturales. El muy cabrón (al final me ha salido un taco, aunque finísimo donde los escuche uno) nos ha abandonado en mitad de una glacial ventisca, donde la soledad es más marcada, a merced del horror blanco de un libro cuyo contenido se va borrando.

La lista de pérdidas es larga, tanto como para dar sombra más allá del pesar.

Y este 2016 fue un año en el que me propuse hacer grandes cosas. Ya sabéis, las típicas tonterías vomitadas bajo la sugestión alcohólica del Año nuevo (o por una intoxicación por los efluvios que manan de tanto adorno y artículo de broma Made In China), pero que en mi caso no son del tipo ir al gimnasio, hacer dieta, aprender inglés o mandar un currículo al Cirque du Soleil: quería cumplir magnos proyectos pero, para mi desgracia, tan solo he llegado a ponerme malamente de puntillas y me he golpeado la cabeza contra un duro techo construido a base de paletadas y paletadas de molicie y pereza indómitas. Aún relampaguea el dolor cuando me acaricio la zona dañada.

2016 ha sido un año triste que no ha llegado siquiera a florecer. Se ha quedado en una planta marchita, fea y pocha, cubierta de llagas y desapariciones. Quizá el cambio al 2017, aunque sea por meros efectos fiscales y anímicos, más que naturales, permita que el calor penetre en las capas frías de nuestra piel y nos obsequie con motivos para crecer, florecer en definitiva. Para que el invierno huya despavorido y amedrentado de nuestro corazón.

Por todo ello, desde ENMP os deseo lo mejor para este 2017 a punto de nacer. Más luz y fuerza.