Mostrando entradas con la etiqueta Guardia de ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guardia de ensayo. Mostrar todas las entradas

martes, noviembre 18, 2025

Guardia de ensayo: reseña de «El estado del golpe», de Manuel Leguineche (1982)

Editorial Argos Vergara, Barcelona

Primera edición: febrero de 1982

ISBN: 84-7178-380-0

318 páginas

El estado del golpe parece escritos para el presente. Leguineche disecciona con precisión quirúrgica el mecanismo del poder y la tentación del autoritarismo

Con Manuel Leguineche sobran las palabras. Basta con decir que es uno de los más grandes periodistas que España ha dado. Un as de oros que brilla, si cabe, con más intensidad en los tiempos que vivimos, en los que el periodismo es un ser atrofiado y servil.

Al calor de la entonces reciente intentona del 23 de febrero de 1981 —encabezada por el teniente general Jaime Miláns del Bosch, el general de división Alfonso Armada Comyn y el teniente coronel Antonio Tejero Molina—, Manuel Leguineche vio publicado este ensayo suyo: un trabajo periodístico, pero también político y antropológico, sobre los coup d’état exitosos y los intentos fallidos ocurridos durante las décadas de 1960 y 1970 en países como Grecia, Turquía, Francia, Reino Unido, Italia, Chile y Polonia. (pincha aquí para seguir leyendo)


martes, septiembre 30, 2025

Guardia de ensayo: reseña de «Diario de un pistolero anarquista», de Miquel Mir (2007)

Ediciones Destino, Barcelona
Imago Mundi
2007
ISBN: 978-84-233-3976-1
304 páginas

Un cuaderno perdido y hallado por azar abre una ventana única a las sombras de la Guerra Civil española

De la Guerra Civil española (1936-1939) sé únicamente lo que asimilé en las clases de Historia del bachillerato. Es decir, bien poco. Tampoco ayudó el ferviente maniqueísmo, el mito y la nostalgia que, tras la muerte del dictador Franco, envolvieron tanto al conflicto como a la II República, alimentando mi tendencia a apartarme lo más posible de esa herida aún supurante.

Sin embargo, anoté en mi agenda este Diario de un pistolero anarquista porque intuía algo distinto: la posibilidad de acercarme a ese periodo convulso desde una óptica singular.

Miquel Mir Serra, documentalista, investigador y escritor especializado en el anarquismo y en la represión de retaguardia durante la Guerra Civil en Cataluña, se topó por casualidad, en el curso de sus investigaciones, con las pertenencias de un tal Julio S. Este, miembro en su momento de la CNT-FAI y de las Patrullas de Control que aterrorizaron Barcelona entre 1936 y 1937, había dejado un cuaderno manuscrito con su autobiografía comprendida entre 1914 y finales de la década de 1940. Ese testimonio —de un valor incalculable como fuente histórica de primera mano— sirvió de base a Mir para escribir un libro que logra asombrar y aterrar a partes iguales (pincha aquí para seguir leyendo)


martes, julio 02, 2024

Guardia de ensayo: reseña a «Elogio del imbécil: el imparable ascenso de la estupidez», de Pino Aprile (2004)

EIDICIONES TEMAS DE HOY SA
Primera edición: julio de 2004
ISBN 84-08-05456-2
245 páginas

El libro es interesante, rápido de leer (tiene pocas páginas y la letra es apta para miopes), pero nos exige un esfuerzo para el que la edición no nos prepara.

Hace ya más de dos décadas, el periodista italiano Pino Aprile se sintió abrumado por una siniestra teoría que iba tomando forma en su mente: la extinción de la inteligencia humana.

Una breve conversación con el premio Nobel en Medicina Konrad Lorenz (1903-1989) permitió que Aprile iniciara una correspondencia con un anónimo profesor de Filosofía austríaco, para debatir su teoría. La esquematización de dicho intercambio de pareceres es lo que contiene el librito titulado «Elogio del imbécil: el imparable ascenso de la estupidez».

La portada y edición lleva a engaño al lector, por cuanto no es un libro cómico y el sarcasmo no abunda en su interior . Incluso el prólogo firmado por Tonino es más humorístico que todo el contenido del libro, donde las disquisiciones sobre la teoría de la evolución, la sociedad, la política y la filosofía señorean cada página.

Pues bien. Pino Aprile llegó a la conclusión de que el ser humano, el homo sapiens sapiens, tiende evolutivamente hacia la estupidez (sigue leyendo)


jueves, septiembre 03, 2020

Guardia de ensayo: reseña a «Mi vecino Miyazaki: Studio Ghibli. La animación japonesa que lo cambió todo»

DIÁBOLO EDICIONES SL, Madrid
Sexta edición (edición definitiva). 2019
ISBN: 978-84-947700-4-3
320 páginas
Una obra recopilatoria de artículos/reseña de toda la filmografía de Studio Ghibli que, aún con sus sombras, es  un sentido homenaje a Miyazaki y los suyos que ningún aficionado debe perderse

Hablar de Generación Ghibli es hacerlo de un decano de Internet dedicado a las películas y noticias referentes al mítico Studio Ghibli, un estudio de animación que revolucionó el panorama del Anime en Japón y facilitó su penetración en Occidente por medio de títulos que solo pueden ser etiquetados como de únicos y excepcionales.

Y tanta información reunida, gracias a una afición que pasa a ser pasión, da para animar al menos pintado a escribir un libro sobre el tema (yo sé muy bien lo que se siente).

«Mi vecino Miyazaki» no es el primer libro que nace al albur de la plataforma Generación Ghibli, pero me parece adecuado comenzar el estudio de la bibliografía de la web a través de éste pues, al ser una recopilación de artículos-reseña de cada película, ofrece una visión global ajustada y comprensible, aderezada con una bella maquetación plagada de capturas de imagen de gran calidad y notas de interés que conforman una presentación de lujo (seguir leyendo)

martes, septiembre 10, 2019

Guardia de ensayo: reseña a «Cambiemos el mundo», de Greta Thunberg

LUMEN
(Penguin Random House Grupo Editorial SAU)
Barcelona.
Primera edición: mayo de 2019
Traducción: Aurora Echevarría
ISBN: 978-84-264-0730-6
72 páginas
Un compendio estéril de discursos autoplagiados, un panfleto izquierdista de bajo octanaje, con el que no se aporta nada a la solución del problema y  se vende a precio de oro. El de Greta Thunberg es un fenómeno sobredimensionado, una discordancia con la que queremos acallar la conciencia culpable

No albergaba muchas esperanzas pero sí curiosidad por leer este libro. Y que apareciera entre las novedades estivales de la Biblioteca pública tuvo que ser una especie de señal. Tenía curiosidad y ganas por dar con esas palabras demoledoras pronunciadas por una audaz adolescente sueca, capaces de remover conciencias, pero…¿Debajo de qué alfombra he de buscar? Yo no las he encontrado. Solo he extraído sombras que en nada perturban a lo ya proclamado por Jacques Cousteau, Carl Sagan, Harry Harrison, David Bowie y tantos otros científicos, analistas, autores… desde hace más de cincuenta años, alertando de nuestros irreparables excesos medioambientales

¿Qué nos dice Greta Thunberg en este libro recopilatorio de sus intervenciones en diversos foros a lo largo del mundo? Nada salvo una estéril retahíla de reiteraciones circulares, de “copia-pega” de los mismos párrafos, letra a letra, coma a coma, discurso tras discurso, sin que nos dé oportunidad de asomar la nariz por encima del fango de unas ideas que presenta como soluciones, pero que solo representan el resultado deseado: una reducción drástica de la emisión de gases de efecto invernadero y la equidad contaminante que permita a los países subdesarrollados servirse de su cuota y procurarse infraestructuras y alcanzar un nivel tecnológico y social equiparable al nuestro. Sería lo deseable, pero no estamos en Jauja, donde todos los sueños se cumplen con solo pronunciarlos en voz alta. (SEGUIR LEYENDO)

martes, mayo 23, 2017

Guardia de ensayo: reseña a «La Escuadra del almirante Cervera», de Alberto Risco

"Narración documentada del combate
naval de Santiago de Cuba"
Segunda edición (aumentada)
Jiménez y Molina, impresores
Madrid. 1920
Obra profusamente comentada, es una síntesis excelente de los hechos que marcaron el devenir de la España del s. XX, tras una despedida sangrienta a la centuria anterior y al Imperio

El Desastre del ’98 supuso un quebranto en la sociedad e Historia de España. Un hito que se restringe práctica y erróneamente a una única fecha: el 3 de julio de 1898, cuando seis buques de guerra de la Escuadra del almirante Pascual Cervera son cazados como ratones a la salida de su madriguera por alrededor de ciento veinte gatos salvajes y hambrientos, de garras afiladísimas. Un hecho heroico y suicida. Una acción militar que recibió calificativos de todo tipo, más o menos elogiosos y otros tantos peyorativos. Entre estos últimos destacarían aquellos nacidos del magín de los que vieron la contienda desde el otro lado de la barrera de un periódico que transmitiera las noticias recibidas por telegrama y escuchadas por entre los sillones del Congreso; y es que la salida del puerto de Santiago de Cuba, a pleno sol, pasadas las 0930 horas de aquella mañana de julio, obedeció a la necesidad de acallar las constantes críticas de una opinión pública exacerbada que puso al buen almirante y a todos sus hombres a caer de un guindo. También estaba el hecho de la predecible y pronta capitulación de la plaza (que dataría del 17 del mismo mes, cuando las guarniciones contaban con munición suficiente para aguantar un solo día más de combate; guarniciones que, como el Ejército español de Oriente en pleno, mostraron su disconformidad ante semejante «bajada de pantalones»), lo que podría conllevar la deshonrosa captura por el enemigo de la escuadra completa e intacta.

Cervera alcanzó la isla de Cuba cumpliendo el deber impuesto, aún quejándose con ardor y amargor contra paredes de ladrillo ministeriales que esperaban (eso me temo) un nuevo e irremediable Trafalgar con el que la ciudadanía española aceptara a regañadientes, pero lo haría, la pérdida de los últimos territorios de Ultramar. Cuanto antes sucediera, mejor. El almirante abogó por proteger Canarias y la península, a merced de cualquier acción hostil, pero el ministro Bermejo tan solo jugaba con el veterano oficial, haciéndole recorrer el Atlántico y el Caribe como gallinita ciega tras un carbón que se escurría por entre los dedos, con unas dotaciones sin formar y unos pañoles repletos de casquillos defectuosos de la casa Armstrong (¿sabotaje inglés?) que, en combate, producirían tantas bajas como los proyectiles arrojados por los enemigos sobre los buques españoles.

El 3 de julio culminó la gesta española iniciada en 1492, destronando a Castilla y sus herederos como enseña de potencia de primer orden mundial, puesto que apenas rozó gracias al cuestionable acuerdo entre Bush, Blair y Aznar en las Azores. Y Alberto Risco (1873-1937), contemporáneo de los hechos que describe y un verdadero erudito en la materia, escribió con paciencia y buena letra una obra que brilla con luz propia; aunque existen muchos libros y monografías que tratan del asunto, incluso redactados por protagonistas durante la funesta jornada  —como es el caso del comandante del crucero Infanta María Teresa, Víctor Concas—, este «La Escuadra del almirante Cervera» es un estudio comparativo, ideal para todo aquel que se adentre en estas procelosas aguas y quiera explorar acompañado de una guía leal por entre la casi inagotable bibliografía consultada por Risco. Un estudio que se materializa en un libro de poco menos de quinientas páginas, pero que se nutre de fuentes nacionales e internacionales como las actas del Congreso de los Diputados, telegramas ministeriales y de guerra (destaca la obra «Colección», publicada por el propio Cervera y que recoge todas las comunicaciones habidas entre los buques de la Escuadra y entre ésta y loas diferentes autoridades), artículos periodísticos y análisis, así como cartas personales que Risco tuvo la oportunidad de copiar para completar su trabajo. Completa la obra con extractos de opiniones formadas y, también, subjetivas de marinos y políticos, así como de eruditos navales como lo fueron Alfred T. Mahan entre otros, confeccionando una pequeña joya histórica.

Risco parte del momento en el que se redacta la orden de zarpar hacia las Antillas y termina con el instante en el que llega la paz y la liberación de los cautivos; y lo hace con una prosa inflamada y pasional que descarga una ira titánica contra los ineptos que no escucharon o no quisieron escuchar a Cervera, sabedor de antemano del triste destino al que conducía a sus hombres, a merced de las víboras que medraban a la sombra de los leones del Congreso y cuyo pasatiempo más distraído era faltar al respeto a los que empeñaban salud y vida en la encomienda. Pena da que la sociedad española viviera engañada ante el verdadero cariz y signo de la guerra, siendo cuidadosamente preparada para el Trafalgar de finales del s. XIX.

Y tanto ardor patriótico dedica Risco a dicha tarea enmendadora que podría ser considerado como la pega que merece nuestra crítica, pues parece hacer desmerecer su labor de síntesis objetiva; pero, como autor coetáneo a los hechos, estaba en su derecho y yo no soy quién para sentirme ridículamente afectado y, mucho menos, calentarme las manos al fuego de la pusilanimidad y lo políticamente correcto de nuestro 2017, lacra que, incluso, llega a hender con fuerza mi corazón.

La obra que firma Alberto Risco está profusamente comentada mediante notas a pie de página que nos derivan a multitud de obras y a unos interesantísimos apéndices. Trata de identificar a todos los que ponen pie en sus páginas, a cada uno de los protagonistas, sin olvidarse de la sufrida marinería (siempre relegada), revolviéndose como gato panza arriba contra los fariseos que restan mérito a las acciones, decisiones y secuelas físicas y psíquicas de los vencidos, pues fueron mejor recibidos en los EEUU que en la propia España. 

«La Escuadra del almirante Cervera» es una lectura agradable, ilustrada, nada farragosa, sincera y de herida sin cicatrizar; el autor sintetiza datos sin pretender sentar cátedra, pero sí acusar a los ineptos de gabinete, gracias al cual ahondaremos, pasado casi un siglo desde su publicación, en un periodo de nuestra Historia cuyo único denominador común fue una tristeza casi de leyenda para aquellos que fermentan de estupidez dentro del sistema actual.

martes, marzo 21, 2017

Guardia de ensayo: «Enigmas sin resolver II», de Iker Jiménez

Editorial EDAF, Fuenlabrada
6ª edición. Marzo de 2001
306 páginas
ISBN: 84-414-0726-6
Bebés con la capacidad de hablar lenguas extrañas, duendes que se cuelan en cocinas, poltergeists por los Madriles, animales extraños que arrasan rebaños de ovejas en plena noche navarra, fuegos espontáneos en pleno 1945, hombres de Iglesia comprometidos con el estudio del enigma de los Ovnis, seres humanos aquejados de terribles malformaciones por las que pudieron se confundidos en su tiempo con entes diabólicos e, incluso, con extraterrestres... Todo esto y más en el segundo trabajo de Iker Jiménez, quien reseña buena parte de los Expedientes X españoles que se dejó en el tintero con «Enigmas sin resolver»

Abigarrado conjunto de casos o desafíos a la lógica, como bien los define Jiménez, que plantean al lector un amplio abanico de interrogantes que engarzan perfectamente con el título de la obra, algo en lo que fallaba estrepitosamente el hermano mayor de este proyecto que se presentaba como saga y que no sé si habrá dado para más en un formato tan reducido como el de papel: bebés con la capacidad de hablar lenguas extrañas, duendes que se cuelan en cocinas, poltergeists por los Madriles, animales extraños que arrasan rebaños de ovejas en plena noche navarra, fuegos espontáneos en pleno 1945, hombres de Iglesia comprometidos con el estudio del enigma de los Ovnis, seres humanos aquejados de terribles malformaciones por las que pudieron se confundidos en su tiempo con entes diabólicos e, incluso, con extraterrestres… 

Una exquisita y variada carta en la que Jiménez, echémoselo en cara con cariño verdadero, es incapaz de separarse de su tema fetiche. Tanto es así que hasta comparte con nosotros sus experiencias de impúber reportero de 11 años, siguiendo la estela de los avistamientos ovni de Vitoria del año 1984. 

«Enigmas sin resolver II» es un libro que cuenta con todo lo bueno y lo malo del primer volumen: sigue destilando ese entusiasmo propio de un hombre con vocación y respeto por lo que hace y hacia todo lo que lo rodea; un tipo escéptico pero que persigue ese esquivo misterio, carga tintas contra los duendes burlones de gabinete y se patea la geografía española en busca de respuestas, aunque tan solo sea capaz de llevarse al coleto más interrogantes. Jiménez termina ebrio de preguntas, pero no por ello sus ganas de seguir haciendo camino merman en absoluto. Me encanta esa crónica sosegada, a tiro de recuerdos y cuaderno de campo, de cientos de kilómetros por carreteras secundarias, de encontronazos con el silencio de temerosos testigos y apáticos funcionarios; pero el texto de esta segunda parte sigue arrastrando la tara del primer trabajo publicado, picado por una viruela de errores ortotipográficos que, aún con las prisas de las reediciones, bien habrían merecido una purga, pues hacen desmerecer el esfuerzo del autor. A esto he de añadir, para cerrar esta crítica negativa, que como lector me he sentido, al llegar a la última página, vacío, sin una mínima satisfacción para mi pecaminosa curiosidad en relación a los temas expuestos. Es como si nos hubieran puesto el bollo de canela en los labios y retirado justo cuando le íbamos a hincar el diente. 

Cierto es que Jiménez hizo mucho durante esa ya distante década de 1990, rascando puertas y memorias, pero el desasosiego por la falta de datos es abrumador y quién sabe si la culpa de todo ello no la tenga el resbaladizo paso del Tiempo, sino la parquedad de páginas. Me explico: el último capítulo está dedicado a los encuentros de varios periodistas y reporteros con el misterio, el absurdo. A priori, es un epígrafe interesantísimo pero que se queda en unas simples pinceladas; en un quiero pero no puedo. Se hace referencia a ciertos nombres propios de los que, esperando uno saber de sus experiencias, luego no se dice ni media palabra. No es que me importara quedarme sin leer el encuentro de Paloma Gómez Borrero con el fantasma de la embajada de España ante el Vaticano, pues me es conocido, pero sí que no se trascribiera un pedacito de entrevista a Miguel de la Cuadra Salcedo, por ejemplo.

En los doce capítulos anteriores, se escribe un punto final precipitado y me da la sensación de haberme topado con unos barcos de papel abandonados, sin tripulación, pero con la comida servida en humeantes platos, en el sollado. ¿Ímpetu de juventud?, ¿abrumadora falta de datos que aún, hoy día, no se ha podido solventar? Sí, pueden ser muchas cosas, incluso la innegociable exigencia de la editorial de entregar un segundo volumen en poco menos de un año, cumpliendo un máximo de caracteres para gastar lo mínimo imprescindible en la imprenta. Pero esto ya son simples especulaciones para matar el tiempo.

Una de cal y otra de arena. El innegable entusiasmo de Jiménez mermado por una edición de censurable calidad —más allá de unos simples y permisibles lapsus calami de recibo en todo tipo de obra, independientemente del autor, fecha y título—, y por una vertiginosa sensación de vacío en el lector.

Aún así, que nadie crea que no he disfrutado leyendo «Enigmas sin resolver II». Lo he hecho y mucho.

martes, febrero 21, 2017

Guardia de ensayo: «Enigmas sin resolver», de Iker Jiménez

Edaf, 2000. Madrid
6ª edición
344 páginas
ISBN: 84-414-0534-4
Un libro joven y entusiasta escrito por un periodista enamorado del Misterio y que huye del trabajo de gabinete

Hubo un tiempo en el que una librería pequeña, humilde y modesta, a la par que encantadora, abría sus puertas en la calle Real de Pontevedra. Fue una de tantas que sucumbieron a la virulenta fiebre que ha diezmado nuestras ciudades y pueblos, cebándose con este tipo de negocios, sustituidos, en el mejor de los casos, por otras librerías en las que uno entra a disgusto y sale con el convencimiento de haber pasado unos insufribles minutos en una especie de LIDL de la cultura. 

Descubrí esta discreta librería, de nombre torpemente olvidado, con motivo de recibir el dichoso regalito forzoso de marras, comprado sin ton ni son: lo primero que se cruza en el camino, atropellándolo mortalmente para cumplir con el execrable compromiso social en el que se supone que hay que demostrar cierto (e inexistente) aprecio hacia el destinatario. «Total. Si le gusta leer, le bastará con cualquier título escogido al azar, ¿no? ¡Hala! Pinto, pinto. Gorgorito…». 

Un regalo, ese regalo, acompañado de un ticket que permite al sufrido receptor cambiarlo por otro cualquiera, como marcan los buenos cánones del comercio actual para fechas señaladas, me concedió la oportunidad de entrar en una librería con los días contados, algo de lo que nadie se percataba desde el exterior. El negocio estaba regentado por dos amables señoras de mediana edad de las que nada supe cuando, pasadas unas semanas, el local quedó transformado en una horrenda tienda de muebles de apariencia retro y dudoso gusto (que sigue abierta, para más inri). Me quedé con un palmo de narices, pues había encargado una novela que nunca llegó a mis manos. También sentí tristeza al ver cómo la “enfermedad” seguía devorando ilusiones.

El día que crucé las puertas de esta librería por vez primera, cargando con el ejemplar que iba a ser la ofrenda obligada para «el dios del cambio en 15 días si no quedas satisfecho», me atendió una de las dos señoras con una amabilidad que desarmaba hasta al más cínico, invitándome a que deambulara por entre las estanterías y escogiera el título por el que iba a “acertar” (esa vez sí) con mi regalo. En verdad que no sabía qué hacer. Incluso habría salido dando brincos de alegría si me hubieran entregado el coste del desafortunado obsequio, pero sabía que eso no iba a pasar. Tenía que salir de allí con otro libro bajo el brazo. Truco o trato.

Tras merodear por el local con el mismo arte y salero que un pulpo de garaje, di con un ejemplar de «La noche del miedo», del mismo autor que hoy reseño. Por aquel entonces acaba de publicarse y me llamaba la atención el objeto de su investigación. Además, me iba a salir gratis. Era una situación bien dulce. 

La señora, sin variar el tono cuasimaternal que me dispensaba, no se sorprendió de mi elección y me confesó, entre vergonzosos susurros, que, aunque no le interesaba la casuística, escuchaba siempre que podía el programa que dio fama nacional e internacional de Jiménez y a sus colaboradores: Milenio 3. Y lo hacía porque se sentía a gusto sintonizando un programa realizado por profesionalidades de verdad y que llegaba a ser incluso familiar, cercano y revitalizante. Coincidí con ella al ciento por cien, a lo que añadí que eran personas a las que les apasionaba (y apasiona) su trabajo y conservan intacta esa curiosidad tan denostada entre los adultos y, sobre todo, entre los muchos que se dedican al periodismo en general.

Ahora que lo pienso, en aquella época aún provocaba cierto rubor afirmar que te gustaban los temas de ovnis, fantasmas, conspiración y demás. Si no le sorprendió mi elección, a mí no me sorprenden ahora sus susurros entre las paredes de su propia librería.

«La noche del miedo» acabó recalando en casa y disfruté mucho del exhaustivo estudio de Iker Jiménez sobre el incidente de la base de Talavera la Real, pues comparto con el autor ese ardor por la fenomenología ovni, la más apasionante y aterradora, para mí, de entre la casuística del misterio. Recuerdo, desde muy niño, que en casa teníamos un libro firmado por Jiménez del Oso, editado en algún momento a finales de los años 1970 por una de las diversas cajas rurales vascas. Era un libro trufado con imágenes de las líneas de Nazca, Minos, etc., que me secuestraba durante horas cada vez que tenía la oportunidad de hacer descender mis ojos sobre sus gruesas páginas a todo color. Ese libro, ahora perdido para siempre entre andanzas y mudanzas, fue mi primer contacto con este mundo extraño y abigarrado del misterio, que fue uno de los motores de la sociedad del tardofranquismo; una temática que acabó siendo denigrada de forma cruel y cainita durante la década de 1990 gracias a ciertos programas-espectáculo de televisión. Todos guardamos en las retinas, aunque nos pese, muchos momentos de esperpento que dejarían mudo al mismo Valle-Inclán. 

Mi devenir vital me separó de estas temáticas tan inquietantes, pero retomé la senda gracias a Milenio 3 y a Cuarto Milenio, dándome de bruces con la realidad de que los casos míticos no eran tan numerosos como podrían aparentar ser gracias a mi infantil discernimiento. Pero la curiosidad siempre joven de Iker Jiménez, discípulo de Jiménez del Oso, su ansia por devorar kilómetros y formularse preguntas al otro lado del transistor, me permitió expandir horizontes.

«Enigmas sin resolver» es una obra bisoña, escrita a uña de caballo por un Iker Jiménez reportero de investigación, macutero y cargado de cámaras fotográficas. Por un sabueso que sigue una pista tras otra. Una obra escrita a golpe de teclado nocturno tras escuchar por vigésima vez la última entrevista realizada a un testigo o un experto, inmortalizada en la cinta magnética de un casete. Escrita por un periodista muy diferente a ese del que hoy estamos acostumbrados, al otro lado de la pantalla o de su buhardilla; por un muchacho con menos de treinta años que trabajaba para la revista que dirigía Jiménez del Oso. Una obra publicada en plena resaca del apaleamiento generalizado y público contra los temas de misterio por parte de detractores y especimenes pícaros, que hacían carne del castizo refrán “ríase la gente, ande yo caliente” y que arruinaban ilusiones, las mismas que permitieron a tantos españoles de una época pretérita salirse de la norma establecida (una ralea envilecida y de poca monta, enemigos declarados de Jiménez a los que sigue combatiendo con encono, siendo «Enigmas sin resolver» una primera declaración de intenciones).

La lectura de «Enigmas sin resolver» es apasionante, pues se lee al Iker Jiménez joven e inexperto, que va a “puerta fría” y acumula noches de soledad y carretera, recorriendo Galicia, Extremadura, Castilla y Andalucía. Sin embargo, el planteamiento de la propia obra es erróneo por cuanto la propia obsesión de Jiménez por los ovnis lo envuelve todo. Salvo por la inclusión de las misteriosas desapariciones de menores, como las del niño de Somosierra y el pintor de Málaga, las Caras de Bélmez y la constatación histórica de la existencia real del conocido como hombre-pez de Liérganes, o unos datos sueltos sobre las Hurdes negras y el pueblo maldito de Ochate, absolutamente todo entra dentro de la casuística de vivencias, avistamientos y contacto con formas de vida relacionadas con los ovnis: irrupciones en bases militares (casos de los que nacería «La noche del miedo», años después), encuentros absurdos, ataques, reuniones en los bajos del Café Lión, contactados suicidas…, incluso habrá lugar para la cuestionable desclasificación de documentos del Ejército del Aire español en la década de 1990 y la entrevista a un irritado J. J. Benítez que comenta sus impresiones al respecto. La obra bien podría haberse titulado, salvo por las contadas excepciones referenciadas, «Enigmas sin resolver: encuentros ovni en España» o algo de más depurado estilo, pues el trabajo que casa mejor con el título original será la continuación a la presente obra y que será objeto de la correspondiente disertación en su momento.

Aunque los casos que componen «Enigmas sin resolver» me resultan ya todos conocidos a fecha de 2017, he repasado datos en compañía de la siempre agradable prosa de Iker Jiménez, contagiándome de su espíritu curioso y apasionado; hasta su indignación. He sentido escalofríos al leer extractos de las declaraciones de testigos de los incidentes en las Hurdes y en las bases militares; mi imaginación de escritor se ha revolucionado ante el conocimiento de diversos hechos ocurrido en esa España de la década de 1960 y que para tantas novelas darían… «Enigmas sin resolver» es una obra que merece la pena leer y que ya atrajo la atención de un público ávido por la temática del misterio en su momento, tanto que agotó varias ediciones en las que, por desgracia, se han perpetuado diversos gazapos ortotipográficos y gremlins que, en ocasiones, llegan a ser insultantes para un lector irascible.

Sí, he disfrutado leyendo una vez más a Iker Jiménez, al joven y errante Iker Jiménez esta vez. Pero que sigue siendo el mismo hombre que demuestra su entusiasmo los domingos desde la Nave, los jueves desde su buhardilla (y de cuando en cuando a través de su videoblog).

En el momento de terminar de escribir esta reseña voy por el capítulo VIII de «Enigmas sin resolver II», dedicado a los hechos enigmáticos que siembran la comarca albaceteña de El Pardal.

martes, noviembre 29, 2016

Guardia de ensayo: reseña a «Antes que nadie», de Fernando Paz

Libroslibres. Madrid, 2012
246 págs.
ISBN 978-84-92654-99-4
Conjunto de historias que debían ser de conocimiento de todos y que Fernando Paz reúne en un libro cuyo subtítulo engarza a la perfección con el resultado final

Fernando Paz, profesor e historiador, firma una obra corta que luce un ostentoso subtítulo que reza de la siguiente manera: «Aventuras insólitas de unos españoles que quisieron ser demasiado», el cual, por desgracia, se puede aplicar, en su tramo final y en negativo, sin restarle una sola letra, al conjunto de historias de la Historia que se visten con las fastuosas tapas de una escena de caballería inmortalizada por los pinceles y el buen arte de Augusto Ferrer-Dalmau. Un libro que, por su génesis, no debería ni existir si aquellos que formamos la piara histórico-cultural, tantas veces informe como acomplejada, que se llama España tuviéramos, aunque fuera en cantidad irrisoria, algo de orgullo nacional al más puro, rancio y simple estilo inglés o, si no es menester hacer tal largo camino y cruzar las aguas para alcanzar la pérfida Albión, del que se encuentra al Norte de los Pirineos o al Sur del río Miño; historias que debían ser de conocimiento de todos y cada  uno de nosotros hasta la náusea o que, al menos, nos “sonaran”.

Pero el trabajo de Paz no es que sea erudito ni un producto que cumpla con las expectativas anunciadas a la hora de trasegar la introducción y prólogo. Digamos, antes de nada, que el cuadro de los Farnesios a la carga, aunque espectacular y con garra, es la miel dispuesta en la trampa por el cazador editorial, pues el libro es eminentemente naval y dedicado casi por completo a la era dorada de la navegación y los descubrimientos geográficos, pasándose por encima de aventuras hispanas quizá más alocadas, por mucho que haya algo de espacio para hazañas desconocidas en África o embajadas a cortes exóticas. 

Se aprecia un frustrante empeño por no entrar al detalle en acontecimiento alguno, más allá de anécdota, sin aportar nada a mayores a un conjunto de escasos y curiosos datos, cabos de los que el lector investigador puede tirar (al menos). Resulta que acaba siendo un exagerado trabajo de sinopsis.

Pero, sin duda alguna, lo peor que podemos encontrar en el libro son las profundas cicatrices en el texto, causadas por un cicatero cariño a la edición, pues las erratas son legión y las reiteraciones terminan siendo sombríos y constantes acompañantes. Un grito descarnado se arrastra como un alma en pena a lo largo de los capítulos, suplicando correcciones, sinónimos y otras perlas, que en nada me resultan desconocidas como autor que soy de ensayos históricos, sabiendo bien que emana de dos únicas razones, censurables o no según para quién: la más comprensible es la del cansancio y el estrés acumulados por el autor, a quien, probablemente, le han “encargado” en exclusiva la labor de corrección (con las penalizaciones y penalidades que esto supone) una vez aceptado el primer borrador; y la segunda, más grave y denunciable, es una desatención absoluta por parte de la editorial en cuanto a la corrección orto-tipográfica y de estilo, algo que parece ser parte del menú diario de ciertos sellos. Pruebas de todo lo que afirmo las podemos hallar con exasperante contumacia en el último capítulo, dedicado a la Contraarmada inglesa de 1589, con la intercalación de varios párrafos seguidos en los que se dice siempre lo mismo y que sirven como preámbulo acelerado, a traspiés, para alcanzar un punto y final que deja al lector pasando la página para ser atropellado por la extensa bibliografía.

Innegable y digna de aplauso y reverencia es la honorable intención del autor por rescatar hechos y hombres de entre el cieno del olvido en el que chapoteamos como gorrinos pusilánimes; para que oigamos los nombres de personajes que son más recordados y admirados en países distintos a aquellos en los que les vieron nacer, pero he de ser fiel a mis impresiones y el libro deja en ciertos aspectos bastante que desear, siendo una lectura incómoda por su estilo.

martes, junio 21, 2016

Guardia de ensayo: reseña a «Guía de un astronauta para vivir en la Tierra», Coronel Chris Hadfield

An astronaut's guide to life on Earth
Traducción de Joan Soler Chic
Ediciones B SA. 2014. Barcelona
Primera edición: Octubre de 2014
294 páginas
8 páginas de fotografías
Alguien como Chris Hadfield podría ser uno más entre el medio millar (oficialmente hablando) de personas que han viajado al espacio exterior, distando mucho de distinguirse entre los arquetípicos héroes de la carrera espacial. Por supuesto, proezas como la del primer paseo extravehicular (EVA) o la de llegar a la Luna no están entre sus logros. Podría incluso decirse, restándole toda importancia, que forma parte de esa gran masa informe y anónima de gente que acciona la maquinaria cuyo funcionamiento damos por hecho el resto de los mortales e ignorantes pasajeros de este Globo; alguien que pulsa unos botones y mueve unas palancas de las que nada sabemos ni queremos saber. Pero Chris Hadfield, astronauta canadiense, tiene mucho que decir (tanto como para escribir un libro) y su currículo lo demuestra: es un experto piloto de pruebas de aviones a reacción y en robótica; ha cumplido tres misiones en órbita alrededor de nuestro planeta; ha sido decenas de veces CAPCOM; participó en la instalación de una de las piezas robóticas más importantes para la construcción y mantenimiento de la Estación Espacial Internacional (ISS): el Canadarm2; fue el primer comandante de su nacionalidad en la Estación (misión 34/35), batiéndose, bajo su mando, el récord de experimentos desarrollados en órbita; y, sobre todo, nadie que haya estado en nómina de las agencias CSA, NASA o ROSCOSMOS ha hecho tanto por la investigación espacial y la divulgación entre la ciudadanía acerca de la importancia de la exploración como él, gracias sobre todo a sus vídeos en Youtube, donde explicaba y demostraba cómo acciones habituales en la Tierra se tornaban complejas y maravillosas en gravedad cero (esto se lo tenemos que agradecer también a su hijo Evan y a que grabara el primer videoclip musical fuera del planeta).

Chris decidió convertirse en astronauta a los nueve años, cuando se coló, junto a uno de sus hermanos mayores, en la casa de los vecinos un 21 de Julio de 1969. A través de un televisor, aquel niño canadiense fue testigo de cómo Neil Armstrong descendía la escalera del módulo hasta la superficie lunar. 

Quería ser astronauta en un país sin agencia espacial. Era una quimera, pero en 1995 formó parte de una de las tripulaciones de los transbordadores estadounidenses, instalando un muelle de acoplamiento en la estación Mir. Había pasado mucho tiempo desde que, durante el trascurso de una noche de verano mágica, decidiera su destino y diera los primeros pasos en una carrera que se ha dilatado a lo largo de veintiún años como astronauta y otros muchos antes como piloto de las Reales Fuerzas aéreas del Canadá; un sueño en el que ha arrastrado, muchas veces a regañadientes (como si hubiera que sacrificarlo todo por papá), a su familia y que le ha dotado de una visión única acerca de nuestro mundo; la misma que le ha animado para, con un lenguaje sencillo y sin acritud (aunque, cierto es que a veces resulta ser un tanto reiterativo el bueno del coronel (ya me parezco a uno de sus tres hijos)), a escribir una autobiografía amena y divertida que, simplificando mucho la tarea de definir o catalogar el libro que va a centrar la presente reseña, no es uno más entre los cientos o miles de títulos dedicados a la autoayuda, a los recursos humanos, al liderazgo, al coaching y a la potenciación de las capacidades de los individuos en situaciones delicadas, tanto en solitario como en grupo.

Hadfield huye de todo convencionalismo y de toda regla sobre el papel. Nos habla desde su experiencia única en el entorno más hostil para el ser humano, que no es otro que es el espacio exterior (y también durante el camino para llegar hasta allí). Una virtud demostrada en su persona y en el libro es la de querer enseñar sin pretender recibir nada a cambio de nosotros; ni siquiera celebridad. Está escrito por el mero capricho de compartir ciertos avatares y enseñanzas; es una guía basada en el aprendizaje personal y en la pasión por lograr un sueño, extrapolable a todos y cada uno de los habitantes de esta minúscula mota de polvo azul perdida en el cosmos. Muchos pueden considerarse como consejos fáciles o de pura lógica, de esos que pululan por textos menores y rimbombantes de autoayuda, que lograríamos identificar y entender con solo pensar un poco, pero por los que, para mayor gloria de nuestra innata molicie, nos gusta pagar para que otros piensen por nosotros, aunque sea plagiando trabajos anteriores. Sin embargo, Chris Hadfield —tras décadas de estudio y de formar parte de la élite, superando toda la clase de exámenes profesionales y vitales, capeando con su matrimonio e hijos, aprendiendo idiomas y salvando problemas médicos—, abre su mente y da a conocer al detalle todo lo que le rodeaba. 

Resulta curioso que no sea un libro de búsqueda del éxito profesional que abogue por la idealización de la meta, sino todo lo contrario: de considerar muy seriamente el fracaso, analizar las vías que llevan a ese punto muerto y encontrar la solución; además de preocuparse por no dejar nada al azar y de ser humilde (como dice, ser un cero (vamos, no ir de “sobrao”)), potenciando el feedback (es un claro defensor de un sistema de favores o incluso kármico, que en nada ha de afectar a la competitividad individual: solidaridad y camaradería). 

A fin de cuentas, hemos de prepararnos para el objetivo, pero sin subyugarnos a que no haya otra posibilidad que el éxito rotundo; aprender y divertirse de paso.

Hadfield defiende la regla de estar preparado para todo, tanto para lo bueno como para lo malo; lo probable y lo improbable; y para ilustrar esta última idea se sirve de la curiosa anécdota de cuando temió que, por jugarretas plausibles del destino y la búsqueda de apoyos para las agencias espaciales, pudiera acabar en un escenario junto a Elton John interpretando a la guitarra la pieza «Rocketman».

Podemos considerar la filosofía de Hadfield como la del «Be Water, My Friend», pero teniendo todo planeado de antemano, hasta la última pequeñez, no dejando nada a la improvisación (sabiendo el valor de lo que se hace y cómo se hace); una lección impartida por un maestro (de verdad, no un déspota de pizarra) que ha flotado sobre la Tierra.

Hadfield, a su vez, trata de no tener secretos para con los lectores; incluso desgrana momentos clave de su propia vida privada, con su cónyuge y sus tres hijos; también de cuando era niño. Incluso sabemos cómo le pidió matrimonio a Helene, uno de los pilares de su carrera y éxito. Helene es una mujer impresionante, la esposa del astronauta, quien hubo de cargar con la familia, mudanza tras mudanza, cambiando continuamente de trabajo, importando poco si era de agente de seguros o de cocinera; afrontando crisis de estrés y hasta los simulacros de contingencia o de muerte; y todo ello, la mayor parte del tiempo, sola y sin su marido. El aspecto del golpe psicológico en la familia ocupa no pocas páginas, en las que el propio autor llega a lamentar el haber llegado a convertirse en un extraño para sus propios hijos y todo por alcanzar ese sueño que se mantuvo incorrupto desde 1969.

Esta fusión entre libro de realización personal y anecdotario obliga a que el autor se mueva hacia delante y hacia atrás en el tiempo. Podría resultar necesaria una biodramina, pero lo curioso de su técnica de escritura es que, aún así, todo parece estar perfectamente enlazado gracias a la naturalidad de la narración.

La última parte del libro está dedicada casi por completo a la última misión espacial de Hadfield, en la que volaría por primera y última vez en una Soyuz y sería el comandante de la ISS. Es otro punto a favor para este libro: una visión novedosa y detallista, una visita guiada que permite observar los más nimios detalles durante un periodo comprendido entre las semanas previas al lanzamiento y las que siguen al regreso a la Tierra. Muy poco se escapa del procesador de textos en el que Chris Hadfield vuelca sus recuerdos, que van mucho más allá de los meramente técnicos y permite una cosmovisión (nunca mejor dicho) de la Vida, con mayúsculas, de un astronauta. No todo es estudio y seriedad, pero tampoco divertimento y rasguear cuerdas de guitarra; pudiendo, además, conocerse la larga lista de efectos que la ingravidez produce sobre el cuerpo humano y cuyo remedio se trata de alcanzar en la ISS.

Principio y final. Un círculo perfecto cuando se llega a la última página, que cierra un periodo vital, pero que da la bienvenida a otro. En definitiva, es una guía que se lee sola y que se disfruta; con la que podemos aprender de boca de un profesor generoso, pues Hadfield es un maestro de verdad.

martes, mayo 31, 2016

Guardia de Literatura: reseña a «Yo entré en el CESID», de Pilar Urbano

Nº de páginas: 384
tapa dura
PLAZA & JANÉS EDITORES
ISB 9788401376047
  • Durante la suma de todas las largas jornadas empeñadas en la labor de documentación, tan necesaria como abrumadora (cuando no frustrante), el escritor acaba conociendo a variopintos y forzosos compañeros de viaje. La mayoría de ellos son, por simple y pura estadística, libros de dispersos géneros y autorías que acaban arrojando una generosa luz, regalando datos curiosos que permiten imprimir al texto en el que trabajamos (hablo de la ficción) cierto matiz de realismo que nunca está de más para dotar al argumento de fondo tridimensional; unas delicadas pinceladas que se pierden en el ancho lienzo, pero sin las que no existiría cuadro y que el lector agradece al trasegar página tras página. 

Erika López Castellano, amiga y compañera de universidad, en una de estas esporádicas conversaciones que permiten la lejanía espacio-temporal reducida a cero gracias a las redes sociales, mostró un sincero interés por saber de las nuevas referentes a mi carrera literaria y, como quien no quiere la cosa, me espoleé sobre el teclado y compartí con ella la desdicha que me produce contar con varios proyectos abandonados; en concreto, uno sobre el que he estado armando un poco de barullo y destinado horas y horas desde Enero de 2015, escribiendo e investigando, incluso susurrándole a los oídos de un agente literario: una novela en la que mezclo una trama de espionaje y venganza con el mundo editorial muy presente, que he titulado «Un impostor leal». Más de 150.000 palabras que no han logrado desenterrar ni la mitad de la historia, cuyo desarrollo, en más escenas de las que me gustaría reconocer, no me convence en absoluto. Lo más fácil (y duro) para el escritor es dejar el manuscrito en el fondo de un cajón (o en un pendrive) y cerrar el asunto con llave y pasar a otros proyectos menos absorbentes y eternizantes.

Esta novela en cuestión es una espina clavada bien hondo, que he intentado arrancarme a base de seguir investigando y aprendiendo, a la par que aporreando el teclado; algo que Erika comprendió, incluso antes de que se llegase a formar en mi mente la idea nada descabellada de enviarle en un mail los primeros capítulos para saber de sus sensaciones y su opinión tras la lectura de las primeras sesenta páginas. Erika, entonces, me recomendó enérgicamente un libro con veinte años ya bajo el guardapolvo y escrito por la no siempre acertada periodista Pilar Urbano, en la creencia que aquel texto podría ayudarme a ir rellenando parte de las lagunas grises que me obligaban a dar continuos rodeos hacia ninguna parte.

Había oído mencionar dicho trabajo, «Yo entré en el CESID», en las primeras fases de investigación, pero me decanté por monografías más técnicas. Pero, ahora, tenía a alguien que me conocía y quería ayudarme al otro lado del “hilo”, que insistía en que me tomara mi tiempo para ojear el libro de Urbano. Me sorprendí gratamente cuando comprobé la existencia de un ejemplar en el depósito de la biblioteca nodal de Pontevedra (bendita red pública de bibliotecas, como bien exclamaría Ray Bradbury); así que, no me lo pensé dos veces: quizá Erika me estuviera ofreciendo, envuelta en papel de regalo y sin saberlo ella, la llave que me permitiera franquear la dichosa puerta cerrada a cal y canto que me separa de la siguiente etapa en mi labor como escritor/creador: el famoso “punto y seguido”.

El libro firmado por Pilar Urbano, en sí, se presenta como una síntesis de decenas de entrevistas extractadas y mantenidas con distintos elementos del Alto Estado Mayor, CESED y CESID a mediados de la década de 1990, cuando los periódicos sufrían con gusto hemorragias de tinta gracias a los escándalos y juicios de los GAL, Perote y Manglano, los fondos reservados, Mario Conde y toda la butifarra del momento. No es  un acceso al CESID, tal y como se nos anuncia, pues la visita al complejo en la carretera de La Coruña es más bien a título de turista barato a quien, a la espera de que se aburra pronto y se largue por las buenas, le dejan perderse entre las páginas de un libro titulado «Memorial», cuya existencia me resulta dudosa, y que se presta como excusa para que Urbano vaya, recorte a recorte, intercalando historias conocidas y otras prácticamente inéditas (para mí, claro está), contadas muchas de ellas por sus propios protagonistas (o así lo plantea la autora), encerrando conversaciones y entrevistas de copa y puro entre comillas, y que versan sobre toda clase de operativos de contrainteligencia y contraterrorismo: Lobo, 23-F, Transición democrática e, incluso, Bárbara Rey. Sin embargo, lo más interesante que podemos encontrar en las poco menos de cuatrocientas páginas es la referencia a las operaciones discretas, casi anecdóticas, que dan cuenta de nuestra Inteligencia patria en un juego a nivel mundial durante la Guerra Fría, con el KGB, la CIA y el MOSSAD como compañeros, aliados y, cómo no, enemigos; Canarias, Tánger, Rota o Madrid como escenarios; delegados comerciales, con inmunidad diplomática, que son amablemente invitados a hacer las maletas y coger el primer vuelo directo a Moscú, más morenos de piel y con una bailarina flamenca de postal como recuerdo. Ahí es donde el lector, cualquiera que sea la razón que le haya impulsado a abrir las tapas de este libro y a dejarse las retinas en él, encontrará un cebo delicioso para terminarlo en unas pocas sentadas; aunque la autora no aporte nada más allá de sus entrecomillados, en los que tampoco es que sepamos cuánto hay de verdad, de fantasía y de olvido voluntario con el que el astuto ratón, veterano en estas lides, juega al despiste con el gato plumilla provisto de grabadora en la garra ambidiestra.

La lectura es agradable y nada simplista. El libro está muy bien escrito y se aprecia cierta riqueza lingüística tan en peligro de extinción en nuestros días; pero la autora me ha terminado cayendo “gorda” debido a su constante petulancia marisabidilla: es arrogante, pedante y hasta sobrada, con un filo irónico que solo va en una dirección. Los capítulos, por su parte, no guardan una correlación equilibrada: unos son muy largos y otros justo todo lo contrario. Indudable es que ciertas historias merecen una especial dedicación, pero otras se han introducido, aún con el interés que me suscitaron, sin venir a cuento (o eso parece). 

La autora, con cierta flema, comenta que posee material como para escribir un par de libros más sobre las luces y sombras del CESID, sin embargo, ya  deja claro que ni piensa escribirlos cuando se llegan a los últimos párrafos del volumen, los cuales se me hicieron un tanto insufribles. Cuando pude cerrar las tapas, suspiré aliviado.

Es un libro que tendré que volver a rescatar de los fondos abismales del depósito bibliotecario, releer y, con bloc de notas y bolígrafo —prendas tan indispensables para el escritor como lo son las llaves, la cartera de documentación, los zapatos o los calzoncillos para cualquier otro mortal—, ir anotando todo aquello que se me haya escapado, pasado desapercibido y huido de entre las redes de mi memoria para que «Un impostor leal» acabe siendo algo más que una quimera a medio hacer; un punto y seguido.

martes, febrero 16, 2016

Guardia de Literatura: Reseña a «Lagarto, lagarto. Cuando los visitantes invadieron la Tierra», de Juan José Montijano y María del Carmen Olivero

Lagarto, lagarto. 
Cuando los visitantes invadieron la Tierra
Juan José Montijano y María del Carmen Olivero
DIABOLO EDICIONES SL. Madrid
ISBN 978-84-15839-88-0
Primera edición de Marzo de 2014
Precio: 19,95 €
264 páginas
Regalo idóneo y muy socorrido si nos vemos en la complicada situación de alegrarle la jeta a alguno de estos recién contaminados por el virus nostálgico de los años Ochenta; para todos aquellos que añoren tiempos pasados en los que volvía casa con la bici a cuestas y las rodillas peladas, listas para una nueva ración de Mercromina (los mismos que ahora no permiten que sus hijos se pongan sobre dos ruedas si no igualan en protecciones a Robocop); para todos aquellos que recuerdan como algo normal el pasar unos días en cama curando el resfriado (pero que a sus churumbeles les atascan en la garganta una cuchara sopera con jarabe antes del primer estornudo, no vaya a ser que el mocoso se nos traumatice); etc., etc.

La serie de televisión V se ganó a pulso un huequecito en nuestros infantiles corazones y retinas, pues fue lo más impactante que habíamos visto hasta la fecha. Tenía un estilo único y era terrorífica y épica a partes iguales; por no decir que provocaba cierto asco primario a nuestros padres y abuelos. Era una época muy diferente a la actual y esos lagartos que aterrizaron en España el 2 de febrero de 1985, con dos años de diferencia respecto a su emisión en EEUU (algo impensable en la actualidad) se convirtieron en un producto novedoso y efímero, pero que impregnaría nuestra imaginación como ninguna otra. Aún siendo una sombra degradada por culpa de la considerada como tercera temporada (primer y única regular), muchos nos quedamos con las ganas de saber qué le pasaría a la Niña de las Estrellas, pues la dejamos subiendo a la nave del Líder y punto final. 

Diana, Donovan… Todos siguen vivos en nuestro núcleo central de recuerdos, ya lo creo que sí.

Lagarto, lagarto viene a ser un completo homenaje a la serie y a la época; la labor de sinopsis y de recopilación de datos en castellano es encomiable y digna de reconocimiento, pues considero que sus dos autores no han dejado palo sin tocar. De este modo se referencia gran cantidad de vicisitudes de producción de las tres series y los problemas a lo que se enfrentó su creador, Kenneth Johnson, el cual tan solo tuvo carta blanca con la primera miniserie, siempre a la sombra funesta de una horda de productores que se obcecaron con hacer y deshacer a su antojo hasta que destrozaron la idea. Me ha sorprendido saber que Johnson se desvinculó de La Batalla Final, donde ya su trama se transformó en algo cercano a una simple caricatura, aunque bien es cierto que era la parte de la historia que a muchos más nos gustaba, quizá porque queríamos ver más acción

El relato de los tiras y aflojas llega a enganchar, provocando incluso algo de pena al comprobar que Johnson tenía en mente un desarrollo totalmente distinto y que fue sacrificado en aras de un producto más del gusto de los productores ejecutivos y más rentable a la par que, evidentemente, menos profundo y filosófico. Para ello, los autores de Lagarto, lagarto no solo aportan extractos de entrevistas del propio creador, sino de distintos actores que muestran sin tapujos su malestar ante el cambio de rumbo que tomó V con la salida obligada del Johnson del proyecto: Se pasó de un producto digno a otro de escasa calidad; aunque mantuviera ciertos aspectos típicos de la franquicia, los productores querían financiar una serie de ciencia-ficción clásica, algo que no veían por ningún lado en el argumento de Johnson.

La obra Lagarto, lagarto es muy completa, como hemos dicho, pues dedica gran cantidad de páginas a analizar el efecto de la serie en el campo sociológico, además de resumir y reseñar cada capítulo, junto a un listado de personajes divididos en resistentes, visitante, colaboradores y quintacolumnistas, junto a datos técnicos, biografía de actores o motivaciones del elenco… A lo que se une una pequeña Historia de los sirianos, su armamento, tradiciones, etc.; siendo lo más interesante el empeño de ambos autores por aportar tantos aspectos como fueran posibles acerca del llamado universo expandido de V, con la reseña de novelas y cómics, sin olvidar el entrañable merchandising.

La presentación del libro despierta grandes esperanzas respecto a su contenido: Tapa dura, introducción de Kenneth Johnson, profusión de fotografías…, pero, a pesar de todo lo bueno que tiene, cuenta con el lastre cada vez más habitual de las producciones literarias del tipo «hágaselo Vd. mismo», lo cual perjudica enormemente al volumen. Es raro no encontrar en cada página alguna errata que se habría subsanado si la editorial se hubiera molestado en contar con los servicios de un leal corrector ortotipográfico y de estilo; y por ello me atrevo a asegurar que la editorial obligó a los dos autores a corregir ellos mismos todo el material en cuestión de días (costumbre vulgar, ruin y demasiado rutinaria que yo mismo he padecido). Solo así, de este modo, es posible encontrar explicación para que se cuelen tantos errores a cada página, confundiendo plurales y singulares, empleando términos erróneos o, incluso, traducciones literales del inglés al castellano sin molestarse en encontrar una equivalencia en nuestro idioma (por ejemplo, no es disparador, sino artillero; no es tanque, sino carguero; no es extranjero, sino alienígena; etc.), por no comentar que ciertos nombres de los personajes bailan como locos.

Junto a estos errores involuntarios de los autores, se cuelan otros que son los propios de una incorrecta interpretación de un hecho o materia. Por ejemplo, se asegura que en V se dibuja en los EEUU un escenario idéntico al de la Francia ocupada de la segunda guerra mundial, cuando no es cierto: pues es uno propio de la Holanda ocupada. Otro detalle que me ha marcado, pero que no tiene que ver con la serie objeto de análisis, se detecta en el capítulo dedicado a los productos televisivos que devorábamos en tan solo dos canales durante aquel 1985, es el referido a El Equipo A, donde se achaca a un error de traducción y de doblaje patrios el que el personaje interpretado por Mr. T pase de ser B. A. Barracus a M. A. Barracus, lo cual no es más que un brindis al sol por parte de los autores de Lagarto, lagarto, ya que, aunque el tipo se llamaba Bosco Albertus, se referían a él como B. A. por su Bad Attitude por haberle zampado una soberana hostia a un oficial superior; por tanto, en castellano pasó a ser Mala Actitud o M. A.

Temo haber perdido mi tiempo y el vuestro haciendo referencia a estas perlas huidizas que se han colado en el texto que, en su conjunto, no son para tanto, pero que hay que referenciar para ofrecer la visión más completa de esta obra que lleva ya muchos meses en el mercado sin que esté, a mi modo de ver, recibiendo todo el apoyo que merece, pues se refiere a la serie por excelencia de nuestra infancia y, sobre todo, porque corremos detrás de cualquier cosa que expela a años ’80 como burros detrás de una sabrosa zanahoria.

No os defraudará, sobre todo porque es una labor inédita en nuestro país.