Navegando por el Mar de Papel Moneda, y otros mares... (Sailing at Sea of Banknotes, and others seas...)
jueves, junio 04, 2020
Guardia de cine: reseña a «Rogue One: Una historia de Star Wars»
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miércoles, junio 03, 2020
martes, junio 02, 2020
Guardia de televisión: reseña a «Star Wars Holiday Special»
Título: «Star Wars Holiday Special». 1978. EEUU. Aventuras, Ciencia ficción, Familiar, Musical. 1 h. 37 min. Dirección: Steve Binder, David Acomba. Guión: Rod Warren, Bruce Vilanch, Pat Proft, Leonard Ripps, Mitzie Welch. Reparto: Mark Hamill, Carrie Fisher, Harrison Ford, Anthony Daniels, Peter Mayhew, Bea Arthur, Art Carney, Harvey Korman
Visionar más de una ocasión este film de culto es, como poco, “arriesgarse” a sufrir una suerte de enfermedad oftalmológica (y probar que tienes un serio problema)
Cuenta la leyenda que George Lucas, horrorizado tras lo que el público estadounidense tragó aquel 17 de noviembre de 1978 a través de sus pantallas de televisión (por la CBS en EEUU y CTV en Canadá), persiguió con ahínco febril el objetivo de reunir todas las copias existentes que componían el montaje de este especial (primer spin-off conocido de la saga galáctica), y destruirlas para que no quedara rastro de semejante abominación; empero, falló y algunas se le escurrieron por entre los dedos como los sistemas planetarios rebeldes al Emperador (SEGUIR LEYENDO)
lunes, junio 01, 2020
viernes, mayo 29, 2020
jueves, mayo 28, 2020
Guardia de televisión: reseña a la tercera temporada de la serie «Stranger Things»
Título original: «Stranger Things 3». 2019. EEUU. 8 capítulos. Drama, ciencia-ficción, terror. Dirección: VVAA. Guión: VVAA. Elenco: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolhard, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Caleb McLauglin, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Cara Buono, Joe Keery, Noah Schnapp, Sean Astin, Paul Reiser
Una pizca de «Alien», unas trazas de «Terminator» y «La jungla de cristal», todo ello marinado con soviéticos descontrolados y sueltos por Hawkins, Indiana, y presentado por unos niños que han crecido y ya no tienen gracia
Una pizca de «Alien», unas trazas de «Terminator» y «La jungla de cristal», todo ello marinado con soviéticos descontrolados y sueltos por Hawkins, Indiana, y presentado por unos niños que han crecido y ya no tienen gracia
Fui uno de tantos que desgranaban con fervor cuasi religioso las noticias que a cuentagotas se iban filtrando respecto a la producción de la tercera temporada de «Stranger Things», esperando, vehemente, que llegara el 4 de julio de 2019, fecha en la que podríamos tragar como cerdos esta mezcolanza poco original parida por los hermanos Duffer y que tanto priva a nuestros vigentes adolescentes. Sin embargo, debido a una larga y familiar serie de impedimentos, fui retrasando mi cita con estos viejos amigos hasta que el COVID-19 me permitió ponerme al día con tantas cosas. Ya me entendéis. (SEGUIR LEYENDO)
miércoles, mayo 27, 2020
lunes, mayo 11, 2020
Durante el COVID-19: Un poquito de distancia, por favor
Uno de los defectos más feos que gasta una parte significativa de los pontevedreses (tranquilos, PTVs, no os sulfuréis) es el de hacerse dueños y señores de las aceras, obligando al resto de peatones, trémulos o retraídos, a descender a la calzada para seguir camino o serpentear a nivel Cirque du Soleil. También los hay que en vez de vestir zapatos y pisotear adoquines parece que fueran sobre ruedas y vías de ferrocarril, no desviándose un solo milímetro de su trayectoria, incluso atropellándote si no tienes el “sentido arácnido” afinado como un piano antes de un concierto de Chopin. Por supuesto, tenemos los corrillos que convierten las calles en una especie de atolondradas yincanas zigzagueantes para aquellos que tenemos prisa y poca capacidad de regate.
Aún recuerdo, con alborozo sarcástico, cuando se ejecutaron las obras de reforma de la plaza del ayuntamiento, transformándola en peatonal, pero antes debiendo, mientras las máquinas hacían su trabajo, encauzar el flujo pedestre entre altos y estrechos muros de metal, a lo Grand Prix de Mónaco. Sucedió durante una tarde despejada, cuando un grupúsculo de esos que quieren ver y ser vistos se reunió, por cosas de la amistad y sucedáneos, formando un tapón de chicha y ellos a lo suyo; por supuesto, lo hicieron justo en el mismo cuello de botella que el lumbreras de turno se le ocurrió montar en mitad del trayecto, uniendo dos calles y privando las posibilidad de darse la vuelta sin peligro de ser pisoteado. También recuerdo aquella en la que fui torpe diana de una simpática mami con carrito de bebé, quien no parecía percatarse de mi volumen cárnico y ocupación de una parte ínfima del espacio sideral; por suerte, a mi espalda había una pared a la que me pude echar y apoyar para no marcarme un Gerald Ford forzoso. La tipa siguió su curso de tren de mercancías con extra de lacitos y polvo talco.
Este mal hábito, del que se pueden dar cuantiosos ejemplos, se admira y estudia a diario en nuestra ciudad, aunque me apuesto algo a que es plato común en otras. Un mal hábito que yo, iluso de mí, estaba seguro que se relajaría con esto del COVID-19, gracias a esto del distanciamiento social y la separación mínima de seguridad durante los cortos intervalos de libertad yendo a trabajar, hacer la compra, sacar al perro y, tiempo después, a estirar las piernas en el patio de la cárcel (perdón, a un kilómetro a la redonda desde casa).
Durante las primeras semanas se apreció la inercia adquirida de repelernos como el agua y el aceite, aún en calles vacías. Si ibas por una acera y alguien te venía de frente, uno de los dos se lanzaba a la calzada (práctica de esto ya la teníamos de antes) y alcanzaba la acera contraria, pues los guantes y las mascarillas no nos parecían suficientes. Pero llegadas las etapas de desconfinamiento, con esas inciertas franjas para pasear y/o hacer deporte, resulta inquietante vérselas con aquellos que deambulan a pelo, es decir, sin cubrirse boca, nariz o manos, y siguen a lo suyo. Si puedes (pues no siempre te das cuenta a tiempo por el aumento de gente en la calle), te apartas tú, porque ellos no lo van a hacer y fuerzas una separación inferior a la de un pase de capote. Gracia me provoca aquellos que salen juntos y mantienen entre sí una distancia de dos metros pero no con el resto de viandantes… Y no estoy hablando de adolescentes, esos a los que llevan siglos colgándoseles el sambenito de irresponsables (que también), sino de adultos que peinan canas, pues esos jóvenes irrespetuosos de hoy serán los irrespetuosos mayores de mañana y los mayores irrespetuosos de hoy fueron los irrespetuosos jóvenes de ayer.
No sé. Viviendo en una ciudad donde hay tramos en los que las aceras tienen hasta ocho metros de ancho y más, ¿qué cuesta? Es lamentable la falta de respeto que existe hacia los demás, aquella de la que hacen gran gala quienes siempre tienen que dar la nota, llamar la atención, ser el centro de las miradas y comentarios por lo bajini; aquellos que demuestran y creen detentar un poder inexistente y fantasmal, propio de etapas sociales pretéritas, alimentado por la callada de aquellos que solo queremos seguir camino hacia nuestros destinos más inmediatos y sin despegar los labios, no vaya a ser que, encima, se solivianten.
viernes, mayo 08, 2020
Durante el COVID-19: el agotamiento de la paciencia selectiva
Si me equivoco que alguien me saque del error, pero estoy casi seguro que lo escuché de boca de Santiago Camacho en uno de sus programas del podcast «Días Extraños». Allí se hablaba de una suerte de experimento que trataba de recoger y analizar la respuesta de los individuos ante ciertas situaciones, comentarios y otros estímulos en relación a las Redes Sociales. Los grupos se dividieron entre aquellos que tenían luz verde para ponerse a teclear, sin restricción o limitación, y aquellos otros a los que no se les permitió darle al asunto hasta pasados unos cinco minutos.
Los resultados no pudieron ser más interesantes y dispares (a la par que obvios): los individuos que se habían visto constreñidos a esperar un tiempo prudencial para vociferar su opinión o réplica terminaban escribiendo frases moderadas, sin ápice de radicalidad lingüística; incluso es probable que perdieran el interés por eso de avivar el fuego; en definitiva, se lo habían pensado. Justo lo contrario sucedió con el grupo “liberado”, que se permitió la más jactanciosa y ruin actividad para gloria de la Psicología.
A todo ello, y ya advirtiéndoos que éste no es otro post más en el que diserto sobre las dichosas RRSS, pero enlazando con el experimento referenciado, debo presentaros ciertas facetas psicológicas y de comportamiento propias. Me considero una especie de dragón dormitando sobre su montaña de oro, un Fafnir, a veces risueño, de fosas nasales humeantes y boca dentada, con una piel coriácea allá donde el metal no la cubre, al que se puede despertar o no dependiendo de dónde se pinche. Soy un tipo adormilado que puede “hablar (y aguantar lo indecible) en sueños”, capaz de mostrar una paciencia ilimitada a la altura de los santos varones o de convertirme en una fiera incontrolable “cuando despierto”; todo depende de la situación, persona, timbre de voz, etc. Es más, hay gente que se sorprende cuando me ve enojado (“pero si es tan tranquilote…”), pues, cuando se me hinchan las pelotas, mi aliento es de puro fuego y hago huir al que esté en mi radio de acción, envuelto en una nube turbia de sorpresa y ofensa; también habrá gente que se sorprenda al verme calmado.
Con el paso de los años he ido perdiendo litros y litros de paciencia en una sangría constante. El platillo de la izquierda está más bajo que el de la derecha. Y es que la profesión en la que compito por subsistir tiene su ración de huevos duros y úlceras.
Claro, os preguntaréis ahora a qué viene lo de esa paciencia mía que “depende del día” o selectiva y ese experimento que Santiago Camacho compartió con sus oyentes. Pues bien, durante el confinamiento del COVID-19 he tenido (y estoy teniendo) que echar muy buena mano de una de las mejores aplicaciones que se han podido parir como herramienta de comunicación y que algunos también rotulan (no sé si acertadamente) de red social: el Whatsapp (guasá para los amigos).
Para evitar molestias (o eso creía yo), no tuve inconveniente en facilitar a mis clientes mi número de móvil. Y lo que deduje como una gran ocurrencia no lo es dependiendo del interlocutor que toque en suerte, pues durante estas largas semanas he tenido que vérmelas con la típica persona que solo se puede etiquetar de timorato. A su efigie debería concedérsele el honor de encabezar gráficamente la definición del término en las enciclopedias, en serio.
Los mensajes, para los cuales muchas veces necesitaba yo echar mano de una piedra de Rosetta, suponía, por mi parte, dar una larga serie de explicaciones y consejos para los cuales siempre me encontraba con un “pero” o un “no”; era como jugar a una versión diabólica del “¿Quién es quién?”, hasta ver si era capaz, tras eliminar multitud de opciones, de acertar con aquello que esta persona en particular quería escuchar o, mejor dicho, leer.
Para mis comunicaciones me he valido de la aplicación de Whatsapp para el ordenador. No me he puesto con los pulgares a deshacerme las huellas dactilares y me he empleado páginas en blanco del Word para plantear la exposición y pulirla antes de “copiar y pegar” hasta la barra de diálogo. Y por pulir hablo de limar la aspereza que en hasta tres ocasiones me tentó con mandar al susodicho a la mierda más absoluta, ante lo que entendía yo como ataques directos y personales contra mi calidad como profesional, pues nada de lo que decía le contentaba y hasta he tenido que tragar con el plato amargo de ser comparado, en negativo, con otros abogados de cuya identificación no se me ha facilitado detalle. Por no decir que el tipo es de estos que se creen que en España muchos nos dedicamos a trabajar gratis (“¿Con la consulta no está todo pagado?”) o muy por debajo de lo que corresponde (“Ya se lo cobrarás a otros”).
Y, para mayor tormento, es de esos que se te aparecen nada más levantarte de la cama, nada más meterte por la noche en ella. Dios de mi vida.
En tres ocasiones escribí largas y sarcásticas frases que, entre bufidos, terminé rebajando de graduación o eliminando. En tres ocasiones pude librarme de este sujeto, pero me frenó justo dos cosas: la primera, la economía, el poder cobrar algo, aunque fuera unas migajas en un panorama como el presente (puto dinero y puta prostitución); la segunda fue el escaso diámetro de circunferencia de esta ciudad, donde la fama y la malquerencia se extienden con poco sutil descaro, como es propio en una urbe de provincias de menos de 100.000 habitantes. En resumidas cuentas: miedo ante un horizonte inmediato de cierre de persianas por falta de líquido para pagar cuotas de autónomo de la Seguridad Social, cuotas del Colegio profesional, facturas de suministros, declaraciones trimestrales de los modelos 130 y 303 etc., pues cualquier fuente, por muy exigua que sea, es primordial.
Sin embargo, si todas esas comunicaciones hubieran sido “presenciales”, me habría liado la manta, importándome bien poco, y mis pensamientos habrían fluido raudos y sin censura hasta mis labios. Me habría quedado algo más pobre, pero habría ganado en salud.
El Tiempo dirá si acerté.
lunes, mayo 04, 2020
Un futuro tras el COVID-19: Teletrabajo
El trabajo en casa o a distancia, vulgarmente (o cultamente) conocido como teletrabajo, es una novedad en las carnes de muchos de nosotros por esto del confinamiento y el Estado de Alarma con motivo de la pandemia del COVID-19, y el haber escuchado el 1 de mayo del corriente una noticia sobre la cuestión me ha animado a escribir la siguiente parrafada que espero no degenere en elefantiasis literaria.
Se destacaba en el reportaje el alto índice de empleados y profesionales forzados a convertir un rincón de sus hogares en improvisadas oficinas (en mi caso, la mesa de la cocina), siendo no pocos los que se ven incapaces de amoldarse y rendir en tales escenarios, incluso llegando a registrarse jornadas que se extienden hasta las diez horas y “habilitándose” horarios exóticos entre las 0000 y las 0300 horas (puntos muy graves y atentatorios contra los derechos de los trabajadores).
A pesar de los factores negativos más irrefragables, algunos de los enclaustrados se han mostrado favorables a que, regresada la cacareada normalidad (¿?), se mantenga cierto porcentaje de teletrabajo semanal, quién sabe si porque se le ha cogido gustico, si por evitar desplazamientos y reducir contaminación y gasto, si por conciliar trabajo y familia, si por quedarse un ratito más en la cama o si por haber dado con la piedra filosofal.
En mi caso, la experiencia tiene un marcado carácter individual y subjetivo.
El mediodía del día 16 de marzo me encontró cargando con el portátil y toda su parafernalia de cables, multipuertos, lectores de tarjetas, etc. (y eso que “sacrifiqué” el teclado USB (no soporto el teclado tan soft) y el ratón (menos aún el touchpad)), cuan buhonero, lo cual no dejó de ser un engorro pues el ordenador de mesa que tengo en el salón es una reliquia que entró en feliz funcionamiento en 2004 y mantiene la configuración de un Windows XP, sirviéndome de fiel máquina de escribir que le cuesta tener más de dos .pdf abiertos, pero que puede reproducir vídeos y música .mp3 aún con achaques (por supuesto, de Internet ni hablamos).
Mi jornada laboral de teletrabajo comienza a las 1000 horas aproximadamente, una media hora más tarde de lo acostumbrado o estipulado, aún con la ventaja de no haber tenido que prepararme, vestirme de luces y salir al exterior. Antes de que “suene la sirena”, tengo que gestionar el trasvase Tajo-Segura del aparataje necesario, colocando en un ángulo estrecho el PC, pero, aunque no lo creáis, para las 1330 horas suelo tener todo finiquitado (eso sí, siempre hay algo que se resiste durante días), empero, la cosa tiene truco.
El primer truquito es el factor ambiente. Aunque esté en la cocina de mi casa y con lo incómodo que es sentarse durante horas en una silla de recia madera, no estoy en una oficina cuyas paredes se ciernen sobre mí hostiles y con pilas de papeles y expedientes que amenazan con sepultarme, quién sabe si devorarme. Allí quedó el polvo y la frustración. El cubículo que creí transformar en mi fortaleza, empeñando más duros de los que me gusta reconocer en su decoración a lo largo de los años, es una especie de fría celda en Château d’If, con su pesado ambiente, rancio al gusto y el olfato.
Esta mesa de cocina se materializa en una especie de inesperado oasis.
Otro factor es el uso racional de Internet. Yo soy de esos raros que no tienen contratados para su casa paquetes de tanto megas, líneas adicionales, HBO y demás (si hubiera alguna Video Girl AI podría pensarlo). Desde el 17 de marzo he tenido que tomar por banda mi teléfono móvil y sus diez gigas/mes de datos y aprender a crear con él una red Wifi a la que conectar el portátil, y no os podéis hacer a la idea de lo que chupa de megas la cosa en un solo día, aún solo conectando el módem cuando no queda otro remedio (recordar que apenas trabajo unas tres horas y poco más). He sido capaz de establecer una media de 370 megabytes/día laboral de gasto, aunque hay incidentes, para mi terror, que obligan a un consumo muy superior (superar los 10 gigas supone un coste adicional de 4,00 € por cada 200 megabytes). He tenido que racionar (y sigo haciéndolo) los datos, traduciéndose la práctica en un uso de Internet para lo estricta e imprescindiblemente necesario: se acabó el ser un procastrinador informático, perder el tiempo con las RRSS (llegando a eliminar sus aplicaciones del móvil), entretenerme con los videojuegos online, administrar mis blogs (este post es un inocente desliz) y olvidarme de la pornografía a golpe de ratón (sí, amiguitos, sí).
Internet solo para trabajar y en pequeñas y contadas dosis, peleando con las crisis de ansiedad (no deja de ser una adicción), disfrutando de una mente más despejada y dándome un atracón de partidas de videopóker el último día del mes con los datos sobrantes.
Empero, hay un último factor que expongo a continuación y que justifica mi ligereza y alivio con el teletrabajo: la suspensión generalizada de actividad.
Desde el inicio del Estado de Alarma las comunicaciones judiciales en ambos sentidos se han mermado en un 85-90%, se han suspendido plazos y señalamientos, no hay vistas ni videos que analizar y se ha ralentizado el dictado de resoluciones.
Aunque la Justicia se ha reactivado en parte desde el 14 de abril, lo cual me obliga a estar al quite, se aprecia también una mayor voluntad por abrazar las nuevas tecnologías y dar mayor uso a las videconferencias para algo más que para recoger las testificales de personas que viven a cientos de kilómetros de distancia del partido judicial, de peritos más vagos que la chaqueta de un guardia y forenses que no quieren oír del peluquín de eso de subirse al ascensor en el mismo edificio y meterse en una sala de audiencias. Supongo y espero que aquellos funcionarios que pretendieron tumbar Lexnet hace un par de años, como aquellos que llevaban a Carlos V en la testa, ahora caminen y hablen de puntillas.
Tampoco he de correr a la zaga actualizando bases de datos, plannings y agendas cada pocos minutos, algo que siempre se come buena parte de la jornada laboral y de la concentración necesaria.
Y el parón ha supuesto un descenso en llamadas telefónicas que atender o su mayor brevedad en la comunicación, como también no estar levantándose y sentándose para abrir la puerta al citado o intempestivo cliente de turno.
Y, para rematar (last but not least), las órdenes que recibo de la Superioridad se concentran en una o dos comunicaciones diarias casi claras y nítidas y no en dieciocho seguidas, múltiples y farragosas, una nueva cada diez o quince minutos que exigen una dedicación exclusiva, aunque sé que esto no se perpetuará con la llegada de la “normalidad”.
La reducción de minutos en la jornada pasa a ser de horas pues no hay tanto trabajo (y mucho menos dinero, claro está).
Gracias a esto del COVID-19 he entendido mejor a aquellos tipos y tipas que tienen un despacho impoluto, de decorado de western de los años 1950, para las citas y todo lo demás se lo hacen en su casa, bien tranquilitos y lejos del pozo.
No me disgusta la experiencia, aún con sus incomodidades manifiestas (tu electricidad, tu material de oficial, tu Internet, etc.), pero he de tener en cuenta que es fruto de una suspensión radical del funcionamiento administrativo, laboral y social, y que no tengo gazapos saltando a mi vera braceando y vociferando en demanda de atenciones.
¿Estaría dispuesto a jornadas de teletrabajo tras el levantamiento? No me veo del todo diciendo que no, sobre todo si son los viernes, pero exigiría apoyo financiero/fiscal y que se impida la posible consolidación de cuotas de abuso en la relación superior-subordinado o cliente-profesional respecto a horarios, salarios y carga de trabajo.
¿Teletrabajo? Sí, pero con condiciones.
lunes, marzo 16, 2020
Los posibles beneficios del COVID-19
Una epidemia nunca ha dejado un rastro amable en la Historia. Los documentos que registraron aquellos tiempos que nos parecen lejanos (pero que no lo son tanto), siempre retratan el miedo y la incertidumbre. Para este año 2020 poco ha cambiado el panorama, pero, ¿este dichoso COVID-19 puede traernos algo positivo cuando se dé fin a la crisis?
¿Mejorarán nuestros hábitos sanitarios? Al otro lado de una de las paredes de mi despacho está el cuarto de baño; en concreto, ahí está atornillado la pila del lavabo. No os podéis hacer la idea del número de personas que entra ahí, planta sus cositas en el inodoro y sale al exterior sin lavarse las manos. Qué asquerosidad. Ni siquiera se molestan en tener sus garras bajo el agua durante uno o dos segundos. Del jabón ya ni hablamos.
Yo no estoy pidiendo cumplir a rajatabla uno a uno los pasos de penitencia consagrados en carteles pegados con celo y prisa en los espejos de los baños públicos; los mismos pasos que se aprenden en la facultad de Medicina para evitar la sepsis en una intervención quirúrgica, pero ¿nos acostumbraremos, tras agitar o repasar, a lavarnos las manos? Solo eso.
Otras cosas que pueden pasar a ser propias del Pasado serían los energúmenos y energúmenas que tosen y estornudan como francotiradores que se hubieran colado en una película de los hermanos Marx, lanzando metralla salivar a diestro y siniestro, sin freno ni medida. ¿Aprenderemos a taparnos la boca y nariz? ¿Adoptaremos la sana costumbre asiática de ponernos mascarilla cuando estamos aquejados de una enfermedad contagiosa? No sería tan descabellado.
¿Se respetará el espacio vital ajeno? Vaya, esto sí que sería bueno. Podría ser el acabose; el ya no tener que contorsionarse como una culebra para poder cruzar una calle, sorteando los corrillos de imbéciles estacionados, inmovibles como piedras de pirámide.
También podría ser un recuerdo el estar haciendo cola y sentir el aliento ajeno en la nuca o los empujoncitos maliciosos, los codazos, etc. Caminar y no ser golpeado en el hombro por viandantes desconsiderados o no sentirse como un cono de tráfico entre los desaprensivos que se creen que las zonas peatonales son pistas de acrobacias en bicicleta y patinete, etc. La gente también se podría posicionar de una forma más civilizada en el transporte público; el miedo al contagio haría plegarse a aquellos que se creen con más derecho a espatarrarse donde caigan sus posaderas…
Pero, teniendo la constancia de que hay quien se ha liado el petate y se ha largado a las zonas de costa creyendo que iba a disfrutar de un confinamiento de playa y vacaciones adelantadas, creo que eso del respeto a los demás sí que es ciencia ficción.
¿Será el fin de los saludos forzosos? Reconozco que soy un asocial de manual, pero me apuesto algo bueno que no soy el único (incluyo hasta a los más sociales y socializables), que está hasta las narices de tener que repartir apretones de manos y besar mejillas extrañas y/o desagradables. Una cosa es cuando tu interlocutor es alguien conocido y con el que te llevas, a quien tienes afecto, etc., con quien no tienes reservas para tales saludos; pero con completos desconocidos o habituales con los que quieres evitar todo roce, siendo que, incluso, el verbal repele (mutuamente), la cosa cambia.
Yo estoy a favor de las inclinaciones a la japonesa; de formalidades y distanciamientos propias de los tiempos anteriores a la popularización de los antibióticos.
¿Se terminará por implantar la comunicación telemática? Desde que se habló de confinamiento a nivel nacional, escuché que éste iba a ser menos traumático gracias a Internet y las plataformas digitales.
Yo, que no tengo conexión en casa, he aprovechado la ocasión para asombrarme y saber que mi Smartphone, por el que pago a Vodafone para que me de 10 gigas al mes (de los que me suelen sobrar 7), se puede convertir en una antena Wifi con la que poder conectar hasta diez dispositivos a Internet (no es baladí). Aún así, espero que los futuros gobiernos de España tengan en consideración el modernizar el empleo efectivo de un derecho como es el acceso público a la información.
En los años ’70 del pasado siglo se aprobó una ley con base en el artilugio de comunicación más puntero de la época: el televisor. Sin embargo, a punto de saber lo que es cruzar la barrera del primer cuarto de este inefable s. XXI, las cadenas públicas nacionales y autonómicas de televisión están más que obsoletas, por no decir que engordadas con miles de funcionarios apretujados tras cada renovación del poder ejecutivo del Estado de las Autonomías, con presupuestos más propios de una agencia espacial para una programación de vómito.
Siendo que la Administración pública —a pesar de las reticencias de ciertos grupúsculos de funcionarios—, nos está obligando, desde la entrada en vigor de la Ley 39/2015, a comunicarnos con ella a través de vías telemáticas, no estaría de más que se articulara, desarrollara e implementara el acceso público nacional a Internet, bien por acceso universal gratuito (bueno, “gratuito” no es nada) o subvencionado y poder disfrutar todos los ciudadanos de este país, con independencia de su capacidad económica, de la televisión a la carta, navegar a cualquier hora, suscribirse a plataformas digitales sin que le tiemble la cartilla de ahorros, etc., y presentar formularios y documentación sin estar abonando una línea telefónica.
Estoy seguro que saldría mucho más barato que mantener un pozo sin fondo…, perdón, la televisión pública.
¿Se reforzarán los lazos familiares? El estar confinados nos da perspectiva sobre muchos aspectos sociales y familiares; también sobre la lentitud con la que transcurre el tiempo, tanto para nosotros como para los nuestros. Será éste el momento de desempolvar el tablero del parchís (jo-bá, si los cubiletes de plástico estaban pegajosos y tuve que releer las instrucciones); pero también el de poder hablar, aunque evitando el tema estrella del COVID-19, claro.
Es momento de estar con los nuestros y sobre esto no voy a daros indicaciones de nada.
¿Aprenderemos a tener paciencia? Desde hace unos años nos hemos acostumbrado a exigir rapidez en todo. No podemos esperar a que nos sirvan la comida en un restaurante; si el tren se retrasa quince minutos ponemos el grito en el cielo y comparamos nuestro país con Gambia; compramos algo en Amazon un lunes por la tarde y lo queremos encima de la mesa el martes por la mañana… ¡Más madera! ¡Más madera! Más contaminación, más estrés, más sometimiento al egocentrismo y al menosprecio del trabajo de los demás.
Si no lo haces bien y rápido, eres un inútil.
En serio: tenemos que cambiar nuestro estilo de vida.
¿Lucharemos de verdad contra el cambio climático? Quizá el paciente cero del COVID-19 no sea un chino anónimo. Quizá lo sea Greta Thunberg…
Bromas aparte, esta pandemia, que va a ser un hostiazo económico a nivel global, puede contribuir, aparte de a cultivar nuestra paciencia, a que el capitalismo se racionalice: menos transacciones supondrán menos barcos mercantes en los mares, como menos vuelos comerciales, muchos de los cuales son fruto de los caprichos de aquellos que nos hemos creado estúpidas necesidades.
Este capitalismo o materialismo desaforado es el mismo que está plagando nuestros mares de plásticos y nuestro cielo de gases nocivos.
Puede que nos quitemos esa costumbre de nuevos ricos de querer ir a todos sitios, de no parar, de solo pensar en nuestro ocio y lucro.
¿Reindustrializaremos Europa occidental? Recuerdo, de los tiempos en los que mi padre aún trabajaba como soldador en el sector naval, que el gran temor de trabajadores como él era la competencia feroz y desleal de países asiáticos como Corea del Sur, donde se construían barcos más grandes y baratos (también con menos medidas de seguridad, de ahí los naufragios más habituales).
Los empresarios occidentales vieron entonces con buenos ojos llevar sus intereses hacia el extremo Oriente (también Europa del Este, Turquía o Marruecos), para ahorrarse no pocos duros. Pasó con el sector naval (aunque hubo una acertada rectificación) y con muchas otras industrias como la textil, la pesada, etc. (estas no han rectificado pues, por ejemplo, un Mercedes fabricado en Polonia es más barato, pero cuesta lo mismo en el concesionario que si hubiera salido por la misma puerta de Brandemburgo). En nuestro país el segundo sector es prácticamente inexistente, entregados sus ciudadanos a tener que depender del tercer sector (servicios) y, en concreto, de los beneficios del sol y la playa. Y de esos lodos, estos polvos, con una economía nacional frágil, con una clase media empobrecida y que accede a sueldos que a duras penas superan el SMI; sin buenos trabajos en sectores clave que sean motores económicos, poco vamos a avanzar.
Hace unos años escuché un chiste que afirmaba que la frase más repetida en el mundo era (y es) “Made in China”. La crisis del COVID-19 nos ha arrojado un jarro de agua fría al comprobar que la externalización brutal de la industria nos ha hecho depender de un país que está a miles de kilómetros de distancia, simplemente por ahorrar dinero en sueldos y medidas de protección individual. Una pandemia que era local ha supuesto el comienzo de un batacazo económico y de la interrupción de las cadenas de montaje.
Los salarios y las condiciones de los trabajadores chinos, vietnamitas, indios, etc., son de risa, de esclavitud, pero nos permiten tener televisores de plasma por 155 € en el Carrefour o un armario repleto y a la moda por cuatro perras, con prendas que se rompen con solo escuchar hablar del sol o del primer ciclo en la lavadora; miles de componentes y materias primas a precios muy bajos.
Hemos preferido la cantidad a la calidad, pero puede que aprendamos a vaciar mejor los bolsillos y demos trabajo de calidad a nuestros propios conciudadanos, más allá de hacerlo en plan pijoflauta con los supuestos productos supuestamente “ecológicos”.
Dios. Sería maravilloso, fabuloso constatar una respuesta positiva para todas estas preguntas. Pero no soy un ingenuo optimista; me temo que nada de esta lista que he escrito se haga realidad. Tropezaremos con la piedra dos veces como mínimo.
(Terminado de escribir el 16 de marzo de 2020, a las 1022: primer día laboral desde la aprobación del Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo)
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