martes, abril 08, 2014

Guardia de literatura: reseña a la novela “El espía que surgió del frío” de John le Carré

Alec Leamas es el líder indiscutible en una carrera por alzarse con el trofeo a la degradación humana, por caer lo más bajo en el menor tiempo posible. 

Apartado y, muy pronto, olvidado en el Cambrigde Circus, donde el Foreign Office hace y deshace a su voluntad bajo una fría e industrial fachada administrativa, Leamas se pasa los días de borrachera en borrachera, aunque manteniendo ciertos momentos de lucidez, hasta que la paciencia de todos y todas se agota.

Sufre su particular penitencia. Era el “hombre” en Berlín; quien controlaba una red de espionaje más allá del Muro, internándose en la oscuridad de la República Democrática de Alemania; pero todas sus piezas han caído sobre el tablero: el último y mejor agente de su trama, un secretario del Presidium alemán de nombre Karl Riemeck, es abatido a tiros al tratar de superar los controles y llegar a Occidente, huyendo de las garras del perro de presa de la Abteilung, Hans Mundt. Es justo entonces cuando Leamas sabe que ha fracasado estrepitosamente: ha dejado Londres sin ojos en la Zona.

Y hasta aquí podríamos escribir a modo de sinopsis o introducción porque ya hemos dicho la primera de una larga lista de mentiras que terminan hasta por emborronar una verdad que parece indiscutible o no tanto, después de todo. Un juego de sombras bajo la lluvia y con el Telón de Acero siempre presente, dividiendo un mundo en dos mitades en las que se emplean las mismas técnicas discutibles para mantener un equilibrio, sin importarle a nadie, lo más mínimo, las consecuencias que hayan de sufrir aquellos desgraciados que se encuentren en el lugar y momento oportunos para los intereses de los servicios secretos.

David John Moore Cornwell, el verdadero nombre del escritor que se oculta tras el pseudónimo de John le Carré, irrumpió, sin quererlo, en la escena literaria de éxito con este espía que se mantuvo en el frío, como diría Control. Tan sonora fue, que a los pocos meses ya tenía adaptación cinematográfica. 

Por tercera vez trataba de tentar al lector, previa autorización del Foreign Office británico al que se debía por aquel entonces; y es que Moore trabajaba en la Alemania Federal en los servicios de Inteligencia. Sus superiores no encontraron nada peligroso en aquellas escasas páginas que tuvieron que leer con atención. Sentenciaron que la novela no era más que pura ficción, eso sí, adornada con ciertos tintes de realismo; no mostrando inconveniente alguno a que la obra superara los límites del umbral de sus despachos. 

Cuando se publicó “El espía que surgió del frío”, le Carré no podría haber sospechado que su corta novela colmaría las fantasías, palabras y estanterías de miles de personas que creían que aquella aventura protagonizada por Alec Leamas era cierta; como si se hubiera levantado el velo sobre un oscuro secreto bien custodiado en los mohosos archivos del Servicio Secreto. 

Este fue el arranque estelar de una carrera en el mundo de la literatura y con el que ya comenzaron a resultar familiares nombres como los de George Smiley, Control o Peter Guillam; una carrera que llega hasta el presente, cincuenta años después de que Leamas se metiera de cabeza en la guarida del lobo para asesinar al odiado Mundt.

La gente debió sentirse atraída por ese viaje al otro lado del Muro de Berlín y por la fragilidad de una sociedad que parecía irreal, donde el Partido “lo sabe todo”. Eran la década de 1960.

Finalizada la lectura de la novela, uno se ve abordado por la sensación de haber sido testigo casi involuntario de una trama oscura, de engaño, en la que se queda sin aliento; pero bien es cierto que se advierte el trabajo de un escritor novel. A pesar de la intensidad de algunos personajes y situaciones, hay un cierto vacío que aumenta a medida que el lector se aleja de la fecha original de publicación. No hace falta que estemos al tanto de los acontecimientos de aquellos años; no, lo que estoy diciendo es que se encuentran demasiados espacios en blanco en la labor de narrativa que nos impiden “ver” algo más que pequeñas imágenes en diapositivas contra una pared pintada de gris acero.

Nuestras sospechas y el alimento de nuestra imaginación que es esta lectura, nos obligan a saber demasiado pronto cuál es la gran mentira; pero, no por ello se le puede tildar como de trabajo deficiente; tan solo de limitado.

Hace cincuenta años, aquellos hombres de la niebla en Berlín y Londres dieron el visto bueno a la novela de un inquieto subalterno, concediendo al mundo la oportunidad de descubrir a uno de los autores más prolíficos e interesantes de la segunda mitad del s. XX y de parte del que nos está tocando vivir.

Es un libro de fácil lectura en el que se puede aprender mucho sobre cómo escribir diálogos que caractericen a los personajes, así como a probar que una historia sencilla puede identificarse con la vida misma.

1 comentario:

fredia laila dijo...

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