El sabor de boca es siempre el mismo: hiel. Una certeza amarga y persistente de que lo que se me ofrece no compensa la hora larga que pierdo esperando, escuchando y firmando papeles que nadie lee. Menos aún el desgaste de suela necesario para alcanzar la oficina, como quien emprende una peregrinación sin fe, sin indulgencia y sin promesa de redención.
Hace unos pocos días me vi en la coyuntura de acudir al banco tras meses de agradable separación. Mi teléfono móvil —ese ya no tan moderno heraldo de desgracias— canturreó una notificación. La persona que ahora gestiona mi cuenta insistía en “conocernos” y en comentarme “los nuevos productos disponibles”, aunque los que ya tengo contratados no han vencido ni muestran síntomas de decrepitud.
Sabía que, de no ceder yo, esta persona no cejaría en su empeño. Así que me hice junco, no por convicción taoísta sino por agotamiento. Eso sí, acudí a la cita con una idea fija y casi heroica: no contratar absolutamente nada.
Con semejante disposición de ánimo entré en la sucursal. Perdí unos minutos de vida en el redil del ganado —ese limbo alfombrado donde los clientes aguardan dócilmente su turno—; minutos que podría haber dedicado a menesteres más dignos, mientras esperaba a que el nuevo gestor hiciera acto de presencia, pues no se encontraba en la oficina.
Con una irritación creciente y ya perfectamente palpable, pese a llevar apenas cinco minutos entre aquellas paredes, sopesé la posibilidad de levantarme del asiento y desaparecer bajo la lluvia sin dar explicaciones a nadie, como un desertor satisfecho. Pero entonces apareció mi gestor.
Resultó ser una mujer de atractivo indiscutible que, en cualquier otro momento de mi vida, habría despertado una impresión más honda y favorable. Pero yo seguía firmemente anclado a mi roca de suspicacia y negación. Entré en el despacho con apatía y me senté, mientras ella —detalle nada desdeñable— ni siquiera recordaba la cita y tuvo que rastrearme en la base de datos durante lo que sería un minuto largo, como quien rebusca un expediente olvidado.
A continuación comenzó lo verdaderamente enojoso. Me preguntó a qué me dedicaba, pues su predecesor se había limitado a consignar en el apartado correspondiente un elástico y comodísimo “sector jurídico”. Fiel a mis arrebatos infantiles de sinceridad, respondí con la verdad, no sin cierta acritud: abogado, a mi pesar.
Y no es que yo sea especialmente avispado para estas cosas, pero advertí sin esfuerzo cómo a la tipa se le iluminaron los ojos con un fulgor casi místico, afilado como un rayo láser. Sin duda, conmigo esperaba hacer una muesca más en el revólver, pues al abogado —según la mitología popular— el dinero le mana por el mismo lugar por donde al fantástico animal del cuento Peau d’Âne le brotaban oro y joyas.
Así se regocija el pueblo ignorante en sus supersticiones económicas.
Tras aquel fogonazo ocular, mi sentimiento hacia una mujer que en la calle haría girar cabezas y entornar miradas lascivas se internó sin miedo, y a la carrera, en los campos fangosos de la más profunda animadversión. Y si antes no le prestaba demasiada atención, lo que surgió de sus labios a continuación se convirtió en un murmullo indistinto, ruido de fondo administrativo.
Trató de dorarme la píldora para que doblara mi aportación a un fondo de pensiones, pues —según su diagnóstico exprés— “estaba en condiciones” de hacerlo. Doblar el dinero que me detraen mensualmente para un producto que contraté en el pasado, más por el deseo de que me dejaran en paz que por auténtica convicción.
Con un lenguaje corporal nada disimulado, mostré mi intención de poner fin a la conversación y dedicar mi tiempo a tareas más lucrativas, o al menos más honestas. A su propuesta respondí con la mentira piadosa y universal que engrasa el mundo:
—Me lo pensaré.
Por supuesto, no había absolutamente nada que pensar.

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