domingo, octubre 23, 2016

Diez años desde la botadura de «El Navegante del Mar de Papel»


Cada año que se va quedando atrás, ocupa mi mente y mis palabras en este blog la misma engorrosa cuestión: lo rápido que transcurre el Tiempo. Cada vez que me preocupo por ello, los días se extinguen como escalofriante premura; las manecillas del reloj va ganando aceleración, síntoma éste de que la juventud se desvanece, como si la nave en la que viajo encontrara mayor resistencia en su avance y éste comienza a ralentizarse, resultado previsible de la aplicación de la Teoría de la Relatividad de Einstein a mi vida. Y hoy, precisamente hoy, se cumplen diez años del instante en el que me dominó la inquietud por crear este blog, quizá porque me aburría en desmedida y me sobraban demasiadas horas muertas, quizá por otras cosas más importantes  de las que no era consciente, allá, en 2006, con veinticinco años, y con un horizonte devolviéndome la desafiante mirada, tan extenso como inabarcable. Entonces tenía tanto ímpetu como carecía de dirección; daba vueltas y vueltas a un lustroso timón, sin saber hacia dónde apuntar la proa, por lo que acababa no alejándome de la costa conocida y familiar, del dulce seno de la seguridad de un puerto amigo. Pero la costa, al final, desapareció.

Hoy me encuentro en medio de un océano que he ido cartografiando semana tras semana, dejándome embaucar como un necio por todos los sensuales cantos que proceden de las islas que he ido tocando, barajando sus formas lujuriosas a golpe de escritura, hasta saciarme y aborrecer las viandas, los placeres y hasta los peligros propios de esos pedazos de tierra que resisten rodeados de agua; llegando incluso a construir bases a las que acudir en medio de la desesperación, otros puertos amigos.

Y hoy se cumplen diez años y, en cierto modo, me siento como un Odiseo, harto de ser el juguete roto favorito de los dioses, enojados ante mi impertinencia y arrogancia, por los pecados de un simple mortal, único soberano de su barco y de nada más. Un hombre que, a pesar de todo, comienza a sentir el cansancio en los músculos y en la mente, algo que se está trasladando al blog, pues os habréis dado perfecta cuenta de que el nivel de entradas ha disminuido drásticamente desde fechas recientes. Me avergüenza reconocer la cantidad de ocasiones en las que la ceguera hace presa de mí y, por ello, no me atrevo a abandonar una de mis bases y me limito a contemplar cómo las olas mecen mi barco, bien acunándolo para que duerma y sucumba al abandono, bien para que rompa sus amarras y desaparezca.

¿Ese es mi ciclo vital?

Mis palabras se van tiñendo de gris, de pesados y bajos nimbostratos cargados de fría lluvia y, una vez más, de ese sabor amargo y estúpido de la despedida cobarde que no llega. Los dulces cantos de sirena me atan a la tierra, cuando no al fondo de los acantilados, al Tiempo; me encadenan a la mi vida real y rutinaria, mas, tranquilos, que sé la forma de resistirme, de vencer a la locura y hacer oídos sordos; sé cómo volver al mar, renqueante, pero con el corazón henchido. No es la primera vez que me ocurre y lo sabéis bien: en vez de brillante nostalgia, solo encuentro apatía en este día, la enfermedad pasajera que vuelve a nosotros cuando el contador del año vuelve a cero.

Es tarde para decir adiós al Mar de Papel, como en un momento de insensatez juvenil lo bauticé, sin saber qué se abría ante mí; incluso si lo que me empuja a aferrarme al timón con desesperación es la fuerza de la costumbre atrofiante. Simplemente no puedo dejarlo, hoy más que nunca, cuando se han cumplido diez años desde que me sumergí en sus aguas… Diez años en los que han acontecido tantos sucesos y se ha perdido para siempre otro tanto de lo que únicamente me queda el recuerdo y los sentimientos…

Solo espero que tengáis el suficiente ánimo y espíritu como para seguir en mi compañía.

Y, quizá sea algo arriesgado, fútil, un destello rebelde de inmadurez… 

¡POR OTROS DIEZ AÑOS MÁS!