martes, marzo 11, 2014

Diez años después de un 11 de marzo

Vaya. Pues hace ya diez años de aquella mañana. 

Creo que todos, absolutamente todos, recordamos dónde nos encontrábamos cuando comenzaba a levantarse el frescor de la madrugada y el viento traía una noticia que, poco a poco, se iba completando a modo de retazos, como un puzle al que le faltaban las piezas y que tampoco sabíamos porqué lo teníamos delante.

Aunque la memoria es muy falsa, descalificativo demasiado habitual que le dedicamos, ésta simplemente se preocupa de ir llenando las lagunas creadas por nuestra falta de atención en conjunto. No recuerdo ni qué día de la semana era. Es posible que las personas con las que me encontraba no sean precisamente las que vienen a mi frente tras desarrugarse en mis neuronas. Pero sí que me encontraba sentado en una de las mesas de la cafetería del claustro de la Universidad, como otra mañana cualquiera, disfrutando de unas risas que pronto se silenciaron ante el desconcierto, ante el “no saber qué estaba ocurriendo”. 

Desde donde me hallaba situado, con la espalda contra la cristalera y con la barra a mi diestra, tenía visión directa de las dos puertas gemelas que daban acceso y salir a esa sala de altos techos en la que gasté tantas horas durante mi último año de estudios. La que usaba todo el mundo para asaltar la pila de donuts y bocatas de tortilla, llevaba a un pasillo que casi nunca usábamos. Parecía conducir a otro mundo.

Resulta extraño que casi nunca nuestros pasos nos llevaran por allí, y eso que por aquel entonces aún había una mayoría reticente que no consideraba el teléfono móvil como algo “necesario”, no digamos ya un ordenador. Eran tiempos en los que Internet era feudo exclusivo de los “raritos” como yo, un tipo que ya llevaba más de tres años administrando una web.

Como iba diciendo, en ese pasillo que podía ser el último reducto para los susurros, de su pared, colgaban cuatro o cinco teléfonos públicos, ahora no recuerdo el número exacto; y aquella mañana se llenó de prisas y ansiedad. Podía ver como la cola ante esos aparatos iba creciendo y creciendo, como el agua de un manantial al encontrarse con una presa. Casi todas las llamadas eran cortas. Solo los afortunados que conseguían encontrar línea y que alguien les cogiera al otro lado, demoraban durante largos segundos el momento de colgar el auricular y dejar una oportunidad al que le estaba echando el aliento en la nuca. 

Las líneas del fijo cayeron, al igual que hicieron las de móvil muchos minutos antes, y el caos consumió aquel apartado lugar, envolviéndonos incluso a nosotros mismos, creyéndonos a salvo tras las paredes de la cafetería.

Mandé un sms a mi amiga Munia, o creo haberlo hecho, en aquellos momentos. La única persona que conocía por aquel entonces y que vivía en Madrid.

Es curioso el vacío que crearon esas bombas, como si nos privaran de aire. Como si su onda expansiva nos hubiera dado a cientos de kilómetros de distancia. De algún modo, lo hicieron.

Por supuesto, esta fecha nos marcó a todos. A algunos más que a otros. Muchos quisieron obtener réditos de una desgracia. Incluso hubo quien pretendió dar a unas víctimas más importancia que a otras, a pesar de que la misma parca era la que había actuado. Tenemos un refranero propio que nos define y clasifica a la perfección nuestra manera de ser .

Pero no quiero, como harán otros, usar este espacio, reservado a mis pensamientos y sentimientos, para crear polémica, decir verdades o soltar barbaridades. No soy tan mezquino. Tan solo quiero recordar ese día y guardar un solemne y respetuoso silencio, tan solo dejando estas palabras grabadas en el océano de la Red.

1 comentario:

Carlos de la Parra dijo...

Cierto.
Anotas bien cuan equivocados están quienes quieren arreglar a base de matar y destruir.