jueves, junio 04, 2015

"Know Your Enemy"



Una magnífica y fascinante pieza (aunque dividida en tres apartados bien diferenciados) compuesta por Yoko Kanno, recogida en el tercer álbum recopilatorio de la BSO de la serie de anime Ghost In The Shell: Stand Alone Complex.

La encontraréis en el tercer track.

Lectura de 4 de Junio de 2015



  • Barómetro: 756,5 (Variable). Encapotado
  • Termómetro: 20
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miércoles, junio 03, 2015

El faro de Þrídrangar


Hoy vamos a dejar que nuestras velas sientan la fuerza de las imágenes y que la jarcia silbe gracias a la caricia del céfiro de lo visual.

El mundo se encontraba al borde del precipicio cuando unos obreros islandeses, de ojos grises como su propia tierra, dirigían sus miradas hacia el cielo mientras seguían con gracia natural el son que les marcaba la revoltosa mar. Corría el año de 1939 y aquellos pocos hombres habían recibido la encomienda de llevar a cabo la construcción de un pequeño faro en Þrídrangar, una de las formaciones meridionales de Islandia conocidas oficialmente y en inglés como Westman.

Tenían que practicar escalones en una pared vertical y cargar con los materiales de obra hasta arriba, hasta la cumbre de una roca que cuenta con unas raquíticas dimensiones, pero con una larga caída hacia las redes que tiende la diosa Ran. Subieron y el cemento unió los ladrillos y la llama brilló como un punto de luz en mitad de una costa plagada de caprichos crueles colocados por las deidades nórdicas; una amable luminaria que hasta 1993 fue alimentada con gas y, a partir de entonces, mediante energía solar.

Þrídrangar, denominada erróneamente por los pescadores británicos como "Three Fingers", en realidad es un conjunto de cuatro peñascos estériles, largos y estrechos, que emergen de las profundidades como si fuera la garra de un dragón derrotado hace largo tiempo, antes de que el hombre tuviera memoria; siendo Stóradrangi el punto escogido para la construcción del faro, que es la formación más grande de las cuatro.

Gracias a este vídeo que os incrusto, viajaremos acompañados de las valkirias hasta Þrídrangar y por la costa de Islandia:

Lectura de 3 de Junio de 2015 a las 1200 horas



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3 de Junio de 2015



martes, junio 02, 2015

Guardia de televisión: reseña a la serie “The Honourable Woman”

Secretos y más secretos sobre los que se teje la tupida y prieta tela de araña de las relaciones personales. Secretos que, para algunos, son unos parásitos que engordan bajo la superficie de unos rostros límpidos; secretos que, para otros, no son más que simples molestias con las que se puede vivir con total normalidad.

Secretos que ponen a prueba la confianza mutua.

De tan criptográfica forma podríamos resumir la serie “The Honourable Woman”, producción televisiva británica que ya menté en su momento al dejarme bastante impactado su primer capítulo; y a la que ahora dedicaré su pertinente recensión al haber dado fin a su visionado. Podría dedicarme largo y tendido a desgranar la compleja maraña familiar de los Stein, a la que pertenece la honorable protagonista, Nessa, y quien abre la serie con su nombramiento como baronet en reconocimiento no solo por dirigir una de las más importantes empresas de Gran Bretaña, sino también por haberle dado un giro radical a la misma: de ser proveedor de armamento para el ejército israelí a buscar una solución pacífica al eterno conflicto de Palestina mediante una red de comunicaciones. Podría dedicarle tiempo a Ephra Stein y su matrimonio, así como a su relación con la enigmática Atika; pero todo sería una pérdida de tiempo, ya que eliminaría así cualquier necesidad de ver la serie a aquellos que aún no os hayáis asomado a la misma, aunque es posible que mis siguientes palabras os desanimen a ello.

Me hice muchas esperanzas con esta serie, pero al final, una vez resuelto el misterio, que no era para tanto, es una producción prescindible en mi videoteca, cuya moraleja es que el conflicto palestino-israelí nunca se resolverá por mucho que muchos lo intenten pues, en el fondo, a nadie interesa.

La producción en sí desprende cierto aroma al John le Carré de los años 80, con unos personajes que hacen su vida y en la que entran los Servicios secretos para “jugar” con ellos otra partida; y poco más podría comentarse ya que, a pesar de sus puntos, comienza a flojear casi al instante, dejándome bastante decepcionado. La simpleza de algunos elementos argumentales, unido a un plan maestro bastante variable, por no decir que de extraña factura y mecanismo, describen en el telar un producto un tanto difuso; un puzle al que le faltan piezas o están descoloridas, no sabiéndose dónde van.

Quizá lo que más me ha disgustado sea que la protagonista se esté riendo de todo a cada instante. Supongo que muchas veces es “reír por no llorar”, pero en ciertas escenas su actitud no deja de ser embarazosa y prescindible, restándole credibilidad como personaje central. Y he de añadir que ese guión bien hilado a base de diálogos que me gustó durante el primer capítulo termina convirtiéndose en una especie de esperpento, pues toda conversación seria que mantienen los personajes siempre muta en una especie de competición para ver quién de todos ellos logra saturar y destrozar el medidor de sarcasmos del Dr. Frink (véase Capítulo “They Saved Lisa’s Brain”, nº 225, Temporada 10, de la serie “Los Simpsons”). Un poco está bien, pero tanto ya…

En fin: una decepción, al menos, para mí.

Lectura de 2 de Junio de 2015 a las 1200 horas



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  • Termómetro: 19
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lunes, junio 01, 2015

Entrevista en Todoliteratura desgranando "El Imperio del Sol Naciente"


Felipe Velasco, de Todoliteratura, me ha hecho un rápido interrogatorio, pero sin flexo que me cegara, para que fuera desgranando una amplia serie de aspectos referentes a mi más reciente obra y que es de sobra conocida por todos vosotros: el ensayo histórico “El Imperio del Sol Naciente: La aventura comercial”.

Como no puede ser de otro modo, os invito a leer esta completa entrevista que, a buen seguro, os servirá de faro: 


Lectura de 1 de Junio de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756,5 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 20º
  • Higrómetro: 40%

1 de Junio de 2015



viernes, mayo 29, 2015

Lectura de 29 de Mayo de 2015 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 20º
  • Higrómetro: 40%

29 de Mayo de 2015







jueves, mayo 28, 2015

"Les Voiles"



Poom

Lectura de 28 de Mayo de 2015 a las 1200 horas



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  • Termómetro: 20º
  • Higrómetro: 40%

28 de Mayo de 2015









miércoles, mayo 27, 2015

En busca de la Morss Piscis


El joven Urrutia, uno de los guardiamarinas a bordo de la fragata Gorgona para más señas, se detuvo, aburrido, ante la amura de estribor, cerca de la serviola; apoyó los codos en la borda, la barbilla en los puños cerrados y suspiró. Quería darle la espalda a la actividad que de desarrollaba a bordo del navío, la cual no tenía mucho interés para él, pero su problema, por llamarlo de alguna manera, lo tenía delante y debajo. Le dolían las piernas; todavía no se habían acostumbrado al reducido espacio del barco, aún cuando ya se habían agotado varias semanas de navegación y no había cosa que deseara más en la vida que bajar a tierra, estirar los miembros hasta desencajarlos y sin tocar con otro hombre, cabos o mamparos; pero era el oficial de guardia y tenía que quedarse en cubierta.

La fragata había fondeado en medio de una pequeña bahía, escondida en un punto indeterminado al Oeste de la isla que avistaron el día anterior. Varias anclas se hundieron el suelo arenoso y aseguraban la quietud del buque, reteniéndolo ante los bajíos y la raquítica playa de fina y blanca arena a donde llegaban tímidas las olas para solo morir. 

Aun no siendo muy altos, los acantilados eran escarpados y negros, asemejando las fauces petrificadas de alguna bestia antediluviana cerrándose sobre los incautos que se habían atrevido a interrumpir su milenario descanso. La lengua de arena era el cebo del depredador, rodeada de una floresta extraña y enrevesada. Sobre el húmedo piso de conchas, que cedía ante su peso, se fueron acumulando las lanchas y chinchorros, cargados con todos los barriles destinados a la necesaria aguada. Un arroyo venía a morir justo a aquella playa, por lo que el trabajo no tenía por qué intranquilizar tanto a los hombres, lo mismo si eran curtidos marineros que experimentados oficiales.

El joven guardiamarina centró su atención en sus afortunados compañeros en tierra. Por mucha preocupación que les causara haber fondeado en aquella extraña bahía, estiraban con placer las piernas. Nada entorpecían sus pasos el leve mareo propio de aquellos que abandonan el vaivén de la mar tras una larga travesía, y eso acrecentó el dolor en las extremidades del sufrido muchacho.  La envidia le podía, corroyéndole las entrañas aún más por aquellos que formaban parte de la partida que se había organizado para explorar el corazón de la isla y arrancarle a aquella avara roca las frutas y verduras comestibles que atesoraba; buscar un remedio para paliar los efectos del escorbuto que comenzaba a hacerse patente en el sollado.

Los hombres en la playa asemejaban atareadas hormiguitas con las que el frustrado y aburrido guardiamarina jugaba a perseguirlas desde la distancia con el dedo índice. De esta forma se percató de que había tres motas negras que se alejaban de un chinchorro, cargadas con todo tipo de aparejos, y que llegaron a los límites de la playa. En contra de toda lógica, comenzaron a escalar el acantilado No le hacía falta catalejo alguno para determinar la identidad de aquellos tres notas discordantes en la sinfonía de la playa: el cirujano Florián era quien encabezaba aquella extraña expedición y el culpable de la plaga que, por suerte, tan solo había contaminado a Juvenal, el guardiamarina más joven a bordo de la Gorgona, y a Coronados, un gaviero tonto pero con suerte. Los tres habían hecho piña con una afición casi malsana por el estudio de la fauna y flora; aunque el líder de la manada tan solo estaba interesado en reescribir correctamente las enciclopedias y los bestiarios y desterrar aquello que había introducido la superstición y la estupidez, aquello alterado con las narraciones de los marineros que seguían el vaivén de las olas en puertos y tabernas gracias a los efluvios del alcohol.

Las gaviotas del lugar, muy distintas a aquellas que el guardiamarina Urrutia había visto antes, se echaron a volar, enojadas ante la invasión orquestada por el cirujano Florián. El oficial de guardia se deshizo en carcajadas cuando la mota más grande, el desgarbado matasanos sin duda, tropezó y se cayó sobre su trasero, quedándose espatarrado, pero ileso, rodeado de afiladas rocas cubiertas de nidos y excrementos.

Una de las aviesas aves, que giraban en círculos sobre sus cabezas y que habían llenado el aire con sus horrendos graznidos, comenzó a atacar al cirujano y a sus acompañantes. Pronto se supo la razón, aunque para ello Urrutia tuvo que tirar de catalejo: se habían hecho con su polluelo. Era amor de madre. Sin embargo, de poco le sirvió a la pobre al no poder esquivar el varazo que Coronados le zampó, quebrándole un ala. Sin pretenderlo, habían conseguido la segunda captura del día para ser registrada en el cuaderno de notas de Florián, a la que acompañaría los dibujos de Juvenal, que se había descubierto como un virtuoso a los lápices, enriqueciendo aquella misión científica extraoficial.

El cómo Coronados se libró del estorbo de la gaviota a quién habían birlado el polluelo desagradó a Urrutia, quien volvió el rostro y a interesarse por las tareas a bordo de la fragata, ordenando que se dispusiera la verga para el izado de los barriles de la aguada. Por ello no pudo y no quiso dar cuenta de cómo el trío de naturalistas desaparecía tras coronar el acantilado.

Aún dolorido y con los calzones arruinados por culpa de los excrementos de gaviota que acabarían secándose y adhiriéndose a la tela, haciéndose uno con ella, Florián se sentía dichoso. Se había hecho con un polluelo de una especie que le resultaba familiar, pero que tenía unas características diferenciadoras a todo lo que había visto hasta entonces, y un ejemplar adulto que, por desgracia, el bruto de Coronados le había destrozado un ala. Ambos especímenes fueron enjaulados y “amenizaron” la ascensión con sus chillidos de terror, desesperadas ante el destino incierto que se cernía sobre ellos, pues no sabían ni comprenderían que el cirujano estaba dispuesto a cuidar de ambos mientras los estudiaba en su angosta camareta. Pero tales cuitas tendrían que esperar, ya que Florian quería saber qué había más allá del acantilado; comprobar si lo que había visto Juvenal el día anterior tenía algo de lógica y realidad. Ambos habían estado oteando la costa y percibido movimiento, pero el pequeño guardiamarina fue el que pegó un salto, casi metiéndose el catalejo por el ojo.

—¡Morss Piscis!

Juvenal se había obsesionado con uno de los pocos libros que cargaba Florián consigo en aquel viaje: una versión moderna del “Historia naturae maxime peregrinae”, escrito en 1635 por el jesuita Juan Eusebio Nieremberg. Lo que no sabía el oficial y compañero de expedición es que el cirujano estaba empeñado en hallar los verdaderos animales que inspiraron tales descripciones para tachar al autor y sus fuentes de fantasiosos quijotes. Y en aquellos pensamientos se concentró Florián mientras terminaba la ascensión del acantilado.

—¿Cree que son sirenas, señor Florián?

Esa y no otra fue la estúpida pregunta de Coronados, cargado hasta los topes con todos los pertrechos pesados. No podría haber realizado otra más ideal para sacar a Florian de sus casillas y de su concentración a medida que iba saltando de piedra en piedra.

—No, Coronados, no lo creo, pero pronto lo sabremos —respondió el cirujano con aspereza. La mención simple a las sirenas le irritaba, pues parecía que los marineros no vieran otra cosa maravillosa en la mar que mujeres con cola de pez. Pero, aún con su incipiente formación científica, no se atrevía a contradecir a aquellos que aseguraban haber tenido un encuentro con tan atractivos y peligrosos seres, pues nada hacía pensar en si eran reales o fantasías.

—Eres un estúpido, Coronados, son Morss Piscis —sentenció el altivo Juvenal.

Florián hizo un alto en el camino ya que le faltaba el aire y se sentía mareado. Le hubiera gustado hacer callar a Juvenal, pero, sí, Coronados era un estúpido.

—Maldita… No, no es por vosotros. —Y en cuanto recuperó aliento, continuó—: Hasta el pasado siglo no viajaban naturalistas a bordo de nuestros navíos. Eran viejos y decrépitos sabios que se limitaban a trascribir e interpretar, desde la comodidad y calor de sus bibliotecas, los subjetivos relatos de los marinos. Hay quien ha escrito libros sobre aves sin haber visto jamás un solo espécimen y, lo peor, es que a día de hoy sigue ocurriendo. ¡A día de hoy, a 27 de mayo de 1815! Es algo imperdonable, pero que hace prevalecer los cuentos de viejas.

El cirujano advirtió cierta sombra de tristeza en la tiznada faz de Coronados que duró lo mismo que tardaron sus reproches en enfriarse y, abandonados y mudos, caerse por entre los huecos de la rocas.

—¿Qué clase de científicos son esos mentecatos? —Florián no pudo refrenar un último impulso de desprecio hacia aquellos colegas anclados en los bestiarios medievales, ajenos a los avances de la Enciclopedia.

—Encontraremos Morss Piscis —repitió Juvenal—. Sé lo que vi ayer.

—¿En serio? —Florián se relajó—. No hay duda de que a donde nos encaminamos tiene toda la pinta de ser un buen lugar para encontrar tales bestias.

Y hacia aquel lugar, a la sombra del acantilado, continuaron, pasando por alto nidos y otros animales. Coronaron la cima y comprobaron que la isla caía en una pendiente suave y negra, calva de vegetación, para dar fin en el mar, en una playa de guijarros sobre la que varias formas grises descansaban al sol.

—Coronados, por favor, el catalejo. —La amabilidad con la que el cirujano se dirigió a su sirviente turbó a éste último, quien desde chico se había acostumbrado a recibir varazos y vejaciones por su escaso seso y por su desfigurado rostro, tan digno de estudio como cualquier planta o animal extraño que atrajera la atención de Florián.

El pobre Coronados atendió al requerimiento con aprecio, rebuscando con desesperación en la mochila de cuero. Cuando halló el tubo de bronce se lo entregó a su amo, quien se relamía los labios.

—No puede haber sido tan fácil —musitó Juvenal.

Sí. Parecía ser lo que buscaban, pero lo que llegaba aumentado por la lente y el espejo interno del aparato no parecía corresponder con el dibujo de la obra de Nieremberg. Las formas y tamaños eran semejantes, mas no parecían tan exóticos y maravillosos aquellos seres.

Cuando Juvenal tuvo entre sus manos el catalejo se sintió decepcionado.

—Espero que las gaviotas que hemos capturado sean algo más que simples gaviotas —dijo entre dientes el oficial.


Como en otras tantas ocasiones, me he dejado llevar por la imaginación a la hora de escribir este artículo. La figura que corona la página 257 del tratado o bestiario escrito por el jesuita español Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658), se negaba a que me limitara a traducir del latín al castellano los apuntes referentes a ella y lo poco que hay más allá, extorsionando mi voluntad, la cual rindió sin pelear. El descubrimiento fortuito por mi parte de un ser mítico como la Morss Piscis —que se ha venido a identificar científicamente, según la interpretación del naturalista suizo Conrado Gessner (1516-1565), con la morsa (Odobenus rosmarus)—, ha alentado mi pluma para que volviera a fantasear con barcos de vela fondeados ante costas desconocidas.

Los apuntes que he ido tomando a lo largo de la tranquila, escasa y somera investigación los podéis encontrar a lo largo del propio relato, no siendo una invención mía el aserto acerca de la ausencia de naturalistas a bordo de los buques de las distintas naciones que navegaban por todo lo ancho del mundo hasta que se inician las grandes expediciones científicas en el s. XVIII; ausencia que se siguieron dando en fechas posteriores, ya que la obra que os he referido varias veces en este blog, “Narrative of the Expedition of an American Squadron to the China Seas and Japan” , en cuanto a su sección de ornitología, corrió a cargo de un hombre que ni siquiera formó parte de la misión: John Cassin. 

Lectura de 27 de Mayo de 2015 a las 1200 horas



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27 de Mayo de 2015





martes, mayo 26, 2015

Guardia de cine: reseña a “Rambo II”

Título original: “Rambo: First Blood Part II”. Año 1985. USA. Color. 96 minutos. Dirección a cargo de George P. Cosmatos. Guión a cargo de Sylvester Stallone y James Cameron. Intérpretes: Sylvester Stallone, Richard Crenna, Charles Napier.

Una vez metidos en harina hasta las cejas y contando con el beneplácito de los céfiros, no vamos a guardarnos nuestra opinión y valoración sobre la segunda película de la ya saga protagonizada por John Rambo; una entrega más apta para ojos fáciles de sorprender por medio de fuegos de artificio, explosivos y abundante sangre que la primera, con un guión cuya autoría comparte Sylvester Stallone con, ni más ni menos, que James Cameron, nombre que se nos pudo haber pasado inadvertido por aquel entonces por nuestra insensata manía de creer que los títulos de crédito no son más que fútiles añadidos a la cinta, algo reprochable a más no poder.

La cinta es para flipar con un Rambo que se carga enemigos dándole lo mismo hacerlo con un cuchillo, que con un AK-47, RPG o arrasando su campamento en plan Primera División del Séptimo de Caballería en “Apocalypse Now”; aunque, nadie lo discute, Rambo mola más en esta segunda parte aún dejando de lado su M-60, sirviéndose de un arco y unas flechas con punta explosiva con la que hace las delicias de más de un fan incondicional de las películas de acción ininterrumpida de los años ’80.

En esta segunda ocasión se abandona la lobreguez de la original, difuminándose también ese discurso descarnado. Es acción pura y dura y no hay un solo momento de descanso para el protagonista, quien regresa al uniforme de forma extraoficial y lo hace como “prescindible” (“expendable”, por si a alguien se le ha escapado el chiste con esa saga de abueletes armados en la que el propio Stallone lleva la voz cantante); un veterano que tan solo va a hacer un recado: fotografiar un campo de prisioneros vietnamita que todo el mundo asegura que está vacío, incluso su propio contacto nativo. Pero todos se equivocan, pues Rambo encuentra prisioneros de guerra estadounidenses. En entonces cuando las palabras “olvido” y “traición” aparecen en la cinta: el mensaje que se quiere transmitir por encima del ruido de las explosiones, los gritos de dolor, las lágrimas mudas y la inmundicia del campo selvático de batalla. “Rambo II” denuncia dos cosas bien claras que no admiten dobles lecturas ni perderse entre líneas confusas: la desidia de la burocracia militar y gubernamental estadounidenses a la hora de buscar y recuperar a sus ciudadanos capturados por el Viet-cong en una guerra que se negaron a ganar; y la falta de sentimiento de una nación hacia aquellos hombres que la aman con locura pero que tan solo  a cambio el desprecio.

Dotada de un mayor “cariño” financiero, en el filme no se escatima el espectáculo sobresaliente, no digamos ya cuando Rambo toma los mandos de un cañonero Bell Huey o se enfrenta a sus captores tras conocer de primera mano las bondades del sistema eléctrico vietnamita, atado a un somier de hierro, y guiado por un sádico oficial soviético. Aunque la nota negativa de la película es la aura de indestructibilidad de Rambo, que no tiene ni un instante de flaqueza a pesar de que tan solo se le ve sentado en tres ocasiones a lo largo de todo un metraje que trata de capturar una historia de poco más de treinta y seis horas plagadas de barro y mierda de cerdo hasta el cuello, otras torturas y nuevas evasiones.

Por suerte, como digo, no se ha permitido dejar atrás (“no man left behind”) ese mensaje directo y dirigido a la línea de flotación de la sociedad norteamericana. Película que, sino brillante como “Acorralado”, aporta ingredientes básicos al género. Un filme que en ningún momento ha de ser minusvalorado.