martes, marzo 21, 2017

Guardia de ensayo: «Enigmas sin resolver II», de Iker Jiménez

Editorial EDAF, Fuenlabrada
6ª edición. Marzo de 2001
306 páginas
ISBN: 84-414-0726-6
Bebés con la capacidad de hablar lenguas extrañas, duendes que se cuelan en cocinas, poltergeists por los Madriles, animales extraños que arrasan rebaños de ovejas en plena noche navarra, fuegos espontáneos en pleno 1945, hombres de Iglesia comprometidos con el estudio del enigma de los Ovnis, seres humanos aquejados de terribles malformaciones por las que pudieron se confundidos en su tiempo con entes diabólicos e, incluso, con extraterrestres... Todo esto y más en el segundo trabajo de Iker Jiménez, quien reseña buena parte de los Expedientes X españoles que se dejó en el tintero con «Enigmas sin resolver»

Abigarrado conjunto de casos o desafíos a la lógica, como bien los define Jiménez, que plantean al lector un amplio abanico de interrogantes que engarzan perfectamente con el título de la obra, algo en lo que fallaba estrepitosamente el hermano mayor de este proyecto que se presentaba como saga y que no sé si habrá dado para más en un formato tan reducido como el de papel: bebés con la capacidad de hablar lenguas extrañas, duendes que se cuelan en cocinas, poltergeists por los Madriles, animales extraños que arrasan rebaños de ovejas en plena noche navarra, fuegos espontáneos en pleno 1945, hombres de Iglesia comprometidos con el estudio del enigma de los Ovnis, seres humanos aquejados de terribles malformaciones por las que pudieron se confundidos en su tiempo con entes diabólicos e, incluso, con extraterrestres… 

Una exquisita y variada carta en la que Jiménez, echémoselo en cara con cariño verdadero, es incapaz de separarse de su tema fetiche. Tanto es así que hasta comparte con nosotros sus experiencias de impúber reportero de 11 años, siguiendo la estela de los avistamientos ovni de Vitoria del año 1984. 

«Enigmas sin resolver II» es un libro que cuenta con todo lo bueno y lo malo del primer volumen: sigue destilando ese entusiasmo propio de un hombre con vocación y respeto por lo que hace y hacia todo lo que lo rodea; un tipo escéptico pero que persigue ese esquivo misterio, carga tintas contra los duendes burlones de gabinete y se patea la geografía española en busca de respuestas, aunque tan solo sea capaz de llevarse al coleto más interrogantes. Jiménez termina ebrio de preguntas, pero no por ello sus ganas de seguir haciendo camino merman en absoluto. Me encanta esa crónica sosegada, a tiro de recuerdos y cuaderno de campo, de cientos de kilómetros por carreteras secundarias, de encontronazos con el silencio de temerosos testigos y apáticos funcionarios; pero el texto de esta segunda parte sigue arrastrando la tara del primer trabajo publicado, picado por una viruela de errores ortotipográficos que, aún con las prisas de las reediciones, bien habrían merecido una purga, pues hacen desmerecer el esfuerzo del autor. A esto he de añadir, para cerrar esta crítica negativa, que como lector me he sentido, al llegar a la última página, vacío, sin una mínima satisfacción para mi pecaminosa curiosidad en relación a los temas expuestos. Es como si nos hubieran puesto el bollo de canela en los labios y retirado justo cuando le íbamos a hincar el diente. 

Cierto es que Jiménez hizo mucho durante esa ya distante década de 1990, rascando puertas y memorias, pero el desasosiego por la falta de datos es abrumador y quién sabe si la culpa de todo ello no la tenga el resbaladizo paso del Tiempo, sino la parquedad de páginas. Me explico: el último capítulo está dedicado a los encuentros de varios periodistas y reporteros con el misterio, el absurdo. A priori, es un epígrafe interesantísimo pero que se queda en unas simples pinceladas; en un quiero pero no puedo. Se hace referencia a ciertos nombres propios de los que, esperando uno saber de sus experiencias, luego no se dice ni media palabra. No es que me importara quedarme sin leer el encuentro de Paloma Gómez Borrero con el fantasma de la embajada de España ante el Vaticano, pues me es conocido, pero sí que no se trascribiera un pedacito de entrevista a Miguel de la Cuadra Salcedo, por ejemplo.

En los doce capítulos anteriores, se escribe un punto final precipitado y me da la sensación de haberme topado con unos barcos de papel abandonados, sin tripulación, pero con la comida servida en humeantes platos, en el sollado. ¿Ímpetu de juventud?, ¿abrumadora falta de datos que aún, hoy día, no se ha podido solventar? Sí, pueden ser muchas cosas, incluso la innegociable exigencia de la editorial de entregar un segundo volumen en poco menos de un año, cumpliendo un máximo de caracteres para gastar lo mínimo imprescindible en la imprenta. Pero esto ya son simples especulaciones para matar el tiempo.

Una de cal y otra de arena. El innegable entusiasmo de Jiménez mermado por una edición de censurable calidad —más allá de unos simples y permisibles lapsus calami de recibo en todo tipo de obra, independientemente del autor, fecha y título—, y por una vertiginosa sensación de vacío en el lector.

Aún así, que nadie crea que no he disfrutado leyendo «Enigmas sin resolver II». Lo he hecho y mucho.