jueves, octubre 08, 2026

El regalo del hombre más rico de la Tierra


Perplejidad.

La maldita perplejidad amenazaba con alterar las facciones de hiena de Aaron S., quien había sido curtido en mil y una batallas de fusiones y OPAs hostiles sin arrugarse el traje de perfecto corte de sastre. Quien quemaba todas las naves en medio de un partido de golf a cambio de una más que sustanciosa comisión. Quien había aprendido a mirar a aquellos que trabajaban por debajo del piso 35 como si fueran hormigas que no importaba pisar.

La perplejidad. Brillaba en aquella inmensa sala de reuniones con más fuerza que el tibio sol de otoño. Y era porque, delante de Aaron S., estaba Manolo G., el hombre más rico del planeta.

Manolo G. semejaba un príncipe hemofílico rodeado de las mejores espadas del reino: sus abogados. Era el hombre más rico del planeta, aunque nada en su físico fondón, su apariencia ordinaria ni sus gustos de bazar chino lo confirmara. Pero era él, el rostro que había protagonizado, por sorpresa, la portada de la revista Forbes del año anterior.

Aaron S. intentó curvar los labios en una sonrisa.

Manolo G., apodado el rey Midas fontanero, fue acumulando su inconmensurable fortuna gracias a una inexplicable sucesión de golpes de suerte, movimientos bursátiles de locura y apuestas suicidas por determinadas empresas y proyectos. No era de extrañar que llamara la atención de comisiones de valores y de gobiernos. Pero estaba limpio. No tenía ningún muerto en el armario. Ni una mota de polvo bajo la alfombra. Ni siquiera una pequeña sociedad offshore. Incluso pagaba todos los impuestos sin pestañear.

Teniéndolo delante, Aaron S. no podía ceder. No podía creer a la simple idea que aquel hombre fuera un genio absoluto de las finanzas capaz de dejarlos a todos en ropa interior con solo repasar al vuelo las cifras del NASDAQ.

Manolo G. semejaba más una cucaracha de dos patas que un hombre. Era otro insecto de los que pululan por debajo de la planta 35. A Manolo G. le pegaba más hacer de asistente del tipo del carrito de perritos calientes que plantaba su puesto frente a la plaza de las torres cada día, con su inconfundible hedor a grasiento fracaso. Sin embargo, Manolo G. estaba allí para firmar un voluminoso contrato y autorizar una transacción con la que se podría mantener a millones de personas durante un largo tiempo. El número de ceros que se manejaron durante las negociaciones previas provocó tales vértigos que algunos intervinientes se negaban a comer para no vomitar sobre la mesa de reuniones. 

Y es que Manolo G. iba a completar su particular colección adquiriendo Kanga, la última red social de Internet que no formaba ya parte de su conglomerado empresarial. Aaron S. se preguntaba cuál sería la próxima colección que Manolo G. iniciaría: ¿sería de países?

Una vez estuvieron todos sentados a la mesa, se leyeron las cláusulas que más había costado limar. Una hora después, Manolo G. ya era el legítimo propietario de Kanga. Parecía muy satisfecho, a pesar de la torpeza con la que había ido firmando cada página.

De la nada brotaron botellas de whisky y brandy. Y copas del mejor cristal de Bohemia. Y una gran cubitera de plata. Todos tenían mucho que celebrar. El alcohol destensaba los músculos e invitaba a las carcajadas.

Aaron S. se acercó furtivamente a Manolo G., quien gritaba en silencio por irse de aquella sala y respirar aire no reciclado.

—¿Me permite una pregunta?

Manolo G. se encogió de hombros y a punto estuvo de derramar parte del whisky que aún quedaba en su copa.

—¿Es una que ya haya respondido en alguna entrevista?

—Quizá sí, pero me gustaría que fuese sincero conmigo.

—Haré un esfuerzo.

—¿Por qué no ha parado hasta comprar todas las redes sociales, todas las patentes, todos los protocolos, todos los sistemas y plataformas? ¿Por qué controlar todo lo que la gente pueda decir, manifestar…?

—Se equivoca. Yo no quiero controlar nada.

Entonces sí que la perplejidad señoreó la faz de Aaron S.

—Yo solo quiero hacerle un regalo a la humanidad.

—¿Qué clase de regalo?

Manolo G. sonrió a Aaron S., apuró su copa y desapareció junto a sus escoltas abogados sin decir una palabra más.

Aaron S. se sirvió otra copa sin dejar de mirar la puerta por la que se había ido Manolo G. y su séquito. No merecía la pena molestarse. Estaba a punto de recibir una bonita comisión.  Prefirió olvidarlo. ¿Quién sabía qué se cocía en la cabeza de alguien como Manolo G.?

Tan solo se acordó de la críptica respuesta de Manolo G. cuando se anunció el cierre de todas las redes sociales. Ya no se podía subir contenido ni publicar comentarios, nunca más. Y la creación de nuevas redes alternativas supondría una demanda multimillonaria por parte del conglomerado de empresas de Manolo G.

Las bolsas cayeron en picado provocando un grave desequilibrio en la economía mundial, los gobiernos protestaron enérgicamente ante lo que tildaban de capricho monopolista, la gente de a pie gritaba y temblaba como drogadictos con síndrome de abstinencia.

Preguntado en plena calle por el motivo de su decisión, Manolo G. respondió a un periodista:

—Es un regalo para toda la humanidad. Volverá a aprender a hablar, sin una pantalla de por medio. Volverá a dejar de insultar amparándose en el anonimato. Volverá a la mesura. 

»Se cerraron todos los pozos de inmundicia.


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