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jueves, julio 14, 2022

El rescate de Ítaca

Aquel día no presagiaba nada que lo identificara como distinto al anterior, y al anterior, y al anterior. Nada. La misma atmósfera, bajo un cielo ceniciento, lo envolvía todo con una vibrante tensión. El mismo silencio a punto de romperse. El mismo ardor de estómago.

Durante la madrugada y sin que nadie lo detectase, alguien condujo un coche blanco y lo dejó aparcado de cualquier manera contra el árbol seco, con precipitación. El parachoques, de un plástico absurdamente maleable, se contorsionaba contra la fibra muerta, adoptando una posición que amenazaba con resquebrajarse con el primer leve rumor del aire, con solo una nota sostenida.

Mala señal. 

No me gustaba un pelo aquel coche. Representaba una extraña e inquietante novedad en un, por el momento, olvidado rincón de la ciudad en ruinas, hasta que los hechos y las bombas se precipitasen como el confeti durante la celebración del Año nuevo.

Descendí hasta la calle y fui pisando con tiento, evitando las losetas reventadas y los cristales rotos. Me acerqué al vehículo y, entonces, lo escuché. Un maullido insistente y latoso capaz de taladrar oídos con tinnitus. 

Olvidando de golpe todas las lecciones de precaución aprendidas a la fuerza durante las últimas semanas, inspeccioné el vehículo para dar con el gato que profería sus lastimeros quejidos, mitad de miedo, mitad de un hambre feroz. Debía estar por la parte trasera, quizá dentro del maletero, pero un movimiento fugaz me hizo fijarme en la rueda. Allí estaba, oculto. Un cachorro que debía haber nacido poco después que todo estallase por los aires en mi ciudad. La llanta de aleación tenía practicados unos enormes ojos que me permitían introducir una mano, pero nada más.

Me desembaracé de la guerrera y me remangué. Mis brazos pronto acabaron bronceados por la grasa y la inmundicia, así, hasta los codos. Mientras, peleaba con aquella fierecilla que se negaba a salir, pero que no dejaba de maullar a la desesperada, llamando a una madre que a saber dónde podría estar y si seguía de una pieza.

Sus pequeñas y afiladas uñas dieron buena cuenta de mis manos, como si un loco quisiera trazar sobre mi sucia piel un enrevesado tablero de ajedrez. Pero no cejé en el empeño.

Como si fuera un canal metálico del parto, el gato salió por el ojo de la llanta y lo aupé en el aire, victorioso. Era un gato blanco bajo una grasienta capa de polvo. Su hocico y cola eran de un ligero tono gris azulado, pero no tan intenso como sus dos ojos, un par de canicas añil que me miraban con fiereza y angustia, en una doble apuesta. Aquella pequeña bolsa de piel y huesos era una tormenta de emociones y sentimientos que no paraba de maullar y revolverse.

Creyendo que era una hembra, la llamé Ítaca por seguir con el chiste privado que contábamos en la compañía. Lo consideré muy gracioso.

Me di cuenta entonces que no estaba solo en la calle y tragué saliva. Por suerte, aquellos que me miraban eran ojos amigos y hasta escuché unos aplausos capaces de animar cualquier corazón. Pero el mío estaba henchido de felicidad por la visión de aquel gatito, un trasunto de Simba, elevado por encima de mi cabeza. 

Me sentía enorme. Como un maldito héroe de cuento que acaba de despanzurrar al lobo y salvar a Caperucita y a quien se terciara.

Corrí hasta mi refugio y deposité a la bestezuela en una caja americana, de la que pronto se escapó, mientras yo me frotaba las manos y los brazos con jabón, bajo un agua rayana a la congelación. Aquel bicho no dejaba de hacerse notar y de zafarse, pero no tenía ningún sitio al que esconderse, incluso cuando sonaron los primeros reactores sobre nuestras cabezas. Se coló entre los escombros de una librería caída y, como si pudiera atravesar el hormigón que pendía sobre nuestras cabezas, siguió el curso de los pájaros metálicos de la guerra con la cabeza y las orejas. Fue el único momento en el que estuvo callado hasta que calmé el hambre de su minúscula panza; otro tanto sucedió con sus zarpazos, poco profundos pero arrojados. 

A partir de entonces, cada intento de caricia fue recibido con un cadencioso ronroneo y una compañía inseparable. 

Dos compañeros me espetaron la locura que había cometido. Uno le plagió la frase de forma maquinal al otro:

—Qué ganas de buscarte problemas.

Yo me limité a negar con la cabeza y a pensar en lo más importante, que entonces pasaba por encontrar agua caliente con la que bañar al gatito, que comenzaba a lamerse con el consiguiente peligro de que se intoxicara al seguir cubierto por la inmundicia de los bajos del coche del que lo rescaté.

Fui consciente de una cosa: pude salvar una vida y lo hice. Si estaba en mi mano, ¿por qué no hacerlo? Hombre, gato, niño, perro… ¿Qué más da? Lo fácil habría sido mirar hacia otro lado y «no buscarse problemas».

Sin embargo, no podía quedarme con Ítaca, que pasó a llamarse Tico, pues un compañero más versado en la materia me sacó del error ante mi demostrada falta de pericia en la identificación de genitales felinos. Sé que lo dejé en buenas manos, pero, cuando me despedí de él, se me rompió el corazón.

Dicen que los gatos solo tienen recuerdos de sus últimos tres días. Espero que no sea cierto.

Yo me acordaré de Tico lo que me quede de vida, mucha o poca.


miércoles, junio 22, 2022

Ella y la playa

Tras cesar el ronroneo del motor de explosión con un hipido bochornoso, tan solo quedó un último estertor mecánico que emponzoñara la escena: la carraca seca de la palanca del freno de mano haciendo tope y afianzando el vehículo.

Al otro lado del parabrisas, el mar lo abarcaba todo, yendo a morir a la arena que discurría como una tirita que cubriera una cicatriz invisible. Cada ola, de ebúrnea espuma, relamía con gula las huellas que alguien acababa de dejar tras de sí.

Ella se estiró como una contorsionista dentro del coche para alcanzar, en el asiento trasero, su saco de punto, en cuyas profundidades esperaban el bote de crema solar, unas gafas de sol de repuesto, una toalla, una botella de aluminio hasta los topes de agua fría, algún objeto perdido y jamás reclamado y, lo más importante, el libro cuyas últimas páginas ansiaba consumir con la ayuda de la brisa marina y, así, tener la excusa perfecta para emprender el asalto contra el próximo título anotado en su lista de pendientes.

Con el sombrero de paja bien encasquetado y los lacios cabellos domeñados en una coleta, ella salió al tórrido y desasosegante exterior. A la carrera, con el peligro de perder una chancleta en el empeño y quemarse la planta de los pies por culpa del recalentado asfalto del parking, cubrió el espacio había entre su coche y el arenal (sigue leyendo)


lunes, septiembre 10, 2018

"El desvío" (relato corto)

Lo había jurado. Sí, jurado, joder. Nick no se había limitado a pronunciar una fatua promesa de nulo peso en el alma y la conciencia, con los dedos índices y corazón cruzados a la espalda; un eructo sin sentido de palabras que mueren arrastradas por el viento. Lo había jurado con la suficiente gravedad y convencimiento, por lo que se sentía molesta y desleal consigo misma, aunque fuera por algo que para la mayoría no reviste importancia alguna.

En el asiento del pasajero, justo a su derecha, una pequeña pila de expedientes amenazaba con desparramarse sobre el cambio de marchas o la alfombrilla, varios centímetros de distancia más abajo, con cada giro de volante, con cada curva que acercaba a Nick más a su casa. Aquel viernes por la noche llevaba consigo algunas desgastadas carpetas que, a duras penas, contenían un sin fin de papeles y notas; el trabajo que había de haber tenido terminado para el día anterior y que ya no permitía mayores demoras. Nick no pudo cumplir con los plazos y, enfrentándose a la noche y a la carretera, cargaba con el lastre de saber que delante de ella se anunciaba un fin de semana de corta duración, de puertas cerradas y flexo siempre encendido iluminando la mesa de la cocina.

Pero se veía en aquella traición por culpa de los agentes externos, como le gustaba denominar a los clientes con toda la bilis que le desbordaba la boca. Eso de agentes externos les quedaba tan bien como un afiler atravesando el torso de un asqueroso bichejo en un expositorio de entomología. Nick nunca estuvo preparada para enfrentarse a ellos; era un animal que gustaba recogerse en su estrecho habitáculo y aislarse de todos y de todo, mas su jefe apuntaba a maneras y parecía estar practicando una despedida a la francesa, llevando 48 horas sin saberse nada de él, siquiera si seguía respirando, por lo que alguien tenía que bregar con todos los agentes externos que se fueran apiñando ante la puerta de la oficina sin orden, ni concierto, ni gracia.

Eran verdaderos vampiros insaciables. No paraban un solo instante de hablar de asuntos que Nick apenas llegaba a comprender una sola palabra. Encima, no se sentían aludidos ante las inequívocas señales corporales que emitía Nick, quien era una pésima jugadora de póquer, y sus nada furtivas consultas al reloj de muñeca.

Tratar con ellos le absorbía el ánimo a Nick. Tras el duro enfrentamiento con los agentes externos, se veía incapaz de continuar con lo que estuviera haciendo en la serenidad de su recinto amurallado de papel y pantallas de ordenador. Sí, eran vampiros, y aquella semana el universo entero había conspirado para hacerle la puñeta, como en un chiste malo de Paulo Coehlo. 

Y mientras aquellos pensamientos se daban cita en un monólogo interno, el viejo Volkswagen Golf de Nick devoraba metro tras metro, adentrándose en la noche reinante sobre una carretera en la que la bóveda arbórea se echaba sobre el asfalto en una amenaza fatal y casi mística. El invierno se acercaba. De eso no cabía duda. La tarde había sido fugaz; un alarido exhalado con nerviosismo. Nick percibía hilos de frío enredándosele en los dedos aferrados al volante; cómo creían enredaderas de cristal en torno las piernas. 

Las luces largas rasgaban la tiniebla, sin otras que se enfrentaran a ellas; Nick obligaba los neumáticos invadían el carril contrario, trazando mejor las curvas sin reducir la velocidad. Cada quejido de la goma sobre el asfalto articulaba una creciente inquietud en el pecho de Nick.

La cara A de la cinta pirata llegaba a su punto final. Por los altavoces comenzó a entonarse la balada «Wild Is The Wind».

Nick, quien nunca había circulado de noche por aquella vía, no se guiaba por referencias, sino por recuerdos, anhelando advertir el desvío que se internaba en el bosque y que conducía hasta una casa de piedra que llamaba hogar.

Unos destellos iracundos y un claxon amortiguado impactaron en el centro del dolor nervioso de Nick. Una furgoneta había irrumpido en la carretera en sentido contrario. Nick giró el volante al que parecía fusionada y pisó el freno, aunque sin llegar a detener la marcha.

Nick escuchó, más bien intuyó, el potente piropo que le acababan de dedicar: un “hija de puta” bien entonado que habría bramado con delicadez poética el conductor de la furgoneta, de la que ya no quedaba el menor rastro en la noche. Y a Nick le importó una mierda lo que opinara ese gilipollas; ella conducía como un autómata por entre las curvas ascendientes que arañaban la montaña y bajo la espesa techumbre de un bosque preso de los últimos suspiros del otoño, cuyas garras, largas y raquíticas ramas quedaban desfiguradas por la velocidad. «Wild Is The Wind» se le hizo a Nick más corta que de costumbre y, durante unos agónicos segundos, dentro del habitáculo lo único que se escuchaba era la sinfonía ronca de un agotado motor diésel. Pero pronto comenzarían los primeros acordes de la pieza que daba inicio al disco Aladdin Sane.

Y Nick siguió conduciendo hacia, en apariencia, ninguna parte, por lo que a punto estuvo de saltarse el desvío de montaña; clavó ambos pies en el pedal del freno y los neumáticos se bloquearon. Nick puso primera y pisó a fondo el acelerador, obteniendo una respuesta rápida y brutal que la empujó hacia el camino de grava que partía de la vía asfaltada. Los focos herían los troncos centenarios y Nick pensaba una vez más en el penoso fin de semana que tenía por delante y en que el mal trago le duraría hasta altas horas del domingo; pero algo inesperado surgió en mitad del camino que obligó a Nick a otra vez el freno hasta el fondo y a desterrar sus cuitas laborales. 

El Golf emitió un quejido metálico muy divertido, como el que proferiría un cerdo asustado.

—¡Coño!

La mujer mantuvo los ojos abiertos de puro asombro y encorvó la espalda para adelantar la parte superior del cuerpo hasta pegar la nariz en el parabrisas, sobre el volante. Iluminado por los faros del Golf, se alzaba algo que no debía estar allí: un túnel construido con ferrocemento que cubría un largo trecho del sendero bordeado por la floresta. Una enorme y agrietada boca negra se abría ante Nick, mostrando las lujuriosas arrugas de una meretriz entrada en años. La luz de los faros apenas penetraban en la oquedad, llegando a impactar contra decenas de oscuros ojos que no parpadeaban como respuesta desafiante ante la intrusión.

Aquella boca de hormigón exhalaba un aliento húmedo y fétido, propio de un bosque que comenzaba a añorar la aún lejana primavera.

Con un chasquido de lengua y alzando el mentón como única señal, Nick emitió su conclusión: se había equivocado de desvío. Era fácil que eso sucediese entre la cantidad de ramales que partían de la carretera hacia la montaña y las distintas propiedades de los vecinos. Fácil, aunque a ella nunca le hubiera sucedido.

—Hay que joderse. Bravo. Fantástico. Está siendo un viernes de mierda de primera división. De los de enmarcar para el puto recuerdo.

Nick giró el cuerpo a la par que movía la palanca de cambios, colocándola en marcha atrás. El sendero apenas era visible con la única ayuda de las luces de posición traseras y el testigo blanco que anunciaba la inversión del sentido; y no había el suficiente ancho para salvar algún error de conducción. A no más de 10 km./h., las ramas salientes de los árboles rascaban las bandas del Golf, pero el sendero, una estrecha serpiente de grava, pronto anunció su desembocadura ante la vía asfaltada.
El enfado de Nick disolvía su miedo en una coctelera de sensaciones.

El ruido acelerado de la marcha invertida ganó intensidad en cuanto las ruedas motrices lamieron la lengua de alquitrán. Nick detuvo en seco el vehículo y dedicó unos instantes a contemplar el camino por el que había descendido, haciéndolo con la mirada torva, queriendo dar con la respuesta a su aparente error. Arrugó los labios y escudriñó la tiniebla a través del retrovisor antes de incorporarse a la vía principal, para lo cual avisó sin necesidad accionando el intermitente; quizá buscara, incluso con destellos anaranjados, espantar como fuera aquella noche que lo devoraba todo.

Nick tenía la sensación de estar negociando nuevamente las mismas curvas que había superado minutos atrás. Algo debía estar fallando en su cabeza, pero no le parecía que ese pensamiento mereciera el más mínimo esfuerzo; así es como Nick se engañaba a sí misma mientras trataba de dar con el camino correcto hasta su casa, algo que debía ser tremendamente fácil.

Reconoció de nuevo la curva y la silueta torcida del roble centenario. Juraría que eso mismo le hizo internarse antes en el bosque. Los árboles no se mueven de sitio, ¿no? Incluso distinguió la lata azul que servía de improvisado buzón de correos, claveteada a un tocón. Nick sonrió, aliviada, aunque ella nunca lo admitiría.

Ascendiendo por otra senda de grava que se abría camino en el bosque, Nick se atrevió incluso a canturrear a coro con David Bowie algunas frases inconexas, con murmullos que sustituían palabras inglesas que no lograba comprender o que no había llegado a aprender de la letra de la canción que estaba sonando. Mas pronto ese brote de alegría se trocaría en espanto.

Ahí delante, como en una pesadilla madrugadora, volvía a alzarse el resquebrajado y viejo túnel de ferrocemento, inerme ante el golpe de las luces largas del Volkswagen Golf. Nick apretó las manos en el volante, transmitiendo al objeto su desesperación, y tragó saliva. Aquello no podía ser real; debía ser una puta broma. Esta vez no se había confundido de camino; era el que conducía a su casa en medio del bosque, no cabía duda.

El motor del Volkswagen roncó de forma extraña y calló. El radiocasete se detuvo. En el silencio de la noche no hubo respuestas, ni siquiera por parte de aquella enorme boca, muerta en apariencia.

Nick apenas sintió en sus ateridas manos el contacto rugoso de la manilla al abrir la puerta de su lado, pero sí la irregular superficie de la grava hundiéndose bajo sus pies. El hiriente frío exterior la envolvió con gula; la piel del rostro le comenzó a doler y la respiración se le hizo dificultosa. Nick entró en un estado de pánico para el que no tenía nombre. Hasta aquella fatídica hora, la soledad había sido su amiga y aliada y, ahora, Nick lloraba por dentro, anhelando el calor de alguien cercano. Necesitaba una explicación para saber dónde se encontraba; tanto una forma de salir de allí.

Alrededor del vehículo y de Nick se interpretaba una sinfonía de furtivos susurros: ramas mecidas por el viento, hojas secas empujadas por la misma fuerza, arrastrándose por el suelo… Pero la vida animal había quedado silente, desprovista de voz de forma antinatural.

La mujer, fuera del vehículo, tardó en percatarse de que el motor del Golf se había detenido y, empujada por la necesidad de arrancarlo, se giró para dar la espalda al túnel para cobijarse dentro del automóvil.

Entonces, lo vio. 

A varios metros, por detrás del automóvil y sin que las luces rojas de posición traseras desvelaran pliegues en su anatomía, una figura negra se recortaba en un universo gris oscuro, en medio del camino de grava que subía por el bosque. Una cabeza, dos brazos y otras dos piernas, unidas a un tronco largo y delgadísimo.

Nick no encontró ojos ni ninguna variación que indicara que hubiera un rostro en aquella forma, pero no cabía duda de que aquello la estaba observando. El cabello se le erizó; la respiración le falló.

Sin acertar con los movimientos correctos, Nick se introdujo en el automóvil en cuanto la figura echó a andar hacia ella. Logró cerrar la puerta con fuerza, pero Nick era una marioneta a la que se le hubieran cruzado los hilos, pues no acertaba a girar la llave en el contacto y arrancar el motor del viejo Golf. Por el rabillo del ojo advirtió una espesa negrura a su izquierda; el ser era enorme y su presencia poderosa, absorbente. Nick se sentía desfallecer, más aún cuando aquella cosa se inclinó y clavó el rostro sin rostro en la ventilla del conductor. Tras varios intentos, los dedos entumecidos se le cerraron en torno a la pequeña pieza metálica, iluminándose el cuadro de mandos y se accionó el motor de arranque. El vehículo respondió emitiendo una tos estúpida y aguda, seguida de un parpadeo electrónico.

El rostro seguía pegado a la ventanilla, sin empañar su superficie cristalina.

Nick gimió una oración y el motor rugió rompiendo el hechizo. Acertó a pisar el embrague y a llevar la palanca de cambios a la posición R. Luego hundió el acelerador y giró el cuerpo para ver por la ventanilla trasera, dándole la espalda al ser. El Golf descendió por el camino a toda velocidad en sentido contrario, golpeando las ruedas y las defensas contra ramas y piedras salientes. Mientras, el corazón se le apagaba en vez de desbocarse y amenazar con huir por la boca hacia fuera.

Con el impacto, que la lanzó por los aires hasta dar con una cuna de helechos muertos, la lata azul que servía de buzón de correos emitió un tañido metálico que quedó amordazado por el rugido mecánico del motor diesel.

Los neumáticos rechinaron al arañar el asfalto, formulando a Nick una buena pregunta: ¿A dónde piensas ir?

lunes, marzo 20, 2017

«La amiga de Paula», relato breve



Este relato está especialmente dedicado a Paula, hija del Ilustrador de Barcos; por no perderse ni uno solo de los que componen esta floreciente colección y que bien se ha merecido dar nombre a la protagonista de esta pequeña historia.



El sol de la mañana fue cuarteando las apiñadas y pesadas nubes, acumuladas frente al acantilado de Kopek. Una a una fueron siendo abandonadas por un desfallecido viento de tormenta, incapaz de arrastrarlas con sus últimos coletazos y dejándolas a su suerte, que no era otra que terminar desechas en ridículos guiñapos. Largos y oblicuos dedos de renovada claridad acariciaban la superficie de un mar aún convulsionado, proclamando el pronto regreso de las largas y agradables jornadas estivales que quedaban por vivirse aquel año. Aún quedaban bastantes días de Julio y el mes de Agosto entero.

Finalizada la pesadilla, recuperados los colores brillantes y siendo ya la lluvia fría un engorroso recuerdo, la tierra dejó de temblar bajo los cimientos del viejo faro con cada embestida de las olas; las contraventanas de madera no chasqueaban ni daba golpes, pues los terribles y traviesos céfiros habían renunciado a seguir presentando batalla y tan solo suspiraban de impotencia y rabia contra la alta y espigada mole de ladrillo.

Y fue justo la ausencia de ese quejido tempestuoso lo que atrajo la adormilada atención de Paula, aún protegida bajo las sábanas y una socorrida y gruesa manta de viaje, desenterrada del fondo del armario en pleno verano por culpa de la galerna. La niña se fue desperezando sin prisas, algo a lo que se había acostumbrado desde que volviera a vivir con su padre en el faro; desde que comenzaran las vacaciones. A pesar de la oscuridad reinante, Paula sabía que era de día y que la tormenta había capitulado, lo cual le produjo cosquillas en las comisuras de los labios, sonriendo así de oreja a oreja. Se acabaron el encierro obligado y el malhumor sin interrupción de su padre, único vigilante de la luz de Kopek en su nuevo emplazamiento, construido hacía poco más de quince años, en un punto más propicio de la costa.

Paula apartó de sí la manta y abandonó la calidez de su suave refugio para vestirse todo lo deprisa que pudo, aunque no debería costarle gran trabajo: aparte de la ropa interior, tan solo necesitaba su vestido de tirantes, un par de calcetines y sus sandalias, por lo que pronto estuvo lista para deambular por la pequeña casa del farero y asomarse al exterior.

Luego, abrió la ventana y las contraventanas para que la luz entrara libre en la casa.

Junto a su habitación, puerta con puerta, se situaba el dormitorio de su padre. Desde el umbral, sin atreverse a entrar por miedo a provocar algún ruido que lo despertase, Paula encontró a su progenitor durmiendo a pierna suelta, echado a un lado de la cama y dándole la espalda al pasillo. De vez en cuando soltaba algún sonoro ronquido que incitaba en Paula una risa inocente que ahogaba con suma rapidez, llevándose la palma de la mano a la boca.

Sobre la única silla del dormitorio, la ropa impermeable del farero había sido echada de cualquiera manera y, a los pies del mueble, se había formado un charco de agua que hacía brillar las pequeñas y rugosas baldosas de color terroso que cubrían el suelo.

Su padre no había disfrutado de un solo instante de descanso desde que diera comienzo la tormenta, escalando constantemente hasta el cuarto de servicio y la vidriera para comprobar que la luz y el mecanismo no sufrían daños y asomarse al balcón para otear el horizonte. Había vivido a base del café «de la casa», tan fuerte que le arrugaba y encogía el rostro cada vez que lo hundía en la taza.

—Es una gran responsabilidad, Paula —le reprendió su padre un par de noches atrás, con los ojos encendidos por el enojo y el cansancio—. Métetelo en la mollera.

No lograba a dar con la razón de la bronca que le echó entonces su padre, pero Paula ya había asumido, hacía mucho tiempo, que, durante las tormentas, era mejor no llevarle la contraria, sobre todo cuando se ponía algo desagradable sin ser ésa su intención.

Y era duro vivir esos días de tormenta en verano, sin un solo niño en varias leguas a la redonda. Si al menos tuviera algún amigo para pasar el rato…

Con sigilo, Paula avanzó hasta llegar a la pequeña cocina, donde, tras ponerse de  puntillas para abrir las dos pequeñas ventanas y contraventanas allí instaladas, consultó el barómetro colgado de la pared, junto al calendario. Había ido subiendo desde los 734 hasta los 755, de viento-lluvia a variable.

«Inmejorable señal».

Paula se vio entonces acorralada por el hambre y las ganas de desayunar; poco importaba que estuviera en la cocina una vez más sola, sin la compañía de su padre, pues llevaba haciéndolo desde que la tormenta se anunciara, según los partes radiados, como algo cercano al fin del mundo. Pero Paula tenía más ganas, unas ganas inmensas, de subir hasta la luz del faro y ver de nuevo el mundo sin los párpados de madera de las contraventanas, atrancados y asegurados con pestillos. El acceso a la torre del faro se practicaba directa y discretamente desde la cocina y Paula subió con suma cautela los setenta y cinco escalones, altos y estrechísimos que conducían hasta lo más alto; y lo logró, aún con su pequeño y tembloroso cuerpo y enojada consigo misma por no haber crecido aún lo suficiente como para poder levantar las rodillas sin tanto esfuerzo y no tener que ayudarse, de vez en cuando, de su manos.

La subida había que practicarla de una sola tirada, sin descansos, pues, de lo contrario, se corría el peligro de dejarse vencer por el vértigo en ese camino ascendente y en espiral. Cada peldaño era un desafío al que Paula solo podía hacer frente con su pierna derecha, haciendo fuerza hasta que le palpitaron el muslo y el gemelo, a la par que se quedara sin resuello, sintiendo un ardor rugoso en los  pulmones. Podía corretear, saltar y bailar sin parar, durante horas, por las verdes y frondosas colinas que rodeaban el faro, ante la mirada risueña de su padre durante los días de sol, pero subir aquella escalera le superaba, mas era el precio que tenía que pagar por admirar en toda su extensión lo que el anterior farero solía  nombrar como “nuestro reino”.

Por fin, Paula puso el pie en el septuagésimo quinto escalón y descorrió el pestillo de la trampilla que daba al cuarto de servicio. Subió cinco escalones más, abrió la puerta de la vidriera y se asomó al balcón. Fuera, la brisa fresca y juguetona saludó con entusiasmo a la niña, debiendo ésta aferrarse con fuerza a la barandilla que la protegía de una caída asombrosamente larga y mortal de necesidad. El cabello trenzado de Paula, largo y pajizo, revoloteaba al son de la caprichosa corriente de aire que en nada tenía que ver con los vientos de la pasada tormenta.

 Desde allí arriba, a una altura de cincuenta metros por encima del nivel del mar, sumada la del acantilado de Kopek y la de la propia estructura, Paula se maravilló admirando una vez más “nuestro reino”, llegando a discernir, tras las suaves colinas que rodeaban al faro, a resguardo en la ensenada y  con sus casas de tejados rojizos, las lindes del pueblecito de Kopek.

Paula saludaba, con la sonrisa de un prisionero liberado, el avance imparable del sol que desmenuzaba las rezagadas nubes de tormenta. Se dejaba acariciar la piel expuesta por el calor creciente y burbujeante. Pero la sombra demudó su claro e infantil rostro cuando comprendió, o recordó, que la tempestad siempre se cobraba su tributo al haber dado fin a su cólera: los campos deslucían apagados y marchitos, con sus flores arrancadas y barridas de su faz; los bosquecillos cercanos habían sido víctimas del juego perverso de los vientos, y las ramas, partidas, se hallaban diseminadas a los pies de árboles raquíticos y sobre la serpenteante senda que llevaba al pueblo. La playa, a los pies del viejo faro, ya no era blanca, sino gris y cubierta de desechos que el mar había arrastrado hasta la orilla, dejándola sucia y privada de gran parte de su arena, como si un enorme puño se hubiera cerrado sobre la misma con inconmensurable avaricia, justo bajo los cimientos de la estructura, dando un aviso al farero de que, quizá, con el próximo ataque le expulsaría para siempre de aquel codiciado paraje.

Era la devastación de siempre. «Los restos de la juerga», como solía decirle su padre cuando, una vez recobrado de las noches de tormenta y sin dormir, se disponía a limpiar los destrozos. «Debemos mantener la casa limpia, tanto para dentro como para fuera».

Una devastación que no era desconocida para Paula pero que, no por ello, le resultaba agradable de presenciar. 

Paula advirtió que allí abajo había algo extraño. Venciendo en parte el miedo a las alturas que en ocasiones la atenazaba, estiró el cuello y aguzó la vista. Entre los despojos traídos por el mar y entre las heridas abiertas en la playa, a no más de doscientos metros de distancia de la base del faro, una gran masa ennegrecida sobresalía desesperada y en silencio de entre la arena. Paula frunció el ceño y levantó la nariz, echando en falta el no tener a mano los prismáticos de su padre. 

Aquello parecía ser los restos de un barco. Paula advirtió al menos un mástil tronchado. Era enorme, aunque más de la mitad de su eslora seguía bajo el arenal.

Como después de cada tormenta, aún desoyendo las órdenes de su padre de no deambular por entre los despojos hasta que la resaca del mar se desvaneciera, Paula gustaba inspeccionar y hasta coleccionar objetos que abandonaba la marea junto al faro; al igual que hacía los días de tranquilidad. No había que perder las buenas costumbres, aún cuando muchas veces solo se encontrara basura.

«Todo lo que arroja el mar no es de nadie, hija mía». 

Siempre había algo con que maravillarse y sus tesoros favoritos eran los trozos de vidrio pulido durante décadas por las olas. La niña fantaseaba con la idea de que eran obsequios de vasallaje de la tempestad, de nuevo humillada ante el imponente faro.

Pero, si aquella cosa negra era un pecio, quizá podría encontrar un detalle, un tesoro por el que hubiera valido la pena todos los días de ostracismo y aburrimiento dentro de casa, sin otra cosa que escuchar que las maldiciones de su padre y la respuesta a las mismas por parte de un viento hostil.

Sin siquiera haberse percatado de que la visión del pecio había hecho recorrer un hondo escalofrío a lo largo del espinazo y de su temprana mente, Paula debió dejarse llevar por la urgencia de bajar las escaleras casi a trompicones y despertar a su padre para que pidiera ayuda por radio. Sin embargo, la niña se contuvo, sabedora, gracias a su en ocasiones sorprendente madurez, de que las personas que tripularon aquella nave hacía mucho que habían dejado de necesitar auxilio alguno.

Paula quería descender hasta la playa y observar los restos, descubrir algún minúsculo tesoro que añadir a su colección; aquello que le llamara la atención y podría llevar consigo de vuelta a casa, aunque su valor real fuera irrisorio.

Transportada por las alas de un absurdo sentimiento que confundió con la felicidad y olvidando el hambre que le pinchaba el estómago, Paula descendió los setenta y cinco escalones de la torre del faro, sin verse acosada por el vértigo ni por el miedo a tropezar con sus sandalias. Corrió por el pasillo, tras cruzar la cocina, y saltó al exterior por la puerta principal de la casa del faro, que daba la espalda a la torre y al mar.

Paula corrió sintiendo aflorar una risa algo tenebrosa en las entrañas, por la que no se preocupó lo más mínimo. Corrió por el prado y las suaves colinas mientras los bajos de su vestido recogían las últimas gotas de lluvia prendidas en las altas hierbas y sus calcetines se empapaban hasta la perdición. Se estaba jugando un buen resfriado por, simplemente, no darse la vuelta y coger las botas de goma que seguían, estoicas e ignoradas, junto a la puerta principal de la casa que acababa de traspasar.

Corrió y corrió. Llegó a la playa jadeando y esquivando los montículos de algas arrancadas y arrojadas lejos de sí, con despecho y de sus entrañas, por el celoso mar. Corrió aún hundiendo las sandalias en la arena que se adhería con apetito a la lana chorreante de los calcetines.

La niña se detuvo a escasa distancia de la enorme bestia negra, resurgida de la tierra, con las cuadernas a la vista y pobladas por una miríada de seres diminutos que las consumían con suma paciencia. Una honda tristeza hizo presa en su ánimo y clavó la avergonzada mirada justo sobre sus fríos dedos, cubiertos por unos calcetines mojados y una espesa capa de arena.

¿Cuántos años llevaría enterrado aquel barco de madera? ¿Cuándo llegó hasta aquella costa? ¿Cuál sería su nombre? ¿Quiénes serían las últimas personas que lo tripularon y que ya no necesitaban ayuda alguna? Las respuestas a todas estas preguntas también eran tesoros de inconcebible valor para la despierta imaginación y curiosidad de la hija del farero de Kopek.

Con timidez, Paula se acercó al pecio, tanto como para permitirse acariciar lo que quedaba de escobén tras alargar su delgado brazo. El tacto con aquella superficie la horrorizó y apartó los dedos, poseída por un novedoso e inexplicable temor reverencial. Dio un paso hacia atrás y se llevó las manos entrelazadas a la altura del pecho.

Un rayo de sol se centró en aquella posición y proporcionó un poco calor a la chiquilla. El miedo, cualquiera que éste fuese, se desvaneció y Paula bordeó con cautela el pecio, de babor a estribor, para ir recomponiendo en su mente cómo debió ser aquel barco antes de terminar allí. Ya había sentenciado, con infantil serenidad, que debía de ser un bergantín, pero también podría ser una fragata. Podría ser cualquier tipo de buque.

El cielo comenzó a despejarse del todo y el astro a hacerse sentir fuerte y pesado. Una sombra revoloteó desde las alturas para tomar posesión de la escoria.

«¿Por qué no está el lugar infestado de gaviotas dando cuenta del manjar adherido durante años sobre las maderas del pecio?», pensó Paula, desconcertada antes de alzar la mirada para encontrarse con los descoloridos ojos de una niña que le resultaba ser desconocida, subida a los restos del supuesto bergantín.

Paula se sobresaltó, pero rápido se recompuso, como era natural en ella, aun sin dejar de mantener entrelazadas las manos contra el pecho. 

La niña que se encontraba sobre el pecio, de cuclillas, tenía el pelo moreno y liso, cortado por la altura de la barbilla. Su rostro estaba tiznado por lo que parecía ser hollín, tan negro como los restos exhumados del barco. Su vestido, muy parecido al de Paula, estaba sucio y raído. Su minúscula boca daba al conjunto una firma de desdicha insoportable.

Paula reunió un poco más de valor aquella mañana, de ese perdido entre las matas cuando salió rauda por la puerta de la casita del faro con dirección a la playa, y se dirigió a la misteriosa niña con un hilo de voz:

—Hola.

La mirada descolorida de la extraña niña no se apartó un solo instante de la de Paula, incomodándola a ésta última de forma inenarrable. 

—Hola —repitió Paula, queriéndolo hacer con algo más de seguridad.

De nuevo, no hubo respuesta.

—¿Sabes que no responder a un saludo es de mala educación? —reprendió la hija del farero, de repente ofendida y sobrada de pedantería que pronto rebajó.

Si antes no hubo respuesta por parte de la niña del pecio, ahora la cosa no varió lo más mínimo. 

—Yo me llamo Paula —se presentó Paula, imprimiendo amabilidad a sus palabras y, por supuesto no dándose por vencida—. Tú, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Araceli —respondió la niña de cuclillas sobre el pecio.

«¡Aleluya! Así debían de sentirse los aventureros cuando llegaban a tierras desconocidas y trataban de hacerse comprender», pensó Paula, embargándola una alegría que no estaba justificada.

—Hola Araceli.

—Hola.

—No deberías estar ahí subida, Araceli.

—¿Por qué no?

—Es peligroso.

Araceli no movía ni un solo músculo de su cuerpo y hablaba apenas sin abrir la boca.

—No es peligroso, Paula. Conozco muy bien este barco. Fue mi casa y aún no he encontrado en él lo que estoy buscando.

«¡¿Qué dice?! No debe estar en sus cabales», pensó Paula, recitando palabra por palabra una de las frases favoritas de su padre.

Araceli se reincorporó y caminó sobre los restos con asombrosa facilidad, ausente, como si Paula le resultara tan interesante como una mota de polvo. Paula comprobó que aquella niña era más baja que ella, aunque bien podría ser de su misma edad.

—Oye —insistió Paula con timidez, abochornada porque su estómago acababa de soltar un leve rugido que solo ella había escuchado, aunque no lo creyera así—. ¿Has desayunado? Yo no. Vivo en el faro. Si quieres…

Araceli giró la cabeza hacia Paula y ésta sintió cómo se le erizaban los pelos de la nuca. La niña bajó de los restos, posando sus pies desnudos en la arena.

—Tengo mucha hambre —confesó Araceli, quieta y con los brazos pegados al cuerpo, a corta distancia de Paula. La niña trató de sonreír a su anfitriona, pero enseguida cesó en el empeño y se sumió en una muda melancolía—. Pero he de volver pronto. Aún no he encontrado lo que ando buscando.

Ambas chicas hicieron el camino de regreso al faro en silencio. Araceli era terriblemente lenta subiendo el acantilado y las colinas, aunque a Paula le daba igual: se podía comprobar que estaba contenta como unas castañuelas si uno se molestaba en estudiar sus pasos saltarines, aunque ella ni se daba cuenta de ello. Aún siendo con aquella extravagante niña, Paula parecía haber encontrado a alguien con quien jugar, una amiga. Era algo en aquel  lugar.

A unas decenas de metros del faro, Paula comprobó que se había dejado la puerta principal de la casa abierta de par en par, señal inequívoca de la censurable emoción que la embargó cuando descubrió el pecio salido de entre las arenas de la playa. Soltó una carcajada y compartió tal descuido con su nueva amiga, Araceli, pero ésta caminaba tan solo, con las manos cruzadas sobre el estómago.

«Qué chica ésta…».

Pero enseguida Paula se compadeció.

«Estará muerta de hambre y de frío. Está descalza…».

Paula se había olvidado por completo de sus calcetines, encharcados de agua, y de los sucios bajos de su vestido de verano.

Antes de pisar la sombra que proyectaba la torre del faro, Araceli se detuvo en seco; alzó el mentón, abrió su pequeña boca y se abandonó al arrobamiento. 

—No reconozco este lugar —murmuró la niña—, pero, si tan solo si hubiera estado aquí cuando ocurrió todo…

Paula volvió a fruncir el ceño.

—Vamos dentro —invitó Paula, casi tirando de Araceli.

Ambas muchachas quedaron a la sombra del faro y entraron en la casa, siendo Paula seguida por la tímida Araceli. Recorrieron el estrecho pasillo y dejaron atrás el dormitorio del farero, que seguía sumido en sus sueños. En la blanca cocina, sirviéndose de una silla como improvisada escalera, Paula fue abriendo armarios y sacando todo lo necesario para acallar los rugidos de dos estómagos jóvenes y hambrientos. Leche, que vertió en un par de cuencos, pan cortado en rebanadas, mermelada y miel. Paula sirvió con generosidad a su invitada y también para ella misma.

Araceli se sentó en la silla del farero por orden de Paula, mientras ésta última ocupaba la que daba la espalda al pasillo y comenzó a comer con ganas y a hablar también, muy alto, acompañando sus palabras con sonoras carcajadas.

Araceli no contestaba, pero escuchaba todo lo que Paula le contaba.

Cuando Paula iba por su tercera rebanada de pan con miel, una corriente de aire le traspasó la espalda, erizándole todo el vello, precediendo a la irrupción de su padre en la cocina, legañoso, despeinado y ajustándose los tirantes.

—Ah, eres tú, papá —dijo con alegría Paula al darse la vuelta en su silla.

—¿A qué vienen tantas risas, hija? —preguntó el hombre mientras bostezaba y trataba de encontrar las palabras con las que interrogar a Paula acerca del festín que había organizado en la mesa redonda de la cocina.

—Le estaba contando a Araceli, mi nueva amiga, mis aventuras de cuando llegué al pueblo el año pasado —informó Paula, excitada—. La he invitado a desayunar y a sentarse en tu silla, si no te importa, papá.

El farero miró a su hija con la frente surcada de arrugas de preocupación y sudor seco.

—Pero, ¿qué estás diciendo, Paula? Aquí no hay nadie más que tú.

La niña palideció. Su última rebanada se quedó a las puertas de su boca cubierta por pegajosa miel. Se giró hacia Araceli y donde ésta había estado sentada hasta ese mismo instante, sobre la silla y el mantel, tan solo quedó un montón de arena fina y blanca de la playa de Kopek. 

Durante los siguientes días, varios hombres del pueblo se acercaron hasta el faro para inspeccionar el pecio que había encontrado Paula. Poco después llegaron un par de periodistas con grandes cámaras fotográficas, metidos como sardinas dentro de un minúsculo coche color azul pálido, quienes regresaron a la gran ciudad con la noticia de que habían sido descubiertos los restos de un velero y que, supuestamente, era el Húngaro, que había desaparecido hacía treinta años, durante una de las grandes tormentas de verano de Kopek, con su capitán, su esposa Marta y su hija, Araceli, a bordo.

Paula no quiso prestar oídos a los periódicos que su padre leía en voz alta y que dedicaban espacio a la noticia del hallazgo del pecio. La niña tan solo subía a lo alto del faro y, en silencio, se quedaba durante horas contemplando los restos ennegrecidos del navío.



FIN

lunes, marzo 13, 2017

Náufrago

El viento agitaba con violencia las páginas del libro que reposaba sobre la mesa del porche. Él lo había arrancado de su polvoriento descanso en la estantería con el único propósito de volver a disfrutar de su lectura, pero abandonó la empresa en cuestión de minutos. Había paseado su mirada cansada tantas veces por aquellas escenas encadenadas a través de apretados párrafos que se sabía de memoria cada diálogo, cada descripción.

Lo había leído una y mil veces, al igual que todos y cada uno de los volúmenes que atesoraba la pequeña estantería de la salita de estar, la que ahora estaba a sus espaldas, al otro lado de la puerta acristalada que temblaba de miedo ante el creciente empuje de la brisa.

El frío le obligó a encogerse, a rodear el pecho con sus fuertes brazos, mas decidió no resguardarse dentro. Estaba relativamente cómodo, a gusto sentado en la silla de madera del porche, con los pies sobre la barandilla y con los ojos fijos en un mar gris salpicado de manchas blancas en la lejanía. Había estado en muchos otros sitios peores, más gélidos y desapacibles que aquel.

El barómetro le había susurrado hacía un rato qué iba a acontecer aquella tarde y, por alguna razón, no quería perderse la tempestad que se acercaba. Pero no subió a la torre del faro de aquella pequeña y olvidada isla rocosa. ¿Para qué iba a molestarse? Hacías meses que el combustible se había agotado y desde que naufragó allí… ya ni recordaba cuántos años llevaba solo en aquel islote, a cargo de un faro muerto. 

Una tormenta igual a la que se preparaba, sorprendió al velero mercante en el que estaba enrolado como gaviero cuando tenía tan solo veinte años y, a la mañana siguiente, su cuerpo machacado pero con vida apareció entre las rocas de aquella masa informe de roca, hogar de gaviotas y focas y donde se alzaba un faro sin farero. Ya apenas recordaba la desesperación de encontrarse solo en un lugar donde no crecía ni un triste árbol con el que construir una barca y volver al mundo; solo recordaba el frío que le atenazaba mientras se aferraba a las cortantes rocas para salir de agua y escupía y escupía el salitre con asco. Fue uno de los momentos mas horrorosos que podía recordar.

En aquella isla solo había un faro abandonado, de sólida piedra y escasos muebles, adornado con los detalles del paso de alguien que desapareció mucho antes de que él naciera.

lunes, junio 06, 2016

Relato corto: «Aquel último sábado»

Introducción a este relato que vais a leer en breve

Hace unas semanas, en el Foro Abretelibro, se celebró un concurso de temática libre entre sus usuarios, con motivo de la entrada de la estación de la Primavera (la cual, muy tímida esta ocasión, aún no se deja ver, para alegría mía y de mi alergia). Tuve a bien, por estas vueltas que da la vida, presentarme al mismo sin tener la más mínima de las intenciones por ganar, sino todo lo contrario: las de compartir.

Como sabéis que últimamente le estoy dando al asunto del relato y he de confesar que me sirvo de algunos de mis sueños recurrentes para dar pie a las historias: accedo o me “materializo” junto a o dentro de extrañas estructuras, casi siempre tres, pero en cada pasaje onírico adquieren un diferente aspecto (una casa victoriana, un museo, una gruta, una iglesia). Este último “viaje”, que sirve para crear el particular ambiente en el que se desarrolla con lentitud el relato, es uno de los más recientes y de los que he tomado la oportuna nota. Quería saber qué había soñado; qué era ese edificio comido por la vegetación; esa casa extraña y quien se sentaba junto al río con un cubo lleno de hielo y cervezas. Sin embargo, ese lugar estaba dentro de otro y surgió Stillson. Me encantan las ucronías y Ray Bradbury, y también la década de 1960. Al estudiar la carrera espacial de la NASA por hobby y conocer que en 1966 ya estaba configurado un programa de conquista de Marte (sí, 1966, antes de llegar a la Luna, y que tendría que haberse materializado en 1986, pero que el éxito de los Apolo lo relegó al olvido), tenía lo que quería.

Sé que muchos observaréis que el texto parece más bien un capítulo introductorio a una novela. No era mi intención a la hora de escribirlo, pero, al final, ha sido así. Mientras transcribía en primera persona los recuerdos de Mickey (de apellido Sullivan, por si os lo preguntáis), se fue formando la idea de escribir muchos más relatos relacionados con mi propia ucronía; las líneas se han ido agolpando y las he ido anotando con paciencia: historias con personajes que se van a ir entrecruzando, siempre relacionados con Marte y el abandono de la Tierra, pero que ya “sucedió” en la década de 1960. Me parece que el escenario es atractivo, no digamos ya si mezclamos al brebaje la Guerra Fría o varios puntos Jombar (el éxito del bombardero estratosférico nazi que acaba en EEUU, el avance de la carrera espacial que permite llegar a la Luna en 1955, y mucho más); tanto que la recopilación ya tiene título y hasta portada, aunque. Tan “solo” me falta el contenido.

Aparte de este pequeño relato introductorio, he escrito otro que he titulado “Rarezas Cósmicas” y que ronda las 15.000 palabras. Obviamente, me he pasado de la raya en este último.

Supongo que también os preguntaréis en qué posición quedé en el ranking de participantes anónimos hasta que se dieron a conocer las puntuaciones. Pues no he ganado, pero tampoco me he quedado entre los últimos. Como os he dicho, no tenía intención alguna de presentarme a un “Planeta”, aunque bien es cierto que ha habido gran cantidad de gente (a los comentarios en el foro me remito) que no ha entendido muy bien el espíritu del relato, sobre todo por parte de aquellos apegados a las infames novelas actuales divididas en capítulos de página y media y que se leen como si se vieran un telefilm de sobremesa.

No sé si me dejo algo en el tintero, probablemente sí, pero creo que me he explicado lo suficiente, dando las razones que han precedido al alumbramiento de este relato y las consecuencias que le han sucedido que, ahora sí, os invito a leer.

*****

Relato «Aquel último sábado»

A lo largo de la tarde del primer sábado de otoño regresó la tan ansiada lluvia tras un verano seco en exceso. El smog, en suspensión durante semanas sobre la localidad de Stillson, debido la ausencia de precipitaciones, tiñó por sorpresa de rojo sangre la tierra y las calles, los toldos de las tiendas y las cabezas de los que no tenían un paraguas a mano bajo el que resguardarse.

Yo estaba allí para ser testigo de ese fenómeno tan extraño; sin embargo, me dije que debía empezar a acostumbrarme a ese color, pues iba a ser la tónica predominante en mi futura vida.

El mundo dejó de girar por un instante imposible de calcular. Los coches se fueron deteniendo en el arcén; los viejos bajo el porche de Dean’s dejaron de leer el periódico; dos mujeres frente a la gasolinera se abrazaron, pero no temblaron de terror; incluso un maldito mocoso, que berreaba como una gaviota en celo, cerró la boca. Tan solo se escuchaba la lluvia caer; un sonido como el del aceite hirviendo en una sartén.

Lo único que me permitía saber que seguíamos todos vivos, que no nos habíamos transformado en estatuas de mármol,  fueron los vaporosos y delicados vestidos blancos  y de tirantes que pendían de los hombros de tres chicas que cruzaron la calzada a saltitos, con los pies de puntillas, con miedo a pisar, con sus zapatos de cenicienta, los charcos terrosos que fueron cubriendo el abombado asfalto hasta convertir la carretera en una piscina. 

Aquellas tres chicas reían sin importarles que la lluvia roja ensuciara irremediablemente sus vestidos y empaparan sus bronceadas piernas.

Yo era incapaz de apartar la vista de aquel fascinante pasatiempo. No sin embargo, es uno de los pocos recuerdos, de antes de abandonar aquel pueblo olvidado de la mano de Dios, que logran enmarcar una estúpida y amplia sonrisa de nostalgia en mi arrugada cara.

Por entonces yo tenía veintitrés años y la certeza de considerarme dueño de mi destino. Me creía inmortal. Ahí es nada. Y sabía que pronto me largaría de Stillson, un agujero que pretendió ser una postal idílica y que detuvo su crecimiento a varias decenas de kilómetros de la gran urbe de Stillake; el lugar perfecto para aquellos que no necesitaban el cerebro para sobrevivir y llevar a casa un jornal. Me largaría el miércoles siguiente en un transporte; quedaban menos de cinco días. Cuatro y unas horas.

Cuando me pilló el fenómeno tormentoso, desprevenido, en medio de la calle principal y sin paraguas, volvía del trabajo en la fábrica de motores de Lloyd’s, mi primer y último trabajo en Stillson. Con lo que gané en Lloyd’s logré los caudales necesarios para dar el siguiente paso, para darle la espalda definitivamente a mi mala suerte.

Encontré protección frente a la lluvia roja tras el amplio cristal del escaparate de la tienda de ultramarinos de Petersen. Entré y me quedé contemplando la escena que se desarrollaba en el exterior.

La chica que estaba tras el mostrador me observaba con sus ojos artificiales, de un índigo imposible de ver en un ser humano; dos escalofriantes luceros clavados en un bello rostro de piel de melocotón (aunque, en realidad, era de látex), escogido al azar entre la amplia variedad de modelos rubias de casting que poblaban el interesante folleto de ofertas de la empresa Ginecorp, más asequibles que las versiones de Romy Schneider o de Julie Christie que eran el último grito para aquellos que contrataban los servicios de la potente Gineoptics en la Gran Ciudad.

En aquella época me habría apostado parte de mi salario con mis compañeros de trabajo a que el viejo roñoso de Petersen se había ahorrado un buen pellizco en cuanto a la partida del rostro de su pequeña gineoide, pero que se había dejado arruinar dotándola de órganos sexuales hipersensibles… El muy depravado.

Aquella chica me observaba a mí y no al espectáculo que se representaba en la calle. Ladeaba la cabeza, ora hacia el hombro izquierdo, ora hacia el derecho, tratando de procesar quién o qué era yo: un cliente despistado o una amenaza, una de dos. Con cada movimiento de su cuello, la coleta que recogía su brillante cabello sintético espantaba hasta a la mosca más enconada.

La chica bien podía recelar de mí. Stillson era un pueblo anclado, en todos los aspectos, en un punto no determinado de la década de los ’40, la misma que me vio nacer; y ver un chaval como yo era un fenómeno más extraño aún que el de la lluvia roja: un individuo que caminaba arrastrando los pies, enfundados en unas zapatillas ajadas y casi sin suela, vistiendo unos vaqueros raídos a juego con una camiseta de manga corta de Buffalo Springfield, y cerrando el conjunto con unas greñas y barba que me valieron más de un comentario despectivo por parte de algún que otro viejo. 

—Chico, ¿te han abandonado aquí los del Circo? ¿Qué les habrás hecho?

Era un bicho raro en una localidad en la que en su única sala de cine no hacían otra cosa que proyectar la película «Dumbo» de la Disney, como si los niños y los adultos de Stillson nunca se cansaran de esa historia. Por ello, quizá sí o quizá no, en la fábrica les hacía especialmente gracia que quisiera que me llamaran Mickey y no Michael; y acabé siendo Mickey el no-ratón, gracias a la ocurrencia de alguno de los más ingeniosos de la cadena de montaje.

Espoleado por una ola de vergüenza y un estremecimiento al saberme espiado por una máquina que pensaba más rápido que yo, pero que sus pensamientos no eran más que frases pregrabadas en una finísima cinta magnética, mostré los dientes, nervioso. La chica reaccionó devolviéndome una amplia y perfecta sonrisa de anuncio, pero no apartó su inquisitiva mirada de mí hasta el instante en el que entró en la tienda un obrero enfundado en un mono azul y negro dos tallas más grande de la que le correspondería y que pertenecía a la Clanckers, la fábrica de procesadores contigua a aquella en la que yo me dejaba la piel. El tipo entró chorreando gotas rojizas y preguntó, mientras se rascaba el trasero con fruición (total, le hablaba a una máquina y no había allí otro humano aparte de mí) cuánto costaba un paquete de veinticuatro analgésicos suaves.

Lo más remarcable del suceso de la lluvia roja fue que, tras el paso del frente tormentoso, el firmamento volvió a mostrarse añil de día y perlado de estrellas de noche. Mas el otoño no desanimó al sol, que seguía pegando con fuerza, encorvando mi sombra sobre el asfalto y haciendo mofa de mi cuerpo encogido y de mi espalda cubierta de sudor. Me picaba y escocía a rabiar la piel sudada, allí justo donde no alcanzaba con la mano. Era como si alguien me hubiera pegado un escopetazo con un cartucho cargado de sal.

Cuando cesó de llover, los vehículos parados en el arcén reanudaron su marcha sin que sus ocupantes se preocuparan por el aspecto del cielo ni por el de las fachadas de planta baja y primera que constituían el común de todos los edificios de Stillson.

El color rojo parecía formar parte del paisaje habitual de aquel pueblo.

Salí de la tienda de Petersen, sin haber comprado nada, tras el obrero de Clanckers, que caminaba a buen ritmo a la par que leía el prospecto de los analgésicos que terminó llevándose consigo. El reloj del campanario marcó la hora. Es raro que no recuerde exactamente si daba en punto o a y media; pero, al escuchar el tañido metálico, el tipo corrió, como una bolsa de plástico empujada por el viento, hasta la parada del autobús, donde logró llegar antes de que el último transporte cerrara sus puertas y partiera hacia las afueras. El de Clanckers exhaló un hondo suspiro de alivio al echar las monedas en la máquina registradora.

Yo, al contrario que todos en Stillson, iba y volvía andando del trabajo todos los días. Otra rareza de Mickey el no-ratón.

Pateándome la larga calle principal (y única) de Stillson, llegué a la barbería de los Neones Apagados (así rezaba en la fachada, no me lo he inventado yo) y giré a la izquierda, internándome en la parte oculta del pueblo, es decir, en los campos y bosques que se cernían sobre éste. Una placa parcialmente oxidada indicaba que estaba en el Camino del Molino, mas hacía mucho tiempo que había dejado de existir un molino para moler grano gracias a la fuerza hidráulica del río Stillmer. En su lugar, una alta estructura rompía la monotonía del skyline de Stillson; su forma hacía creer al recién llegado que se trataba de un depósito de agua sostenido sobre anchos pilares cubiertos de enredaderas, pero, a medida que se recorría el camino y se acercaba uno al río, caía en la cuenta de que se trataba de un extraño edificio compuesto por varias plantas de altura, abandonado y con cuencas vacías por ventanas, a través de las cuales se podía atisbar grafitis cubiertos por la Naturaleza. Sus tres primeras plantas estaban clausuradas con muros de ladrillo y lo primero que te dejaba sin palabras era el hedor de podredumbre que desprendía, al que podías llegar a acostumbrarte si llevabas la suficiente carga de alcohol etílico en las venas.

Nadie me quiso decir qué era ese edificio abandonado, ni siquiera Stan, el único compañero de trabajo en Lloyd’s al que me digné en llamar amigo, quien vivía a la sombra de la estructura y a quien iba a visitar aquella tarde, continuando la tradición que habíamos iniciado durante los últimos días de Agosto.

Stan me esperaba. El que hubiera una silla plegable de playa al lado de su butacón, sobre la rampa de la parte posterior que daba al río, era buena prueba de ello; más cuando aquella iba a ser la última ocasión en la que nos veríamos.

Desde hacía semanas Stan disponía la silla a su lado, todo un gesto por parte de mi amigo, para que yo no tuviera que andar peleándome con los cacharros que amontonaba y metía a presión en el trastero exterior de su casa, que era un largo rectángulo de hormigón armado en cuyos extremos, en vez de paredes, había unas inmensas cristaleras y las dos únicas puertas, también de cristal, practicadas en la vivienda, donde medraba el verdín.

La rampa era una lengua de cemento resquebrajado que salía de debajo de la vivienda y se introducía en un recodo del río Stillmer, al abrigo de un bosque viejo que era incapaz de desprenderse de esa pátina de triste abandono que parecía cubrirlo todo durante aquellos días. De pie sobre la rampa, uno podía contemplar el lecho del río, cubierto con escombros de obra y cómo, de una gruesa rama de roble, unida a ella por una soga, pendía un neumático de camión que aún esperaba con paciencia a que un niño, sin importarle el nombre y la edad, volviera a columpiarse en él.

A cambio de mi silla bien dispuesta, Stan solo me obligaba a cargar con el cubo lleno de hielo y botellines de cerveza, desde la cocina hasta la rampa. En honor a la verdad, era el único peaje que tenía que pagar por disfrutar de aquellas tardes en su casa, junto al río y a la fresca.

Tras acarrear el dichoso cubo hasta los pies de mi anfitrión, repantigado en su butacón y con todo su ser a miles de kilómetros de distancia, me acomodé como mejor pude y agarré dos botellines por el cuello, ofreciéndole uno a Stan, que volvió de su viaje astral gracias al certero codazo que le propiné en las costillas. Cogió la birra sin decir ni un «hola, Mickey» y le arrancó la chapa con las muelas. Yo fui más comprensivo con mi dentadura y empleé el abrebotellines que pendía del asa del cubo.

—¿Ya tienes todos los bártulos preparados para marcharte, chaval? —me preguntó Stan sin mover un solo músculo de su cuerpo, al igual que la pitonisa de la feria que acababa de marcharse de Stillson unos días atrás, dejando el prado de Tanner lleno de basura; el mismo Circo que «me había dejado abandonado», según aquel despreciable viejo. 

La voz de Stan sonaba neutra; quería dominar unos sentimientos que hasta entonces me eran desconocidos en él.

—Sí. —Mi respuesta sonó ronca, como un gruñido animal. Me había pasado más de seis horas sin abrir la boca y sin haber dirigido la palabra a nadie en el trabajo. Me limité a cumplir órdenes sin cuestionarlas y a saludar a mis compañeros y al guarda de seguridad alzando el mentón; nada más. En una fábrica como Lloyd’s cuanto menos se hablara más alta sería la nómina al final de la semana. Me aclaré la garganta y traté de adelantarme a cualquier otra pregunta que a Stan se le pudiera ocurrir—: Tengo las maletas preparadas en el hostal, el billete para el transporte de Aeroflot de la semana que viene, los permisos, el pasaporte… Tan solo he de esperar a que, en la fábrica, el amigo Mendel me entregue el finiquito y el talón. Eso será el lunes y saldré volando al miércoles. A donde voy, hace falta dinero para empezar.

Stan asintió con la cabeza, como diciendo «¿y dónde no?» Seguía con la cabeza fija en un punto oscuro del bosque que crecía en la otra ribera. El río estaba tintado de un tono parduzco que me resultaba demasiado familiar, cuando un rayo de sol sobrepasó el obstáculo de hormigón que representaba el edificio abandonado al que dábamos deliberadamente la espalda, e impactó de lleno sobre la ondulante corriente de agua: destellos multicolores rebotaron desde las suaves superficies de los azulejos rotos, arrojados allí de cualquiera manera y como el río fuera un vertedero. También distinguí un par de latas de aceite, de una de las cuales salió un incauto pececillo a inspeccionar su territorio. Una pareja de ánades reales, macho y hembra, barajaron la orilla opuesta, picoteando aquí y allá hasta que se hartaron y desaparecieron entre la espesura.

—Te echaré de menos, Mickey.

Aquel arranque de cariño por parte de Stan me dejó descolocado. Era la primera vez que alguien me decía algo semejante en toda mi vida.

Stan acercó su botellín al mío para brindar, pero yo, instintivamente, aparté mi cerveza. No quería ser víctima de la típica jugarreta de mi anfitrión, que gustaba de dar un hábil golpe en la boca del botellín del pardillo más cercano, provocando la simpática reacción de que el líquido burbujeante saliera impulsado hacia el exterior, desparramándose sobre los pantalones del paleto en cuestión, a la altura de la pretina.

A Stan pareció molestarle mi reacción, pero desalojó todos mis temores en cuanto mostró una larga hilera de dientes amarillentos. Debió de leerme la mente o la cara, lo mismo da, y acercó con suavidad el vidrio ahumado de su botellín y brindamos juntos.

—Por un gran viaje lejos del patético Stillson.

No me atreví a reír la chanza de Stan. Estaba algo borracho a horas demasiado tempranas.

—Adiós a Stillson, el pueblo de la lluvia roja; adiós otoño, hola primavera lejana —canturreó Stan, imitando a un locutor de radio que recitara las líneas programadas de una campaña publicitaria de fomento del turismo para un agujero en el que había poco que ver—. ¿Será la primera vez que vueles, Mickey? —me preguntó tras agotar toda la gracia de su chiste en el vacío del silencio.

Tuve que volver a aclararme la garganta y respondí afirmativamente.

—No hay que tener miedo a volar, Mickey —afirmó Stan, adoptando un aire paternal que no le pegaba nada—. Es lo más extraño y, a la par, lo más natural en el Hombre. —Stan se retrepó en su viejo butacón, apoyó la cabeza en una de las orejas del mueble y recordó en voz alta—: Yo fui ametrallador de cola en un Fortaleza volante durante la guerra. Quince misiones sin un solo rasguño, volando sobre territorio enemigo. A la decimosexta, unos cazas nazis dejaron al bombardero, el Eye Candy, con más agujeros que un maldito colador y caímos. Créeme: volar sobre territorio enemigo es jodido, pero pisarlo es otra cosa bien diferente. —Stan negó con la cabeza sin que yo entendiera su gesto y le dio otro trago a la birra—. Aquellos tres días fueron terribles, chaval, pero salvamos el pellejo… Los que llegamos a tierra vivos, claro. Allí, en Alemania, tuve por primera vez la certeza de haber matado a un semejante. Detrás de una ametralladora doble, a cola, puedes derribar aviones, como cualquier otro, pero no sabes si has matado al piloto del caza. Hay momentos en los que quieres arrancarte a puñetazos esa pregunta de la cabeza; pero, pisando charcos embarrados en Alemania… En fin. Toma, para ti —dijo ofreciéndome una Cruz de Hierro que se sacó de la manga como un buen mago—. Es mi amuleto de la suerte, pero creo que te hará más falta que a mí. La portaba el hombre al que maté para seguir vivo. Quién sabe qué me habría sucedido si me hubiera dejado arrestar por él…

Todas mis preguntas sobre sus experiencias de combate quedaron enterradas ante la sorpresa de tener en la palma de mi mano una Cruz de Hierro de verdad.

—¿Un amuleto de la suerte? —logré articular a pesar de mi emoción, rayana a la infantil durante la mañana del día de Navidad.

—Sí, una Cruz de Hierro convertida en amuleto. Pertenecía al oficial que maté. Se la arranqué de la pechera —confesó con cierto gesto de repugnancia que le partió la frente en cientos de arrugas—, y eso que siempre me dio un respeto terrible el coger objetos que pertenecían a personas muertas.

—Quizá una Luger fuera mejor amuleto—bromeé como un estúpido, superado por el arranque de sinceridad de Stan, que casi nunca decía nada que no tuviera que ver con el último partido del equipo local de béisbol.

—La misma que no tengo y por la que no tendré una jubilación dorada —siguió Stan con la broma, rascándose la coronilla afeitada y vaciando el botellín de un trago—. No eres tonto, chaval.

Stan dejó, al fin, de tener ese aire paternal y volvió a ser el tipo de siempre. Me sentí pequeño a su lado, pues mi padre nunca volvió de esa guerra y mi madre no lo soportó.

El sol, que había logrado dar algo de color a aquel recodo del río, aun cerca ya del ocaso, quedó oculto tras la cortina de humo oscuro y plomizo que emanaba de las toberas de un trasbordador de Aeroflot, un feo pájaro compuesto íntegramente por metal y tecnología soviética que rompía las cadenas de la gravedad y la barrera del sonido, justo a nuestras espaldas, tras despegar del espaciopuerto de Stillake. En su bodega viajaban unos trescientos pasajeros con destino inmediato a la estación espacial Mir-Washington para formar parte del siguiente viaje colonial a Marte.

Aquella sería mi próxima escala. Yo formaría parte del pasaje del vuelo 930 al planeta rojo.

—Ten mucho cuidado allá arriba, Mickey.

Seis palabras que salieron de los labios de Stan y que es lo que recuerdo con mayor nitidez de mis últimos días en la Tierra, durante aquel año de 1966.

lunes, marzo 07, 2016

«La amiga de Paula», relato corto



Este relato está especialmente dedicado a Paula, hija del Ilustrador de Barcos; por no perderse ni uno solo de los que componen esta floreciente colección y que bien se ha merecido dar nombre a la protagonista de esta pequeña historia.


El sol de la mañana fue cuarteando las apiñadas y pesadas nubes, acumuladas frente al acantilado de Kopek. Una a una fueron siendo abandonadas por un desfallecido viento de tormenta, incapaz de arrastrarlas con sus últimos coletazos y dejándolas a su suerte, que no era otra que terminar desechas en ridículos guiñapos. Largos y oblicuos dedos de renovada claridad acariciaban la superficie de un mar aún convulsionado, proclamando el pronto regreso de las largas y agradables jornadas estivales que quedaban por vivirse aquel año. Aún quedaban bastantes días de Julio y el mes de Agosto entero.

Finalizada la pesadilla, recuperados los colores brillantes y siendo ya la lluvia fría un engorroso recuerdo, la tierra dejó de temblar bajo los cimientos del viejo faro con cada embestida de las olas; las contraventanas de madera no chasqueaban ni daba golpes, pues los terribles y traviesos céfiros habían renunciado a seguir presentando batalla y tan solo suspiraban de impotencia y rabia contra la alta y espigada mole de ladrillo.

Y fue justo la ausencia de ese quejido tempestuoso lo que atrajo la adormilada atención de Paula, aún protegida bajo las sábanas y una socorrida y gruesa manta de viaje, desenterrada del fondo del armario en pleno verano por culpa de la galerna. La niña se fue desperezando sin prisas, algo a lo que se había acostumbrado desde que volviera a vivir con su padre en el faro; desde que comenzaran las vacaciones. A pesar de la oscuridad reinante, Paula sabía que era de día y que la tormenta había capitulado, lo cual le produjo cosquillas en las comisuras de los labios, sonriendo así de oreja a oreja. Se acabaron el encierro obligado y el malhumor sin interrupción de su padre, único vigilante de la luz de Kopek en su nuevo emplazamiento, construido hacía poco más de quince años, en un punto más propicio de la costa.

Paula apartó de sí la manta y abandonó la calidez de su suave refugio para vestirse todo lo deprisa que pudo, aunque no debería costarle gran trabajo: aparte de la ropa interior, tan solo necesitaba su vestido de tirantes, un par de calcetines y sus sandalias, por lo que pronto estuvo lista para deambular por la pequeña casa del farero y asomarse al exterior.

Luego, abrió la ventana y las contraventanas para que la luz entrara libre en la casa.

Junto a su habitación, puerta con puerta, se situaba el dormitorio de su padre. Desde el umbral, sin atreverse a entrar por miedo a provocar algún ruido que lo despertase, Paula encontró a su progenitor durmiendo a pierna suelta, echado a un lado de la cama y dándole la espalda al pasillo. De vez en cuando soltaba algún sonoro ronquido que incitaba en Paula una risa inocente que ahogaba con suma rapidez, llevándose la palma de la mano a la boca.

Sobre la única silla del dormitorio, la ropa impermeable del farero había sido echada de cualquiera manera y, a los pies del mueble, se había formado un charco de agua que hacía brillar las pequeñas y rugosas baldosas de color terroso que cubrían el suelo.

Su padre no había disfrutado de un solo instante de descanso desde que diera comienzo la tormenta, escalando constantemente hasta el cuarto de servicio y la vidriera para comprobar que la luz y el mecanismo no sufrían daños y asomarse al balcón para otear el horizonte. Había vivido a base del café «de la casa», tan fuerte que le arrugaba y encogía el rostro cada vez que lo hundía en la taza.

—Es una gran responsabilidad, Paula —le reprendió su padre un par de noches atrás, con los ojos encendidos por el enojo y el cansancio—. Métetelo en la mollera.

No lograba a dar con la razón de la bronca que le echó entonces su padre, pero Paula ya había asumido, hacía mucho tiempo, que, durante las tormentas, era mejor no llevarle la contraria, sobre todo cuando se ponía algo desagradable sin ser ésa su intención.

Y era duro vivir esos días de tormenta en verano, sin un solo niño en varias leguas a la redonda. Si al menos tuviera algún amigo para pasar el rato…

Con sigilo, Paula avanzó hasta llegar a la pequeña cocina, donde, tras ponerse de  puntillas para abrir las dos pequeñas ventanas y contraventanas allí instaladas, consultó el barómetro colgado de la pared, junto al calendario. Había ido subiendo desde los 734 hasta los 755, de viento-lluvia a variable.

«Inmejorable señal».

Paula se vio entonces acorralada por el hambre y las ganas de desayunar; poco importaba que estuviera en la cocina una vez más sola, sin la compañía de su padre, pues llevaba haciéndolo desde que la tormenta se anunciara, según los partes radiados, como algo cercano al fin del mundo. Pero Paula tenía más ganas, unas ganas inmensas, de subir hasta la luz del faro y ver de nuevo el mundo sin los párpados de madera de las contraventanas, atrancados y asegurados con pestillos. El acceso a la torre del faro se practicaba directa y discretamente desde la cocina y Paula subió con suma cautela los setenta y cinco escalones, altos y estrechísimos que conducían hasta lo más alto; y lo logró, aún con su pequeño y tembloroso cuerpo y enojada consigo misma por no haber crecido aún lo suficiente como para poder levantar las rodillas sin tanto esfuerzo y no tener que ayudarse, de vez en cuando, de su manos.

La subida había que practicarla de una sola tirada, sin descansos, pues, de lo contrario, se corría el peligro de dejarse vencer por el vértigo en ese camino ascendente y en espiral. Cada peldaño era un desafío al que Paula solo podía hacer frente con su pierna derecha, haciendo fuerza hasta que le palpitaron el muslo y el gemelo, a la par que se quedara sin resuello, sintiendo un ardor rugoso en los  pulmones. Podía corretear, saltar y bailar sin parar, durante horas, por las verdes y frondosas colinas que rodeaban el faro, ante la mirada risueña de su padre durante los días de sol, pero subir aquella escalera le superaba, mas era el precio que tenía que pagar por admirar en toda su extensión lo que el anterior farero solía  nombrar como “nuestro reino”.

Por fin, Paula puso el pie en el septuagésimo quinto escalón y descorrió el pestillo de la trampilla que daba al cuarto de servicio. Subió cinco escalones más, abrió la puerta de la vidriera y se asomó al balcón. Fuera, la brisa fresca y juguetona saludó con entusiasmo a la niña, debiendo ésta aferrarse con fuerza a la barandilla que la protegía de una caída asombrosamente larga y mortal de necesidad. El cabello trenzado de Paula, largo y pajizo, revoloteaba al son de la caprichosa corriente de aire que en nada tenía que ver con los vientos de la pasada tormenta.

 Desde allí arriba, a una altura de cincuenta metros por encima del nivel del mar, sumada la del acantilado de Kopek y la de la propia estructura, Paula se maravilló admirando una vez más “nuestro reino”, llegando a discernir, tras las suaves colinas que rodeaban al faro, a resguardo en la ensenada y  con sus casas de tejados rojizos, las lindes del pueblecito de Kopek.

Paula saludaba, con la sonrisa de un prisionero liberado, el avance imparable del sol que desmenuzaba las rezagadas nubes de tormenta. Se dejaba acariciar la piel expuesta por el calor creciente y burbujeante. Pero la sombra demudó su claro e infantil rostro cuando comprendió, o recordó, que la tempestad siempre se cobraba su tributo al haber dado fin a su cólera: los campos deslucían apagados y marchitos, con sus flores arrancadas y barridas de su faz; los bosquecillos cercanos habían sido víctimas del juego perverso de los vientos, y las ramas, partidas, se hallaban diseminadas a los pies de árboles raquíticos y sobre la serpenteante senda que llevaba al pueblo. La playa, a los pies del viejo faro, ya no era blanca, sino gris y cubierta de desechos que el mar había arrastrado hasta la orilla, dejándola sucia y privada de gran parte de su arena, como si un enorme puño se hubiera cerrado sobre la misma con inconmensurable avaricia, justo bajo los cimientos de la estructura, dando un aviso al farero de que, quizá, con el próximo ataque le expulsaría para siempre de aquel codiciado paraje.

Era la devastación de siempre. «Los restos de la juerga», como solía decirle su padre cuando, una vez recobrado de las noches de tormenta y sin dormir, se disponía a limpiar los destrozos. «Debemos mantener la casa limpia, tanto para dentro como para fuera».

Una devastación que no era desconocida para Paula pero que, no por ello, le resultaba agradable de presenciar. 

Paula advirtió que allí abajo había algo extraño. Venciendo en parte el miedo a las alturas que en ocasiones la atenazaba, estiró el cuello y aguzó la vista. Entre los despojos traídos por el mar y entre las heridas abiertas en la playa, a no más de doscientos metros de distancia de la base del faro, una gran masa ennegrecida sobresalía desesperada y en silencio de entre la arena. Paula frunció el ceño y levantó la nariz, echando en falta el no tener a mano los prismáticos de su padre. 

Aquello parecía ser los restos de un barco. Paula advirtió al menos un mástil tronchado. Era enorme, aunque más de la mitad de su eslora seguía bajo el arenal.

Como después de cada tormenta, aún desoyendo las órdenes de su padre de no deambular por entre los despojos hasta que la resaca del mar se desvaneciera, Paula gustaba inspeccionar y hasta coleccionar objetos que abandonaba la marea junto al faro; al igual que hacía los días de tranquilidad. No había que perder las buenas costumbres, aún cuando muchas veces solo se encontrara basura.

«Todo lo que arroja el mar no es de nadie, hija mía». 

Siempre había algo con que maravillarse y sus tesoros favoritos eran los trozos de vidrio pulido durante décadas por las olas. La niña fantaseaba con la idea de que eran obsequios de vasallaje de la tempestad, de nuevo humillada ante el imponente faro.

Pero, si aquella cosa negra era un pecio, quizá podría encontrar un detalle, un tesoro por el que hubiera valido la pena todos los días de ostracismo y aburrimiento dentro de casa, sin otra cosa que escuchar que las maldiciones de su padre y la respuesta a las mismas por parte de un viento hostil.

Sin siquiera haberse percatado de que la visión del pecio había hecho recorrer un hondo escalofrío a lo largo del espinazo y de su temprana mente, Paula debió dejarse llevar por la urgencia de bajar las escaleras casi a trompicones y despertar a su padre para que pidiera ayuda por radio. Sin embargo, la niña se contuvo, sabedora, gracias a su en ocasiones sorprendente madurez, de que las personas que tripularon aquella nave hacía mucho que habían dejado de necesitar auxilio alguno.

Paula quería descender hasta la playa y observar los restos, descubrir algún minúsculo tesoro que añadir a su colección; aquello que le llamara la atención y podría llevar consigo de vuelta a casa, aunque su valor real fuera irrisorio.

Transportada por las alas de un absurdo sentimiento que confundió con la felicidad y olvidando el hambre que le pinchaba el estómago, Paula descendió los setenta y cinco escalones de la torre del faro, sin verse acosada por el vértigo ni por el miedo a tropezar con sus sandalias. Corrió por el pasillo, tras cruzar la cocina, y saltó al exterior por la puerta principal de la casa del faro, que daba la espalda a la torre y al mar.

Paula corrió sintiendo aflorar una risa algo tenebrosa en las entrañas, por la que no se preocupó lo más mínimo. Corrió por el prado y las suaves colinas mientras los bajos de su vestido recogían las últimas gotas de lluvia prendidas en las altas hierbas y sus calcetines se empapaban hasta la perdición. Se estaba jugando un buen resfriado por, simplemente, no darse la vuelta y coger las botas de goma que seguían, estoicas e ignoradas, junto a la puerta principal de la casa que acababa de traspasar.

Corrió y corrió. Llegó a la playa jadeando y esquivando los montículos de algas arrancadas y arrojadas lejos de sí, con despecho y de sus entrañas, por el celoso mar. Corrió aún hundiendo las sandalias en la arena que se adhería con apetito a la lana chorreante de los calcetines.

La niña se detuvo a escasa distancia de la enorme bestia negra, resurgida de la tierra, con las cuadernas a la vista y pobladas por una miríada de seres diminutos que las consumían con suma paciencia. Una honda tristeza hizo presa en su ánimo y clavó la avergonzada mirada justo sobre sus fríos dedos, cubiertos por unos calcetines mojados y una espesa capa de arena.

¿Cuántos años llevaría enterrado aquel barco de madera? ¿Cuándo llegó hasta aquella costa? ¿Cuál sería su nombre? ¿Quiénes serían las últimas personas que lo tripularon y que ya no necesitaban ayuda alguna? Las respuestas a todas estas preguntas también eran tesoros de inconcebible valor para la despierta imaginación y curiosidad de la hija del farero de Kopek.

Con timidez, Paula se acercó al pecio, tanto como para permitirse acariciar lo que quedaba de escobén tras alargar su delgado brazo. El tacto con aquella superficie la horrorizó y apartó los dedos, poseída por un novedoso e inexplicable temor reverencial. Dio un paso hacia atrás y se llevó las manos entrelazadas a la altura del pecho.

Un rayo de sol se centró en aquella posición y proporcionó un poco calor a la chiquilla. El miedo, cualquiera que éste fuese, se desvaneció y Paula bordeó con cautela el pecio, de babor a estribor, para ir recomponiendo en su mente cómo debió ser aquel barco antes de terminar allí. Ya había sentenciado, con infantil serenidad, que debía de ser un bergantín, pero también podría ser una fragata. Podría ser cualquier tipo de buque.

El cielo comenzó a despejarse del todo y el astro a hacerse sentir fuerte y pesado. Una sombra revoloteó desde las alturas para tomar posesión de la escoria.

«¿Por qué no está el lugar infestado de gaviotas dando cuenta del manjar adherido durante años sobre las maderas del pecio?», pensó Paula, desconcertada antes de alzar la mirada para encontrarse con los descoloridos ojos de una niña que le resultaba ser desconocida, subida a los restos del supuesto bergantín.

Paula se sobresaltó, pero rápido se recompuso, como era natural en ella, aun sin dejar de mantener entrelazadas las manos contra el pecho. 

La niña que se encontraba sobre el pecio, de cuclillas, tenía el pelo moreno y liso, cortado por la altura de la barbilla. Su rostro estaba tiznado por lo que parecía ser hollín, tan negro como los restos exhumados del barco. Su vestido, muy parecido al de Paula, estaba sucio y raído. Su minúscula boca daba al conjunto una firma de desdicha insoportable.

Paula reunió un poco más de valor aquella mañana, de ese perdido entre las matas cuando salió rauda por la puerta de la casita del faro con dirección a la playa, y se dirigió a la misteriosa niña con un hilo de voz:

—Hola.

La mirada descolorida de la extraña niña no se apartó un solo instante de la de Paula, incomodándola a ésta última de forma inenarrable. 

—Hola —repitió Paula, queriéndolo hacer con algo más de seguridad.

De nuevo, no hubo respuesta.

—¿Sabes que no responder a un saludo es de mala educación? —reprendió la hija del farero, de repente ofendida y sobrada de pedantería que pronto rebajó.

Si antes no hubo respuesta por parte de la niña del pecio, ahora la cosa no varió lo más mínimo. 

—Yo me llamo Paula —se presentó Paula, imprimiendo amabilidad a sus palabras y, por supuesto no dándose por vencida—. Tú, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Araceli —respondió la niña de cuclillas sobre el pecio.

«¡Aleluya! Así debían de sentirse los aventureros cuando llegaban a tierras desconocidas y trataban de hacerse comprender», pensó Paula, embargándola una alegría que no estaba justificada.

—Hola Araceli.

—Hola.

—No deberías estar ahí subida, Araceli.

—¿Por qué no?

—Es peligroso.

Araceli no movía ni un solo músculo de su cuerpo y hablaba apenas sin abrir la boca.

—No es peligroso, Paula. Conozco muy bien este barco. Fue mi casa y aún no he encontrado en él lo que estoy buscando.

«¡¿Qué dice?! No debe estar en sus cabales», pensó Paula, recitando palabra por palabra una de las frases favoritas de su padre.

Araceli se reincorporó y caminó sobre los restos con asombrosa facilidad, ausente, como si Paula le resultara tan interesante como una mota de polvo. Paula comprobó que aquella niña era más baja que ella, aunque bien podría ser de su misma edad.

—Oye —insistió Paula con timidez, abochornada porque su estómago acababa de soltar un leve rugido que solo ella había escuchado, aunque no lo creyera así—. ¿Has desayunado? Yo no. Vivo en el faro. Si quieres…

Araceli giró la cabeza hacia Paula y ésta sintió cómo se le erizaban los pelos de la nuca. La niña bajó de los restos, posando sus pies desnudos en la arena.

—Tengo mucha hambre —confesó Araceli, quieta y con los brazos pegados al cuerpo, a corta distancia de Paula. La niña trató de sonreír a su anfitriona, pero enseguida cesó en el empeño y se sumió en una muda melancolía—. Pero he de volver pronto. Aún no he encontrado lo que ando buscando.

Ambas chicas hicieron el camino de regreso al faro en silencio. Araceli era terriblemente lenta subiendo el acantilado y las colinas, aunque a Paula le daba igual: se podía comprobar que estaba contenta como unas castañuelas si uno se molestaba en estudiar sus pasos saltarines, aunque ella ni se daba cuenta de ello. Aún siendo con aquella extravagante niña, Paula parecía haber encontrado a alguien con quien jugar, una amiga. Era algo en aquel  lugar.

A unas decenas de metros del faro, Paula comprobó que se había dejado la puerta principal de la casa abierta de par en par, señal inequívoca de la censurable emoción que la embargó cuando descubrió el pecio salido de entre las arenas de la playa. Soltó una carcajada y compartió tal descuido con su nueva amiga, Araceli, pero ésta caminaba tan solo, con las manos cruzadas sobre el estómago.

«Qué chica ésta…».

Pero enseguida Paula se compadeció.

«Estará muerta de hambre y de frío. Está descalza…».

Paula se había olvidado por completo de sus calcetines, encharcados de agua, y de los sucios bajos de su vestido de verano.

Antes de pisar la sombra que proyectaba la torre del faro, Araceli se detuvo en seco; alzó el mentón, abrió su pequeña boca y se abandonó al arrobamiento. 

—No reconozco este lugar —murmuró la niña—, pero, si tan solo si hubiera estado aquí cuando ocurrió todo…

Paula volvió a fruncir el ceño.

—Vamos dentro —invitó Paula, casi tirando de Araceli.

Ambas muchachas quedaron a la sombra del faro y entraron en la casa, siendo Paula seguida por la tímida Araceli. Recorrieron el estrecho pasillo y dejaron atrás el dormitorio del farero, que seguía sumido en sus sueños. En la blanca cocina, sirviéndose de una silla como improvisada escalera, Paula fue abriendo armarios y sacando todo lo necesario para acallar los rugidos de dos estómagos jóvenes y hambrientos. Leche, que vertió en un par de cuencos, pan cortado en rebanadas, mermelada y miel. Paula sirvió con generosidad a su invitada y también para ella misma.

Araceli se sentó en la silla del farero por orden de Paula, mientras ésta última ocupaba la que daba la espalda al pasillo y comenzó a comer con ganas y a hablar también, muy alto, acompañando sus palabras con sonoras carcajadas.

Araceli no contestaba, pero escuchaba todo lo que Paula le contaba.

Cuando Paula iba por su tercera rebanada de pan con miel, una corriente de aire le traspasó la espalda, erizándole todo el vello, precediendo a la irrupción de su padre en la cocina, legañoso, despeinado y ajustándose los tirantes.

—Ah, eres tú, papá —dijo con alegría Paula al darse la vuelta en su silla.

—¿A qué vienen tantas risas, hija? —preguntó el hombre mientras bostezaba y trataba de encontrar las palabras con las que interrogar a Paula acerca del festín que había organizado en la mesa redonda de la cocina.

—Le estaba contando a Araceli, mi nueva amiga, mis aventuras de cuando llegué al pueblo el año pasado —informó Paula, excitada—. La he invitado a desayunar y a sentarse en tu silla, si no te importa, papá.

El farero miró a su hija con la frente surcada de arrugas de preocupación y sudor seco.

—Pero, ¿qué estás diciendo, Paula? Aquí no hay nadie más que tú.

La niña palideció. Su última rebanada se quedó a las puertas de su boca cubierta por pegajosa miel. Se giró hacia Araceli y donde ésta había estado sentada hasta ese mismo instante, sobre la silla y el mantel, tan solo quedó un montón de arena fina y blanca de la playa de Kopek. 

Durante los siguientes días, varios hombres del pueblo se acercaron hasta el faro para inspeccionar el pecio que había encontrado Paula. Poco después llegaron un par de periodistas con grandes cámaras fotográficas, metidos como sardinas dentro de un minúsculo coche color azul pálido, quienes regresaron a la gran ciudad con la noticia de que habían sido descubiertos los restos de un velero y que, supuestamente, era el Húngaro, que había desaparecido hacía treinta años, durante una de las grandes tormentas de verano de Kopek, con su capitán, su esposa Marta y su hija, Araceli, a bordo.

Paula no quiso prestar oídos a los periódicos que su padre leía en voz alta y que dedicaban espacio a la noticia del hallazgo del pecio. La niña tan solo subía a lo alto del faro y, en silencio, se quedaba durante horas contemplando los restos ennegrecidos del navío.

FIN