
Reciente artículo publicado en LA RAZÓN y firmado por nuestro gran amigo Luís Mollà Ayuso.
http://www.larazon.es/noticia/5954-violet-jessop-la-mujer-que-sobrevivio-a-los-naufragios-del-titanic-y-su-gemelo-el-britannic
Navegando por el Mar de Papel Moneda, y otros mares... (Sailing at Sea of Banknotes, and others seas...)






A continuación os dejo unas líneas escritas por él y que están muy cercanas de su corazón y de cualquiera de nosotros:
Por casualidad, estaba hace unos días navegando por los extensos mares del Google, y avisté este Blog del Navegante MP. Llamó mi atención las referencias al buque escuela Juan Sebastián Elcano, del cual el autor se confiesa enamorado, a pesar de que no ha pisado su cubierta, y, siendo yo un “veterano” marinero de este barco de leyenda, sentí el impulso irrefrenable de salir del anonimato y mandarle un saludo desde el otro extremo de la península. Después de intercambiar algunos e-mails, Javier me animó a que intentase describir, en un artículo, mi experiencia a bordo del Elcano. Un reto harto difícil, ya que no es sencillo condensar en unas cuantas líneas, no solo los hechos acontecidos durante los 10 meses vividos a bordo del buque, sino las sensaciones y los recuerdos imborrables que me dejaron tantas y tantas vivencias.
De cualquier modo, vamos a intentarlo, a ver qué sale.
En primer lugar, me presentaré brevemente. Yo llegué al Elcano por un cúmulo de casualidades. En primer lugar, el sorteo de la mili del 89 dictaminó que los nacidos en Abril, teníamos que ir a la Armada y, en mi caso, a la Zona Marítima del Estrecho. Una vez en San Fernando, durante el mes de instrucción, pasó por el cuartel un oficial explicando la posibilidad de alistarse voluntario en el buque escuela Juan Sebastián Elcano, y ante la perspectiva de pasar todo un año haciendo una mili anodina a 1000 km. de casa, decidí apuntarme a la aventura, no tenía nada que perder. La única duda que me perseguirá siempre es saber si hubiera sido mejor dejar pasar esa oportunidad y alistarme unos días mas tarde al buque oceanográfico Las Palmas en su expedición de ese año a la Antártida.
Pero no me puedo quejar. La experiencia en Elcano es de las que marcan a una persona para toda la vida. Primero fueron tres meses haciendo vida a bordo, conociendo el barco y participando muy activamente en todas las tareas de reparación y puesta a punto que se llevaban a cabo. Tocaba trabajar, y trabajar duro, pero la sensación de que después llegaría la recompensa nos mantenía firmes en nuestra ilusión. Por el hecho de haber sido estudiante universitario, llegué al servicio militar con 24 años y eso me confería el estatus de “hermano mayor” para muchos de mis compañeros que apenas habían cumplido los 19 años. La edad, y mi capacidad para hacer frente a la adversidad, hicieron que, en más de una ocasión, tuviera que dar apoyo y reforzar la moral de más de uno que quería abandonar antes de zarpar…
Pero por fin llegó el momento esperado. Tras un viaje de prueba por
¡Ah! ¡La navegación! Esa parte es la protagonista principal de los seis meses del viaje. Las paradas en puerto eran intensas y divertidas, pero lo que realmente convierte al viaje en el Elcano en una experiencia inolvidable son los 155 días de navegación que acumulamos en todo ese tiempo. La mayoría de días se parecían mucho unos a otros, porque, a bordo, todo se rige por unos horarios y unas rutinas constantes que te dejan poco tiempo libre, lo cual te ayuda a evitar el tedio. Aun así, siempre había momentos de ocio, para charlar, para ver alguna película, para escribir todas las cartas que pensabas enviar en el próximo puerto, para ordenar las fotos y los recuerdos del puerto anterior. Recuerdo con especial cariño las charlas con los colegas en la proa del barco, por la noche después de cenar, sintiendo el rumor de la proa cortando las aguas del Caribe, con el cielo pleno de estrellas y sin ganas de bajar al sollado a dormir porque hacia demasiada calor. También recuerdo con emoción las llamadas por sorpresa para realizar alguna “maniobra general”, momentos de nervios, en los que cada uno corría a su puesto para cumplir las órdenes que llegaban desde el puente y ayudar a conseguir que aquel bergantín goleta de cuatro palos se gobernara con total precisión. Durante esos seis meses nos acompañó un buen tiempo en general. Tan solo tuvimos que capear un par de temporales (el peor de ellos, llegando a Finisterre), y soportar estoicamente la calma chicha con la que el Pacifico hizo honor a su nombre durante varios días seguidos.
Mi destino era la radio del barco, un cierto privilegio, porque disponíamos de un potente aire acondicionado (para proteger los equipos electrónicos), y mi nombre de guerra era “Alcañiz”, (mi pueblo de nacimiento). De mis dedos salieron docenas de mensajes telegráficos que se enviaban al Cuartel General de
Cruzar el Atlántico a vela, sortear las pequeñas Antillas, entrar en San Juan ante la presencia amenazadora de los cañones de la fortaleza de San Felipe del Morro, cruzar el canal de Panamá en ambos sentidos, entrar en
Desde hace algunos años, ya no hay marineros de reemplazo a bordo de Elcano, todos son profesionales, hombres y mujeres. Seguro que para ellos también representará una experiencia singular, pero estoy convencido de que lo era mucho mas para aquellos que sin ser militares, ni marineros, llegamos allí voluntariamente con el ansia romántica de la aventura. Alistarme en el Elcano fue una de las decisiones mas acertadas de mi vida.
Ojala alguno de mis compañeros llegue a leer estas líneas y se anime a contactar conmigo, o mejor aun, a explicar su propio relato. Seguro que Javier estará encantado de ser nuestro anfitrión virtual.
Antonio Ollés “Alcañiz”