viernes, octubre 23, 2026

Vigésimo aniversario de El Navegante del Mar de Papel

Algún ignoto, en los más oscuros pasadizos del Pasado, impuso la ineludible (y, en ocasiones, insufrible) costumbre de amenizar las celebraciones y efemérides con un discurso. Palabras encadenadas en frases que componen un mosaico caprichoso, salpicado de anécdotas, digresiones y altibajos, en el que nunca faltan unas gotas de desbordante imaginación para mantener despiertos a los allí reunidos. Porque, al parecer, no basta con celebrar: también hay que hablar de ello.

Para hacerlo bien hay que escribir y reescribir. Ensayar incluso delante de un espejo. Pero no será ese mi caso. Esto sale “a pelo”.

Hoy hace dos décadas que publiqué la primera entrada de esta bitácora. Recuerdo el vértigo de enfrentarme a una pantalla tan grande, tan blanca, tan desoladoramente vacía de contenido. Tenía prisa por llenarla, como si me poseyera aquel ímpetu adolescente que nos lleva a creer que el mundo está ahí fuera, esperando a que le echemos mano. Estaba entusiasmado.

Eran los últimos días de la Web 1.0 y mi propósito, en apariencia, no podía ser más modesto: compartir con quien quisiera acercarse por aquí mi afición a la notafilia, obviando que había registrado la dirección como "navengante" y no como "navegante". Una distracción que hoy yace agostada bajo los escombros de mis inquietudes. Resulta curioso que un blog nacido con la intención de dar a conocer una colección de billetes de banco terminase convirtiéndose en un testimonio de veinte años de mi vida. Veinte años en los que ha habido cosas malas, desde luego, pero también buenas. Muchas más de las que quizá habría sabido apreciar entonces.

No tardé en descubrir que la notafilia era material demasiado escaso para mantener a flote una bitácora. Había que navegar por otras aguas, explorar otros territorios y dejar que el viento hiciera su trabajo.

Veinte años en los que he sentido (muchas veces) la tentación de embarrancar El Navegante del Mar de Papel, abandonar su casco a la intemperie y dejar que sus huesos clareasen al sol, entre las deposiciones de las gaviotas. Que el tiempo y el olvido se encargasen del resto. Habría sido fácil. Bastaba con dejar de escribir. No faltan razones para hacerlo, ni días en los que uno se pregunta para qué demonios sigue haciéndolo.

Sin embargo, si algo me ha proporcionado este blog, y de eso no me cabe la menor duda, ha sido la posibilidad de mantener incólume mi inclinación por la escritura. Si no lo hubiera botado aquel 23 de octubre de 2006, quizá habría terminado por marginar a aquel chaval de doce o trece años que, después de leer La historia interminable, se propuso dejar de ser un mero espectador. La vida, con su marea turbia, sus tormentas y sus naufragios, habría acabado arrastrándolo quién sabe adónde. No voy a fingir, por otra parte, que últimamente esté cultivando la escritura con la dedicación que merece. También hay temporadas en las que el navegante se limita a mantener el rumbo, sin demasiadas ganas de explorar nuevas costas.

Escribir es, probablemente, lo mejor que me han traído estos veinte años. Pero El Navegante del Mar de Papel es también un aparato de respiración asistida. Y un espejo deformado. Un reflejo de mí mismo por el que se filtran al exterior mis fluidos vitales, dispersos entre entradas, fechas y recuerdos que acaso solo tengan sentido para mí. Aquí ha quedado una parte de lo que he sido, de lo que he pensado y de lo que he sentido. Un rastro de migas de pan que no siempre conduce a ninguna parte, pero que me permite reconocer el camino de regreso.

Un hijo ya adulto al que seguir viendo como si todavía fuera un niño. 

Este maldito discurso. Atípico. Estúpido. Aburrido. ¿Debo pediros perdón? Quizá.

No es esto lo que esperáis de mí en un día como el de hoy. Tampoco sé muy bien qué debería ofreceros. No soy hombre de grandes celebraciones ni de solemnidades impostadas. Hay cosas que, cuando importan de verdad, se resisten a las palabras; y otras que, precisamente por importar tanto, no encuentran una manera decente de salir de uno sin quedar maltrechas por el camino.

Así que dejemos que el discurso se hunda. Que se lo lleve la corriente. Que mis palabras se desembaracen de las sombras y se dejen despellejar por el salitre y la brisa. Porque, si algo he aprendido durante estas dos décadas, es que la escritura consiste también en eso: en aventurarse más allá de lo conocido, en perseguir una imagen que se resiste, en averiguar qué demonios se esconde detrás de cada horizonte que levanta la imaginación.

Y creedme: descubrir lo que aguarda al otro lado de esos horizontes, seguir el rastro de cada chispa de emoción y poner palabras a aquello que todavía no las tiene es lo que me impulsa a permanecer al timón. A no dar por concluida la travesía. A no interrogar a las criaturas que emergen del mar nocturno, porque sé que, de algún modo, estáis viajando conmigo.

Algunos lleváis a bordo prácticamente desde la primera singladura.

Y veinte años después, contra todo pronóstico, aquí seguimos.


No hay comentarios: