martes, octubre 18, 2016

Guardia de Literatura: reseña a «La amenaza de Andrómeda», de Michael Crichton

Series Bestseller (Debolsillo)
Editor: Debolsillo, Barcelona. 2007
Descripción: 338 p.; 19 cm.
ISBN: 978-84-8346-393-2
Michael Crichton, con «La amenaza de Andrómeda», plantea la posibilidad de que nuestro primer contacto con entes exógenos sea a nivel microbiológico, aunque no por ello afirme que el problema haya de venir del espacio profundo

Al escuchar, durante el transcurso de uno de los últimos programas emitidos del podcast Verne y Wells, mencionar de pasada la obra literaria «Esfera», de Michael Crichton, terminé esa misma semana rebuscando dicho título por entre los anaqueles de la biblioteca pública, por la letra “C”. Fue una de tantas ocasiones en las que las palabras susurradas al oído con cierta inocencia accionan un resorte mental y me incitan a actuar o generan una necesidad como es, por ejemplo, la de leer esa novela en concreto, de la que visioné su adaptación cinematográfica años atrás.

Para mi más profunda desolación, entre los títulos firmados por este autor norteamericano —que tambaleó los cimientos de nuestras infantiles mentes hace más de dos décadas a golpe de dinosaurio resucitado mediante ingeniería genética—, que atesora la biblioteca de la que soy usuario, no se encuentra «Esfera». Sin ofuscarme y, mucho menos, abandonarme al abatimiento que estos instantes provocan en mi frágil ánimo (arrastrándome como un zombie malhumorado hasta el catálogo informático de la Red de Bibliotecas de Galicia y rellenando, después, un formulario de préstamo intrabibliotecario), sopesé si no sería mejor idea el decantarme por lo que me ofrecían ahí mismo, por lo que tenía a mano de forma más inmediata y obtener el préstamo de alguna de las novelas que comban la balda de la estantería dedicada a la “C”. Tirando de recuerdo “reciente” y televisivo, producto fugaz como otros tantos, escogí «La amenaza de Andrómeda», sin saber entonces que esta obra posee una extraña relación o semejanza con los retazos que golpeaban machaconamente mi memoria, al grito de “quiero leer «Esfera»”.

Lo primero que sorprende cuando uno abre las tapas de «La amenaza de Andrómeda» es el año de publicación: 1969 (obra adaptada a la gran pantalla en 1971); Michael Crichton no tenía ni treinta años y ya firmó una novela con varios elementos que serían típicos de su bibliografía dedicada a la ciencia-ficción. Pero también sorprende que tenga un argumento que habría hecho las delicias de más de un aficionado al cine de Serie B: una incontrolable invasión extraterrestre a la que se enfrenta el Ejército y un reducido grupo de mentes brillantes: una amenaza desconocida en los años en los que la conquistadores del espacio iban en patucos, durante los mismos meses en los que el Hombre llega a la luna. Si hubieran salido hormigas gigantes en el texto, atacando ciudades enteras, probablemente habría sido fruto de una mente muy distinta a la de Crichton.

«La amenaza de Andrómeda» es una novela de ciencia-ficción dura, aunque el propio autor comete el error infantil y muy sesentero de hacer creer al lector que lo que relata sucedió en la realidad, punto por punto, pues, según él, el texto no es más que la reinterpretación de sus análisis a expedientes e informes clasificados y de las entrevistas que realizó a los supuestos principales implicados (a quienes da nombres que parecen corresponderse con identidades reales). Es más, llega (como hará en el futuro) a incluir gráficos, análisis y cablegramas “verdaderos” del también supuesto proyecto WILDFIRE de control de amenazas microbiológicas exógenas.

La trama da comienza con la caída programada a la Tierra, tras advertirse una modificación no determinable en su órbita, del satélite estadounidense de investigación biológica en altas cotas Scoop VII, que termina trayendo consigo a un pasajero inesperado que provoca la muerte por coagulación masiva con los cuerpos a los que tiene contacto; siendo que la población de Piedmont, Arizona, queda reducida a dos misteriosos supervivientes: un anciano y un bebé de dos meses.

Salvo durante cortos espacios o periodos de tiempo, el argumento se desarrolla en el interior de las instalaciones secretas del proyecto WILDFIRE en Nevada, con cuatro científicos que se esfuerzan por hallar la forma de aislar, determinar y controlar lo que se ha venido a clasificar como la amenaza de Andrómeda.

Tratando ahora los elementos narrativos que construyen la novela, el bloque más sólido del que se compone «La amenaza de Andrómeda» es el de la ficción que se encuentra embadurnada a conciencia de terminologías, teorías y deducciones científicas, dotándola de peso y veracidad; mas, aún siendo de narración sencilla en extremo, eso no impide que el lector de Letras puras pase por encima de determinados párrafos conservando tan solo el prescindible recuerdo de que aquellas partes no eran para él más que niebla de color grisáceo; lo cual, le niega el disfrute de más del 50% de la obra. 

Cada una de las cinco partes en las que se divide la novela cuenta con una nada desdeñable bibliografía científica (documentos no clasificados, informes y referencias, como se referencia) que sirvieron a Crichton para ahondar en sus miedos como novelista visionario, transmutando en una narración dura que se puede soportar gracias a que el autor se vale de un recurso clásico para tirarnos de la manga y obligarnos a quedarnos sentados en nuestro sillón, con el libro entre las manos: escenas cortas y capítulos de escasa duración, rubricados siempre con frases que tratan de inquietarnos, pues no terminamos de ver el final de túnel entre las agobiantes paredes de un laboratorio unido a un ingenio nuclear preparado para explotar. Sin embargo, la tensión final o clímax de la novela no es tal, a pesar del empeño narrativo por parte del autor por generarlo, con cuenta atrás incluida y todos los obstáculos posibles para detener a un personaje destinado a ser el héroe, pues sabemos desde el principio que los protagonistas sobrevivirán al incidente.

Michael Crichton, con «La amenaza de Andrómeda», plantea la posibilidad de que nuestro primer contacto con entes exógenos sea a nivel microbiológico, aunque no por ello afirme que el problema haya de venir del espacio profundo. Ya aventura la posibilidad de que los artefactos espaciales, en sus viajes de regreso a la Tierra, traigan consigo pequeños e invisibles cargamentos de bacterias, virus... formas biológicas que se encuentren en altas cotas por encima de la atmósfera terrestre, para las cuales carecemos, por Naturaleza, de inmunidad sanitaria alguna, tanto desarrollada mediante evolución natural como artificialmente; así como el peligro que suponen los miles de desechos que orbitaban ya sobre nuestras cabezas allá en 1969, amenazando de muerte los viajes espaciales.

Es, sin duda alguna, una novela que tiene demasiado de libro de texto, más de lo que nos agradaría reconocer si lo que se pretende es disfrutar de un thriller, mas no por ello cuenta con elementos que desmerezcan su lectura, sirviendo de manifiesto de lo que es el verdadero cometido de la Ciencia, que no es otro que entender y mantener una mente abierta ante los retos que los espacios ignotos nos puedan plantear. Eso sí, si comenzáis con ella y os paráis a la primera de turno por culpa de las explicaciones científicas, lo mejor que podéis hacer es abandonar y dedicar vuestros esfuerzos y dioptrías a otros paisajes literarios menos áridos.