lunes, octubre 05, 2026

Las supersticiones marinera recogidas por Astra Cielo en Signs, Omens and Supertitions (1918)

Tras el seudónimo de Astra Cielo se escondía el publicista, dramaturgo, traductor y escritor filadelfiano Milton Goldsmith (1861-1957). Más conocido por sus obras de ficción dirigidas a un público infantil y juvenil y por algunas novelas, a finales de la década de 1910 publicó dos títulos que se alejan mucho de su bibliografía más convencional: Fortunes and Dreams (1917), un manual práctico de adivinación y lectura de sueños; y Signs, Omens and Supertitions (1918), un ensayo sobre el peso cultural de las supersticiones, el cual nos va a servir para este artículo.

Entre sus páginas encontramos un corto capítulo dedicado a recopilar, de una forma anárquica, distintas supersticiones marineras que a continuación paso a relacionaros de una forma ordenada y desarrollada, por entender que es de nuestro interés común:

Rituales e invocaciones

Entre los marineros era frecuente la creencia de que un velero podía desarrollar una velocidad extraordinaria cuando huía de un enemigo, muy superior a la que alcanzaría en cualquier otra circunstancia. Del mismo modo, no eran pocos los que afirmaban que hablar a la embarcación del mismo que se habla a un caballo servía para estimularla y hacerla navegar más deprisa.

La búsqueda del favor sobrenatural ha acompañado a los navegantes desde tiempos remotos. Los marineros de tradición latina, por ejemplo, han confiado durante siglos en que una invocación a la Virgen podía apaciguar una tormenta y devolver la calma a las aguas. Asimismo, la costumbre de bendecir los barcos antes de hacerse a la mar hunde sus raíces en la Antigüedad y se considera una protección eficaz contra los peligros que acechan durante la travesía.

También el bautizo de las embarcaciones conserva el recuerdo de antiguos rituales paganos. Lo que hoy suele reducirse a una ceremonia simbólica fue, en sus orígenes, una ofrenda propiciatoria a Neptuno, dios del mar, a quien se entregaba vino para ganarse su favor y asegurar una navegación segura.

En otras culturas encontramos ceremonias similares. Cuando un junco chino estaba preparado para zarpar, es habitual que varios sacerdotes subieran a bordo para entonar plegarias y ofrecer sacrificios a Tien How, diosa protectora de los marineros. La ceremonia se acompaña del estruendo de gongs y tambores, cuyo sonido refuerza el carácter sagrado del rito.

Las tormentas, por su parte, también dieron lugar a creencias peculiares. Durante mucho tiempo se pensó que, cuando una embarcación se veía atrapada por un temporal especialmente violento, debía de haber a bordo alguna persona pecadora cuya presencia atraía la desgracia. Esta superstición hunde sus raíces en el relato bíblico de Jonás y su viaje por mar.

Finalmente, incluso en las maniobras más peligrosas pervive el recurso a la protección divina. Por ello, muchos marineros acostumbran a santiguarse antes de botar un bote en medio de un mar embravecido, confiando en que ese sencillo gesto les ayude a regresar sanos y salvos.

Animales 

Los marineros han observado durante siglos a los animales del mar y de la costa en busca de señales que les permitieran anticipar la suerte de una travesía. De esta manera surgió un extenso repertorio de creencias que atribuía a aves, peces y mamíferos marinos la capacidad de anunciar vientos favorables, tormentas o incluso la muerte.

Entre las aves consideradas de buen augurio destaca el albatros, al que tradicionalmente se atribuye la facultad de atraer vientos propicios para la navegación. Su muerte era vista como un acto funesto capaz de desencadenar terribles desgracias sobre la embarcación y su tripulación, una creencia inmortalizada por Samuel Taylor Coleridge en La balada del viejo marinero (The Rime of the Ancient Mariner). Del mismo modo, se consideraba favorable la presencia de una paloma sobre el barco, pues anunciaba vientos beneficiosos para la travesía.

Otras aves también desempeñaban un papel importante en el imaginario marinero. La aparición del alca gigante (Pinguinus impennis), una gran ave marina incapaz de volar y hoy extinguida, era interpretada como señal de una navegación rápida y afortunada. Si además el animal llegaba a posarse sobre la cubierta, el presagio era aún más favorable. También las urracas tenían su significado: ver tres ejemplares era anuncio de éxito y buena fortuna, mientras que encontrarse con una sola se consideraba señal de mala suerte.

El martín pescador gozaba igualmente de un lugar especial entre las supersticiones náuticas. Algunos marineros colgaban uno disecado del mástil, convencidos de que podía indicar la dirección del viento mediante la orientación de su cuerpo.

Los mamíferos marinos también eran objeto de interpretación. La presencia de focas se consideraba un augurio favorable y, por ello, dar muerte a una de ellas era visto como una acción particularmente perversa. En cambio, cuando delfines y marsopas se mostraban especialmente activos alrededor de una embarcación, muchos marineros creían que estaban anunciando la llegada de una tormenta.

No todas las criaturas marinas despertaban confianza. El calamar de ocho brazos era tenido por un símbolo de mal agüero, mientras que un tiburón siguiendo persistentemente la derrota de un barco se interpretaba como una señal inequívoca de que pronto moriría alguno de sus pasajeros o tripulantes.

La imaginación popular llegó incluso a atribuir propiedades extraordinarias a ciertos organismos marinos. Así, durante mucho tiempo se creyó que los percebes adheridos al casco de una embarcación podían transformarse en aves después de que el barco hubiera permanecido navegando durante seis meses.

Duendes y cargas indeseadas

Las supersticiones marineras no se limitaban a los animales. Entre los marineros franceses existía el temor a unos duendes o espíritus burlones que, según la tradición, visitaban los barcos durante la noche para gastar bromas y provocar pequeños contratiempos mientras la tripulación dormía.

También determinadas circunstancias eran consideradas especialmente desfavorables. Zarpar en viernes (en nuestra cultura, sería el martes) era tenido por un riesgo innecesario y una invitación a la mala fortuna, creencia que se mantuvo durante siglos, aunque fue perdiendo fuerza con la llegada de la navegación a vapor.

Por último, pocas cargas inspiraban tanta inquietud como los cadáveres. Transportarlos a bordo era visto como un mal presagio, razón por la que los marineros procuraban evitarlo siempre que era posible. Cuando alguien fallecía durante una travesía, lo habitual era concederle sepultura en el mar, alejando así de la nave la sombra de la desgracia.


No hay comentarios: