lunes, febrero 06, 2017

Armando bulla con el bullying

Como si de un deporte de riesgo recién puesto de moda se tratara (como si de un problema nuevo también, ¡ejem!), nos hacemos los modernos y copiamos del anglosajón un termino ing para acuñar uno de los males endémicos de las aulas: el acoso escolar. Como si así prestáramos más atención o mostráramos un mayor interés sobre una triste constante que muchos hemos sufrido y que a muy pocos importa en realidad.

El pasado día 27 de Enero saltó a la palestra periodística y de corrillo de café de escasa catadura una noticia que sacudió las adormiladas redacciones y a los más ociosos del lugar. Un joven de 17 años, taciturno y brillante estudiante, trata de coser a puñaladas, poco certeras, a cinco compañeros de clase en un instituto de Villena (Alicante), ahí, como si esa mañana se hubiera caído en la marmita de la horchata. De poco ha servido que se haya ido desgranando detalle a detalle, dato a dato, su periplo por su particular río Estigia, que hemos vivido unos y viven aquellos para los que nuestra propia naturaleza o educación nos impide replicar a la agresión física y/o verbal de los abusones (siempre en plural) que amargan la existencia durante esos fatídicos años. De poco o nada, pues las autoridades más incompetentes, empezando por la dirección del centro y terminando, a la fuerza, por el equipo psicosocial de turno baten las palmas por colgar al muchacho unos antecedentes penales de escaso vuelo por ser menor de edad (pero que los llevará siempre socialmente y que puede arruinarle más la vida) y por coronarle, gustosos, de informes que lo tildarán de psicópata, perturbado y/o anormal. De alguien a quien excluir de nuestra perfecta y preciosa sociedad de hipócritas de medio pelo y pluma.

—El sufrir acoso escolar no justifica su reacción. Tiene que haber algo más en el plano psicológico —recogió una voz cuasianómima en uno de tantos reportajes emitidos por televisión. Y si sabemos leer entre líneas y por dónde suenan los tiros.

No. Es que eres víctima y eres tonto de capirote. Pero ya sabemos de qué palo van los psicólogos: todo el mundo está tarado menos ellos. ¡Qué suerte la suya!

Este chaval va a pasar, por bondad y preocupación de los estamentos inamovibles de la enseñanza y “educación”, de víctima a monstruo por el simple hecho de haber llegado a su límite. Y quienes le agredían pasarán a formar un coro de plañideras y cocodrilos durante la Vista judicial para, luego, fardar ante sus chavalas de la herida de combate, a la par de que se siguen descojonando del “perfecto estudiante al que se le fue la chota”.

El nuevo anormal será escrutado con repugnancia a la par que sus acosadores serán recogidos y acunados entre almohadones pues, «compréndeles, ellos son así porque habrán sido víctimas de acoso»… probablemente o plausiblemente o imaginariamente o búsquese cualquier excusa más bonita. Pero es que los acosadores se limitan a cumplir una función tan común como plural en la Historia del género humano: eliminar al individuo que no case con la mayoría, ya sea neandertal, judío o extraterrestre, ya puestos. El pájaro solitario o distinto tiene que morir picoteado por sus congéneres, máxima, quizá, darwinista que sobra en un mundo civilizado que ha sufrido demasiados sobresaltos y construido cámaras de gas para aburrir.

La dirección del centro de estudios, por no ser menos que aquellos otros que se han apuntado marcas pintadas de rojo sangre con suicidios y otras delicatesen que no quitan el sueño, clamará y alzará las manos al cielo de la Administración, llamando a la oración de “El Protocolo” o de “No Nos Han Impartido El Curso Correspondiente Para Detectar El Bullying”. Esas dos suras se las saben al dedillo y las entonan sin necesidad de ablución alguna.

A ello sumamos chorradas del tipos concentraciones de un minuto, pancartitas y toda esa parafernalia de bazar de suburbio. Y no olvidemos la nueva máxima: «Esto, o sea, se arregla hablando. Juntamos a agredido y agresor, se dan la manito y un par de besitos» y al primero que se dé la vuelta le dan por el culo.

Soluciones reales, por favor. Nada de protocolillos que terminan siempre con el agredido marginado y expulsado del centro como premio de consolación.

No atesoro gratos recuerdos de mi paso por la EGB y el Bachillerato simplemente porque sufrí acoso y derribo. La cosa no llegó a causar sangre. Cierto es que lo sufrí en un nivel casi superficial comparado con el caso de este chaval y otros tantos de hoy día. Vamos, infinitesimal. Creo que ni tengo derecho a quejarme al compararme. Risas, burlas y humillaciones por todo y en todos lados. No hubo ápice de mi ser físico o mental que no sirviera de cálido entorno para su regocijo e inventiva. De estudiar y demás, no estaban muy puestos, pero más de uno podría mandar el currículo a El Club de la Comedia del Gilipollas, que empleo encontraba seguro.

Y lo reconozco. Aún hoy me gustaría devolver el golpe a algún y alguna de aquella etapa y creedme que la única forma se soy capaz de imaginarlo es infligiendo dolor físico, como tan solo ha sido capaz, en grado de tentativa frustrada y por falta de verdadero intención homicida, este chaval de Villena (sí, soy un monstruo enfermo suelto por la calle, ¡sacad las horcas!). Pero lo que más me viene a la cabeza (y duele) es tener la constancia, fría y calculada gracias al Tiempo transcurrido, de que te rodeaba gente que podría haberte ayudado y que no movió un solo dedo. Que no hicieran nada tus amigos llega a tener incluso justificación, pues también velaban por su integridad en un acto egoísta de supervivencia e, incluso, sufrían acoso esporádico por parte de los mismos imbéciles de turno, por los mismos hijos de la gran puta. Pero que algunos profesores, adultos que debían protegerte, se limitaran a ser meros testigos de las agresiones y humillaciones que se llegaban a perpetrar en mitad de la clase… Para ellos no tengo etiquetas. Sabían, miraban para otro lado y hasta se reían, pues la ocurrencia les llegaba a hacer gracia, a la par que pasaban del tema. Y no digamos ya cuando algo se removía en tu interior y llegabas a reaccionar. En mi caso, un buen día estallé y empleé nuestro rico castellano con unos de estos bravos risueños, pero con tan mala fortuna que llegó a los oídos, atentos según  para qué, del profesor de turno con el siguiente resultado:

—No me esperaba algo así de ti, Javier —me amonestó el susodicho adulto, manifestación a la que siguió el cloqueo generalizado y liderado por el bully que recibió mis groseras palabras, pronunciadas con una leve tartamudez, y con las que se chupó los dedos. 

Y hoy sigue siendo la misma historia. Incluso esos bastardos seguirán siendo los ojitos derechos de estos profesores. Unos chicos y chicas palurdos que no saben ni contar dos y dos, pero que mantienen a raya a los panolis que conforman toda la clase. ¿O no hemos pensado y dicho abiertamente esto, queridos profesores de mis recuerdos?

Empatizo con este muchacho que ha tenido el valor o la desesperanza mayúscula de tener que responder al estímulo de la única forma que ha sido capaz; a quien han obligado a armarse con un cuchillo y asestar unas poco certeras puñaladas para dar a entender que no iba a consentir ni una burla más, ni una colleja más. Empatizo y me solidarizo ahora, más que nunca, pues va a convertirse en el paria al que todos señalarán y musitarán un “pobrecito loco” a su paso, entre pena fingida y placer sádico en la sonrisa por parte de alumnos hideputas, cierto profesorado cómplice y buhoneros licenciados por la Facultad de Psicología de la Sublime Estupidez... Y con una Justicia que corre con los pantalones a la altura de los tobillos.

Y nadie se acuerda de él en los medios, por ahora.