martes, octubre 06, 2015

Lectura de 6 de Octubre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 750 (Viento-lluvia). Encapotado
  • Termómetro: 19º
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6 de Octubre de 2015





lunes, octubre 05, 2015

Dictaduras de cuernos

Al volver las aguas a su cauce natural llega el momento rehuido por casi todos: el de construir reflexiones objetivas y desapasionadas sobre cualquier tema que nos haya atribulado (o no) hasta entonces, importando bien poco la gravedad que éste tenga o haya tenido. Es una regla de oro aplicable a todas las discusiones de la vida, sobre todo cuando no tienes porqué participar de ellas.

Ahora que el otoño se ha desplomado sobre nuestras cabezas y espaldas, y los cielos grises y los paisajes arbolados teñidos en sangre hacen olvidar cualquier calentón propio de la época de estío y, para algunos también, de hastío, es cuando estos asuntos se convierten en triviales y estacionarios hasta que les toque renacer de sus plumas incineradas el próximo verano. 

Rutina abotargada de cosechas y cultivos también para la lengua y la garganta.

Hace ya unas semanas que nos hemos olvidado, por fin, del Torneo del Toro de la Vega 2015, con sus polémicas y enfrentamientos; todo diversión reseñada un mínimo de tres veces al día por cualquiera de nuestros dispositivos rectangulares favoritos. Cantinela ininterrumpida mientras los meses estivales seguían vivitos y coleando: gritos y pancartas, puños en alto y cruce de salivazos.

Por suerte y por regla de tres, ¡loadas matemáticas!, ya no queda ni rastro de toda aquella civilizada y televisada batalla campal. Ahora hemos decidido tiranizarnos con otros temas más adustos y propios de degenerados sexuales que se ponen con unos señoritos sentaditos en corro, con corbata apretada y pensamiento único y totalitario en bocas que se derriten de gusto pronunciando el poco comprendido término Democracia. No sé si os habéis dado cuenta, pero parece que la peña ya no sale de marcha o ve una película: se queda de viernes a domingo noche, ambos inclusive, bien quietecita y pasmada ante la pléyade de programas de politiqueo y arreglamundos en una interminable caricatura de la caricatura.

Respecto a los toros, que vienen y van como las hojas del calendario, he llegado a una conclusión propia y exclusiva (de quien me lea dependerá si es excluyente o no, aunque bien poco me importa): No me gustan nada los festejos taurinos; en particular, el de la Vega me parece una salvajada y las corridas en general, pues, además de ser un espectáculo que me desagrada, me resultan aburridas. Tirando de acervo socio-cultural general y a nivel global: «para gustos, los colores».

Pero una cosa es meridiana: A pesar de que no me gusten los festejos taurinos, mucha menos gracia me hace ver a esos autoproclamados antitaurinos enseñadientes («que es lo que les jode») que denuncian la violencia por medio de la violencia. En todas y cada una de las ocasiones que estos individuos, amiguitos del torito, han tenido el gusto de cruzarse con mi persona, terminan transformándose, por arte y gracia de mi raciocinio, en pequeñas ratas sabiondas y amarillas, rematadas con un collar de perlas al cuello y voz aguda de la conciencia: Se convierten en un ejército unidisciplinar de Lisas Simpsons en el capítulo en el que la hija mediana de Homer y Marge toma la firme decisión de adoptar el vegetarianismo como único (y correcto) medio de alimentarse, pues se cree así superior moral e intelectualmente al resto de su familia y a todos aquellos que no piensen como ella (episodio 133, temporada 7, por si alguien se lo ha perdido, cosa que dudo). La pequeña Lisa pretende imponer su concepto y punto, sirviéndole en bandeja al guionista una metáfora y crítica perfectas sobre la extorsión totalitaria por medio de la fuerza inmediata y no por medio del ejemplo, medida ésta última más costosa y lenta, además de permisiva con las fugas al carecer de un férreo control.

Y la legión antitaurina de Lisas Simpsons no duda, pues los necesita con urgencia, en nutrirse de superiores y monjas laicas por mucho que se corrobore, en un trato cercano con ellos, que a algunos de sus integrantes (a semejanza que ocurre en otras organizaciones de «haz el bien, pero mira con quién»), los animales les traen un poco al pairo mientras se configuren como medio o canal perfecto para dirigir su rabia como vulgo hacia aquellos que consideran untermenschen morales. Denuncian la tortura y la violencia contra ciertos animales, pero no dudan en emplear métodos que afectan a otros animales («Liberemos a los visones de las granjas y soltémoslos en el bosque; da igual que la mitad muera atropellada en la carretera y la otra mitad se convierta en una especie invasora»).

Es digno de comentar que conozco a cierto individuo de los que gustan demasiado estar en primera fila de la manifa, rimando tortura con cultura, ¡qué poeta está hecho el tío! Muy simpático él, se viste para la ocasión con una camiseta en la que muestra a un toro ensangrentado y deformado (sí, deformado), pues la tela de polyester a duras penas comprime sus lorzas de digno defensor y devorador de cerdos (todo se pega); pero no duda ni un solo instante, en cualquier momento del día y del año, sin necesidad de concentración antitaurina alguna, en ofrecerte un par de hostias bien dadas si no haces lo que te dice y ordena, siendo que todo su lenguaje corporal es digno de estudio e inclusión en un libro de texto sobre el comportamiento humano, pues es hiperviolento.

La cuestión no es anodina en sí y hasta me causa cierto rumor intelectual en las bajas frecuencias del pensamiento cuando presencio delante mí las formaciones aguerridas de individuos que tienen como meta común (supongo que única también), la de acabar con los festejos taurinos en este país (y aquí es donde incidiré más adelante), restándoles poco o nada de sueño la posibilidad de llevar a la extinción a otra raza bóvida más que pacía tan mansamente en nuestro territorio (sí, habéis leído bien: otra más), pues los toros de lidia no son aptos para explotación (aunque tampoco es que a muchos de estos amiguetes les vaya mucho la carne y no les preocupa, cuando se impongan como idea-religión vegetariana (o vegana) única, la ejecución de un holocausto digno del empacho del dios pagano más sangriento y goloso, pues o serán los rumiantes o seremos nosotros quien se alcen con el control y degustación total de las praderas y los antiguos bosques reducidos a huertas). Como tampoco les importará erradicar de nuestras mentes algo que está intrínsecamente unido a una novedosa cuestión de moda supuestamente considerada como new age: La recuperación de las tradiciones populares anteriores al cristianismo. Como esto de marear un toro y trincharlo no es muy hippie, bien merece el desprecio más profundo, dando lo mismo que los enfrentamientos con bóvidos formen parte de la cultura general de todos los países ribereños o con contacto con el mar Mediterráneo (adoración y ritualística relacionada con el toro se constata desde puntos tan dispares como son los asentamientos castrexos del norte de Galicia hasta las cuencas de los ríos Tigris y Eúfrates)), siendo que las corridas de toros, en las que el animal representa a la oscuridad y el hombre a la luz que vence al mal (de ahí el traje de luces), no son más que la extensión natural y vigente de un culto que conservamos desde la Edad del Bronce. 

Al final de cuentas, como esto de los toros es algo casposo y español, siendo lo peor esto último, pues muchos de estos legitimistas de la prohibición por tener algo que hacer, no son otra cosa que simplones iconoclastas y supuestos nacionalistas que esconden, bajo sus nada disimulados ropajes, puñales ponzoñosos con los que acabar con todo aquello que apeste a rojigualda. Las corridas de toros como son españoladas  hay que erradicarlas; los correbous, como es algo catalán, hay que conservarlo, al igual que otros festejos que me conozco, propios de ciertas zonas nacionalistas en los que los bichitos no lo pasan nada bien, pero: «¡Que coño! Es nuestra tradición ante-Maketania».

De todo este menú de polémica cíclica de plato único (hasta que no tengamos otra cosa con la que perder nuestro precioso y no preciado tiempo, y calmar de paso nuestra mala conciencia (a semejanza de darle trabajo (limosna) a un refugiado sirio por la suerte de ser zancadilleado por la tele, dejando a nuestros remordimientos de niños bien de Occidente con la tripa llena y una sonrisa bobalicona en la cara mientras hay 400.000 personas más por ahí vagando sin rumbo fijo), lo que peor sabor de boca me deja es que estamos comenzando a dar por válida la defensa coercitiva de ideas e ideologías a golpe de berreo, amenaza y mamporro. Estamos a centímetros de ver de nuevo camisas pardas en las calles, aunque las nuestras no recen con nombres germanos. Nos parece ya hasta normal y cotidiano, y no tenemos ni el valor ni las ganas de objetar nada, pues, ¿de qué serviría? No se habla más claro, se grita más alto; es una turba revoltosa y violenta que ya se cree con legitimidad democrática para prohibir ciertos actos de la vida: son corridas de toros, algo que no nos importa, pero, ¿qué pasará cuando marquen un objetivo más alto? Prohibir esto, prohibir lo otro. Prohibir, prohibir, prohibir. Una democracia de prohibiciones y regulada hasta el absurdo pues, al parecer, en la actualidad vivimos en una dictadura de derechos que no interesan a algunos. Bien podrían mañana pretender (ya me gustaría verlo) prohibir el fútbol al cántico de: «¡Acabemos con el circo del pueblo!». Y es que cualquier corriente (religión, ideas políticas propias, etc.) que despiste al torpe y estúpido ciudadano de lo correcto (la felicidad impuesta), permitiéndole pensar como individuo singular, va en contra de la consecución de la meta final del supuesto líder proletario (pues es de salón y sus acólitos unos descerebrados), que no sabe lo que es un fábrica y no ha dado golpe en toda su puta vida.

«Camaradas, apañeros y demás, atención. Repitamos a coro y ojo con que alguien desafine: Como a nosotros no nos gusta y somos moralmente superiores a ti, vamos a erradicarlo y tú te callas. Venga. ¡Una vez más!».

Nadamos con soltura y regocijo en una angosta pecera infestada dictadorzuelos de pacotilla en potencia, algo que no causa sorpresa si echamos la mirada hacia atrás en los libros de Historia; es algo inherente a nuestro ADN de monos analfabetos y demócratas, defensores de la pluralidad «siempre que pienses lo mismo que yo».

Hay muchas cosas que me disgustan y me callo; sé que otros no piensan igual yo y no me creo infalible. 

Me gustaría vivir en un mundo sin corridas de toros (o que éstas no finalizasen con un animal abatido sobre la arena), pero odiaría a muerte si tuviera que vivir en una sociedad en la que se hubiera logrado algo semejante a base de golpe sobre la mesa.

Para poner punto a este post, producto del tedio y de no ser capaz de divagar hacia los campos de la ficción en un día como hoy, deciros que soy más de los minutos finales del capítulo de Los Simpsons ya referido y de la filosofía de Apú:

—Como la canción de Paul: «Vive Y Deja Vivir».

—No. No. Era «Vive Y Deja Morir» —corrigió Paul McCartney.

—¡Qué más da! Tenía ritmo —sentenció Apú.


Lectura de 5 de Octubre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 745 (Viento-lluvia). Lloviendo
  • Termómetro: 18º
  • Higrómetro: 46,5%

5 de Octubre de 2015






jueves, octubre 01, 2015

«Maps» feat. Morgan James



Hace un par de semanas mencionamos el proyecto Postmodern Jukebox y hoy volvemos a hacerlo para que descubráis a, al menos para mí, la voz femenina más bonita de las que cuentan en dicho proyecto: Morgan James.

No puedo hacer otra cosa que escuchar esta magnífica versión Vintage Seventies de una canción de esos pillaos de Maroon 5.

Lectura de 1 de Octubre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 18º
  • Higrómetro: 46%

1 de Octubre de 2015





miércoles, septiembre 30, 2015

Arribada a Bueu

A tan solo 19 kilómetros al SO de Pontevedra capital, a lo largo de calas y playas, precipitándose hacia el mar desde la carretera, se encuentra la localidad de Bueu, conocida, como otras tantas de la vertiente atlántica, desde la época de dominación romana y destacada por las industrias pesqueras y de salazón tan populares en la zona a lo largo de los siglos.

En la actualidad es un pueblo más bien turístico, pero que se resiste a ser devorado por las nuevas construcciones y que mantiene vigorosa la tradición marinera gracias a un buen puerto y una flota mejillonera nada desdeñable; prueba palpable de que a sus habitantes no se les ha pasado por la cabeza dar la espalda al mar como sí lo han hecho los pontevedreses. El salitre está presente en todos los aspectos de la vida y es algo que se disfruta a cada paso a lo largo de la Av. Montero Ríos.

A escasos metros de la plaza de abastos se levanta una auténtica joya para aquellos de nosotros con los gustos, intereses y aficiones que nos hacen reunirnos en el sollado de nuestro Navegante del Mar de Papel: el museo Massó. Adentrarnos en él supondrá hacerlo en el mundo de la industria conservera más importante de la comarca; en un mundo de pesqueros y marineros, latas, máquinas autoclave y hasta ballenas; una introducción magnífica por medio de una hermosa exposición permanente, cuyo fondo además incluye maquetas de naos, galeones y fragatas, material de aprendizaje de náutica de siglos pasados, un espectacular mascarón de proa que representa a san Telmo y detalles tan curiosos como documentos de compraventa de esclavos o un manifiesto escrito de puño y letra por el genial Isaac Peral. Pero hay mucho más, llegando a sorprender que en un almacén, cuyo suelo irregular nos traslada a un viejo astillero, se conserve el pecio de una lancha xeiteira que permaneció hundida durante cuatro siglos y que fue rescatada a comienzos de la década de 1990.

Durante estos días, el museo cuenta además con una exposición temporal que profundiza una sección permanente dedicada a la industria de la caza y procesamiento de ballenas y cachalotes, actividad que se mantuvo en activo en la ría de Pontevedra hasta el año 1980, momento en el que la presión internacional y las bombas obligaron a echar el cierre y poner fin al ansia descontrolada de cazar hasta la extenuación y exterminio, tan común entre los pescadores del Cantábrico durante aquellas licenciosas décadas.

En esta exposición temporal conoceremos detalles diversos por medio de objetos de dispar índole como son un corsé, aceites, jabones, publicidad, herramientas y hasta huesos de mandíbula y columna vertebral de cetáceo, que se han de enlazar forzosamente con la sala dedicada a la industria Massó y la captura de ballenas: cañones lanzaarpones, arpones de principios del s. XX, maquetas y planos de cazaballeneros (el último de los cuales que, por cierto, estuvo en activo ahora es una museo flotante en Noruega (¿para cuándo uno como Dios manda en España?)), entre otros.

Por último, escondida en la planta superior, quizá creyendo el visitante que son dependencias privadas del museo, se nos puede pasar desapercibida una salita minúscula en la que daremos con los restos arqueológicos de los dos tipos de ánforas fabricadas en Bueu durante la Etapa romana, muy diferentes ellas a las que estamos acostumbrados a ver y que demuestran la importancia de este centro productor y de la ría de Pontevedra.

Lo mejor para terminar la fugaz visita a Bueu, aunque nos envuelva una espesa niebla, sea vagar sin rumbo por su puerto, devolverle la penetrante mirada a los gatos de salitroso pelaje que nos salgan al paso y dejarse caer en algunos de los magnífico bares y pubs que asoman al mar desde la Avenida de Montero Ríos y disfrutar de una buena cerveza negra como, por ejemplo, en el precioso y casi mágico O Farol.









Lectura de 30 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Cúmulos
  • Termómetro: 18,5
  • Higrómetro: 46%

30 de Septiembre de 2015



martes, septiembre 29, 2015

Guardia de cómic: Reseña a “the Forty-niners”, precuela de “Top Ten”

Contraje de muy buena gana la deuda de escribir la presente reseña cuando os hablé de The Forty-niners al “destripar” el tochote que compila los capítulos 1-12 de Top Ten. Dediqué, aquel entonces, no pocas líneas a esta precuela, por lo que no iba a consentir que no supierais nada más de ella.

The Forty-niners nos traslada a una Neópolis en plena construcción. Es 1949 y el gobierno de los Estados Unidos está desesperado por reubicar en algún punto indeterminado del territorio nacional a tanto cientihéroe, monstruo, robot, nazi desertor y extraterrestre, pero la nueva ciudad es una burbujeante olla que amenaza con levantar violentamente su tapa y desparramarse sobre los fogones. Por ello no provocan sorpresa alguna los rumores que condenan al proyecto a una lenta muerte de hormigón armado recalentado al sol del medio Oeste y a la podredumbre del abandono. Pero hay gente que cree en Neópolis (a pesar de todo).

En uno de los trenes que hacen su parada en la nueva e inquietante ciudad, comparten vagón cuatro elementos muy característicos: Steven Traynor, alias Jetlad (sí, el capitán de Top Ten en 1999), héroe de guerra y exoficial de las Fuerzas aéreas que aún no ha alcanzado la mayoría de edad; Leni Muller, cientiheroína alemana que desertó en 1943 y que es conocida como Lufthexe (o Skywitch); un vampiro húngaro bastante grosero y un robot soldado de limitada capacidad lingüística que combatió en Okinawa (estos dos últimos son un sutil guiño del guionista respecto a lo que acontecerá más adelante en el cómic).

Con Steven y Leni recorreremos algunas calles de una ciudad que es un avispero de capas y antifaces, pero con un gustillo a los años ’40 muy atractivo que Gene Ha ha sabido captar tan a su manera; y nos choca que el guión no acerque a Jetlad al departamento de policía de Neópolis, donde lo “conocimos”, sino a la propia Skywitch, quien consigue una placa sin problema y alivia su temor a tener que trabajar en clubes nocturnos como la chica guapa que ocupa el centro del escenario, teniendo por único compañero a un pringoso micrófono, y que canta y canta sin que nadie se digne en escucharla.

Una vez que Steven y Leni se establecen en Neópolis, el guión se divide en tres tramas insuficientemente desarrolladas. La primera está relacionada con los nazis que construyen la ciudad y tiene una resolución un tanto pobre, pues pide mucho más; la segunda se vincula a la mafia vampírica húngara, quizá la mejor de todas por ser más del estilo de Top Ten; y la tercera realiza turbadores vuelos, como si de un buitre se tratara, sobre un extraño odio racial y a cómo podemos convertirnos justo en aquello contra la que hemos luchado arriesgando la vida (tampoco es muy para allá).

El problema del guión ha sido el condensar las tres tramas en un formato muy limitado de páginas. Por supuesto, tiene muchísimas cosas buenas, pero no se disfruta tanto como el Top Ten original, en la que toda la “temporada” es para resolver  un caso grande, distrayéndose los personajes con pequeños “divertimentos” de vez en cuando.

Queriendo enlazar el final de la última escena de la primera “temporada” de Top Ten, esta precuela ha querido narrar más el inicio de la historia de amor entre Jetlad y Wulf que las líneas principales, quizás excesivas en número y metidas con calzador entre tan pocas páginas (aunque sean tranquilamente 100 hojas).

Aun así, con todos sus defectos, es una obra para divertirse y disfrutar.

AMERICA’S BEST CÓMICS
NORMA EDITORIAL
2007
ISBN: 978-84-9814-970-8

Lectura de 29 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 19
  • Higrómetro: 46%

29 de Septiembre de 2015





lunes, septiembre 28, 2015

«A rumbo: A. López - Cía. Trasatlántica»


Lino Pazos es uno de esos investigadores y escritores incansables. Buena prueba de ello es su amplia bibliografía que rescata diversos aspectos del mundo naval, principalmente centrados en las costas gallegas.

En esta ocasión otra historia le sirve para ampliar su conocimiento y el de aquellos que lean sus libros: la de la compañía transatlántica fundada por Antonio López y López. 370 páginas y 350 fotografías que suponen un amplio y arduo trabajo de investigación entre hemerotecas y periódicos cubanos.

Entre sus líneas se desarrollan hechos como el naufragio del vapor General Armero o su evolución dentro del mundo del transporte naval.

La obra, que arrancó hace más de treinta años, aporta documentación, folletos y curiosidades sobre los más de 125 buques que llevaron con orgullo el gallardete azul con el círculo blanco de la Compañía, que el autor fue atesorando durante ese largo periodo.

Título: A rumbo: A. López - Cía. Trasatlántica
Tapa dura
Páginas: 372
Fotografías: 350 Color / BN
Formato: 225 X 260
PVP 45 €
PORTES PAGADOS
En caso de estar interesados, dirigirse a: damare.ediciones@gmail.com

Lectura de 28 de Septiembre de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754,5 (Variable). Cirros
  • Termómetro: 18,5
  • Higrómetro: 46%

28 de Septiembre de 2015