jueves, julio 18, 2019

Guardia de cine: reseña a «The first man»

2018. 141 min. EEUU. Biografía. Dirección: Damien Chazelle. Guión: Nicole Perlman, Josh Singer (basándose en el libro de James R. Hansen). Reparto: Ryan Gosling, Jason Clarke, Claire Foy, Kyle Chandler, Corey Stoll, Patrick Fugit


Un thriller íntimo, casi en primera persona que, por desgracia, flojea en ciertos momentos, pero que cumple como homenaje a unas personas que se hicieron realidad una hazaña que hoy pocos seríamos capaces de soñar


Este año se cumple medio siglo de la que es una de las mayores gestas de la Humanidad, hasta la fecha no superada y apenas igualada: poner un pie en un astro extraño, aunque sea sobre la superficie de nuestra fiel y querida compañera la Luna. Cincuenta años que han dado para mucho, tanto en lo bueno como en lo malo, derivándonos hacia un mundo muy distinto a nivel tecnológico y de estupidez general del que se pronosticaba en aquel 1969, pues, además de que exista un gran número de personas que aún mantengan en firme que el proyecto Apollo y la misión 11 fueron un gran embuste (a pesar de haber sido emitido por televisión, con repercusión mundial, justo al contrario que sucedía con las hazañas espaciales soviéticas, cuyos éxitos solo se comunicaban a posteriori y nunca siendo su veracidad objeto de debate), los hay que defienden, a capa y espada, que la Tierra es plana.

«The first man» quiere hacer homenaje a una trágica carrera de obstáculos a la que se enfrentaron no poco hombres y mujeres durante una década de cambios a todos los niveles dentro de la sociedad norteamericana, pero lo hace desde el silencio y la quietud de un hombre llamado Neil Armstrong, ese témpano de hielo que fue elegido para comandar el Apollo 11 y cuyas palabras resuenan en los oídos de casi todos los que hoyamos este planeta.

La cinta rota sobre un eje que condiciona la vida de Neil: la prematura muerte de su hija Karen, un hecho que provocará que se encierre dentro de sí, iniciando una galopada hacia el aislamiento, incluso respecto de su propia familia. Una postura, la suya, un tanto egoísta a nuestros ojos, pero que quizá sea normal en una persona que se juega la vida cada vez que atraviesa la puerta de su casa y se marcha a trabajar.

La dirección apostó por un estilo propio de docureality, con cámaras que transmiten los movimientos de aquellos que cargan con ellas y que se cuelan por cualquier rincón, con primerísimos y hasta intimidantes primeros planos de los actores para transmitir la tensión acumulada y para llevarnos al interior de los claustrofóbicos módulos espaciales recubiertos de aparatos, pulsadores y manivelas que nos son incomprensibles. Todo ello nos hace tomar conciencia (una vez más) de que esta gente estaba hecha de otra pasta, que los tenían cuadrados.

Quizá no sea una producción que justifique todo el ruido que hizo alrededor de los Oscar, pero le da mil vueltas a cintas recientes de astronautas bastante sobrevaloradas, como «Gravity», y permite atisbar el curso rápido de la Historia de los programas Gemini y Apollo. Eso sí, me hubiera gustado un encuadre más global: está muy bien que hayan metido ese movimiento crítico con Von Braun y su sueño, con ese delpilfarro iniciado por un presidente asesinado a tiros en Dallas (apenas un apunte), pero adolece de falta de inclusión del resto de la sociedad norteamericana y del personajes, mas, entonces, no se titularía «The first man», sino de otra manera.

Éste es un thriller íntimo, casi en primera persona que, por desgracia, flojea en ciertos momentos.

(A todo ello: ¿Buzz Aldrin era en verdad tan gilipollas?).

Lectura de 18 de Julio de 2019 a las 1200 horas



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martes, julio 09, 2019

Guardia de literatura: reseña a «El libro de la selva», de Rudyard Kipling

Título original: «The jungle book»
GRUPO ANAYA SA, Madrid. 1995
Traducción: Gabriela Bustelo
DIARIO EL PAÍS SL. 2004
ISBN: 84-96246-13-2
206 páginas
«El libro de la selva» es un conjunto de cuentos sin moraleja, quizá con un mensaje conservacionista, de brutales descripciones que se alejan de la azucarada adaptación cinematográfica

Mencionar este título te transporta, con cierto arrobo, a la ya entradita en años adaptación de la Disney, con el gracioso oso Baloo cantando y bailando entre ruinas y monos. Una visión, cuanto menos, suavizada de la historia real (a semejanza de lo que dicha productora hizo, hace y hará de otros cuentos y clásicos), aunque ésta en concreto ya venía con canciones desde la imprenta.

«El libro de la selva» es un recopilatorio de relatos protagonizados por animales o por niños abrazados a la vida salvaje. Por supuesto, Mowgli acapara el primer puesto, solo sintiendo, a distancia, la pobre competencia que le pueda hacer Toomai.

Los tres primeros relatos están dedicados a los eventos que popularmente se entiende como «El libro de la selva», y que están protagonizados por el niño Mowgli. Éste, de bebé, fue secuestrado por Shere Khan, un malvado tigre que solo pretendía darse el gusto de probar la carne humana más tierna y que, por culpa de una cojera de nacimiento, se veía obligado a atacar el ganado doméstico de los poblados aledaños a la selva. Por un capricho del destino, el niño fue rescatado y alimentado por dos lobos bajo la atenta e iracunda mirada de Shere Khan. Los años irán pasando y el bebé creció hasta convertirse en un niño fuerte y habilidoso, capaz de sobrevivir, cazar y comunicarse con todos los habitantes de la selva, gracias a las enseñanzas del oso Baloo, el viejo y rollizo maestro de los hijos del llamado Pueblo Libre al que Mowgli fue aceptado casi a regañadientes.

Durante su crianza, Mowgli cuenta con la sabiduría de Baloo y la fuerza de su familia de lobos, así como con la amistad del líder del Pueblo Libre, pero también con la protección felina de la pantera Bagheera, por lo que Shere Khan tendrá que estudiar su venganza por la humillación sufrida en su día y por la desvergüenza con la que el cachorro humano se maneja ante su presencia, en franca y abierta enemistad, jurándose mutuamente darse muerte. El tigre cojo manipula a los miembros del Consejo de la Roca cuando el viejo líder de la manada queda impedido para la caza, signo de una debilidad intolerable dentro de la cruel cadena trófica de la selva, y logra que Mowgli sea expulsado del Pueblo Libre y devuelto a los hombres, donde perderá su condición y protección.

Kipling, en vez de dar una linealidad a su narración, la rompe para incluir una historia sucedida con anterioridad a los hechos principales y que describe al Pueblo de los Monos, un ruidoso, hiperactivo y multitudinario grupo de simios al que el Pueblo Libre desprecia. Necesitados de un líder y creyendo que así llamarían la atención de los pobladores de la selva, los monos se las ingeniaron para secuestrar a Mowgli; un divertido inciso en la película de dibujos animados, pero no en el texto original, pues terminará en batalla campal, matanza y festín para la serpiente Kaa, con la rubrica de una lección imborrable para el joven Mowgli.

El último tramo dedica sus páginas a un Mowgli entre los hombres, de quienes se ríe por sus fatuas supersticiones y falta de conocimiento real de la Naturaleza circundante. Cronológicamente discurre desde la expulsión del Consejo de la Roca, siendo Mowgli confundido por un bebé capturado por un tigre; igual ese bebé era él mismo, pero no hay modo alguno de demostrarlo. Mowgli fue de inmediato adoptado por la madre que sufrió tan terrible pérdida, gracias a la cual el niño de la selva se va habituando a la vida entre los humanos, aprendiendo sus costumbres y su lengua a marchas forzadas, aunque manteniendo siempre las distancias. Es también entonces cuando se finiquita el asunto con Shere Khan, lo cual le valdrá a Mowgli ser repudiado por sus semejantes humanos, apedreado y acusado de hechicería.

El siguiente relato está protagonizado por Kotick, un oso marino que representa una doble anomalía natural: es blanco y pretende dar con una isla a la que no lleguen los humanos para matar focas y arrancarles la piel para hacer lustrosos abrigos. La narración nos aleja mucho de la selva, hasta las rocosas playas del Pacífico Sur, donde se crían focas a millares, y a aguas profundas, con una exhaustiva descripción de la vida animal.

A éste le sigue el cuento protagonizado por la mangosta Rikki-tikki-tavi, quien, gustosamente, se cuela en el jardín, salones y hasta alcobas de una familia de colonos británicos en la India, protegiéndoles de la pareja de cobras que cría a pocos metros de su hogar, siendo ésta, junto al anterior de Kotick, la historia más aburrida de leer.

Por su parte resulta interesante «Toomai el de los elefantes», pues Kipling relaciona la vida y realidad de los hombres que se dedicaban a la caza y domesticación de elefantes salvajes para el gobierno colonial de la India. De este modo tan simple, se consignan los empleos y funciones de cada uno, cómo se organizaba una cacería y cómo se cuidaban a los animales, todo ello mientras se relata la historia de Toomai, el hijo de un cornaca, que quiere ser conocedor de las sendas del bosque y ayudar a darles caza, el cual terminará siendo objeto de admiración por los hombres de la partida al haber sido testigo de un hecho excepcional.

El último relato, que cierra el recopilatorio, gira bajo el título de «Los servidores de su Majestad» y es la discusión acerca de su labor para los hombres u propio valor durante la batalla y la resignación hacia el destino que les ha tocado en suerte entre un caballo, un camello, un elefante, dos bueyes y dos mulos durante una noche caótica en un campamento militar inglés en las faldas de los montes que dan la bienvenida a Afganistán, todo ello recogido por un hombre que se refugia cerca de ellos y que entiende el lenguaje de los animales (¿Mowgli de adulto?).

La colección de relatos fluctúa entre el interés y el aburrimiento, entre la ligera lectura y la pesadez de una narración que parece no tener un cierre concreto. La agilidad de la escritura también varía en función de la historia que se esté contando, eclipsando la Mowgli al resto (y no lo digo por ser la suya la más conocida, sino por ser la más completa y desarrollada).

Al contrario de lo que se suele esperar en estos casos, no he dado con moraleja o intención moralizadora; solo con una particular visión del “mundo salvaje”, de la Naturaleza, con cierta y vaga interacción con la especie humana, tanto para bien como para mal, incidiendo en lo mucho que nos separa, llegando Kipling a adoptar una visión en la que existe mayor lógica en los ojos de un animal, a lo que presta incluso su poesía para componer canciones. Podría afirmarse que contiene cierto mensaje conservacionista.

La edición que he disfrutado es de las típicas producciones veraniegas que terminan como regalo sobaquero de un periódico; de tapa blanda y papel amarillento, pero tributaria de una edición anterior, por lo que su traducción y notas son de aplauso, los versos riman y no se deja al lector a la deriva ante términos extraños de origen hindú o enjaezados que nos son del todo extraños.

Un clásico que nunca está de más leer o releer, independientemente de la edad con la que se acometa la empresa.

Lectura de 9 de Julio de 2019 a las 1200 horas



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