Mostrando entradas con la etiqueta Reseña a la obra de Stephen King. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reseña a la obra de Stephen King. Mostrar todas las entradas

jueves, octubre 08, 2020

Guardia de literatura: reseña a «Cujo», de Stephen King


RBA Coleccionables SL, Barcelona
2007
ISBN: 94-473-3478-3
416 páginas
Una novela brilla con luz propia y no por el hecho de que King se deshiciera de gran parte de los “habituales” en sus tramas

Éste es uno de los títulos que sobresalen de entre la bibliografía y biografía de Stephen King. La razón para ello puede considerarse como un tanto morbosa, pues, si tomamos al pie de la letra las declaraciones del autor, éste no guarda recuerdo alguno del proceso de preparación y redacción de la historia de lo colocado que iba tras la mesa de madera labrada en la que se parapetó durante años, un enorme mueble que no era otra cosa que el capricho de un hombre que había sido “atropellado” por la fama, el dinero y las adicciones; aunque sí guarda en la memoria la imagen que dio pie al proyecto y que responde a un encontronazo con un san bernardo con muy malas pulgas.

Debido a estas simples y hasta, quizá, exageradas notas, la novela brilla con luz propia y no por el hecho de que King se deshiciera de gran parte de los “habituales” en sus tramas, importando poco que la ambientase en la conocida localidad de Castle Rock. Aquí no nos saldrán al paso chicas amargadas dotadas de poderes psíquicos, obstinados vampiros a lo Bram Stoker o extraterrestres cabezones y con ojos almendrados de viles intenciones. El monstruo, como se preocupa King en dar a entender desde el primer párrafo, es muy simple y real; pavorosamente real. Tras hacer un esfuerzo retrospectivo con Frank Dodd, el policía psicópata a cuyo reino de terror dio fin John Smith («La zona muerta»), una especie de coco o sacamantecas para niños revoltosos, King nos enseña que la Muerte puede adoptar el rostro de un simpático titán canino cuyo comportamiento y mentalidad mutan hacia la oscuridad por la mordedura fortuita de un murciélago rabioso, contrayendo una enfermedad a la que se expone porque sus dueños no habían considerado necesario vacunarlo, ahorrándose, de paso, nueve dólares (seguir leyendo)

martes, marzo 12, 2019

Guardia de literatura: reseña a «IT», de Stephen King

DEBOLSILLO. JET
Barcelona, 2016
1504 páginas
ISBN: 978-8497593793
Canto nostálgico dedicado a la etapa infantil, tan importante y, a la par, tan subestimada; a un periodo que acaba emborronándose con la llegada de la edad adulta para muchos de nosotros.

Coulrofobia: dícese que de la fobia o miedo irracional a los payasos y mimos.

Mi dilatada experiencia como lector de las obras de Stephen King me ha arrastrado hacia diferentes y oscuras facetas del terror. Muchos son los títulos que han hecho sentir su peso en mis manos, aunque hay otros tantos que esperan su turno en medio del silencio. Algunos deben su actual estado inerte a una serie de elementos clave: su trama no me atrae en absoluto y el bueno de Steve, el Maestro de Bangor, publica a un ritmo mayor del que yo soy capaz de terminar una sola de sus novelas.

Pero existe una obra en concreto me resistía con especial empecinamiento. Siquiera me atrevía a rozar con la yema de los dedos su lomo: «IT».

Aunque no existe loquero con la pared cuajada de diplomas que me lo haya diagnosticado para su inclusión en letras doradas en algún rincón de mi currículum vitae, sé de siempre que sufro de coulrofobia, huyendo como alma que lleva el diablo de esas chillonas extravagancias y esos rostros maquillados en exceso que ocultan la verdad. Los únicos payasos cuya visión me es tolerable son aquellos entrañables de la tele: Miliki, Fofito…, más que nada porque no se ocultaban, pues su única deformación artificial constaba de unas prótesis nasales de color carne y unas pelucas lacias y pajizas y punto.

Iniciar la lectura de «IT» bien puede considerarse una prueba, una catarsis para esos miedos que algunos comparan con los del hombre primitivo frente al monstruo que irrumpe en sus sueños (y es que, encima, la criatura maligna se convierte (o es en realidad) en una especie Ella Laraña, lo cual ya riza el rizo). Quizá haya cometido un error; quizá King potencie mi terror hacia la figura plástica que juega conmigo desde el subconsciente. Pero aquí estoy, recién terminado de leer un cuento moderno de niños enfrentados a monstruos diabólicos.

El primer capítulo ya me dejó claro que «IT» pasaría a ser la novela de terror que más me impactaría. Hasta la fecha la corona la lucía, orgullosa, «El misterio de Salem’s Lot», pero la sencilla narración del pequeño George Denbrough tras su barquito de papel, directo a la muerte, resulta descorazonadora; me erizó el vello, incluso el de la barba (cosa que revivo al escribir estas líneas). Ese capítulo es corto, pero muy intenso, anunciando desde el primer párrafo la fatalidad. La imagen de inocencia del chicuelo, con su impermeable amarillo y sus botas rojas tras el barquito parafinado por Bill, su hermano mayor, encamado para curarse una gripe, mezcla a la perfección el amor fraternal y una desgracia terrible. No podemos hacer otra cosa que temblar ante el destino de Georgie, que corre feliz tras su juguete, mientras King nos susurra al oído que el niño tiene miedo a un monstruo que “anida” en el sótano de la casa familiar; un monstruo que, supuestamente, solo está en su imaginación infantil y que apenas es una sombra en comparación con el ser que asomará al otro lado de la alcantarilla, con Pennywise.

Tras el suceso sin explicación aparente de la muerte de Georgie, transcurren veintiocho años. Nos vemos encerrados en salas de interrogatorio de la comisaría de la Policía de Derry, en las que se trata de arrinconar a tres gamberros, sospechosos del asesinato de un joven homosexual. Será el segundo destello de Pennywise, aunque apenas remarcable en la declaración de unos de los sospechosos y de la pareja de la víctima. ¿De dónde habría salido ese tipo vestido de payaso? ¿Qué hacía bajo el puente? ¿Acaso importaba?

Finalizados estos dos brillantes capítulos, King desgrana a los personajes que van a ser los protagonistas de la novela y lo hará de adultos, en el 1985, al momento del asesinato del joven gay. Ha transcurrido una vida desde que se conocieran en aquel verano de 1958 y se enfrentaran a ese terror hambriento que consiguieron olvidar hasta que el recuerdo asoma al otro lado de la línea telefónica: Pennywise ha vuelto para exigir su tributo de sangre humana. El grupo de chavales había prometido regresar a Derry si sucedía tal cosa, no importando dónde estuvieran ni su situación personal, y esto es lo que le permite a King realizar una presentación muy interesante de los personajes que encajan biográficamente con la etapa vital del autor en aquel momento: ya no hay rastro de esos pobres profesores de inglés, de esos anónimos errantes de flacos bolsillos; aquellos tiempos habían quedado atrás para Steve, Tabita y sus tres hijos. Quizá solo quede el destello de fracaso de Mike Hanlon, casi encadenado a Derry para no olvidar.

La introducción de estos personajes se realiza a través de ciertos pasajes de su Pasado que condicionan su Presente, a excepción de tres, por los que King adopta una forma distinta de darlos a conocer. Todos son adultos que han alcanzado cierto éxito, incluso fama mundial, pero no por ello son necesariamente felices, como es el caso de Beverly, quien es retratada a través de los pensamientos de su marido, un brutal maltratador. Idéntica forma de ser presentado, a través de su cónyuge, recibe Stan, quien no soporta la idea de tener que cumplir aquella promesa infantil sellada con sangre en 1958, y se suicida en la bañera mientras su esposa ve tranquilamente la televisión. La tercera excepción es la de Mike, quien se eleva a la calidad de narrador a través de unas notas  manuscritas que se encuentran en la biblioteca pública de Derry, donde trabaja, y que daban cuenta de su proyecto de investigación de la ciudad y de ese horror que dispara las estadísticas de desapariciones y asesinatos cada ciclo de entre 27 ó 28 años. 

Tras ellos da comienzo en sí la historia de «IT», del encuentro de todos los chavales con ese detallismo al que King nos tiene acostumbrados, tanto visual como musical (abusando, creo yo, de Bruce Springsteen).

«IT», como «Cuenta conmigo», es un canto nostálgico dedicado a la etapa infantil, tan importante y, a la par, tan subestimada. La edad de los personajes en concreto, la ambientación (finales de la década de 1950), todo, sirve a King para rememorar ese periodo del que guarda muy buen recuerdo, pero que fue el mismo del que surgieron sus miedos y obsesiones. Un periodo que acaba emborronándose con la llegada de la edad adulta para muchos de nosotros.

King desarrolla a sus protagonistas de forma excelsa, a través de pasajes de amistad y de terror, primero individual y luego colectivo. “Eso” es lo que los aúna en una cruzada que bien puede ser contra los males de la sociedad, materializados en la ciudad de Derry, o contra los miedos puramente infantiles; la propia Derry es el coto de caza del Mal. Quizá por eso la escena que más me horrorizó sea la más simple; dejo muy de lado las alucinaciones de Eddie con zombies o sanguijuelas voladoras que enmudecieron a Beverly, todo lo gore, así como la araña gigantesca, un terror puramente cósmico a semejanza de los creados por H. P. Lovecraft; estoy hablando de una escena cotidiana (¿acaso King no es el rey del terror cotidiano?), protagonizada por Ben Hascom, quien, de adulto, recorre la biblioteca que le marcó tanto de niño y donde se topa de frente con Pennywise, a quien solo él puede ver. No es un capítulo de uno contra uno, como sucede en el regreso de los chavales a Derry; la sala de la biblioteca está ocupada por diferentes lectores, pero solo Ben se percata de la presencia de Pennywise y éste de la de Ben.

Me ha gustado especialmente el diario-ensayo histórico de Mike, quien desgrana la Derry negra, con sus extraños pasajes de violencia inexplicable a través de la transcripción de varias entrevistas realizadas a testigos presenciales de brutales asesinatos y reyertas. Rompe con el hilo de la narración, marca de King, al igual que esas pequeñas crónicas informativas que acompañan a la trama.

Pero lo que menos me ha gustado es la inclusión de varios personajes secundarios que poco o nada aportan. En concreto hablo de Tom Rogan, el violento marido de Beverly (una copia al carbón de su propio padre), quien ayuda a una magnífica presentación de la protagonista, sí, pero cuya participación posterior en la novela, más allá de ese capítulo introductorio, es nula. Es más, para cuando King vuelve a colgarlo de la trama, te cuesta unos segundos dar con la respuesta a ¿quién demonios es ese tal Rogan? Su peso no resulta mayor que el del primer peón en caer en una partida de ajedrez.

Más frustrante es el Henry Bowers adulto. King se deshace frente al teclado con su demencial versión juvenil, sin réplica pasados los años. Bowers, una buena noche de 1985, se escapa del manicomio donde está encerrado, cumpliendo pena por varios asesinatos, y King solo lo emplea, con excesivo detallismo, para sacar momentáneamente de la circulación a Mike y asustar al hipocondríaco Eddie.

Son dos personajes casi absurdos. Incluso sobra la famosa actriz Audra, la mujer de Bill Denbrough, a pesar de que protagoniza una escena de esas que te hacen sudar cuando es capturada por “Eso”. Pero  King la reserva (esa es mi idea) para dar a su novela un final diferente, más positivo y menos siniestro, al seguir unas líneas paralelas marcadas en «Cementerio de animales», pues, en esta ocasión, Bill, el marido, logra salvar a su esposa de las garras del mal absoluto y le devuelve a una vida real.

Como es típico en King, el amigo no es capaz de evitar meter algunas escenas que podrían haberle encantado a él, pero que me han parecido poco menos que prescindibles. Quizá el problema fuera mío, pero no me pareció muy digna la descripción de la llegada de “Eso” a la Tierra o el mal trago de Richie paseando por Derry, enfrentándose a la estatua de Paul Bunyan. Tampoco la escena dentro de la casa de Neibolt Street con un hombre lobo con chaqueta de instituto emergiendo de una taza de inodoro. Entiendo la pasión de King y de los propios muchachos por el cine de serie B, pero esto último quizá sea demasiado.

«IT» es, a fin de cuentas, la obra de ficción firmada por King que más me ha costado terminar de leer. Precisamente no es corta, pero no es la razón por la que me haya resultado dura de tragar; es como si, por fin, el amigo de Bangor hubiera dado con la tecla correcta para prolongar mi pesadilla durante meses.

miércoles, julio 04, 2018

Guardia de literatura: reseña a «Carrie», de Stephen King

Random House Mondadori.
Barcelona
5ª edición, Octubre de 2008
255 páginas
ISBN: 978-84-9759-569-8
King plantea una historia de maltrato y desprecio descarnados y también, desde su óptica y experiencia como profesor de Inglés, una acusación contra aquellos compañeros de enseñanza que son testigos mudos del abuso y que no hacen nada por defender a la víctima o lo hacen cuando todo está perdido

Este es un título sobre el gira una leyenda cuasiurbana, que tendrá su base de realidad, y que es avivada por King cada vez que le dan la oportunidad. Recuerda un poco a aquella otra referente a cierta obra clásica del género de terror que, tras pasar por la retina y entendimiento de la esposa del autor, ésta, espantada, arrojó el manuscrito a las llamas, donde se consumió por completo. El afligido escritor se vio entonces en la urgencia de reescribirla en una sola noche, calcando de su memoria todo aquel horror imaginario. Con «Carrie» fue King quien echó el borrador a la papelera, siendo Tabitha, su mujer, quien lo rescató del fondo de la basura; algo que fue providencial, pues ésta sería la primera novela del de Bangor y con la que alcanzaría la fama que tanto ansiaba; con la que se terminarían de raíz todos los problemas personales, el malvivir en una caravana con un raquítico salario de maestro que apenas servía para hacer frente a los gastos de una joven familia de cinco miembros y cuyas facturas medicas se abonaban a golpe de relato publicado en revistas como Playboy.

King no se las tenía todas con él, sin sospechar nada de lo que se escondía al otro lado de la puerta de la edición de esta novela. Tenía dudas que se centraban en el propio argumento. ¿Cómo trasladar el drama y el horror a una línea protagonizada por adolescentes? Era una pregunta complicada a pesar de que él mismo era profesor y  observaba a sus alumnos a diario desde el otro lado del pupitre. Carecía, en su convicción, de la visión por debajo del pedestal de los adultos. Pero la obra fue rescatada por Tabitha, tras una jornada desquiciante para Stephen, llegó a la editorial correcta y se escuchó ese click inesperado: todo encajaba, incluso entre el público y la crítica.

«Carrie» es una novela de principiante. Apenas llega al mínimo de palabras exigido para ser considerada una obra larga y el autor se sirve sin pudor de un recuro que sería común en sus primeras obras: poblar los capítulos con extractos de noticias, teletipos, libros especializados y testimonios, todos de su propia factura (y en los que el autor comete algún que otro fallo). ¿Esta medida la eligió King con el ánimo de presentar un manuscrito con las dimensiones prescritas o estuvo así planeado siempre en su cabeza?, ¿genialidad o una triste excusa para cumplir? Me da igual, pues esos extractos le dan fuerza al texto, lo mantienen vivo y hasta son interesantes, cuando no divertidos.

Y esos mismos extractos se adelantan al propio desarrollo narrativo de la trama en «Carrie». Desde el principio sabemos qué va a suceder gracias a los sesudos “estudios” sobre la telequinesia, testimonios ante comisiones de investigación y libros de confesión escritos a posteriori por testigos que tienen una penitencia que pagar. Tras esas cuñas intermitentes, en las que se teoriza de forma subjetiva sobre el desastre de la ciudad de Chamberlain y los supuestos poderes de Carrie White, King relata la historia tal y como “sucedió en la realidad”. Resulta, así, digno de aplauso que King sea capaz de mantener firme al lector durante el corto desarrollo argumental protagonizado por la adolescente hija de Margareth White, una chica de instituto que es el centro de todas las bromas preparadas por los “graciosos” de turno, quién sabe si solo motivadas por su poco atractivo físico o por ser la hija de una fanática religiosa un tanto anormal que quiso matarla con un cuchillo nada más nacer. Lo cierto es que Carrie deambula como una alma en pena por los pasillos de una siniestra prisión, que se alza tanto dentro como fuera de su casa, donde es sometida a constantes vejaciones; y King plantea una historia de maltrato y desprecio descarnados y también, desde su óptica y experiencia como profesor de Inglés, una acusación contra aquellos miembros de la enseñanza que son testigos mudos del abuso y que no hacen nada por defender a la víctima o lo hacen cuando todo está perdido, cuando ya forman parte inseparable de la masa de risas hirientes, ya ese voluntaria o involuntariamente.

Todo el drama da comienzo en las duchas del vestuario femenino. Carrie, de 16 años, está experimentando su primera menstruación y sangra para su asombro y desolación; cree firmemente que se está muriendo. Sus compañeras no desaprovechan la ocasión, pues Carrie no sabe qué le está sucediendo, es así de tontaina, y le arrojan compresas y tampones para “¡que se lo tape!”. Una de esas chicas es Susan Snell, quien generará un sentimiento de culpa que le acompañará durante años, y que creía que su expiación la encontraría tratando de hacer feliz a Carrie. Otra de esas chicas será la cabecilla de los abusadores, Chris Hargenssen, cuyas emponzoñadas tripas elucubrarán un plan maestro para destruir a la paria, reducirla a la nada.

Las líneas convergen hacia el baile de fin de curso, algo tan típico y americano. Carrie es invitada por Tommy Ross, la pareja de Susan Snell, movido por la compasión y los tejemanejes penitenciales de su novia. A la par, tenemos a Billy Nolan, un macarra peligroso y violento con el que Chris se ha unido para beber, meterse mano y retar a la Muerte.

Una serie de casualidades llevarán a Carrie a la humillación definitiva, momento en el que sus poderes alcanzarán un punto álgido, pasando de la pasividad mojigata a la locura homicida.

King recoge en este título varios ingredientes comunes en sus próximas novelas: elementos paranormales, violencia, muerte, retazos de la etapa juvenil, la religión mal entendida y la deshumanización de pequeños núcleos de población ante lo inesperado, aunque siempre manteniendo un brillo de esperanza apenas discernible.

El argumento de «Carrie» es simple. Si lo desnudásemos de los adornos, de esos que le quedan tan bien, casi es un cuento de terror de escaso fondo, nada más allá de la advertencia de que uno nunca sabe a qué fuerzas se está enfrentando y que la humillación siempre pasa factura, deja marcas lacerantes en la víctima y, en ocasiones, en los agresores, siendo estas últimas mucho más profundas y brutales. Un apunte psicológico real sobre el que no se tiene plena conciencia hasta que acontece la desgracia.

martes, abril 10, 2018

Guardia de literatura: reseña a «Todo es eventual», de Stephen King

Plaza & Janés. Barcelona, 2003
Primera edición
474 páginas
ISBN: 84-01-32888-8
King compone un menú nada original y apetecible; más bien una excusa para que su editor esté con la boca cerrada por un tiempo, o sumar más títulos a la estantería y alcanzar una cifra más alta en su cuenta bancaria; no lo sé

Hasta la fecha no había experimentado tal sensación al leer una obra firmada por el conocido como Maestro de Bangor, y eso que he tenido buenas oportunidades para ello (véase «La tienda»). Ha sido con esta recopilación de catorce relatos cuando me han asaltado unas imperiosas ganas de cerrar las tapas y abandonar la lectura, asqueado.

Enfrentarse a estos títulos cortos puede ser una excelente idea para las jornadas de estío, mientras el sol aguanta sobre el firmamento, y así lo pensé; pero pronto me di cuenta de que King, o la editorial que le obligó a componer semejante rosario de historias, nos han embaucado como a unos primos (coniles, si pensamos en la novela «Joyland»). Salvo por algunas piezas como “Las hermanitas de Eluria”, “La habitación de la muerte” o “1408”, que me parecen excelentes, tanto que la última me puso la piel de gallina (probablemente sugestionado por la nota introductoria de King), el resto son una pila amorfa de palabras en la que predomina la narración en primera persona (bastante mal llevada, por cierto), que vomita protagonistas simétricos, de idéntica pátina y personalidad, con redundancia de efectos, como si las historias se plagiaran las unas a las otras de un modo desquiciante en un círculo sin fin.

King compone un menú nada original y apetecible; más bien una excusa para que su editor esté con la boca cerrada por un tiempo, o sumar más títulos a la estantería y alcanzar una cifra más alta en su cuenta bancaria; no lo sé. Se posicionan unos pocos relatos buenos junto a otros que parecen inseminados por el tedio del escritor o tocados por lo que deben ser en realidad: meros ejercicios para que la mente siga despierta en los días de huelga de brazos caídos de la Imaginación o de excesivo calor veraniego.

Tanto es así que hasta cuesta leer su prólogo, escrito por el mismo King, que no tiene el más mínimo sentido, pues lo mismo trata de los escasos beneficios de la emisora de radio que tiene en propiedad que de los primeros pasos de la Literatura en Internet. Mientras pasaba las páginas, las mismas que debían llevarme a la razón de ser de ese libro, porqué King había parido semejante criatura, me preguntaba qué narices era toda aquella mierda. Llegué al punto de estar convencido de haber malgastado el tiempo, no digamos ya cuando tropecé con algunas de estas historias, que parecen ser calcos de otras anteriores e, incluso, servirse de argumentos que podrían haber sido útiles para algunas de sus novelas de los años ’70, pues “Todo es eventual” parece tributaria, en algunos aspectos, de «Ojos de fuego».

Como siempre, hay una nota autobiográfica, y ésta la encontraremos en la inclusión de “Montando la bala”, un relato que fue pionero en esto de los ebooks que, en buena parte, me ha servido de íntima redención; pero, salvo unas contadas excepciones y las explicaciones de King sobre de dónde le surgen las ideas, poco o nada nos puede aportar este compendio que me ha decepcionado enormemente. He leído anteriormente otros recopilatorios de King y siempre me parecieron geniales, por lo que se ahonda más mi disgusto respecto a este “paquete” de catorce relatos.

martes, junio 20, 2017

Guardia de literatura: reseña a «Colorado kid», de Stephen King

Título original: «The Colorado Kid»
Primera edición. 2006
Random House Mondadori. Barcelona
ISBN: 84-9793-861-5
151 págs.
Un Kit Kat para King, quien ha pretendido dar a entender a sus fans que no hace falta que el terror se inmiscuya en las vidas de sus personajes para construir un drama desasosegante

Solo alguien de la talla (y los números) de Stephen King podría haber convencido a su editor para que publicara esta novela corta de forma independiente, sin servir de dilatado entrante a un menú de relatos cortos de variada intencionalidad literaria.

«Colorado kid» se presta a ser un descanso para el viejo King y una fórmula perfecta para regresar a los años de adolescencia, a cuando hacía sus pinitos como articulista deportivo en un periódico, antes de ganarse a duras penas el pan con la enseñanza y forrarse el riñón con la literatura, incluso antes de los tiempos de sus primeras publicaciones en Playboy.

El cuerpo larguirucho de King muta hasta convertirse en Steffi McCaan, una veinteañera de melena de fuego, becada durante tres meses en el periodiquillo The Weekly Islander de la isla de Moose-Lookit, frente a la costa de Maine; aunque Steffi, es lo cierto, se presenta como público y no como narradora. La chica ha tenido una suerte morrocotuda y recibe clases de profesionalidad por parte de dos generosos profesores, un par de viejos periodistas que suman más de cien años de experiencia. Y nosotros pasamos a ser espectadores también, invitados invisibles a una conversación que dura 150 páginas en las que no habrá resquicio alguno para que un monstruo se materialice entre las difusas sombras que bañan un armario con la puerta entornada, dispuesto a inquietarnos el sueño, ni para que unos morbosos vampiros o unos engorrosos extraterrestres nos obliguen a bombear sangre a los músculos de las piernas para que pongamos tierra de por medio; ni siquiera habrá oportunidad para que nadie culmine la pesada tarea de decorar una habitación con unas preciosas manchas de sangre y algo de masa encefálica de su última víctima.

Como recalcan los dos ancianos, Vince y Dave, el misterio sin resolver que se guardan para ellos dos solos, el de la extraña muerte de Jim Cogan, Colorado Kid, no tiene (aún) hilo que permita publicar un reportaje al respecto; es un cabo deshilachado por demasiados sitios, que no se solventa con una supuesta muerte por atragantamiento, dictaminada por el forense un cuarto de siglo atrás, pues hay que llegar a saber cómo es posible que Cogan llegara desde su hogar, Denver, hasta Moose en tan poco tiempo y qué le empujó a ello. Por suerte, los dos veteranos pudieron entonces dar con la identidad del fallecido, que solo había dejado unas contadas pistas que se resumen en un paquete de tabaco, una moneda de diez rublos, un trozo de carne atorado en la garganta y pescado con patatas disuelto en el estómago, a las que se uniría después una supuesta y ejemplar vida familiar en Denver.

En tres actos que discurren en tres escenarios diferentes, como son el restaurante Grey Gull y el porche y la redacción del Islander, Steffie conocerá, a la par que se enfrenta a constantes exámenes orales para poner a prueba su inteligencia y astucia como periodista, la extraña muerte de Colorado kid y de lo que le pudo suceder durante las horas previas a tan luctuoso hecho; un relato Marlowiano al limón y sin resolución, pues el misterio que encierra Jim Cogan se lo llevó éste a la tumba, con el que King nos deja con un palmo de narices, pero sin que hayamos sido capaces de haberlas levantado del texto un solo instante.

King, intercalando notas documentales adquiridas en anteriores trabajos de investigación y novelas («El resplandor» o «Cementerio de animales»), ha pretendido dar a entender que no hace falta que el terror se inmiscuya en las vidas de sus personajes para construir un drama desasosegante; pero, dicho sea de paso, tampoco es que se haya esforzado en demasía por ofrecer una prosa más completa. Como ya se indicó al comienzo de esta reseña, es un intermedio, un break. Y a eso huele este librito al olfatearlo tras su lectura que, en no pocas ocasiones, puede resultar monótona aún con los fustigazos que se recibe en las posaderas, alimentando la curiosidad por saber todos detalles y secretos que se guardan ese par de viejos periodistas y qué posible resolución puede surgir en cualquier instante.

No habiendo final en sí, no sabemos si King ha sufrido de nuevo uno de sus típicos ataques de ansiedad que le impiden cerrar las últimas páginas como Dios manda.

martes, abril 25, 2017

Guardia de literatura: reseña a «El resplandor», de Stephen King

Título original: «The Shining»
Random House Mondadori. Barcelona
Colección Biblioteca de Stephen King.
DeBOLS!LLO
Cuarta edición: febrero de 2009
ISBN: 978-84-9759-380-9
652 págs.
King, a lo largo de más de seiscientas páginas y mediante la revelación velada de su terrible situación familiar hacia mediados de la década de 1970, demuestra ser un maestro de las letras, desmontando, capa a capa, el corazón y alma de sus personajes

El filme «El resplandor» es uno de tantos condenados a la reposición en bucle en el canal de TDT de la Paramount, junto con la trilogía de «El padrino», las otras tantas secuelas de «Desaparecido en combate» y todas las cintas protagonizadas por Bruce Lee; por ello, soy uno de tantos que han visionado el comienzo y el final de la película más veces de las que puede recordar, pero ni un solo segundo de su parte intermedia. Esto supone para mí una excelente excusa para poder adentrarme lo más virgen y puro posible entre las páginas escritas por Stephen King allá a finales de la década de 1970, aun cuando he tenido que luchar como un jabato para apartar de mi imaginación el desquiciante rostro demente que siempre ha lucido Jack Nicholson y la careta de sapo histérico de Shelley Duvall (así como el doblaje al castellano de Verónica Forqué).

«El resplandor» no es la primera ni será la última obra firmada por King a la que traslada ciertos episodios de su azarosa vida. Cuando trabajaba en el cuerpo de esta novela, King se hallaba inmerso en uno de los momentos más difíciles y delicados como marido y padre de familia. Su fama de novelista le permitió dar un mejor futuro a los suyos, pudiendo incluso dejar de sentir el ahogo producido por las estrecheces económicas y el confinamiento dentro de una caravana; pero también había traído el alcoholismo, la drogadicción y hasta una afición descontrolada por el enjuague bucal. King estaba sumido en las tinieblas en su día a día, llegando incluso a no recordar detalle alguno de la fase de preparación y redacción de la novela «Cujo».

Con el acompañamiento de la fiel máquina de escribir, King se alejó de Maine y de sus adicciones recluyéndose en un hotel donde sucedían hechos de difícil explicación y que fueron nutriendo al ficticio, gigantesco y oscuro Overlook, la dosis terrorífica de la novela, la cual tiene, no obstante, su eje principal situado en torno a la familia y su degradación, conservándose la dualidad entre el padre y marido amado y el monstruo hecho a imagen y semejanza del Overlook.

El de Bangor es Jack Torrance, no hay duda; un hombre que ama y es amado, pero cuya adicción al alcohol le ha conducido a la violencia y desesperación dentro del seno familiar. King-Torrance contaba con el apoyo de sus seres queridos, a los que había llegado a causar daño físico, y quiere enmendarse; pero es más fácil decirlo que hacerlo.

King, a lo largo de más de seiscientas páginas, demuestra ser un maestro de las letras, desmontando, capa a capa, el corazón y alma de sus personajes; se recrea en la descripción de la relación entre marido y mujer, esa abrupta montaña rusa de constantes altibajos entre el amor y el odio, el entendimiento y los celos, entre el respeto y la humillación, que no solo afecta a la pareja, sino también a los niños, los grandes olvidados. Estos no necesitan de poderes extraordinarios o de esplendor alguno para entender el significado de los gritos ensordecedores o murmullos recriminatorios que se filtran a través de las finas paredes o por debajo de la puerta del dormitorio. King convierte a Danny Torrance en protagonista, pero también en temeroso testigo, quien sufre lo indecible ante un posible divorcio de sus padres y la desmembración de su familia. Pero, a la hora de adaptar la obra al cine, Stanley Kubrick obvió buena parte de la trama familiar, algo que contrarió a King, quien formuló todas las protestas posibles a un guión cuya faceta oscura y de terror supera a la del libro.

Los tres personajes principales están bien trazados y se enfrentan a la pesadilla del Overlook de distintas formas, como sucedería ante la destrucción familiar por parte de King; sin embargo, el desarrollo terrorífico de «El resplandor», como novela, deja bastante de qué desear pues yo anhelaba toparme con ese par de inquietantes gemelas, con la sangre irrumpiendo en el pasillo… Pero solo he sentido la inquietud en un par de momentos, siendo uno de ellos, necesariamente, cuando Danny se mete en los túneles de cemento del área infantil del hotel; siendo que los setos con formas de animales pasan de ser un excelente recurso en el primer encuentro con Jack a un absurdo a medida que el Overlook gana poder.

Lo que menos me ha convencido es el final de la pesadilla en sí, pues me cuesta creer que lo que anida en el hotel pueda abrir la puerta de la despensa en la que Jack permanece encerrado, pero necesita de este hombre convertido en monigote para bajar la presión de la caldera de gas y, así, evitar que explote; como tampoco me convence el regreso de Dick Hallorann (King repetiría misma línea con la esposa del protagonista de «Cementerio de animales»); elementos ambos que le sirven a King de excusa para salvar a Wendy y a Danny del golpe mortal con el que Jack los haría papilla bajo la maza de roqué (que no hacha).

Es una novela de larga duración que se lee con gusto, sacándose uno tiempo de donde sea para pasar al siguiente capítulo, como sucede con todo lo que escribe el señor King; bien trazada a nivel humano, permite adentrarse en un pasaje oscuro del pasado del autor (y sospechar hasta del nivel de delirio al que pudo llegar), siendo su epílogo correcto dentro de lo que cabe, en clara alusión a Tabita y a sus hijos, aquellos por los que King consiguió burlar a sus demonios, aquellos mismos que lo convertían en un monstruo sin rostro.

martes, noviembre 08, 2016

Guardia de Literatura: reseña a «Joyland», de Stephen King

Stephen King tira de nostalgia y de juventud perdida a través de un muchacho de 21 años, de corazón roto, que se enfrenta a lo inexplicable y a un despertar a la madurez

El Maestro de Bangor presta su arte narrativo a un Devin Jones entrado en la sesentena, para que rescate del fondo de su memoria vital, tirando de la cadena nostálgica del ancla, su año 1973; aquel en el que su novia lo abandonó por otro tipo más alto, rico y guapo, conduciéndole a tomarse muy en serio en tomar la vía rápida y suicidarse; pero también aquel en el que pudo acabar asesinado a manos de un serial killer. Aquel mismo año en el que descubre el mundo de las ferias en el parque Joyland, en Carolina del Norte; en el que conoce a dos magníficos amigos, de esos que aguantan a tu lado toda una vida, así como a un chico muy especial y logra perder la virginidad con la madre de este último.

Devin contaba con 21 años y una vida que no sabía aún como encarrilar.

La novela, según la presenta la editorial, gira o se ambienta en un parque de atracciones con fantasma incluido, el de Laura Gray, que fue asesinada en una instalación de las llamadas oscuras; sin embargo, pronto daremos cuenta de que el fenómeno paranormal es residual en una historia que, por la simple razón de haberse salido de padre y de las marcas mínimas de extensión y número de palabras, ha terminado siendo una novela y no un relato de larga duración que habría tenido todas las papeletas para acabar cerrando filas en un recopilatorio en plan «Corazones en la Atlántida»

Resulta improbable que cualquiera que se considere aficionado a las obras de Stephen King no distinga en la narración elementos familiares o de la casa, incluso robados a otras historias anteriores en el tiempo; así, por nuestro paladar se arrastrará cierto regusto a «El resplandor», «El cazador de sueños», «La zona muerta», «Cementerio de animales» y otras muchas obras, mayores y menores, firmadas por este prolífico autor, quien tan solo tenía en mente, con «Joyland», escribir una historia de descubrimiento vital, recuperar un retal de memoria de un hombre entrado en años que quiere compartir con quien quiera el mejor y peor año que le tocó vivir; siendo, por ello, que no encontraremos el viejo y acostumbrado thriller, sino la historia personal de ese chico que se va a trabajar a un parque de atracciones al borde del colapso financiero; una historia detrás de las luces, colores y tinglados en los que la música está a todo volumen, de trastiendas donde los coniles no asoman la nariz: de un lugar sobre la Tierra en la que se vende diversión.

Devin relata su historia en dos partes bien diferenciadas en el texto: verano y otoño. La primera parte, alrededor del 65% del libro, sirve para adentrarnos en Joyland como novatos (trabajadores de temporada que nunca más volverán) que tienen que aprender de todo y deprisa a cambio de un salario ridículo que les servirá para pagar sus estudios universitarios. Entre casetas de feria, manchas de grasa y jerga de feriantes, Devin aprovechará para tratar de curar las heridas abiertas, provocadas por su nada discreta y sensible exnovia, e irá poniendo oídos a los que le susurran los secretos del parque, entre los que sobresale con luz propia el asesinato perpetrado en la Casa Embrujada y el fantasma de la chica muerta, que se suele aparecer a los novatos. Devin llega a ansiar encontrarse con el espectro y hasta le tiene envidia a su amigo Tom, que la vio un día que libraron del trabajo y que lo pasaron en Joyland como simples paletos.

El único momento en el que alcanzaremos a sentir (si se siente (yo sí)) un escalofrío recorrer el espinazo será al escuchar a Rozzie Gold-Madame Fortuna advirtiendo a Devin acerca de la Casa Embrujada y dos niños a los que conocerá, además de que, como era de esperar en toda pitonisa de feria, se cierne un peligro sobre su vida.

Entre experiencias laborales de todo tipo y cotilleos, el verano se nos pasa sudando a chorro.

Cuando las primeras hojas de los árboles comienzan a alfombrar el parking de Joyland y Devin consigue que se le amplíe el contrato de trabajo (por el capricho de poder encontrarse con el fantasma de Laura Gray), es cuando conocemos a las otras dos personas que se nombran muy de pasada durante las primeras ciento y pico páginas: Annie y Mike Ross, madre e hijo, quienes viven en una de las casas de ricos junto a la playa y en los que confluyen el elemento paranormal y la salvación de Devin cuando se alcance el clímax final, al desenmascararse la identidad del asesino en serie que hizo su última parada criminal en el tren de la Casa Embrujada de Joyland.

Mike resulta ser un chico afectado por una grave enfermedad que lo condena a una vida muy corta, pero que resulta estar en posesión de un don que comparte con el fanático religioso y charlatán de su abuelo. A pesar de su importancia y de lo bien que cae el chaval, al igual que Devin (nuestro John Smith («La zona muerta») de esta historia), vemos que su intervención en el texto como elemento paranormal es forzado. Incluso Annie, su madre, esa dama de hielo que, con dificultad, acaba derritiéndose ante Devin, regalándole otro despertar con el que olvidar al hombre que era antes de ese verano de 1973, no resulta estar presentada de una forma muy correcta. Para cuando se nos sirve a estos dos personajes, el plato está frío. Habría sido mejor idea la inclusión activa de este par de personajes sin tener que esperar al otoño.

Respecto al hard crime case de Joyland, King juega a marearnos la perdiz con la identidad del autor del crimen, aunque en ningún momento llega a explicar con un mínimo de fundamento porqué debemos dirigir nuestras pesquisas hacia los trabajadores del parque de atracciones. Juega con deducciones simplistas que, al final, nos llevan a detener nuestro avance detectivesco y a acusar con el dedo al personaje que menos era de esperar a priori, pues no nos hemos percatado, por culpa de la bondad y falta de malicia (además de ciertos prejuicios) de un chico de 21 años, natural de Maine, de que el asesino cuenta con la ventaja de tener cara y mascara. Sin duda alguna, el autor debe recelar de las personas que siempre están sonriendo y que se muestran demasiado amigables, sin que hubiera nada más negro en ellos que la sombra que proyectan un radiante 4 de Julio.

La resolución del libro no resulta muy trabajada, aunque lo está mucho más que otros títulos de King. No es un apelotonamiento de sucesos en un embudo conectado directamente a nuestras gargantas y mentes que termina por atragantarnos; pero es lineal y falto de originalidad, con la inclusión sin necesidad de elementos mediúmicos para salvar al héroe.

Aún así, la última escena cierra bien el ciclo narrativo por su emotividad y dramatismo, sin resultar pegajoso; es sincera, como toda la historia de Devin Jones.

miércoles, febrero 24, 2016

Guardia de literatura: reseña a «Cementerio de animales», de Stephen King

Series Plaza & Janés. Éxitos.
Editor: Esplugues de Llobregat, Barcelona 
Plaza & Janés, 1990
Edición: [3ª ed.].
Descripción: 301 p. ; 22 cm.
ISBN: 84-01-32109-3.
Unos meses atrás, treinta y cinco para ser precisos (nunca pensé que transcurriría tanto tiempo), al poner punto y final a la reseña dedicada a la novela «El misterio de Salem's Lot», prometí que la siguiente obra larga del Maestro de Bangor que leería y sobre la que opinaría sería «Cementerio de animales». No sé a santo de qué vino semejante manifestación de compromiso. Solo sabía de su argumento de oídas, un par de líneas, una anécdota, poco más. De entre toda la vasta bibliografía de nuestro querido Stephen, podría haber elegido cualquier otro título de mayor calado y profundidad, pero, al igual que un personaje de ficción que tuviera una vinculación desconocida con los bosques de Ludlow, algo parecía dirigirme, convencerme para que sobrepasara los lindes del pequeño cementerio de animales —de Pet Sematary, donde los niños de la localidad entierran a sus mascotas muertas en un delirante y siniestro ritual— y caminar por el Pequeño Dios Pantano de los Micmacs hasta un cementerio bien diferente.

Antes de abrir las tapas de este libro leí una breve reseña, de menos de diez palabras (algo a lo que el común de los mortales y muchos que se creen con derecho a opinar se están acostumbrando de forma un tanto depravada), en la que se denunciaba que esta obra era muy lenta y que se tardaba una eternidad en ver algo de movimiento. En aquella estuve (una vez más) tentado de actuar sin pensar, dirigiéndome a ese desencantado lector con algo contundente al estilo de: se nota que no has leído mucho de Stephen King; pero callé o, mejor dicho, detuve el avance de mis dedos sobre el teclado: opté por lo más sabio; yo no había leído «Cementerio de animales», así que era mucho mejor, antes de nada, saber de qué estaba tratando antes de discutir sobre lo humano y lo divino.

La novela de King que hoy me ocupa no posee un elenco de personajes muy extenso, es más, se limita exclusivamente a seis individuos de dispares edades y que son vecinos, tan solo separados por una peligrosa carretera que se ha llevado por delante a la buena mitad de los residentes fijos del Pet Sematary: la recién llegada familia Creed-Goldman, con Louis y Rachel a la cabeza, seguidos por sus dos hijos, los pequeños Ellie y Gage; y el anciano matrimonio formado por Jud y Martha Crandall. Y, ciertamente, la trama es bien lenta, con descripciones milimétricas que, en un principio, persiguen algo tan digno como es el crear un fresco familiar y relajado de un matrimonio de ciudad y sus hijos, que recorren medio país para instalarse en Ludlow. La sombra se cierne tranquila, sin prisas, como una tormenta aún demasiado lejana en apariencia y que va empañando y ensuciando el horizonte, amenazando con estallar de repente. En ocasiones, se percibe su presencia inmediata gracias a los inquietantes recuerdos de Jud y su vinculación con el cementerio que se esconde en un punto más allá de Pet Sematary, y a la agónica confesión de Rachel sobre los últimos días de vida y la muerte de su hermana mayor, Zelda.

Todo ello compone una narración que me ha costado bastante tragar y digerir. No era miedo lo que sentía, sino la certeza de estar leyendo un relato demasiado físico acerca del dolor y la negación hacia la Muerte, y en el que me he visto identificado, como en un cristal de espejo hecho de papel, fabricado hace más de treinta años.

Su lectura, en ciertos pasajes, como he querido decir antes, era como tragar lija; pero la acción no avanza casi lo más mínimo hasta que estalla esa tremenda tormenta, cuyo heraldo funesto fue el retorno a la vida del gato de los Creed, torpe, maloliente y siniestro. En vez de huir y buscar cobijo, corremos directos hacia los bosques preñados de oscuridad.

Ésta es, hasta la fecha, la única novela de King que no me he leído de un tirón. La he dejado arrinconada hasta en un par de ocasiones y sin ser capaz de pasar de la misma escena: cuando Louis desentierra a su hijo. Esa descripción extenuante, tan detallada y pausada, que hasta aburre y raya, sin salir de ese pulcro y sereno camposanto, me convenció primero para que dedicara el tiempo a leer una revista de más de cien páginas y, luego, a trasegar la novela «El murciélago», de Jo Nesbø.

En la narración de «Cementerio de animales», la obsesión por luchar contra la Muerte termina convirtiéndose en una estupidez y en llana debilidad, obteniéndose a cambio un fruto podrido. Además, King llega a comparar ciertos episodios de enfermedades terminales con supuestas manifestaciones demoníacas de aquello que habita en el Pequeño Dios Pantano. Y, como ya nos tiene acostumbrados el Maestro, éste vuelve a precipitarse en sus últimas páginas, aún contando con una frase con la que cierra el libro que cae con un pesado mazazo: la tormenta estalla en segundos y desaparece; pasa por encima de nuestras cabezas y deja un gran destrozo a su paso, pero también personajes abandonados y situaciones no resueltas y te formulas demasiadas preguntas a la espera de respuesta por parte de un autor que da por terminada su obra.

Tan solo quedan los jirones de una vieja y sucia cortina colgada sobre una ventana sin cristales.

Conociendo como conozco las circunstancias que llevaron a que esta trama se formara en la mente de King, me imaginaba que me encontraría con una ambientación menos bucólica y más cercana a la que vivió ese joven Stephen, con una máquina de escribir sobre las rodillas, sentado en el cuarto de la lavadora de su caravana, en la que vivió largo tiempo y donde crecieron sus hijos; con ese constante zumbido proveniente de una autopista adyacente, donde tantas mascotas dieron fin a su despreocupada existencia con un marcado dibujo de banda de rodadura sobre sus ensangrentados y reventados vientres.

Me esperaba también algo más coral.

Pero me he encontrado con la que, para mí, es la novela más decepcionante y deprimente del Maestro de Bangor.

martes, marzo 19, 2013

Guardia de literatura: reseña a “El misterio de Salem’s Lot”, de Stephen King

“Ben Mears regresa al pueblo donde pasó cierto momento de su infancia y donde conoció el terror. Se atrevió a entrar en la vieja casa de los Marsten y vio el fantasma del dueño, ahorcado en su propia habitación. Sugestión, seguramente, pero la imagen le acompañará para toda la vida, igual que la muerte de su novia en un accidente del motocicleta.

Regresa a Jerusalem’s Lot, o Salem’s Lot o, directamente, Solar, para enfrentarse a esos demonios, mientras comienza a escribir su nueva novela. Es un escritor de poca monta, pero conocido, lo suficiente como para no ser un completo extraño en un pueblo lleno de gente recelosa o amable a la sombra de una casa maldita, y de los escombros aún visibles del gran incendio de 1951.

La vida se desarrolla normalmente, con miradas suspicaces hacia el nuevo y extravagante recién llegado, pero no será el único visitante que llega ese año con la intención de quedarse. Una pareja de tipos extraños, Straker y Barlow, abre una tienda de antigüedades y, lo más curioso del tema, se instalan en la casa de los Marsten, que llevaba décadas abandonada.

Todo comienza cuando una noche, los hermanos Glick cogen un atajo por el bosque que nunca debieron tomar para ir a casa de Mark Petrie para admirar su colección de muñecos de monstruos de la Hammer. En la oscuridad serán las primeras víctimas de un monstruo mucho más real y temible.”

Esta podría ser una sinopsis de portada bastante orientativa y sin pretender desentrañar mucho; pero vayamos a lo nuestro, que es hablar de “El misterio de Salem’s Lot.”

Llevaba bastante tiempo debiéndoos una crítica sobre esta novela, pero como ya os adelanté cuando reseñé “Los Tommyknockers”, esta obra vampírica es uno de los trabajos de Stephen King que hay que leer una tarde desapacible de invierno en un rincón del salón, en la penumbra, con la única tranquilidad de una débil luz sobre sus páginas. De todo lo que he leído sobre el amigo de Bangor, ésta es, sin duda, la historia con la que he disfrutado más pasándolo mal, pasando miedo, casi como lo diría J. J. Plans, aunque a nivel de conjunto no es que sea muy original y sufre de un final un tanto precipitado en mi opinión. A fin de cuentas es una adaptación a uno de sus “pueblecitos” de Maine de la magna “Drácula” de Bram Stoker, apartando a Harker como protagonista, siendo sustituido por un Arthur Holmwood, que hace las veces de alter ego del propio King.

Me encantan las historias de vampiros, las tenebrosas, no esas fantasmadas para adolescentes piñaformes y bajos desatornillados (a ver, chicas, ¿me podéis decir cómo a vuestro Eduard se "la levanta"?) y King se unió a las tinieblas vampíricas en su momento y le ha dado una vuelta de tuerca más con su participación en el cómic “American Vampire”, que un día os traeré a ENMP si los céfiros nos son favorables. Me gusta mucho el mito, pero nunca he sentido la oscuridad y el terror como con este libro. Quizá el haber estado a oscuras en la fría inmensidad me haya autosugestionado hasta el punto de dudar a la hora de apagar la lámpara. ¡Qué estupidez!… O, quizá no... Hay escenas en esas páginas como cuando los de la mudanza llevan las cajas de Barlow, el recién llegado, al sótano de la casa maldita de los Marsten; los ojos abiertos del niño Danny Glick traspasando la tapa de su ataúd, tierra y la mente del enterrador; cuando Mears y Cody están en el tanatorio con el cadáver de la señora Glick que... Jo...! Y así otras tantas en las que el corazón se estremece o se detiene casi por completo. Sin duda es una obra maestra del terror, mas de originalidad cojea al verse demasiados paralelismos con “Drácula”, obra a la que se hace constantes y explícitas referencias cada dos por tres.

Además, ya se comienzan a dar notas básicas de narración que serían una constante en posteriores libros como los ya comentados “LosTommyknockers” o “La tienda” y que en no poco momentos resultan confusas por la prolijidad de personajes que aparecen para desaparecer y reaparecer cientos de páginas después para sólo ocupar una línea, algo que te deja con la pregunta de “¿quién narices es este tío?” Por si esto fuera poco, hay protagonistas que se esfuman para no saberse nada más de ellos, cogen un autobús y muy buenas.

Nuevamente crea un pueblo con su propia Geografía e Historia haciéndolo real, pero, como en la historia de Bobby Anderson y sus colegas espaciales, lo deja inservible para un futuro, además de condenarlo a una conversión total. Un limbo en medio de Maine.

Lo peor para mí son los compases finales, que no son muy creíbles y que acusan cierta rapidez y falta de lógica. Así nos encontramos con una localidad infestada por cientos de vampiros que en el año que transcurre desde el suceso álgido y el retorno de los dos protagonistas, diríamos, principales, casi ni se hacen notar.

Y lo mejor, sin duda, el hálito maligno de la casa Marsten, que domina todo Salem’s Lot, así como la figura del propio Barlow, un vampiro con unas notas de crueldad e ironía espectaculares, a lo que une cierta pizca de la sexualidad propia de estos seres.

Con sus grandes puntos a favor (y también en contra), creo que es una obra maestra del género.

Ahora tengo mi mira puesta en “Cementerio de animales.”

lunes, enero 09, 2012

“La tienda” de Stephen King

"Needful things", de 1991.

“En el pueblecito de Castle Rock, o the Rock como les gusta llamarlo a sus habitantes, cualquier novedad llama la atención y el que se abra una nueva tienda en la calle principal, provista de atractivos toldos verdes y con un nombre tan extraño y curioso como el de “Cosas necesarias”, es como poner panales de miel ante los hocicos de cientos de osos. Pero en esa tienda, regentada por un extraño tipo de nombre Leland Gaunt, que se autodefine como leal comerciante, se venden “cosas necesarias”: aquel anhelado cromo de un pitcher de los años ’50 que llevabas tanto tiempo buscando, una caña de pescar igualita a la que poseía tu añorado padre, un colgante que puede devorar tu dolor, un juguete de hojalata que pronostica y acierta al 100% los resultados de las carreras de caballos en tu hipódromo favorito y que te permitirá recuperar el dinero que has desfalcado, etc. Los productos no tienen etiqueta con precio. Tú has de acordar el precio con el señor Gaunt y él te sorprenderá por lo asequibles que son todas las cosas que vende, cosas necesarias. Pero no se pagan solo con unas monedas sueltas en los bolsillos, con una pequeña suma de billetes o extendiendo un cheque que pondría furioso a tu marido, no. Al final, el señor Gaunt que “sabe más”, te dirá cómo y cuándo habrás pagado por completo el artículo adquirido y no tendrás más remedio que cumplir gastando bromas a personas de tu pueblo, quizás a un vecino, quizás a un desconocido.

El éxito del señor Gaunt es arrollador y solo determinadas personas se dan cuenta de que aquel cromo no era el de ese jugador famoso y, además, está sucio y roto; que aquella caña no es japonesa, solo una vieja vara; que en el colgante habita un ser monstruoso que se alimenta de ti; o que el juguete acierta pero por que lo dice Gaunt ya que no es más que eso, un juguete roto.

Sí, éxito. Sobre todo cuando comienzan a acontecer extrañas muertes y se vive una noche similar a lo que debería ser el fin del mundo. A todo esto se enfrentará el angustiado comisario Pangborn, el cual no tiene ojos lo suficientemente necios como para que los capte la pérfida y cambiante mirada del señor Gaunt.”

Hasta aquí la sinopsis de una novela del King de los ‘90 y ésta puede llegar a ser interesante, muy interesante. El argumento, sin duda, lo es, aunque en mi opinión es una de las obras del Mago de Bangor que menos me ha gustado en general. En ocasiones he llegado a decir: “¡hala, venga ya!” He visto a gente llegar a las manos por tonterías, pero ver que consideren “normal” matar a alguien por romperle, por ejemplo, unas macetas... También la batalla campal entre católicos y los seguidores del reverendo Willie “Vapor” se me antoja extravagante, no en sí misma, sino en cuanto a su génesis. ¿Nadie se percató de que ambas congregaciones estaban siendo víctimas de la misma broma?

En momentos es algo aburrida la novela, aunque no menos cierto es que King consigue introducirnos de lleno en la vida personal de varios protagonistas, y ver el pueblo y a conocerlo por si no lo hubiéramos visitado en otras ocasiones, como con “La zona muerta”, “Cujo” o “La mitad oscura”, novelas de las que el propio autor trae referencias al texto.

Uno de los protagonistas principales es el ya mencionado comisario Alan Pangborn, que ya se tuvo que enfrentar en el pasado a sucesos extraños en la última de las novelas que he indicado en el anterior párrafo. Creo que hasta me cae mejor que el mismo John Smith (“La zona muerta”), traumatizado por la muerte de su mujer y de su único hijo en un accidente de circulación en el que aún le quedan muchas dudas en la cabeza. La historia gira alrededor de él y desde ese punto se trazan una serie de círculos concéntricos, cruzados por líneas y líneas, como una telaraña. Él es a quien teme el señor Gaunt.

Cierto es que tiene sus momentos la novela, que es original en varios aspectos sobre la compraventa de almas, con un veterano y avistado estafador infernal, pero también te puedes adelantar a los pasos de King en unos cuantos párrafos y, por ello, pierde bastante intensidad.

La próxima novela que os traeré del maestro del terror será la famosa “El misterio de Salem’s Lot”, que promete más con un argumento menos abultado y con esas constantes en las obras de King de los ’70 que tanto me llaman la atención como son los recortes de periódicos y un terror oculto (decir que en lo que llevo leído, “La tienda” hasta guarda cierto parecido lineal en determinados momentos).

Ésta, como todas mis críticas, es una opinión personal, subjetiva, y es posible que alguien me lea ahora y esté en total desacuerdo y ponga la novela de “La tienda” por las nubes, pero algo he de confesar: a pesar de todos sus defectos, no he podido de dejar, cuando cogía el libro, de devorar página tras página. Este tío tiene algo que te atrapa. La telaraña la sabe preparar como nadie.

lunes, noviembre 14, 2011

"La zona muerta" de Stephen King

Hacía años que anhelaba hincarle el diente a la que es, tomando las propias palabras de su autor, su novela favorita, de entre todas las que ha escrito a lo largo de su dilatada carrera de escritor profesional. Novela de éxito mundial, llevada al cine (como otras tantas y que no he llegado aún a visionar) y una serie de televisión (que poco o casi nada tiene que ver con el argumento original).

Esta es, en concreto, la cuarta obra que leo del autor de Bangor, solo la cuarta. Ya me gustaría a mí sacar tiempo y ganar dinero para perderme en el océano del terror que sigue creando sin descanso. Y creo que ésta es la mejor de todas. Es una auténtica demostración de cómo se ha de escribir, centrándose en la figura de John Smith, nombre común donde los haya (un guiño claro a que le podría pasar a cualquier o que el héroe es anónimo en sí), que sufre un terrible accidente de tráfico que lo deja en coma largos años en los que toda su vida se queda atrás, pero no así la de sus allegados. Allí está su padre que reza para que muera, o su madre, una fanática religiosa que está convencida de que su hijo despertará siendo poseedor de un gran poder y, en correspondencia, de una gran responsabilidad. Allí esta también Sarah, su chica, aquella con la que tuvo que haberse quedado cuando enfermó por una intoxicación alimentaria en aquella feria, justo cuando John jugaba a la ruleta de la fortuna. Gira y gira. La banca siempre gana, ¿no?

El mundo también siguió adelante dejando tirado a John en la cuneta de un coma gris y frío. Giras a través de cientos de páginas que pueden quedarte clavado en la butaca, mientras desfila un tigre que ríe y que responde al nombre de Greg Stillson, el enemigo.

Giras y giras con la clarividencia.

La narración se ve salpicada por pensamientos y sentimientos. Buenos, malos y psicóticos, pasando por los culpabilísticos que sufren tanto el protagonista principal como los secundarios.

Es un tortuoso sendero que cualquiera podría caminar y que termina con el éxtasis final en el que Stephen King reconcilia a la sociedad con la figura del francotirador, que trata de colocar una bala en la cabeza del político. Escena ésta última en la que el autor consigue que la sigamos a cámara lenta con nuestra imaginación.

También en la novela vemos algunos haces de luz sobre una idea que ha terminado, décadas después (a mi entender), en una novela de factura reciente sobre alguien que viaje al pasado para evitar el asesinato de John Fitzgerald Kennedy.

Magnífica novela de la que solo puede cansar el tema político por desconocimiento y por que no me va nada. No es de terror en sí, como algunos podrían sentir al cogerla, pero sigue siendo una muestra muy real del género del que es rey King: el miedo cotidiano.