Entre el misterio y la sátira, la cuarta visita al Arconia confirma que la fórmula sigue funcionando, aunque esta vez con un regusto menos intenso
Como si el Arconia fuera algo más que un edificio de apartamentos —casi un refugio emocional para el espectador— regresamos por cuarta vez a sus pasillos con una mezcla de familiaridad y expectativa. La fórmula es conocida y, sin embargo, sigue funcionando: pistas que conducen a callejones sin salida, sospechosos que se revelan como meros espejismos y una narración que juega con el público con la misma astucia con la que un gato entretiene a su presa antes del zarpazo final (pincha aquí para seguir leyendo)

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