martes, noviembre 22, 2016

Guardia de cómic: reseña «Bateadores», de Mitsuro Adachi

«Bateadores» es considerado como el mejor manga centrado en el béisbol de instituto japonés, aunque también es una historia dedicada a esa etapa anterior a la madurez

Guiado, más que por ninguna otra cosa, por mi reciente afición al béisbol, busqué en Internet un manga cuyo eje central fuera este deporte tan complejo (como desconocido en nuestro país, a pesar de contar con divisiones y hasta una selección nacional). En todas las webs que fui consultando destacaba esta obra de Mitsuro Adachi por encima de todas las demás (incluso de la otra firmada por este mismo autor y dedicada al mismo deporte: «H2»). Me dije entonces: ¿por qué no adentrarme en sus tomos sin remordimiento alguno?

«Bateadores» (torpe título en castellano para un manga que responde al nombre de «Touch» y cuyo protagonista es un lanzador) sigue al milímetro la regla marcada por Mitsuro en el prácticamente ciento por cien de sus historias protagonizadas por adolescentes, siendo un deporte en concreto sobre el que, supuestamente, gira la trama central. El mangaka se sirve de los clubes de instituto de los que aquí tuvimos un lejano y primerizo conocimiento gracias a Chicho Terremoto, para escribir y dibujar una historia de juventud y de amor blanca pero sin cursilería alguna, y que se resume (en plan sinopsis de contraportada) de la siguiente manera: Los hermanos gemelos Uesugi, Tatsuya y Kazuya, son como el agua y el aceite y esto bien lo sabe su vecina y amiga desde la infancia, Asakura Minami, una chica adorable y hasta (demasiado) perfecta. Mientras Katchan es el chico responsable, estudiante aplicado y excelente pitcher, Tatchan es un desastre, un perezoso redomado y aprovechado, un patito feo a conciencia, el “estúpido hermano mayor” que podría cambiar su vida si se molestara en esforzarse mínimamente por algo. 

Katchan, además, vive para cumplir el sueño de Minami, con quien las respectivas familias ya han planeado unir en matrimonio: llevarla al torneo nacional de clubes de institutos de secundaria que paraliza al país desde la década de 1920, al Koushien, consiguiendo un pase con el equipo del Meisei. 

Los hombros de Katchan no se resienten por cargar con el peso de los sueños de Minami, aunque el joven se dará perfecta cuenta de que comienza a disputarse el amor de Minami con su hermano gemelo, quien, al parecer, no tiene otra aspiración que espiar a sus compañeras de clase mientras se cambian de ropa, con la ayuda de unos prismáticos. Esta floreciente lucha entre hermanos abocará a Tatchan, por amor propio, a ingresar en el club de boxeo, a pesar de que es un lanzador excelente, sin saber qué le espera cuando Katchan fallezca a consecuencia de las heridas sufridas al ser atropellado por un camión, justo el día en el que iba a disputar un partido crucial.

A partir de entonces llegar al Koushien no será únicamente el sueño de Minami.

La lectura del manga es muy agradable y me gustó desde el primer instante, gracias a la capacidad del autor de plasmar silencios y a esos detalles del cielo, las calles o la vida del instituto Meisei encuadrados en viñetas (aunque aquellos dedicados a los ojillos más rasgados y pícaros llegan a sobrar). Está muy bien trazado y dibujado, sobre todo cuando nos sumergimos en la tensión de los partidos de béisbol, entre los que destaca, por si lo dudaba alguien, el enfrentamiento con la Escuela Técnica Sumi del as Nitta Akio. Mitsuro está provisto de una gran sensibilidad para transmitir los sentimientos y las emociones que embargan a los protagonistas, no llegando jamás a derramar gotas de más y sabiendo donde introducir notas de humor gracias a los divertidísimos secundarios, tales como  Harada, Yuka o Nishimura; aún así, se aprecian ciertos elementos que no han quedado muy bien en el desarrollo narrativo, pues la pronta muerte de Kazuya, más que un recurso dramático, acaba siendo prueba de que el autor se veía incapaz de profundizar en el triángulo amoroso que comenzaba a gestarse entre los dos hermanos Uesugi y la adorable Minami, no quedándole otra opción que eliminar a uno de ellos, dejando vivo al personaje más interesante. Para rematar, el drama de la muerte de Katchan solo gana peso durante los últimos tomos de la colección, y eso que fallece en el capítulo 66, casi al comienzo. Resulta incluso incomprensible cómo Tatchan afronta esta pérdida asumiendo un papel cómico que va más allá del que le corresponde, como cuando se le ocurre burlarse de Koutarou, el receptor de Katchan, de una forma demasiado cruel.

Otro aspecto negativo es la noción de ciertos personajes de saberse actores en un manga, sobre todo Tatsuya, y los innecesarios cameos del autor entre sus viñetas, que poco o nada aportan. Son chistes sin fundamento y que no ayudan en nada, pues Mitsuro ya ha dotado de suficiente humor al texto gracias a la perra Punch o a Harada, ese gigantesco y taciturno Pepito Grillo, además de con las caídas de Nishimura.

Tampoco es comprensible la irrupción en la trama de la idol star Sotomo, de camino al Koushien o que todos los personajes, a pesar de haber transcurrido cerca de cuatro años entre el primer y el último tomo, apenas cambien físicamente, y otros, como Nitta, se vean mayores para, luego, rejuvenecer e, incluso, parecerse a Kazuya.

Mismo problema, al igual que sucede con el triángulo amoroso, se observa con el personaje de Yoshida, quien entra en escena como un acérrimo seguidor de Tatchan y termina obsesionado con ganarle el puesto de as del Meisei. Para cuando se va a disputar la prueba entre ambos jugadores, Yoshida ha de ausentarse del Japón, así, de repente. ¡Zas!. Pero la cosa no termina aquí, pues Yoshida regresará a los pocos meses y se encuadrará en un equipo de béisbol de instituto bastante mediocre que ha sorteado con fortuna los primeros lances en el camino hasta el boleto de acceso al Koushien, gracias a los lanzamientos de su as. Yoshida, en sí mismo, es un ejemplo de arrogancia y de hasta cierta vileza a la hora de querer ser algo que no se es; sin embargo, el autor se libra con cierta crueldad de un personaje que guarda cierto parecido con Nitta Yuka.

El personaje del odioso y violento entrenador sustituto del Meisei, aunque desarrollado, se ve alterado por el maltrato injustificado y las humillaciones que dispensa a placer, siendo que solo se porta como un entrenador de verdad cuando ve que esos pobres chavales, que nada malo le han hecho, están a punto de llevar a su instituto, por primera vez en su historia, al torneo del Koushien. Son interesantes las luchas dialécticas que protagoniza con Tatchan en el banquillo, demostrando la madurez y responsabilidad del mayor de los Uesugi, así como su brusquedad en contraste con la conmiseración de Tatchan y Minami hacia su enfermedad. Pero le falta algo al personaje.

La historia que termina templándose es dulce, de las que sabes a la perfección que culminarán con una sonrisa, pero a mí me pilló desprevenido, fuera de juego, pensando que aún me quedaba un tomo más y resultaba que estaba leyendo el último de la serie. Esperaba ver a Tatchan y al Meisei en el Koushien, pero los capítulos se sucedían y yo no me daba ni cuenta, a pesar del tono de despedida (dirigidos al lector) que se advertía en los diálogos referentes a la historia entre Tatchan y Minami. Me atropelló su final, cuando el verano queda rápidamente atrás y el otoño deshoja los árboles.

Los tomos no me han dejado satisfecho por la simple razón de que me he encariñado deestos personajes, dándome ahora perfecta cuenta de la elegancia con la que Mitsuro cierra una serie creada y cerrada hace treinta años.